Viajes
Aventura, comercio y ciencia
jurídica de las comunidades nativas, y se establece el reconocimiento,
demarcación y titulación de la propiedad de las tierras agrícolas, así como el
otorgamiento de contratos de concesión de uso forestal, entre otros aspectos.
A partir de 1980, la violencia subversiva y el narcotráfico tomaron a la
Amazonía como zona de acción, lo cual estancó el proceso de incorporación
política y económica iniciado en 1940 con la construcción de carreteras de
penetración. Aparece una serie de frentes productores de coca, volviéndose
dicho cultivo una suerte de “boom” económico. Es preciso subrayar que la
población indígena ha sido especialmente afectada por la violencia desatada
por el terrorismo y el narcotráfico. Así, poblaciones enteras fueron
esclavizadas y amenazadas por los terroristas. Hoy en día, los indígenas de la
Amazonía igualmente ven amenazada su supervivencia por las concesiones
forestales y la invasión de sus territorios. Se encuentran bajo asedio de
madereros ilegales y “legales”, igualmente destructivos» [45].
Cuando llegamos a la Amazonia no podíamos adivinar lo que recién estaba emergiendo (las exploraciones petroleras, por ejemplo). Todavía no formaban un sistema visible y, por otra parte, conocedores de la zona como Stefano Varese tampoco podían prever lo que iba a suceder dos o tres años después. Lo que previeron, y allí está el saber jugando su mejor juego, es que la «reforma agraria» tal como se dio en las zonas quechuas y aimaras era impracticable en la selva, con la cultura de los pueblos amazónicos, que se había mantenido al mismo tiempo asediada y aislada, aunque los aventureros europeos, esos viajeros fáusticos, exploraran la zona siglos antes y mezclaran codicia y conocimiento.
Aventura, comercio y ciencia
Charles-Marie de la Condamine nació en París en 1701. Apasionado de las ciencias exactas y naturales, formó parte de ese contingente de viajeros ilustrados (del que Humboldt es el más genial ejemplo) que, en una mezcla de riesgo aventurero y convicción de que encaraba una ininterrumpida lucha por el saber, se lanzó a recorrer el mundo, anticipando las misiones comerciales y produciendo mapas indispensables para las invasiones europeas. Hacerlos responsables de las consecuencias de su saber es un gesto anacrónico. Mantenerlos ajenos a ellas, también. Estamos encerrados en esa doble anacronía: entender sin justificar las consecuencias de lo que entendemos; y juzgar esas consecuencias sin buscar como perros de presa las huellas en cada uno de los actos y de los dichos que, hipotéticamente, las provocaron. El anacronismo achata el pasado, lo hace poco interesante porque encuentra en él siempre la misma repetición. Viajeros como La Condamine querían conocer el mundo, aunque el conocimiento que produjeron fue a puesto a funcionar en otras máquinas que no eran sólo epistemológicas, sino de explotación y expoliación.
La Condamine desembarcó en Cartagena de Indias en 1735. De allí fue a Manta, Quito, Guayaquil, Zaruma, Loja, Borja, La Laguna; navegó por el Ucayali, el Napo y el Marañón; llegó a los territorios de la corona portuguesa, pasó por Manaos y terminó en Pará, donde se embarcó y costeó el Atlántico hacia el norte. El 1745, de regreso en París, presentó ante la Academia de Ciencias su «Relación breve de un viaje realizado por el interior de la América Meridional, desde la costa del Mar del Sur hasta la del Brasil y la Guyana, descendiendo el río de las Amazonas».
Sólo dos citas del detalladísimo informe. Una concierne a las capacidades mentales de los indios que La Condamine encuentra en su viaje por «los ríos de las Amazonas» (en lo que concierne a la cita se trata del Ucayali, pero se la postula como principio general):
«Todos los indios americanos que tuve ocasión de encontrar en el curso de mi
viaje me parece que guardan ciertos rasgos de parecido… La insensibilidad es
su base. Dejo para que otros decidan si se la debe honrar con el nombre de
apatía o humillarla con el de estupidez. Nace, sin duda, del pequeño número
de ideas que tienen, que no se extiende más allá de los límites de sus
necesidades. Glotones hasta la voracidad, cuando tienen con qué satisfacerla;
sobrios, cuando la necesidad los obliga, pueden prescindir de todo, sin dar
muestras de desear nada; pusilánimes y perezosos en exceso, si no los
transporta la embriaguez; enemigos del trabajo, indiferentes a todo motivo de
gloria, honor y reconocimiento; ocupados sólo con el presente y siempre
determinados por él; sin inquietudes por el futuro…»[46].
La segunda cita se refiere a la sustancia maldita que desencadenó el primer azote de la civilización sobre estos indios que, de creer a La Condamine, poco iban a perder si se perdían a sí mismos. En su viaje, el hombre de ciencia encuentra el caucho, pero, antes, reconoce un elenco de plantas a las cuales esos indios atribuyen cualidades:
«Probablemente la ignorancia y el prejuicio hayan multiplicado y exagerado
sus virtudes; pero la quinquina, la ipecacuana, la simaruba, la zarzaparrilla, el
guayac, el cacao, la vainilla, etc. quizás no sean las únicas plantas útiles que la
América encierra en su seno… Las gomas, las resinas, los bálsamos, todos los
jugos que supuran de las incisiones de diversos árboles, así como los
diferentes aceites, son innumerables. El aceite que se extrae del fruto de una
palmera llamada unguravé es, según dicen, tan dulce y bueno como el de
oliva. Otro, como el de la andiroba, da una luz muy hermosa, sin ningún olor
desagradable… La resina llamada cahuchu en los países de la provincia de
Quito cercanos al mar y en las orillas del Marañón, cuando está fresca, acepta
la forma que se quiera darle; es impermeable a la lluvia, pero lo que la vuelve
más extraordinaria es su enorme elasticidad»[47].
Esta resina, siglo y medio después, llevó a centenares de aventureros a la Amazonia.
En 1895 y 1896, Fritz W. Up de Graff vivió en la selva amazónica, justo en el apogeo del caucho (1880-1920). Audaz joven norteamericano, era un prototipo, sin saberlo, del burgués mercantil guiado por un ciego pero calculado impulso de expansión. Buscaba el oro de los incas o comerciar con caucho, lo que se le diera primero. Con un sentido pragmático admirable para sus objetivos, su moral mezclaba la flexibilidad y la obstinación; tenía una visión más moderna que la de sus socios locales. Era tan sólido como la decisión de que nada pudiera detenerlo. Definirlo como norteamericano típico no sería una generalización abstracta: hijo de buena familia que se lanza a una aventura para conocer mundos salvajes, probarse a sí mismo que tiene temple, y, si fuera posible, volver enriquecido a sus orígenes.
De Graff ingresó a la Amazonia por Ecuador, desde Cuenca. Percibió de inmediato que esas tierras no habían sido incorporadas a los estados nacionales; que la autoridad oficial y militar estaba ausente o intermitente y que los límites entre naciones eran tan intricados como un tejido de lianas:
«Conviene saber (escribe) que las fronteras del Brasil, Ecuador, Perú y
Colombia adyacentes con el Amazonas, y cuya longitud es de muchas miles
de millas, son puramente imaginarias… Los límites de esta región varían
según la procedencia del mapa… Un americano, llamado Wolf, hizo una vez
un mapa para el gobierno ecuatoriano y, pasando el lápiz por una gran
extensión del este de los Andes, que se disputaban varios Estados, la pintó de
verde (el color corriente con que se ilumina el Ecuador). … Este fue el mapa
cuya copia me enseñó el presidente de la República del Ecuador en persona,
señor Eloy Alfaro».
Naturalmente, para De Graff, la solución es que activos y modernos capitalistas extranjeros hagan base en estas tierras. Entre sus rasgos debía figurar que no temieran el recurso a la fuerza:
«Probablemente la verdadera solución de este complicado problema llegará
cuando algún extranjero emprendedor encuentre oro o algún otro producto