Viajes

Beatriz Sarlo · Capítulo 13 de 14

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Viajes

Una extranjera en las islas

Nunca pensé viajar a las Malvinas. La ocupación argentina de 1982 fue uno de los hechos más traumáticos de mi experiencia política durante la dictadura. Estuve en contra en ese momento, cuando estar en contra implicaba formar parte de un grupo casi invisible. Al final se transcriben un par de documentos hasta ahora

desconocidos[72]. El lector que quiera leerlos quizá adivine la importancia que tuvo escribirlos en esos meses de 1982, y también el temblor y la cólera de todos quienes estábamos contra esa guerra, que se había convertido en causa nacional. La cuestión de las Malvinas siguió persiguiéndome durante muchos años y yo seguí criticando el triunfalismo ciego y el desorbitado nacionalismo sin principios. Nunca me sentí más lejos del país donde vivía que en esos meses donde todo había sido eclipsado por la ilusión de que, guiada por la dictadura, la Argentina vencía a Gran Bretaña. Esa fantasía colectiva fue mi pesadilla.

Por eso, nunca pensé en viajar a las islas, que eran para mí un lugar crepuscular: el crepúsculo de la dictadura, el de la muerte de cientos de soldados argentinos, el de un nacionalismo territorial que no me interesaba y que la guerra de Malvinas me había mostrado como una desmesurada equivocación no sólo de los militares sino de un avatar de la ideología argentina. No tenía nada que comprobar en las islas.

Sin embargo, los viajes comienzan de maneras no planeadas, salvo en las guías para el turismo, y mi viaje a Malvinas fue un salto de programa. En 2012, se cumplieron treinta años de la guerra y firmé un documento que el lector también podrá encontrar al final del libro. La repercusión de ese texto político fue grande, en

la Argentina y, como me fui dando cuenta poco antes del viaje, en las islas[73].

Por eso, cuando se anunció el referéndum en el que participarían los isleños el 10 y 11 de marzo de 2013, como si hubiera sido desde siempre algo deseado, me propuse viajar y elegí una manera que no me obligara a explicar todo el tiempo qué estaba haciendo allí. Le propuse a Jorge Fernández Díaz que La Nación me mandara para cubrir el referéndum. La tarde anterior a mi viaje, pasé por el diario. Cuando nos despedíamos, Jorge me dijo: «No sólo vas a escribir las notas; vas a escribir un libro». Le dije que no, que no veía un libro pero tampoco adivinaba en ese momento este último capítulo.

El viaje a Malvinas quizás haya sido mi último viaje importante y forma sistema con los viajes de la juventud: el último viaje durante el cual la experiencia fue inesperada, reveladora, fuera de programa. Me trasladó no sólo a la pesadilla de la guerra de 1982, sino, mucho antes, a días muy lejanos. Fui a Malvinas casi por una improvisación impulsiva. Pero hice mi trabajo y escribí las notas. A la primera, que mandé el mismo día de la llegada, le puse un título cuyo significado yo conocí del

todo sólo al final: «La experiencia inconmensurable»[74].

El avión, con ruta Buenos Aires-Santiago de Chile-Punta Arenas-Stanley, estaba lleno de periodistas y de observadores internacionales. El referéndum era un acontecimiento no sólo para la Argentina ni sólo para los isleños y Gran Bretaña. También había a bordo turistas, cuyo destino final eran las islas o el sur de Chile. De Santiago a Punta Arenas me senté entre una norteamericana y un canadiense. Ella leía una novela de Charlotte Brontë en su Kindle y me dijo que iba a hacer 8 días de trekking en Torres del Paine. El canadiense, entretenido en su novela policial, entre cuyas páginas llevaba fotocopias de una guía de Punta Arenas, me indicó un tramo en el mapa: «This should be a nice walk». Antes, en el embarque, dos franceses. Pensé que eran observadores internacionales del referéndum. Finalmente, cuando uno de ellos se fue a buscar un café, le pregunté al otro: «Excusez-moi, Monsieur, vous allez aux Malouines?». Contestó: «Bien sur». Me animé entonces: «En ce cas, êtes-vous du comité international d’ observateurs?». Resueltamente: «Pas du tout. Nous allons faire le tour des îles en bateaux à voile».

Yo creía que todo el mundo se estaba moviendo hacia el centro donde me dirigía yo, el referéndum. Sin embargo, pensé: yo también voy a una isla fabulosa donde a las ovejas las arrean en moto o en cuadriciclo.

Bajamos en Punta Arenas para pasar migraciones. Cuando volvimos a embarcar, se sentó a mi lado un chileno empleado en la base británica de Mt. Pleasant como mozo del casino de suboficiales, donde se sirven 500 comidas diarias. Una mujer, amiga suya, también viajaba en este avión, para retomar su puesto de barman en el casino de oficiales, donde se sirven 150 comidas diarias. Ambos regresaban de sus vacaciones, que duraron un mes. El chileno que me da estos datos, parece contento: trabaja desde hace tres años en las islas y calcula que dentro de dos ya tendrá la plata para casarse, comprar una casita y un taxi en Antofagasta. No piensa en el referéndum. Lo que le preocupa es un cambio anunciado en la empresa concesionaria del catering para la base militar. Treinta chilenos se ganan la vida allí. Dos aviones semanales transportan la verdura y la fruta desde el continente.

Mi amigo John King, llegando desde Londres, describía así su aterrizaje:

 

«Cuando estábamos por aterrizar, con el ejército, en 1991, yo miraba por la

ventanilla en el momento en que dos cazas aparecieron de pronto y nos

flanquearon. Los pilotos flotaban afuera, a nuestro lado. Nos acompañaron un

trecho y después, con una especie de suspiro, desaparecieron. En cuanto

aterrizamos, un militar nos dio instrucciones sobre cómo debíamos

identificarnos y tener cuidado con las minas enterradas»[75].

 

Nosotros, en cambio, tocamos tierra de manera normal, sin aviones caza a los costados.

De aquel viaje de 1991, John King me trajo un reloj azul, redondo, con cuadrante blanco, un pingüino en el tercio superior y la inscripción, en letras pequeñas: «Visit the Falklands». Lo usé muchos años y terminó rompiéndose. El relojero lo miró con tristeza y se declaró incapaz de arreglarlo. Ahora, yo quería encontrar un reloj como ese y mandárselo a John. No lo conseguí. Se multiplicaron las tiendas que venden souvenirs a los turistas de los cruceros, pero no hay más relojes azules con pingüinos.

El taxista que nos va a buscar al aeropuerto es un argentino, que ha decidido quedarse a vivir en las islas. Acaba de recibir un crédito de 95 000 libras a treinta años y está construyendo su casa en las afueras de Stanley. Lo acompaña un hermano mucho más joven, que llegó de visita. Durante el viaje en la cuatro por cuatro hasta Stanley nos cuenta de otros migrantes: no sólo chilenos, sino también nativos de Santa Helena (la isla en el medio del Atlántico donde Napoleón fue prisionero de los ingleses) y Ascensión. El taxista me deja en 11 Ross Road West, la casa de Joost Pombert, a quien conoce perfectamente.

Pocos días antes de partir, me enteré de que algunas familias ofrecían su casa, ya que el Malvina Hotel (en singular) estaba completo. Aunque tenía una habitación reservada en el hotel, se me ocurrió que lo mejor sería vivir en casa de una familia isleña. La tarde del sábado, cuando el taxi me dejó allí, frente al cerco y la extensión verde que debí atravesar para llegar a la gran casa blanca, mientras saludaba al dueño que salió a recibirme, tuve la impresión de llegar a un sitio extraño y familiar al mismo tiempo. No pude confirmarla en las primeras dos horas, porque me encerré a escribir la nota de llegada para enviarla al diario esa misma noche.

Pero después, a las ocho, con luz todavía diurna que entraba por la gran ventana del living-cocina donde estaban Joost y sus dos hijas, mientras tomaba el trago de bienvenida, confirmé que no me había equivocado. Frente a la casa, un barco semihundido, desteñido por la marea salina y las olas, era el ícono isleño que alguien de tierra firme, como yo, necesitaba para confirmarse. Ya sabía que Janet, la mujer de Joost, estaba en viaje de negocios y que no nos conoceríamos. Me había escrito antes de mi partida.

La luz caía. Lentamente todo iba cubriéndose con una película translúcida y gris. Afuera hacía, como siempre allí, mucho frío. Comimos carne con unos vegetales extraños y duros que son los que se consiguen en las islas, donde todo lo que crece parece petrificado o electrizado. Joost cultivaba algunas verduras en el fondo. Después fui a mirar esas plantas que crecían contra el viento como ejemplares minerales de una botánica original o sobrevivientes en una naturaleza hostil. Como un bajo continuo, recordaba que ese frío y ese viento y esa superficie rocosa había sido el paisaje para los soldados argentinos, sin comida y sin ropa adecuada, en la aventura de 1982.

Joost es buen cocinero y esas verduras peculiares, esas hojas retorcidas se habían convertido en nuestra cena. Las hijas, de trece y quince años no se mostraron interesadas en colaborar en lo que era uno de mis objetivos: hablar con un grupo de sus compañeros. Fue una misión deseada e imposible.

Acompañé a la escuela a Sophie, la mayor, para ver si nos encontrábamos por el camino con sus amigos. Nadie habló con nosotras. Sophie caminaba rápida, cortando distancia en la pendiente que sube desde la costa. Hablamos de su próximo viaje a Inglaterra, donde terminará el secundario, que en Malvinas llega sólo hasta el cuarto año. Vacila entre la matemática y la filosofía. Se alegra cuando le digo que quizá descubra que ambas pueden estar muy próximas. Cuando llegamos a la puerta de la escuela, me doy cuenta de que quiere deshacerse de mí lo más rápido y discretamente que sea posible sin torcer sus buenos modales. Me doy cuenta de que no quiere que la vean conmigo. Sin embargo, me agarro a ella y le pido que me presente al director.

Entra, decidida, casi imperiosa, a la secretaría, y allí me presenta. Dice: «Journalist from Buenos Aires. She is living at home». Una vez más compruebo que sus compañeros sólo han hablado y hablarán con medios británicos. Durante todos estos días no encuentro un tema con Sophie que me permita mencionar la Argentina.

El director de la escuela me miró con desconfianza y sólo autorizó una visita para cinco días después, que consistió en una carrera de él y yo, a toda velocidad por los pasillos y aulas de esa escuela secundaria luminosa, limpia, llena de aparatos y libros,

proyectores, salas de música[76]. El director se llama David Tongue y es nervioso, cortante, suspicaz, en el límite de la descortesía. Llegó de Londres y tiene algo más de cuarenta años. Todavía no ha perdido el aire perentorio de la gran ciudad, un estilo seco e imperioso que no encontré en otros isleños. No me permitió detenerme en ninguna parte ni hablar con nadie. De todos modos, no había muchos con quien hablar. El director había elegido el momento en que los estudiantes tenían su recreo más largo y, cuando ese tiempo se acercaba a su fin, también dio por terminada mi visita. Los estudiantes sólo hablaron con diarios británicos. Debía tachar de mi libreta de proyectos el de una nota con los jóvenes.

Mis borceguíes rojos que, fuera de Buenos Aires, siempre provocan comentarios y, meses antes, en Harvard, habían sido un infalible «conversation piece» con desconocidos de toda especie, eran pasados por alto, con disciplinada indiferencia, por las hijas de Joost. Sabían que, si decían algo, me habrían permitido hablar sobre la Argentina. Inteligentes, se precavieron. Comentaban lo difícil que es conseguir buena ropa en las islas, pero nunca me preguntaron por la ropa en el lugar de donde yo venía. Entendí que nadie les había enseñado eso. Que, simplemente, la Argentina se había convertido en algo amenazador e impronunciable. Antes de 1982, las cosas no habían sido así. Joost se refería sin dificultad a la Argentina, país con el que (fui descubriendo) esa familia tenía largas relaciones. Las chicas, en cambio, se habían resistido a aprender castellano en la escuela. Me dijeron que no les gustaba el profesor, un español, pero esa no era la única razón. La cautela que mantenían conmigo indicaba una distancia más profunda. Yo había llevado un CD de Spinetta, con la idea de dejárselo y decirles quién era. Me di cuenta de que no debía intentarlo.

La casa de Joost queda muy cerca de la del gobernador de las islas, sobre la calle más importante de Stanley, casi a la salida. Es una avenida costanera, donde cada doscientos o trescientos metros hay un monumento histórico. Durante siete días camino a lo largo de esa costanera bajo el viento, la llovizna, la nevisca, algunos rayos intermitentes de un sol que parece apagado, nuevamente la llovizna y, siempre, el viento que casi no deja avanzar. A veces, las ráfagas me doblan y me desplazan hacia los costados. Subo el cierre de mi campera con forro de piel y pienso en los soldados argentinos de 1982. Los hombres y mujeres con quienes me cruzo a lo largo de la avenida me miran y enseguida diagnostican mi extranjería. Los saludo y me contestan con una media sonrisa o una inclinación casi imperceptible de la

cabeza[77].

El domingo a la mañana, es decir el primer día que amanecí en Malvinas, Joost me llevó hasta la iglesia catedral. Supuse que algo podía suceder allí, pero estaba casi vacía porque todo Stanley vive pendiente del referéndum. En vez de encarar directamente hacia el Town Hall, donde están las urnas, decidí quedarme un rato. En la puerta, el reverendo Richard Hines estrechaba las manos de quienes iban entrando. Precaviéndose, me dice: «Quizás hoy seamos pocos». Luego, en castellano, porque fue misionero en el Chaco, me da nuevamente la bienvenida. Me siento bajo la alta nave de madera oscura, una quilla de barco invertida, y miro a mi alrededor: en las paredes, las chapas rememoran a malvinenses muertos en los comienzos del siglo XX. Espero el sermón. Seguramente, el reverendo Hines sospecha que he venido a su iglesia por esa causa. Pregunta: «¿Qué día es hoy? Un día muy importante porque es el comienzo de nuestro referéndum». Esa fue la única mención.

Suena un armonio y la hermosa voz de una soprano canta el primer himno, alusivo a Mateo 7.24.

 

The wise man builds his house upon the rocks

And the rain came down but the house kept firm. But the foolish man built his house upon the sand

And the house on the sand came down[78].

 

La segunda parte del sermón es sobre el Día de la Madre. Me siento un poco defraudada y corro hacia el centro de Stanley, donde están las filas para votar.

Neville Hayward, gerente de supermercado, viste un traje hecho con la bandera británica: chaleco y pantalón, ensamblados para que las banderas coincidan en las costuras y los dobladillos, moño al cuello de la camisa blanca; su mujer, con túnica amplia, sobre cuyo borde inferior el rojo y el azul se deshacen en pequeñas manchas, como un juego óptico. Cuando, horas después, lo entrevista un canal argentino, el hombre dice, como era de esperar, que su disfraz es una afirmación de su patriotismo. Su patriotismo y el de su mujer quedan demostrados porque aguantan el frío en mangas de camisa. En el frío de la mañana, saltando y riéndose, esperan su turno.

Todos los que andan por la calle giran alrededor del referéndum. Un inmigrante de Santa Helena acompaña a su rubia mujer a votar. Harán una cola que da vuelta la esquina: gente que se conoce y responde a la prensa extranjera como si supiera qué quieren escuchar los periodistas. Nos informan cuándo llegaron a las islas o a qué generación de isleños pertenecen. A algunos es innecesario preguntarles: la remera blanca tiene un mapa de América Latina donde la superficie de la Argentina está ocupada por el Atlántico (país hundido en el mar), con la leyenda «Británico hasta la médula». Equivalente del cartel «Falk U Argentina» que, debidamente ilustrado, adorna algunos autos.

Un hombre de cincuenta años me explica la política argentina. Yo callo y él, como si hubiera pensado que fue demasiado cortante, abre el envoltorio de papel blanco que estuvo sosteniendo todo este rato, y me dice:

—En señal de amistad, quiero convidarla con un arrollado de salchicha; hace demasiado frío para usted.

Agradezco sinceramente porque el frío es, para mí, difícilmente tolerable. Enseguida, el hombre vuelve a cubrir la generosa bandeja de arrollados y recupera el aire severo. Mientras yo como, escucho su argumento bien organizado:

—No podemos independizarnos de Gran Bretaña porque no nos alcanzaría la plata para pagar nuestra propia defensa. No podríamos pagarles, por ejemplo, a los rusos, ni a ningún otro. Y la Argentina se nos echaría encima.

—¿Entonces seguir siendo territorio británico es la única manera de no volverse territorio argentino?, le pregunto.

—Exactamente.

Para este hombre, el Reino Unido es, en primer lugar, una necesidad geopolítica, antes que la lejana patria de una identidad. Para la mayoría, en cambio, hay algo identitario en juego: una mezcla de dos islas en hemisferios diferentes. Algo rural británico define el paisaje y algo patagónico lo marca con la misma intensidad. Con esas dos notas defino provisoriamente una identidad isleña, a la que se acopla la isleña identidad de los migrantes que llegan del medio del Atlántico. «Lo isleño»: las hijas de Joost, Sophie y Sorrel, nadadoras, participan en los Juegos Olímpicos de las Islas que han sido o son territorios británicos.

Quiero hablar con una chica de nueve o diez años, muy linda, su pelo recogido hacia atrás con una vincha también patriótica. No me contesta. Mi acento seguramente me delata, y la madre la toma de la mano como para sustraerla. Me siento particularmente consciente de mi acento, algo que no me sucede en otros lugares donde se hable inglés. Después se va a fortalecer mi impresión de que muchos isleños, en otras circunstancias, es posible que hablen un poco de castellano. Pero no ahora. No con alguien que llega de la Argentina. Un paso adelante, está haciendo la fila una de las representantes en la Asamblea de las islas, que entrevistaré días más tarde. Casi en la puerta de entrada al Town Hall, otro miembro de la Asamblea. Un hombre me lo señala. Imperioso y convencido, me ordena:

—Con ese tiene que hablar. Vaya, hágale sus preguntas.

Mi aspecto no británico es inocultable. Salvo a los migrantes de Chile o Santa Helena, a todos los veo rubios aunque no lo sean. Después pienso que mis ojos tienen una especie de racismo defensivo: todos me parecen blancos y yo me siento morochita. Mi autoconciencia se traslada a mi ropa y mis zapatos, porque, si se excluye a los vestidos con la bandera británica, los isleños tienen un estilo atemporal, sin casi ninguna marca de la moda. Sintiéndome doblemente extranjera, por mi origen y también por el juicio que, en esta mañana de referéndum, atribuye a todo argentino la idea de apoderarse de las islas, recuerdo la extraña historia de Alejandro Betts, el único isleño que eligió vivir en la Argentina. Consiguió trabajo en el aeropuerto de Córdoba y ahora sostiene los derechos argentinos a las islas. Es el único caso que se ha conocido. ¿Se inscribe en una iluminación histórica o en las peripecias de la vida de un hombre? Betts hoy está en Agua de Oro, Córdoba, y no votará junto a quienes fueron sus vecinos hasta que dejó las islas, a los sesenta años.

Los números del censo de 2012, publicado por Penguin News, son elocuentes en lo que concierne a la autodefinición de los censados. Entre los votantes, más de la mitad, casi un 70%, nombra su identidad como pueblo: isleños de las Falklands (si se lo quiere traducir a una denominación argentina: malvinenses). Me explicaron que «kelper» es un adjetivo sólo aceptable si quien lo utiliza para designarse es un isleño. Impropio en quien no lo sea. La nacionalidad argentina no aparece en estas opciones. Sería extrañísimo que apareciera.

En la memoria, está el desembarco de abril de 1982, no la épica de algunos gauchos precariamente asentados en las islas en 1830. Su historia no comienza con la corona española, ni con el gobierno de Rosas. Habría que someterlos a un aprendizaje que no desean, más parecido a un adoctrinamiento que a la recuperación de cualquier pasado perdido. Y además se trataría siempre de un pasado con el cual ellos no tienen nada que ver. La identidad no es simplemente un dato establecido en leyes y tratados. Hace décadas que las ciencias sociales han valorizado la cultura, las costumbres, la lengua, la organización familiar, las religiones, las formas del trabajo y del ocio como hilos que tejen la trama de la identidad.

Los habitantes de las islas se declaran isleños más que británicos. Todos acá hablan de «generaciones» acompañando la palabra con algún número ordinal y eventualmente, el origen del antepasado pionero (migrante, según mi juicio; pirata, según el nacionalismo argentino): tercera generación, Gales; quinta generación y prisionero de la Argentina durante la guerra; tercera generación, Escocia; británico de las Falklands, cuarta generación; una mujer de Gales se define «isleña británica»; otra: «isleña que vino de Escocia». Las respuestas que obtuve en la fila de los votantes en el referéndum parecen pergaminos de un torneo genealógico. Son días de patriotismo. Nadie desconfía del resultado del referéndum. El único suspenso es si

votarán más que en la elección de miembros de la Asamblea local[79].

La pregunta a la que los isleños responden por la afirmativa o la negativa es la siguiente: ¿Desea usted que las islas Falklands conserven su actual estatuto político como Territorio de Ultramar del Reino Unido? La respuesta afirmativa abre dos posibilidades: las islas preservan, como Territorio de Ultramar, el derecho a plantear en el futuro la autodeterminación; y también podrían no plantearlo nunca. O ser presionadas económica y políticamente por el Reino Unido para que no lo hicieran. Como Territorio de Ultramar Gran Bretaña se hace cargo de la defensa y de la política exterior de las islas. Este último punto es importante cuando alguien considere la autodeterminación. ¿Estas islas se pondrían en la obligación de enfrentar esos gastos inevitables?

Si retienen el status actual, el gobernador de las islas seguirá siendo designado, como lo indica el Orden Constitucional aprobado en 2008, por su Majestad, la reina, y permanecerá en funciones hasta que ella lo revoque. Se elige una Asamblea Legislativa compuesta por ocho miembros electos por los ciudadanos y dos miembros que se incorporan a ella por el cargo que desempeñan como Jefe de finanzas y Speaker, sin derecho a voto. Duran cuatro años en sus funciones. Asiste al gobernador un Consejo Ejecutivo integrado por tres miembros de la Asamblea entre otros funcionarios.

Esto es lo que se vota. Pero, como en toda elección, el voto no está totalmente sustentado en estas razones institucionales.

El referéndum puede ser vivido como el capítulo final de una victoria de los isleños. Cuando a un conjunto de personas que viven en comunidad se les hace una pregunta de este tipo, esa comunidad ejerce una opción política trascendente: ¿qué somos? ¿Cuál será nuestra inscripción en el mundo? ¿Qué relación se reconstruirá con la Argentina, si es que se reconstruye algún vínculo?

Debajo de las prescripciones legales hay un modo de vida, que ellos sabrán cómo definen y cuya definición siempre será respetable. Sería una buena idea que los argentinos supiéramos qué quieren decir exactamente estas mujeres y estos hombres cuando se llaman a sí mismos «isleños de las Falklands», en lugar de corregirles la plana para explicarles que lo que ellos llaman Falklands se llama Malvinas, porque en 1833 los ingleses desalojaron al gaucho Rivero e implantaron una dominación colonial. A lo segundo, los isleños responderían que ellos no son una colonia sino un territorio de ultramar. Así, más de 2500 personas refutan el modo en que los argentinos caracterizan el régimen político en el que viven. Los argentinos que reivindican las islas les dicen a los isleños: «Aunque no se den cuenta, ustedes viven en una colonia, alcanzada por las resoluciones de la ONU sobre descolonización. Ustedes creen vivir en un territorio de ultramar, pero, considerado el pasado colonial de Gran Bretaña (ahí se pueden enumerar casos como la India y su lucha por la independencia, donde sus habitantes, por cierto, no querían ser territorio británico), la invasión de 1833 a las islas define su presente». No es un argumento que ellos juzguen verosímil. Además, después de 1982, en la memoria de estos isleños, fue la

Argentina la que ocupó el lugar del invasor[80].

Con los pies y las orejas heladas, sigo recorriendo la fila de votantes. Hace demasiado frío y los periodistas no estamos autorizados a entrar al Town Hall hasta mañana a la noche, cuando se den los resultados. Afuera, dos cabinas de teléfono en hierro rojo, idénticas a las de Londres, parecen un signo turístico tanto como una afirmación de identidad. Me siento tentada a entrar en una cabina y llamar a Buenos Aires, pero no lo hago. Recuerdo una noche: estaba en New York, en un club de jazz. Tocaba un pianista blanco, cuyo nombre me era desconocido. Me aparté del bar, caminé entre las mesas hasta donde estaba el teléfono público (no habían llegado aún los celulares) y llamé a Buenos Aires. Cuando atendieron allá no supe qué decir, ni por qué estaba llamando. Necesitaba una conversación que no podía obtener por teléfono. De alguna manera, la fila de votantes con diversos distintivos británicos acentuaba mi extranjería, porque después de interrogarlos encontraba el mismo stock de respuestas: no había conversación posible.

Me fui caminando al Malvina House, pensando, para serenarme, que el hotel estaría lleno de extranjeros como yo, todos los que venían a presenciar el referéndum y, después de seguir la fila durante dos horas, con el mismo frío que yo sentía, daban la vuelta y tomaban la calle costanera con el mismo destino.

Frente al Malvina House están las oficinas del Penguin News, una casita de madera, de techo bajo. Entré sin llamar. No estaban ni la directora ni John Fowler, el columnista principal. En la pequeña recepción, un pingüino parado sobre su pedestal, cubierto de recortes del diario, aprieta un ejemplar debajo del ala; lleva anteojos y sostiene un lápiz. Es una escultura pop, graciosa y atinada. Después me entero de que la hicieron los estudiantes de la escuela secundaria. El pingüino blanco y negro es, para una argentina, tanto las Malvinas como los Kirchner. Se me ocurre la imagen surreal de un pingüino kirchnerista cubierto de recortes del diario de las islas: un oxímoron para los nacionalismos.

Se ingresa al Malvina House por una escalinata también de madera (todo parece de madera en las islas). Por las ventanas del bar se ve la bahía plomiza y quieta, con una línea de costa que cierra el horizonte. Y se ve el cielo, bajo, plomizo y quieto, pese al viento que, en cualquier otro lugar del mundo, merecería los adjetivos: furioso, enconado, persistente, glacial y húmedo. Pero en Stanley es sencillamente normal. Escribo la ristra de adjetivos y pienso en los soldados argentinos de la guerra del 82. Siento una especie de furia ante caras desconocidas de chicos de Jujuy y Corrientes (repito los nombres de esas dos provincias pobres) en el paisaje odioso y maléfico que deben haberle parecido las islas.

En el bar del hotel, rodeada de periodistas de todas partes, mi amiga brasileña, tres expertos ingleses, un profesor también inglés, cada uno en lo suyo y, al mismo tiempo conversando, con la atención dividida entre la nota que tenemos que mandar a São Paulo, Río o Londres, a Buenos Aires o Tokio, y fogonazos de conciencia que me hacen pensar: estoy en Malvinas, estoy en las islas, en Stanley, el lugar que fue invadido durante la dictadura, el hecho más traumático de esos años para mí, que no podía aceptar ni esa guerra ni ese nacionalismo ni esos compatriotas que lo apoyaron y creyeron. Estoy acá y pienso: hace treinta y un años, cuando los argentinos desembarcaron en Stanley, yo era joven y nunca imaginé que pisaría estas islas.

Entran al bar unos veteranos de 1982 que han venido a visitar el cementerio. Los saludo y les pregunto por qué viajaron justamente ahora, en los días del referéndum, pero ellos no quieren hablar, como si la discreción fuera una consigna que también comparten con los isleños. Así no voy a enterarme de nada, pienso. Y de inmediato me doy cuenta de que no es cierto. Me doy cuenta de que ya he aprendido mucho: el viento, el gris pesado del mar, el cielo bajo, la resistencia de los isleños a contestar demasiadas preguntas. Son afirmativos, decididos en la primera respuesta y luego parcos, como si ya no hubiera nada más que comunicar a la extranjera. Por suerte, esta tarde hablaré con Joost en la casa donde me alojo, frente a ese barco semihundido, que parece una pieza de utilería onírica: escorado, carcomido por la sal, más gris que el mar y el cielo, preso en las aguas, el barco las detiene en impalpables elipsis a su alrededor.

A las dos y media de la tarde, los isleños conducen más de trescientos autos por el camino rural que va del puerto a las alturas de Moody Valley, flanqueadas por los sitios de dos emblemáticas batallas: Mount Longdon y Twin Sisters. A tres ocupantes por auto, se han movilizado 900 personas, un tercio de la población. Desde las bardas, siete jinetes (que, de lejos, parecen criollos, sobre sus criollas monturas de bastos) y un camión cargado de ovejas encabezan la bajada hasta el puerto. Muy lentamente, los autos embanderados recorren la aldea siguiendo el dibujo de la costa. Quien no está en la caravana, está fotografiándola. El gobernador, vestido con remera amarilla, la mira sonriendo tranquilo en la entrada de su casa.

Camino hasta el extremo de Stanley, por la costanera. Sé lo que busco: ese reloj azul con el pingüino, que me trajo John de estas islas. Quiero conseguir otro igual, del mismo tamaño, un poco grande para mi muñeca, con la misma esfera blanca, casi luminosa en la noche, con el pingüino y la inscripción: «Visit the Falklands», que yo vine a cumplir casi treinta años después de recibir el regalo de mi amigo. No quiero este reloj nuevo, pero idéntico al otro, para mí, sino para dárselo a él, como si fuera una secreta cadena de entendimiento entre los dos. Visito todas las tiendas de souvenirs, pregunto, examino. No hay relojes, ni siquiera diferentes al que estoy buscando. Inasible pasado. Como el resto de una iconografía onírica, el reloj adquiere un sentido que es diferente al que puedo conocer. Lo busco como si fuera mucho más importante, el signo de algo en mi pasado. Si se lo quiero entregar a John es porque también allí tengo algo que devolver, alguna deuda que pagar. Dos días después me daré cuenta de que hay otras cuentas ignoradas.

Al atardecer, en el bar del Malvina House todos tipeamos en nuestras laptops. Cuando termino, y ya ha anochecido, me voy caminando a la casa de Joost. La costanera sube hasta que se alcanza una escalera, que también hay que subir, mientras que los coches siguen por abajo; luego vienen unos metros de parque duro y espinoso, y de nuevo se desciende. Camino por la veredita estrecha de casas con parquecitos de un verde piedra al frente y huertos lunares de raras botánicas, que asoman por los costados. Casas blancas y verdes, con banderitas, parecidas a la de Joost. Es casi de noche y el perro ladra cuando yo abro la verja del jardín. Adentro hay una estufa prendida y está Joost, que me ofrece un martini o un whisky. «El viernes viene mi suegra de visita. Le gustará conocerte». Doy una respuesta cortés, porque no me imagino qué pasará el viernes.

Desde mi habitación se ve el jardín-huerta, detrás de la casa. Y los jardines de las dos casas linderas. Cae la noche, mi segunda noche en las islas, y todavía no puedo dar un orden a mis ideas. Sobre todo, no alcanzo la verdadera razón por la que estoy aquí. Durante años la invasión argentina me obsesionó y me hizo enfrentar los variados nacionalismos territoriales. Pero, poco a poco, las islas, que habían sido uno de mis temas fijos en los ochenta, comenzaron a alejarse. Cuando se anunció el referéndum, volvieron a primer plano como si alguien hubiera accionado un teleobjetivo histórico. Las islas se aproximaron y quise estar acá cuando se votara. No encuentro otro pretexto más verosímil que el de escribir las notas sobre el acontecimiento. Miro por la ventana y me repito: «Acá estoy», como si estar acá hubiera sido algo preparado durante años, un proyecto. Y yo sé bien que no tenía ese proyecto.

Stanley es británico y patagónico. Por momentos tengo la ilusión de que el paisaje es el mismo: extensiones áridas, paja brava o como se llamen esas matas erizadas y puntiagudas, mucho amarillo, verdes que viran al marrón, algunas bardas en el horizonte cercano. La luz es oblicua y el sol, que fugazmente se ve entre las nubes, parece un astro frío.

Dos veces por día voy caminando hacia el Malvina House, y cada vez me intrigan más los jardines que parecen complicados origamis pétreos. Por la costanera, el único color vibrante y definido es el de las banderas y el de las coronas de poppies de papel que están como ofrendas en los monumentos. Conozco a esos poppies desde mi infancia. La comunidad británica de Buenos Aires los distribuía en octubre y noviembre, como ofrenda a la memoria de los muertos en las guerras del reino. El memorial a los soldados británicos caídos luchando contra las fuerzas argentinas en 1982 tiene sus zócalos y su muro de piedra adornados con coronas de poppies y la cinta negra que indica a la memoria de quiénes están dedicados. El rojo de estas sencillas flores artificiales destella sobre los grises de la piedra monumental, el gris del cielo, y las oscuras variantes del mar en la costa. El jardín de las casas, en cambio, es melancólico, endurecido, para una mirada acostumbrada a la latitud de Buenos Aires.

La costanera es una avenida de monumentos. A la derecha está el Monumento a la Royal Marine. Prefiero dar vueltas por el pueblo que ir a avistar pingüinos a Gypsy Cove. De todas formas, creo que ya no es época. Sin estos monumentos, Stanley se parecería mucho a lo que muestra la acuarela del italiano E. de Martino, fechada en 1866. La bahía muy cerrada, de aguas grises y quietas, la barda que marca el horizonte, el cielo sin color, las casitas de paredes claras y techos a dos aguas con chimeneas. Han cambiado los colores de los techos: hoy son más vibrantes y variados, pero esa acuarela de 1866 da bien la idea de un conjunto pequeño y extendido a lo largo de la orilla, con sólo doscientos o trescientos metros de profundidad en subida. Fue el casco urbano de una inmensa extensión rural: ovejas y ovejas. Todas las ovejas y los peones ovejeros están en las fotos del museo. Todos los días se come cordero en Stanley, que conserva la cultura de la carne y no coquetea con la del pescado. De nuevo, la Patagonia.

Esa noche, Joost, mientras sirve su cordero estofado, me habla de la estancia de ovejas de su suegra y me muestra fotos de hombres rudos, que parecen gauchos y en muchos casos son criollos del Uruguay, paisanos de bigotes lacios, sombrero hasta los ojos y esa mirada ladina típica de las fotografías de fin de siglo XIX, que tenían siempre, en cualquier lugar de la tierra, una óptica atenta a la particularidad racial.

Por la ventana, los restos del naufragio nuevamente le dan un carácter onírico a la conversación, aunque mis preguntas sean muy precisas, profesionales, y las respuestas de Joost estén llenas de referencias concretas. Sus hijas interrumpen muy poco. Yo desearía que me hablaran. Pero el territorio de la adolescencia es difícil y quizá no se trate simplemente de que sea una extranjera y de que no se interesan en mi país. Joost sabe todo sobre las islas, presente y pasado, quizá porque él mismo es un extranjero acá. Llegó como un holandés aventurero, der fliegende Hollander, muy joven; trabajó para varios patrones, se enamoró de Janet Robertson y se quedó. O sea, historia de migrante, aunque Joost venga de un país rico y fuera su espíritu viajero, mercantil y hippie el que lo trajo a las islas. Sus hijas son, por parte de padre, primera generación.

Joost no tiene ninguna duda sobre el resultado del referéndum. La economía doméstica descansa sobre la pesca: él es funcionario de un organismo gubernamental que controla a los barcos pesqueros; su mujer es ejecutiva de una empresa de pesca. Las autoridades supervisan hasta el último kilo de pescado que se llevan los barcos y cobran las regalías. Las islas defienden su patrimonio marítimo y los ingresos de sus habitantes. Están orgullosos de su eficiencia. Sophie, la hija mayor, en cambio, mira las cosas desde otro lado: para seguir estudiando se va a Gran Bretaña, algo que despierta toda su expectativa adolescente; los quince años que vivió en las islas le enseñaron que allí no hay buena ropa, ni la que a ella le gusta; que también para sus cosas depende de un viaje a Gran Bretaña.

En la mesa de esa comida singular, donde el cordero sobresale como una imposición geopolítica además de pertenecer a una tradición culinaria, hay poca verdura y unas manzanas arrugadas, pequeñas y muy caras. Cuando recorro el supermercado: todo parece racionalmente adaptado a las posibilidades de conseguir comida desde lugares que están separados de las islas por cientos (Chile) o miles de millas. Una argentina de capas medias pasea entre ofertas escasas, pocas marcas, polvitos en lugar de líquidos y sólidos.

La mañana siguiente al referéndum escucho que la presidenta Kirchner ha llamado a los isleños «squatters»: ocupadores. Tengo una medida precisa del insulto. La palabra suena más fuerte en inglés que en castellano. Todos acá mencionan la cuestión de la defensa de las islas y los argentinos son el término de esas conversaciones. Subtexto del referéndum: una comunidad próspera y que será más próspera después de 2017, cuando empiece la explotación de petróleo, cuyos ingresos no le alcanzan para reemplazar a Gran Bretaña, si este país los abandona y decide que sus intereses en el Atlántico Sur pueden cubrirse desde las Georgias. Los isleños son ciudadanos de una aldea que puede comprar lo que necesita menos pertrechos bélicos y soldados que los manejen. Tal como están, evocan la figura arcaica del protectorado y uno no puede dejar de entenderlos: vivir en el otro extremo del mundo, recibir visitas interesantes, custodiar bien sus recursos pesqueros, empezar la explotación de petróleo en poco tiempo más y dejar que la vieja Inglaterra se ocupe del resto de las cosas (en primer lugar de los vecinos argentinos de la costa oeste).

A la tarde fui a Deano’s, el pub popular de Stanley. Sólo había hombres de este lado de la barra. Del otro lado, una morocha, lenta pero sonriente, y un barman de Santa Helena. Al principio no me di cuenta, pero sentí alguna incongruencia. Era el sonido del televisor, que trasmitía en castellano del Río de la Plata. «Desplazamientos largos de pelota a los volantes». Las islas toman esas señales de televisión en castellano en lugar de pagar un satélite. Muy raro: esos obreros que acababan de terminar la jornada de trabajo, corpulentos, vestidos de azul y con gorra, escuchan el fútbol como si estuvieran en un boliche de estación suburbana en el Gran Buenos Aires.

Al rato, un hombre me tocó el hombro, suavemente. Antes de que empezara a hablar yo me alegré porque los pubs de tradición inglesa o americana son lugares seguros para hacer una conversación. Llevaba días intentando hablar con gente que no fuera un funcionario o un periodista. Dios me mandaba este obrero de cincuenta años, con la cara poceada, barba rala y pelo rojo. Pensé: un irlandés. Y los irlandeses son conversadores. Apoyados ambos de perfil en la barra, quedamos frente a frente. El hombre terminó de decidir el comienzo, usando el tú, pero con una pronunciación que no era española:

—¿Vienes de Buenos Aires?

No estoy traduciéndolo. Me dijo exactamente eso: ¿vienes de Buenos Aires?, en castellano, con acento pesado y lentamente. Era la primera persona que me hablaba en castellano en Stanley. Salto fuera de programa, el momento en que se rompe una lámina.

—Vengo de Buenos Aires.

—¿Lo conoces a ese que entró?

Se refería a un periodista de TN que rato antes había llegado a pedir permiso para filmar un torneo de dardos que tendría lugar allí esa noche.

—Sí, lo conozco. Somos todos periodistas.

—Ah, pertenecen todos al mismo…

Hizo un gesto como el que rodea un espacio circular y dejó la palabra no pronunciada en suspenso. Yo seguí mirándolo. Cuando me pareció que ya no iba a tomar ninguno de los caminos que había abierto, le pregunté:

—¿De dónde sacaste el español?

Pensé: si no se interesa en mi biografía ni en mi oficio, seguramente se interesará en contarme la suya. En efecto, el pelirrojo no tenía nada que preguntar, pero podía entregarme un relato.

—Lo aprendí en Córdoba.

—¿En qué lugar?

—Cruz Grande, Cruz Chica…

—La Cumbre. Hay muchos ingleses allí. Pasé al inglés: How did you get there?

—Four years, with a scholarship.

No me dice cómo consiguió su beca ni qué aprendió en Cruz Grande y Cruz Chica. Me mira con sospecha.

—I came back because I was born here, best place in the world.

—Sure. By the way, do you always watch foot-ball like this, I mean, a Spanish speaker?

—It doesn’t matter at all.

Creí que allí empezaba otra conversación, pero me equivoqué. Allí terminaba. Le pregunté, después de que el pelirrojo mirara otro rato el partido, de qué trabajaba.

—Building. I drive huge machines, cranes and the sort.

Lo dijo con orgullo, una especie de gran gesto que indicaba un trabajo complicado. Eso fue todo. Después de un rato, pagué y dejé algunas monedas sobre el mostrador, como se hace en cualquier parte. El pelirrojo me advirtió:

—You are leaving your coins.

—Thought I had to leave them as a tip.

—No tip here. Take care.

A la noche, Joost y Ann me informan que mi amigo de Deano’s es bien conocido en Stanley (todo el mundo es bien conocido aquí). Un chico inteligente a quien sucedió una tragedia: el padre mató a la madre. Como en esa época había becas baratas, le dieron una, pero quiso volver. Ahora, me dicen, tiene un problema con la bebida.

Al día siguiente, fui al otro de los dos pubs, el Victory Bar, separado de Deano’s por una clara línea de clase. Hogar con fuego de leños, gran barra en ángulo, público de comerciantes y empleados. El televisor no trasmite deportes en español sino videos musicales y ráfagas de informativos. En las estanterías, cuyo fondo cubre la bandera británica, hay una incongruente máquina de humidificar cigarros y souvenirs de las islas, la mayoría con ironías o maldiciones dirigidas a los argentinos. El menú de mediodía trae chicken curry y chile con carne. Sobre el bar, justo encima de mi cabeza, cuelga una chapa de auto: Montevideo 207-331. En el bar, a mi izquierda, un gigantesco borceguí negro, del que sale una gran medalla de guerra: una escultura patriótica. Contra las paredes, dos tragamonedas. La mujer que me atiende ha reconocido de inmediato que soy extranjera. No me dirige la palabra, ningún comentario que haga posible una conversación. Mientras espero el chicken curry, camino hasta la ventana en el extremo opuesto a la barra; bajo la ventana hay una mesa de pool y un cajón cuyos letreros dicen: «Elvis Presley» «3764 Hwy 51 Memphis». Afuera, un gato gris, sentado sobre el cerco, mira hacia el mar, también gris. A través del vidrio, tomo una foto.

A la salida, encuentro los únicos grafiti que vi en Stanley. Sobre la pared de listones verdes de una calle secundaria que desciende hacia la costa, han escrito Falklands en cursiva amarilla, con látigos en los que se entrelaza una gran flor. No es escritura de grafiti, sino la gigantografía de una página de cuaderno escolar. Imagino un grupo de niños con su maestra. Imagino el momento en que decidieron agregar las cabezas de dos pingüinos o lobos de mar, con las bocas abiertas y unas inesperadas lengüitas rosa claro.

Es jueves. Pasado el referéndum, comienzo a inquietarme. Una periodista me dice que, cuando se acerca el día del regreso, eso les sucede a todos. El trabajo que nos trajo acá está casi terminado; se ha cumplido con el objetivo y los visitantes quieren irse. La noche anterior, Joost me dijo que ellos, los habitantes de las islas, no se sentían aislados. «Estás en mi casa, hace días que hablamos de cosas diferentes; mis hijas te han conocido. Como viniste, vendrán otros. Todo el tiempo está llegando

gente, aunque sea de paso. Incluso en el [81] camp, todo el tiempo están pasando pintores, o geógrafos o fotógrafos o gente del cine. Mi suegra, que vive en el camp, y sus amigas, cuentan historias de esos visitantes que vienen de bastante lejos. Además viajamos. Mis hijas se van ahora a las olimpíadas de las Islas, ya fueron el año pasado. La mayor irá a Londres. Como la mayoría de los chicos de acá que van a GB a terminar el secundario, seguramente pasará ocho o diez años afuera y, quizá como la mayoría, volverá a Stanley con una experiencia del mundo. Las islas son cosmopolitas, no provincianas».

¿Vine para enterarme de eso? Entre martini y martini, Joost me va dando lecciones prácticas, en un tono pausado y poco partidario. Después comemos el cordero inevitable, signo del anclaje de Stanley en su aislamiento suratlántico.

Voy a Gilbert House a entrevistar a los representantes en la Asamblea de las islas. Llego por la avenida de la costa buscando algo que me evoque una tipología estatal. Nada. Estoy perdida, aunque sea imposible perderse en Stanley y le pregunto a un hombre que sale de un chalecito de madera blanca con techo verde a dos aguas. Extrañado de que la bandera y el mástil no me hayan avisado de que es allí, me dice: «Ha llegado a Gilbert House». Allí trabajan los ocho asambleístas, elegidos por voto. Más que la sede de la Asamblea parece la casa de un guardaparque en la Patagonia, cerca de algún lago: iguales canteros con flores laboriosas y pinchudas, igual camino de piedras blancas, estilo rural, de frontera, comodidad austera de colonos, como si se tratara de algo recién hecho, sin esas perspectivas «estatales» que caracterizan casi todas las sedes de gobierno en la Argentina. Gilbert House parece el juzgado en una aldea del oeste norteamericano, reconstruida como set de un film de John Ford. Si hubiera un palenque con caballos, la ilusión de un lugar arcaico sería completa. La ausencia de imagen «estatalista» refuerza la impresión de que los lazos comunitarios son tan fuertes como los cargos oficiales. En un lugar tan pequeño, los asambleístas siguen siendo vecinos.

Vuelvo a la catedral, donde se festejó el resultado del referéndum, y camino a lo largo de la costa. Hay pájaros blancos, albatros, me digo, pensando en el remotísimo poema de Baudelaire. Pese al frío, me animo a sentarme unos minutos en un banco que lleva, como otros, la leyenda que recuerda a quienes salvaron a Stanley de los argentinos: «From the Sea, Freedom». Dos kilómetros más adelante, en dirección a la casa de Joost y del gobernador, un monumento recuerda otras fechas en que las islas fueron defendidas desde el mar: el 8 de diciembre de 1914, las fuerzas navales británicas salvaron «this colony» de un ataque alemán dirigido por el Vicealmirante Graf von Spee. Ese nombre suena en la batalla del Río de la Plata durante la segunda guerra: en 1939, la única batalla que enfrentó a británicos y alemanes en América del Sur tuvo como protagonista al acorazado Graf Spee. Esos ciclos arbitrarios de los nombres, sobre los que sé muy poco, me dejan pensando. Tercera estación del via crucis patriótico, el monumento con bajorrelieves de batallas aéreas y terrestres cuya inscripción es: «En memoria de quienes nos liberaron. 14 de junio de 1982». Anillos de tiempo. Estos tipos están obsesionados con su defensa. Temen que a Gran Bretaña les resulte demasiado caro mantener la base en las islas (3000 millones de dólares anuales) y que los abandonen. Me resulta extraño: ¿estos tipos temen a la Argentina?

Leona Roberts, la directora del museo de Stanley, me cuenta su historia sobre argentinos (casi todos tienen una). En 1982, ella tenía 10 años, un padre chileno ausente y una familia de doce hermanos. Durante meses había deseado, pedido, reclamado infructuosamente que su madre le comprara una muñeca. Eran pobres y su pedido no tenía lugar en el presupuesto. Cuando los argentinos marcharon por Stanley, ese mismo día, la madre llegó de regreso a la casa con la muñeca nueva. Una semana después, la docena de hermanos Roberts estaban preparando huevos de pascua. Por la ventana, miraban dos conscriptos hambrientos. Sintiéndose culpable, explicándolo como pudo a sus hijos, la madre les pasó las sobras que guardaba para

las gallinas. Todas las anécdotas sobre soldados argentinos hablan del hambre[82].

Mientras camino hacia el museo, antes de que Leona Roberts me contara su historia de la muñeca, un regalo que le gana la mano a la disciplina de austeridad y ahorro que solo tiene sentido en tiempos de paz, tengo mucho frío y pienso en los meses, abril como hoy mismo, de 1982. Es un frío ingobernable. Mi campera impermeable forrada de piel no me sirve. Como si mi ropa fuera inmaterial, tengo el cuerpo y los pies helados.

Al museo se entra por una pasarela blanca, sobre el costado de la casa de listones. Una cabina de teléfono roja significa tanto el servicio público como la identidad. Frente a un espejo me saco la única fotografía que me muestra en las islas. Atrás de mí hay una vitrina con dos viejas máquinas de escribir y, más atrás, las ventanas abiertas a la calle. Un aviso de 1932 ofrece calendarios pintados a mano para el nuevo año. Otro aconseja a los posibles clientes: «¿Por qué comprar en Londres y esperar a que llegue lo encargado allí, muchas veces fuera de moda porque tarda tanto? ¿Por qué no comprar sombreros, trajes de novia y de bautismo, guantes, botas para caballero acá mismo en el almacén de ramos generales de John Kirwan?». A pocos metros, una fotografía de tres jornaleros rurales cuyo epígrafe es «Three gauchos at leisure». El epígrafe de los tres «gauchos» puede ser interpretado como levemente irónico. De los personajes, dos parecen efectivamente criollos (aunque los ojos claros de uno de ellos hacen pensar en una mezcla con británicos). Son, seguramente, de origen rioplatense y, más ciertamente, de origen uruguayo, como muchos «gauchos» de las islas. Están parados a uno y otro lado de alguien evidentemente diferente, vestido con saco de pana, cadena de reloj en el bolsillo del chaleco, gorra con visera rígida, camisa y corbata blanca, bigote recortado a la inglesa y una pipa. Los dos «gauchos» parecen los capataces de un farmer.

Sobre esto quiero hablar con John Fowler, del Penguin News. Paso a buscarlo por el periódico y nos vamos a comer enfrente en el Malvina House. Antes de este viaje a las islas, yo había leído las columnas de Fowler y le había escrito para asegurarme que lo encontraría aquí. Hice bien en asegurarme, porque el hombre es, a su manera, un viajero: llegó a las islas como profesor del colegio secundario en los años setenta, las abandonó dos veces creyendo que lo hacía para siempre y volvió las dos veces. Fowler no es, por lo tanto, uno de esos interlocutores que, antes de empezar a hablar, ponen tres, cuatro o cinco generaciones sobre la mesa (sobre todo si van a conversar con una argentina, aunque yo me encargo de tranquilizarlos diciéndoles que, por el lado materno, soy apenas segunda generación).

Fowler me observa desde una distancia sonriente. Da la impresión de que esa es su mirada sobre el mundo, la del clásico personaje literario inglés, alguien que sostiene un delicado equilibrio entre su escepticismo y sus principios. O más bien, alguien que sostiene sus principios y creencias con un estilo escéptico que, casi siempre, los mejora. Este estilo es difícil de cultivar y en él se reconoce una marca de clase social, no necesariamente de clase de origen, sino del paso por buenos y viejos colegios. Fowler es un hombre de más de sesenta años. Sin levantar el tono, expresa una completa convicción de que las islas tienen el derecho a decidir su destino.

Cree que los destinos no se sostienen únicamente en el pasado. Los destinos que sacan su impulso sólo del pasado son trágicos. Y, sin embargo, el pasado le fascina a Fowler. Su tesis, no expresada como tesis porque no hay nada más alejado de esa formalidad que un espíritu inglés, es que las islas y la Patagonia forman parte de una misma región. De uno y otro lado del Atlántico la economía desde mediados del siglo XIX fue la de la cría; de uno y otro lado las ovejas reemplazaron a los vacunos que Darwin contó en miles. De uno y otro lado, se usa el apero criollo. Hace dos días, mientras yo señalaba el apero de los jinetes que encabezaban la movilización por el referéndum, una adolescente recordó las palabras en castellano que había aprendido en la escuela: bozal y cabestro, bastos y cojinillo. Siguen usándose hasta hoy en el camp.

Fowler me cuenta que cuando un grupo de colonos escoceses llegaron al interior de las islas a criar ovejas, actividad que conocían a la perfección, se entusiasmaron al ver paisanos a caballo, porque ya no iban a caminar más detrás de los rebaños. «Pero no tenían el vocabulario para designar los monturas». Adoptaron las palabras en español, escuchadas por cuantos viajan por el camp. Allí también se encuentra el «che» rioplatense y una lista bien larga, encabezada por la frase que me suena más simpática: «let’s go pasear».

Fowler le da un giro particular al asunto. Sin hacer afirmaciones taxativas, a partir de estos «préstamos» sostiene su idea de una región cultural, natural y agraria. En el cuasi desierto habitado por los aventureros que encontró Darwin, hoy están las explotaciones hipertécnicas, donde las ovejas son reunidas, cuidadas y separadas en sus potreros por jinetes en motocicletas. Lo mismo que en la Patagonia. Y muchos apellidos británicos coinciden de un lado y otro del Atlántico Sur.

Darwin llegó a unas islas llenas de vacas salvajes, conejos y buena pesca. La descripción parece más la isla de Robinson que lo que estoy viendo ahora. En el medio, siguiendo el relato amable de Fowler, están las décadas en que la mayoría vivió en el camp, en casas cuya disposición jerárquica también recuerda las de la Patagonia argentina.

El viernes a la noche, comí en lo de Joost con su suegra y sus amigos. Me dieron una prueba del cosmopolitismo isleño desplegado en el ir y venir de una conversación en la que todos mencionaban lugares lejanos, donde adquirieron experiencias, juntaron anécdotas, hicieron estudios e investigaciones o reuniones de negocio. La que menos ha viajado de toda esa mesa soy yo, que no ha llegado, por ejemplo, a Australia, adonde los más diestros de las estancias del camp se perfeccionan en la técnica de esquilar ovejas y en los torneos de ese oficio. Hasta 1982, esos desplazamientos incluían la Argentina. Joost estuvo con su mujer varias veces de vacaciones, como turistas que cruzan al país vecino.

Pero fue la suegra de Joost quien me ofreció, sin quererlo o quizá con astucia, la mejor historia. El jueves a la noche, cuando llegué a la casa ya estaba ella, Ann Chiswell, tomando un martini en la cocina. Durante los primeros minutos algo en la conversación tenía para mí un eco muy lejano, que pedía ser reconocido, al que primero no di importancia (debo estar cansada, me dije, y comienzo a percibir entonaciones difusas del inglés) y luego me intrigó. No podía separarme de los sonidos que pronunciaba Ann y sólo seguía lo que estaba diciendo como si sucediera en un segundo plano, un plano menos importante. De pronto, en español, Ann me preguntó:

—Decime, ¿vos de qué barrio sos?

Nada más. Sólo esas frases que las chicas no entendieron. Como si me hubieran iluminado, entendí todo. Ann hablaba inglés con el mismo acento con que lo hablaban mis profesoras del Belgrano Girls’ School, el acento del inglés de Belgrano, un poco arcaico, hipercorrecto, donde no se perdía un sonido y todo era filoso y límpido. Y el castellano que usó para hacerme la pregunta también era el viejo castellano de Belgrano, de esas familias de origen británico, cuyas hijas cabalgaban entre dos culturas mientras enseñaban la lengua de sus abuelos. Era Belgrano English y Belgrano Spanish, dos lenguas muertas, que revivían para mí en Stanley, habladas por una mujer poco mayor que yo que, durante dos años, hasta que la cambiaron al Northlands, había sido alumna del mismo colegio al que fui once años.

Ann Chiswell, la suegra de Joost, me había maliciado. Ella fue la primera en darse cuenta de que algo en los sonidos que yo pronunciaba la llevaban a un barrio preciso de Buenos Aires, no a un lugar cualquiera de la ciudad de donde ella sabía que yo llegaba, sino a ese barrio y creo que ya había adivinado que a esa escuela de Melián y Pampa. Traté de disimular como pude el impacto de ese ramalazo de pasado remoto que me atravesaba en una casa de Stanley. Pero, hacia el final de la noche, Ann pidió que nos sacaran una foto, me tomó del hombro y recordó que ella (y no yo) había sido excelente jugadora de hockey. Es difícil asegurarlo, pero también estaba bajo el influjo de esos sonidos del español y del inglés que hoy ya no se escuchan en Buenos Aires.

Yo no imaginaba que iba a encontrar esos sonidos en las islas. Seguramente Ann no adivinó que la argentina que se alojaba en la casa de su hija y tomaba los extraordinarios martinis de su yerno, mientras trataba de hablar, sin mucho resultado, con sus nietas, sesenta años atrás había estado tan cerca de ella en el espacio de un barrio y en una geografía cultural. Yo tampoco lo había previsto.

La historia de Ann es una típica historia de las islas, que hasta 1982 mantenían nexos fuertes con la comunidad británica de la Argentina. Su hija Janet Robertson la resume cuando, ya de regreso en Buenos Aires, le pido detalles:

—El nombre de mi madre es Ann Chiswell. Tiene una hermana, Sally, que también fue al Northlands. Hace muchos años, cuando recibí una gentil invitación para ir al campo del senador Hipólito Solari Yrigoyen, él me preguntó sobre mi familia. Le dije que mi tío Jonathan (hermano mellizo de mi madre, que ahora vive en City Bell) había estado en la Escuela Naval. Uno de los invitados dijo: «Ah!, ¿el inglés? ¿No te acordás del inglés, el rubio Cheeeswell?». Divertido. El mundo es realmente chico. Hasta los años cuarenta o cincuenta, un negocio en la calle Florida se llamaba «Chiswell Hnos.» y vendía ropa de hombre, muy elegante. Cuando era chica, una vez encontré un sombrero fedora, en un armario de mi escuela en La Cumbre; lo usábamos para disfrazarnos. Adentro tenía la etiqueta de «Chiswell Hnos.» y me sentí orgullosa de mi abuelo.

El Northlands, las escuelas inglesas de La Cumbre: tiempo pasado.

Durante mi última tarde en las islas voy a despedirme de Fowler. De nuevo, lo busco en la redacción del Penguin News. Le tomo una fotografía al lado de la escultura del pingüino y ambos nos reímos con la sugerencia de enviársela a la Presidenta argentina como signo de buena voluntad de los isleños. Me siento frente a Fowler en el único escritorio de la redacción y, de repente, como si hubiera estado preparado para mí, entra un hombre vestido de militar, muy rasurado, de unos cincuenta años, con boina negra, de la que se eleva un rígido penachito azul y rojo. Es el jefe de la base, o algo por estilo. No me lo presentan. Quedo, en verdad, fuera de una conversación que gira sobre la maratón que se va a correr unos días después. El militar, que me pone muy nerviosa aunque evidentemente yo no exista para él, no está en condiciones de correrla por algún esguince o cosa por el estilo. El rango que le atribuyo se confirma cuando le dicen: «Bueno, vas a esperar con el gobernador en la línea de llegada».

Afortunadamente, el militar desaparece, y Fowler me cuenta que pasa varios meses al año en una casa que tiene en el sur de Francia: «Si vas por Perpignan, no dejes de avisarme», me dice. No le aclaré que no conozco el sur de Francia y que, muy probablemente, no lo conoceré nunca. «Es por mis huesos», me explica, «no puedo pasar todo el invierno en las islas». Sharon, que ha trabajado en las Relaciones Públicas y la Prensa del referéndum, me cuenta que ella pasa su tiempo libre en las islas, andando a caballo. Muchos me han comentado que son jinetes, que poseen caballos o que no los tienen porque es mucho trabajo ir hasta el campo a cuidarlos. Pero se habla de equitación.

La noche anterior a mi despedida, Fowler me envía una tarjeta. El intermediario es su hijo, uno de los invitados a comer conmigo en la casa de Joost. Es una tarjeta para turistas que quieran saber algo más de las islas. Sobre una cartulina apaisada y blanca, lisa y pesada, hay un dibujo de un caballo que yo llamaría criollo, por la relación entre la altura de las patas y la alzada y por el cuerpo ancho, robusto. Lleva montura que aquí llamaríamos criolla: bastos sobre cojinillo. Al dorso, los nombres en un arcaico o deformado castellano, con su correspondiente explicación en inglés. Obviamente, esos nombres en mi lengua son los que se usaron o se siguen usando en las islas, ya que cada uno de ellos no tiene traducción sino una paráfrasis descriptiva (por ejemplo: bastos: saddle made of two pads laced together and covered with a cojinillo or sheepskin). El dibujo y los nombres son un fuera de programa que me manda directamente a mi infancia: son las palabras que yo usaba para designar cosas iguales y ponerlas, en orden riguroso, sobre caballos muy parecidos a los del dibujo.

Hasta los años ochenta, me había dicho Fowler, las islas eran una sociedad clasista, dividida a la inglesa con esas barreras tanto visibles como invisibles, hechas de fonética y modales. Hoy Stanley parece una aldea donde sólo viven miembros respetables de las capas medias. Me doy cuenta de que esto es una impresión equivocada, que las cuatro ruedas y los rovers pueden conducir a capataces o a los millonarios dueños de enormes extensiones en el camp, donde las ovejas son decenas de miles. Por otra parte, no se puede ser pobre en un lugar donde hace tanto frío. No se puede ser pobre aquí, pero todos son parecidos: las camperas son una especie de recurso igualador isleño.

Por momentos tengo la impresión de que entiendo. Hablo con los asambleístas y entiendo. Hablo con la gente del Penguin News y creo entender. Voy por la calle y saludo como si conociera a quien se cruza conmigo. Entro en el supermercado, recorro las góndolas, donde no hay ni mucha variedad ni muchas marcas diferentes y creo entender por qué. Pienso que estos isleños comerían mejor si las relaciones con el continente fueran como antes de 1982. Sophie y Sorrel, a la mañana se preparan su yogur con agua y un polvito. Meten todo en una botella, la sacuden y se lo toman. Me resisto a ese yogur y temo que se den cuenta de que me parece una especie de preparado para astronautas.

En realidad, la astronauta soy yo. No puedo contarle a esta gente la violencia de mis sentimientos sobre las islas. No las quiero como territorio argentino. Las querría en cualquier otro lugar del planeta, allí tan lejos donde no hubieran podido ser un objeto de este conflicto territorial abierto. Simpatizo con el espíritu de independencia de la gente con la que hablo: tienen algo de pioneros, vivir bajo este cielo plomizo, con este viento que no ha dejado un solo momento de soplar. Son como expedicionarios de una novela de aventuras, que se han vuelto burgueses pero conservan algo del temple sacrificado en sus cuerpos. Sophie y Sorrel nadan algunas mañanas muy temprano, antes de entrar a la escuela. Se entrenan para las olimpíadas de las islas. Yo sólo puedo imaginar con un escalofrío cómo será salir de esa piscina, y caminar hasta la escuela después. Siento frío todo el tiempo, en todas partes. Cuando regresábamos, subió al avión en Punta Arenas un inglés que llegaba de una base en la Antártida. Le pregunté sobre el frío allá y me dijo: «Viniendo de las Falklands, la Antártida te parecería mejor». Le creí.

Soy una extranjera. Durante el referéndum, algunos de los periodistas y observadores recibimos un sobre de parte del gobernador de las islas: «His Excellency the Governor and Mrs. Louise Haywood request the pleasure for the company of (y aquí mi nombre) at a dinner at Government House». Lo primero que pensé fue que la casa del gobernador está muy cerca de la de Joost y que no me iba a congelar ni al llegar ni al salir. Después me di cuenta: no puedo ir a esa comida, no puedo correr el riesgo de una foto social, sacada y colgada por cualquier otro de los invitados en su muro de Facebook. Estoy en una pinza. Tengo que saber disculparme. Pero ¿cómo se disculpa uno en casos así? Camino por la avenida y voy inventando fórmulas decorosas, educadas y ridículas. Incluso imagino, absurdamente, que puedo decirles la verdad de mis razones al gobernador y su esposa. Escribirlas en el dorso de la tarjeta de excelente cartulina blanca. Ser franca con quien no ha pedido ni espera franqueza. Mentalmente escribo varias tarjetas con mis excusas. Todas finalmente son alambicadas o fuera de lugar, porque, además, nunca escribí una tarjeta excusándome de asistir a una comida en casa de un gobernador. Debería consultar una novela de Graham Greene o un manual de buenos modales.

Soy plebeya. Mis reflejos son plebeyos frente a los de alguien que pertenece al Foreign Office. Pienso pedirle auxilio a mi amigo John King. Pedirle que él escriba mis excusas, me las envíe por correo electrónico, y yo las copie con buena letra, redonda y erguida. Me doy cuenta de que John se va a burlar de mí y que encontrará pruebas suplementarias a su idea de que los argentinos tenemos un carácter nacional paranoico.

Por otra parte, quisiera ir a la casa del gobernador para ver quiénes somos los invitados y cómo es una comida con un gobernador inglés, algo que sólo he visto en películas. ¿Cómo es la socialibilidad en una situación como esa? Páginas podría escribir, pienso.

Finalmente, la noche en que se abren las urnas, escuchándolo justamente al gobernador, decido disculparme del modo más informal ante Sharon, la persona de relaciones públicas que me había pasado el sobre. Le digo la verdad sobre cuál puede ser la reacción en mi país si se conoce mi visita a la Governor’s House. Me da vergüenza decir lo que digo. Y ella se da cuenta. Una especie de confesión política sobre la argentinidad de nuestras costumbres. Conservo la invitación con su escudo dorado, abajo del cual mi nombre está dos veces mal impreso. Finalmente, no debo estar en los registros del Foreign Office y eso me divierte. El gobernador parece un tipo simpático y, después, me entero de que toca algún instrumento, no recuerdo cuál, en una banda donde Joost toca la flauta. Y yo sigo preguntándome cómo será la casa del gobernador. Hice bien en no ir. Lo pongo como sacrificio de mi curiosidad ofrecido a quienes fueron víctimas de una implacable sociedad de clases que se sostuvo en las islas hasta los años ochenta.

Soy una extranjera: no tengo origen británico ni vengo de las islas del Atlántico Norte; nadie podría confundirme con una habitante de Stanley. Yo tampoco podría imaginarme aquí, como uno puede imaginarse en lugares por los que ha pasado, incluso los menos diferentes del lugar de origen. Permanentemente tengo la sensación de entender y no entender. Yo soy un malentendido también para los otros, que me entienden pero nunca sé hasta qué punto entienden la razón de mi llegada, de mi simpatía por su derecho a decidir. Yo misma no sé si defiendo ese derecho porque en la Argentina una dictadura me obligó a defenderlo. O sea que, paradoja final, la dictadura me obligó a entender a estos isleños. Eso es lo que tenemos en común.

Es una sensación sostenida por la posición de una argentina en las islas. No la posición frente a los isleños, sino la percepción que tengo de mí, allí, en ese lugar que no quise visitar y que, de pronto, se volvió indispensable: y para siempre formará parte de mis itinerarios. Antes de partir, hago la resolución de volver a las islas para conocer el camp y visitar una estancia de ovejas donde los esquiladores hayan estudiado su oficio en Australia y participen en campeonatos mundiales de esquila. Pero, al mismo tiempo, me doy cuenta de que es sólo un gesto privado, que hago para mí, para asegurarme de que el viaje tiene sentido cuando se toma la resolución de repetirlo. Se vuelve allí donde uno ha dejado algo por conocer o algo que quiere demasiado. Yo no estoy segura de que quiera conocer más las islas. Y tampoco las quiero, porque quererlas me acerca peligrosamente al nacionalismo del que he tratado de apartarme. Quizá volvería para escuchar una vez más el Belgrano English y el Belgrano Spanish de Ann Chiswell. Esos idiomas de infancia.

Quizá sólo vine a las islas para escuchar esas lenguas perdidas. Sólo vine para el fuera de programa.