Viajes
Notas
[1] «Steinhof», en Massimo Cacciari, Hombres póstumos, Barcelona, Península, 1989,
p. 11. La iglesia de San Leopoldo fue construida entre 1904 y 1907. <<
[2] El festival de cine de Viena. <<
[3] Me acompañaba, como en la mayoría de las situaciones donde se escuche jazz, Rafael Filippelli, a quien agradezco haberme trasmitido algo de su saber sobre esta
música. <<
[4] Cl. Lévi-Strauss, Tristes tropiques, París, Plon (1955), p. 92. <<
[5] Sylvain Venayre, Panorama du voyage; 1780-1920, París, Les Belles Lettres,
2012, p. 166. <<
[6] Sylvain Venayre, cit. p. 151. <<
[7] Lévi-Strauss, cit., pp. 192 y sig. Amaro Villanueva, Obras completas, ed. de
Sergio Delgado, Paraná, Universidad Nacional de Entre Ríos, vol. 3. <<
[8] John Urry y Jonas Larsen, The Tourist Gaze 3.0, Los Angeles-Londres, Sage,
2011, p. 15. <<
[9] NEPTUNIA Motonave 1932. Motores diésel: 4; 4 hélices. Velocidad: 19,5 nudos (el «Neptunia» era uno de los dos más veloces transatlánticos del mundo). Longitud: 180 metros. Pasajeros: 180 en cabina; 270 en clase turista; 1100 en tercera clase. Tripulación: 272 hombres. Era una motonave rápida para pasajeros y mercancías, especialmente construida para la ruta Trieste-Nápoles-Sudamérica. Con su casco elegante y alargado, recordaba y, al mismo tiempo, mejoraba la anterior «Saturnia».
La decoración de las cubiertas de pasajeros, libres de los excesos del «barroco» y del «liberty», se inspiraban en la sobriedad y la racionalidad, para todas las clases. Casi todas las cabinas, incluso algunas de la tercera clase, disponían de servicios higiénicos individuales, baño y ducha. La clase única disponía, incluso, de una piscina. La nave estaba, de este modo, preparada para brindar servicio de crucero en la temporada correspondiente. El 5 de octubre de 1932 comenzó el viaje inaugural, tocando los puertos de Trieste, Venecia, Spalato, Nápoles, Gibilterra, Pernambuco, Bahía, Río de Janeiro, Santos, Montevideo, Buenos Aires. Y regresó. En 1936 realizó un crucero por Tierra del Fuego. En 1940 fue transferida a la línea del Pacífico: Génova-Valparaíso. En 1940 cumplió el primer transporte de tropas italianas a Trípoli y, en 1941, pasó al servicio de la marina de guerra. Fue puesta fuera de combate por un submarino británico en septiembre de 1941.
(http://www.archeologiaindustriale.it/sez_produzione_it.php?
content_type=nave&goto_id=620). <<
[10] Hace bastante tiempo, a propósito de las víboras que, supuestamente, amenazaban la vida tranquila de un grupo de veraneantes en un valle de las sierras bajas y secas del norte de Córdoba, en una columna publicada en la revista Viva, mencioné la novela Los olvidados, de Fernando del Río. Integraba la azarosa biblioteca de «Las Pencas», en el comedor orientado hacia el este que recibía todo el sol de la mañana, luminoso sobre los ladrillos casi morados de la galería y las hojas oscuras de los paraísos. En una repisa no muy grande, estaban El crimen de la guerra de Alberdi, Juan Manuel de Rosas de Carlos Ibarguren, Sinuhé, el egipcio de Mika Waltari, los poemas de Manuel Acuña y un libro de autoayuda, Cómo ganar amigos e influir en las personas de Dale Carnegie. No recuerdo haber leído la novela en aquel entonces. Un lector de Viva me escribió interesado en esa novela también olvidada. Le respondí que había desaparecido de mi vida, junto con la infancia. Pero no para siempre, porque el lector hizo lo que yo nunca había hecho: la buscó, la encontró en una biblioteca municipal y volvió a escribirme con la referencia. Fui a la biblioteca sobre la calle Carlos Calvo, la misma donde trabajó Borges hasta que fue declarado cesante por el peronismo, pero ese día la novela estaba prestada. Allí mismo averiguaron que otra biblioteca municipal tenía un ejemplar, lo confirmaron por teléfono y enfilé para el barrio de Chacarita. Como el destino es insistente, meses después encontré un ejemplar en una librería de viejo. Los olvidados transcurre en un lugar de Córdoba que reconocí instantáneamente: el mismo patio cuadrado frente a la misma cocina de la misma casa donde había vivido muchos veranos de mi infancia. El narrador es un abogado de ciudad, en proceso de convertirse en hombre de campo, y la chica de servicio que le ceba mate es Rulito, bautizada así por el abogado, porque era una abandonada sin nombre. De allí en más (la pelea citada en el texto ocurre al principio), el abogado y la chica viven una especie de mudo idilio campesino que los coloca al borde del incesto, y digo al borde porque cuando él va a abrazarla, en ese mismo momento, se da cuenta de que Rulito puede ser realmente su hija. La relación del patrón con Rulito es el motivo sentimental de una presentación realista de la miseria en el norte de Córdoba, durante la década del treinta. Ni mucho peor ni, por cierto, mejor que muchas novelas de tema social (con intriga sentimental incluida). Fue escrita en 1944. Fernando del Río, Los olvidados. Gente pobre en tierra rica,
Buenos Aires, Librería Perlado Editores, 1946, pp. 19-20. <<
[11] Este hombre habría llegado muy verosímilmente al puerto de Buenos Aires el 1 de febrero de 1930, procedente de Génova, a los 27 años, en el Giulio Cesare. Los registros lo presentan nacido en Alejandría, provincia del Piemonte, en 1903, jornalero y soltero. Bosia hablaba castellano con la boca muy cerrada, mordiendo los sonidos. Alicia Bernasconi es quien gentilmente acercó estos datos, entre muchos
otros. http://www.ciseionline.it/KMS_Site/Dettagli_Arg.asp?id=172840 <<
[12] «Kovàcs es un apellido también húngaro y en realidad me imagino que es un apellido pariente de Kovacic (parece que Kovac es “herrero”; el ic o el cic pueden ser “hijo de”). En algún lugar alguien anotó Kovacic en lugar del Kovàcs original (que quizás se pronunciaba parecido). Si además partió de Bremen hizo un largo recorrido (no inusual de todos modos, dependía del agente que vendía el boleto) o estaba ya en otro país antes de venir al Plata» (comunicación personal de Fernando Devoto, a
quien agradezco la erudita gentileza). <<
[13] Alicia Bernasconi, de respuestas velocísimas e igualmente eficaces, me escribe: «Las listas que conforman la base de datos son las listas de pasajeros que los capitanes de los barcos entregaban en el puerto de Buenos Aires antes de desembarcar. Las distorsiones que presentan apellidos y nombres en la base de datos no han sido provocadas por funcionarios argentinos (salvo para el período 1882-1887, ya que las listas de esos años sí son transcripciones hechas por amanuenses de la Dirección de Inmigración), sino por oficiales de a bordo que no leían correctamente los pasaportes, o no entendían a los pasajeros o transcribían sin demasiado celo listas recibidas de las compañías marítimas en los puertos de embarque. No sabemos a ciencia cierta con qué documentación confeccionaban ellos las listas que entregaban al llegar, ni mucho menos cuán letrados eran. Sí parece bastante claro que en ese ámbito no se establecía un vínculo estrecho entre la manera de escribir nombres y apellidos y la identidad de las personas». Hoy, Erdogyarak está dentro de la República de Rumania y tiene, como a comienzos del siglo XX, poco más
de 2000 habitantes. <<
[14] Kwame Anthony Appiah, Cosmopolitismo. La ética en un mundo de extraños,
Buenos Aires, Katz, 2007. <<
[15] Carlos Reboratti ofrece una descripción material precisa de la puna, región de casi siete millones de hectáreas. Lo cito con la extensión que merece su texto:
«La Puna es una planicie… ubicada por encima de los 3000 m de altura en el extremo noroeste del país; abarca parte de las provincias de Salta, Jujuy, Catamarca, La Rioja y San Juan (en estos dos últimos casos depende de cómo se definan su límites). Hacia el este, la Puna se extiende hasta la Sierra de Santa Victoria, los nevados de Chañi y Cachi, y la sierra de Quilmes o Cajón. Clásicamente el límite sur se ubicaba en la Cordillera de San Buenaventura en la provincia de Catamarca pero, en realidad, este ambiente se puede encontrar también con el nombre de “punillas” o “altipampas” más al sur, entremezclado con cadenas montañosas. En el oeste, el límite lo forman una línea de volcanes que marca en el norte el límite con Chile y más hacia el sur los principales cordones de la Cordillera de los Andes. Morfológicamente la Puna se extiende más allá de las fronteras políticas, hacia el sur de Bolivia y el noreste de Chile. Por el borde oriental acceden a la Puna una serie de valles y quebradas (Humahuaca, del Toro, Calchaquíes) que, además de servir como canales de comunicación biológica, han sido históricamente importantes vías de comunicación.
»La Puna tiene un relieve relativamente chato, surcado ocasionalmente por serranías que sirven como elementos de delimitación de cuencas cerradas, características de este ambiente. […] En el fondo de estas cuencas se desarrollan grandes lagunas (Guayatayoc, Vilama), que tienen límites variables según la alternancia de las usuales irregularidades interanuales en la precipitación y también por la aparición esporádica de El Niño, que tiene en el noroeste del país efectos de sequía. Cuando las lagunas tienden a desecarse, dan lugar a extensos salares (Olaroz, Hombre Muerto), que resultan de la acumulación de elementos químicos lavados en los faldeos por las lluvias y arrastrados hacia el fondo de las cuencas. Estos salares aumentan en frecuencia y tamaño hacia el sudoeste, a medida que el clima se hace más seco.
»En líneas generales, las precipitaciones, siempre escasas, descienden de noreste a sudoeste. Mientras que en La Quiaca se pueden registrar alrededor de 350 mm de precipitación anual, hacia el sudeste éstas van disminuyendo y ha habido años sin registro alguno de precipitación en los salares del norte de Catamarca. Desde una perspectiva relativa, se podría diferenciar una puna más húmeda en el noreste y una más seca en el sur.
»A pesar de su ubicación subtropical, el control que ejerce la altura hace que las temperaturas sean relativamente bajas, con un promedio de 10ºC. Las mínimas pueden llegar en el invierno a los -15ºC. Pero la gran sequedad del ambiente hace que la amplitud térmica diaria sea muy alta. En los meses de verano, no es raro que entre las mediciones del mediodía y las de la noche existan más de 25ºC de diferencia.
»Los suelos son, por lo general, incompletos, arenosos (hay ocasionales formaciones de dunas) o pedregosos, con un muy bajo contenido de materia orgánica, ya que ésta se produce en poca cantidad y tarda mucho en descomponerse. Sólo en los escasos lugares húmedos hay formaciones de turberas, de muy lento desarrollo por las condiciones imperantes.
»La baja temperatura y las escasas precipitaciones han dado como resultado una vegetación esteparia, formada fundamentalmente por arbustos bajos como la tola, la añagua y la yareta —una particularidad de ésta es su longevidad, ya que se han encontrado ejemplares que tienen cientos de años. Los arbustos, por lo general, aparecen mezclados, con distinto grado de predominio según las condiciones locales y el efecto de especialización del ramoneo del ganado. No cubren totalmente el suelo, que en buena medida aparece desnudo. Las gramíneas aparecen solamente en forma ocasional en las llamadas “vegas”, que son depresiones locales donde se acumula el agua de vertiente y dan lugar a un microambiente diferenciado; también aparecen asociaciones de esporas en algunas laderas resguardadas. Los árboles de mayor porte son muy escasos, como la queñoa, que aparece formando bosquecillos en algunos lugares reparados, y el churqui, que sólo aparece en los bordes orientales más bajos. Los intentos por introducir especies foráneas no han sido muy exitosos, y solamente ha tenido cierto desarrollo el olmo siberiano, frecuente en los centros urbanos.
»[…]
»El poblamiento. A pesar de que las condiciones naturales presentan fuertes limitaciones, la Puna ha sido objeto de un antiguo poblamiento de culturas de cazadores-recolectores primero y, luego, de culturas ganaderas. En algunos lugares más húmedos se han registrado, incluso, andenes de riego, que muestran una actividad agrícola incipiente, tal vez fruto de condiciones climáticas menos rigurosas. La actividad ganadera se basaba en el aprovechamiento de la llama, el animal mejor adaptado a las condiciones locales. Éste, además de proveer fibra y carne, fue el carguero por excelencia de la Puna hasta el siglo XIX y el vehículo básico para el desarrollo del gran tráfico caravanero que caracterizó a la región en toda su historia. Este tráfico tiene que ver con la posición estratégica de esta meseta de altura con respecto a ambientes proveedores de distintos recursos naturales desde la costa del Océano Pacífico, las Yungas y los valles templados del sudeste.
»Más modernamente la Puna fue considerada como un espacio marginal, donde se desarrollaron algunas actividades mineras puntuales, pero no fue objeto de explotación ganadera a gran escala. La instalación humana continuó siendo básicamente dispersa, y solamente con la llegada del ferrocarril y el trazado de las fronteras aparecieron algunos centros urbanos de tamaño mediano, como Abra Pampa y La Quiaca, cuya existencia y desarrollo no están ligados al medio local, sino a su posición estratégica como nudo de transportes.
»En 2001, toda la población de la Puna apenas sobrepasaba las 46 000 personas. Pero si se descuenta de esta población a la que vive en los centros urbanos, se llegaría a una cifra de solamente 25 000 habitantes rurales. Y aun éstos se encuentran distribuidos en forma irregular, dado que 14 000 viven en la parte norte, menos extensa, y el resto, en el sur. Esto hace que la densidad de la población sea de apenas 0,2 hab. /km2 en este último sector». (Carlos Reboratti, «Situación ambiental en las ecorregiones Puna y Altos Andes»,
http://www.fvsa.org.ar/situacionambiental/Puna.pdf).<<
[16] Así llegamos por primera vez a la puna. Mary Louise Pratt ha señalado la importancia de la «escena de llegada» en los viajes de antropólogos y exploradores («Fieldwork in common places» en: James Clifford y George Marcus, eds., Writing Culture. The Poetics and Politics of Ethnography, Berkeley-Londres, The University of California Press, 1986, pp. 27-50). También está llena de sentido la «escena de partida», o mejor la secuencia de escenas anteriores a la partida, los días o meses durante los cuales el viajero realiza su preparación física, psicológica y moral. Nuestro equipo, zapatos, mochilas, marmitas, carpas, formaba parte de esa preparación. Todos los prejuicios respecto de lo exótico se insinúan en esas escenas anteriores a la partida: ¿cuáles son las enfermedades habituales? ¿Qué medicinas encontraré en mi destino y qué médicos? ¿Cuál es el nivel de violencia urbana que me espera? ¿Cuán diferente es la comida? Las preguntas pueden ser completamente justificadas pero su constancia marca que lo desconocido amenaza siempre con
peligros o daños potenciales, a veces imaginarios. <<
[17] Alberto Sato, «Rutas históricas en la puna jujeña», Autoclub. Revista del
Automóvil Club Argentino, Buenos Aires, número 55, nov.-dic. 1970, pp. 62-65. <<
[18] Las citas provienen de: Carla Speciale Giorgi y Paolo Speciale, La cultura del trullo; Antologia di scritti letterari e scientifici sui trulli, Fasano-Brindizi, Schena Editore, 1989, pp. 81, 93 y 208 respectivamente (trad. BS). Este libro, que reúne excelente información sobre los trulli y magníficos planos, dibujos e ilustraciones, establece su área de difusión en Italia, la Puglia, y, especialmente el valle del Itria; hacia el norte de esta zona, en las costas de Bari; hacia el sur, en Salento; en Cerdeña, en Barbagia, Turritano y Sulcis. Fuera de Italia, a lo largo de la costa dálmata (con excepción de Grecia) y en algunas islas del Dodecaneso. En Malta, existen trulli que hipotéticamente derivan de tumbas megalíticas. En España, en la Costa Brava, en la Mancha, Aragón, Cataluña y las Baleares. En Francia en la Provenza y la Dordogne. En Irlanda en la región de Kerry. En África, se encuentran en Libia; al sur del lago Chad, en Orange. En Asia menor en el Kurdistán, «cuya cúpula de tejas cocidas al sol se parece a las cabañas redondas de algunas regiones de Bolivia y Perú» (p. 33). Como se ve, los trulli que descubrimos en la puna jujeña no son mencionados, aunque en la vasta geografía del altiplano podrían ser los atribuidos a Bolivia. Sin embargo, nuestros trulli jujeños no tenían tejas, sino que claramente habían sido cubiertos por piedras. Finalmente, el veredicto de la Enciclopedia Treccani: «Construcción rústica usada en algunas zonas de la Puglia (Murgia, valle del Itria). Tiene, generalmente, planta circular; la cobertura es de lajas de piedra bastamente cortadas, dispuestas en niveles que se achican hacia arriba, para formar una cúspide cónica… En ocasiones al trulli central se le agregan otros más pequeños, a menudo de planta cuadrada, cubiertos por una cúpula independiente y comunicados entre sí y con el exterior… Descienden de construcciones circulares, en forma de torre,
ubicables en el marco de la civilización megalítica mediterránea». <<
[19] A. Sato, cit., p. 65. <<
[20] La iglesia: «Sobre el frente de la iglesia coinciden en un mismo eje el acceso al atrio y un pequeño pórtico que pareciera indicar el camino hacia el Alto Perú, a través del Abra grande. Nichos para descansar las imágenes se apoyan sobre los muros exteriores de adobe, simbiosis perfecta entre rito y necesidad estructural. Dos sacristías que por sus cimientos de piedra indican mayores dimensiones que las actuales, flanquean el sector del altar. Don Félix nos explica que la paja de los techos, inexistente en el lugar, resultaba tan costosa que, por razones de economía, redujeron el tamaño de los sectores considerados innecesarios. Algunas vigas de lapacho enclavadas en el muro denuncian la presencia de dinteles que podrían haber sido ventanas o puertas. Rodeamos la iglesia. Un macizo contrafuerte y la torre del campanario, horadada por ventanillas romboidales, enmarcan la fachada principal. La nave, con techo a dos aguas armado con vigas de lapacho ocupa una superficie de aproximadamente 150 metros cuadrados. Don Félix destrabó el antiguo candado y entramos… Arabescos de fuertes colores decoraban todos los muros. El retablo estaba pintado con columnas y cúpulas neoclásicas, tratadas según el estilo ingenuo y primitivo, en una gama de oros y azules, telas de evidente influencia italiana, sin marco, fijadas a las paredes con clavos de madera. Sobre el altar, don Félix enumeró las vírgenes de la Candelaria, del Rosario y de la Concepción, talladas en madera. Y, en fuerte policromía, un San José. En este recinto, ingenuo y equilibrado, de 22 metros de largo, existió sobre la mezanina del coro, un órgano de cañas: “Un sacerdote se lo llevó —afirman los pobladores— para repararlo y nunca más lo
devolvieron a esta Iglesia de San Juan”». (Ibid., p. 65). <<
[21] José María Poirier, director de la revista Criterio, consultado por mí, tuvo la gentileza de trasladar la pregunta a Roberto Di Stefano, especialista en historia de la Iglesia en el siglo XIX, que respondió: «Parecen ser santos dominicos y jesuitas. El de la primera pintura parece ser un dominico. No se ve bien si lo que tiene en la mano es una palma de martirio o una pluma de escribir. Tiene una custodia en la otra mano… Podría ser Santo Tomás, si fuera una pluma de escribir. El de las llaves es sin dudas San Pedro. La tercera imagen parece de dos jesuitas. Uno es un mártir, tal vez Roque González, martirizado en el Paraguay. El otro lleva una cruz de misionero y podría ser San Francisco Javier o San Francisco de Borja. El de la cuarta imagen diría que es Santo Domingo, con el báculo del que cuelga el pendón de la orden y la azucena en la otra mano (si es que es una azucena). Falta el perro, que no siempre está. La Virgen, creo que sin dudas, es la del Rosario, coronada, y con el Niño también coronado en el brazo izquierdo y el Rosario en la otra. Es congruente con las imágenes de santos dominicos; seguramente en algún momento la iglesia fue confiada a la orden». La identificación de las órdenes de dominicos y jesuitas coincide con la de Gastón Burucúa, aunque se aparten en el san Pedro, que señala Di Stefano, y que es, para
Burucúa, san Ignacio. <<
[22] http://www.ruta0.com/santa-catalina/fotos/pueblo-fantasma-de-san-juan-de-oros-
jujuy-12056.htm <<
[23] http://www.lugaresdeviaje.com/foto/18086. Quien tomó esa fotografía afirma que
nunca nadie vio el interior de esa iglesia. Nosotros también somos sus fantasmas. <<
[24] http://rutanacional40.com/hojaRutJujuy.asp. El mapa muestra que de San Juan de Oros, llegamos, con mejor suerte en cuanto a la dureza del viaje, a Mina Pirquitas, a
55 km. <<
[25] Ese hombre, gentil y hospitalario, era un separatista convencido. Pero lo que esa noche nos impresionó fue la naturalidad de sus proposiciones racistas. Encuentro convincente la siguiente síntesis de Pablo Stefanoni: «El regionalismo cruceño tiene causas históricas evidentes. Hasta mediados del siglo XX, esta región oriental se encontraba aislada del resto de Bolivia: un camión necesitaba seis días para recorrer los 500 kilómetros que separan a Santa Cruz de Cochabamba, y fue recién en los años cuarenta, cuando se puso en marcha el denominado Plan Bohan, que muchos consideran el despegue del desarrollo cruceño. En los años cincuenta, las violentas luchas por el 11% de las regalías petroleras para el departamento enardecieron los ánimos regionalistas y se mezclaron con las actividades conspirativas de Falange Socialista Boliviana (FSB) contra el gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) que encarnaba las banderas de la Revolución Nacional del 9 de abril de 1952 y que, sin embargo, continuó con los proyectos de desarrollo del Plan Bohan. Políticamente, el Comité Cívico Pro Santa Cruz —considerado corrientemente el “gobierno moral” de la patria chica y artífice de la actual ofensiva autonomista— fue, desde el inicio, un bastión falangista. En los años setenta, constituyó un refugio para los partidarios del general Hugo Banzer, quien derrocó mediante un golpe de Estado al gobierno nacionalista popular del general Juan José Torres y gobernó de facto hasta 1978. No son pocos quienes piensan, en La Paz, que los cruceños quieren repetir la historia con Evo Morales. Hoy, Santa Cruz es el departamento más rico de Bolivia». Sobre el racismo camba hay un ejemplo tan claro como reciente y mediático: «Fue la Miss Bolivia Gabriela Oviedo quien, en 2004, buscó marcar de forma brutal las diferencias, lo cual desató una polémica que llegó a Santa Cruz: “No todos somos indios en Bolivia, en Santa Cruz somos altos, blancos y sabemos (hablar) inglés”». (Pablo Stefanoni, «Las tres fronteras de la revolución de Evo Morales. Neodesarrollismo. Decisionismo. Multiculturalismo», en M. Svampa y P. Stefanoni, Bolivia: memoria, insurgencia y movimientos sociales, Buenos Aires,
CLACSO-OSAL-Editorial El Colectivo, 2007, p. 89). <<
[26] Ernesto Guevara, Notas de viaje; Diario en motocicleta, Oceansur, 2004. <<
[27] A mi amigo Diego Rojas le resultan irreconocibles estas rodajas de mortadela frita. Como conoce bien Bolivia y como tiene una mirada ajustada para la realidad, transcribo lo que me dice: «Una cosa que no entiendo es esa referencia a las milanesas de mortadela. Mirá que conozco Bolivia, sus comidas y sus mercados y jamás probé algo de esa naturaleza. Me gustaría saber a qué te referís. Hay en Bolivia una especie de milanesa llamada “silpancho”, que es una lonja finita de carne apanada, pero de vaca, quizás te refieras a eso». El padre de Diego, boliviano, confirma mi confusión y la descripción que me facilitó su hijo (mensajes de marzo de
2013). <<
[28] La situación anterior a la asunción de Torres respondía al siguiente entramado de contradicciones endiabladas que se potenciaban: «Tras un levantamiento militar el 6 de octubre de 1970, el Gral. Ovando, que pocas semanas antes había perdido a su hijo mayor víctima de un accidente de avión, totalmente desmoralizado renunció a la presidencia. Se produjo entonces una pugna entre sectores de derecha liderizados por el Gral. Rogelio Miranda y grupos de izquierda bajo la jefatura de Juan José Torres. En un principio y ante la imposibilidad de jurar él mismo como presidente por falta de un mínimo respaldo, Miranda forzó la posesión de un triunvirato militar conformado por los generales Efraín Guachalla, Fernando Sattori y Alberto Albarracín que renunció huérfano de apoyo a las seis horas de haberse posesionado. La confusión en el seno de las FF. AA. llegó a puntos insospechados. Las ideas dejadas por Ovando vinculadas al nacionalismo revolucionario y las posiciones anticomunistas de la doctrina de seguridad nacional, agudizadas tras el triunfo frente al “Che”, no eran capaces de romper el empate. En este contexto la solución se dio
por la vía del golpe de mano.» (http://historia.ibolivia.net/node/320). <<
[29] De regreso en Buenos Aires, escribí una veloz síntesis de la situación política en Bolivia, que se publicó en la revista Los Libros, número 19, mayo de 1971 (hay edición facsimilar publicada por la Biblioteca Nacional). En enero de 1971, cuando nosotros estábamos en La Paz, tambaleaba el gobierno de Torres encerrado entre una derecha militar y algunas fracciones de izquierda que lo criticaban como si se tratara de la misma derecha que lo jaqueaba. Estuvimos esos días en que «el golpe parecía un hecho». En mi nota trato de explicar: «Altos jefes del MNR dialogaron en los comandos militares con los generales golpistas; el gobierno de Torres puede caer. Lechín (dirigente máximo de la COB) se resistía a movilizar la COB para evitar una restauración de derecha y aun cuando el golpe parecía triunfante se comunicó con los centros mineros para pedirles a los obreros que no abandonaran sus lugares de trabajo. Sin embargo, la democracia y las organizaciones de base funcionaron efectivamente: cinco horas después, los mineros llegaban en camiones a La Paz y avanzaban desde El Alto atronando la ciudad con dinamita. Defendieron la opción nacionalista revolucionaria, dotándola de un contenido de clase al exigir las medidas que pueden conducir a Bolivia hacia el socialismo». En ese número de Los Libros, también se publicó el reportaje que le hice a Augusto Céspedes, escritor e intelectual máximo de esos años. En mi presentación del reportaje escribí: «La subcultura que ha impuesto el imperialismo sobre Latinoamérica tiene motivos serios para auspiciar el ocultamiento de una obra como la de Céspedes, a menudo valiéndose de argumentos exquisitos, desvalorizadores, enajenados a la “buena literatura”. En El dictador suicida Céspedes ha escrito: “Esta es una historia tendenciosa y complicada”. Como
debe serlo, naturalmente, toda historia escrita para la liberación». <<
[30] Lechín era secretario general de la Confederación Obrera Boliviana. En mayo de 1970, un Congreso de la COB se sitúa muy a la izquierda de su dirigente histórico (a quienes muchos en la izquierda consideran un traidor) y caracterizan la etapa de la revolución como «socialista». En este clima de sóviet, se crea una Asamblea Popular que debería convertirse en expresión de la nueva soberanía: «Contra la representatividad en el parlamento ligada exclusivamente al sistema de partidos políticos, la AP (223 delegados) se estructuró de acuerdo a sectores de producción y representaciones de clase. Así había delegados mineros (132, mayoría), fabriles y en menor medida universitarios, maestros e intelectuales. El sector agrario estaba escasamente representado. El carácter de vanguardia proletaria en la AP, era de influencia trotskista (POR de Lora)». (http://historia.ibolivia.net/node/320) Dominada por el imaginario de la izquierda más radicalizada, la Asamblea avanza hacia su autodestrucción. Liliana De Riz, en el mismo número de la revista Los Libros donde se publican mis crónicas de Bolivia, con más capacidad de prever lo que se viene en muy poco tiempo, escribe: «Empujados por la movilización popular, los líderes de izquierda proclaman el socialismo para mañana y depositan en las consignas la capacidad de conjurar mágicamente los prerrequisitos de la revolución»
(número 19, mayo de 1971). <<
[31] Pablo Stefanoni me escribió después de leer un borrador de este capítulo: «A Céspedes, quizás le daría una cercanía mayor mencionarlo por su apodo cariñoso y extendido… el “Chueco” Céspedes, escritor y político…». Y agrega, «un tipo bastante especial, bohemio, con fama de “flojo” para el trabajo». Stefanoni también me señala un párrafo de El dictador suicida, bien conocido libro de Céspedes en aquellos años, muy a propósito para explicar la atracción que ejercía entonces. «Vacilábamos (escribe Céspedes) entre la anticultura mental y un sentimiento confuso, pero fuerte, de la obra negativa realizada por la oligarquía con las ideas liberales. En la universidad era desconocida la concepción marxista. Algunas librerías poseían folletos de los conductores de la revolución bolchevique: Lenin, Trotsky, Bujarin, Kamenev, Lunatcharsky, que hojeábamos en desorden. Más nos atraían la fraseología del APRA, y los relámpagos de la revolución mejicana. Leíamos los discursos de Obregón y de Calles y la lírica premonitoria de la Raza Cósmica, que se escuchaba entre los disparos de fusil de la reforma agraria. Por tales sendas titubeábamos olfateando las brisas del conocimiento, hasta que nos proporcionó otro aviso el mensaje de José Ortega y Gasset, quien distribuía en América una subfilosofía de origen alemán, en novedoso castellano que daba color y bulto a las abstracciones […] Las traducciones de la biblioteca de la Revista de Occidente proclamaban la apelación vital al espíritu, ofrecían un lente nuevo sobre el mundo, y creíamos que también sobre nuestra realidad nacional». «Despertamos entonces al anuncio de que cada generación poseía un destino; que tenía un stock de ideas y de modos para la época correspondiente; comenzamos a pensar en el gassetiano “tema de nuestro tiempo”, en el keyserliniano “mundo que nace”. De ese modo, en el yermo cultural boliviano, nos dábamos a la caza de fugaces meteoros para fijar la ruta en la
montaña». <<
[32] «Nació en Cochabamba en 1931. Originalmente estuvo próximo a FSB, fue en una fórmula de ese partido que accedió al parlamento durante el gobierno de Barrientos. Su interpelación por la masacre de San Juan le costó la cárcel. Fue ministro de Minas y Petróleo del gobierno de Ovando desde donde propugnó la nacionalización de la Gulf. En 1971 fundó el Partido Socialista. Fue exiliado por Banzer. Ejerció la cátedra universitaria en México. A su retorno como jefe del escindido Partido Socialista 1, fue candidato a la presidencia en tres oportunidades (1978-1979 y 1980). Obtuvo un notable cuarto lugar con más de 100 000 votos en 1980. En 1979 inició un juicio de responsabilidades contra el expresidente Hugo Banzer. Ejerció el periodismo en los años sesenta y setenta. Fundó el efímero periódico El Sol y la revista Clarín Internacional. Fue columnista en la prensa mexicana, sus columnas más importantes fueron recopiladas en el libro Hablemos de los que mueren. Incursionó en el cine con un cortometraje, El combate (1959). Pero su obra de creación más destacada se dio en la narración. Los deshabitados (1959) es ya un clásico de la literatura moderna de Bolivia. Con carácter póstumo se publicó su segunda novela Otra vez marzo. Sus escritos políticos más importantes son El saqueo de Bolivia (1972) y Oleocracia o patria (1976).Tras el asalto a la COB el 17 de julio de 1980, fue herido, torturado y brutalmente asesinado. Su familia nunca pudo recuperar sus restos. Murió a los 49 años de edad.»
(http://historia.ibolivia.net/node/320). <<
[33] Respecto de la altivez de Quiroga Santa Cruz, Diego Rojas, después de leer estas impresiones políticas, me trasmite las suyas: «Siempre que hablé con militantes bolivianos, quiero decir, aquellos que plantean las grandes transformaciones, había un dejo de superioridad no mal infundada. La primera vez que me contacté con Lora me llevó a su casa y se burlaba de los revolucionarios chilenos y argentinos que planificaban revoluciones en cafés o centros culturales, cuando él escapaba de cárceles y atravesaba a pie la cordillera para seguir planificando la revolución desde el exilio. Los revolucionarios bolivianos siempre tuvieron —y esa también es una deficiencia— un bolivianocentrismo evidente. “Nacionaltrotskismo”, recuerdo que caracterizaban mis amigos del PO a los militantes del POR de Lora. Sin embargo, siempre pasan cosas por allá, ¿cómo no sentirse en el centro de la revolución? Todo esto viene a mí al pensar en la figura de Marcelo Quiroga Santa Cruz. Recuerdo caminar y pensar en Quiroga Santa Cruz por el parque Lankakota, donde se dieron los combates a punta de fusil contra el ejército antes de que tomaran el edificio de la
COB. Dicen que Quiroga estuvo allí, combatiendo» (mensaje de marzo 4, 2003). <<
[34] Roger Caillois, «Amazonia», en: Roger Caillois, Jorge Luis Borges y otros textos sudamericanos, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales, 2012,
pp. 82-3. <<
[35] Ambas citas son de Hans Beltung, Antropología de la imagen, Buenos Aires,
katz, 2007, pp. 267 y 276. <<
[36] César Vallejo, «Idilio muerto», Los heraldos negros. <<
[37] «En la selva no hay estrellas. Una entrevista con el doctor Stefano Varese», por Rodrigo Montoya, Hernando Burgos y Martín Paredes, Revista Quehacer, Desco,
Lima, número 128, 2001. <<
[38] Philippe Descola, Las lanzas del crepúsculo, Buenos Aires, Fondo de Cultura
Económica, 2005, p. 411. <<
[39] Beltung, op. cit., p. 269. <<
[40] Catherine Siderita Vargas Mendoza, «Relaciones de género en tres comunidades nativas aguarunas de la cuenca de Shushug y Chiriaco», tesina, Universidad de San
Marcos, Lima, 2004. <<
[41] Bartholomew C. Dean, The State and the Aguaruna; Frontier Expansion in the
Upper Amazon; 1541-1990, tesis, Harvard University, 1990, p. 10. <<
[42] Michael Brown, Una paz incierta. Comunidades aguaruna frente al impacto de la carretera marginal, Magdalena-Perú, Centro Amazónico de Antropología, sin fecha
(¿1986?), p. 158-9. <<
[43] Brown, cit, 153-54. <<
[44] Willy Guevara, El suicidio femenino aguaruna, tesis,
http://bvs.per.paho.org/SCT/SCT2006-005/SCT2006005.pdf, pp. 14-16. <<
[45] Pedro Mayor Aparicio y Richard Bodmer, Pueblos indígenas de la Amazonía
peruana, Iquitos, Fundamazonia, Universidad Autónoma de Barcelona, 2009. <<
[46] C.-M. de La Condamine, Voyage sur L’Amazonie, París, Maspéro, 1981, ed. de
Hélene Minguet, p. 62. Trad. BS. <<
[47] Ibid., pp. 73-75. <<
[48] Fritz W. Up de Graff, Cazadores de cabezas del Amazonas, Buenos Aires-
México, Espasa Calpe, 1948, p. 156. <<
[49] M. W. Stirling, Historical and Ethnological Material on the Jivaro Indians, Washington, Smithsonian Institution, Bureau of American Ethnology Bulletin 17,
1938. <<
[50] Lima, Studium, 1982. <<
[51] Véase: www.selvasperu.org y http://www.iglesiadelnazarenoperu.org/A_Presencia%20de%20la%20iglesia%20en%20Peru.htm
<<
[52] Frank y Marie Drown, Misión entre los cazadores de cabezas, Buenos Aires,
Ediciones Selectas, 1962, pp. 30-3. <<
[53] Ibid., p. 290. <<
[54] Mario Vargas Llosa, Historia secreta de una novela, Barcelona, Tusquets, 1971,
pp. 32-33 <<
[55] Lisa Wistrand Robinson, Eight Years in the Amazon Headwaters. My Life in three
Peruvian Tribes, Bloomington, Author House, 2005, p. 47. <<
[56] Ibid., p. 51. <<
[57] Drown, op. cit., pp. 145 y 150. <<
[58] David Stoll, ¿Pescadores de hombres o fundadores de Imperio?, Quito, 1985,
p. 169. <<
[59] Vocabulario aguaruna de Amazonas, p. III, Serie Lingüística Peruana, número 3.
<<
[60] Vargas Llosa, op. cit., pp. 40-41. <<
[61] Ibid., p. 25.º. <<
[62] André-Marcel d’Ans «Alfabetización en la selva», en Alberto Escobar, comp., El reto del multilingüismo en el Perú, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1972,
p. 176. <<
[63] Stefano Varese, «Las etnias amazónicas ante el futuro de la región», en Población
indígena y desarrollo amazónico, Quito, Ediciones ABYA-YALA, 1987, p. 59. <<
[64] Véase: Héctor Alimonda, Rafael Hoetmer y Diego Saavedra Celestino (eds.), La
Amazonía rebelde. Perú 2009, Lima, CLACSO, 2009. <<
[65] Las lanzas del crepúsculo, Buenos Aires, FCE, 2005, ed. original 1993, p. 13. <<
[66] Mi agradecimiento, sobre todo, a la forma en que Ada Solari escuchó mi relato. Otros dos agradecimientos: Sandra de La Fuente me prestó los dos volúmenes de las «memorias» de Soma Morgenstern (Alban Berg y sus ídolos: recuerdos y cartas y Huida y fin de Joseph Roth), que leí mientras comenzaba a imaginar este libro y creo que dejaron su rastro en mí, si no en estas páginas. Juan Carlos Torre me hizo leer un libro magnífico de Richard Holmes, también cuando empezaba este proyecto:
Footsteps: Adventures of a Romantic Biographer. <<
[67] Descola, cit., p. 27. <<
[68] Adrián Gorelik, Das vanguardas a Brasília; Cultura urbana e arquitetura na
América Latina, Belo Horizonte, Editora UFMG, 2005, p. 31. <<
[69] El complejo hidroeléctrico de Urubupungá incluye tres represas: la Ingeniero Sousa Diaz, conocida como Jupiá (comenzada en 1960 y concluida en 1974, es decir
después de nuestro viaje); la de Ilha Solteira y la de Tres Hermanos. <<
[70] Alberto Sato, que en 1975 se exilió de la Argentina en Caracas, y luego de casi tres décadas allí, pasó a Santiago de Chile, fue el que nos convenció sobre la necesidad impostergable de viajar a Brasilia. Cuando comencé a escribir estas notas, que fueron publicadas en la revista Piauí, Sato me escribió esta carta. La copio completa, como una prueba de las indeterminaciones y las pequeñas querellas de la memoria, también de la comunidad de sensibilidades epocales, y finalmente como texto de quien hoy hace historia de la arquitectura de América Latina y, en consecuencia, reconstruye el escenario visitado, con precisión:
«Querida amiga,
»te envío unas notas sobre nuestro lejano viaje a Brasilia. Son los recuerdos de un estudiante de arquitectura y, quizá por eso, difieran de los tuyos. Esos encuentros y desencuentros de la memoria siempre me resultan interesantes. Allá van.
»Recorrimos la sabana central del Brasil montados sobre un camión cargado de madera, bajo un cielo estrellado que parecía un montaje planetario de la Flauta Mágica. En la madrugada todavía oscura, nos despertaron las luces de reflectores que iluminaban gigantescas grúas moviéndose sin descanso alrededor de las estructuras de concreto, diseminadas en una llanura negra que parecía ilimitada: allí estaba Brasilia, a medio terminar. Carteles Novacap y de la firma constructora Christian & Nielsen por todas partes y mucho espacio entre las siluetas de los edificios.
»El impacto fue alucinante. Era un privilegio ver cómo avanzaba una ciudad nueva. Yo había leído sobre reconstrucciones, sobre imposiciones culturales, sobre reconversiones y también sobre destrucciones, desde el templo del convento de Santo Domingo en el Cuzco al Palacio de Carlos V en la Alhambra. Pero aquí éramos testigos de una verdadera fundación, testigos del futuro. Brasilia a fines de los sesenta todavía estaba en obra. Los cuatro viajeros nos sentíamos exploradores.
»Buscamos a los estudiantes de la recién fundada Universidad, como quien busca hermanos. Visitamos la Facultad de Arquitectura, instalada en unos galpones en forma de claustro, con su agradable microclima; luego, los infinitos y gigantescos pórticos de concreto organizados en una amplia curva que habrían de conformar la futura sede Darcy Ribeiro de la Universidad.
»Pero teníamos que encontrar dónde dormir, fuera donde fuera: en un galpón del centro de estudiantes o en una celda del recién inaugurado precinto policial de la Rodoviaria. Recuerdo que en otro viaje, llegamos de noche a Cochabamba, en Bolivia. Rendidos de tanto caminar, armamos la carpa sobre el pasto en la oscuridad. A la mañana nos rodeaba mucha gente y la policía nos preguntó qué nos pasaba porque habíamos acampado en medio de la plaza principal de la ciudad.
»Nos dispusimos a recorrer la ciudad sin dimensionar la escala en que nos habríamos de mover; la habíamos perdido hace rato cuando atravesamos Mato Grosso. Sobre las anchas avenidas, casi no se distinguían los canteros de la calzada. Circulaban muchos VW escarabajo por la explanada de los ministerios. Fuimos a la Plaza de los Tres Poderes atravesando una doble fila de bloques simétricos, recién construidos y también algunos recién incendiados, quizá por descuidos que respondían a la premura y la impaciencia.
»Nos ubicamos sobre la explanada del Parlamento. Miramos hacia arriba; las dos torres gemelas de 28 pisos eran como la columna fundacional de las colonias romanas e hispanoamericanas, señales de la fundación del mundo. Al dirigir la vista hacia el horizonte, se podía apreciar una gigantesca maqueta compuesta por las dos filas de bloques ministeriales, la Rodoviaria al fondo y, como brazos extendidos, la gran avenida curva que articulaba las áreas residenciales.
»Aquella explanada era el cabezal de una plaza cívica, para una multitud a escala de lo que hasta ese momento mostraba la ciudad. Después aprendimos que la gente no tiene escala de ciudad o de metrópoli, y el sueño de convocar multitudes que llenaran aquella explanada era sólo eso, un sueño. Más lejos, Itamaraty terminado, así como el Palacio Alvorada y su capilla; el Teatro y la Catedral a medio construir. Niemeyer había hecho casi todo: encarnaba el ideal renacentista del artista creador, que da forma y dispone libremente de los edificios, como maquetas de yeso y cartón. Pero eran edificios colosales.
»Algunas Supercuadras ya estaban construidas. Se las había proyectado de acuerdo con el espíritu de los bloques de Le Corbusier, liberados del suelo, extendiendo abajo los espacios verdes, a lo largo de toda la cuadra. El contraste con los campamentos de obreros en la periferia era brutal. Éstos sólo eran favelas organizadas y se esperaba que desaparecieran a medida que se terminaba la construcción de la ciudad. Sin duda, la capital de Brasil no podría estar poblada por obreros de la construcción. Por su estándar, las viviendas de las Supercuadras estaban destinadas a burócratas y funcionarios públicos.
»Junto a estos bloques de altura media, había viviendas individuales, en hilera, alineadas sobre la Gran Avenida. Me llamaron la atención, en ese momento inicial de la ciudad, algunos cambios introducidos por quienes ya vivían allí. El Plan diferenciaba siete clases de circulaciones, entre ellas, la V7, más tranquila, peatonal, lejos del tráfico, cerca de los vecinos, con antejardines. Sobre estas calles daban los frentes de las casas. En general, el pasto estaba sin cuidar, había ropa tendida y algún triciclo abandonado. Los fondos, adonde daban la entrada de la cocina, el lavadero y la cochera, quedaban ubicados sobre la calle de tránsito ruidoso de vehículos. Pero, en ese frente de servicio, los habitantes habían colocado maceteros, flores, plantas; a los muros les habían agregado revestimientos en cerámicas de colores o espejitos, que contradecían la ciudad blanca y de cemento. Las casas se habían dado vuelta como una media, y el irresistible “ser latinoamericano”, al que le gusta exhibirse en la calle principal, contradecía la teórica tranquilidad y relación de vecindad de una V7.
»Pero allí, en ese pequeño desorden o alteración urbana, encontraríamos pequeños negocios donde adquirir las vituallas para completar la comida, pensando en reponernos, porque el desgaste de energía caminando toda la jornada, recorriendo con la mirada y con los pies una ciudad como Brasilia, exigía un minuto de irreverente normalidad.
»Todas las críticas que apuntaron contra Brasilia durante su realización y años posteriores —décadas diría— convirtieron en caricatura la connotación simbólica de los edificios y de la ciudad misma. Sin embargo, su matriz funcional se rindió frente a esta unidad plástica. Muchos detractores que conocí en mi vida académica, hoy callan discretamente. Seguramente, la mayoría de ese 24% de críticos de la mudanza de la capital, según encuesta realizada en marzo de 1960, eran arquitectos e intelectuales. “El encanto no se transfiere” todavía decían en el Jornal do Brasil el 21 de abril de 1969, defendiendo a Río de Janeiro. Pero el colectivo y su poder identitario lograron la convergencia entre modernización y ciudad nueva.
»El año pasado visité Chandigarh. Casi todos se refieren a ella como la ciudad adecuada a su estado actual de modernización. Hoy Le Corbusier es respetado, homenajeado, venerado y admirado en la India. Transformado en figura pública, cuelgan pendones y pancartas con su imagen, verdaderamente uno de los pocos héroes de la arquitectura. Fue capaz de construir la necesaria monumentalidad urbana en clave moderna y fue maestro. Lucio Costa y Niemeyer lucen del mismo modo, como figuras que fueron capaces de construir un lugar para el Brasil moderno.
»Un abrazo
»Alberto» <<
[71] Heloisa Espada, «Cidade-bandeira», Revista Serrote, número 10
(www.revistaserrote.com.br/2012/12). <<
[72] I. Debate en el transcurso de la guerra. En Buenos Aires, el 2 de junio de 1982, envié una carta a la Mesa Socialista de exiliados en la ciudad de México. Ellos habían difundido por escrito su posición sobre la guerra (véase: León Rozitchner, Malvinas. De la guerra sucia a la guerra limpia, Buenos Aires, Losada). En cuanto la leí, estuve en desacuerdo con la Declaración de la Mesa Socialista, y creí que mi deber era responderles. Lo hice a vuelta de correo, en una carta a Jorge Tula, que me había mandado la Declaración. Mi carta, escrita en un papel con el membrete de la revista Punto de Vista, decía así:
«Compañero y amigo,
»hoy ha llegado el documento y siento la urgencia de plantearte algunas observaciones que espero se integren en una discusión, aunque a distancia, fraternal. Me gustaría analizarlo punto por punto y creo que en ese análisis no deberían estar ausentes las condiciones de su enunciación. Puedo imaginarlos bien, pegados a la televisión, agotando la lectura “sintomal” (démosle un nombre) de los cables y preguntándose qué estaría pasando acá sin poder responder del todo a esa pregunta. Creo que esas condiciones de enunciación le han dado un sesgo al documento y es, quizás, ese sesgo el motivo de mi carta.
»Un fantasma recorre el espacio de la intelectualidad argentina: el 17 de octubre de 1945. El fantasma (chantajista como toda aparición, fantasma al fin) hace resonar una pregunta. ¿Cómo reconocer el 17 de octubre, esto es, las formas que la conciencia popular va adoptando en el proceso de su constitución y su historia? Los ecos de esta pregunta, potenciados por el auge de masas, se escucharon a lo largo de la Argentina durante 1972 y 1973. Una sola consigna. NO equivocarse, aprovechar las condiciones que hicieran posible nuestra intervención y, en los más sinceros, no quedar al margen. El fantasma convirtió a muchos de nosotros en Realpolitiker. Realpolitiker que la única prueba que no pasamos exitosamente fue la decisiva: la prueba de la eficacia, ya que también en nombre de ella se actuaba.
»Una vez más, según leo en las primeras líneas del documento, debemos forzarnos en no confundir las cosas. Se trata en este caso de atacar los últimos baluartes de la metafísica social: nada menos que de pulverizar para siempre el ya bastante desprestigiado recurso de interrogarse sobre los orígenes. Ustedes piensan que es un obstáculo (epistemológico) para entender el actual conflicto referirse «exclusivamente a sus orígenes». Yo diría que igualmente peligroso es guiarse exclusivamente por los deseos. La otra observación metodológica que preside las reflexiones del documento se dirige contra la «difundida propensión a atribuirles (a los hechos) coherencia a priori». De acuerdo. Pero este acuerdo no me impide afirmar que es igualmente errado atribuirles incoherencia. Igualmente arriesgado pensar que, por la ausencia de esa coherencia, estos acontecimientos sin origen pueden convertirse en cualquier cosa (cambiar de signo, cambiar de contenido, copar, imponer un programa e via discorrendo, según las fórmulas que sucesivamente hemos ido utilizando en estos años para describir los que se demostró, de manera bastante invariable, como una operación arriesgada).
»Volviendo a los orígenes. No voy a traer acá argumentos morales, que para lo único que servirían sería para tranquilizarme a mí (porque los enuncié) y a ustedes (porque, de ser preciso, podrían descalificarlos, con todo respeto, como morales). Simplemente quiero preguntarles si no explicar el acontecimiento por los orígenes los pone en condiciones de pasar por alto la naturaleza de ese origen, la colocación respecto del pueblo y el actual monopolio absoluto de la fuerza armada. Esto no me explica, exclusivamente, el operativo Malvinas y sus consecuencias, sean ellas las que fueran, pero traza los límites materiales dentro de los que, si soy responsable, debo desarrollar mi análisis político. Quiero además separar no sólo, como ustedes exhortan, a un acontecimiento de sus orígenes, sino también de sus consecuencias o, más bien, de las hipótesis que pueden realizarse sobre sus consecuencias. No veo por qué razón, si tan fácilmente se independiza antes, no puede independizarse a la acción de las acciones subsiguientes que eventualmente pueden desencadenar otros actores. Separar a un acontecimiento de sus orígenes es, en realidad, toda una teoría del acontecimiento. Una teoría en la cual el acontecimiento se adelgaza de sus determinaciones material-sociales hasta volverse poco menos que abstracto. Me preocupa que esta abstracción sea resultado de una operación ideológica que lo que reivindica es la necesidad de lo concreto, de lo concreto hasta tal punto que termina convirtiéndose en una rendición ante “los hechos”. En estos años de crisis del marxismo, hay una fórmula de Gramsci que me parece puede soportar las crisis: pesimismo del intelecto, lo que quiere decir, para mí, el más alto grado de realismo político.
»Entonces: pesimismo del intelecto como forma de no ser víctima de los propios deseos. O de los de ustedes. Y copio un ejemplo: “No caben dudas —los hechos de todos los días lo muestran— que el pueblo argentino, espontáneamente y a través de las organizaciones políticas, sindicales y de derechos humanos, ha sabido y sabe separar y diferenciar”.
»Les pregunto, porque es posible que acá no las conozcamos, cuáles han sido las expresiones (en la Argentina, claro) de esa diferenciación. Dejo de lado las organizaciones de derechos humanos: Pérez Esquivel ha hecho declaraciones dignas, rodeadas por el silencio. Quiero saber, en cambio, dónde están las diferenciaciones que ustedes mencionan: los partidos políticos (hablamos del peronismo y del radicalismo, supongo) dieron un apoyo incondicional a través de sus direcciones. Las fracciones internas, que no estuvieron de acuerdo ni con la oportunidad ni con la forma del operativo, estuvieron hasta hace diez días arrinconadas o, para usar una fórmula que partió de Alfonsín, apresadas en el “cepo patriótico”. De las organizaciones sindicales lo que puede decirse queda resumido en el periplo de Ubaldini: de la cárcel donde se lo había colocado el 30 de marzo a la Plaza de Mayo. Las direcciones del peronismo y el radicalismo (subrayo: direcciones, porque la panoplia interna de posiciones sólo puede ser, por el momento, objeto de conjeturas en cuanto a su fuerza y sus alternativas) no exigieron ni siquiera la menor participación en el proceso diplomático que siguió al 2 de abril, no cuestionaron ni un momento la intervención de Haig como mediador, no requirieron ser consultadas ni incluidas en la elaboración de un pliego de condiciones que evitara el actual desangramiento y la eventual y cada vez más probable derrota. Se declararon (el adjetivo les pertenece) corresponsables de algo que les fue presentado como un hecho consumado, de una operación que hasta el 2 de abril había sido propagandizada por sus peores enemigos: el diario La Prensa entre los primeros.
»¿Qué quieren decir ustedes con “ha sabido y sabe diferenciar”? ¿A quién, a qué sujeto le están regalando este mérito? Diferenciar, precisamente es lo que no se hizo, si nos atenemos no a la conciencia popular (inaccesible o difícilmente accesible) sino a las declaraciones y a la práctica de las direcciones político-sindicales.
»Ustedes supongo que habrán escuchado, con el oído del alma que es el más sensible, los silbidos a Galtieri en Plaza de Mayo: esa fue la única “diferenciación”, en un acto cuyo efecto fue plebiscitar el operativo aventurero. Pero que no plebiscitó la guerra, ya que la Plaza del 2 de abril estaba sometida a la manipulación triunfalista de la dictadura y celebró la recuperación de las Malvinas como un hecho consumado (terminado) e incruento. Después del 10 de abril no se repitieron las movilizaciones hasta el 30, cuando, frente al Monumento al Trabajo, lo que antes llamábamos lucha de líneas se manifestó en lucha de consignas (el topos clásico: ni yanquis ni marxistas) y una golpiza a los grupos de izquierda que querían “diferencias” y “cambiar el contenido”.
»A partir de entonces la dictadura se propuso desmovilizar y lanzó todo su aparato propagandístico con ese objetivo (la consigna de que se sirve al país en la tarea cotidiana, sin salirse de madre). Que esto lo hiciera la dictadura no debe extrañarnos. Pero es preciso también admitir que la cuestión nacional, con la proximidad cada día mayor de la flota británica y luego con el comienzo de las acciones militares propiamente dichas, triunfó sobre cualquier diferenciación. Hubo hasta ahora, para decirlo con términos de la belle époque, mucho frente único y poca lucha por la hegemonía por parte de los sectores populares. Esto no quiere decir que esa lucha no pueda producirse a medida que los acontecimientos se acerquen a su desenlace, que no salgan a la calle las masas a preguntar en nombre de quiénes y con qué derecho se metió a la Argentina en esta guerra innecesaria y terrible al punto que ya ha costado centenares de vidas.
»Pero si las fuerzas populares preguntan por qué la Argentina se metió en esta guerra, puedo permitirme suponer que preguntarán también, aunque no exclusivamente, sobre el origen. Dado a suponer, también es posible imaginar que también a nosotros se nos pregunte por qué razón (no sólo epistemológica) se puede separar a la acción del actor y del origen.
»Allí, sin dudas, se abrirá una situación nueva. Sólo un principismo abstracto puede ignorar que el operativo Malvinas practicó un corte en la historia de estos años. Pero sólo un optimismo abstracto puede afirmar que necesariamente la dirección que tomen los asuntos de la república será sin más favorable, como se empeñan en convencer y convencerse los teóricos del hecho consumado.
»Lo que sí se ha consumado en estos días es un cambio de conversación: de la crisis económica y la salida política hemos pasado en pocas horas a la cuestión nacional y anticolonial, según la particular versión que se ha hecho de ella en la Argentina (me excuso, en estas pocas páginas, de reiterar el convencimiento sobre la legitimidad de los derechos sobre las islas).
»Para terminar provisionalmente. Me parece correcto el programa de dos puntos que ustedes proponen y estoy completamente de acuerdo con él. Me parece óptimo que pueda circular y aprobarse entre el exilio argentino y latinoamericano. Alto el fuego es también nuestra consigna, acompañado de negociaciones que hagan posible la paz. Los puntos que piden “cesar la represión en todas sus formas y… aparecer los desaparecidos”, así como “el restablecimiento de la democracia en la Argentina” son puntos que aluden directamente a los que originaron el operativo Malvinas y en su cuenta a pagar deberá también anotarse esta aventura militar que, como hecho consumado, no asegura por sí mismo ni los contenidos ni el carácter (aún incierto) de su desenlace».
»Fraternalmente Beatriz»
II. Declaración. Mientras se desarrollaba la guerra, un grupo reducidísimo se reunió para escribir un documento. Tipeado en los talleres del diario Crónica, en secreto, por Luis Príamo, que entonces trabajaba allí, lo imprimimos como volante de dos páginas. Recuerdo que alguien lo llevó al periódico Nueva Presencia, que dirigía Herman Schiller. No tengo un ejemplar que lo pruebe, pero creo que la valentía de Schiller hizo que se publicara una síntesis con nuestras firmas. Además de Príamo, en el grupo estaba Jorge Goldenberg, Carlos Altamirano, Juan Pablo Renzi, María Teresa Gramuglio, Luis Navalesi y yo misma. Príamo no sólo lo tipeó, sino que conservó el original.
«Paz inmediata y negociación:
»única victoria del pueblo
»Desde el 2 de abril, toda la vida nacional se ha visto conmovida por la ocupación militar de las islas Malvinas. La dictadura ha buscado manipular —y en buena medida lo ha conseguido— la vieja e incuestionable reivindicación de la soberanía argentina sobre las islas y todos aquellos sectores, partidos y sindicatos que tenían no sólo la responsabilidad sino también la posibilidad de aclarar el sentido político de la maniobra. Optaron por aceptar la lógica del hecho consumado y se incorporaron activamente a la tarea de darle plena legitimidad. Para ello, no se ha vacilado en bastardear valores y sentimientos legítimos del pueblo argentino: antiimperialismo, soberanía nacional, patriotismo, anticolonialismo.
»La izquierda no se mantuvo al margen del “operativo”. Razonando en muchos casos con el módulo del “cuanto peor, mejor”, y apelando a viejas argumentaciones, invocó un hipotético “frente único anticolonial” y se sumó a las manifestaciones de abril con la idea o la esperanza de cambiar su contenido. Al no cuestionar el desembarco ni desenmascarar sus turbios objetivos, no hizo más que reaccionar al aventurerismo militar de derecha con aventurerismo de izquierda.
»Por su parte, las principales organizaciones políticas de la burguesía (con excepción de algunos sectores) consideraron la situación desde una perspectiva que se interrogaba más sobre las ventajas que podían extraer de su apoyo irrestricto que sobre el significado y las consecuencias del operativo Malvinas. Sin reservarse el derecho de crítica a la conducción diplomática y política, sin haber planteado la menor exigencia de participación real del pueblo en la toma de decisiones que comprometen su destino (no cuestionaron siquiera la aceptación de Haig como mediador, un mediador que pocos días después se revelaría como parte comprometida con Inglaterra), las direcciones del radicalismo y el peronismo se declararon solidarias e, incluso, corresponsables de la medida. Especulando con que el período posconflicto les resultaría favorable (con derecho adquirido a cambio de su apoyo) aceptaron el hecho consumado del que fueron meramente informados por el ministro del Interior.
»Las pocas voces que se alzaron para cuestionar la oportunidad de la operación del 2 de abril o analizar sus motivos, fueron prolijamente ahogadas en el mar de la propaganda oficial. Esto sucedió con las declaraciones de Pérez Esquivel y con el documento de Monseñor de Nevares y diecisiete sacerdotes de su diócesis.
»Así es como hoy, el pueblo argentino, en medio de la crisis económica más grave de su historia moderna, es lanzado a una guerra que ya ha costado muchas vidas y recursos materiales, pero que costará mucho más todavía. La propaganda oficial ha jugado con sentimientos nacionalistas y antiimperialistas profundos, clausurando al mismo tiempo todo interrogante sobre quién, por qué y en qué momento se decide el operativo militar. La manifestación del 10 de abril puso en movimiento todo el poder que los medios masivos adquieren cuando otros canales de debate y organización política están obstruidos. Así fueron manipulados los sentimientos colectivos, diluyendo tras las consignas patrióticas los hechos que realmente sucedían en el teatro de operaciones y el carácter probable del conflicto, de su desenlace cruento, tal como quedaría demostrado pocas semanas después. El pueblo fue mal informado y, desde los medios de comunicación de masas, se escenificó una fiesta más acorde con un mundial de fútbol que con el enfrentamiento bélico ya iniciado. La manifestación del 10 de abril celebró una reconquista que sabía legítima y creía incruenta: ése fue el único consenso popular que obtuvo la dictadura, trabajando sobre sentimientos y experiencias que ella no suscitó ni estimuló.
»Ninguna de las reivindicaciones por las que nuestro pueblo se ha movilizado y batido desde 1976 se dirime en esta guerra. Todos los problemas seguirán en pie después de ella y como quiera que termine. Y es precisamente la satisfacción de aquellas reivindicaciones y la resolución de estos problemas lo que la dictadura militar ha buscado postergar —y, en lo posible, impedir— por medio de la operación Malvinas.
»¿Por qué este régimen que hizo del “occidentalismo” una de sus banderas para emprender una represión terrorista sobre el pueblo, se encuentra ahora enfrentado con las principales potencias de Occidente? ¿Por qué esta dictadura, que convirtió a los socios del capital imperialista en ministros y funcionarios de gobierno, alza ahora la consigna del anticolonialismo? ¿Por qué los mismos que hicieron asesinar y persiguieron a tantos militantes antiimperialistas, argentinos y latinoamericanos, se han transformado ahora en campeones de la soberanía nacional?
»Dos clases de dificultades procura resolver la dictadura a través de la aventura militar. En cuanto a la primera de ellas, baste recordar la situación en que se debatía ante el conjunto de la sociedad civil antes del 2 de abril. La manifestación del 30 de marzo, salvajemente reprimida —incluso a juicio de órganos tan insospechables como los diarios La Nación y La Prensa—, anunciaba que una oposición clara y resuelta enfrentaría al “Proceso de Reorganización Nacional”, que hacía muy pocos meses había iniciado su “tercera etapa”. A esta altura ya era evidente, incluso para la mayoría de los sectores burgueses que le dieron esperanzado apoyo durante largo trecho, que el experimento militar iniciado en 1976 había fracasado en todos los terrenos, excepto en el de la llamada “guerra antisubversiva”, es decir en el del terrorismo de Estado. Pero después de seis años de gestión omnímoda, sin otro control que el de las camarillas militares que desde el comienzo se disputaron la supremacía en el poder, ese balance era miserable. Los únicos títulos que el “Proceso de Reorganización Nacional” podía ostentar eran el más alto número de “desaparecidos” y la más alta tasa de inflación en el mundo occidental. Durante esos seis años, quienes se apoderaron del gobierno y borraron todo rastro de legalidad democrática para edificar lo que denominaron una economía “moderna y eficiente”, no sólo produjeron desocupación y empobrecimiento para los trabajadores — principales víctimas de los sucesivos planes, de Martínez de Hoz a Alemann—, sino que pusieron en crisis la totalidad del aparato productivo. Quienes derrocaron al gobierno peronista en nombre de la moralización de la vida pública, cobijaron la corrupción civil y militar más escandalosa.
»Tampoco había sido afortunada la dictadura militar en su proyecto de recomponer la distribución de las fuerzas políticas: el alineamiento partidario anterior al 24 de marzo de 1976 seguía subsistiendo. A nadie se le ocultaba que el bloque de partidos reunidos en la Multipartidaria podía convocar un número de adhesiones mucho mayor que la suma de grupos y aventureros políticos que el régimen consiguió reclutar tras seis años de esfuerzos para dar vida a un partido oficial que asegurara la “continuidad del proceso” tras una fachada de legalidad.
»Así le iba al gobierno también en el plano sindical: los dirigentes colaboracionistas con los que contó desde un comienzo y que fueron enganchados en los proyectos de la “etapa Viola”, se veían con el espacio de maniobra cada vez más reducido ante el desafío de los núcleos sindicales más sensibles a las reivindicaciones populares y, después de la destitución de Viola y la definición del plan Alemann, la posición de los “amigos” del “Proceso” se tornó prácticamente insostenible. La CNT también comenzó a hablar de “lucha” después de la manifestación del 30 de marzo, donde obreros argentinos fueron muertos por balas no precisamente inglesas.
»Éstas eran las dificultades a las que la dictadura se veía enfrentada en sus relaciones con el conjunto de la sociedad civil antes del 2 de abril. En ese marco crítico, el tema de los desaparecidos y de la necesidad de una aclaración sobre ese aspecto siniestro de la historia argentina de los últimos años, tomó relieve público creciente, saliendo del ámbito de las organizaciones de familiares e instituciones dedicadas abnegadamente a la defensa de los derechos humanos. Con ello aparecía el fantasma de un juicio a los responsables, con las imprevisibles derivaciones y riesgos que tal acto de justicia supondría para la totalidad del aparato militar.
»Pero había otra clase de dificultades para el régimen y éstas corroían y corroen el propio frente militar. Después de las posiciones públicas de Massera, de las abortadas asonadas del Gral. Menéndez (Luciano Benjamín) y, sobre todo, de la forma en que se produjo la destitución de Viola, ya nadie podía afirmar —ni siquiera retóricamente — que las FF. AA. estaban cohesionadas. Sería largo enumerar toda la serie de divergencias y conflictos que durante estos seis años han fisurado al régimen militar en su propio seno. Digamos solamente que esas divergencias tienen que ver, por un lado, con la definición del lugar preciso que la Argentina debe ocupar en el alineamiento internacional de fuerzas y cuál debe ser la política exterior para lograrlo; y, por el otro, con los desacuerdos sobre cómo observar el cumplimiento de los objetivos internos del llamado “Proceso de Reorganización Nacional”. En consecuencia, si la cúpula militar se ha servido del operativo para salir del aislamiento y recomponer su imagen ante la sociedad civil tendiendo el puente de la “soberanía nacional”, también ha buscado solucionar por vía de la aventura armada las contradicciones existentes en sus propias filas. Así fue que las corrientes militares y civiles más recalcitrantes, aquellas que tienen sus portavoces en el diario La Prensa y en los círculos belicistas encabezados por el Almirante Rojas o el General Menéndez, fueron los que alentaron e incluso preanunciaron el desembarco. Con ello no se proponían iniciar una gesta antiimperialista, sino adquirir una plaza precisa en el Atlántico Sur. Repetidamente señalaron el poder que otorgaría al país el dominio efectivo sobre las islas como llave del Atlántico Sur (en la eventualidad de un cierre de los canales de Suez y Panamá, la ruta del petróleo pasa necesariamente por allí). Dentro del esquema de la confrontación Este-Oeste y bajo la guía de los EE. UU. (tutela que nunca estuvo en discusión), el dominio de las Malvinas otorgaría a la Argentina la categoría de aliado de primera, con todas las ventajas políticas y económicas que esto supondría para el complejo militar-civil que desde 1976 maneja la totalidad del aparato del Estado.
»Es en el cuadro interno de crisis y sobre la base de esta especulación geopolítica que fue decidido el operativo Malvinas.
»Es conjeturable que la cúpula militar contara —al menos— con la neutralidad de los EE. UU., habida cuenta de los buenos servicios que venía prestando a la administración Reagan en su ofensiva contrarrevolucionaria en Centroamérica. Por otra parte, también es probable que se haya especulado con una reacción menos “desmesurada” por parte del gobierno conservador de Margaret Thatcher. La cobertura legal que suponía —además— la resolución sobre descolonización de las Naciones Unidas, completaría el hipotético cuadro de “bajo riesgo” que el proyectado operativo les ofrecía. En ningún caso estuvo en juego —ni en los hechos, ni en las palabras— una mínima actitud antiimperialista.
»El ominoso resultado de esta gran especulación es esta guerra.
»El decadente imperialismo inglés, fiel a su tradición más criminal, envió su flota. Los EE. UU., fieles a su vez a su aliado más poderoso en Europa, lo apoyaron aun a riesgo de descomponer su aparato de alianza continental (OEA, TIAR). El mediocre cálculo estratégico-militar de la junta, convertido en aventura, ha puesto a este gobierno en la paradójica y no deseada situación de vanguardia armada del anticolonialismo latinoamericano. Y es a raíz de esta paradoja que se producen las confusiones que es preciso evitar.
»Es cierto que, objetivamente, se han producido efectos antiimperialistas no previstos por la cúpula militar. Es evidente que ellos favorecen las luchas genuinamente emancipadoras de los pueblos latinoamericanos (particularmente en Centroamérica); pero estos efectos no pueden legitimar un apoyo a este desembarco de objetivos espurios, hipotecando de ese modo la propia independencia política, habida cuenta de que ningún fragmento del poder político militar ha sido delegado por la junta. Ninguna decisión pasa por otras manos que por las mismas que durante seis años han reprimido a mansalva todo intento verdaderamente antiimperialista. Y no hay apoyo crítico que produzca el milagro de la conversión. Por lo demás, siguiendo la “lógica del apoyo”, sería imperativo reclamar, por ejemplo, la inmediata libertad del “combatiente antiimperialista” Capitán Astiz, para que vuelva al país y continúe su eficiente trabajo de torturador de militantes… antiimperialistas.
»Confiar en que la mera lógica del conflicto y de las contradicciones reales que ha desatado bastarán para neutralizar o disuadir a las corrientes recalcitrantes que lo han impulsado, significa no hacerse cargo de la magnitud de los intereses en juego y suponer que la astucia y el oportunismo operan de un solo lado.
»Si éste fuera un conflicto planteado en verdaderos términos antiimperialistas, no se hubiera comenzado por un desembarco sino por las medidas que tibia y tardíamente fue tomando la junta: atacar los intereses económicos británicos. Esta junta militar sigue siendo escrupulosa en el terreno de los negocios; naturalmente, le resultan más sagrados que la vida de sus propios soldados.
»Es en relación a este conjunto de elementos como debe plantearse la cuestión tan agitada en estos días de la soberanía nacional, indisociable del derecho a la autodeterminación de los pueblos. Las bases jurídicas e históricas de los reclamos argentinos sobre las Malvinas son indiscutibles y deben ser clara y resueltamente defendidas. Asimismo, debe ser clara y resueltamente denunciada la reacción imperialista británica y la complicidad norteamericana, corresponsables de la escalada bélica. Pero ello no debe oscurecer lo esencial: la suerte de la verdadera soberanía nacional y el correlativo derecho del pueblo argentino a autodeterminarse se decide frente al régimen militar que lo ha oprimido durante estos seis años. No puede ser este régimen el titular de la soberanía nacional, puesto que ha despojado al pueblo de la libertad de expresarse políticamente y elegir sus gobernantes con arreglo a la voluntad de los ciudadanos democráticamente manifestada. Su ilegitimidad es flagrante y no se redime mediante la explotación política de las palabras y consignas en torno de las Malvinas y al significado del desembarco del 2 de abril. Contribuir a ese intento de manipulación confiando en que de ese modo la junta militar encontrará una “vía honorable” para retirarse del poder, o tolerarlo mediante el agregado de consignas de izquierda, sólo significa capitular de toda independencia y de toda iniciativa que permita al pueblo argentino salir del callejón de la guerra en que lo ha colocado la dictadura.
»Esta guerra, de resultados imprevisibles pero cuyo alto costo en vidas y bienes ya nadie puede disimular, no ha caído del cielo. Es el resultado de una opción política y de ella se puede salir sin renunciar a los derechos argentinos sobre las Malvinas. Sería un error creer que el pueblo puede ser el beneficiario y no la víctima de los errores de cálculo, diplomáticos y geopolíticos, cometidos por el régimen militar. El cese de hostilidades y el camino de la negociación pacífica son las únicas posiciones compatibles con los verdaderos intereses de la Argentina. Ello debe ir acompañado del reclamo a la información y al debate públicos, sin censuras ni intimidaciones, porque el pueblo tiene derecho a saber “de qué se trata” cuando se pone en juego la vida de sus hijos.
»En cuanto a las energías antiimperialistas que este proceso ha desatado, más allá de la voluntad y del control del régimen militar, no se dilapidarán si se canalizan para intervenir activamente en la definición del rumbo que debe tomar la Argentina de posguerra.
»Buenos Aires, 26 de mayo de 1982»<<
[73] A diferencia de nuestro documento redactado durante la guerra, que ningún diario recogió, este de febrero de 2012 tuvo una amplia cobertura y nos valió insultos aunque también cientos de adhesiones. Los promotores fueron: Emilio de Ípola, Pepe Eliaschev, Rafael Filippelli, Roberto Gargarella, Fernando Iglesias, Santiago Kovadloff, Jorge Lanata, Gustavo Noriega, Marcos Novaro, José Miguel Onaindia, Vicente Palermo, Eduardo Antin (Quintín), Luis Alberto Romero, Hilda Sabato, Daniel Sabsay, Beatriz Sarlo, Juan José Sebreli. Su título es «Malvinas: una visión
alternativa» y puede leérselo en http://malvin-and-hobbes.tumblr.com/ <<
[74] Esta es la nota, publicada en La Nación, el 10 de marzo de 2013:
«Nuestro avión de línea comercial desciende en el aeropuerto de la pequeña aldea que los británicos y los isleños llaman Stanley y los argentinos, Puerto Argentino. La doble denominación es un signo de la carga simbólica del largo enfrentamiento. Casi doscientos años de batallas imaginarias y unos meses de enfrentamiento militar verdadero me han convencido de que mi país tiene conflictos más importantes que el que lo llevó a la guerra en 1982. Ningún habitante de las islas reconoce la legitimidad del nombre en castellano. Finalmente es el lugar donde viven y el tiempo y las negociaciones dirán si ese será o no su nombre definitivo.
»Es un territorio donde no puede dejar de pensarse en la guerra llevada allí por la dictadura militar. Hay un cementerio de soldados argentinos y un bosque cuyos árboles son igual al número de británicos caídos. Allí donde se cavaron tumbas de combatientes y se enterraron minas en los campos, no puede olvidarse una guerra. Ninguno de nosotros, los argentinos, tuvo la experiencia de abrir la puerta de su casa y encontrar afuera los soldados de un ejército extranjero que entre sus primeras medidas dispuso cambiar la mano de las calles: ¡tránsito a la argentina, carajo!, ordenó el general Menéndez.
»Me cuesta creer que por ese pavimento rodaron los tanques. Tampoco podían creerlo los isleños que los vieron pasar por esta aldea que me parece extranjera porque lo es: por su lengua, su cultura, su demografía, sus costumbres. No me pronuncio sobre su soberanía, sino sobre aquello que construye, día a día, lo que aprendimos a valorar: la densidad de la vida cotidiana.
»Miro a esos hombres y mujeres que votarán en el referéndum y lo primero que percibo es su diferencia. Gente de piel y cabello claro, que en la Argentina es minoritaria. Yo no podría pasar por isleña. Mi aspecto, mi lengua, mi forma de caminar, mis modales son extranjeros, como el de ese porcentaje de inmigrantes chilenos, o venidos de las islas que en están en medio del Atlántico, la napoleónica Santa Helena, por ejemplo. Si viviera acá sería una extranjera que, después de siete años, como lo indican las disposiciones, podría alcanzar la condición de residente.
»Siento la misma sensación que cuando me desplazo como turista: levedad, distancia curiosa. Vengo a mirarlos a ellos y me pregunto: ¿algo podrá convencerlos de que ese techo rojo está cubriendo una casa que descansa sobre territorio argentino? Este lugar, para ellos, tiene de argentino sólo la razón disputada en un conflicto a resolverse.
»La experiencia de la guerra es de una naturaleza excepcional. Lo vemos en los veteranos de todas las guerras: Vietnam, Afganistán, Irak, y, en su medida, Malvinas. Repito para mí: llego a unas islas, donde sus habitantes sufrieron esa experiencia. Atravesamos, a lo largo, la aldea marítima, con sus radas y los barcos amarrados, con el techo a dos aguas de las casas de madera, todo ello perdido en medio de un paisaje inmenso y desolador. El paisaje austero y sublime de las regiones frías. Y, a un costado, la gran base británica, a donde están destinados más de 2500 efectivos. Mi amigo inglés me escribe: “Volé a las islas con los reclutas británicos, aliviados porque iban allí por algunos meses en lugar de ir a morir a la guerra del Golfo. Todavía creo que debe ser un destino favorito: vivir en las islas o morir en Afganistán”.
»El turismo llega a estas islas para avistar aves, pingüinos, fauna salvaje, wild life, como dicen las guías. Esa fauna sureña le da una dimensión tolerable a los paisajes duros y el mar helado. Avistar pájaros sin tocarlos ni darles alimento nos hace sentir exploradores con gran conciencia ecológica. Como estas son modas contemporáneas, las islas tienen una industria turística bien organizada. Sin esa moda turística, las islas habrían seguido siendo rurales y pesqueras. Pero la que será su gran riqueza todavía está por comenzar a explotarse: el petróleo, razón suficiente para que la Argentina encare una negociación sensata y a corto plazo, no una guerra de Troya diplomática.
»Por ahora, el pueblo al que llego tiene el perfil más pintoresco y menos ajetreado de sus actividades pesqueras y turísticas. Eso acentúa el carácter británico de su apariencia: no es una factoría internacional de gran producción petrolera, que siempre deja marcas, logotipos, personajes que llegan y se van, sino una comunidad donde da la impresión de que todos se conocen. La gente se saluda por la calle y en el pub. Sólo el paisaje me resulta familiar: hay algo de las costas patagónicas en esta isla, esa luz tamizada que no borronea completamente los contornos, sino que los dibuja con delicadeza, ese viento que obliga a inclinarse. Mañana, acá, se vota. Afirmar que el referéndum es un simulacro, una mera puesta en escena, no es la mejor manera de
entenderlo». <<
[75] John King, le agradezco el acompañamiento que realizó, por mensajes de correo electrónico, durante todo mi viaje a las islas. El párrafo transcripto pertenece a uno de sus mensajes. John evitó que yo incurriera en demasiadas torpezas. Fue, sobre todo,
una voz amiga que entendía, quizá mejor que yo, mi presencia en las islas. <<
[76] La escuela tiene 170 estudiantes, dentro de una planta rectangular de una manzana, con primer piso, escalera central que desemboca en dos amplios pasillos laterales sobre los que están los accesos a las aulas. Todas tienen grandes ventanas. En los recreos, los estudiantes, que vuelven a comer a sus casas, ocupan los pasillos o la gran extensión descubierta frente al edificio. Cada materia y cada actividad tiene su aula (o sea que los estudiantes cambian según los tópicos y los profesores permanecen en las aulas especialmente equipadas para cada disciplina). Hay alrededor de 18 estudiantes por clase. Casi todas las aulas tienen computadoras (además de las que traen los estudiantes). En toda la escuela hay alrededor de cien. Hay aulas para cocina, manualidades, música, carpintería, además de las materias duras del currículum. El castellano se enseña según la norma británica: español de España, con profesor peninsular. Deportes: fútbol, bádminton, natación y deck hockey. La secuela tiene un Consejo Estudiantil formado por un representante de cada curso, elegido por los estudiantes, y un representante masculino y otro femenino elegido por los profesores. La escuela ofrece cursos hasta los 16 años. Después, con
becas, una mayoría continúa los estudios en Gran Bretaña. <<
[77] ¿Quiénes son estas gentes? Más del 60% es dueño de su casa y, si no lo es, puede acceder a un crédito a 25 años con cuotas fijas, que alcanza a cubrir el 70% de una vivienda; la casi totalidad considera que su alojamiento se ajusta a las necesidades. Hay un 1% de desempleados. El 20% tiene dos trabajos. Todos acuerdan en que falta mano de obra y que son necesarias leyes inmigratorias más flexibles. El ingreso anual per cápita es de 32 213 dólares. El mayor empleador es el gobierno (28%); la agricultura ocupa un 11%; el turismo, otro 11%. Excluidos los contratistas del aeropuerto de Mount Pleasant, hay 2563 isleños residentes permanentes, entre ellos 465 niños. La mayoría vive en lo que los argentinos llaman Puerto Soledad y los que viven allí, Stanley. El 59% de los que votaron en el referéndum se autodefinen como «isleños de las Falklands». El 29% se considera británico. Casi el 10% ha nacido en la isla de Santa Helena; poco más del 5% es chileno. No es fácil saber cuántos provenientes de Santa Helena ni cuántos chilenos están en condiciones de votar. Las escuelas primaria y secundaria y la medicina son públicas. Los adolescentes que terminan el primer tramo del secundario, por lo general, viajan becados o financiados por su familia a Gran Bretaña. El 70% de los que parten vuelven, después de 10 o 15
años, a las islas. (Censo de 2012, datos publicados en el periódico Penguin News). <<
[78] «El hombre prudente construye sobre piedra. / Y la casa se sostuvo cuando llovió.
/ Pero el tonto construye sobre arena / y su casa se desplomó». <<
[79] El resultado del referéndum fue: votos totales 1517. Votos por el sí: 1513. Votos por el no: 3. La pregunta era la siguiente: «¿Desea usted que las Islas Falklands conserven su status político actual como Territorio de Ultramar del Reino Unido?».
En la conferencia de prensa posterior al referéndum, con el gobernador y los miembros de la Asamblea, se respondieron algunas preguntas interesantes:
«P. ¿Es este el primer paso hacia la independencia de las islas?».
«R. El Sí nos da el derecho a explorar esa opción. El referéndum nos dio el derecho a definir nuestro futuro».
«P. ¿Y la resolución de las Naciones Unidas sobre descolonización?».
«R. La resolución de Naciones Unidas no menciona a los falklanders. El mensaje de esta noche es que somos nosotros los que decidimos».
«P. El derecho de autodeterminación pertenece a las colonias y ustedes no reconocen serlo».
«R. Las Falkland no son una colonia. Nosotros cobramos nuestros impuestos y somos autónomos desde un punto de vista financiero».
«P. La autodeterminación existe sólo para las colonias».
«R. Ese es un argumento académico. Moralmente esto es una democracia».
El gobernador, en el discurso con que cierra la noche, afirma: «La Argentina está
encerrada en una perspectiva decimonónica». <<
[80] John Fowler en su relato de los meses de ocupación argentina de las islas, que tiene gracia, emoción y realismo, señala esta novedad absoluta de una invasión a territorio británico. La última, que seguramente Fowler tiene en mente, es la de los normandos en el siglo XI. Federico Lorenz escribió un prólogo a la traducción del libro de Fowler, cuyo título es 1982. Días difíciles en las Malvinas, Buenos Aires, Ediciones Winograd, 2013, con epílogo de Roberto Herrscher. Lorenz me acercó el libro y debo agradecérselo, así como su investigación historiográfica sobre las islas.
<<
[81] Sintética definición de John Fowler (cit., p. 68): en las islas se llama el camp «a todo lo que no sea Stanley». Zonas rurales, donde están las grandes estancias de
ovejas. <<
[82] Lisa Watson, directora del Penguin News, tenía 11 años cuando el ejército argentino invadió las islas. Su familia, como muchas otras que pudieron hacerlo, dejaron Stanley y se fueron a vivir al camp, en una granja ovejera. A esa granja, una mañana muy temprano llegaron dos soldados que formaban parte del batallón que ocupaba Long Island Mountain. Traduzco un fragmento de su relato:
«Señor Watson, necesitamos hablar con usted», dijo uno de ellos.
«Acérquense a la casa. Los perros no muerden», los tranquilizó. Después, sonriendo, agregó: «No muerden hasta que yo se los ordene».
Los soldados pasaron el cerco cautelosamente, mirando nerviosos a los perros y siguieron a Papá hasta el jardín.
«Dejen sus fusiles afuera», les ordenó mi abuela. «Hay chicos acá».
…
Mi primo Niki, de gran corazón, les sonrió. «Está todo bien. Digan qué quieren».
«Mi nombre es Pedro Miguel Espinosa. Sentimos mucho por estar acá».
«¿Acá en nuestra casa?» preguntó Niki.
«No, acá en las islas. Tenemos frío. No nos gusta».
Papa los miró serio: «Ustedes son soldados; deben ser fuertes».
«No, no,» dijo Pedro, «Yo dentista, mi amigo, cura; no soldados verdaderos. No somos fuertes, tenemos frío y hambre».
«¿Conscriptos?».
«Sí. Hacemos un año de servicio y un día nos llamaron y nos mandaron acá. No sabíamos que dejábamos Argentina. No sabíamos que veníamos a las Malvinas».
«Falklands», corrigió mi madre.
Pedro movió la cabeza pidiendo disculpas, «Yes Falklands, Falklands».
La expresión de Papá se había ablandado un poco; los soldados no parecían mayores que mi hermano Paul.
«¿Qué necesitan?».
Pedro sonrió, «Queremos quizá lavarnos y también escuchar la radio, no sabemos qué está pasando. Y también queremos permiso para matar algunos patos».
«¿Los patos de nuestra laguna? Por supuesto, son salvajes, también nosotros los comemos. Pueden cazarlos si tienen mucha hambre».
Pedro miró a su amigo y los dos se sonrojaron.
«Mr. Watson, no somos buenos con los rifles, quizás usted pueda cazarlos por nosotros».
Lisa Watson, Waking up to war, 2010 (sin otros datos editoriales), pp. 19-20.<<
[83] Alberto Sato conservó esas fotografías. Se exilió en Venezuela en 1975. Con el tiempo justo para una despedida arriesgada, me dijo: «Llevo los slides de los viajes, porque con ellos me voy a ganar la vida». Arquitecto, Sato se convirtió en profesor de historia de la arquitectura latinoamericana y, hace poco, recordaba que unas fotos donde yo aparezco en el Ministerio de Educación de Río de Janeiro habían formado parte del montón que mostraba en sus clases. A su sensibilidad y su constancia, este
libro debe mucho. <<
[84] Michael Taussig, Fieldwork notebooks, Kassel, dokumenta, 2012, p. 8. <<
[85] La bibliografía es inmensa. Un compendio de las posiciones críticas puede verse en: James Clifford, Routes. Travel and Translation in the Late Twentieth Century,
Cambridge (Mass.)-Londres, Harvard University Press, 1997. <<