Viajes

Beatriz Sarlo · Capítulo 5 de 14

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Viajes

Entre los jíbaros

Las fotografías se abrieron en la pantalla de la computadora, imprevistas como meteoritos que llegaban de otro espacio y otro tiempo. Me las enviaba Alberto Sato, que las había digitalizado para que no terminaran fundidas en un borroneado sepia, que ya estaba avanzando sobre los colores antes nítidos de las diapositivas Ferrania. Habían sido tomadas más de treinta años antes, cuando los que aparecen en ellas tenían veintitantos. Son fotos de «selva tropical» y de «indios», para describirlas con las palabras que se nos ocurrieron entonces. Al final, intento juntar la información a la que accedí tardíamente, cuando las fotografías actualizaron aquel recuerdo amazónico, una aldea, unos indios o campesinos que fueron escenario y personajes de una aventura enigmática. La casualidad jugó un gran papel en ese encuentro. O, mejor dicho, nuestro voluntarismo americanista tomó un camino inesperado. Fue el salto de programa de un viaje exploratorio.

Creíamos estar en el departamento de San Martín o de Loreto. La aldea en la Amazonia peruana no tenía nombre para los cuatro argentinos (dos muchachos, dos chicas) que llegamos allí, sin saber nada. Cuando escribo nada, quiero decir exactamente eso. Interrogados hoy, ninguno de nosotros está seguro ni del nombre de los pueblos, ni de los ríos. Pero esta bruma no es un previsible efecto de las décadas transcurridas, sino de la ignorancia con la que nos movíamos en esos paisajes y entre esas gentes. Confiábamos en que la inmediatez provocaría una especie de contacto empático. Antes del viaje no habíamos leído nada sobre esa selva alta a la que habíamos llegado. No habíamos leído La casa verde y eso explica en parte el desconcierto del relato que sigue. ¿O La casa verde no se había publicado aún? Probablemente se publicó meses después. Leves desfasajes que impiden, una vez más, saber por dónde estábamos caminando.

Mientras subíamos desde la costa del río donde nos había dejado una lanchita con motor fuera de borda, con la que habíamos navegado una hora, sólo nos preguntábamos si estábamos cerca del Marañón o del Ucayali, los dos ríos que conocíamos por su nombre. La lanchita nos había llevado por un río bastante ancho que en el horizonte parecía estar cerrado por una cadena de montañas. No teníamos cartas detalladas de la región. Sólo un mapa en escala demasiado grande para ubicar algo que sirviera como referencia. Las montañas podían ser los Andes, pero ¿quién sabe? Para nosotros, gente del sur, los Andes eran otra cosa, y no los imaginábamos en el medio de la selva sino con nieve en las cumbres. El patrón de la lancha nos dijo que iba a pasar dos o tres días después y que, si nos encontraba esperando, nos llevaba de regreso. No nos dijo que allí vivía gente. Nosotros no se lo preguntamos. Seguramente creyó que en el almacén habíamos recogido información. O no creyó nada: sólo nos vio raros y se cayó la boca.

Estábamos acostumbrados a caminar y, eventualmente, a encontrar una casa o algún poblado, pero si no tropezábamos con nadie, igual teníamos comida y llegamos a la conclusión de que el agua iba a ser un asunto sencillo. Se descargó un chaparrón que nos indujo al optimismo, más aún a la certidumbre de que por allí había cazadores, ya que, en medio del aguacero, prácticamente caímos debajo de un refugio triangular de hojas de palma apoyadas sobre un armazón de cañas y creímos reconocer las construcciones precarias que otros hombres dejaban para cuando los mojara la inevitable tormenta. Dijimos que habíamos tenido suerte y que, por lo poco que sabíamos de climas tropicales, la lluvia tenía que terminar pronto. Así fue, aunque no nos preocupó si eso obedeció a la casualidad o a la meteorología.

Con el fin del chaparrón, sobre la selva cayó una especie de neblina, como si el agua se hubiera convertido instantáneamente en vapor, o, más raro todavía, en gotas que transitaban lánguidamente entre lo líquido y un vaho gaseoso que desdibujaba, a partir del metro y medio de alto, las hojas y los penachos de palma, todos de un verde claro pero saturado e iridiscente. Hoy leo:

 

«Una clorofila siempre excesiva engendra sin cesar imbos nuevos que visten y

esconden las ramas. Las sombrillas de los helechos arborescentes, las filudas

palmas, los jirones verde vivo de los plátanos son los únicos que tienen una

apariencia identificable. El resto es madre-selva anónima, convolvulácea

indivisible bajo las lianas y el gran escudo de los epifitos. Abajo, el fieltro

espeso de una descomposición nauseabunda y prolífica. La muerte, que aquí

es sólo necrosis, no está ausente, sino diluida en una química incesante.

Activa una polución general que se confunde con una espantosa fertilidad. Por

cierto, los árboles mueren, pero su esqueleto permanece revestido de varias

túnicas de parásitos tenaces y líquenes desconocidos. Bajo este fardo

excesivo, terminan por derrumbarse… Sus raíces, al bascular, arrastran una

playa de humus sobrepoblada de semillas germinadas y rizomas

ensamblados» [34].

 

Algo asqueroso sentimos, sin confesarlo, podredumbre, placentas vegetales, semillas reventadas por la germinación, gusanos.

Seguimos una senda abierta a machete, cuesta arriba, angosta, en fila de uno, de modo que el primero salpicaba al segundo, el segundo al tercero, y el tercero al cuarto. Y cada uno trataba de apartar las ramas curvas y flexibles que volvían a su lugar horizontal sobre la senda, a la altura del cuerpo, como elásticos. Todo era concentradamente vegetal, la selva, el suelo, los ruidos que llegaban de más arriba, no de las copas de los árboles, porque no las veíamos, sino de una altura media, diez metros quizá, donde la selva se borroneaba en una especie de gelatina atravesada por refracciones y ruidos de animales ocultos, camuflados o, simplemente, invisibles para nuestra mirada torpe. Arriesgamos nombres: monos, cotorras, tucanes, boas, panteras. No conocíamos tampoco mucha zoología amazónica. No pensamos en víboras. Las descartamos. A veces resbalábamos en la viscosidad del suelo húmedo, mullido, acolchonado por restos de podredumbre y brotes nuevos que armaban una red de persistencia gomosa. En ese blando espacio vegetal era imposible lastimarse.

De pronto, lo impensado, el salto de programa. Creíamos estar caminando por una soledad de primer día de la creación. Falso. El hombre, con una manta tejida atada a la cintura, a rayas muy finas azules y blancas, un compacto hilado de fibras, y camisa azul de origen urbano, apareció de repente parado en un lugar donde, sin que nosotros lo anticipáramos, la picada se ensanchaba un poco para convertirse en una senda. Tratamos de no parecer sorprendidos. Después de un saludo lleno de gestos y cortesías, le preguntamos cualquier cosa, si era de por ahí, algún interrogante vago y tentativo, sólo para comenzar una conversación que (lo sabíamos por experiencia) tiene comienzos lentos. Pero el hombre no hablaba castellano. Nos interrogó: «English?». Respondimos: «Yes, English, yes», más aliviados por la comunicación que prometía esa palabra que por el hecho de que hubiera sido pronunciada por un hombre envuelto en una manta de telar, el pelo negro recogido hacia atrás en cola de caballo.

Sin embargo, el hombre no hablaba inglés, sólo había preguntado si nosotros lo comprendíamos porque (y la conversación siguió por señas) señaló a sus espaldas, hacia un lugar que no se veía, hizo un semicírculo con las manos (que interpretamos como «paso del tiempo») y volvió a decir «English» en tono afirmativo, que tradujimos como una promesa para después. Movimos la cabeza de arriba hacia abajo, esperando que el gesto afirmativo fuera medianamente universal. El hombre giró y comenzó a caminar, se dio vuelta para ver si lo seguíamos y nosotros lo seguimos.

Sin saberlo, habíamos encontrado el primer rastro del Instituto Lingüístico de Verano. English in the Peruvian jungle.

Caminamos media hora, hasta un gran claro, despejado de vegetación, sobre el río. El hombre de la manta tejida nos llevó a una casa, translúcida, como si las paredes de cañas no separaran con nitidez el espacio interior del exterior, sino que simplemente lo demarcaran. Nos paramos en la puerta y salió un viejo, que nos recibió con gestos dignos y silenciosos, sin ceremonias superfluas. Sonreíamos como tontos. El viejo señaló el sol, luego giró la mano hacia abajo y la movió como si quisiera abarcar el caserío. Insistió con los dos gestos. Entendimos porque el hombre de la manta dijo de nuevo: English! Repetimos: English. Convidamos con cigarrillos. Fumamos.

Después, dejamos las mochilas a la sombra y nos sentamos. Unas chicas trajeron un cuenco con agua. La vimos turbia, la sentimos espesa, con gusto a tierra. Agradecimos y vaciamos el recipiente, que era de corteza. Volvimos a agradecer reiterando todos los gestos, sobreactuando las sonrisas. Dijimos nuestros nombres señalándonos el pecho. Las chicas se reían, pero tomaron el cuenco y recuperaron distancia.

Estábamos por primera vez en nuestras vidas en una aldea en la selva, que no buscamos. Habíamos pasado por aldeas campesinas de origen quechua, pero esta aldea (unas pocas casas en círculo disperso) no nos evocaba nada. Sólo escenas de películas, pintoresquismo sin precisiones. Discurso colonial, estereotipos. Sin mayor reflexión teórica, rechazábamos esas iconografías. En la reserva de imágenes que teníamos no encontramos nada parecido. Tomamos fotografías, con buenos modales y discreción, que servirían para probar, más tarde, la existencia de lo que estábamos viendo. «Recuerdos aislados de la realidad», ya que afuera no había imágenes sino un escenario enigmático. Ahora, cuando miro esas imágenes me resulta difícil reconstruir qué pensábamos cuando hacíamos las fotografías: «El mismo mundo se

ve distinto, pues fue visto en otra época»[35]. En efecto, las fotos tienen algo de anacrónico, no sólo porque son viejas sino porque cuesta recuperar el tiempo y los sujetos que las hicieron. Como la lengua aguaruna, son un idioma extranjero. Muestran huellas de una mirada que ya no existe, que se transformó precisamente porque hicimos esos viajes.

Si habíamos entendido bien las señas, «English» llegaría más tarde, por eso el viejo había hecho una señal hacia arriba, hacia el sol. Serían las dos de la tarde y el calor nos rodeaba como una lámina de gelatina. Caminamos cincuenta metros hasta el edificio más grande. Era la escuela. Estaba vacía, como si no fuera época de clases.

Uno de nosotros se quedó parado frente al enigma de lo escrito en el pizarrón. Sólo pudo leer bien una palabra que, de todos modos, no comprendía: pujumatájum y abajo a la derecha en trabajosas mayúsculas K PI. Las letras eran grandes. Nos costó decidir si las había escrito el maestro, la maestra, o alguno de sus alumnos. Detrás del pizarrón, sobre una varilla, algunas imágenes en colores: religión y paisajes. La escuela nos sorprendió, porque todo lo que habíamos encontrado hasta ese momento respondía a unas neblinosas hipótesis selváticas. Pero la escuela era otra cosa.

El pizarrón ocupaba casi toda una pared de la construcción rectangular de cañas y techo a dos aguas, hecho con hojas de palma densamente superpuestas. Los lados largos del rectángulo terminaban a un metro y medio del piso. Sobre los lados cortos se apoyaba el techo. La diferencia de altura de las paredes producía un recinto luminoso y fresco, atravesado por el viento. Llevamos las mochilas hasta la escuela. Fue un desplazamiento de equipos impensado, pero que tenía su lógica, porque la escuela nos pareció un edificio público, que no nos denunciaba como intrusos flagrantes. Espontáneamente pensamos a «la escuela» como lugar común. En eso actuábamos con reflejos que teníamos de la Argentina, no con un concepto que pudiéramos hacer explícito, sino con la regularidad impensada de una costumbre.

Al día siguiente tomamos más fotos de la escuela. Dos de nosotros, sentados en los bancos de troncos, el tercero parado, con la camisa abierta. El calor persiste en la imagen como atmósfera de luz, por los destellos a través de las aberturas, por nuestros sombreros de paja echados hacia la nuca y nuestras caras abotargadas. Se ven las mesas de trabajo de los alumnos vacías, salvo el estuche de la cámara apoyado sobre una de ellas. Una de nosotros mira para abajo porque tiene un libro que está tratando de leer; se ve el borde superior de las páginas. Es un Vocabulario Aguaruna-Inglés, una rudimentaria maquinita para traducir que no estamos en condiciones de usar, porque no podemos pronunciar lo que vemos escrito en aguaruna. Simplemente recorremos las páginas del Vocabulario como quien observa una tabla de equivalencias entre elementos ignorados. Por suerte, ya había llegado «English», el intérprete.

Hoy no recuerdo su nombre: Tasap, Chasap, por ejemplo. Repetimos la palabra «English» en todos los tonos: cortesía, reconocimiento, alegría, confirmación, pregunta, vocativo. Unimos esa palabra al nombre de cada uno de nosotros, frente a los demás que nos miraban presentarnos por segunda vez. «English» era un muchacho de veinte años, ayudante de los misioneros del Instituto Lingüístico de Verano. Ellos, los misioneros (nos dijo) no estaban en el territorio en ese momento.

Todo lo que nos enteramos sobre la aldea nos lo contó «English». El viejo que nos había recibido era, por supuesto, el jefe de la familia o de la aldea, lo cual resultaba más o menos equivalente. No nos animamos a preguntar por qué nos habían interceptado para llevarnos allí. La cuestión nos pareció demasiado complicada. Finalmente habíamos entrado en un territorio donde no se nos esperaba.

Las conversaciones tenían lugar cerca de las casas, con banditas de chicos que se mantenían a algunos metros de distancia y pares o tríos de mujeres, con chicos a cuestas, que los observaban desde más lejos. El viejo no andaba por ahí. Lo veríamos de nuevo al atardecer porque estábamos invitados como correspondía a sus huéspedes. Mientras tanto, nos ofrecieron un lugar para cocinar y comer, en el extremo redondeado y vacío de una de las casas, sobre un fogón en el piso, armado con tres piedras planas en cuyo centro triangular encajaba perfectamente un recipiente. La casa era muy grande, con mamparas de caña que separaban espacios, y sujetadores de los que colgaban cestos tejidos. No había objetos industriales. Nada, absolutamente nada, de plástico. Alrededor no vimos enseres, salvo una marmita grande, de fondo cónico que, aunque no lo comprobamos porque no nos animamos a tocarla, parecía de hierro fundido, pero también podría haber sido de cerámica oscurecida por el humo.

«English» estaba afuera. Se lo veía a través de las paredes aéreas de cañas separadas. No queríamos hablar de él, porque temíamos que entendiera algo de castellano. Y por la misma razón no queríamos hablar de los demás del caserío. En esas condiciones de reserva, sólo se nos ocurrían comentarios sobre el calor o la simpatía y timidez de los chicos que se acercaban sin cruzar nunca una distancia que les habría permitido huir. En realidad, los que daban vueltas por sus propios medios no eran chicos, sino chicas. Nos hubiera gustado ofrecerles algo, pero no nos atrevimos a darles comida y no teníamos otra cosa. Varias de las chicas llevaban un bebé colgado en diagonal de los hombros, suspendido en un envoltorio que parecía muy sucio. En ese momento sólo había mujeres en la aldea.

Caminamos hasta la costa del río, nos sentamos sobre un tronco blanqueado por el agua; después, como no podíamos quedarnos quietos, nos sacamos los borceguíes y mojamos los pies en las olitas barrosas. Dos chicos desnudos, con grandes panzas, también jugaban en la orilla y les sacamos una foto. Aparecen mirando a cámara, uno completamente de frente, el otro de perfil. Después de disparar la foto, temimos alguna reacción, pero los chicos ni se acercaron ni se alejaron. Estábamos confundidos, con el aburrimiento que produce la duda de no saber hasta dónde podíamos desplazarnos, cuando, paralela a la costa, se deslizó una canoa, ocupada por dieciséis o diecisiete personas, mayormente mujeres y chicos, que venían al caserío. Todos parados, mirando la playa hacia la que apuntó la canoa, justo donde estábamos. Seguramente no llegaban de muy lejos, porque el timonel de la canoa era «English». Los chicos empezaron a correr por la costa. Nosotros, torpemente, intentamos presentarnos. Nadie parecía prestar atención. Pasó un chico, que volvía de una curva del río, con una red atada como medio mundo a una estaca larga. Atardecía rápido.

«English» vino a buscarnos. Dijo que el Viejo nos esperaba. En efecto, en lo que supusimos que era su cabaña (ignorábamos la asignación de las casas), estaba el Viejo, que nos saludó con la cortesía de un recibimiento formal. Atrás, como un friso en el resplandor del contraluz, algunas mujeres jóvenes. Una de ellas trajo un cuenco con un líquido lechoso. «English» explicó que el líquido se llamaba «masato» (entendimos perfectamente la fonética de la palabra que escuchábamos por primera vez); era su bebida y se hacía con raíces o harinas masticadas que luego se escupían en un cuenco para que fermentaran un poco. Al resultado se le agregaba un poco de agua. Tradujimos rápidamente: «chicha». Nos sentimos halagados de que se nos convidara a beber y el cuenco empezó a circular. Bajaban el calor y la luz, se encendieron uno o dos candiles en el piso, todos se sentaron y trataron de conversar.

Esas conversaciones son difíciles y siguen un esquema muy pautado, además de algunos datos que no teníamos (si estaban plantando o desbrozando, qué se pescaba, esas cosas). No se esperaba de nosotros mucha locuacidad ni muchas preguntas, pero algo había que decir. El Viejo habló, «English» tradujo: ese masato había sido preparado por sus hijas (mucho después nos daríamos cuenta de que éste es un lugar común: se dice siempre que se quiera poner en valor la bebida que se está ofreciendo). Echamos miradas sonrientes hacia la hilera de mujeres que seguían paradas a unos metros del Viejo. Las miradas eran de agradecimiento, aunque también intuimos que al que había que agradecerle era al Viejo y no a las mujeres.

Volvieron a llenar el cuenco. La bebida no era muy alcohólica. De todos modos, aunque lo hubiera sido, sabíamos que era obligatorio aceptar todos los envites que hicieran. Cuando terminó esa segunda vuelta, el Viejo se paró y comenzó a cantar. Escuchamos agradecidos, azorados, sin poder seguir dos notas o dos sonidos. Escuchamos el acto de cantar del Viejo, no la canción o lo que fuera que cantaba. «English» ponía tanta atención como nosotros. No nos miraba ni abría la menor posibilidad de que se le hiciera una pregunta en ese momento. Nosotros tampoco sabíamos qué preguntar. Pero pensábamos de qué modo sería adecuado responder. Vacilábamos si esperaban una respuesta, si el canto debía ser recibido con una sonrisa o con un gesto de aprobación y placer.

De repente, mientras traían otra vuelta de masato, la más espontánea de nosotros tuvo la ocurrencia de ofrecer una especie de retribución. Podría haber sido una catástrofe contraria a todos los usos aguarunas. Nunca supimos si era contraria a los usos aguarunas, pero no fue una catástrofe aunque, sí, el fin del convite. Sin avisarnos, comenzó a entonar una canción folklórica argentina, algo bien alegre, un carnavalito probablemente. Mientras cantaba, se señalaba el pecho para indicar que esa era su música. La escucharon y después todo pareció que había llegado a término. Nos inclinamos, de a uno, frente al viejo y salimos a la noche. «English» no nos acompañó.

Los ruidos nocturnos nos desvelaron. No sabíamos dónde ni qué animales los emitían. Había pocas estrellas, como sucede en los trópicos si se comparan sus cielos con los del sur.

A la mañana siguiente, en el caserío no quedaban hombres, excepto el Viejo. Las mujeres trabajaban a unos cien metros, en una extensión desbrozada y ganada a la selva. Los chicos panzones eran los únicos que nos seguían con la vista. Deambulábamos de acá para allá, sin la brújula de «English». Volvimos a la escuela. En ese lugar percibíamos un orden relativamente conocido aunque no pudiéramos descifrar las palabras escritas en el pizarrón. La escuela era finalmente una escuela: bancos y mesas, tizas, dos o tres láminas. El mundo conocido. Aunque la escuela funcionara de modo completamente distinto en esa aldea aguaruna, sin embargo, conservaba vestigios descifrables. El Vocabulario Aguaruna-Inglés era, también, finalmente un libro, ordenado alfabéticamente, impreso, editado por una institución cuya sigla estaba en la tapa: Instituto Lingüístico de Verano. No nos servía para nada y, además, lo hojeábamos con una desconfianza antiimperialista. ¿Donde estarían esos yanquis invasores y bilingües? ¿English?

Apareció en la puerta el hombre que nos había traído hasta la aldea. Ahora no llevaba la manta alrededor de la cintura, sino un blue-jean rotoso. Por supuesto, iba descalzo. Lo rodeamos, aunque sabíamos que no había comunicación verbal posible. Sacamos la máquina de fotos, hicimos señas (a la máquina, al hombre, a nosotros mismos) para sacarnos una con él. Una chica de tres y un chico de cuatro años, más o menos (él desnudo, ella con un vestido que se le caía del cuerpo), vinieron corriendo. Uno de nosotros posó al lado del hombre; los chicos, como si estuvieran bien acostumbrados, se acomodaron adelante. Es una especie de foto terrible y anacrónica: el extranjero con borceguíes, camiseta azul, y treinta centímetros más alto que el aguaruna; los chicos panzones; el hombre levanta la mirada hacia la cámara pero tiene la cabeza baja.

A la tarde de ese día o del siguiente, la misma integrante de nuestro grupo que había cantado el carnavalito como agradecimiento, se sentó en la orilla del río y logró atraer a una mujer embarazada, con una panza que levantaba el vestido rosa, y a tres chicos. Otro intercambio que nadie esperaba ni, probablemente, deseaba, excepto nuestra compañera, que hacía una tenaz y conmovedora apuesta a la universalidad de la infancia. Una foto la muestra sentada en el barro, rodeada por algunos chicos, mientras intenta enseñarles un juego, que también creyó universal: entrechocar rítmicamente, cada vez más rápido, las palmas derecha e izquierda, enfrentadas y cruzadas. Nuestra compañera se había propuesto que esas pequeñas manos coordinaran con las suyas que eran grandes, desproporcionadas. Una de las chicas la mira con concentración distante. El principio del escepticismo anula toda espontaneidad y los chicos quedan afuera, a pesar de las sonrisas y de las palmadas rítmicas.

«English» no apareció; tampoco el Viejo. Estamos un poco a la deriva, entregados a lo que se nos ocurra y todo lo que se nos ocurre es desechado porque pensamos que puede ser una ofensa. No queremos cometer una falta de protocolo, pero tampoco nos resignamos a quedarnos como marmotas, cocinando las comidas y mirando el río. Estábamos acostumbrados a un contacto un poco más directo, aunque cometiéramos torpezas, probablemente más de las que nos dábamos cuenta. También estábamos acostumbrados a recibir ayuda, como aquella noche cuando nos recogieron al borde de un camino derrumbado, sobre el que había caído un alud que impedía ir hacia adelante o volver atrás, y estábamos solos, hundidos hasta la ingle en un barro pesado, en el que se mezclaban las piedras y las maderas.

Tomamos la decisión de hacer un postre de chocolate. Pensábamos que la crema dulce y fría de chocolate era un bien absolutamente transcultural, una especie de idea platónica del placer para niños y mujeres. Convidaríamos con postre de chocolate porque no había otra cosa que alcanzara el mismo grado de amabilidad. De antemano descartamos a los hombres, porque teníamos la impresión, demasiado falsa, de que resultaba más fácil comunicarnos con las mujeres. Pedimos permiso para usar una de las cocinas, sacamos la marmita más grande. Hervimos la leche deshidratada con el polvo de cacao y, cuando se volvió espeso, enterramos el postre, envuelto en un repasador que sostenía la tapa, cerca de la orilla para que se enfriara. Comimos cualquier cosa que nos acercaron las mujeres, unas mandiocas y raíces. Esos convites eran parte de un trato amistoso y cortés. Por eso, en una simetría imaginaria, siempre nos parecía apropiado convidar con algo de lo que llevábamos en las mochilas. Una especie de intercambio de extranjerías. Repetimos, sin saberlo, el gesto de los exploradores.

Mientras acondicionamos el postre para que se refrescara, caminamos descalzos sobre el barro de la orilla, porque nos resultaba cansador ponernos y sacarnos los borceguíes. Además, de noche, en la casi intemperie de los techos construidos con palmas y troncos finos, ya nos habían picado todos esos bichos voladores o rastreros, sin nombre conocido. Difícil que nos agarraran otros insectos más temibles Éramos tan jóvenes, tan ideológicos y tan enceguecidos por lo que encontrábamos, que pasamos por alto detalles menores, como si fueran un tributo a rendir a la ascesis latinoamericana. Teníamos las piernas y los pies llenos de picaduras y llaguitas. Cuando regresamos a Lima, uno de nosotros estaba infectado. Mientras tanto usamos alfileres de gancho para sacar lo que fuera, larvas, gusanos, huevos, de los agujeros que dejaban los insectos. «Piques», hipotetizó uno de nosotros, «si no se sacan, te desovan adentro y terminás agusanado».

Sólo los chicos respondieron al convite de postre de chocolate. Eximidos de las leyes de cortesía, habrían respondido a cualquier otra invitación, por curiosidad o por hambre. Nada importa del todo. Apostamos a que nadie se hubiera ofendido. Eso nos preocupaba: acercarnos sin ofender, pero no estábamos seguros de que el intercambio de gestos que creíamos universales alcanzara. Sobre todo, las mujeres mantenían una distancia risueña pero huidiza. Difícil diferenciar entre adolescentes y mujeres. En realidad, tratamos de aplicar a esa población, como si esto fuera posible, nuestras propias divisiones en edades. Desde muy chicas, las niñas llevan a sus hermanos (¿a sus hijos?) colgados con una tela que les cruza el pecho. Tampoco distinguimos quién era madre de qué chicos, ni en qué tipo de grupos se dividía la aldea. Las unidades familiares conocidas no eran las de allí. Hombres y mujeres se movían en dos grupos, separados más por su sexo y ocupación que por las hipotéticas relaciones de parentesco que nosotros les atribuimos. Eso nos confundía en términos de cuáles eran las normas de cortesía para cada momento y frente a quién. Sentimos el temor de ser descorteses o desconsiderados o parecer demasiado audaces, dirigiéndonos a las mujeres cuando es evidente que ellas habían elegido estar un poco más lejos, apartadas u ocupadas en otra cosa.

Al día siguiente, todo igual, hasta que llegaron dos hombres. Uno de ellos fue hasta una de las cabañas y regresó con su cerbatana o pucuna (esa es la palabra que escuchamos). Sentimos que nos trataba muy amistosamente. El hombre mostró la pucuna como si fuera una máquina extremadamente compleja. Deslizó su mano a lo largo del cilindro, lo palpó, lo recorrió varias veces de arriba abajo. Luego se la puso en la boca y disparó con un soplido. Después, el hombre permitió que sostuviéramos la cerbatana y probáramos lo difícil que era mantener la vertical. Nada podíamos ofrecer nosotros como retribución de ese momento. Nada. Sólo que iba a permanecer en el recuerdo. ¿Recuerdo de qué? Uno de nosotros se sacó una foto, la mano sobre el hombro de quien disparó la cerbatana.

Pasaron dos o tres días. «English» nos había dicho que podíamos llegar caminando a un lugar de la costa del río por donde también pasaban lanchas. Formamos una hilera para despedirnos, con los gestos más verosímiles que se nos ocurrieron. Se tomaron las últimas fotografías con las mochilas puestas. Empezamos a subir una cuesta. Arriba encontramos un camino.

Al rato, en dirección contraria, como si fuera hacia la aldea, avanzó hasta nosotros un camión del Ejército y nos invitó a subir sin abrir la opción de que nos negáramos. Iba al pueblo nuevo que estaban construyendo los militares (que incluía un rancho donde funcionaba el prostíbulo). Nos retuvieron los pasaportes hasta que, desde Lima, respondieran quiénes éramos. A la noche, en el casino de oficiales, agobiante calor bajo el techo de calamina, un mayor o capitán, ¿quién sabe?, recitó: