Viajes
Hacia el futuro del pasado
Remontamos el Paraná en una barca que transportaba madera, troncos y tablas aserradas. Apoyados contra esa carga, sobre cubierta, pasábamos las horas en una especie de asombro adormecido por el calor, la humedad, los ruidos de animales que llegaban desde la costa. Más arriba de Foz de Iguazú, nos habían aceptado en ese barco, al que subimos con nuestras mochilas, tímidos, porque era la primera vez que algo había resultado tan sencillo. El capitán dijo que sí, simplemente que sí, que nos llevaba. Casi antes de acomodarnos, sacamos una foto en cubierta, con los cinco tripulantes, navegantes de río, hombres reservados, que hablaban un portuñol difuso, parecido al que nos esforzábamos nosotros por practicar: lenguas de frontera. De todos modos, no se interesaron mucho por estos jóvenes evidentemente citadinos, estudiantes universitarios.
Enseguida aprendimos lo esencial: se comía cada cuatro horas, cuando cambiaban los turnos y el cocinero hacía sonar una campana. El atardecer traía una nube de mosquitos y los ruidos de monos y pájaros invisibles cambiaban de tono, como si tocaran otra partitura diferente de la música diurna. Casi no hablábamos ni entre nosotros, ni con la tripulación, apenas gestos de cortesía, dar las gracias todo el tiempo, cosas así. En alguna foto desvaída adivino que tenemos cara de felicidad. Con buen tiempo y sin nada que hacer, la navegación es plácida. Fumábamos y comíamos grandes pedazos de dulce de guayaba y bollos de pan medio húmedo, guiso de arroz y porotos con trozos de carne y grasa. El cocinero subía a cubierta con una lata de cuarenta centímetros de diámetro y un cuchillo. Cortaba grandes porciones de ese dulce perfumado y demasiado tropical para nuestro gusto. Pero no queríamos ofender y lo tragábamos, empalagados, acopiando calorías para circunstancias menos afortunadas.
Entregados al sopor del ocio, sin embargo éramos conscientes de algo fantástico, una peripecia de ciencia ficción. Creíamos que, en pocos años más, todo el Paraná iba a ser una gigantesca autopista de represas. La iniciativa se la confiábamos a Brasil, por supuesto, que ya entonces respondía a una mitología técnica y futurista mucho más que la Argentina, que daba la impresión de estar detenida, porque su «destino evidente» no se había cumplido. Brasil, en cambio, tenía una potencia arrolladora y
allí se había elegido a la arquitectura moderna como «arquitectura de Estado»[68].
Nuestra representación de la futura Itaipú era fantasiosa, pero incluía, sin que nos estremeciera demasiado, el destino ingenieril y distópico de que todo el Paraná, de arriba a abajo, mutara drásticamente. Nos anticipábamos a ese progreso, porque éramos desarrollistas sin saberlo, gente de izquierda o peronistas nacionalistas con un sustrato desarrollista. Repetíamos «Urubupungá / Urubú-pungá / Jupiá /
Urubupungá»[69], como una fórmula mágica. Ninguno de nosotros había escuchado jamás la palabra «ecología» y nuestro costado marxista hacía que no se nos cruzara por la cabeza que muchos pobladores iban a ser relocalizados, que se inundarían kilómetros y kilómetros de territorio. Tales cosas no eran tema de la cultura de izquierda en aquella época.
Así, mientras navegábamos por el Paraná, a bordo de una tradicional chata carguera, enorme es cierto, imaginábamos que estos serían los últimos viajes fluviales. ¿De dónde nos venían estas creencias y supersticiones futuristas? Seguramente de la ciudad que era el destino del viaje: Brasilia. La nueva capital, inaugurada en 1960, magnetizaba todo lo que veíamos. Apenas si conocíamos algunas fotos, pero Brasilia ordenaba todo lo que se nos ponía por delante desde Foz de Iguazú. El presente se ordenaba desde el futuro. Una revolución de los tiempos. Sin duda, una revolución juvenilista.
Los yacarés que venían de otras eras zoológicas, con sus pieles pétreas, iban a desaparecer. Nosotros les tomábamos las últimas fotografías, en ese pueblo de costa y de frontera donde esperamos un transporte fluvial Paraná arriba. Nada en ese pueblo anunciaba el futuro: ni los techos de tejas, ni la tierra rojiza que lo manchaba todo, ni las cortinas de cañas de las verandas en las que pasamos algunas noches, ni la hospitalidad campesina, que mandaba a algún chico a ofrecernos un cafecito porque nos veían raros, difíciles de ubicar, porque no éramos ni vendedores ambulantes, ni misioneros. Mucho menos anunciaba el futuro ese Ford a manivela, pintado de verde, que ayudamos a empujar porque se había empacado en medio de una calle. Sin embargo, impertérritos ante estos datos de la realidad, nosotros nos movíamos desde esa selva subtropical hacia Brasilia. Los tiempos estaban mezclados.
Desembarcamos antes de Jupiá y seguimos camino por tierra, en ómnibus y camiones sucesivos. Así llegamos a Río de Janeiro. A diferencia de todo sentido común turístico, casi no nos ocupamos de la bahía ni de las playas. De la rodoviaria fuimos directamente al Ministerio de Educación. En Buenos Aires no había ningún edificio público que pudiera comparársele. De ese modo extraño se cumplía el propósito general de todo viaje, ya que llegábamos para conocer aquello que no se encontraba en otra parte y ciertamente no se encontraba en nuestra ciudad natal.
Es cierto que tampoco la bahía de Guanabara se acercaba a nada que conociéramos, pero no entraba en nuestra lista que seguía la norma de rechazar los «lugares comunes». No buscábamos «bellezas naturales». Nos fanatizaba la intervención sobre el territorio, el gran monumento del paisajismo y la arquitectura. Río para nosotros, aunque parezca necio y ciego, era Lucio Costa, Niemeyer y Burle Marx. Movidos por ese deseo, practicábamos una especie de snobismo modernista. Los pilotes del Ministerio de Educación eran las columnas clásicas de nuestra cultura visual, que empezaba en el presente y se reducía casi enteramente al presente.
Sólo recuerdo vagamente una mañana en la barra de Tijuca, donde nos llamó la atención que el mar fuera caliente ya que sólo conocíamos el Atlántico al sur; y una noche de ensayo de una escuela de samba, en un barrio al que llegamos sin saber ni dónde estábamos ni qué íbamos a ver. Comíamos lo que se podía comprar en la calle: pollo o bollos fritos rellenos de sustancias que no reconocíamos, y rodajas de abacaxí. No prestábamos atención, en primer lugar porque tampoco teníamos dinero para elegir demasiado.
Este viaje, a principios de la década del setenta, quizás en enero de su primer año, confirmaba ideas recibidas y anticipaciones. Habíamos ido a Bolivia y a Perú no en busca de la modernidad, sino de la resistencia inconmovible de campesinos o mineros, de militantes trotskistas o nacionalistas, a los que inscribíamos en una línea de tiempo que se hundía en el pasado y nos comunicaba con las culturas originarias, anteriores a la llegada de España a América. En Bolivia y Perú buscábamos formas «progresistas» del pintoresquismo latinoamericano. Buscábamos la resistencia o la revolución en sus estilos campesinos e indígenas, estilos ancestrales sojuzgados por la colonización y luego por el imperialismo. Eso es lo que creíamos encontrar en la América andina y esas eran las palabras que usábamos.
En Brasil no buscábamos nada de eso, aunque nuestra idea era igualmente fantasiosa. Ignorábamos todo sobre la Amazonia (que habíamos pisado en la frontera entre Perú y Ecuador uno o dos años antes) y pasábamos por alto Salvador de Bahía y lo que está al norte de Río de Janeiro sobre la costa del Atlántico. La línea maestra de nuestro viaje era, primero, el Paraná (el futuro energético de las represas, apurarse para ver los grandes saltos antes de que los aplanaran para construir los lagos artificiales y los reservorios); después, Río de Janeiro y de allí, en ómnibus, lo más directamente posible, Brasilia. En el medio vendría una sorpresa inesperada, un azar benevolente con nuestra fijación modernista.
Fue una noche. Viajábamos en ómnibus por el medio del continente y en el horizonte apareció un resplandor móvil que, poco a poco, se convirtió en el sky-line de Belo Horizonte. Muchos años después, tuve la misma impresión de fuego en el desierto cuando me acerqué, en auto, a Las Vegas. La llegada nocturna contradecía algo que yo no había leído aún. En Tristes trópicos, Lévi-Strauss anota, con alguna ironía: «Los trópicos son menos exóticos que pasados de moda». Por el contrario, el fuego eléctrico de Belo Horizonte era futurista: la ciudad amontonada en el desierto, de hoy para mañana, con derroche y deseo fáustico de modernidad.
Por primera vez en nuestra vida veíamos rascacielos que emergían, como menhires técnicos, de un paisaje mediterráneo. Habíamos vivido exclusivamente en Buenos Aires e imaginábamos las ciudades de altura invariablemente en la costa: grandes puertos o capitales. Belo Horizonte contradecía, de modo inesperado, esta certidumbre obtusa. No esperábamos nada de la ciudad. Encontrarla fue nuestra fortuna, ciertamente.
Esa noche dormimos en el leprosario. Nos sucedían cosas inverosímiles. Cuando bajamos en la rodoviaria, se nos acercó un policía de civil que se definió como investigador. Nuestro grupo era extraño: tres muchachas jóvenes y un muchacho, con mochilas (que no eran, en esa época, una forma usual de llevar carga) y borceguíes (que tampoco eran, como ahora, los zapatos típicos del joven cool). Un cuarteto de argentinos medio dormidos y todavía desconcertados por la dimensión inaudita de la ciudad mediterránea.
El policía era, evidentemente, un oficial. No se identificó ni a nosotros se nos cruzó por la cabeza pedirle que lo hiciera. No se usaba entonces tal ejercicio de derechos. Le preguntamos, en cambio, si tenía idea de algún albergue, hotelucho, lo que fuera, donde pudiéramos pasar la noche de la manera más austera. El tipo nos miró de arriba abajo y fue evidente que le resultamos interesantes por lo insólitos. «Los invito a un trago», nos dijo mientras abría la puerta de su Volkswagen. Veinte minutos después nos sentamos en la barra de un bar desde donde se veía la ciudad entera, iluminada, incandescente. Nos explicó donde estábamos; nos dijo que seríamos más que tontos si seguíamos camino a Brasilia sin conocer, por lo menos, el barroco de pequeñas ciudades como Sabará. Mientras tomábamos jugo de coco en su recipiente original, un exotismo para nosotros que, hasta ese momento, lo más tropical que conocíamos era el ananá, nos desvió de la ruta a Brasilia por dos días y, en el mismo cuarto de hora, solucionó la cuestión de nuestro alojamiento.
Horas después dormíamos en el leprosario de Belo Horizonte, en un cuartito con dos elásticos, sin colchones ni mantas ni ventana. La puerta daba a un patio oscuro y desierto. Al ver que todo estaba desnudo, impecablemente rasqueteado, suspiramos con alivio. Nos serenó el olor de los desinfectantes. Años atrás yo había leído una novela de Jack London donde el protagonista se contagiaba la lepra y los primeros signos aparecían como algunas manchas en el entrecejo: la faz leonina. En fin, mejor no pensarlo allí, en ese momento.
Al día siguiente, salimos hacia Sabará. El barroco mineiro se metía de este modo, por consejo policial, en nuestro camino hacia la Meca modernista de Brasilia. Muchos años después, de regreso en Belo Horizonte, tuve que confesar que apenas me había detenido en la Iglesia do Carmo. Todo sucedía como si la dirección de aquel viaje (que era un vector hacia el futuro) borrara sigilosamente la historia. Los ojos no pueden ver lo que no desean. Ni desear aquello que ni siquiera se conoce de nombre.
Por eso, no recorrimos los 290 kilómetros que separan a Belo Horizonte de Diamantina, la pequeña ciudad barroca donde había nacido Kubitschek, el presidente que imaginó Brasilia. Muchos años después, estuve en Diamantina y traté de hacer un ejercicio difícil: mirarla como la hubieran mirado mis ojos cuarenta años antes. Si hubiéramos ido a Diamantina, allí se habría producido el salto de programa que nuestra obsesión modernista le negaba al viaje. Quizá, al llegar a Brasilia, habríamos podido reconocer (como hoy reconozco) en los muros blancos de la ciudad nueva, los blancos resplandecientes de las casas y las iglesias de Diamantina, que es, a su modo, una ciudad blanca, donde sólo los marcos de las puertas o ventanas y los bordes de las molduras llevan color: azules electrizados, rojos, sepias intensos, amarillos. Hoy reconozco ese diálogo entre blancos puros. Y más: se dice que Niemeyer se inspiró en los arcos del mercado de Diamantina para sus arcos de Itamaraty. Pero, entonces, cuando corríamos hacia Brasilia, no teníamos ojos para ver Diamantina. Nada hay tan difícil y raro como el barroco.
Más raro es que, hasta llegar a Belo Horizonte, hubiéramos pasado por alto que en esa ciudad se conocieron su alcalde, Juscelino Kubitschek, y el futuro arquitecto de Brasilia. Belo Horizonte fue casi una casualidad, cuando debió haber estado en nuestro itinerario desde el principio. Al regresar de Sabará visitamos Pampulha. En apariencia, todo volvía a ponerse en orden: íbamos de Niemeyer a Niemeyer, de Kubitschek alcalde y gobernador a Kubitschek presidente. Pero la obsesión con Brasilia producía una especie de ceguera. La visita a la iglesia de Pampulha fue un tributo apresurado a Niemeyer, algo que se acepta porque es inevitable pero que, a fin de cuentas, se convierte en obstáculo.
Décadas después volví a Pampulha. En mi recuerdo sólo habían quedado los colores y la transparencia vítrea de los azulejos de San Francisco. Me resultó difícil imaginar quién había sido esa muchacha obsesionada, insensible y distraída, que en Pampulha sólo pensaba en otra cosa.
¿Qué significaba todo este esfuerzo físico, este arrastrar de mochilas bajo el sol, atosigados por el calor y la humedad, las noches a la intemperie, los mosquitos, los piques bajo las uñas, el suspenso un poco siniestro del leprosario, la comida escasa salvo en los días muníficos del barco por el Paraná? ¿Por qué esta peregrinación que parecía una performance hippie?
Era un capítulo del viaje iniciático. Avanzada la década del setenta, poco después de nuestros viajes por América del Sur, esos recorridos de aprendizaje se clausuraban definitivamente. Pero en los últimos años de la década del sesenta y los dos primeros de la siguiente todavía quedaba, entre la violencia revolucionaria y la represión, un resquicio para estos desplazamientos ingenuos y pedagógicos. Ese resquicio, sin embargo, ya estaba acechado por el peligro. Cuando en la frontera peruano-ecuatoriana, en plena Amazonia, nos detuvo el ejército, ese pudo ser el primer signo de que la «formación del joven latinoamericano» debía encontrar otras modalidades y otros escenarios.
Profesábamos la fe ultraempirista de que para conocer América Latina había que desplazarse de ser posible a pie, por tierra; en barcas no preparadas para el turismo por agua; pegados a la superficie, hablando con aquellos que el azar nos ponía por delante, campesinos quechuas, jíbaros amazónicos, pobres de las barriadas, mineros, sindicalistas, intelectuales, cazadores furtivos, probablemente sin entenderse y, muchas veces, sin conocer la lengua de unos y otros. Éramos citadinos que vivíamos la fantasía de que el viaje nos transformaba de manera instantánea. Recibíamos una formación ideológica en estado práctico, que saltaba sobre las barreras culturales y lingüísticas.
Hasta llegar a Brasil, los desplazamientos habían tenido dos vectores: la historia y la pobreza latinoamericana, una línea de tiempo y un mapa social. Pero Brasil nos parecía diferente: fortalecía el imaginario tecnológico que convertía al Paraná en un curso de gigantescas represas de donde fluiría electricidad para millones; había construido la ciudad más moderna del continente y, claro está, del mundo. Sólo sabíamos de Brasil que era el futuro (quizás en eso no estábamos tan equivocados). No buscábamos ni historia ni color local, ni costumbrismo ni pintoresquismo miserabilista. Brasil era una nación del porvenir. Habíamos visto Deus e o Diabo na Terra do Sol y, sin embargo, no podíamos incorporar esas imágenes de Glauber Rocha a nuestra fantasía brasileña.
Por otra parte, en un impulso de soberbia, queríamos corregir la «versión argentina» de Brasil, un insultante prejuicio turístico sintetizado en Río de Janeiro, los carnavales, color-ritmo-buena-onda-jogo-bonito. Rechazábamos esa versión por racista y estrecha. A la postal del Cristo sobre el Corcovado y la bahía, le oponíamos nuestra fotografía de los bellos pilotes del Ministerio de Educación de Río de Janeiro. Por eso, el destino era Brasilia.
Sucedió de mañana, muy temprano. Uno de nosotros recuerda que llegamos en
camión, montados sobre la carga[70]. Yo creo que fue en ómnibus y que bajamos en la rodoviaria, adormilados pero victoriosos. No conocíamos a nadie que hubiera estado en Brasilia. Nos sentimos los primeros de una serie latinoamericana que sería, de allí en más, infinita. La rodoviaria nos pareció sucia, ruidosa, caótica por la falta de indicadores, pero lo pasamos por alto. No queríamos hacer comentarios de estudiantes pequeño burgueses justamente cuando estábamos frente a las puertas del Xanadú modernista. Buscábamos el asombro.
Con una seguridad inamovible, fuimos en ómnibus hasta la universidad y dimos vueltas hasta encontrar el local que, en nuestra cultura política, debía corresponder al centro de estudiantes. Un trámite sencillo, como registrarse en un hotel que se ha reservado. Explicamos que éramos argentinos, que veníamos a conocer Brasilia y que necesitábamos dormir algunas noches. Un estudiante abrió la puerta de un depósito, donde había resmas de papel y probablemente algún mimeógrafo, mientras nos contaba la lucha contra la dictadura. Con sencillez poco interesada en la respuesta, nos preguntó si nos arreglábamos bien allí.
De la inmensa cantidad de cosas que desconocíamos por completo, la Universidad de Brasilia era una excepción. Yo trabajaba en editoriales de libros y fascículos donde se mencionaba con frecuencia el nombre de Darcy Ribeiro. Sabíamos que muchos profesores de esa Universidad habían sido cesanteados o habían renunciado después del golpe de 1964. Esos avatares eran parecidos a los de la Universidad argentina, en 1966, después del golpe de Onganía. Sobre todo, tenía una idea somera de que la organización de la Universidad de Brasilia había sido (¡naturalmente!) muy moderna, superadora de la división tradicional por carreras profesionales y departamentalizada según disciplinas. Esa organización también fue explorada en la Universidad de Buenos Aires desde 1956 hasta el golpe de estado, que también había empujado a la renuncia y al exilio a casi todos los investigadores en ciencias sociales y exactas. Sabía, más o menos, de qué hablaba el estudiante que nos recibió. Tenía noticias de las movilizaciones estudiantiles. En fin, existía un terreno de experiencias comunes.
Pero no habíamos viajado hasta Brasilia para debatir la «cuestión universitaria», de modo que guardamos nuestras mochilas y salimos, como quien, por fin, ha alcanzado su objetivo. Por primera vez en varias semanas estábamos tranquilos. Caminamos hasta la Plaza de los Tres Poderes, que era la imagen de Brasilia que mejor conocíamos por fotografías.
Nuestra idea de espacio público se había limitado, hasta pisar la Plaza de los Tres Poderes, a la Plaza de Mayo de Buenos Aires. Las diferencias son evidentes, pero recién allí tuvimos conciencia de ellas. Plaza de Mayo es el producto de una superposición de modificaciones, cambios, reconstrucciones y demoliciones realizadas a lo largo de dos siglos. No surge de un solo gesto sino de una suma estilística y paisajística, de la coexistencia despareja de los edificios neoclásicos, italianos y modernos que la rodean. Es heterogénea; sus cualidades no provienen de una sola concepción urbanística ni arquitectónica, sino de agregados y correcciones. Fundamentalmente, su sentido se lo dan los acontecimientos que sucedieron y suceden allí. Plaza de Mayo está, casi siempre (incluso bajo dictaduras militares) llena de gente, curiosos, manifestantes, vendedores, turistas, mendigos, veteranos de Malvinas.
En 1970, la diferencia con la Plaza de los Tres Poderes no provenía sólo de la belleza que, por supuesto, nos dejó atontados, mientras caminábamos de un extremo al otro por las explanadas. La diferencia era que la Plaza de Brasilia estaba desierta. No había nadie allí. Su simbolismo se originaba en la potencia del gesto arquitectónico y constructivo, en la confianza política fundacional, no en las capas de pasado que todavía no habían tenido tiempo de depositarse sobre esas superficies perfectas. En la Plaza de los Tres Poderes, la decisión de un Estado y el genio de Niemeyer habían reemplazado a la historia que es la gran arquitecta de las otras plazas latinoamericanas.
Todo estaba vacío. Una fotografía muestra a dos de nosotros, alejados varios cientos de metros del Palacio del Planalto. La extensión registrada es enorme. Sobre la llanura de cemento están solamente esos dos argentinos, contra la silueta del Palacio. Es cerca del mediodía y no se ve a nadie más. Apuesta máxima de la arquitectura moderna: sostenerse sobre el vacío. Chandigarh, Brasilia, autofundarse con un doble gesto material y simbólico.
Hoy las imágenes son bien diferentes. Centenares de presidentes, ministros y embajadores han recorrido esa extensión, registrados en miles de fotos periodísticas y de secuencias televisivas. Cuando nosotros llegamos, en cambio, la fenomenal y desmesurada apuesta estaba al desnudo. Entonces podía formularse la pregunta: ¿qué será mañana, dentro de veinte o treinta años, de esta explanada desierta?
No nos hicimos esa pregunta. Aparentemente sencilla, era, sin embargo, demasiado complicada para nosotros. Discutimos otras cosas. Habituados a las movilizaciones en la plaza pública, nos esforzamos por imaginar cómo sería una hipotética movilización popular en la Plaza de los Tres Poderes. Sentados sobre el cemento, al sol, sólo pensábamos a partir de lo que creíamos una especie de norma universal: las plazas se diseñan para que las ocupen los manifestantes. La claridad del Plan Piloto acentuaba nuestro error: como si Lucio Costa (al revés del barón de Haussmann) hubiera decidido una traza urbana especialmente propicia para multitudes encolumnadas que avanzaran por la avenida de los ministerios hasta la Plaza.
Así desvariábamos, impactados por una obra todavía desnuda de las imágenes que iban a rodearla con el paso del tiempo. Al mismo tiempo, tenía algo irreal, como si estuviéramos paseando por una escenografía de la historia futura. Las dos cúpulas invertidas, las dos torres brillaban con el aura de lo nuevo. No había acontecido aún el lento, inexorable y desgastante proceso que convierte a las imágenes, a los edificios, a los paisajes, en familiares. Todo explotaba ante los ojos.
«Brasilia era, en verdad, un inmenso cartel anunciando al mundo, en letras
gigantescas, que Brasil era capaz de realizar esa empresa. Y ese destino
simbólico era coherente con el devenir de la propia arquitectura moderna
brasileña que, desde el proyecto del Ministerio de Educación y el de Salud
Pública, floreció, bajo el patrocinio estatal, con la enorme responsabilidad de
representar la modernidad nacional»[71].
Equivocados, o no, nosotros veíamos exactamente eso.
Esta experiencia hoy no puede repetirse. Entonces, la ciudad sólo tenía diez años. Caminamos desde la Plaza de los Tres Poderes, a lo largo de la avenida bordeada por los ministerios. De nuevo, solos. Brasilia nos daba la rara imagen de una ciudad nueva, sin pasado. Interpretaba, por eso mismo, una de las altas utopías de la modernidad. La ciudad es siempre una historia. Pero, en Brasilia, todavía no había transcurrido el tiempo necesario para que el presente dejara de ser presente, y sobre lo construido se depositaran capas de tradición y de recuerdos. El gesto urbanístico de Lucio Costa y el gesto estético de Niemeyer eran pura actualidad.
¿Por qué una catedral en esta ciudad del futuro?, me pregunté de pronto. Yo había decidido, antes de llegar, que la catedral de Brasilia no me gustaba del todo, y ni siquiera Niemeyer podía persuadirme. La catedral, pensaba, era demasiado tributo al pasado. Alguno de nosotros dijo que, eventualmente, podía convertirse en auditorio y bromeó: «Las iglesias siempre tienen buena acústica». No me pesaba el simbolismo de Brasilia; me molestaba en cambio que un arquitecto comunista hubiera ofrendado a Dios un edificio de significado tan explícito. Por supuesto que todavía no sabía nada sobre la Iglesia en Brasil ni, mucho menos, sobre la religiosidad popular. Simplemente me rebelaba ante ese gigantesco doble cáliz. A las iglesias viejas las explicaba la historia. A las nuevas, sólo las sostenía la arquitectura, cuando menos enfática, mejor.
Itamaraty, en cambio, podía cambiar de manos, de un régimen político a otro. Bordeábamos el espejo de agua sobre el que se apoyan las columnas. Estábamos contentos porque el reconocimiento de ese peristilo rectangular, en medio de tal vendaval de novedades, causa placer incluso a quienes, como nosotros, buscaban ser sorprendidos todo el tiempo. La diferencia entre Itamaraty y los otros ministerios nos parecía una alegoría arquitectónica de que Brasil encaraba sus relaciones exteriores a largo plazo, con el clasicismo que merecen las políticas de Estado. Este era un lugar común muy repetido en la Argentina. Que nosotros leyéramos las columnas de Itamaraty como una representación estética de esa política muestra hasta qué punto estábamos tejidos por preconceptos. Aunque corriéramos una carrera contra ellos.
Llegamos a las super-cuadras de viviendas. Algunos autos estacionados. Silencio y vacío. Al revés de todas las ciudades chicas y grandes que habíamos visitado, orden y casas recién pintadas. No puedo recordar dónde comprábamos lo que comíamos. No puedo recordar un solo negocio o fonda al que hayamos entrado, ni un carrito en las calles. Seguramente comíamos en el predio de la Universidad, pero tampoco puedo recordarlo. Ese agujero en la memoria contrasta con la precisión con que veo al cocinero del barco, recortado en cubierta contra la orilla selvática del Paraná, con su cuchilla en la mano, en el momento de repartir pedazos de dulce.
Brasilia, para nosotros, era todo lo contrario de aquella realidad concreta. Pero no nos sorprendía la ciudad desierta. Por el contrario, enfatizaba la desnudez de lo que acaba de materializarse y no ha terminado de asentarse sobre la tierra, el momento del aura. Flamante y blanca, era un gigantesco holograma de sí misma. Como en un libro de arquitectura tridimensional se mostraba como el monumento de la arquitectura modernista. Estar en Brasilia era pisar una frontera. Nunca, en ningún lugar, se había llegado tan lejos en la voluntad política de dar forma a un territorio e impregnar una ciudad con una estética. Chandigarh, es cierto, pero estaba en la India y era más pequeña.
No regresé a Brasilia. Quizá no volví para conservar intacto el recuerdo joven de la ciudad resplandeciente, recién construida, ese proyecto voluntarista y materialista al mismo tiempo, surgido del desarrollismo y de la conciencia de que una nación también se manifiesta en sus símbolos. Conozco las críticas a la ciudad y los argumentos que la defienden. Hace dos o tres años, caminando por Chicago con dos amigos brasileños, y hablando de ciudades, la mujer me dijo: «Viví en Brasilia». La miré ansiosamente, como quien espera una revelación temida. «Me gustó mucho vivir allí». Y comenzó a contarme su experiencia.