Un corazón traidor
Segunda parte
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6
Pasaron más de tres años en los que Ashleigh hizo una vida apartada de su marido y su hijo.
Encontró un nuevo amor: viajar por el continente. Asistió a tantas fiestas como pudo, compró todo lo que deseó.
Regresó a Londres solo en las fechas en las que sabía que su esposo no estaría allí, a la casa que él había tenido la amabilidad de alquilarle, y pasó sus momentos de descanso en Inglaterra en la vivienda que su madre le había dejado en herencia.
Le gustaba pensar que llevaba una buena vida. Nunca había tenido tanta libertad como en esos últimos años; pero, a pesar de que tenía todo lo que necesitaba, más de lo que muchas mujeres de su clase podrían llegar a desear, seguía sintiendo un vacío en el pecho que no la dejaba dormir por las noches.
Esa semana había comenzado la nueva temporada en Londres y por algún motivo ella no había huido del país como en los años anteriores. Algo la había impulsado a quedarse y dado fuerzas para asistir a las fiestas —nunca habían dejado de llegarle invitaciones— y, más importante, para volver a enfrentarse a su marido, lo que seguía poniéndola tan ansiosa como si todavía tuviera diecisiete años.
En cuanto a su hijo, no había vuelto a verlo, lo único que sabía sobre él era lo que Emmeline le contaba en sus cartas. Estaba al tanto de que lady Welltonshire lo había puesto bajo su ala y el niño prácticamente vivía con ella y Francis la mayor parte del año mientras Parker se dedicaba a sus negocios.
Lo echaba de menos, el vacío en su pecho era en gran parte por haberlo abandonado, sabía que había cometido el peor error de su vida, pero ahora ya no había vuelta atrás. No tenía cómo cambiarlo, Harvey ni siquiera la reconocería.
Además, seguía sosteniendo que era la mejor decisión que podría haber tomado para cortar lazos con su esposo; por mucho que lo lamentara ahora, no sabía qué habría hecho de tener que seguir a su lado. La tristeza la habría destruido por completo.
—Estás muy pensativa esta noche —comentó Granville tomándola del brazo para invitarla a caminar por el salón de lady Hatfield—. Es por él,
¿verdad? Porque sabes que lo veremos esta noche.
Lord Beckford se había convertido en un gran amigo en los últimos años.
De alguna extraña forma y para sorpresa de los dos, habían congeniado y desarrollado un vínculo muy cercano desde que ella decidiera vivir separada de su esposo. Granville era un hombre muy especial, distinto a todos los que había conocido hasta entonces y la había apoyado en los momentos más difíciles.
Poco a poco su relación se había ido afianzando, Gran se había convertido en la única persona que la apoyaba en todo y que hasta solía acompañarla en sus viajes. Era su amigo más leal, puesto que en su amistad con Emmie se había abierto una brecha importante a causa de las decisiones que había tomado.
Es que ella no podría comprenderla jamás, Emmeline tenía el esposo perfecto y era feliz con sus maravillosos hijos. No entendía que ella se había visto obligada a separarse del suyo para poder optar a una mínima
libertad y una aún más diminuta posibilidad de ser feliz.
—No —mintió ella y desvió la mirada.
Granville soltó una risa por lo bajini.
—Seguro que no, querida. ¿Bailamos?
—Claro —respondió Ash y lo siguió hacia donde ya había varias parejas disfrutando de las sonatas.
Bailaron tres canciones seguidas escandalizando a las mujeres más ancianas de la fiesta, era de lo más escandaloso que una mujer bailase tantas piezas con un hombre, fuese o no su marido, y como, además, todos estaban al tanto de su situación con Parker, las habladurías serían aún peores.
Lo peor de todo era que podría bailar y relacionarse con muchos hombres como lo había hecho en los años que había pasado fuera, pero la verdad era que en su corazón no había existido lugar para otro que no fuese su esposo.
Lo amaba y lo odiaba al mismo tiempo, era una relación que no tenía solución porque sabía que, por muchas promesas que él le hiciera, nunca sería capaz de serle fiel.
De buena mano sabía que él seguía con su amante. Granville asistía al mismo club que Parker y a pesar de que le dolía conocer sus andadas, Ash siempre terminaba rogándole por información.
—Francis y su esposa acaban de entrar —murmuró ella y el corazón empezó a latirle con fuerza porque sabía que Parker no podía estar lejos.
Los dos condes eran inseparables: donde estaba uno casi siempre podía esperarse encontrar al otro.
Granville le acarició la espalda.
—Tranquila, yo estoy aquí —le dijo a sabiendas de qué era lo que ella había querido decir en realidad.
Al ver la forma en la que él la había tocado, una mujer que estaba bailando junto a ellos la miró con picardía y le sonrió como si estuviese siendo cómplice de algo prohibido.
Ash entornó los ojos pero no se separó de Granville.
Le daba igual lo que dijeran, si Parker podía tener una amante, ¿por qué ella no?
¡Al diablo lo que pensara el resto de la sociedad! Los chismes no cesarían ni aunque se comportara como la perfecta dama que su madre la había criado para ser.
Cuando abandonaron la pista, Granville anunció que saludaría a unos socios de negocios y Ash se excusó para evitarse la charla aburrida y las miradas curiosas.
Caminó por la estancia y conversó con algunos de sus conocidos a los que no había visto en mucho tiempo. Después de un rato, decidió tomarse un descanso y salió a uno de los balcones a esconderse y descansar.
Estaba algo oscuro cuando corrió la cortina, pero no le pareció que hubiese nadie más allí. Se apoyó en el barandal y miró hacia el jardín intentando buscar un poco de paz interior. Saber que lo tenía cerca provocaba un efecto demoledor en su pecho y su mente.
—¿Escapándote de tu amante? —preguntó una voz por detrás de ella e hizo que se sobresaltara.
Incluso antes de girarse, Ash supo de quién se trataba. Esa voz estaba grabada a fuego en su cabeza y su corazón a pesar del paso del tiempo.
No le respondió, se quedó de espaldas a él aferrada con fuerza al barandal del balcón. El corazón le latía muy deprisa y temía no poder mantener la cordura si lo enfrentaba.
¿Cuántas veces había soñado con ese encuentro?
—¿Me estás siguiendo? —inquirió con tono frío y sin mirarlo.
Lo sintió acercarse y colocarse a su lado. Los ojos de Ash se movieron solos para verlo de soslayo, pero él se dio cuenta al instante, porque no dejaba de observarla con una mirada escrutadora.
—En todo caso, querida, quien me está siguiendo eres tú. Yo ya estaba aquí antes de que llegaras —comentó con soltura—. Se te ve nerviosa. ¿Te
sucede algo?
Había algo en su tono que denotaba que tenía toda la intención de molestarla. Y lo estaba logrando, a Parker no le costaba nada ponerla furiosa. Todo lo que viniera de él siempre tenía el mismo efecto: provocarla, hacerla arder. Incluso cuando no lo había visto en mucho tiempo, todo lo que había oído sobre él le había causado el mismo efecto.
—Sucede que vine aquí para estar sola y me encontré con la última persona en el mundo a la que quisiera ver —contestó perdiendo el miedo y encarándolo.
—¿Y por qué deseabas estar sola? Hasta hace un rato se te veía muy feliz y acaramelada con Beckford.
Ella no lo negó ni reconoció que era verdad. Él no se merecía tener las respuestas. Además, su parte más oscura deseaba que creyera que tenía un amante, no quería que supiera que se sentía miserable y solitaria la mayor parte del tiempo.
—Me temo que eso no es asunto tuyo, Parker. Ahora, ¿vas a dejarme sola o seré yo quien tenga que marcharse?
El conde no se movió en los siguientes segundos, así que ella terminó por suspirar y volverse hacia la cortina del balcón por la que acababa de llegar, dispuesta a marcharse.
No había dado más de dos pasos cuando él la tomó por un brazo y tiró de ella.
—¿Qué diablos…? —exclamó e intentó zafarse.
Parker la sostuvo de manera firme, muy cerca de su cuerpo, y bajó la cabeza para hablar cerca de su boca:
—¿Ni siquiera vas a preguntarme cómo está tu hijo, Ashleigh? ¿No sientes ni el más mínimo interés en él después de tres años?
Ella se mordió los labios e inspiró profundamente.
—Confío en que lady Welltonshire hace un gran trabajo con él —
pronunció con la voz rasposa.
Ante su respuesta tan escueta y evasiva, él la soltó de inmediato, como si le quemara, y retrocedió.
—Lo hace —contestó alisándose la chaqueta del traje de noche—.
Mientras tú te diviertes con tu amante quién sabe dónde, Melanie cuida a tu hijo como si fuese el suyo. Harvey está muy bien, por cierto. Es un niño muy inteligente y dulce.
Ash sintió ganas de llorar, pero no le dio el gusto. En cambio, alzó la barbilla y se mantuvo firme, con la espalda recta.
—Lo dices como una especie de acusación. Yo no hago más que lo que tú me enseñaste, querido esposo. Estoy siguiendo tu ejemplo.
Parker negó con la cabeza y la miró como si no la conociera.
—Algún día, Ashleigh, vas a darte cuenta del terrible error que estás cometiendo. Solo espero que no sea demasiado tarde como para remediarlo.
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