Y después de la tormenta
Capítulo 6
CAPÍTULO VI
Cuando a la mañana siguiente llegó apresuradamente al despacho, Rosalía estaba ya sentada dignamente tras su mesa, tecleando en el ordenador como si le fuese en ello la vida y apenas si levantó la vista por encima de sus gafas cuando oyó entrar a Lucía en la antesala. Ese día vestía una blusa verde pálido sobre la falda gris, a juego con sus horrorosos zapatos verdes.
—Llega tarde —la recriminó en cuanto la vio entrar corriendo en la habitación, como si los papeles de las dos estuviesen invertidos y fuese ella la jefe y Lucía su empleada—. ¿Dejó el contrato preparado ayer? Son las nueve ya y la directora del colegio también está a punto de llegar.
Soñolienta y malhumorada, se dijo en ese momento que despediría a la secretaria a la primera oportunidad. Lo habría hecho ya de no ser porque era una mujer muy eficiente, pero no podía soportar la actitud de madre regañona que adoptaba con ella. Si llegaba tarde al despacho era asunto exclusivamente suyo. Y también de Fran, que, aunque no había hecho acto de presencia, al haberle dejado su pijama sobre la cama el día anterior le había impedido dormir, pero desde luego no era asunto de Rosalía que parecía haberse convertido en su Pepito Grillo.
Sin contestarle más que con un gruñido, pasó de largo por la antesala y se metió rápidamente en su despacho, poniendo en marcha el ordenador antes de haberse sentado en su butaca, con la intención de recuperar el documento donde había archivado el contrato e imprimirlo para tenerlo a punto de la firma en cuanto llegaran los Pereira. Con el ratón recorrió los contratos de arras relacionados en el archivo y los volvió a repasar sin encontrar el que había redactado la tarde anterior. Incluso lo buscó por la fecha sin dar con ese contrato. Para el ordenador no había archivado
ninguno cuando regresó de Campillo de la Sierra en el coche de Max. ¿Lo habría cerrado sin guardar pertinentemente el documento?
No, estaba completamente segura de haberlo archivado. Lo hacía siempre y además recordaba también que le había llamado “Max” para localizarlo fácilmente en la carpeta de los restantes contratos de arras.
Un segundo más tarde oyó el timbrazo del teléfono interior y nerviosísima descolgó el aparato, oyendo la voz de Rosalía que le comunicaba que los Pereira habían llegado coincidiendo con la directora del colegio y que había hecho pasar a esta última a la sala de espera. Lucía se hubiera puesto histérica de habérselo podido permitir, pero como un abogado de prestigio debía mostrarse siempre imperturbable, le contestó aparentemente tranquila:
—Diles que pasen.
—¿Tiene listo el contrato? —insistió la metomentodo de Rosalía—.
¿Quiere que les entretenga mientras lo ultima?
¿Qué contrato iba a ultimar si no lo encontraba por ninguna parte?, se preguntó a sí misma Lucía, que seguía abriendo furiosamente y cerrando carpetas. En lugar de expresar lo que sentía, le contestó muy digna a la secretaria:
—No tengo nada que ultimar. Diles que pasen.
Un instante más tarde, Rosalía llamaba con los nudillos en la puerta y casi al mismo tiempo les cedió el paso a los dos visitantes. Casilda, de mediana estatura y gordita, llevaba un traje azul marino de manga corta, que sin duda era nuevo, y Max vestía el mismo traje color arena del día anterior, algo más arrugado que la víspera, y la misma corbata de rayas azules y blancas. Lucía se había puesto en pie para recibirles y cuando tomaron asiento frente a la mesa, hizo lo mismo en su butacón al otro lado de la misma sonriéndoles tranquilizadoramente.
—Me alegro mucho de verles y de que hayamos conseguido ponerles de acuerdo —les dijo a modo de introducción—. ¿Han acordado ya el precio de la compra de la mitad de la vivienda y la cantidad que don Maximiliano va a entregar como anticipo?
Max le dirigió una mirada torva al oírse llamar por su nombre completo, pero luego demostró cierta sorpresa, pues esas cantidades ya habían
quedado fijadas el día anterior, como Lucía recordaba perfectamente, pero necesitaba ganar tiempo para recuperar en el ordenador otro contrato de arras de los muchos que tenía archivados. Al fin dio con uno que podía servirle y levantó la mirada para sonreírles nuevamente.
—Bien, empezaremos por sus datos personales. Ya saben, sus nombres y apellidos completos, el domicilio, el documento nacional de identidad…
Fue sustituyendo en el documento que acababa de recuperar los que figuraban en el mismo con los que le iban dictando las dos personas que tenía enfrente y en pocos minutos pudo imprimir el contrato y ponérselo a la firma. Tal y como habían acordado el día anterior, Max entregó a su prima un talón conformado con la cantidad que le entregaba como garantía, que esta recibió con cara de avara para luego guardarlo en su bolso.
Después envolvió a Lucía en una mirada de admiración.
—Es usted estupenda. Ha conseguido en un santiamén convencer a este tarambana de primo que tengo de que yo tenía razón, porque necesito el dinero, ¿sabe?
Se explayó luego en una interminable explicación sobre el motivo por el que andaban tan mal sus finanzas, mientras Lucía se rebullía inquieta en su butaca imaginando la regañina de Rosalía por hacer esperar tanto a la directora del colegio y el malhumor de esta por haberse retrasado en recibirla. Al fin Max consiguió cortar su incesante verborrea y logró que su prima se pusiese en pie.
—Casilda, estás entreteniendo mucho a doña Lucía y tienes además muchas cosas que hacer. Te agradeceré que me dejes un momento a solas con ella, porque tenemos que tratar de otro asunto.
Era evidente que a Casilda le tenía sin cuidado ese otro asunto y que no tenía el menor deseo de marcharse, pero Max la empujó hacia la puerta y logró hacerla salir a la antesala, donde Rosalía se ocuparía con toda seguridad de acompañarla hasta la escalera. Después volvió a sentarse frente a ella muy sonriente.
—Bueno, ya se ha marchado. ¿Podemos tratar ahora el tema de mi nombrecito?
Lucía volvió a imaginar la tormentosa expresión de Rosalía y la no menos tormentosa de la directora del colegio, por lo que meneó
negativamente la cabeza, agitando al mismo tiempo su larga y brillante melena.
—No, hoy me es imposible, porque tengo ya a otra visita esperando.
Él se inclinó sobre la mesa hacia Lucía aparentemente inquieto.
—¿No puede ser hoy?, ¿cuándo entonces?, ¿mañana?
El sol pálido que a esas horas penetraba por el amplio ventanal que Lucía tenía a su espalda iluminaba el despacho y uno de sus rayos arrancaba reflejos dorados del cabello de él. Lucía se dio cuenta en ese momento que el hombre que tenía sentado enfrente era realmente atractivo, con el curioso colorido de su pelo y la piel bronceada de su rostro en la que destacaban sus ojos color miel.
Un atractivo totalmente distinto del de Fran, que era más intelectual que físico, se dijo. Este último le llevaba a ella dieciséis años y no era precisamente guapo. Su rostro era excesivamente anguloso y su cuerpo, de mediana estatura, reflejaba su nula afición al deporte. Lo que la había deslumbrado de él era la seguridad con la que se expresaba con sus innegables conocimientos jurídicos, en el escenario en el que le había conocido. Le pareció entonces que dominaba por completo ese escenario como si fuese el único actor en aquella representación, como si le iluminase solo a él el imaginario foco que ella creyó ver, dejando en sombra el resto de la escena. ¿Qué estaría haciendo en ese momento?, se preguntó abstraída. ¿Buscando quizás la manera de reconciliarse con ella? Recordó de pronto su pijama sobre la almohada de su cama y no pudo disimular su brusco sobresalto.
—¿Le ocurre algo? —se extrañó Max, que la miraba fijamente, con algo de sorpresa en sus claros ojos ambarinos.
—No, bueno, sí. Mañana no sé si podré. Quizás pasado mañana a última hora de la tarde. ¿Le viene bien?
Algo más tranquilizado, Max se apresuró a asentir con la cabeza.
—Claro que me viene bien. Estoy deseando que nos metamos con ese asunto.
Lucía se puso en pie para que comprendiera que debía despedirse, lo que él captó en el acto.
—Bien, ya me marcho. ¿Vengo pasado mañana a eso de las siete de la tarde?
No tenía ni idea Lucía de las visitas que Rosalía tendría citadas, pero hizo un gesto de asentimiento.
—De acuerdo, pasado mañana a las siete.
Cuando Max se fue, recibió Lucía a la directora del colegio, que la entretuvo bastante, y después a dos clientes más. Cuando se marchó el último, oyó como alguien llamaba con los nudillos a la puerta y poco después entraba un joven en el despacho, que se acercó a la mesa quedándose en pie al otro lado de la misma.
—Me ha dicho Rosalía que quería usted verme, porque necesita un guardaespaldas. Me llamo Lorenzo.
No llegó a decirle su apellido y cansadamente levantó Lucía la vista hacia él. El recién llegado era un hombre de edad cercana a los cuarenta y de mediana estatura, que estaba muy bien formado y al que se le notaba que practicaba mucho deporte. Tenía el cabello rizado y una sorprendente semejanza con las estatuas griegas o romanas de la antigüedad, como si, por equivocación, una de ellas se hubiese reencarnado en el hombre que tenía delante. A Lucía le recordó su rostro al del David de Miguel Ángel o quizás al de un emperador romano del que en ese momento no recordaba el nombre. Sus ojos, que eran muy grandes y tiernos, contrastaban con su aire algo rudo. Vestía esa mañana un pantalón blanco y una camisa verde de manga corta que desmentían su anacrónica apariencia clásica y le situaban en la época actual. También le diferenciaba de esas estatuas, frías y estáticas, la forma, un tanto excesiva, en la que accionaba con las manos.
—Sí, quería hablar con usted —repuso, buscando las palabras oportunas
—. Al parecer, ha llamado por teléfono a Rosalía un tipo que le ha dicho con bastantes malos modos que yo le recibiré cuando a él le dé la gana y la ha asustado bastante. Quería pedirle que se ocupe de él si aparece de repente y nos da un susto, ¿comprende?
Impasible, se la quedó mirando él como si estuviese calibrando la importancia de lo que acababa de referirle.
—¿Y tiene idea de quién puede ser él?
—Pues… —Dudó Lucía en referirle la historia de Antonio Briones y la amenaza de que ella había sido objeto, pero terminó por contársela omitiendo el asunto de las fotografías que les había enviado a los dos y que, como corolario, Fran había roto con ella.
—Así que quiere vengarse de usted por haberle enviado a la cárcel cuando actuó como acusador privado en aquel juicio —resumió él, demostrando que era un chico listo pues el relato de Lucía había sido bastante incoherente.
—Eso es.
—¿Y sabe qué aspecto tiene ahora?
Lucía meneó negativamente la cabeza.
—No. He visto su foto en el periódico el día en que salió de la cárcel.
Es un hombre bajito y rechoncho con cara de estúpido. Le pediré a Rosalía que busque el periódico para que se la enseñe, porque los suele guardar.
—Ya me ocuparé yo, no se preocupe —repuso amablemente él—. Y si hay algo más que pueda hacer por usted, no dude en pedírmelo.
Titubeó nuevamente Lucía. No le apetecía lo más mínimo llevar un guardaespaldas pegado a los talones, pero quizás contratar para ese cometido al hombre que tenía delante fuera lo más inteligente en la situación en la que se encontraba.
—Bueno… no sé —empezó con precaución—. Creo que sería conveniente que pudiera contar con usted durante algún tiempo para que me sirva de escolta.
—Sería lo más pertinente —corroboró Lorenzo dejándose caer en el sillón de los clientes, aunque Lucía no le había invitado a sentarse—. Ese hombre puede aparecer en cualquier momento y darle a usted un buen susto y yo tengo experiencia con toda clase de delincuentes. Incluso he trabajado también en una agencia de detectives, por lo que me considero capacitado para ocuparme de resolverle el problema.
—Pero es que… —empezó Lucía que, pese a que sabía que le necesitaba, no deseaba en absoluto perder su intimidad.
Lorenzo se echó a reír mostrando unos dientes muy blancos.
—No se preocupe, que no la molestaré. Me convertiré en su sombra, pero usted no se dará cuenta. Ya le he dicho que tengo experiencia en esta
clase de asuntos.
Ella lo sopesó durante unos instantes con el ceño fruncido.
—¿Y cuánto me cobraría usted por servirme de escolta?
Lorenzo citó una cantidad muy inferior a la que ella esperaba, por lo que esta escudriñó el semblante de su interlocutor, intentando imaginar qué clase de vida llevaría él para conformarse con unos ingresos tan exiguos.
¿Viviría solo?
Lorenzo debió de adivinar lo que pasaba por su mente, porque sin que ella se lo preguntara se lo aclaró.
—Mi padre falleció hace muchos años, pero tengo una madre con la que convivo. Tenía también una hermana, pero también murió.
Su semblante se había oscurecido y Lucía se inclinó comprensivamente hacia él sobre la mesa.
—Lo siento. ¿Murió de niña?
Él meneó negativamente la cabeza con la vista fija en la punta de sus dedos.
—No, ya era mayor. Sufría depresiones muy profundas y se suicidó con un frasco de somníferos. Yo la encontré.
Lucía se mordió los labios sin acertar con las palabras oportunas, pero él cambió bruscamente de conversación retomando el tema que habían tratado antes.
—Bien, ¿entonces está de acuerdo en que la escolte a partir de mañana?
No se preocupe por ese tipo que la ha amenazado, porque ya me ocuparé yo de impedir que la moleste.
Lo decía jactanciosamente, pero su afirmación la alegró desproporcionadamente. Le inspiraba confianza la seguridad con la que se expresaba y por fin podría contar con alguien que la defendiera cuando se presentara Antonio Briones. Incluso podría encargarle que averiguara el motivo por el que Fran había aparecido en el garaje poco después de que el otro le pinchara las ruedas y también a qué obedecía que le hubiera dejado sobre la cama su pijama. ¿O no habría sido Fran?
Lorenzo mantenía la mirada fija en el ordenador que tenía ella sobre la mesa del despacho y se lo indicó con un gesto.
—También sé bastante de informática, así que si tiene algún problema con su ordenador no dude en decírmelo. Se lo solucionaré encantado.
Lucía creyó ver el cielo abierto.
—Yo, por el contrario, soy un poco torpe con las máquinas en cuanto no responden como acostumbran. Verá. Ayer redacté un contrato de arras en el ordenador y al archivarlo le llamé “Max”. No he conseguido encontrarlo esta mañana, por lo que, si no le importa, me gustaría que me lo buscara.
Él se la quedó mirando fijamente con una chispita de guasa en sus ojos castaños.
—Bien, pero necesito que me deje sentarme en su butaca. Desde este lado de la mesa no llego a su ordenador.
Le pareció a Lucía que la trataba con demasiada confianza, pero sin decir palabra se levantó y le cedió el sitio, permaneciendo en pie a su lado.
Lorenzo manipuló con soltura las distintas aplicaciones informáticas de ella y terminó por menear displicentemente la cabeza.
—Hay un contrato que ha archivado con el nombre de “Max”, pero tiene fecha de hoy. ¿Es ese el que busca?
Ella hizo un ademán negativo, agitando cadenciosamente su larga melena.
—No, no. Ese es el que han firmado mis clientes hace unas horas, pero ayer escribí otro en el ordenador que es el que no he encontrado esta mañana.
Lorenzo adoptó una expresión escéptica.
—Lo siento, pero no contiene su ordenador ningún contrato que escribiera ayer. Olvidaría archivarlo.
Se levantó al decirlo de la butaca de ella y bordeó la mesa, tomando asiento nuevamente en uno de los sillones de los clientes, por lo que Lucía recuperó su butaca empezando a sentir un vago malhumor.
—No puede ser. Lo dejé preparado para imprimirlo esta mañana. Estoy segura.
Lorenzo se encogió de hombros.
—Todos olvidamos las cosas que hacemos mecánicamente. No tiene importancia.
Se había acodado en la mesa como poco antes había hecho Max y no parecía tener intención de marcharse, pero Lucía estaba cansada y como deseaba marcharse a comer a casa, hizo intención de levantarse de la butaca.
—Muy bien, mañana empezaremos. Y ahora necesito seguir trabajando, así que…
—Vale, vale, —la interrumpió Lorenzo con toda frescura, poniéndose en pie—. No hace falta que me despida, porque ya me marcho. Apunte el número de mi móvil por si necesita avisarme en cualquier momento.
En silencio obedeció Lucía y cuando al fin desapareció él en la antesala se preguntó que a quien le recordaba. Era a alguien que, como Lorenzo, la trataba con demasiadas confianzas. ¿Sería a Fran? No, Lorenzo se tomaba la vida a chirigota y Fran era un hombre serio, quizás demasiado serio. Y
tampoco se asemejaban físicamente. Fran era más bajo, muy enjuto y, a diferencia del chico que acababa de marcharse, estaba pálido, con el color que suele caracterizar a los hombres de ciencia que viven entre libros y rara vez se sientan al sol por el solo placer de notar su calor. No, debía ser a otra persona, pero no tenía tiempo de elucubrar sobre el parecido de Lorenzo con otra persona en ese momento. Aún no había abierto el correo esa mañana y debería hacerlo antes de marcharse a casa.
Mecánicamente pulsó el ratón y fijó la mirada en la pantalla del monitor. Un segundo después dio un respingo en la butaca y abrió desmesuradamente sus claros ojos azules. Al fin. Al fin tenía un mensaje de Fran. Se lo había enviado esa misma mañana desde un ordenador que no era el portátil que utilizaba cuando vivían juntos y desde una dirección que no era la que ella conocía. Seguramente había recapacitado y llegado a la conclusión de que su comportamiento era absurdo. Que no tenía ningún sentido presentarse en el garaje de su casa sin intentar hablar con ella subiendo al piso y mucho menos dejarle luego su pijama sobre la cama sin ninguna explicación. Con una mano temblona abrió el mensaje:
“Tenemos que hablar. Te espero mañana en «Los almendros»
a eso de las siete de la tarde”.
Lo leyó y lo releyó sin acabar de entenderlo. Sí entendía que quisiera hablar con ella para aclarar lo sucedido y hacer las paces, ¿pero por qué en la casa de la sierra que distaba treinta kilómetros de Madrid y se ubicaba en un paraje montañoso y solitario? Además, a las siete de la tarde ella no solía haber terminado su trabajo en el despacho, cosa que Fran sabía, pues muy a menudo regresaba a casa a la hora de la cena después de haber recibido a un cliente tras otro. ¿Lo habría olvidado él?
Aturdida volvió a leer el mensaje. Estaba claro que Fran quería aclarar el significado de las fotografías que había recibido y que su secretaria le había entregado, pero era absurdo que pretendiera que se encontraran los dos tan lejos de Madrid.
“Los almendros” era una casa rústica con una hectárea de terreno en torno. Enclavada en la sierra, la había heredado él años atrás y pasaban a menudo los dos en esa casa los fines de semana. Era muy antigua y estaba necesitada de reparaciones, pero a Fran le gustaba sentarse a leer junto a la chimenea encendida, mientras Lucía salía a pasear por los alrededores, tanto si hacía sol como si llovía, pues no soportaba permanecer inmóvil durante las larguísimas horas en las que él se abismaba en la lectura de alguno de los volúmenes que se alineaban en la librería, adosada a la pared junto a la chimenea de la sala de estar.
Inquieta releyó el mensaje. ¿Por qué la citaría Fran en ese lugar entre semana? ¿Porque en esa casa habían vivido muchas horas inolvidables? En cualquier caso tendrían que regresar a Madrid por la noche, porque ella tenía que presentarse al día siguiente a primera hora a trabajar en el despacho y él en la Audiencia Provincial. ¿No sería preferible que quedasen a cenar por la noche en cualquier otro sitio?
Decidida tomó su móvil y marcó el número de Fran, pero él cortó la comunicación al segundo timbrazo. Sorprendida miró el aparato. ¿Por qué le colgaba el teléfono? Ahora que su relación parecía estar en trance de solucionarse, no entendía el comportamiento de él. Le mandaría un mensaje entonces, ya que era el medio de comunicación que había elegido.
Dudó antes de empezar a escribir su proposición de elegir un lugar de cita distinto. ¿Y si quería quedar con ella en la casa de la sierra por alguna razón romántica y echaba a perder lo que Fran había proyectado?
Vaciló durante unos segundos y al fin se decidió a escribir:
“De acuerdo, allí estaré”.
Lo reenvió a la dirección desde la que Fran le había mandado el mensaje y cerró el ordenador. Luego, tras apagar la pantalla, consiguió levantarse de la butaca y recoger su bolso con la sensación de haberse quedado agotada por el esfuerzo.
Regresó a su casa en el coche ya reparado y subió en el ascensor diciéndose que debería buscar a alguien para que en adelante, además de limpiarle la casa, le hiciera la comida, porque se encontraba demasiado cansada con el trabajo del despacho para ocuparse de hacerlo. Fran se había negado cuando se lo sugirió alegando que era un gasto absurdo, pero a ella no le parecía absurdo. Las faenas domésticas ocupaban muchas horas. Él se sentía por encima de esas minucias y Lucía no disponía de ese tiempo.
Además podía pagarlo sin ningún problema. Convencería a Fran cuando este regresara a casa al día siguiente.
El ascensor la dejó en la segunda planta y penetró rápidamente en el vestíbulo, oscuro y fresco, iluminado tan solo con la claridad que se filtraba a través de la puerta de cristales del salón. Se encaminó rápidamente hacia su cuarto por el pasillo, soleado a esas horas del medio día, y entró en su cuarto para quitarse los zapatos que llevaba y calzarse las zapatillas. En el umbral se detuvo con los ojos fijos en la cama. Esa mañana, antes de salir para el despacho, había guardado en el armario el pijama de Fran doblándolo cuidadosamente. Ahora estaba extendido sobre la almohada lo mismo que el día anterior, como un aviso de que él iba a regresar en cualquier momento.
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