Y después de la tormenta
Capítulo 12
CAPÍTULO XII
Lucía tomó asiento en la banqueta del locutorio de la prisión de Alcalá Meco y aguardó impaciente a que el recluso al que había ido a visitar compareciera al otro lado del cristal, que, sobre la mampara que dividía en dos el recinto, ascendía hasta el techo. Le había costado tomar esa decisión, pero finalmente había llegado a la conclusión de que era lo mejor que podía hacer para resolver el enigma que le estaba amargando la vida desde que recibiera aquel correo en el ordenador.
Le parecieron siglos los minutos que transcurrieron hasta que Antonio Briones hizo acto de presencia en el lado opuesto del recio vidrio y tomó ella en su mano el teléfono intercomunicador que se encontraba sobre una repisa del zócalo.
El recluso se había quedado de pie frente a ella, mirándola con extrañeza con sus ojillos acuosos. Estaba mucho más viejo de lo que Lucía le recordaba. Parecía un pobre hombre, regordete y de baja estatura, cuyo semblante traslucía el desinterés más absoluto, como si la monotonía de los interminables días en la cárcel se hubiera adueñado de su expresión.
—Me han dicho que tenía una visita, ¿quién es usted? —le preguntó a través del teléfono intercomunicador con una voz sin inflexiones. Pero no era una voz cascada. Era la voz de un viejo, cuyos años hubieran transcurrido en un ambiente poco refinado.
Con la mirada clavada en su interlocutor, ella tragó saliva, a la par que se llevaba el teléfono al oído para hablarle a través del aparato.
—Me llamo Lucía Salces, ¿me recuerda usted?
El hombre la observó atentamente a través del cristal con la cabeza ladeada.
—¿Lucía… qué?
—Lucía Salces. Soy abogado. ¿No me recuerda?
El recluso tardó unos segundos en contestar. Analizaba su rostro como si intentara hacer memoria.
—¿Debería acordarme de usted?
—No lo sé. Informé hace muchos años como acusador particular en el juicio por el que le condenaron a usted a prisión por el secuestro y la tentativa de violación de una niña. Fue en la Audiencia Provincial.
El hombre la observó inquisitivamente, antes de mover negativamente la cabeza.
—No era usted y no se llamaba Lucía. Se llamaba Mónica. Mónica no sé qué más. Le escribí cuando me ingresaron aquí, pidiéndole que viniera a verme y también la llamé por teléfono cuando me lo permitieron, pero no quiso hablar conmigo ni contestó a mis cartas. Era una buena chica.
—¿Se refiere a la abogada de la defensa? —le preguntó ella haciendo un esfuerzo por entender lo que él le decía.
—Sí, a la que me designaron de oficio. No podía permitirme uno de pago, ¿sabe? Antes del juicio me visitó muy a menudo. Ella me dijo que era su primer asunto penal.
Lucía intentó retroceder con su memoria en el tiempo y volver a la Audiencia Provincial aquella mañana. Aquella mañana en la que conoció a Fran y él eclipsó el resto de la escena. Solo le recordaba a él como si un foco le iluminase, dejando en sombras el resto de la sala y de sus personajes. Pero tenía que acordarse de la muchacha que se hizo cargo de la defensa porque estaba sentada en el estrado enfrente de ella y… sí, era una chica muy joven de aspecto anodino que no consiguió hilar dos alegaciones sin tartamudear. Entre Fran y ella la dejaron sin argumentos y… sí, ahora recordaba que hizo un ridículo lamentable.
—¿Y dice que comunicó con usted aquí, en la cárcel, muy a menudo?
El hombre asintió con la cabeza. Se notaba que echaba en falta el charlar con alguien, porque se acodó en la repisa adosada al zócalo de madera que soportaba el cristal que les separaba a ambos, como si esa mañana se hubiera producido por fin el milagro de que alguien, ajeno a los muros de la prisión, hubiera reclamado su presencia en el locutorio y estuviera dispuesto a escucharle.
—Sí, venía todos los martes. Me preguntaba cosas y tomaba notas en un cuadernito. Me contó que le entusiasmaba su carrera y que le había costado mucho esfuerzo estudiarla porque no disponía de medios económicos.
Luego se celebró el juicio y… ya no la vi más.
Una luz tenue se filtraba por el ventanuco enrejado que se abría en el muro, a espaldas de su interlocutor y aclaraba la penumbra del cuartito, contagiándole la melancolía que se respiraba en el interior de la prisión.
Lucía se acodó también en la repisa, adosada al zócalo, para preguntarle:
—¿Y no supo nada de ella más tarde?
Una expresión de condolencia se pintó en el arrugado semblante de él.
—Me dijeron que había muerto.
—¿Que había muerto?, ¿de qué?, era muy joven.
El hombre se encogió de hombros.
—No lo sé. ¿Usted no la conoció?
—Solo de vista y únicamente coincidimos ella y yo en aquel juicio. —
Respiró hondo para dirigir la conversación al tema que le interesaba—.
Pero yo he venido a comentarle otra cosa. A finales del mes pasado cumplió usted su condena y le pusieron en libertad. ¿Trató usted entonces de ponerse en contacto conmigo de alguna forma?
—¿De ponerme en contacto con usted? —repitió él con extrañeza—
claro que no. Yo no la conozco de nada. Me marché a mi pueblo, a Fuenlabrada, con una hermana que vive allí y… bueno, cerca había una escuela y yo me acercaba por las tardes para darles a la salida caramelos a los niños. Y… por eso estoy aquí otra vez, en prisión provisional y pendiente de otro juicio, pero ya no estará Mónica.
—No, ya no estará —se impacientó ella—. ¿Pero entonces no me envió usted un correo a mi ordenador, comunicándome que ya había salido de la cárcel?
El hombre la miró con la estupidez pintada en su semblante.
—¿Yo?, ¿por qué había de comunicarle nada si no la conozco? Además, no entiendo nada de ordenadores, no he usado nunca ninguno. ¿Qué fue lo que le mandaron?
—Un correo, un e–mail.
La expresión bobalicona de él se acentuó.
—No sé lo que es eso. Yo no le he enviado nada. ¿Es que quiere que le mande una carta?
—No, no quiero que me mande nada. Solo una pregunta más. ¿Ha estado usted alguna vez en un pueblo cercano a Madrid que se llama Campillo de la Sierra?
—¿Yo?, claro que no. Ya le he dicho que mi hermana vive en Fuenlabrada y no he salido del pueblo el poco tiempo en el que me han dejado libre.
—Ya —murmuró Lucía poniéndose en pie—. Pues perdone por haberle entretenido. Solo quería hacerle unas preguntas, pero ya me marcho.
—Pero oiga, aún no ha terminado el tiempo de comunicación —protestó él que debía encontrar pocas oportunidades de charlar y deseaba seguir explayándose con aquella desconocida.
Sin detenerse, Lucía salió apresuradamente del locutorio y recorrió el pasillo en dirección a la salida. Tras cumplimentar los controles reglamentarios, desembocó en la amplia y achicharrante explanada de la cárcel donde había aparcado el coche, tratando de reflexionar. No entendía nada. Ahora sabía con seguridad que no había sido Antonio Briones quien le enviara el primer correo amenazándola, ni quien le pinchara las cuatro ruedas del coche ni el que produjera la avería del ascensor del juzgado de Campillo de la Sierra, dejándoles a Max y a ella colgados entre dos pisos para que no llegaran a tiempo a la vista del juicio. Esas tretas se las había atribuido a él, porque había tenido oportunidad de haberlas cometido antes de que le detuvieran y le ingresaran nuevamente en prisión, pero después de visitarle tenía la certeza de que su autor tenía que haber sido otra persona.
Alguien que guardara algún tipo de relación con aquel maldito juicio que se había celebrado diez años antes y en el que había conocido a Fran. La había deslumbrado él de tal manera, que apenas si recordaba otra cosa que el empeño que puso en estar a su altura, en llamar su atención para que se fijara en ella, aunque se estrenaba en el foro ese día y no podía parangonarse con la seguridad que él derrochaba ni con su experiencia.
Por la carretera, de regreso a Madrid, fue barajando esas ideas y en cuanto llegó a su solitaria oficina corrió hacia su despacho para tomar asiento en la butaca, tras su mesa, y recapacitar con el rostro entre las
manos. Nuevamente reconstruyó en su mente aquel juicio, intentando obviar la imagen de Fran, pero no consiguió vislumbrar más que sombras en torno a la figura de él, como si los restantes personajes de la escena fueran meros comparsas que actuaran en la oscuridad. Quizás si consultara nuevamente los autos…
Apresuradamente salió a la antesala. No había comido aún y notaba un vacío en el estómago, pero Olvido todavía no había llegado, por lo que le pareció el momento idóneo para buscar en el archivo los autos de aquel juicio sin que nadie le molestara. En esa época aún lo conservaba todo en papel. El auge del ordenador se había impuesto más tarde, pero ella jamás tiraba nada a la basura por mucho tiempo que hubiera transcurrido, por lo que revolvió en la “B” del archivador que tenía en un cuartito que siempre estaba cerrado con llave, hasta que dio con lo que buscaba. Rezumaba polvo, pero extrajo de la carpeta con cuidado el fajo de papeles archivados bajo el nombre de Antonio Briones y se los llevó a su despacho, cerrando la puerta a continuación para que no la interrumpiera Olvido cuando llegara.
Encontró enseguida el nombre de la abogada de la defensa. Se llamaba Mónica Serrano y había sido designada de oficio. Probablemente se había estrenado con ese juicio en el foro o en otro caso había sido uno de los primeros de la chica, porque su número de colegiada denotaba que se había dado de alta poco antes. Casi al tiempo que ella y que Isabel, se dijo pensativa. Las tres debieron de iniciarse a la vez en los tribunales, aunque con muy desiguales resultados. Ella había obtenido un éxito notable, Isabel, como procuradora en un juicio penal, apenas si tuvo otro cometido que el de efectuar la conexión habitual entre el abogado y la sala, por lo que continuó siendo tan desconocida en el mundillo jurídico como antes de celebrarse la vista, y Mónica… podría decirse que la pobre chica se estrelló al ser designada por el turno de oficio para efectuar la defensa de Antonio Briones. Pero, si, como le había comentado este, había muerto ya, era inútil indagar sobre ella.
Pasó entonces a averiguar los nombres de los magistrados que habían formado parte del tribunal y dictado la sentencia. Sabía que dos se habían jubilado y que el tercero se había trasladado al tribunal de la Haya. Debían ser además muy mayores ya.
Aparte del público, quedaban Fran y ella, pero a Fran debía descartarle.
Era un hombre frío, controlado, incapaz de actuar irreflexivamente y de dejarse dominar por las emociones e incluso por los sentimientos. Tenía que haber otra explicación a lo que le estaba sucediendo.
En ese momento levantó la cabeza de los papeles que estaba consultando al percibir el sonido de la puerta del piso al abrirse y el rumor de conversación de dos personas, en las que reconoció las voces de Olvido y de Lorenzo. Hacía días que no veía a este último, pero al oír segundos más tarde que alguien llamaba con los nudillos a la puerta de su despacho, dio por seguro que se trataba de él. Venía como siempre de punta en blanco, pero había algo en su expresión que la intrigó.
—Vengo a presentar mi dimisión —le dijo al tiempo que se dejaba caer con la agilidad que le caracterizaba en unos de los sillones de los clientes.
—¿La dimisión de qué?
—De mi trabajo de guardaespaldas —replicó imperturbable.
—¿Y eso por qué?
—Se habrá enterado de que Antonio Briones está nuevamente en la cárcel, así que no tiene usted nada que temer. El trabajo que me encargó carece de sentido ya.
Lucía se apartó la melena de su rostro antes de acodarse en la mesa y, aunque esta se interponía entre los dos, pudo apreciar el suave olor a colonia de Lorenzo.
—Efectivamente está en la cárcel. Vengo de entrevistarme con él en el locutorio de la prisión de Alcalá Meco y de enterarme que ese hombre no ha tenido nada que ver con ninguno de los hechos que le había achacado.
No me envió ninguno de los correos ni me recordaba siquiera. Es otra la persona que quiere vengarse de mí.
El semblante de Lorenzo denotó el interés que habían despertado en él sus últimas palabras y se inclinó en la butaca hacia Lucía, esperando que le hiciera partícipe de lo que había descubierto.
—¿Quién?
—Eso todavía no lo sé, pero a Antonio Briones tenemos que eliminarle como sospechoso. Creo que mi acosador es alguien que tuvo algún tipo de
relación con el juicio en el que le condenaron, pero no es él, de eso estoy segura.
Lorenzo enarcó las cejas y con ese gesto se acentuó la semejanza de su semblante con el de una estatua romana Sin duda tendría esa expresión alguno de los contemporáneos de Julio César al enterarse de la noticia de su asesinato en el Capitolio, se dijo ella.
—¿Tuvo usted algún otro juicio por esa época en el que condenaran al procesado a una pena de diez años? —le preguntó él con interés.
—No, porque en los restantes actué como abogado de la defensa y creo recordar que no perdí ninguno.
—Así que ese año ganó usted todos los juicios en los que intervino —
resumió Lorenzo con cierto sarcasmo, no exento de admiración. Y eso que entonces era una novata—. Tengo que felicitarla entonces, aunque ya sabía que es una magnífica profesional.
—Gracias —replicó Lucía secamente, porque por el tono con el que se expresaba él no le sonó a alabanza su comentario—. Pero vamos a ceñirnos a los que nos interesa. Sigo necesitando su ayuda, así que espero que continúe dispuesto a prestármela.
Lorenzo se la quedó mirando con cierta insolencia.
—¿Está segura de necesitarme?
—Naturalmente.
—Pues actúa como si en lugar de necesitarme, le estorbara. ¿Dónde estuvo el sábado? Se guardó mucho de comunicarme que pensaba pasar el día en el campo con ese nuevo cliente que quiere acortarse el nombre y comprenderá que no puedo realizar mi trabajo si usted no confía en mí ni me comunica cuáles son sus planes. Me mintió. Me dijo el viernes que al día siguiente iba a ir al cine con su amiga Isabel.
¿Cómo conocería Lorenzo la existencia de su amiga?, se preguntó.
Estaba segura de no haberle hablado nunca de ella.
—¿Le dije eso? —se extrañó aparentando confusión—. Perdone, pero la invitación a comer en el campo me la propusieron después de hablar con usted. Se había marchado ya cuando ese cliente me llamó.
—Pero podía habérmelo comunicado por el móvil.
Aturdida, se pasó una mano por la frente mientras se preguntaba por qué no lo había hecho y obtuvo inmediatamente la respuesta. Ni siquiera se le había ocurrido. Le alegró tanto la llamada de Max que se olvidó por completo de Lorenzo e incluso pospuso la preocupación que le inspiraba su desconocido acosador para otro momento, como si este tuviera por costumbre desistir de su intento de perjudicarla los fines de semana.
Había sido una estúpida, se dijo recordando como se había quedado dormida en la terraza de “El robledal”, pese a haber visto a alguien escondiéndose tras el tronco de un árbol. Evocó después su recorrido por las oscuras habitaciones de la casa, su tropezón con el niño de la cítara y sobre todo su descenso por la escalera del sótano alumbrándose con unas cerillas que extrajo de una caja astrosa. Le había dado mil oportunidades a ese desconocido para que la agrediera aprovechando la soledad del lugar y si su objetivo había sido que la procesaran como autora de un delito de homicidio o de tentativa de homicidio, había estado a punto de conseguirlo.
—Lo siento —se disculpó en voz muy baja—. Tiene usted toda la razón. De haber podido contar con usted, probablemente no habría terminado el día como terminó. Supongo que sabe que golpearon a mi cliente y le dejaron sin sentido. Para colmo, me denunciaron como autora de la agresión y pasé la noche en el calabozo de la comisaría.
Lorenzo se quedó mirándola sin pestañear.
—Lo pasaría muy mal. Estoy seguro de que ha sido para usted una experiencia horrorosa y procuraremos que no se vuelva a repetir.
Lucía trató de adivinar por la expresión de él lo que había querido decir.
Estaba serio, sin la petulancia que acostumbraba a manifestar, como si sintiera profundamente lo que a ella le había sucedido, por lo que respiró aliviada.
—Entonces, va a seguir ocupándose de tratar de identificar a ese individuo, ¿verdad?
—Sí, si eso es lo que quiere, siempre que acepte mis condiciones.
—¿Y cuáles son sus condiciones?
—Que me diga la verdad siempre y en todo momento, así como que me comunique anticipadamente sus planes.
Volvió a recordar Lucía la oscura y pestilente escalera del sótano de “El robledal”, por lo que no tardó en decidirse y en darle una respuesta.
—De acuerdo.
Él bajó la cabeza y permaneció meditando algo, como si no acabara de decidirse a hacerle una pregunta. Al fin levantó la mirada hasta su rostro y le preguntó con una timidez que no le cuadraba en absoluto:
—¿Puede contestarme a una cosa?
—No lo sé, supongo que sí —replicó recelosa.
—Es sobre su pareja. O su ex pareja, —puntualizó—. ¿Lo ha visto últimamente o ha sabido algo de él?
—No, no le he visto.
—Pero ya no le importa como antes, ¿no es así?
Parpadeó sorprendida. ¿Qué tendrían que ver los sentimientos que le inspiraba Fran con la amenaza de arruinarle la vida que le había formulado aquel desconocido por medio del correo de su ordenador? ¿Y qué relación le encontraría Lorenzo a su ex pareja con lo que les había ocurrido a Max y a ella la tarde anterior?
—No creo que lo que yo sienta o deje de sentir por Francisco Guillén afecte para nada a su trabajo —replicó adusta—. Es un asunto privado que no tiene nada que ver con usted.
Lorenzo sonrió con cierto sarcasmo.
—¿Está segura? Si analiza los movimientos de ese tipo verá que han ido todos encaminados a perjudicarla y a arremeter contra todo lo que le importa a usted, es decir, a su pareja y a su trabajo. Si ha sustituido a su ex pareja por ese cliente con el que pasó el sábado, es lógico que su acosador le haya atacado, ¿no lo comprende?
Estupefacta, Lucía abrió desmesuradamente sus grandes ojos azules, clavándolos incrédulamente en su interlocutor.
—¿Para hacerme daño a mí?
—Claro, es la única explicación que puede dársele a lo que le sucedió anteayer. ¿Para qué si no iba a golpear a ese hombre al que seguramente no conoce de nada?
—Sí, yo también lo he pensado, porque no sé si sabe que me denunció por teléfono a la policía como autora del asesinato de Max Pereira.
Seguramente creyó que le había matado cuando le arrojó por las escaleras del desván, en cuyo caso puede que pretendiera cargarme a mí el sambenito para que fuera condenada a prisión, después de celebrarse un juicio en el que, en lugar de papel de abogado defensor, me tocaría sentarme como reo en el banquillo. ¿Lo cree posible?
Él tardó unos segundos en responder. Parecía estar enfocando el asunto desde un nuevo prisma.
—Sí, claro que lo creo posible —terminó por reconocer.
—Por eso he ido esta mañana a la cárcel —continuó ella—. Quería hablar con Antonio Briones para aclarar qué hechos podían serle imputables y cuáles no, pero él no tenía ni idea de quien era yo, no me recordaba en absoluto, así que tenemos que descartarle.
—¿Y no se acuerda de ninguna otra persona a la que en el pasado haya podido usted perjudicar como abogado?
Frunció Lucía el ceño para concentrarse mejor.
—¿Y que como consecuencia haya ido a la cárcel, condenado a una pena de diez años?, no. Puede que ese tipo no tenga nada que ver con mi profesión y que sea un psicópata.
—Podría ser —admitió Lorenzo con sorna—, pero no lo creo. A mí me da la impresión de que su comportamiento obedece a un plan perfectamente meditado. Por eso le he hecho esa pregunta.
Lucía desvió los ojos hacia la soleada plaza que se veía a través del cristal de la ventana rememorando la tarde que había pasado en compañía de Max en “El robledal”, antes de haberse dormido ella en la terraza. Y
luego su expresión risueña el día anterior en la habitación del hospital, para pasar a recordar, sin solución de continuidad, a Fran en su casa, siempre con la cabeza inclinada sobre las páginas de un libro. Y en la sala de la Audiencia Provincial, con el empaque que le caracterizaba cuando acusaba al procesado que ocupaba el banquillo con una oratoria precisa y clara.
—No he sustituido a mi ex pareja por nadie —repuso al fin con voz firme—, ni tengo intención de sustituirle por el momento. Ese cliente al que usted se ha referido, no es más que eso, un cliente muy agradable, pero como otros muchos. He quedado en recogerle en el hospital cuando le den el alta para llevarle a su casa, porque tiene una pierna escayolada, pero de
eso no puede deducir nada de lo que usted ha insinuado. Quiere decir solamente que me considero responsable de que se encuentre en el estado en el que se encuentra y que por eso me siento obligada a ayudarle.
Lorenzo hizo un gesto de asentimiento mientras Lucía sentía que el molesto vacío de su estómago se acrecentaba. Aún no había comido y si continuaba hablando con él, la llegada del primer cliente de la tarde le impediría bajar a la calle a tomarse un sándwich en una cafetería cercana, por lo que se puso en pie.
—Perdone, pero tengo que marcharme.
—No ha comido todavía, ¿verdad?
¿Cómo lo sabría Lorenzo? ¿La habría seguido hasta la cárcel y la habría escoltado luego hasta el despacho sin que ella se hubiera dado cuenta?
—No, pero no tengo tiempo de acercarme a comer a mi casa, así que bajaré a tomar algo en alguna cafetería.
Sin levantarse de la butaca, Lorenzo levantó la cabeza hacia ella.
—¿Me permite que la invite?
Experimentó Lucía un sobresalto que consiguió a duras penas disimular.
No acababa de entenderle ni sabía cómo calificar su actitud hacia ella. Tan pronto parecía despreciarla por pertenecer a un nivel social superior al de él, como daba la impresión de que la admiraba y pretendía que lo que les unía a los dos fuera algo más que una amistad.
—No, claro que no —le contestó sonriendo para no herirle.
—¿Me permite entonces que la acompañe?
A eso no podía negarse, por lo que hizo un gesto de asentimiento.
—De acuerdo, pero tengo que regresar enseguida, porque la primera visita de esta tarde ya no puede tardar.
Le abrió Lorenzo la puerta del despacho para que ella le precediera, demostrando que poseía unos modales que Lucía nunca le hubiera atribuido y se comportó más tarde con la misma deferencia en la cafetería donde entraron para que ella se tomara un sándwich y un café. Poco después se despidieron en el portal y ella tomó el ascensor para subir al despacho.
Olvido estaba ya sentada en su mesa en la antesala y se dirigió a ella al oírla entrar.
—Aún no ha llegado nadie, ¿sabe?
—Estupendo —aprobó Lucía, sin detenerse, hasta que oyó a la otra balbucear con la timidez que la caracterizaba:
—Doña Lucía, yo… yo quería hablar con usted.
Intrigada, retrocedió sobre sus pasos y se apoyó en la mesa de su secretaria.
—Pues dime.
—Quería hablarle de Lorenzo —empezó Olvido, roja como la grana.
—¿Sí?
—Quería preguntarle… quería preguntarle su opinión sobre él.
—¿Mi opinión? —se extrañó ella observando a la chica que tenía enfrente, tan azarada que de improviso le recordó a aquella otra que muchos años antes se sentara en el estrado frente a ella y tartamudeara penosamente cuando el tribunal le dio la palabra y pretendió formular su alegato. Un fogonazo cruzó por su cerebro, pero se extinguió antes de haber llegado a darle forma, dejándole una extraña sensación de vacío, como si debiera recordar algo que no conseguía concretar.
—Sí… su opinión sobre Lorenzo. ¿Cree que es un muchacho serio o…?
—Pues… no tengo ni idea —repuso intentando aparentar indiferencia, mientras infructuosamente luchaba por traer de nuevo a su memoria la idea que se había desvanecido como si la hubiera borrado de sus recuerdos un soplo de viento—. ¿Es que se te ha insinuado?
Se lo había preguntado medio en broma, porque no podía imaginar que su atractivo guardaespaldas se sintiera atraído por Olvido, anodina y feúcha, pero ante su sorpresa la vio hacer un gesto de asentimiento.
—Sí, fui a cenar con él el sábado y hoy hemos comido juntos.
Y había pretendido después comer nuevamente con ella, se dijo estupefacta. ¿Sería un don Juan de vía estrecha o un tragón que por mucho que engullera nunca se sentía saciado? Se inclinó más bien por la primera de las opciones al rememorar las miradas significativas que le había dirigido, pero Olvido estaba esperando su respuesta y se sintió obligada a contestarle.
—No le conozco apenas, Olvido, pero aún eres muy joven así que…
—Tengo veinticinco años —la interrumpió la chica.
—Pues eso, muy joven, pero no te puedo aconsejar. Supongo que lo que me preguntas es si creo que va en serio contigo, ¿no?
Su secretaria enrojeció aún más de lo que ya estaba.
—Sí, eso es.
—Pues no lo sé.
El timbre de la puerta las interrumpió, lo que agradeció Lucía, que se metió perpleja en su despacho preguntándose qué clase de hombre sería Lorenzo. ¿Pretendería engatusar a todas las mujeres de su entorno? Le había dado antes la impresión de que cuando le había preguntado si había sustituido a Fran por Max, lo que verdaderamente quería averiguar era si tenía el campo libre para intentar ocupar el puesto del primero, pero probablemente estaba equivocada.
Le olvidó en cuanto llegó su primer cliente y le había borrado por completo de su mente cuando se marchó a su casa y se tumbó en el sofá del salón después de quitarse los zapatos. La persiana del gran ventanal estaba subida, aunque ya había oscurecido y de improviso vio el ya familiar destello en la ventana de la casa de enfrente. Alguien la estaba observando con unos prismáticos, por lo que se incorporó de golpe, más indignada que asustada. Ya sabía lo que iba a hacer, ¿cómo no se le habría ocurrido antes?
Se mudaría de piso. Nada la retenía en el que habitaba en esos momentos, pues ya había llegado a la conclusión de que Fran no iba a volver. Además, ese piso nunca le había gustado. Era pequeño y oscuro y si se habían decidido a alquilarlo había sido porque su renta era muy asequible y Fran miraba mucho el dinero.
Pero ella no necesitaba escatimar gastos, porque el despacho le proporcionaba unos ingresos muy elevados, de modo que buscaría otro más grande, más luminoso y más caro, sobre todo más caro, donde el desconocido vecino de la casa de enfrente no pudiera espiarla con sus prismáticos.
Decidida se puso en pie y se dirigió a la habitación que utilizaba como despacho poniendo en funcionamiento el ordenador para buscar los anuncios de pisos en alquiler. No tardó en encontrar uno que le gustó en la calle de Eduardo Dato, que era lo suficientemente ancha como para que los habitantes de las casas de enfrente no pudieran distinguirla dentro de la
vivienda desde sus ventanas. Apuntó el número de teléfono al que debería llamar al día siguiente y el de una casa de mudanzas y luego volvió a tumbarse en el sofá. Que disfrutara su estúpido vecino de su contemplación mientras pudiera, porque ella iba a abandonar ese piso esa misma semana.
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