Y después de la tormenta

Ursula Llanos · Capítulo 17 de 19

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Y después de la tormenta

Capítulo 17

CAPÍTULO XVII

Le costó abrir los ojos. Sentía la cabeza pesada como si una espesa nube de algodón hubiera invadido su mente y notaba un regusto amargo en la boca.

Intentó incorporarse sobre un codo, pero desistió al sentir un intenso dolor en todo el cuerpo. ¿Dónde estaba y qué le había sucedido?

Tumbada en el suelo boca arriba hizo un esfuerzo por traer a su memoria los últimos acontecimientos de los que tenía conciencia. Como en sueños creyó verse a sí misma caminando por el oscuro pasillo, intermitentemente iluminado por la luz de los relámpagos y aquellos golpes que parecían provenir de la cocina. Recordaba haber entrado en esta última habitación, pero luego…

Tenía los párpados tan pesados que le supuso un esfuerzo ímprobo abrir los ojos para mirar a su alrededor. ¿Dónde se encontraba? Solo llegó a distinguir la oscuridad más absoluta, pero con la mano palpó cerca de ella un escalón. Estaba al pie de una escalera.

Antes de aventurarse a intentar de nuevo incorporarse, pasó revista a su cuerpo. Las piernas las podía mover y también los brazos. De su frente brotaba un hilillo espeso y caliente, que supuso que sería sangre, y notó que le costaba respirar. Quizás se hubiera roto una costilla, pero tenía que procurar levantarse, averiguar qué le había sucedido y a donde conducía la escalera.

A duras penas consiguió ponerse a gatas y tanteó el suelo a su alrededor pretendiendo orientarse. Ahora que sus ojos empezaban a acostumbrarse a la oscuridad distinguió unos bultos informes a su lado, a los que identificó como unas butacas destripadas después de palparlas con las manos. A lo lejos y muy amortiguado oyó el estruendo de un trueno y su fragor actuó como detonante para traer a su memoria los últimos incidentes. Estaba en

“El robledal” donde se habían guarecido Max y ella para protegerse de la tormenta que se desataba fuera y debía hallarse en el sótano de la casa, donde quizás la hubiera arrojado la misma persona que en la cocina la había agarrado por detrás aplicando a su nariz un pañuelo impregnado en algo que le había hecho perder el sentido. Quizás se tratase de cloroformo o de éter, aunque no estaba muy segura de si todavía se utilizaban esos anestésicos.

Debía de haberse caído rodando por la escalera y por eso le dolía todo el cuerpo, pero tenía que levantarse para escapar de allí. Nadie la oiría si gritaba. Ni siquiera Nicasio cuando llegara a la casa, porque Max le diría que ella se había marchado ya y que la llamada que había efectuado con su móvil obedecía a una falsa alarma. Si, como sospechaba, la habían recluido en el sótano, no podría salir de su encierro y nadie acudiría en su auxilio, a no ser que… a no ser que localizase su móvil. ¿Pero dónde podría estar su bolso? Encontrarlo a tientas en la oscuridad entre los trastos amontonados allá abajo era una tarea prácticamente imposible.

De pronto lo recordó. Tenía una linterna. Una linterna minúscula, como colgante del llavero que había comprado en la tienda de muebles y debía llevarlo todavía encima.

Dificultosamente se puso de rodillas y se llevó la mano al bolsillo. Allí estaba. Estuvo a punto de dejar escapar un grito de alegría, pero no llegó a hacerlo. En su lugar la encendió para dirigir el raquítico haz de luz en derredor. Como había supuesto, estaba en el sótano de “El robledal” y como también había dado por hecho, de su frente salía un hilillo de sangre del que ya se ocuparía en su momento. Lo urgente era subir la empinada escalera y huir del antro en el que había ido a caer.

Aferrándose a la barandilla logró enderezarse e iba ya a intentar poner el pie en el primer peldaño, cuando creyó oír un quejido a su espalda. Se giró de medio lado con una mano en el costado para amortiguar el lacerante dolor que experimentaba en las costillas, dirigiendo el mustio rayito de luz hacia el lugar de donde este provenía y distinguió un bulto caído en el suelo. Era un bulto humano, al que se le aproximó cojeando, procurando no tropezar con los obstáculos que se interponían en su camino. Al acercarse más se dio cuenta de que se trataba de un hombre y al proyectarle la luz de la linterna en la cara dio un grito de sorpresa. Era Fran.

Sorteando los últimos trastos, consiguió llegar hasta él y se arrodilló trabajosamente a su lado. Respiraba con dificultad y tenía los ojos cerrados, pero los abrió cuando Lucía le zarandeó por los hombros.

—¡Fran, despierta!, ¡Fran!

Había clavado una mirada turbia en ella, pero la reconoció.

—Lucía, ¿qué… qué haces aquí? —musitó con voz débil.

—Me han arrojado por las escaleras —le aclaró Lucía observándole preocupadísima—. ¿Qué te han hecho a ti? ¿Por qué estás en esta casa?

Con mil apuros se sentó ella a su lado y le levantó la cabeza sosteniéndosela con un brazo mientras que con la otra mano mantenía la linterna para iluminar su semblante, pálido y desencajado.

—No lo sé —repuso al fin él, tras un silencio que a Lucía se le hizo interminable—. Estaba en “Los almendros”. Había ido a pasar el fin de semana y… y abrí la puerta de la casa cuando llamaron al timbre… Me he despertado aquí, pero no sé por qué ni dónde estoy.

Dejó caer la cabeza de lado como si le pesara demasiado para mantenerla erguida. Sin las gafas de concha que usaba habitualmente y que sin duda había perdido al caer por la escalera, su semblante parecía otro, pero Lucía no reparó en ese detalle y le zarandeó nuevamente.

—Despierta, Fran, no puedes dormirte ahora ni perder el conocimiento ni… nada de lo que seguramente te está apeteciendo hacer. Tienes que levantarte, ¿me oyes?, porque tenemos que salir de este sótano.

—¿Estamos en un sótano? —le oyó susurrar a él.

—Sí, en “El robledal”.

—¿Y qué hacemos aquí?

En cualquier otro momento a Lucía le hubiera hecho reír la pregunta, pero en la difícil situación en la que se hallaba la angustió más aún.

—Me temo que la intención de la persona que nos ha arrojado a los dos aquí, escaleras abajo, no incluye ningún homenaje. ¿Puedes mover las piernas?

Vio que él las levantaba un palmo del suelo y dejó escapar un suspiro de alivio.

—No te las has roto, así que tienes que levantarte.

El anguloso semblante de Fran se contrajo con un rictus de dolor.

—Es que me duele todo.

—También me duele a mí, pero te repito que nadie va a venir a buscarnos, porque todo el mundo ignora que estamos en este antro, de modo que tendremos que arreglárnoslas por nuestros propios medios.

Se incorporó él sobre un codo y dejó escapar un quejido.

—No creo que pueda levantarme.

—Si puedo yo que también estoy hecha polvo, también podrás tú —

protestó Lucía pasando un brazo por sus hombros para ayudarle a incorporarse.

—Es que tú eres mucho más joven —objetó Fran resistiéndose.

Por primera vez desde que le conocía parecía haber reconocido él que la juventud tenía alguna ventaja sobre la madurez, en lugar de ser un lastre que los que les superaban en años tenían que soportar. A Lucía le habría halagado en otras circunstancias, pero en la que se encontraba únicamente la impacientó.

—Sí, que soy más joven ya lo sé. Me lo has repetido más de cien veces todos los días durante nueve años.

Clavó Fran su mirada en el semblante de Lucía como si se hubiera percatado de repente de la identidad de ella y de las circunstancias por las que habían atravesado los dos en los últimos tiempos desde que se habían separado. A ella le chocó advertir que había envejecido mucho desde la última vez que le había visto, la mañana del aniversario del comienzo de su relación. Le pareció lejana esa mañana. Sin imaginar ni por lo más remoto lo que se avecinaba, se había despedido de él como cualquier otro día y había permanecido unos minutos más en la cama cuando él se marchó a trabajar, mientras se desataba en la calle una tormenta similar a la que se oía tronar a lo lejos.

—Te he echado de menos —susurró él al fin.

Lucía le escuchó incrédulamente. ¿Por qué no le emocionaban ya su voz ni sus palabras?

—He estado muchas veces tentado de llamarte, —siguió Fran— pero no me atrevía, porque suponía que no querrías escuchar lo que tenía que decirte.

—¿Y qué tenías que decirme?

—Que siento lo que pasó y que me gustaría recomenzar, si aún es posible.

Evocó Lucía la tarde tormentosa en la que había acudido a “Los almendros” creyendo que él la había citado allí y se vio a sí misma corriendo por el oscuro pasillo de la planta superior en dirección a la escalera, temiendo que él abriera la puerta del dormitorio que adivinaba al fondo y que la descubriera. Luego rememoró su enloquecido descenso por la escalera saltando los peldaños de dos en dos para que Fran no llegara a averiguar que había acudido a “Los almendros” en su busca ni se percatara de la humillación que sentía al haberle encontrado en esa casa con la otra.

—¿Y Belén? —le preguntó lacónicamente, sin que su expresión se alterase lo más mínimo.

Tardó Fran en contestar. Lucía se preguntó si admitiría que había mantenido una relación con ella o si, por el contrario, se apresuraría a negarlo.

—Aquello se acabó —musitó al fin—. No significó nada.

Para él quizás no, se dijo, sin experimentar otra cosa que una frialdad absoluta, como si estuviera analizando los sentimientos de otra persona.

Para él quizás había sido un pasatiempo que no le había dejado huellas, pero ese incidente había tambaleado el pequeño mundo de ella y en esa hecatombe Fran se había caído del pedestal en el que le había subido.

—¿Se lo dijiste o te limitaste a marcharte de su lado? —le preguntó en voz baja.

A la luz de la linterna le vio bajar los ojos como si no se atreviese a mantener su mirada.

—¿Por qué lo preguntas?

—Para saber si es tu forma acostumbrada de proceder.

Él hizo un ademán como si quisiera quitarle importancia al asunto y a consecuencia del movimiento que tuvo que hacer su semblante se contrajo con una mueca de dolor.

—Bueno, hay veces en que son más oportunos los gestos que las palabras, ¿no crees?

—¿Y es más oportuno también colgarle el teléfono a la otra persona cuando te llama? ¿Y desaparecer sin ninguna explicación y sin permitir que

la otra se explique? ¿Es eso lo mejor? A mí me parece una actitud bastante cobarde. Si la motivó las fotografías que recibiste, debiste darme la oportunidad de que te lo aclarase. Y ahora que recuerdo, lo hice por medio de un correo. ¿Lo recibiste?

—Sí, si lo recibí, pero ya sabía que esas fotografías estaban manipuladas.

—Entonces, ¿por qué?

Fran dejó caer la cabeza hacia el lado contrario al que se encontraba Lucía sosteniéndosela, para apartar su rostro de la luz de la linterna.

—No lo sé, seguramente porque necesitaba experiencias nuevas, pero te he dicho que lo siento y que no volverá a ocurrir. Y por cierto, ¿sabes dónde han ido a parar mis gafas? Al caerme por las escaleras las he debido perder.

—¿Tus gafas? No creo que pueda encontrarlas en esta oscuridad.

En ese instante Lucía oyó distintamente el sonido de pisadas sobre su cabeza. ¿Sería Nicasio que había acudido al fin atendiendo a su llamada?

Estaba a punto de llamarle a gritos, cuando en lo alto de la escalera se abrió la puerta por la que se accedía a la cocina y una figura con una linterna proyectó su luz sobre los dos que se encontraban en el sótano, Fran acostado en el suelo y Lucía arrodillada a su lado sosteniéndole la cabeza.

La luz de la linterna dejaba en sombras el semblante de él, pero Lucía reconoció su voz.

—¡Hola!, ¿cómo os encontráis ahí abajo?

—¡Lorenzo! —le gritó ella sintiendo un alivio inmenso—. Gracias a Dios que ha venido. Le he llamado al móvil pero no me ha contestado.

¿Cómo me ha encontrado?

Él tardó en contestar e inmóvil, le respondió desde la puerta de la cocina, sin hacer intención de bajar la escalera.

—Bueno, ya estáis los dos ahí juntitos. Me ha costado mucho conseguir que llegara este momento.

Estupefacta, Lucía se quedó paralizada, de rodillas junto a Fran. Este, por el contrario, consiguió incorporarse un tanto para fijar su mirada en la sombra oscura que portaba la linterna y a la que se dirigió.

—Tiene que ayudarme a levantarme del suelo y a subir la escalera, porque apenas si puedo moverme. No entiendo lo que está pasando ni cómo

he llegado hasta aquí, pero si es una broma no tiene ninguna gracia.

Aún en la misma posición y con la cabeza de Fran sobre su brazo, Lucía oyó a aquel hombre reírse. Una risa sardónica que le erizó el vello de los brazos.

—¿Broma?, no, no es una broma, es la ejecución de la sentencia que os merecéis y yo soy quien la va a llevar a cabo.

De la sorpresa, Fran consiguió sentarse en el suelo y Lucía recuperó también el movimiento poniéndose trabajosamente en pie.

—¿Qué quiere decir? —le preguntó él levantando la cabeza hacia el lugar donde el otro se encontraba—. ¿De qué sentencia habla y de qué pretende juzgarnos? Debería saber que, si ha sido usted el que nos ha traído aquí, ese hecho podría calificarse de secuestro y podrían caerle unos cuantos años de cárcel.

Indolentemente apoyado en el quicio de la puerta de la cocina, el otro volvió a reír.

—No me diga. Es usted una enciclopedia jurídica viviente, pero se ha equivocado al calificar mis intenciones. No voy a conformarme con secuestrarles. Les voy a mandar al otro barrio a los dos, que es lo que se merecen, y este será un crimen que quedará impune, porque no voy a dejar rastro.

Inclinándose sobre sí misma para aminorar el dolor que sentía en el costado, Lucía se aproximó cojeando a la escalera, asiéndose a la barandilla. Luego levantó la cabeza hacia las alturas escudriñando las facciones de Lorenzo, que adivinaba, más que veía.

—¿Por qué?, tendrá que explicarnos el motivo.

Él proyectó el haz de luz de la linterna sobre su rostro.

—Tan inteligente como eres, Lucía —masculló, tuteándola por primera vez— y no has sido capaz en estos últimos días de entender nada, pese a que te fui dejando pistas que no fuiste capaz de descifrar. Recuerdas el juicio de Antonio Briones, ¿verdad?

Lucía reprimió su sobresalto.

—Sí, pero…

—Los dos intervinisteis en ese juicio. Él como fiscal y tú como acusador privado y los dos os lucisteis poniendo en ridículo a la pobre chica

que tuvo que encargarse de la defensa de ese hombre.

—Sí, pero… —repitió ella.

El tipo de la linterna la interrumpió.

—¿Recuerdas a aquella chica? Se llamaba Mónica y fue su primer juicio. Había conseguido estudiar la carrera de Derecho con muchísimo esfuerzo, porque no disponía de medios económicos y tuvo que cursarla por correspondencia. Puso todo su esfuerzo y toda su ilusión en ese primer juicio que le fue turnado de oficio por el Colegio de Abogados. Pero vosotros dos la machacasteis sin piedad. Os burlasteis de todos los argumentos que intentó aducir y de las equivocaciones procesales que cometió y después se rieron de ella también los medios de comunicación.

Como consecuencia la despidieron del despacho de abogados en el que había entrado poco antes a trabajar como pasante y entonces… entonces no fue capaz de resistirlo y se quitó la vida.

Apoyada en la barandilla, Lucía le había escuchado sin interrumpirle con la boca abierta, pero se apresuró a oponerse a sus palabras.

—Nosotros no hicimos nada más que cumplir con nuestro trabajo.

También yo me estrené en el foro con ese juicio y también puse en él todo mi empeño, pero si el tribunal no hubiese considerado que había acreditado mis acusaciones y hubiera absuelto a Antonio Briones, no me hubiera suicidado, aunque me hubiera sentido fracasada y aunque se hubiera reído de mí el mundo entero. Si esa chica carecía de estabilidad emocional no debió meterse a ejercer esta profesión, que en ocasiones es muy dura.

A su espalda, oyó la voz de Fran, vibrante y sonora como en la Audiencia cuando pronunciaba un alegato.

—Y en cualquier caso, ¿todo lo que nos ha referido qué tiene que ver con usted?

Tardó el portador de la linterna unos segundos en responder.

—Mónica era mi hermana —dijo al fin.

—¿Su hermana?

—Sí, mi hermana pequeña, y durante los diez años que han transcurrido desde su muerte he estado planeando la forma de hacerles pagar por lo que le hicieron.

Le pareció a Lucía que regresaba con la mente a la mañana en la que al llegar a su despacho y poner en funcionamiento el ordenador encontró el correo que entendió que le había sido remitido por Antonio Briones. Se lo había enviado Lorenzo. ¿Cómo podía haber sido tan tonta? Pero aún tenía que averiguar…

—¿Y Rosalía? —le preguntó intentando nuevamente distinguir el rostro de aquel hombre tras el resplandor de la linterna.

—Sí, Rosalía es mi madre.

—Y entró a trabajar en mi despacho para ayudarle a perpetrar su venganza, ¿no es así?

Lorenzo dejó escapar una risita.

—Sí, cuando la despidió fue para los dos un rudo golpe, pero afortunadamente contrató usted para sustituirla a una chiquilla bastante boba que ha colaborado también conmigo sin darse cuenta.

—Está usted loco, Lorenzo. Le cogerán y pasará el resto de su vida en la cárcel.

Él volvió a reír.

—No me cogerán, se lo aseguro.

—¿Y qué va a hacer? —inquirió Fran con voz firme y en el mismo tono que si se estuviera dirigiendo a un reo sentado en el banquillo de la Audiencia.

—Prenderle fuego a este edificio con ustedes dentro. Nadie me relaciona a mí con esta casa ni sabe que estoy aquí. Cuando acudan los bomberos y les encuentren, serán dos cadáveres carbonizados a los que les resultará imposible identificar.

Le costó a Lucía entenderle y más aún asimilar que había sido Lorenzo el autor de todas las tretas que había tenido que soportar. Y para colmo le había contratado ella como guardaespaldas. Era como para morirse de risa, pensó. A continuación recordó a Max y su inquietud se entremezcló con la alegría de saber que él no había tenido nada que ver con el plan que había urdido Lorenzo. Incongruentemente, porque se encontraba en esos momentos al borde de la muerte, pensó que todavía podría proyectar su futuro junto a él. Pero había ido a buscar una botella de vino, ¿dónde estaría ahora?

Debió formular la pregunta en voz alta, porque oyó a Lorenzo contestarla.

—Le he encerrado en la bodega y allí sigue. Por lo visto quería celebrar algo contigo —le dijo, señalando a Lucía con el mango de la linterna—. Le he seguido por el pasillo sin que se enterara. Al fondo de ese pasillo arranca una escalera y, cuando la ha bajado y ha entrado en el recinto abovedado al que se dirigía, le he cerrado la puerta con dos vueltas de llave. Hace más de una hora que intenta derribarla.

Recordó ella los golpes incesantes que había oído y se recriminó por no haber acudido en su ayuda. Instantáneamente reaccionó como lo hubiera hecho en la sala de la Audiencia si hubiera asumido su defensa.

—Pero él no tiene nada que ver con el juicio de Antonio Briones ni con su hermana ni con este asunto, —alegó con voz clara—. Si no le abre esa puerta…

—… arderá con esta casa a la vez que vosotros dos, lo que no lamentaré en absoluto. Y ahora, voy a despedirme ya, porque me queda mucho por hacer.

Oyeron como cerraba de golpe la puerta de la cocina y nuevamente se quedaron a oscuras, por lo que Lucía echó mano a su bolsillo y encendió la linterna de su llavero, proyectando su miserable lucecita en derredor. Pronto localizó a Fran que permanecía sentado en el suelo en el mismo lugar en el que le había hallado al despertarse y se desasió de la barandilla de la escalera para retroceder cojeando a su encuentro y arrodillarse a su lado.

—Vamos Fran, tienes que levantarte.

—¿Para qué? —inquirió él sin moverse—. Ese tipo ha cerrado la puerta con llave, de modo que aunque consiguiera subir la escalera, no podríamos salir de este sótano. Y por cierto, ¿de qué le conoces?

Era muy típico de él preocuparse por esas minucias en un momento en que la vida de los dos corría un serio peligro, pero como tampoco tenía Lucía ninguna posibilidad de idear un plan de huida, optó por satisfacer su curiosidad.

—Le contraté como guardaespaldas cuando leí en el ordenador un correo en el que me amenazaban con arruinarme la vida. Creí que me lo remitía Antonio Briones que acababa de salir de la cárcel y le encargué a él

ese trabajo, porque me dijo que tenía experiencia como escolta y que además había trabajado también como detective privado.

—Pues qué ojo has demostrado, niña —se burló sarcásticamente él—.

Siempre has pecado de excesivamente ingenua. Imagino que no te molestaste en averiguar sus antecedentes ni le pediste referencias a nadie sobre ese hombre.

Se lo decía con su acostumbrado aire indulgente, con la superioridad con la que solía dirigírsele como si ella fuera tonta de remate y él pudiera darle lecciones sobre casi todo y por primera vez se rebeló contra su injusto paternalismo.

—Pues sí, —replicó poniéndose en cuclillas a su lado. Continuaba sentado en el suelo con el pálido semblante sin expresión—. Sí pedí informes sobre él a mi secretaria. Lo que no sabía entonces es que ella era su madre y que entre los dos buscaban la manera de vengarse de ti y de mí, como responsables del suicidio de aquella pobre chica que tuvo la mala suerte de asumir la defensa de Antonio Briones cuando nosotros dos le acusamos de secuestro y de la tentativa de violación de una menor. Estoy segura de que si tú te hubieras encontrado en mi caso, habrías caído en la cuenta al instante de que mi secretaria era la madre de aquella chica y de que Lorenzo era su hermano, pero ya ves, aunque saltaba a la vista, a mí ni se me ocurrió.

Fran parpadeó perplejo como si la reacción de Lucía y la ironía que destilaban sus palabras le resultaran absolutamente insólitas.

—Bueno, yo no he querido decir… Lo que trato de hacerte entender es que nos encontramos en una situación muy difícil como consecuencia de tu falta de previsión.

Indignada, le proyectó el haz de luz a los ojos.

—Ya. Así que la culpa es exclusivamente mía. Creía que tú habías sido el fiscal en aquel juicio y que acusaste al reo que estaba sentando en el banquillo lo mismo que yo. Entre los dos machacamos a aquella pobre chica que por su inexperiencia demostró no saber dónde tenía la mano derecha, porque era su primer juicio. También lo era el mío, pero yo tuve más suerte entonces.

—Pero de todas formas… —la interrumpió, aturdido por la inusual y explosiva réplica de ella.

—Pero de todas formas, busqué tu ayuda la mañana en que recibí ese mensaje en mi ordenador —continuó ella—. Te llamé por teléfono, te fui a buscar a tu despacho y finalmente te envié un correo explicándote que Antonio Briones había salido de la cárcel y me amenazaba con hundirme, pero me diste la callada por respuesta. Haciendo un esfuerzo sobrehumano podría entender que me dejaras por tu secretaria, siempre que hubieras tenido la valentía de decírmelo. Puedo entender que prefirieras a una rubia teñida de tu misma edad que a una chiquilla como yo a la que hay que estar dando lecciones sobre las cuestiones más elementales —continuó con sorna

—. Lo que no puedo entender es que me ignoraras cuando busqué tu ayuda, porque me habían amenazado y estaba asustada.

Carraspeó primero Fran, intentó levantarse del suelo después sin conseguirlo, aunque logró ponerse de rodillas y finalmente volvió a carraspear.

—No creo que sea el momento, Lucía, de que nos echemos en cara nuestros errores. Creo que deberíamos…

El humo espeso que empezó en ese momento a filtrarse bajo la puerta de la cocina y que ya descendía por la escalera convertido en una flotante nube grisácea la obligó a toser y a ponerse en pie con suma dificultad para acercarse cojeando a la barandilla de la escalera.

—Ese desgraciado ha cumplido su amenaza y ha incendiado la casa —

se angustió—. Tenemos que salir de aquí. ¿Qué podemos hacer?

A la incierta luz de su linternita, Lucía dirigió una desesperada mirada en torno. El sótano no tenía otra puerta ni una ventana por la que pudieran escapar y a su alrededor no distinguió otra cosa que trastos inservibles que antaño serían muebles provistos de su andrajosa tapicería y envueltos en sábanas no menos andrajosas. Estas últimas le dieron una idea y se abalanzó a arrancarlas de los muebles. Luego, doblada sobre sí misma, porque el dolor no le permitía enderezarse, se encaminó hacia la escalera todo lo apresuradamente de que fue capaz.

Ya en el primer peldaño advirtió que apenas si podía realizar el esfuerzo de subirlo. Con una mano en el costado para atenuarlo, logró ascender un

escalón y luego otro, arrastrando las sábanas consigo. La escalera, de madera oscura y astillada en algunos puntos, era mucho más empinada de lo que recordaba. Había bajado por ella la tarde en la que agredieron a Max y los escalones no le habían parecido entonces tan altos ni tan numerosos.

Rememoró esa tarde y el momento en el que ella entró en la cocina y halló los platos rotos en el suelo y los restos de sandía esparcidos sobre el pavimento. Sin duda había sido también Lorenzo quien golpeara a Max en la cabeza y le arrojara luego por las escaleras. Y ella le había contratado para que la protegiera del tipo que la había amenazado No cabía duda de que tenía razón Fran al considerarla una estúpida.

Desde abajo y aún de rodillas en el suelo, Fran levantó la cabeza hacia la lucecita que proyectaba la linterna de ella, a la que veía ascender en la oscuridad como un punto luminoso.

—¿Qué haces?, ¿a dónde vas?

Sin contestarle, Lucía seguía subiendo penosamente, peldaño a peldaño y cuando llegó a lo alto del rellano, un rectángulo de un metro cuadrado, con el sólido portón por el que se accedía a la cocina herméticamente cerrado, se arrodilló frente a este para intentar taponar con las sábanas el hueco de su parte inferior, por el que penetraba a raudales un humo picante que se le agarraba a la garganta. Tosiendo, lo logró a medias, mientras Fran abajo rezongaba con su tono regañón de siempre:

—¿Dónde estás, Lucía? Déjame de una vez esa maldita linterna, porque no consigo ver nada en este sótano, ¿es que no me entiendes?

Iba ella a ponerse en pie para bajar de nuevo al sótano y alejarse lo más posible de la humareda que invadía ya el rellano convirtiendo el aire en irrespirable, cuando oyó pasos que se acercaban al otro lado de la puerta.

Alguien acababa de entrar en la cocina y se aproximaba al lugar en el que se hallaba esta.

Tapándose la nariz y la boca con el borde de la blusa logró ponerse en pie a la par que la puerta se abría y Lorenzo avanzaba por el rellano con la linterna en la mano. Proyectó el haz de luz hacia Fran, mientras en la oscuridad Lucía se apretaba contra la pared, a un palmo escaso de él.

Lorenzo enfocó el rostro de Fran y pareció que la buscaba luego a ella.

Al no hallarla, se echó a reír con esa risa extraña que Lucía no le conocía.

—Bueno, ya veo que te has escondido, niña, pero no te va a servir de nada. He venido a despedirme de vosotros y a desearos un feliz viaje al otro mundo. Así que, adiós.

—Pero oiga…, —oyó decir a Fran.

Lucía no esperó más. Lorenzo había tropezado con la sábana y dio un traspié. Le daba la espalda en ese momento, por lo que saliendo de la oscuridad que la envolvía se abalanzó contra él y le empujó por detrás con todas sus fuerzas. Desprevenido, el hombre perdió el equilibrio y rodó por las escaleras sin soltar la linterna, que le acompañó hasta el suelo del sótano donde se quedó quieta y encendida, iluminando los bajos de una silla destripada.

Sin perder un segundo en comprobar las consecuencias de la caída que Lorenzo había sufrido, renqueando se abalanzó ella dentro de la cocina y cerró la puerta tras de sí con la llave que aún estaba puesta por dentro en la cerradura. Un humo espeso iba invadiendo ya esa habitación convirtiendo el aire en irrespirable, por lo que se precipitó hacia la pequeña y enrejada ventana para abrirla. El viento huracanado dispersó su melena en todas direcciones y una tromba de agua se abatió sobre ella, empapándola y agitándola como una hoja. Se asió al fregadero para no caerse y se secó los ojos con el dorso de la mano, luchando por distinguir algo entre la humareda que la envolvía. Después, sin perder más tiempo, intentó echar a correr hacia el pasillo. Creía recordar que Max le había dicho que la escalera de la bodega se encontraba al final de ese corredor.

Mientras avanzaba a trompicones, rezó in mente para que Lorenzo hubiese dejado puesta la llave en la cerradura y cuando llegó al final del pasillo se lanzó escaleras abajo, adelantando siempre el mismo pie para aminorar el dolor que sentía en la otra rodilla.

Una espesa humareda parecía provenir del vestíbulo y la perseguía convertida en una nube grisácea que iba expandiéndose para invadir todo el espacio disponible que tenía ante su vista. Ya le pisaba los talones y aún le quedaban cinco peldaños por bajar. La alcanzó la nube de humo cuando aterrizó resbalándose al pie de la escalera y tropezó con un sólido portón que localizó al tacto.

Tosiendo, pese a la blusa con la que se tapaba la nariz, proyectó el minúsculo rayito de luz de su linterna hacia la cerradura. No estaba puesta la llave. Lorenzo se la había llevado y ella no sabía dónde podía haberla escondido.

En ese momento oyó la voz de Max al otro lado de la hoja de madera.

—Lucía, ¿eres tú? Sácame de aquí. ¿Has sido tú la graciosa que me ha encerrado en esta asquerosa bodega? Hace ya un par de horas que estoy aporreando la puerta sin conseguir que me oigas.

Inexplicablemente sintió un alivio inmenso al oírle y medio ahogada por el humo consiguió, entre toses, que una serie de palabras inteligibles salieran de su garganta.

—Max. ¿Estás ahí? ¿Estás bien?

La voz de él sonó guasona.

—Bien, lo que se dice bien, no puedo decir que esté. Esa bodega no tiene ventanas ni otra puerta. ¿Es que no puedes abrirme?

En ese instante una oleada de humo bajó como un huracán por la escalera y en lo alto vislumbró Lucía una luminosidad extraña. Sin duda el fuego avanzaba ya por el pasillo y no tardaría en llegar hasta la bodega. Ella no conseguiría abrir la puerta antes de que les alcanzara. Desesperada, estaba a punto de echarse a llorar cuando oyó voces arriba, en el pasillo y algo que podía interpretarse como las carreras de muchos pares de pies.

Intentó entonces volver a subir los peldaños que tenía a su espalda, pero estaba demasiado dolorida. Max había reanudado los golpes con los que aporreaba la puerta, metiendo un ruido infernal y entonces alguien asomó la cabeza desde lo alto de la escalera, enfocándola al pie del hueco de la misma con una linterna.

—Lucía, ¿está usted ahí abajo?

Reconoció la voz de Nicasio e intentó contestarle, pero solo consiguió toser, a la par que el humo que la rodeaba por todas partes se le metía en los ojos y la hacía llorar.

—… Nicasio… Max… aquí en la bodega.

Un nuevo golpe de tos la impidió continuar hablando. Envuelta en una nube de humo, siguió tosiendo mientras algo neblinoso invadía su cerebro.

Como en sueños creyó ver la luz de una linterna descendiendo por la

escalera y al fornido policía abalanzándose infructuosamente contra la puerta. Luego creyó ver a otro aplicando contra la cerradura algo que se asemejaba a un soplete y finalmente a Max, tiznado de arriba abajo e irreconocible al salir de la bodega, tosiendo tanto como ella.

Apenas si podía hablar Lucía. Solo pudo asirse a la manga de Nicasio que la había cogido en brazos y la subía por la escalera, para susurrarle al oído:

—En el sótano. Fran está en el sótano y hay otro hombre… que… otro hombre que… el que atacó a Max.

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