Viajes

Beatriz Sarlo · Capítulo 14 de 14

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Las libretas perdidas

En alguna mudanza perdí todas las libretas que había escrito durante mis viajes por la Argentina, Bolivia, Brasil y Perú. No se perdió nada valioso, si se piensa en comentarios, descripciones o cualquier otro género típico del diario de viajes. Esas libretas eran simplemente una lista de fechas y una lista de lugares. Pero los lugares estaban mencionados con precisión porque llegaba a ellos recorriendo distancias de muchos kilómetros a pie, por sendas, picadas o caminos difíciles, o en medios de transporte de los que lo menos que puede decirse es que se apartaban de lo convencional. Otro de los que conmigo realizó esos recorridos (éramos varios), que había quedado como depositario de la mayor parte de las fotos, tuvo el cuidado de no perderlas, incluso de conservarlas durante un exilio prolongado y dos cambios de

país[83].

Tengo hoy esas fotos digitalizadas. Sobre muchas podría hablar largamente, recordar el lugar, la hora, el nombre del campesino que aparece junto a nosotros, qué hicimos ese día después de tomar la fotografía o qué comimos esa noche. Sobre otras no puedo decir casi nada. Hay decenas de imágenes de un viaje por La Rioja cuyos detalles se me han borrado por completo y sólo puedo recordar que al regresar a Buenos Aires en un camión que nos había levantado en Córdoba, comimos pizza en algún lugar cercano al acceso norte, nos separamos, llegué a mi casa y me enteré de que me esperaban en el velorio de un viejo a quien yo quería mucho. Sobre otras fotos, no recuerdo las circunstancias, pero reconozco los edificios porque los he seguido viendo en libros. El extravío de mis libretas privó a muchas de esas imágenes de un soporte de recuerdos. Mientras los conservé con algún detalle, no tuve conmigo las fotos. Ahora sucede exactamente lo opuesto.

Después de que se perdieran las libretas de esos primeros viajes, pasaron años antes de que pudiera viajar de nuevo. La primera vez que lo hice en esta segunda etapa pensé en volver a comprar una de aquellas libretas, como las que había perdido. Pero un principio de saludable escepticismo me hizo desistir. Adopté otro método. Como en estos nuevos viajes se trataba de recorridos o estancias en ciudades a las que llegaba casi siempre para trabajar y donde me quedaba algún tiempo, compré calendarios de esos que tienen un cuadrado grande y en blanco para cada día. Pensé que, permaneciendo más o menos anclada en una ciudad, lo que valía la pena era anotar qué músicos escuchaba o qué películas u obras de teatro veía. Todavía no perdí esos calendarios que prueban que vi más obras de teatro y escuché más música de las que puedo recordar, sometida a una especie de régimen de atosigamiento. Si reviso los calendarios, me resultan desesperantes, a veces porque me doy cuenta de que hacía apuestas insensatas, a veces porque veo que iba a tres lugares diferentes el mismo día, y lo desesperante es comprobar que sigo haciendo lo mismo desde hace décadas. Voracidad ciega o snobismo hambriento, como se elija llamarlo. La existencia de estos calendarios de viaje se corresponde con las cajas llenas de programas locales: la historia de una especie de persecución obsesiva.

En un viaje reciente, en cambio, sin que lo previera, sucedió algo distinto. Estaba sola y por primera vez en Santiago de Compostela; había llegado esa tarde y, horas después, me senté a comer en un restaurant. Casi todas las mesas ya estaban vacías, y en el dorso de unas hojas que detallaban las maravillas que vería al día siguiente, comencé a escribir, casi en tiempo real, lo que estaba haciendo. Creí que se trataba sólo de pasar el rato hasta que llegara la comida.

Sin embargo, al otro día, mientras almorzaba, escribí dos páginas más. Y así me di cuenta de que me estaba imponiendo un compromiso con el género: el diario de viaje, un blog privado que crece independiente de la tecnología de la computadora y del espacio de internet. Al terminar esas dos páginas, decidí comprarme una libreta. Con ese gesto, daba el paso fatal. De allí en más, estaba obligada a recordar todo lo que me pareciera raro, interesante, pintoresco, típico, desusado, inesperado o inaudito. Era esclava de los nombres de las calles y de los nombres de las comidas, de los carteles en los bares, y de lo que había escuchado mientras tomaba algo en una barra: todo era parte del viaje, todo estaba para terminar en mi libreta.

Escribí, por ejemplo:

 

«En La Coruña tomo el tren de las seis de la tarde a Santiago. Desde la

estación, camino hasta la Plaza Galicia, por callecitas con soportales en las

que me pierdo. Bares, librerías. Paso por un café donde un hombre muy viejo

está leyendo el diario. Cuando creo que me he alejado, me encuentro con la

otra entrada de ese café. Me siento. En Compostela se fuma en todas partes.

Anoche el mozo me dijo: “Si quienes trabajamos aquí tenemos derecho a

fumar un pitillo, ¿por qué no lo van a tener los clientes?”. Se está bien en este

café cuyo nombre invertido sobre el vidrio de la puerta no alcanzo a

descifrar».

 

Al día siguiente escribí:

 

«Voy al mercado. Los jueves llegan las mujeres del campo con sus verduras:

grelos, coliflores, cebollas brillantes como celofán, castañas. Se sientan en

banquitos, las canastas apoyadas en el suelo. Pimientos verdes muy chicos,

tomates, cada uno con su forma diferente, frutas que no parecen enceradas,

sino percudidas por la lluvia, el granizo y el aire frío. Pañuelos en la cabeza y

balanzas de mano. Puestos de pescados asombrosos, con ojos relucientes,

mariscos largos como lápices de cuyo extremo sale una lengüita blanca,

pulpos. Afuera, monte de castañas y flores».

 

El día anterior a mi partida, escribí:

 

«La dueña del hostal mira mi pasaporte y señala, como si hubiera debido

avisárselo antes: “Usted tiene un abuelo gallego”. Le explico, porque parecía

ofendida con mi silencio sobre el punto, que el apellido de mi padre y de

todos sus hermanos era Sarlo Sabajanes; y que el padre de mi padre también

usaba esos dos apellidos. El segundo, Sabajanes, fue siempre una molestia y

un misterio. Yo acabé por no usarlo, pero es el que figura en mi pasaporte, que

la dueña del hostal sostenía en ese momento. En mi infancia escuché que era

el nombre de una aldea en Galicia, pero esa rama paterna de mi familia tenía a

la inmigración muy lejos, a mediados del siglo XIX, de modo que no había

pruebas, ni recuerdos. La dueña de la pensión responde a esta complicada

explicación que, me doy cuenta, no tiene mucho sentido para ella: “Cerca de

Compostela está Sabaxáns, un paraje, o una parada de ómnibus, municipio de

Brión, parroquia de Bastavales”. Tengo poco tiempo y pacto con un taxi el

viaje hasta allí: 30 euros, que finalmente fueron 25. Me dijo que no podía

esperarme allá. Lo tranquilicé: no iba a tener que esperarme, no conocía a

nadie en Sabaxáns, que era solamente mi segundo apellido y, posiblemente, la

aldea de donde llegó a América algún antepasado bastante lejano. No era un

lugar conocido. Por teléfono, el taxista llamó a una compañera que le indicó

que debíamos pasar una iglesia por la izquierda y que allí mismo habíamos

llegado. La iglesia era mínima, nada, un campanario bajo y plano. Poco más

lejos, pregunté en un bar y me dijeron que Sabaxáns estaba más adelante, a un

kilómetro. Era un refugio de ómnibus, con cinco letras “baxáns”. La primera

sílaba había caído del frente del refugio, pero permanecía en un lateral. El

taxista me sacó una foto. Yo no tenía recuerdos de nadie para evocar.

Sabaxáns era eso: unas casas al borde del camino. Regreso a Compostela,

medio atontada y camino por la Alameda. Estatua de Rosalía de Castro, que

escribió “Campanas de Bastavales”, justamente las campanas del lugar de

donde vengo. Sigo entre los árboles y se escucha un sonido que me parece

una gaita. Voy bajando y allí está un viejo, sentado solo en los escalones de un

hemiciclo, tocando una especie de flauta. No pide, está practicando; tararea el

comienzo de la melodía y arranca. Luego otra y otra, reconcentrado».

 

Ese mismo año 2009, en febrero, escribí en mi diario de Berlín:

 

«Dedico la mañana a sacar fotos que, en realidad, corresponden a la estadía en

Berlín del año 2003, cuando era para mí una ciudad por descubrir: Wittenberg

Platz, a la que llego en el 119, KaDeWe, el sexto piso con los puestos de

salchichas, pescados, verduras y pollitos franceses inigualables. Voy a la Neue

Galerie y me pongo melancólica frente a la Philarmonie. De nuevo en

ómnibus al Volksbühne. Compro la entrada para la noche y, justo enfrente, en

el cine Babylon, a las cuatro, dan una película de un húngaro, Jan Lorenzen,

cuyo título es Bartók’s Requiem. Lorenzen fue al pueblo que había visitado

Bartók buscando unas canciones folk cuya extrañeza le había llamado la

atención al escucharlas en Budapest, cantadas por una muchacha de origen

campesino. Antes de la película, dos mujeres y dos chicos tocan al piano

piezas breves de Bartók, Takács y Ligeti. Algo casi solemne, emotivo,

sentimental y también un poco provinciano. Cruzo la plaza caminando sobre

la nieve y entro al Volksbühne. En la puerta, las canastas de pretzels y

baguettes me recuerdan las canastas de la Staatsoper en 2003. Esta puesta de

Lulu, por casualidad, también es dirigida por un húngaro, Marton, que vive en

Berlín, ya hizo Wozzeck y tiene 35 años. Tres actrices representan a Lulu: una

serbia, una japonesa y una alemana. La serbia tiene el pelo cortado al rape y

canta maravillosamente la música de Berg y blues, canciones pop, baladas.

Tengo la impresión de que, cuando se canta Berg, se produce un túnel de

sonido perfecto. Las otras son músicas convencionales, suenan a comedia-

rock, aunque la serbia canta un blues formidable».

 

En 2009, en Berlín o en Galicia, escribí muchas páginas como las que acabo de citar. Por suerte, pensé, cuando me vaya de acá y llegue a la ciudad donde tengo que trabajar varios días, ni me voy a acordar de esta libreta ni voy a tener tiempo de hacer anotaciones. Eso me tranquilizó, hasta que llegué efectivamente al lugar donde pensé que la libreta quedaría cerrada.

Sin embargo, seguí escribiendo porque ya estaba capturada por una manía de registro; y, en esas circunstancias, todo parece significativo, todo puede demostrar su importancia más tarde (¿cuándo?). El diario de viaje me volvió desconfiada de mí misma. Dejé de saber lo que me interesaba y lo que no, lo que valía la pena y lo que mañana mismo iba a parecerme una banalidad. Mi viaje se había convertido en el motivo de un diario cuyo detallismo extremo lo volvía inmediatamente aburrido para mí misma.

Dejé de escribir diarios y libretas de viaje. Abandoné sin remordimientos la fantasía del recuerdo-con-escritura cuando leí un artículo del antropólogo Michael Taussig que compré por casualidad en la librería del New Museum de Nueva York pocos meses antes de terminar este libro. Es un folleto que lleva el número 001 de una serie que promete, o quizá ya haya publicado, 100. El número me pareció auspicioso: nunca había ido antes al New Museum, era mi visita 001 y correspondía comprar un folleto de Taussig que llevara el mismo número. Su título también tenía que ver con lo que me preocupaba: Fieldwork Notebooks. Taussig me ofrecía una coincidencia fuera de programa como corresponde a una visita turística que pueda enorgullecerse con un suplemento inesperado de acción o de discurso. Escribe «A las libretas les gusta viajar a nuevos lugares y a nuevas ideas. Mis propias libretas tienen un ritmo intranquilo. Las escribo sólo cuando viajo, cuando estoy haciendo trabajo de

campo. No las continúo como diario cuando estoy en casa»[84]. Para un antropólogo esta es una opción razonable: hay regiones donde la libreta podría ser irremplazable frente a lo desconocido; y lugares donde sería superflua. Aunque esto no funcione invariablemente así, se trata de una clasificación lógica de escritura y espacio.

Como cualquier objeto, la libreta puede perderse, y esa pérdida desencadena la experiencia del objeto mágico irrecuperable. Allí seguramente estaba lo que ya no se recuerda; allí se había registrado una proximidad con lo real, con el suceso, que por algún milagro la escritura capturó. La libreta tiene un valor de fetiche. De todos los viajes en este libro, las libretas se han perdido. Y de otros viajes más recientes, existen las libretas, pero los viajes no serán escritos. Como Taussig, puedo suponer que en las libretas perdidas había evocaciones de «sensaciones silenciosas» que nunca serán recuperadas. La pérdida de las libretas está acompañada por una idea tranquilizadora: en algún lugar tuve una «sensación silenciosa» que valió la pena. Y tanto que se borró para siempre. O tan poco valor tenía que se borró para siempre.

El relato del viaje es siempre un a posteriori, aunque exista la libreta materialmente intacta sobre la mesa de quien lo escribe. Su pretensión y su razón de ser es reconstruir un pasado en una situación de escritura alejada del momento de los sucesos: remota, apartada, en un tiempo diferente. Entre la libreta escrita casi en paralelo al suceso y el relato hay un mar de inexactitudes y de olvidos: ¿qué se pasó por alto en la libreta, eso que el relato no podrá restituir o deberá reemplazar inventándolo? Y, aunque existan las libretas, volver a la experiencia del viaje es un deseo irrealizable, porque aquel presente es, ahora, pasado; y, sobre todo, porque el sujeto ha dejado de viajar y se ha puesto a escribir. Taussig, citando a Barthes, admite la posibilidad de que una sensación anotada en la libreta pueda recapturarse: la ilusión proustiana de una experiencia recobrada.

También sucede que quien escribe el relato de viajes juzga a quien escribió la libreta como un «yo» que es otro, alguien que no sabía, que malinterpretaba, que se apuraba a juzgar. Más difícil que escribir el relato es reencontrar a quien atravesó los sucesos que se narran. Yo no soy la que escribió las libretas. Perdidas o guardadas, son tan remotas como la mujer que hizo esos viajes. Y, sin embargo, pese a todo, insistimos en escribir esos relatos. Se sabe, se sospecha, que no serán fieles a aquel pasado ocurrido hace tiempo. Pero de ese pasado sólo tenemos esta historia de la que, al mismo tiempo, sospechamos. Escribirla descansa sobre dos hipótesis (o dos ilusiones): que la historia es única o primera; que la historia es representativa y que, pese a las distorsiones, mantendrá un tenor de verdad.

La historia es única o es la primera y lo que se cuenta tiene un valor de novedad aunque haya pasado mucho tiempo. Ese valor puede resultar de su rareza: ¿por qué esta gente hizo esto? ¿Por qué fue a tal lugar? ¿Cuál era su impulso, su deseo, su fantasía? También, si la historia es remota, su valor de única se sostiene en que el lugar donde ocurre, y los sujetos que menciona ya no son los mismos o ya no existen. San Juan de Oros ya no es ni volverá a ser el pueblo y la iglesia que conocí. La historia, entonces, como la fotografía de un muerto, cumple la función de representar lo que ha desaparecido. El relato del viaje transcurre en pasado absoluto.

Las historias narradas son, sin embargo, representativas: de una región, de unas gentes, de la mentalidad de quienes realizaron el viaje. Moverse para conocer América Latina en los años sesenta tenía un sentido que el relato puede restituir, así como quizá pueda restituir el conjunto de sentimientos y prejuicios de los viajeros frente a quienes encontraban en su camino. El relato puede presentar un capítulo de las ideologías pequeñoburguesas: viajar para seguir las vías de la revolución futura o viajar para conocer a sus futuros protagonistas. Ese era el sentimiento que llevamos a Bolivia y a Perú. Un prejuicio en positivo.

Los lectores podrán aceptar estos supuestos y darle un grado de confianza al contenido del relato. O examinarlos con severidad y sospechar de la perspectiva de quien los escribe. La antropología ha sometido a crítica toda idea ingenua de una ciencia objetiva. Los relatos de viajeros hoy se leen buscando el punto donde toda

objetividad colapsa por ideología[85]. No hay relato intocable frente a las epistemologías de la sospecha que dan forma a nuestro modo de leer cualquier texto. De Marx a Freud, de la crítica del sujeto a la crítica de la ideología, todo relato, en un momento, colapsa bajo una culpa que se presupone originaria y que, si se la pasa por alto, provocaría una lectura crédula, cuyo destino fatal no sólo sería la ingenuidad sino el partidismo de quien habla y que se considera autorizado a hablar.

Los adjetivos que se usan en un relato de viajes pesan como pruebas irrefutables de la ideología con que se rodea a los sustantivos. Y los mismos sustantivos se vuelven sospechosos siempre: escribe «choza» en vez de casa, por ejemplo, negándole a la «choza» el carácter completo de un abrigo como el que se le reconoce a la vivienda en el lugar de origen. Sustantivos y adjetivos llevan su carga ideológica de prejuicios. La mirada crítica los reconoce como portadores de una discriminación innegable que consiste en que el viajero de los años sesenta o setenta podía moverse en el Amazonas o en Bolivia ejerciendo una libertad de la que estaban privadas las gentes que visitaba. Entraba y salía. Finalmente, abandonaba el escenario de las aventuras. Esa libertad de movimiento en el espacio y la disponibilidad de tiempo eran sus privilegios de clase y de raza. Innegables, ineliminables, constituían las condiciones de posibilidad de su viaje.

Y había otros presupuestos: la idea misma de viajar, proyecto que era culturalmente posible sólo en la fracción social y en la ciudad de origen. Los desplazamientos de un pueblo de cazadores son trabajo o subsistencia; los de un migrante provienen de una decisión condicionada o impuesta. Culturalmente, el hecho mismo de ser viajero y no un migrante o un nómade marca una diferencia insalvable. Además, estaba el dinero. Frente a las economías de supervivencia o de extrema escasez que visitábamos, nosotros teníamos bienes en abundancia. Este libro trae muchos ejemplos del modo en que un equipaje, que podía parecer austero en Buenos Aires, era juzgado sólido y abundante en el altiplano.

La trama de estas diferencias actúa como un sistema de refracciones: nosotros de un lado, creyendo que veíamos y escuchábamos bien; ellos, del otro, cuya idea de nosotros nunca pudimos adivinar. Y, sin embargo, hubo fugaces momentos de intercambio equidistante, que también están en este libro y seguramente fueron registrados con emoción en las libretas perdidas.

No sé si mis viajes han terminado. De todos modos, tampoco lo sabía antes de ir a las Malvinas, y ese último viaje demostró ser muy significativo en la serie. Pertenece al pasado tanto como al presente y al futuro. Las Malvinas fueron un salto de programa, algo que no había pensado realizar. Fueron el escenario de un nuevo viaje de aprendizaje, cuando creía que, para mí, ya había terminado ese período lleno de revelaciones que intenté contar en los capítulos anteriores. La experiencia inesperada de un shock.

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Beatriz Sarlo

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