Y después de la tormenta
Capítulo 9
CAPÍTULO IX
Se despertó a la mañana siguiente con una tremenda resaca. Habían abierto una botella de vino tinto para acompañar el cordero y los dos habían empinado el codo bastante más de lo necesario. Lucía no tenía costumbre de beber y de hecho creía que no le gustaba, pero la noche anterior había descubierto que bajo sus efectos todo le parecía distinto. Los intermitentes destellos de una linterna en la casa de enfrente la hicieron desternillarse de risa, en lugar de preocuparse por la identidad de su portador. Incluso el recuerdo de Fran empezó a difuminarse en la curiosa neblina que producía en su mente el alcohol.
Y Max había sido un compañero de cena inigualable. Sin ponerse de acuerdo, se habían apeado el tratamiento y comenzado a tutearse con toda naturalidad. Lucía se alegraba de haberle conocido y de tenerle por cliente.
Quizás en alguna otra ocasión pudieran repetir la cena de la víspera y sentirse nuevamente así, tan ingrávida, tan ajena a los sinsabores que había padecido en los últimos días como si no hubieran sucedido nunca.
Lo peor era la resaca, se dijo incorporándose en la cama para pasarse una mano por la frente. Sin duda constituía una especie de castigo por los excesos que habían cometido y que a los dos les habían parecido tan divertidos la noche anterior. Ahora tenía que presentarse puntualmente en el despacho, ya que había citado a primera hora a Alfonso Ríos para preparar el juicio que tenían señalado para la semana siguiente y en esos momentos se consideraba incapaz de razonar con claridad sobre la estrategia a seguir y sobre las pruebas que deberían aportar.
Sujetándose la cabeza con ambas manos para amortiguar la sensación de que el cuello no se la podía sostener por sí solo, se metió bajo la ducha.
Luego desayunó y se tomó una aspirina y en cuanto volvió a ver claros los
contornos de los muebles, se vistió y, tras coger su maletín, salió del piso cerrando la puerta con dos vueltas de llave.
El tráfico era fluido, por lo que no tardó más que unos minutos en llegar al edificio en el que se encontraba su despacho. No obstante, al alcanzar la cuarta planta comprobó que en el rellano y frente a la puerta del piso, la esperaba Lorenzo con expresión de malhumor.
—Ya era hora de que apareciera —le dijo en cuanto ella salió del ascensor—. ¿Sabe qué hora es?
Aunque todavía veía turbio, Lucía asintió muy digna.
—Claro que lo sé. Son las nueve, hora en la que he citado a un cliente esta mañana.
Introdujo la llave en la cerradura y entró en la antesala, seguida de Lorenzo que la alcanzó antes de que hubiera dado media docena de pasos.
—¿Un cliente? ¿Pues no los había perdido todos, gracias a la intervención de su ex recluso?
Al menear Lucía negativamente la cabeza, todos los muebles de la antesala parecieron mecerse a su compás, por lo que se vio obligada a apoyarse en la vacía mesa de la secretaria para contestarle:
—Le dije ayer que había perdido a la mitad, solo a la mitad. Y pienso recuperarlos a todos, no se preocupe.
Él le dirigió una mirada de reconvención.
—Es usted la que debería preocuparse y no beber de más. No sabía que tuviera esas aficiones.
¿La estaría llamando borracha? De haber tenido la cabeza clara le habría puesto firme, porque en cualquier caso no era ese un asunto de su incumbencia.
—¿Beber de más? No me gusta el alcohol y no bebo nunca —alegó cruzando los dedos en la espalda—. Y me parece que se está extralimitando al decirme lo que debo y lo que no debo hacer.
Vagamente se preguntó cómo podría Lorenzo haberse dado cuenta de que la víspera había ingerido media botella de vino tinto. ¿Olería todavía a alcohol después de haberse duchado o se le notarían los efectos de la resaca?
—Perdone si me he pasado al preocuparme por usted —se disculpó él en un tono agrio que la molestó aún más—. He venido temprano al despacho para comunicarle las cosas que he averiguado, pero como usted ha despedido a Rosalía me ha sido imposible entrar en el piso para esperarla sentado aquí dentro y me he tenido que conformar con un plantón de media hora en la escalera.
Lucía estuvo a punto en ese momento de rescindir su contrato con él y de mandarle a un sitio feo, pero no encontró las palabras oportunas y se limitó a preguntarle:
—¿Qué ha averiguado?
—¿No quiere que pasemos a su despacho? —sugirió Lorenzo, como si el mantener esa conversación en la antesala fuera un desdoro para él.
—No es necesario. No nos oye nadie. ¿Qué ha averiguado?
—Sé que una señora ha alquilado el piso de la casa de enfrente de la suya, así que no se extrañe si ve luz en la ventana.
Rememoró Lucía los destellos de la linterna tras sus cristales, mientras la víspera Max y ella daban buena cuenta del cordero de su aniversario.
¿Era normal que la nueva inquilina se alumbrara con una linterna en esa habitación?
—¿No hay luz eléctrica en ese piso? —le preguntó notando la mente tan espesa como si en vez de cerebro albergara su cabeza una nube de algodón.
—Sí, claro que la hay, ¿por qué lo dice?
—Porque anoche esa inquilina se paseaba por el dormitorio que queda enfrente del mío con una linterna. La vi perfectamente mientras cenaba en el salón de mi casa.
—Mientras cenaba con ese cliente que apareció aquí a última hora, ¿no?
—inquirió él en tono desafiante.
Pese a la neblina que entorpecía sus ideas, consiguió entender lo que él había dicho y le observó con curiosidad.
—¿Y cómo sabe con quién cené anoche? —le preguntó áspera—. ¿O es que se dedica a espiarme usted también?
Lorenzo se encogió de hombros sosteniendo su mirada.
—Usted me ha encargado que la proteja, ¿no? Para hacerlo tendré que vigilar lo que hace, ya que he podido comprobar sobradamente que no tiene
a bien hacerme partícipe de sus planes. ¿Sabe acaso quién es ese tipo?
Pestañeando desorientada por la irritación que manifestaba, clavó sus sorprendidos ojos en él.
—¿Max?, claro que sé quién es. Es un cliente que…
—Un cliente del que no sabe absolutamente nada —insistió machaconamente Lorenzo.
—No sé por qué dice eso. Es primo de una cliente mía que se llama Casilda Pereira.
—De la que imagino que tampoco sabe nada —la interrumpió sarcástico—. Y aun así, todo lo que se le ocurre a usted es invitarle a cenar a su casa.
Lucía pasó nuevamente una mano por su frente con la inconsciente pretensión de eliminar con ese gesto los vapores del alcohol y recuperar el raciocinio que había perdido.
—¿Y por qué no? —se enfadó—. Le he pedido a usted que me proteja de un ex recluso, que desde que ha salido de la cárcel intenta hacerme la vida imposible, no que se convierta en mi cancerbero. Ese hombre no guarda relación alguna con Antonio Briones, por lo que puedo invitarle a cenar si me apetece. Y, en cualquier caso, le repito que no es de su incumbencia.
—Y yo le repito que tiene usted razón —casi rugió Lorenzo—.
Perdóneme, ya me marcho —masculló, dando media vuelta para dirigirse hacia la salida.
Lucía levantó una mano, como queriendo quitarle importancia al tema que discutían.
—Espere y no se enfade. Me parece que tiene usted muy mal carácter.
Estábamos hablando de sus investigaciones. ¿Ha averiguado algo más?
Él volvió sobre sus pasos más aplacado.
—Es que soy muy exigente con mi trabajo, ¿entiende? Creo que no debe correr ningún riesgo hasta que el asunto que me encomendó quede definitivamente aclarado. ¿Está de acuerdo conmigo?
—Por supuesto.
—Pues entonces tendrá que reconocer que ha cometido una imprudencia al cenar anoche con ese cliente suyo. Antes debería yo
averiguar sus antecedentes. Por eso estoy enfadado.
Lucía examinó con curiosidad el semblante de él, preguntándose si le estaría diciendo la verdad. Más que enfurecido por los riesgos que estaba corriendo ella, parecía estar molesto porque hubiera quedado con otro hombre. ¿Acaso la consideraba una posible conquista? De la sorpresa que le produjo su sospecha se tambaleó, pero consiguió asirse a tiempo a la mesa y murmurar en tono conciliatorio:
—Bueno, iba a comunicarme los resultados de sus pesquisas. ¿Se ha enterado de algo más?
—Sí. He localizado el cibercafé desde el que su ex recluso le envió los correos, los tres. Utilizó uno que se encuentra en esta misma calle, a unos cien metros de aquí. Ninguno de los empleados le recuerda, aunque les he mostrado la fotografía del periódico que me entregó Rosalía, pero es natural, porque en ese establecimiento entra mucha gente y además el aspecto de ese tipo apenas si se diferencia del de otras muchísimas personas de su edad.
—Ya —musitó Lucía decepcionada.
En ese momento el timbrazo de la puerta del piso les interrumpió y Lucía se dirigió a abrir la puerta, imaginando que se trataba de Alfonso Ríos, al que tenía citado a esa hora. En el umbral distinguió a una chica joven y muy delgada, con el pelo corto y liso y aire tímido. La muchacha levantó la mirada hacia ella, que la miraba en silencio.
—Me mandan de la agencia —le aclaró—. Creo que usted necesita una secretaria con experiencia. Yo… tengo experiencia. ¿Quiere que le enseñe los papeles que lo acreditan?
Al comprobar que Lorenzo permanecía a su lado, escuchándolas, Lucía le hizo una seña a la chica de que pasara a su despacho y le despidió a él con un ademán.
—Gracias, Lorenzo, ya hablaremos.
Él se resistió aún a marcharse.
—¿No quiere que la espere para planear después la estrategia a seguir?
Lucía repitió el ademán de despedida señalándole la puerta.
—No, tengo trabajo. Ya nos veremos.
Le siguió con la vista hasta que desapareció en el rellano de la escalera, cuando la puerta del piso se cerró tras él y luego precedió a la muchacha hasta su despacho, indicándole que tomara asiento en uno de los dos sillones de los clientes.
—¿Cómo se llama usted?
—Olvido. Olvido López.
—¿Y ha trabajado anteriormente como secretaria?
La recién llegada le hizo un breve resumen de su historial y de sus conocimientos informáticos. Poseía un físico poco atractivo y parecía menos despierta que Rosalía, pero al menos no se atrevería a incomodarla con sus constantes regañinas, como la otra. A Lucía le parecían una falta de respeto y no las soportaba. Tampoco soportaba las de Lorenzo, pero a este le necesitaba por el momento.
Fue su aire recatado y tímido lo que la impulsó a ofrecerle el puesto, por lo que instantes después la acompañó a la mesa, ubicada en la antesala, y le explicó el funcionamiento de las aplicaciones informáticas que debía utilizar.
En los días que siguieron pudo comprobar que su decisión había sido acertada. Olvido trabajaba incansablemente sin cuestionar sus palabras ni sus decisiones. Si Lucía llegaba tarde al despacho se limitaba a levantar la cabeza del ordenador, que manejaba con habilidad, y a saludarla correctamente. A los clientes les sonreía siempre y a ella también y cuando la veía nerviosa procuraba pasar inadvertida para no alterarla más.
No había vuelto Lucía a recibir ningún correo de Antonio Briones ni parecía tampoco que hubiese entrado nadie en su piso desde que cambiara la cerradura, por lo que había ido tranquilizándose poco a poco, olvidándose incluso de las amenazas de que había sido objeto días atrás por parte de aquel indeseable.
Ni siquiera le recordaba esa mañana en la que se había acercado al despacho con la única intención de recoger su maletín y de mirar su correo, ya que tenía que comparecer en la audiencia previa de un juicio civil ordinario en un juzgado de la calle Capitán Haya. El día anterior había preparado los documentos que tenía que aportar como prueba, guardándolos en su maletín y, en cuanto lo recogió en su despacho y comprobó que en su
correo no había ningún mensaje de importancia, se despidió de Olvido y tomó un taxi, ya que aparcar en la calle donde se ubicaban los juzgados de lo civil era una tarea poco menos que imposible.
En la planta tercera y en la puerta del juzgado en el que se seguía el pleito encontró a Isabel y con ella penetró en la sala de vistas tomando asiento a su lado en el estrado. Conocía a la juez, que ya ocupaba su lugar, en una mesa elevada sobre una tarima y delante de un ventanal, pero no había coincidido nunca con el abogado de la parte contraria, aunque sí con su procurador, sentado frente a ellas.
Lucía estaba muy tranquila. Había preparado a conciencia esa comparecencia y llevaba las pruebas que tenía previsto aportar, ordenadamente numeradas dentro del maletín, como era preceptivo. Lo depositó sobre la mesa que tenía delante, abriéndolo a continuación para no hacer esperar al agente judicial cuando más tarde tuviera que ir entregándole los documentos uno a uno. En ese instante dio un respingo y abrió desmesuradamente los ojos. ¿Cómo era posible? El maletín estaba vacío, completamente vacío, y el día anterior había ido ella guardando en su interior las escrituras en las que basaba la defensa de los intereses de su cliente.
¿Pero cómo podía haberse producido esa incomprensible catástrofe?, volvió a preguntarse. Estaba completamente segura de haber introducido la prueba documental en el maletín el día anterior. Lo hacía siempre y nunca anteriormente le había sucedido algo semejante.
Empezó a rebullirse inquieta en el estrado. ¿Qué podía hacer? ¿Qué podía alegar cuando la juez le diese la palabra? ¿Qué había perdido esos documentos trascendentales por el camino? Sería la irrisión de la sala y de todo el mundillo jurídico en su conjunto. Perdería el juicio, a Alfonso Ríos como cliente y su bien merecido prestigio. Hasta era posible que la ridiculizasen en los periódicos, como años atrás lo hicieran con la abogada de la defensa de Antonio Briones. Se ensañaron con aquella pobre chica y quizás ahora se cebaran con ella y mandaran al traste su carrera. Empezó a sudar de puro nerviosismo. Era la abogada de la parte demandada y el abogado de la demandante aún no había comparecido, pero su procurador
estaba ocupando su puesto en el estrado, por lo que en ningún caso podía dársele a la otra parte por desistida del procedimiento.
—¿Te pasa algo? —le preguntó en un susurro Isabel, que sentada a su lado la observaba con extrañeza. Llevaban años trabajando juntas y nunca había visto a Lucía tan descompuesta.
—Un desastre —cuchicheó ella—. He perdido la documental que traía en el maletín.
—¿Que las has perdido? —se extrañó Isabel—. No puede ser. Tú nunca pierdes nada.
—Pues esta vez sí.
—¿Y qué hacemos?, se preocupó su amiga.
Inquietísima, Lucía se rebulló de nuevo en su silla, clavando la mirada en la puerta de la sala, por donde esperaba ver aparecer de un momento a otro al abogado de la demandante.
—No sé, podemos morirnos.
—Me parece demasiado drástico —bromeó Isabel—. ¿Y si pidiéramos como prueba el interrogatorio de parte?
Lo consideró ella durante unos segundos y terminó por hacer un ademán negativo.
—Podría pedirlo, sí, por decir algo y para que no parezca que soy idiota, pero perdería el juicio de todos modos. Sería la palabra de la contraparte contra la de nuestro cliente. La prueba documental que iba a aportar era determinante.
—¿Qué vas a hacer entonces? —insistió Isabel en un preocupado susurro.
Sin contestarle, Lucía volvió la cabeza hacia la juez, que, sentada en su mesa, con el amplio ventanal a su espalda y frente a los desiertos bancos del público, revolvía unas notas. Era una mujer alta, de mediana edad, con unas grandes gafas de concha. Desvió luego la mirada para fijarla en el rostro del procurador de la parte contraria. Frente a ellas, se rebullía desazonado en el estrado, con la mirada fija en la cerrada puerta de la sala, aguardando sin duda a que se presentase el abogado que aún no había comparecido.
Con los nervios a punto de estallar, procuró Lucía que su rostro trasluciese una indiferencia que estaba muy lejos de sentir. Quizás si el
abogado contrario no apareciese dentro de los próximos minutos, la juez acordase suspender el acto y se librase ella de hacer el más espantoso de los ridículos.
Disimuladamente consultó su reloj. Marcaba las once y diez y la vista había sido señalada para las once en punto. Inquietísima empezó a notar que su traje pantalón azul marino le pinchaba por todos lados y que le oprimía la toga, pese a su amplitud. Aunque por el ventanal se filtraban en la sala los ardores del verano y se respiraba un bochorno casi irrespirable, empezó a notar cómo le corría un sudor frío por la espalda, a la par que el corazón le latía a un ritmo desaforado. ¿Es que no iban a transcurrir nunca los minutos que deberían cumplirse para que la juez diera por concluida la espera?
El procurador volvió a comprobar la hora en su reloj y Lucía le imitó.
Solo habían transcurrido cinco minutos desde que la consultara con anterioridad. ¿Sería que el tiempo habría decidido detenerse? Se había adormecido en su muñeca olvidándose de computar los segundos que lo componían, que se habían convertido también en lapsos angustiosos, interminables.
La juez estaba empezando a impacientarse. Cuchicheaba algo con el secretario del juzgado, que estaba sentado a su lado, y luego se dirigió al procurador de la demandante.
—¿Sabe si su abogado piensa presentarse?
—Claro que sí, señoría —repuso este muy nervioso—. He hablado esta mañana con él y hemos quedado aquí a las once.
—Pues son las once treinta —masculló la juez sarcásticamente, mientras volvía la cabeza hacia Lucía para preguntarle—: ¿Le importa si suspendemos la audiencia previa que teníamos señalada para esta mañana o prefiere que esperemos un poco más por si aparece su compañero?
Del alivio que sintió, Lucía estuvo a punto de brincar en el duro asiento de madera.
—Con la venia. Esta parte no tiene nada que objetar a la suspensión, señoría, —articuló ella con voz clara y aparentemente tranquila.
—Pues pasen por secretaría para que les señalen otro día para esta audiencia. Queda suspendida.
Ni Lucía ni Isabel tuvieron que hacérselo repetir. Ambas se levantaron a la vez y se dirigieron apresuradamente hacia la puerta de la sala para salir luego al pasillo, disimulando las ganas de echar a correr.
—¡Qué suerte hemos tenido, chica! —le comentó eufórica Isabel en cuanto la alcanzó, camino de la secretaría—. ¿Cómo has podido perder la prueba documental? ¿O acaso la has olvidado en tu despacho?
Lucía se encogió de hombros, porque ella tampoco lograba explicárselo.
Había preparado la audiencia que no había llegado a celebrarse con tanto interés… con la extrema minuciosidad que derrochaba siempre en todos sus asuntos profesionales. Era incomprensible que hubiese podido extraviar esos documentos.
En la secretaría les señalaron una nueva fecha para la celebración del trámite que se había suspendido por la incomparecencia del abogado de la contraparte y después se dirigieron hacia el ascensor, que subía parsimoniosamente del vestíbulo. Se detuvo al llegar a su planta y al abrirse la puerta de la cabina salió jadeante el abogado de la parte contraria, un chico joven con algo de sobrepeso. No conocía personalmente a Lucía, pero sí a Isabel, a la que le preguntó:
—¿Os marcháis ya? ¿Es que no se va a celebrar la audiencia?
Lucía retuvo a Isabel por un brazo y se le adelantó antes de que pudiera darle una explicación para que su amiga no fuera a cometer la equivocación de darle al otro la oportunidad de acercarse al despacho de la juez para convencerla de que se celebrase el trámite señalado para esa mañana.
—No, se ha suspendido, pero nos han citado para dentro de quince días
—repuso Lucía—. Pasa por secretaría.
Luego empujó a Isabel dentro de la cabina y pulsó el botón de la planta baja, temiendo aún que el otro abogado las detuviese, anunciándoles que la audiencia se iba a celebrar al fin. El ascensor descendía lentísimo planta a planta, por lo que Lucía no respiró hasta que al llegar al vestíbulo y devolver la toga, pudo despedirse de Isabel y salir a la calle, donde, sin dejar de correr, tomó un taxi con la sensación de ser una fugitiva.
Al taxista le dio la dirección de su oficina y en cuanto el ascensor la dejó en la cuarta planta se precipitó dentro del piso y atravesó la antesala como una exhalación echando a correr hacia su despacho con la esperanza
de haberse dejado la prueba documental sobre la mesa. Encontró sobre esta un cerro de papeles, en su mayoría demandas a las que tenía que contestar, pero ningún documento que guardase relación con el juicio de Alfonso Ríos. ¿Dónde podrían haberse metido? Rebuscó en los cajones y después en el armarito bajo de la librería sin encontrarlos y a punto de llorar de angustia se acodó en la mesa intentando hacer memoria. Estaba segura de haberlos guardado el día anterior en el maletín. No entendía que hubiesen desaparecido.
No podía decírselo a Alfonso para que obtuviese una copia de esas escrituras, porque pensaría que era una descuidada, pero sería de todo punto inútil acudir al juzgado una quincena más tarde sin esos documentos, ya que perdería el juicio y quedaría como una estúpida frente a su cliente. ¿Qué podía hacer?
Al abalanzarse como un ciclón en su despacho instantes antes, había dejado la puerta abierta y al levantar la vista vio a Olvido en el umbral, sonriente como siempre, sin adivinar ni por lo más remoto el cataclismo que se estaba desplomando sobre la cabeza de su jefe.
—¿Busca usted algo? —le preguntó solícita.
Lucía estuvo a punto de contestarle negativamente, porque no le participaba nunca a aquella chica los incidentes de su trabajo si no guardaban relación con el que desempeñaba la muchacha, pero en esa ocasión optó por referirle lo sucedido.
—Sí, la prueba documental que tenía que aportar en un juicio. La había metido en mi maletín, pero me lo he encontrado vacío.
Olvido clavó en ella su comprensiva mirada.
—¿No los ha podido aportar entonces?
—No, pero los necesito para dentro de quince días. Estaban dentro de una carpeta de cartón azul, convenientemente numerados.
La muchacha volvió a sonreír.
—¿Una carpeta azul? ¿No será esta, verdad?
Seguida de Lucía, había retrocedido hacia su mesa y del segundo cajón extrajo la carpeta, mostrándosela.
—¿Es esta?
Se apresuró ella a comprobar su contenido y luego dejó escapar un suspiro de alivio.
—Sí, es esta. ¿Pero cómo ha ido a parar a tu mesa?
Sin apartar la mirada de su rostro, Olvido se encogió de hombros.
—No lo sé. Anoche cuando me marché no estaba en el cajón, pero la he encontrado ahí esta mañana y he pensado que la habría guardado usted porque le convenía así. No he querido preguntárselo porque las mañanas en las que tiene usted un juicio se altera mucho.
Lucía estaba convencida de que su apariencia era imperturbable en todas las ocasiones, por lo que enarcó las cejas.
—¿Se me nota nerviosa los días en que tengo un juicio?
—Yo sí lo noto —repuso Olvido sonriente—. Por esa razón no he querido importunarla.
Ojalá la hubiera importunado, se dijo Lucía mientras se encaminaba hacia su despacho con la carpeta en sus manos. Se hubiera ahorrado uno de los más desagradables e inquietantes momentos de su carrera profesional.
¿Pero quién habría trasladado la prueba documental del juicio de Alfonso Ríos hasta la mesa de su secretaria? Estaba absolutamente segura de no haber sido ella. ¿La habría guardado Olvido en el cajón de su mesa? En el despacho únicamente trabajaban las dos y únicamente las dos tenían llave del piso, aunque…
De improviso una idea inquietante le pasó por el cerebro. ¿Sería posible que…? Desazonada, encendió el ordenador y consultó luego su correo. Allí estaba. Un nuevo mensaje de Antonio Briones se destacaba nítido en la pantalla:
“¿Qué?, ¿has hecho en tu juicio el más espantoso de los ridículos? Pues esto es solo el principio”.
Casi se había olvidado de él. La semana anterior había transcurrido monótona y sin sobresaltos. Aparentemente no había entrado ningún extraño en su vivienda aprovechando su ausencia ni se había sentido vigilada desde la casa de enfrente. Tampoco en el despacho había recibido ningún correo de él y había conseguido comenzar a relajarse, a respirar con
cierta tranquilidad. Angustiada se pasó una mano por la frente. ¿Qué podía hacer? ¿Es que no la iba a dejar nunca en paz?
Con el corazón martilleándole dentro del pecho, llamó por el móvil a Lorenzo que contestó inmediatamente.
—Necesito verle. Me acaba de enviar otro correo. Ha sido él el que me ha extraído del maletín los documentos que tenía que aportar en el juicio para que hiciera el ridículo en la vista. Es lo que me dice en el mensaje.
La voz de Lorenzo sonó tranquila a través de la línea telefónica, aunque denotó extrañeza.
—¿De qué me habla? ¿Qué documentos son esos?
Advirtió Lucía que él no tenía conocimiento del procedimiento judicial al que había asistido esa mañana ni de la importancia de la documentación que tenía previsto aportar, por lo que se lo explicó en pocas palabras.
—Ya —articuló escuetamente él, dándose por enterado, cuando terminó su relato—. ¿Y le dice en el correo que ha sido él el que le ha escamoteado esos documentos?
—No, no lo dice tan claro, pero se sobreentiende. ¿Puede venir?
—Claro, pero dígame, ¿ese tipo le ha hecho perder su juicio?
Lucía meneó negativamente la cabeza, antes de expresarlo con palabras.
—No, la cosa ha quedado en tentativa. Lo ha intentado, pero no le ha salido bien, porque la juez ha suspendido el acto, ¿comprende?
—No del todo, pero no se preocupe que voy ahora mismo. Espéreme en su despacho.
No tardó Lorenzo más de un cuarto de hora en presentarse en el piso.
Olvido estaba cerrando ya el ordenador para marcharse a comer y Lucía le aguardaba paseando de un extremo a otro de su despacho para calmar sus nervios. Algo semejante a un fogonazo iluminó de pronto su cerebro e interrumpió esos paseos para apoyarse en su mesa con el ceño fruncido.
¿Podía fiarse de la chica que se acababa de marchar?
Sigilosamente se acercó a la puerta y aplicó el oído. Había pensado anteriormente guardar la prueba documental del juicio de Alfonso Ríos en su maletín y llevársela a su casa hasta que se celebrara el trámite que había sido suspendido, porque no confiaba ya en la seguridad que podía ofrecerle la oficina, pero en ese momento se preguntó si no sería preferible que le
tendiese una trampa a la muchacha para salir de dudas. Porque… ¿cómo habría podido Antonio Briones entrar en el piso, extraer los documentos del maletín y guardarlos en el cajón de la mesa de Olvido? Había cambiado días antes la cerradura del piso y únicamente su secretaria y ella tenían la llave.
Cuando oyó cerrarse la puerta tras la chica y su taconeo en la escalera, salió a la antesala y puso en marcha la fotocopiadora en color que la otra acababa de apagar. Apresuradamente extrajo los documentos del maletín y los fotocopió, guardando después las fotocopias en la carpeta de cartón azul, que metió nuevamente en el maletín, apoyándolo seguidamente contra el lateral de la mesa de su despacho, donde solía estar. No se distinguían de los originales. Después introdujo estos últimos en un portafolio. Se las llevaría a su casa después de entrevistarse con Lorenzo y las escondería…
¿Dónde las escondería? Aún no lo había pensado, pero debía ocultarlas en algún lugar donde a nadie se le ocurriera buscarlas hasta que se celebrase la audiencia previa.
En cuanto oyó sonar el timbre un instante más tarde, le abrió a Lorenzo que sin duda había venido corriendo desde el lugar donde aparcara su coche, porque jadeaba ostensiblemente.
—¿Dónde está ese correo? ¿Se lo ha enviado a su ordenador? —inquirió mientras se dirigía apresuradamente hacia el despacho de ella, sin esperar a que Lucía le indicase que podía hacerlo. Incluso se sentó en su butaca y leyó el mensaje con el ceño fruncido. Luego, sin decir palabra, lo imprimió y finalmente se guardó el folio en el bolsillo. Solo entonces pareció reparar en que Lucía estaba en pie a su lado y sin cambiar de postura levantó la cabeza hacia ella.
—¿Dónde guardaba esos documentos?
—Ahí, en ese maletín, apoyado contra el lateral de la mesa —repuso Lucía señalándoselo—. Preparé ayer la prueba que iba a aportar en el juicio y dejé el maletín en ese mismo sitio. Ha sido al abrirlo en el juzgado cuando he comprobado que estaba vacío. Esos papeles han aparecido luego en el segundo cajón de la mesa de Olvido.
Lorenzo enarcó las cejas.
—¿Y le ha preguntado a ella?
—Sí, me ha dicho que los ha visto allí por primera vez esta mañana, cuando me había marchado ya al juzgado.
Pensativo, se acarició él el cogote y luego apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca como si estuviera meditando. Aún de pie, se preguntó Lucía si debería sentarse ella en uno de los sillones de los clientes o si, en su lugar, debería llamarle al orden. Era su empleado y consideraba una falta de respeto que permaneciera apoltronado en el sillón, en lugar de cedérselo inmediatamente, una vez que, después de imprimirlo, se había guardado el correo en el bolsillo.
—¿De qué conoce usted a su nueva secretaria? —le preguntó al cabo de unos instantes de reflexión.
—¿Yo?, de nada. Me la envió la agencia de colocación y tiene buenos informes. Parece una buena chica y es bastante eficiente.
—¿Y cómo se llama?
Sorprendida, Lucía observó la expresión inquisitiva de él.
—Se llama Olvido López, ¿por qué? ¿Piensa acaso que puede ser pariente de Antonio Briones y que la ha mandado él para que le ayude a arruinar mi carrera?
Lorenzo no contestó a su pregunta. Se limitó a cerrar los ojos y por un momento pensó Lucía que parecía dispuesto a echar una siestecita en su butaca. Irritada, tosió primero para llamar su atención y, en vista de que no se daba por aludido, decidió que había llegado el momento de reprenderle.
—Oiga, Lorenzo. No sé si se ha dado cuenta, pero esa es mi butaca y soy yo la que debo sentarme en ese lugar, no usted.
Él abrió repentinamente los ojos y levantó la mirada hacia ella, al tiempo que se ponía en pie.
—Perdone. Estaba tratando de imaginar quien, si no esa chica, ha tenido oportunidad de acercarse a su maletín. ¿Hay alguien más que tenga llave de este piso?
—No, únicamente ella y yo. No le he entregado una copia al portero…
aún y no sé si lo haré.
—Claro, claro —murmuró maquinalmente mientras se ponía en pie, daba la vuelta a la mesa y se dejaba caer en uno de los dos sillones de los
clientes. Luego clavó en ella sus ojos, de pestañas largas y rizadas y se retiró de la frente el ensortijado mechón que le resbalaba hasta las cejas.
—Investigaré a esa chica, no se preocupe. ¡Ah! Y tengo que darle una buena noticia. He conseguido seguirle la pista a ese tipo, a Antonio Briones.
Sé que desde que salió de la cárcel se ha ido a vivir con su hermana a un piso en Fuenlabrada. Me he enterado esta mañana y le tengo vigilado, así que no se angustie. Puede trabajar tranquilamente que ya me ocuparé yo de que no pueda acercarse a este despacho ni a usted.
—Bien, me quita un peso de encima.
Levantó él la mirada hacia su rostro y le preguntó en tono intrascendente:
—¿Qué piensa hacer este fin de semana? Hoy es viernes.
Por un momento temió Lucía que se lo preguntara con la intención de invitarla a salir, pero luego llegó a la conclusión de que no era ese su propósito. Sin duda pretendía saberlo con la intención de planificar su trabajo de escolta en los próximos días. Como de todas formas no tenía muy claro lo que pasaba por la cabeza de su guardaespaldas, le contestó en tono ligero:
—He quedado para ir al cine.
—¿El sábado?
—Sí, claro.
—¿Y el domingo?
Se alarmó nuevamente. ¿Le propondría a continuación que salieran juntos? No le desagradaba Lorenzo como empleado, pero en ningún caso tenía previsto iniciar otra clase de relación con él. Se estrujó la cabeza buscando una respuesta plausible y como no se le ocurrió ninguna, repuso atropelladamente:
—También voy a ir al cine. Y ahora, perdóneme pero tengo que bajar a comer para regresar a tiempo de recibir a mi primera visita de la tarde,
¿comprende?
No pareció entenderla porque continuó repanchigado en el sillón con los ojos entornados.
—¿Un cliente?
—Sí, claro.
—¿Los ha recuperado a todos?
—Al menos a la mayoría. El cuento chino que les contó ese tipo no se tenía por su base. En cuanto les aclaré que era una patraña y comprobaron por sí mismos que seguía gozando de un color espléndido como consecuencia de mi buena salud, volvieron en masa a pedirme que siguiera ocupándome de sus intereses.
Lorenzo le dirigió una mirada extraña que no supo interpretar. No llegó a saber si la contemplaba admirativamente o si por el contrario le molestaba que fuera una chica tan atractiva y con tan buen color. Como de todas formas no tenía ningún interés en averiguarlo, se puso en pie y tomó en sus manos el portafolio que contenía los documentos originales del juicio de Alfonso Ríos.
—Es tardísimo, Lorenzo —murmuró con impaciencia. Tengo que marcharme.
—¿Y su pareja? —le preguntó él de improviso, cuando Lucía asía ya el picaporte de la puerta de su despacho para salir a la antesala, abrazada al portafolio. Al oírle, se volvió a medias.
—¿Qué pareja?
—La que tenía usted. Con la que fue a entrevistarse a “Los almendros”
la tarde de la tormenta.
De espaldas a su interlocutor, Lucía vaciló unos segundos. ¿Qué le importaba a Lorenzo lo que hubiera sido de Fran? Últimamente no había tenido la menor noticia de él. Seguramente ya no aparecía por el edificio en el que vivía, porque el portero no había vuelto a hacerle ningún comentario y ya no aludía a “don Francisco” cada vez que la veía en el portal. Su imagen empezaba a difuminársele borrosa en el recuerdo, ahora que ya no le dejaba el pijama sobre la almohada ni el retrato de los primeros tiempos de su relación.
—Pues está muy bien —repuso abriendo la puerta y saliendo a la antesala con el portafolio bien apretado contra su pecho.
—Pero ya no viven juntos —insistió él, cuando la alcanzó junto a la mesa de la secretaria.
La observaba nuevamente con aquella mirada extraña y empezó a rebullirse inquieta.
—No, ya no —repuso procurando dar a su voz el oportuno matiz indiferente—. Y haga el favor, Lorenzo, de salir del piso. Tengo que cerrar con llave.
Ya en el ascensor y por miedo a que él comenzara nuevamente a moverse en aquel terreno tan resbaladizo, Lucía se lanzó a parlotear incesantemente sobre el trámite que no había llegado a celebrarse esa mañana en el juzgado, sin dejarle a él intervenir. Afortunadamente, tuvo Lorenzo que salir del ascensor en el portal, ya que había aparcado en una calle cercana y ella debía seguir hasta el sótano donde había estacionado el suyo. Cuando la puerta de la cabina se cerró a su espalda, Lucía exhaló un suspiro de alivio, sintiéndose aligerada de un gran peso.
Le olvidó en cuanto llegó a su casa con el portafolio conteniendo los documentos que tenía que aportar en el juzgado dos semanas más tarde y en cuanto entró en el vestíbulo se detuvo para inspeccionar la habitación por si pudiera servirle para esconderlos. Después de lo que le había ocurrido esa mañana, no se fiaba ya de la cerradura nueva ni de la resistencia de la puerta.
Desechó enseguida la estancia en la que se encontraba. De pequeñas dimensiones e interior, su mobiliario constaba de un taquillón, un paragüero y una butaca. Sobre el taquillón pendía un cuadro que había pertenecido a una tía abuela de Fran y que representaba a una vaca bebiendo en un río. Lo observó con disgusto. La vaca parecía de cartón y el río, orillado de flores de colores, recordaba a una postal cursi.
Del vestíbulo pasó al salón, donde se detuvo frente al enorme cuadro que colgaba sobre el aparador para contemplarlo con ojo crítico. También lo había heredado Fran de una abuela suya, y representaba una marina con unas olas encrespadas bajo un cielo tormentoso. No era de buena factura ni demasiado decorativo, pero Fran había querido mucho a esa abuela y lo colocó inmediatamente en el lugar preferente de la casa. Lucía lo observó pensativamente, diciéndose que podía servirle para sus propósitos. Sin detenerse a meditarlo, bajó rápidamente la persiana y encendió la lámpara del techo, provista de dos bombillas de bajo consumo. Las había instalado Fran con la intención de ahorrar energía y proyectaban una luz macilenta en el espacio destinado a comedor. A él le había parecido satisfactoria esa
tristona iluminación y, aunque Lucía había sentido un vuelco la primera vez que cenaron en ese ambiente, similar al de un velatorio, no se había atrevido a discutírselo, porque con la economía doméstica Fran no se avenía a razones.
En ese instante casi agradeció el afán de ahorro de él y la mustia claridad que producían las bombillas. Con la sensación de estar poniendo a salvo un tesoro, se subió a una silla, descolgó el cuadro y lo colocó sobre la mesa, con la pintura del mar tempestuoso contra el tablero. Luego extrajo cuidadosamente los documentos del portafolio y los situó sobre el lienzo adhiriéndolos al bastidor con papel celo. Seguidamente volvió a subirse a la silla con el cuadro en las manos y en cuanto consiguió colgarlo en su lugar respiró satisfecha. Era un escondite magnífico. ¿Sería Antonio Briones capaz de encontrar esta vez esos documentos?
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