Y después de la tormenta

Ursula Llanos · Capítulo 1 de 19

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Y después de la tormenta

Capítulo 1

Úrsula Llanos

Y después de la tormenta

ePub r1.0

Titivillus 10.09.2021

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Título original: Y después de la tormenta

Úrsula Llanos, 2013

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

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CAPÍTULO I

Le gustaban las tormentas de verano. Disfrutaba viendo la intermitente incandescencia del firmamento acompañada del estruendoso y retumbante eco de sus truenos, se dijo aproximándose a la ventana de su dormitorio con una optimista sonrisa. Se sentía absolutamente feliz en ese momento atisbando la negrura del firmamento a través de los cristales. Pero reconoció que esa mañana no sería otro su estado de ánimo, aunque hubiera amanecido un día soleado o aunque granizara. Derrocharía euforia en cualquier caso.

Tarareando una cancioncilla, se aproximó al armario empotrado de su dormitorio y se vistió con una blusa blanca de manga corta y una falda azul marino. Mientras se abrochaba los botones, giró nuevamente la cabeza hacia la ventana y comprobó con satisfacción que había empezado a llover como si las nubes hubieran decidido desplomarse sobre los transeúntes que deambulaban a toda prisa por la acera. Un rayo cruzó zigzagueando entre los negros nubarrones y luego dejó oír su estridente fragor, antes de que una nueva avalancha de agua se arrojara contra el cristal enturbiándolo.

Sonriendo, terminó de vestirse. Las tormentas de verano siempre eran así, colosales y escandalosas y los días anteriores habían padecido un calor asfixiante, casi irrespirable, por lo que resultaba previsible que las nubes hubieran terminado por descargar, deseosas de aliviar los ardores del verano.

Se volvió hacia la mesita de noche y se quedó mirando pensativamente la fotografía con marco de plata que tenía sobre ella, en la que un joven de cabello oscuro y grandes gafas de concha parecía mirarla inquisitivamente, sin que ni tan siquiera un atisbo de sonrisa curvara la línea recta de sus

labios. Fran era así, circunspecto, rigurosamente responsable, increíblemente atractivo.

Con la cabeza ladeada, permaneció estudiando la fotografía diciéndose que ella tenía mucho que agradecer a la vida. Era un ser privilegiado, porque poseía todo lo que una muchacha de treinta y dos años podía desear.

En su carrera profesional había conseguido un merecido prestigio. Le llovían los clientes, porque era una brillante abogado que rara vez perdía un caso, pero además y sobre todo había tenido la inmensa suerte de conocer a Fran diez años atrás y de que él se fijara en ella.

Habían coincidido precisamente en la sala de vistas de la Audiencia Provincial. Ella empezaba entonces a ejercer su profesión y actuaba en ese juicio como acusación particular, en nombre de la familia de una niña que había sufrido una tentativa de violación por parte de un degenerado que la había secuestrado a la salida del colegio. Cuando entró en la sala y tomó asiento en el estrado, a la derecha del tribunal, apenas si pensaba en otra cosa que en el interrogatorio de los testigos que había preparado, después de estudiar concienzudamente el sumario durante días, con la angustia del novato que se encuentra ante su primer asunto importante. Fue al levantar la vista de los papeles que acababa de extraer de la cartera, cuando le vio.

Ocupaba el lugar que le correspondía al fiscal y se hallaba, por tanto, sentado en el estrado junto a ella. Con la toga negra con puños de encaje sobre la camisa inmaculadamente blanca, las gafas de concha y aquel gesto hermético tan suyo, le hizo perder la noción del tiempo y del lugar en el que se encontraba. Afortunadamente, logró regresar con la mente a la sala de la Audiencia y al juicio que comenzaba a celebrarse y, quizá porque la presencia de él le supuso un estímulo o quizás también porque había estudiado el asunto a conciencia, su actuación fue brillantísima. Entre los dos demostraron que aquel tipo era culpable y que merecía una pena de diez años, mientras la abogada de la defensa tartamudeaba incoherencias. Era una chica muy joven y poco agraciada que probablemente se estrenaba ese día en el foro, porque les miraba alternativamente a Fran y a ella parpadeando como un búho y luchando para que la vocecilla que emitía su garganta no se le quebrase. La pobre no parecía estar preparada para

soportar el ataque de artillería al que sometieron a su defendido el fiscal y la acusación particular e hizo el más lamentable de los ridículos.

El tribunal condenó a aquel hombre, que se llamaba Antonio Briones, a los diez años y un día solicitados por Fran y por ella y, tras conocer la sentencia poco después, quedaron los dos a comer para celebrarlo. Fue el comienzo de una relación que duraba desde entonces. Varios meses después del juicio, un seis de junio, ella se trasladó al piso de la calle de Lagasca, que alquiló él, donde vivían juntos desde esa fecha y donde se encontraba en ese momento.

Precisamente ese día se cumplían nueve años desde aquel día memorable. Era su aniversario y aunque no le había visto aún esa mañana, ya que él comenzaba a trabajar en la Audiencia muy temprano, iban a celebrarlo en casa con una comida especial y ella le había comprado como regalo un teléfono móvil de última generación, con el que esperaba entusiasmarle. En infinidad de ocasiones en las que habían paseado juntos por la calle se habían detenido frente al escaparate de la tienda en la que lo vendían y lo había estudiado Fran desde todos los ángulos posibles. No había llegado a comprárselo porque su precio era bastante elevado y él no era dado a hacer dispendios. Al contrario que ella, que, como ganaba mucho más de lo que necesitaba, podía permitirse el lujo de darse y de darle toda clase de caprichos.

En ese instante un nuevo relámpago rasgó el firmamento y unos segundos más tarde retumbó un trueno que hizo vibrar los cristales de la ventana, con lo que Lucía regresó al presente. Terminó a toda prisa de vestirse y se dirigió hacia el vestíbulo donde cogió un paraguas. Ya en la puerta de entrada se volvió para dirigir una última mirada a su espalda, como si necesitara despedirse por unas horas del piso que habitaba y en el que se había sentido siempre a salvo de cualquier contrariedad. Luego bajó en el ascensor hasta el garaje para introducirse en su pequeño Mercedes de color rojo y, tras arrancar el motor, salió a la calle y a la cortina de agua que se abatió torrencialmente sobre el vehículo. El eco del estruendo de otro relámpago, que culebreó entre los nubarrones como una serpiente luminosa, pareció acompañarla calle abajo. Por suerte su despacho se hallaba en la calle de Serrano casi esquina a la Puerta de Alcalá, por lo que no tardó más

de diez minutos en aparcar el coche en el sótano del edificio y en subir después en el ascensor hasta la cuarta planta.

Como todos los días y quizás por el optimismo que experimentaba esa mañana, al abrir con su llave la puerta de la oficina, sintió una vez más la impresión de que la luminosidad más brillante inundaba la antesala, pese a los negros nubarrones que podían atisbarse a través de los ventanales de la estancia, una habitación de grandes dimensiones, con pavimento de brillante tarima, que daba acceso a una sala de espera, al despacho de Lucía, a un pequeño archivo y a un aseo.

La secretaria, una señora de mediana edad y aire eficiente, la saludó inexpresivamente cuando Lucía entró en la antesala. Estaba sentada tras su mesa, delante de uno de los ventanales, y le señaló la pantalla de ordenador donde figuraba la lista de las visitas que ella debía recibir.

—Ha llamado mucha gente —le advirtió a media voz—. Esta tarde…

—Esta tarde no voy a venir al despacho —la interrumpió ella—. Hoy es mi aniversario y voy a celebrarlo por todo lo alto, ¿entiendes?

Le pareció que la secretaria la envolvía en una mirada de reproche, motivada sin duda por el hecho de que Lucía vivía con Fran sin haberse casado con él. Rosalía era una puritana y toleraba mal las costumbres de los jóvenes, dado que consideraba imprescindible que una pareja que pretendiese formar una familia pasase previamente por la vicaría. Lucía también opinaba que antes de traer un niño al mundo era preferible formalizar la relación y tenía previsto hacerlo en breve, pero ninguno de los dos encontraba el momento. Quizás durante la comida se presentara la ocasión de hablarlo con Fran y quizás también de fijar una fecha.

—¿Su aniversario? —repitió Rosalía en tono interrogante, en el que latía la recriminación que no se atrevió a formular.

En otra ocasión a Lucía le hubiera fastidiado la velada desaprobación de la secretaria que en ocasiones la trataba como si fuera una madre regañona.

Esa mañana, sin embargo, se sentía demasiado feliz para tomar en cuenta su gesto, por lo que le sonrió y continuó camino hacia su despacho, una amplia estancia con las paredes cubiertas con librerías de madera de nogal, una pesada mesa de despacho del mismo material con dos butacas frente a la misma y un ventanal inmenso desde el que podía verse la Puerta de Alcalá.

En ese preciso instante vislumbró a través de los cristales un nuevo relámpago que iluminó por un segundo la negrura del firmamento, tras lo cual se dejó oír el estruendoso fragor de un trueno interminable.

Lucía volvió a sonreír. Qué bonita era aquella tormenta y qué suerte tenía ella de estar viva para disfrutarla, se dijo, mientras ponía en funcionamiento el ordenador que tenía sobre la mesa. Lo primero que hacía todas las mañanas era consultar su correo y leer los mensajes de la procuradora, de sus clientes y del propio Fran, que, a veces, pese a que el trabajo para él era sagrado y no se entretenía con niñerías, le enviaba el pronunciamiento de alguna sentencia o de algún tema jurídico que ella debiera conocer.

Pero esa mañana no había recibido ningún correo de él. En realidad solo tenía un mensaje de alguien a quien no conocía. Probablemente se trataría de algún cliente, se dijo, por lo que lo abrió con poco interés, mientras se acodaba en la mesa y apoyaba la barbilla en la mano. Lo leyó sin entender lo que decía. Lo volvió a releer preguntándose si aquel mensaje tenía algún sentido. Luego se restregó los ojos y al fin las palabras que veía en la pantalla parecieron ir volviéndose inteligibles. En letra muy grande, entre comillas y en negrita, alguien que no se identificaba había escrito:

“He salido hoy al cabo de diez años. Al fin he salido y te voy a arruinar la vida”.

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