Viajes
Bajar a la mina
Estábamos en Bolivia, en el departamento de Santa Cruz de la Sierra, y era verano. Partimos desde Samaipata en dirección al monte, buscando no podría decir hoy qué, probablemente una aventura llena de peripecias y que fuera al mismo tiempo instructiva en «lo latinoamericano».
Del pueblito al que llegamos casi al azar, tengo la foto de una calle donde dos chanchos están revolviendo el polvo; son animales grandes, oscuros, flacos, de patas largas, más parecidos a jabalíes que a cerdos; la calle desemboca en una senda que sube la montaña; las paredes de las casas tienen un zócalo irregular de barro, como si hubiera llovido recientemente. Sin embargo, la calle está reseca y quizás ese friso marrón de las paredes fuera una marca permanente. En ese mismo pueblo, sentado en el umbral de su casa, nos observaba un hombre pequeño, de ojos achinados, con un sombrero de fieltro del que salen crenchas blancas. Intrigado o escéptico, había contestado nuestro saludo con reserva. Está trenzando un tiento como para hacer unas riendas o un pretal; su perro juega con los cabos de cuero y él sonríe a la cámara, los ojos entrecerrados; también, una mujer y sus dos hijas chicas, paradas al lado de ella, que está sentada, con su pollera roja recogida entre las piernas, hilando con un huso. Trato de recordar qué más había allí, y se me presenta un ranchito abandonado, donde pasamos la noche en vela por los insectos, antes de partir hacia la sierra. Al atardecer, tomamos mate en la galería angosta del rancho, mirando la calle desierta, aplastados por el calor que tenía una cualidad aceitosa.
En otra foto está don Vístor (así pronunciaba él su nombre). Vivía a la entrada del monte, con su mujer, que era tuerta, y dos hijos ya grandes que salían a buscar trabajo donde podían. Don Vístor tenía algunos animales, era cazador, baqueano, vivía también de lo que se presentara, en ese estado entre la precariedad y la costumbre que encontrábamos en recorridas como las que hacíamos entonces. En la foto, uno de nosotros, llamativamente rubio y de anteojos, está parado al lado de una vaca mientras la mujer de don Vístor la ordeña y alguien aparta a su ternero. Don Vístor aparece detrás del grupo mirando a quien sacaba la foto. En el suelo, una olla de barro se recorta contra el fondo muy verde del monte próximo.
Don Vístor vuelve a aparecer en la foto siguiente, la más curiosa de la serie. Lleva sombrero de fieltro, camisa blanca, limpia pero arrugada y un chaleco de tela (como si fuera el único resto de un traje de vestir); está sentado sobre un cajón frente a una mesita baja, de patas torcidas. Sobre ella, un milagro de la técnica de comienzos del siglo XX: una máquina de coser reluciente, su base forjada en hierro con arabescos; el brazo mecánico, en cambio, parece un remiendo tomado de otra máquina un poco más moderna. Don Vístor tiene la mano izquierda sobre la rueda que impulsa todo el mecanismo y mueve la pieza de metal que remata en la aguja. Concentrado, fija la vista en los cueros que sostiene con su mano derecha. Está remendando una alfombrita hecha de recortes, probablemente la carona de una montura. Esa máquina, una Singer, era una especie de fantástica aparición técnica en el monte; impresionaba su antigüedad, su increíble duración después de haber sido usada durante décadas y por varios dueños diferentes. Detrás de don Vístor la pared de cañas de la cocina define un cuarto abierto y bastante grande, con el fogón en el piso.
Sobre ese fogón, la mujer de don Vístor cocinó el guiso de venado cuya caza habíamos acompañado el día anterior. Salimos de madrugada y atravesamos el monte hasta llegar a unas sierras peladas. A mediodía se escuchaba el silbido de las alimañas y nosotros avanzábamos helados por el miedo. Sin que estuvieran en nuestro itinerario, aparecieron unas ruinas que nos dieron la impresión de ser precolombinas o, por lo menos, indígenas. Había pedazos de cerámica en el suelo y un cántaro casi entero. Don Vístor miraba con indiferencia nuestro asombro, mientras él y su perro se concentraban en el venado que habían venido a buscar. Lo bajamos al atardecer, colgando de un palo flexible al que se lo ató de las patas. Era un animal bastante grande, del tamaño de un carnero. Después de haber comido durante todo el día sólo tortas de maíz, soñábamos con un asado. Yo ni siquiera había comido la torta que me correspondía. Avergonzada por mi hartazgo del maíz molido, la llevé horas en la mano hasta encontrar el momento en que pudiera tirarla. Me desprendí de la torta cuando quedé última en el cruce de un arroyo seco. El hartazgo del maíz era mi culpa: buscaba América Latina sin merecerla, pensé.
La cultura del lugar no era la del asado, sino la del tasajo. El venado colgó esa noche al sereno, envuelto en alambres para protegerlo de los perros. A la mañana siguiente, lo cortaron en tiras que fueron suspendidas sobre el fogón para que se secaran. Lo que quedó, pegado a los huesos de la carcasa, hebras de carne y cartílagos, fue a parar a un guiso oscuro y picante, con durísimos pedazos de venado y mandioca. Comimos en nuestros platos de lata, un poco desilusionados y preguntándonos si el tasajo de venado sería mejor que esa versión caldosa que lo neutralizaba.
A la mañana siguiente nos despedimos. Habíamos entendido bastante poco, aunque en esos recorridos se aprendía más que en un balneario de la costa. Un año después, en esa misma zona operó la guerrilla y fue muerto el Che Guevara.
Desde Cochabamba a Oruro, viajamos en la caja de un camión. No era gratis. Antes que nosotros, habían cargado sus atados de mercadería unos quince campesinos y feriantes (no podíamos distinguir entre uno y otro oficio, posiblemente fuera una continuidad de ocupaciones en esa economía casi de subsistencia). Habíamos visto el grupo, alrededor del camión, no muy lejos, media cuadra quizá, de donde salían los ómnibus. Creímos entender, porque no parecía inverosímil, que el camión era lo más barato. Como todos, pagamos al acompañante del chofer, que sostenía y vigilaba una escalerita apoyada sobre la caja. Le pasamos unos pocos billetes desvaídos hasta la extinción de los colores y las cifras, pesos bolivianos que tocábamos aprensivamente. A medida que subíamos hacia el norte, también los billetes argentinos envejecían, perdían el apresto, las texturas habitualmente imperceptibles, pero recordadas en cuanto se convertían en esos rectángulos arrugados y percudidos por la transpiración que los atacaba en nuestros bolsillos. Los pesos bolivianos adquiridos en la frontera eran parecidos a los argentinos que entregábamos en ese momento para pagar nuestro pasaje, porque el acompañante del chofer los encontró preferibles. Aunque parezca raro, los pesos argentinos eran «moneda fuerte», que se usaba en La Quiaca cuando decenas de mujeres bolivianas llegaban para buscar mercadería.
Antes de subir, cargamos las cantimploras y compramos rodajas de mortadela y pan, queso blando envuelto en hojas, cebolla colorada, choclos. Cuando nos ubicamos en un rincón de la caja del camión, sobre bolsas cargadas de un contenido que desconocíamos, todos los demás ya habían extendido sus mantas y se acomodaban sobre ellas, tapados y guarecidos, hablando a los gritos en quechua. Nos miraban y se reían un poco, disimuladamente. Estaban seguros de que nosotros no adivinábamos lo que vendría a la noche, mientras cruzábamos el altiplano entre Cochabamba y Oruro. Novatos, extranjeros. Ignorantes.
Queríamos llegar a Oruro y bajar a una mina. En Potosí, en el Centro de Estudiantes de la Universidad, nos habían dicho que teníamos que ir directo al sindicato y listo. Ellos y nosotros confiábamos en que el sindicato iba a abrirnos paso. Todo lo que sabíamos de Bolivia estaba en los libros de Augusto Céspedes. Todo lo que sabíamos del sindicato era una palabra: trotskismo. Nada respondía completamente a la realidad.
Teníamos confianza en esos experimentos azarosos. Empiristas ingenuos, pensábamos que ver era conocer. Aunque parezca una caricatura, no había mediaciones entre una teoría general del imperialismo y de las clases dominantes y las particularidades concretas en medio de las que avanzábamos como turistas ideológicamente automáticos: cuanta más pobreza encontrábamos, más cerca nos creíamos de la clave que perseguíamos en el viaje.
Por lo tanto, viajábamos como viajaban «ellos», comíamos y bebíamos lo que «ellos», en los mismos puestos de la calle. Y así nos subimos al camión, sin preguntar más nada, guiados tanto por el precio del pasaje como por el grupo de gente que habíamos visto pactando el viaje en esa esquina de Cochabamba. Viajaríamos «como ellos». Eso creaba una comunidad imaginaria, más allá de las imposibilidades de la comunicación verbal y más allá de nuestra ignorancia.
En la mina de Oruro, que visitamos días después, también creímos que habíamos conocido algo. Posiblemente lo más concreto de ese ingreso hasta cota cero (más abajo no pueden entrar las mujeres) sea la fotografía que nos muestra disfrazados como si alguno de nosotros hubiera sido capaz de trabajar media jornada en una mina. Sonrientes y vestidos de minero, con casco, traje y botas. Después de haber llegado a cota cero, vimos los vagones cargados de mineral y las cuadrillas preparadas para bajar a las vetas. En la oscuridad de la mina, nuestros cascos iluminaban círculos donde aparecían y desaparecían los vagones y los rieles, los torsos desnudos y lustrosos de los mineros que subían a la superficie, las grietas y las vías muertas. Bajamos a la mina, pensamos, como si una misión se hubiera cumplido.
Por lo menos, habíamos experimentado el peso del casco, la asfixia del pantalón y la casaca, muy gruesos, el lastre de las botas con las que tropezábamos sobre una superficie desconocida. A la noche de ese mismo día, caímos, sin saber cómo, en una fiesta y bebimos, al aire libre, hasta emborracharnos, porque tampoco conocíamos la fuerza del alcohol puro, coloreado con jarabe. Dimos vueltas y vueltas, creyendo que bailábamos.
No era la primera vez que nos movíamos en este teatro de malos entendidos. Semanas antes, en Purmamarca, habíamos levantado nuestra carpa a la orilla del río. Era el atardecer. Una vieja, muy vieja, descendió por el barranco, con un huso y un vellón de lana blanca que le envolvía el brazo:
—Si se quedan acá y el río crece, se los va a llevar la corriente.
Le creímos. Levantamos la carpa y nos fuimos con ella. Vivía en un rancho casi destruido y nos invitó a quedarnos allí, la carpa armada dentro de un cuarto que había perdido la mitad del techo. Inventamos una especie de banquete. Cocinamos y compramos vino. Después de comer, la vieja sacó su caja. Una de nosotros le sugería coplas que la vieja, por supuesto, pasaba por alto. Estaba en un más acá del repertorio folklórico de circulación urbana. Nada rimaba con nada. Nada era lo que nosotros conocíamos como la música que le habíamos atribuido antes de que comenzara. Cantó a los gritos hasta medianoche. A la mañana siguiente, la vieja ya nos había olvidado.
En Oruro, después de la fiesta nocturna, a la mañana siguiente, una procesión seguía a un muñeco rubio, montado en un caballo de juguete sobre ruedas, cubierto de platos y vasos y jarras de plata. Resplandeciente el niño blanco, resplandeciente como las ofrendas que lo cubrían. Lo seguimos hasta la puerta de la iglesia. La ofertante, envuelta en un poncho celeste, llevaba unos bonitos aros de plata.
Esperábamos esos acontecimientos como la prueba misma de que nuestro itinerario era el correcto. Debajo de la dominación imperialista y oligárquica, transcurrían esas vetas de culturas desconocidas, buscadas con la seguridad de que allí estaban para demostrar una resistencia que fortalecía todas nuestras ilusiones. Nada malo podía pasar si conectábamos allí. Vivíamos en una especie de optimismo epistemológico. No necesitábamos otras confirmaciones más espectaculares.
Estuvimos en el carnaval de Oruro y el hecho de que fuera verdaderamente excepcional en su barroco choque de culturas, la comprobación de que era incluso superior a su propia fama, no nos conmovió. Tal cosa era predecible. Y nosotros nos resistíamos a un viaje que tuviera un programa. Nos habría convertido en turistas y nos habría alejado de esa gente de la que, de todos modos, estábamos bien lejos y a la que, al no ser turistas, le planteábamos un enigma que no contribuía a acercarnos, salvo que se tratara de un sindicalista minero o de un militante universitario.
Nos interesaban las imperfecciones, lo que no estaba organizado del todo, lo que suponíamos más librado a su espontaneidad cotidiana. Hoy se diría: la cultura vivida, no la cultura puesta en escena. Por supuesto, en aquella época pasábamos por alto esas diferencias. Y probablemente no las habríamos comprendido. Eran innecesarias para nuestra idea de una experiencia inmediata, donde la verdad estaba en el acto mismo de experimentar, no en el sentido de la experiencia. Éramos performers.
El camión partió de Cochabamba a las siete de la tarde. Apoyados en nuestras mochilas no tomamos la precaución de sacar las bolsas de dormir, un acto que habría resultado más sencillo antes de que todo comenzara a sacudirse. Cruzábamos una cordillera alta, más de 3000 metros, y seguíamos subiendo. El frío no era de este mundo. Nos preguntábamos si íbamos a poder soportarlo. Y si no lo soportábamos, tampoco teníamos salida. Nadie podía parar el camión, nadie podía bajar en medio de la montaña, nadie podía hacer nada. Sacudiéndonos y tropezando, sacamos las bolsas de dormir. Metimos las piernas entre la carga y nos envolvimos. A nuestro alrededor, los demás viajeros hablaban esa lengua desconocida, de la que no podíamos identificar ningún sonido. A ratos, dormitábamos. El frío nos entumecía hasta perder sentido. Todo lo que recuerdo son las voces, muy altas, muy agudas, muy incomprensibles y ajenas.
Uno de esos viajeros acostumbrados, en el medio de la noche, nos tiró una manta, que cayó encima del montón que formábamos, apelotonados como animalitos. Después, nos pasaron una botella con alcohol. Las voces bajaron de a poco. Y nosotros nos dormimos. Bajo la manta se respiraba ese olor a lana de oveja que conservan los tejidos de telar que se han mojado y se han secado muchas veces. Nos faltaba el aire. Subíamos, en el país más alto de América, en la región más alta de Bolivia, hacia las minas de Oruro, donde brillaba el trotskismo. No podíamos explicar mucho más que eso.
Veníamos a desmentir lo que nos había dicho un hacendado camba en Santa Cruz
de la Sierra[25]. Al anochecer, en el patio embaldosado de su casa blanca, mientras esperábamos la comida, nos preguntó cuáles eran nuestros planes. Mencionamos Sipe Sipe, Cochabamba. Probablemente estábamos bajo el influjo de esos nombres, batallas de la guerra de la independencia, esos automatismos de la memoria escolar que todavía creaban cadenas de sentido en aquellos años. La estrofa no cantada del himno:
¡No los véis sobre Méjico y Quito
arrojarse con saña tenaz,
y cuál lloran bañados en sangre
Potosí, Cochabamba y la Paz!
Seguramente algo de eso, vago, aprendido, que ya no pertenecía a nuestro horizonte cultural estaba detrás de la respuesta que dimos. El hombre nos miró y señaló nuestros borceguíes:
—Si entran en Cochabamba, cualquier colla los va a matar para sacarles esos zapatos que llevan puestos. Cualquiera degüella por un par de zapatos.
No le creímos, tampoco dijimos nada. Racismo interdepartamental, entre cambas y collas. No se cumplió la amenaza, entre otras razones evidentes, porque los objetos modernos que llevábamos (borceguíes, gorros, anoraks, cantimploras de metal) carecían de valor de uso inmediato para los campesinos de esos primeros valles montañosos, que tenían unas pocas cosas más apropiadas al lugar. Días después dormíamos en un descampado cerca de Sipe Sipe. Y una semana más tarde llegamos de noche a Cochabamba y acampamos al costado de una plaza. A la mañana siguiente, una bandada de chicos rodeaba nuestra carpa, un objeto tan exótico, de tela avión reluciente y tensos vientos de soga, que podía provenir de un aterrizaje extraterrestre. Afuera, debajo del techito del ábside, nuestros borceguíes estaban intactos. En todo el itinerario, sólo perdimos el mate. Y nadie podría asegurar si se trató de un robo o de un olvido.
La ideología es inconmovible, para las buenas y las malas causas. Nuestra ideología era optimista y, como personajes de novela filosófica del siglo XVIII, nos deslizábamos interpretando todo con una especie de bonhomía radical. O, más bien, convencidos de que el Mal no podía esconderse en ningún pliegue de esos sujetos a los que atribuíamos, al mismo tiempo, la bondad rousseauniana y una praxis que los llevaría, por la inercia de lo real, a convertirse en protagonistas del Gran Cambio. Todo parece singularmente inverosímil. Pero el Che Guevara, poco después, no iba a conducirse con más realismo, aunque sus errores fueron de otra índole y le resultaron fatales a él y a quienes lo acompañaron. En Bolivia, en 1967, no pudo reconocer el límite material de sus actos. No se trataba sólo del abandono del partido comunista o de las defecciones. Su foco guerrillero era tan imposible como la construcción romántica de una elite revolucionaria.
Guevara también había hecho un viaje iniciático a comienzos de la década del cincuenta, quince años antes que nosotros. Había nacido también quince años antes. Ese primer viaje de Guevara no se conocía en los años sesenta, ni formaba parte de la iconografía pop del héroe revolucionario. Sus evocaciones son tan ingenuas como las
de cualquier mochilero de la época[26]. Nadie nace sabiendo.
Nosotros no éramos turistas ni antropólogos. Hacíamos un viaje latinoamericano de aprendizaje, el grand-tour ideológico por territorios empobrecidos y explotados por quienes nosotros (y miles de jóvenes) denominábamos las oligarquías locales y el imperialismo. Viajábamos para comprobar las lecturas, como si dar vueltas por la realidad pudiera producir un documento probatorio, sin más. No buscábamos ni exotismo, ni pintoresquismo sino un tiempo futuro y anunciado.
Por supuesto, no reparábamos en sufrimientos y privaciones. La disciplina que aceptábamos en libertad nos acercaba imaginariamente a la gente muy pobre que encontrábamos. Durante dos meses, obedecíamos una servidumbre voluntaria al azar y a la naturaleza. La gente del lugar no nos consideraba turistas porque todavía no habían llegado los contingentes de trekking a los pueblos de América del Sur. Por lo tanto, éramos simplemente cuatro muchachos raros, demasiado blancos, con fisonomías no familiares.
Solían preguntarnos si vendíamos alguna cosa o si llevábamos un soldador de metales, un soplete, alguna herramienta útil; si éramos fotógrafos ambulantes. Pero era improbable que se establecieran relaciones mercantiles, porque, en general, la gente tenía poco y nada para vender. Nosotros aprendimos que las mantas que se oreaban en las puertas de las casas no tenían precio. Tampoco los borceguíes que llevábamos puestos tenían precio: en ambos casos eran objetos que sólo tenían valor de uso. Como no se intercambiaba dinero por objetos, el concepto de mercancía desaparecía misteriosamente durante algunas semanas, salvo que llegáramos a un pueblo el día de mercado. Igual, incluso en un mercado, nos limitábamos a comer y casi no comprábamos lo que hoy se llaman artesanías. No nos sobraba plata y, además, era imposible cargar más nuestras mochilas con las que caminábamos seis o siete horas por día. Cualquier objeto, el más liviano, podía convertirse en un estorbo ilimitado si tocaba atravesar una zona con «puna»; o cruzar un río por una pasarela de lianas; pasar debajo de cascadas; subir un cerro cortando monte espinoso; o bajar una ladera empinada de piedra suelta.
A veces nos preguntaban si éramos promesantes. En regiones donde la gente se desplazaba leguas y leguas para la festividad de un santo milagroso, el camino que nosotros hacíamos se entendía más fácilmente como peregrinación, ya que no dábamos otros detalles verosímiles. Una respuesta afirmativa no habría sido una mentira sino una traducción entre culturas. Íbamos al santuario latinoamericano como promesantes, creyendo que era posible mirar y captar la autenticidad. En síntesis: el aura continental en su momento no sabido, anterior a la furia revolucionaria. Un viaje hacia un territorio de utopía donde podía vivir un sujeto no contaminado y, en consecuencia, agente de liberación. Ese gigantesco malentendido no nos atrapó sólo a nosotros.
Y, en lo que concierne a traducción entre lenguas, hasta el español era un espejismo. Subiendo un cerro cuyo final no llegaba nunca, encontramos un grupo de campesinos seguramente de origen quechua. Habíamos caminado desde la salida del sol y ya creíamos estar perdidos (nuestros mapas no evitaban que nos perdiéramos muchas veces: nosotros conocíamos la carta, pero no el territorio; a la inversa, los que encontrábamos por las sendas conocían el territorio pero no podían interpretar la carta). Los campesinos bajaban, es decir que venían del lugar a donde nosotros nos dirigíamos. Les preguntamos cuánto faltaba para un punto remoto allá arriba; el jefe del grupo nos miró, mientras las mujeres y los chicos se reían, y dijo con una segura cortesía impertérrita: «Veinte centímetros». Nosotros repetimos la medida y el campesino asintió. Después todos nos sentamos un rato, en semicírculo.
Otras veces preguntábamos por kilómetros y nos contestaban en leguas y cuando, para no ser sorprendidos, preguntábamos en leguas la respuesta era en kilómetros. El común español era inseguro, porque los números, las medidas, los pesos, los nombres del sistema de parentesco, los vegetales y las comidas respondían a sistemas a veces inconmensurables. La lengua sólo funcionaba cuando pasábamos horas y horas hablando con «los otros» y armábamos un sistema inestable, exploratorio, siempre hipotético, de equivalencias. Mientras viajábamos a cuatro mil metros por una ruta del altiplano, vivimos esa discontinuidad entre nosotros y quienes nos dieron la manta y la botella de alcohol.
Paseábamos por los mercados, mordisqueando dulces, mareados por el olor a hojas de coca, frutas maduras, hierbas y condimentos desconocidos por los que sentíamos, a causa precisamente de su novedad, una instantánea atracción positiva. Los quesos envueltos en hojas frescas, las masitas que se vendían en cucuruchos de papel, los choclos ocres o marfilinos, el maíz violeta, las paltas y las frutas de la pasión, los polvos de colores intensos y las papitas en miniatura, las raíces y las flores formaban una naturaleza muerta americana que nosotros admirábamos por su exotismo tanto como por su vibrante misterio. El ruido del mercado mezclaba el quechua con un castellano nítido y sibilante, lleno de diminutivos y de interjecciones. De un puesto a otro, las conversaciones repetidas nos parecían diálogos que debíamos aprender.
Por supuesto, andábamos con una cámara y pedíamos permiso para sacar fotografías, en las que una mujer en primer plano, con su chico a la espalda y su redondo sombrero de paño, extendía la mano con dos tomates brillantes; en un segundo plano, la balanza romana, con pesitas, y una pirámide de calabazas. Nos atraían los puestos que ofrecían canastos que imaginábamos en algún departamento porteño de dos ambientes. Lo que en el mercado eran «objetos útiles» nuestra imaginación urbana los transformaba en piezas de una decoración artesanal latinamerican style: cucharas de madera, cuencos, cestos de mimbre, mantas formaban parte de la entonces nueva moda urbana, en la que se perdía el recuerdo de que habían sido fabricados para el uso.
Al costado del mercado, sobre las veredas, algunas mujeres, en cuclillas frente a un calentador donde hervía el aceite en una sartén de hierro, ofrecían milanesas por un precio bajísimo, especialmente adecuado a nuestros recursos de turistas sin presupuesto. Eran milanesas de mortadela, delgadas y grasosas, que se cocinaban en dos segundos y pasaban a un plato donde ya se había servido mucha cebolla roja y
unas rodajas de tomate[27]. Se comía rápido, se devolvía el plato, que las mujeres limpiaban con un trapo mojado, y ya estaba listo para el próximo cliente. Detrás de esa línea de anafes que operaban a toda velocidad, un bar, perfumado por los olores del mercado que estaba a pocos metros, ofrecía dos o tres mesas al aire libre. Nos sentamos a tomar, en altos vasos de refresco, unos jugos del trópico (no pudimos enterarnos de qué frutas) y a mirar lo que habíamos comprado: sombreros, una panera de junco, como la que hoy se vende en cualquier bazar de Buenos Aires, poca cosa.
Sentados en ese bar, junto al mercado, tomábamos nuestros jugos de fruta y fumábamos. La cámara de fotos estaba sobre la mesa, al alcance de la mano. Incluso antes de las cámaras digitales, el turista se mueve como una bestia de músculos elásticos, mirada panorámica y reflejos instantáneos. Un hombre se acercó a nuestra mesa. Era la persona más arruinada por la miseria que yo hubiera visto hasta entonces: muy bajo, con los huesos de la cara sobresaliendo debajo de una mancha de pelo engrasado, las manos temblorosas, descalzo y cubierto con pedacitos de diferentes telas, harapos en los que no se podía descubrir ni el rastro de la prenda original. Se quedó parado frente a nosotros sin hablar, observándonos probablemente con la misma extrañeza con que nosotros lo veíamos. De puro reflejo, hicimos dos gestos: le ofrecimos uno de nuestros vasos y le sacamos una foto. Hoy lo pienso y me parecen dos actos incompatibles: el reconocimiento de su individualidad en la miseria y la documentación de una imagen que no se nos ofrecía para ser transformada en souvenir, sino que nosotros arrebatamos sin pensarlo, como si el mercado, las frutas, ese mendigo, todo en fin fuera una especie de estudio de curiosidades con acceso libre.
Volvimos a Bolivia durante el primer año de gobierno del general Juan José Torres. Durante muchos meses, en Buenos Aires, yo había seguido la política boliviana con un interés que sólo le devolvió, décadas después, Evo Morales. Fueron años de intenso nacionalismo popular revolucionario y un líder militar como el
general Torres podía parecer el Sujeto portador de una nueva historia[28]. Ese militar mestizo había llegado al poder en medio de una huelga general de la COB (Central Obrera Boliviana) y enfrentamientos armados en Oruro. Asumió la presidencia a cielo abierto, fuera de la casa de gobierno. Era un gesto frente a las organizaciones que lo sostendrían y lo presionarían en los meses siguientes. Su discurso de asunción definió un frente social integrado por militares, obreros, campesinos y estudiantes: la articulación soñada del nacionalismo antiimperialista.
En La Paz se vivía un estado de movilización que nosotros juzgamos prerrevolucionaria. Mi fascinación por Bolivia tenía un motivo político, porque allí se jugaba el destino de una ilusión. Torres, impulsado por la clase obrera minera, llevado más allá de sus límites, podía convertirse, ante mis ojos, en el líder popular de
grandes cambios[29]. Y no sólo ante mis ojos, que andaban buscando ese líder.
Cuando llegamos a La Paz, en esos primeros meses de 1971, la ciudad estaba llena de manifestantes. Desde las veredas, durante horas y días, los miramos pasar, saludándolos. Envidiamos esos cartuchos de dinamita que llevaban atados a la cintura, cubiertos por el saco o el poncho. Alguien nos dijo que la dinamita, para que no estalle, debe conservarse tibia, cerca del calor del cuerpo. Lo creímos porque todo lo que hicieran esos mineros que desfilaban formaba parte de un designio de la historia.
Entramos a la casa de gobierno, una visita sorprendente pero no tanto. El Palacio Quemado estaba abierto casi todo el día, no se presentaban documentos, nadie controlaba: entraban y salían las manifestaciones de mineros o de campesinos pidiendo las tierras que ocupaban, dirigentes comunitarios, sindicalistas, burócratas, indias de pollera, con sus guaguas. Asistimos a debates en la Confederación Obrera Boliviana y escuchábamos los argumentos como si se tratara de una obra de brechtiano teatro revolucionario, que incluía héroes y traidores, puesta en escena allí, en un país limítrofe con el nuestro. De lejos, lo vimos a Juan Lechín, imponente con su cabellera blanca. Habló durante horas con grupos que entraban y salían en un desorden que, de inmediato, nos pareció propio de un momento revolucionario. John
Reed ya lo había percibido así en su crónica de la revolución rusa[30]. El presente se organizaba en una especie de friso histórico. El clima de insurgencia popular nos entusiasmaba, quizás con un entusiasmo emparentado con el que sintieron los turistas europeos en Buenos Aires, durante la crisis de 2001, frente a los piquetes.
Quería conocer a dos hombres: Augusto Céspedes, el viejo escritor de crónicas
históricas [31] [32] , y Marcelo Quiroga Santa Cruz , un ideólogo nacionalista radicalizado. Hoy, en el Barrio Charrúa de Villa Soldati, villa de origen boliviano donde viven hijos y nietos argentinos de migrantes, la biblioteca lleva su nombre.
Quiroga Santa Cruz nos miró con desconfianza y altivez[33]. Seguramente le parecimos demasiado impulsivos, ingenuos e ignorantes. Era un hombre pálido, un intelectual de clase alta, que quiso precavernos sobre los límites del general Torres, porque percibió nuestro error, producido por las expectativas sin límites. Nosotros lo admiramos a Quiroga Santa Cruz por su inteligencia fría. Él, posiblemente, nos despreciara por nuestro entusiasmo ideológico, tan poco probado que era inmaterial. O quizás haya sospechado que buscábamos en el general Torres una remake revolucionaria de Perón. Nosotros no buscábamos a Perón, pero tampoco sabíamos bien qué buscábamos. Nos dijo:
—Aún hoy en Bolivia el factor de poder lo constituyen las Fuerzas Armadas y Torres no es un representante ideológico del ejército. Pero tampoco es el representante político de los sectores populares, ya que no existe una efectiva participación de éstos en el poder.
Nos capturó en esta pinza que mantenía tanto a Torres como a los mineros en vilo y quizás inmovilizados. Quiso convencernos de que toda esa gente en la calle, que a nosotros nos parecía garantizar la revolución, no alcanzaba. Meses después, Quiroga Santa Cruz fundó el Partido Socialista. Lo asesinaron en 1980 y sus restos no fueron nunca encontrados.
El escritor Augusto Céspedes fue más cortés. Antigua gloria nacional, podía vernos como una estudiantina que todavía no se estrelló contra su pared. Aceptó que yo lo entrevistara y que nos sacaran una foto juntos, ambos casi de perfil, aplanados por el flash. Respondió con paciencia, porque se dio cuenta de que habíamos leído sus libros El dictador suicida y El presidente colgado: historias de un país siempre al borde del precipicio. Céspedes nos dijo:
—Esos libros no son biografías sino documentos sobre el motor imperial y colonialista que induce los trágicos y cómicos sucesos de nuestra historia. Los he escrito, además, desde una posición declaradamente comprometida con el nacionalismo revolucionario.
Di vueltas y vueltas a las frases emitidas por Quiroga y por Céspedes. Eran bastante sencillas. Sin embargo, para mí encerraban una profundidad oracular. Pensaba que allí estaba el secreto de una historia que transcurría ante mis ojos.
No quería volver a Buenos Aires. Me fui de La Paz imaginando que, después de conseguir, de cualquier modo, un poco de plata, volvería a Bolivia a lo que fuera. Pensaba que siempre hay lugar en un proceso revolucionario. Allí estaba un camino original de la revolución y no existía razón para verla desde lejos. Enceguecida por el entusiasmo, pensaba que las cosas durarían.
Pero el gobierno de Torres cayó poco después y una noche Jorge Vargas, su secretario de Vivienda, un arquitecto que nos había recibido en el despacho de la casa de gobierno e invitado a su casa, apareció en la de uno de nosotros, con toda su familia, sus chicos, su mujer embarazada, escapando de la represión. Vargas había estudiado en Polonia y su mujer polaca era la hija de una aristócrata devenida funcionaria comunista. Aunque parezca mentira, no tenían un contacto mejor en Buenos Aires. Sólo nosotros, los argentinos crédulos y entusiastas. Los hijos de Vargas comieron todo lo que pusimos sobre la mesa: así de duro fue su cruce por la frontera norte. Bolivia había dejado de ser el porvenir de nuestras ilusiones.