Viajes

Beatriz Sarlo · Capítulo 9 de 14

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Viajes

Misioneros y lingüistas

apreciado en aquella tierra ignorada y empiece una rápida invasión al nuevo

Eldorado. Entonces, bajo el recurso de las armas, en el cual las tribus salvajes

probablemente jugarán un papel nada inferior, los países interesados zanjarán

la cuestión con la guerra»[48].

 

Esas extensiones selváticas, donde no se descubrían rastros nacionales, ya que las etnias los desconocían y, de haberlos conocido, los hubieran ignorado, eran el espacio de la violencia, combinada con el comercio y la negociación. El capitalismo antes de la Nación.

Nadie se midió en el recurso a la fuerza. Las armas de fuego tuvieron un efecto devastador en grandes extensiones de la Amazonia, incluyendo los territorios aguaruna. El acceso a las armas intensificó los encuentros hostiles y el dominio de quienes las usaban sobre sus vecinos todavía desarmados. Sin embargo, algunos investigadores señalan que, aunque las armas cambiaron el estilo y aumentaron la ferocidad de las guerras intertribales, los aguarunas no fueron el pueblo más afectado.

Hubo enfrentamientos; uno de ellos tuvo como final las cincuenta cabezas reducidas de cincuenta prisioneros. Esas tsantsa (el nombre de las cabezas reducidas) ya formaban parte de un siniestro comercio con los traficantes de armas. La herida de

esa nueva conquista fue civilizatoria[49].

 

Misioneros y lingüistas

 

Cristianos de diferentes persuasiones también habían pisado esos territorios. En 1925, se fundó una misión estable de los protestantes nazarenos. Veinte años después, «esos indios eran todavía concebidos como ejemplo de gentilidad rebelde, en guerra siempre contra los cristianos», escribió el jesuita José Martín Cuesta, que decidió internarse en su territorio y conocer una lengua de la que, según afirma, no existían registros escritos.

 

«En aquella primera tarde inolvidable de noviembre de 1945 fue cuando yo

pude percibir de boca del cacique Isámat las primeras palabras aguarunas… y

para no olvidarlas las fui anotando en una pequeña libreta de 34 hojas,

compañera de mis viajes».

Casi cuarenta años después el jesuita publicó su vocabulario, sistema pronominal

y verbal aguaruna-castellano, con el poético título de [50] La lengua del cóndor.

En 1947, el Instituto Lingüístico de Verano envió a un grupo de lingüistas al territorio aguaruna. Eran misioneros protestantes, de origen norteamericano,

entrenados en las técnicas de la conversión de «infieles»[51]. ¿Cómo llegaba hasta el fondo de la Amazonia esta gente de Kansas o de Oklahoma? Frank y Marie Drown (que se casaron muy jóvenes, llamados por la vocación evangelizadora de misionar en tierras «salvajes»), describen las etapas del entrenamiento que los llevó a la Amazonia ecuatoriana en 1945:

 

«Durante este período de aprendizaje se nos enseñaba especialmente cuál

debía ser la principal tarea de un misionero. Se trataba de algo más que de

aprender una lengua extraña y dar clases de Biblia, o que ganar almas para

Cristo. La principal finalidad de un misionero debía ser establecer iglesias:

iglesias indígenas, capaces de gobernarse, sostenerse y propagarse por sus

propios medios… Comprendimos que éste había sido el método del apóstol

Pablo, y con la ayuda de Dios también sería el nuestro. Durante el mes de

enero siguiente nos dirigimos a California del norte para completar la segunda

parte de este curso de entrenamiento para misioneros “al pie del cañón”. Allí

aprendimos el lado práctico de la labor: todo desde los principios de

lingüística hasta medicina básica, carpintería, corte de carne, horneado de pan,

corte de pelo, etc. Nos sentimos felices de aprender estas habilidades que

resultarían útiles para ayudar a algún pueblo primitivo de la jungla. Hasta mi

propia vida habría de ser salvada un día gracias a lo que Marie aprendiera

entonces respecto de la forma de tratar enfermedades tropicales»[52].

 

Ese entrenamiento es un borrador muy aproximado de lo que serán sus vidas en la Amazonia. Con el «método del apóstol Pablo» se han fortalecido para una interminable serie de pruebas: decisiones que deben cambiarse sobre la marcha, fracasos en cascada, promesas incumplidas, malos entendidos, sufrimientos físicos. Pero cualquier pequeño signo de «conversión» es un signo de triunfo. La magnitud del esfuerzo es desproporcionada con la exasperante lentitud de cada día.

Pero el espíritu misional comparte algo con el fundamentalismo revolucionario. Se entienden a medias con los habitantes de la selva, pero piensan que esa parcial comprensión es suficiente. Lo es, sin duda, para la atención médica elemental o para limpiar bosque y ampliar una chacra donde se siembren alimentos para las niñas que reclutan como alumnas en la escuela de la misión. Más allá de eso, imposible saber qué sucedía, qué cálculos y qué intercambios simbólicos acompañaban a los trueques materiales, las dependencias, los favores.

En la década del cincuenta, para las ceremonias de clausura del «año lectivo», algunas veces, llegaban a la Amazonia las autoridades del Ministerio de Educación nacional. Eso indica una trama complicada de alianzas, dependencias y necesidades en común. También la bandera ecuatoriana flameó en la Amazonia, en zona jíbara. No se trataba solamente de una identificación nacional en una región de conflictos limítrofes, sino de un acto que los misioneros reivindicaban como victoria propia: