Y después de la tormenta

Ursula Llanos · Capítulo 19 de 19

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Y después de la tormenta

Epílogo

A principios de septiembre el verano empezaba a batirse en retirada anunciando el cambio de estación que se avecinaba. Ya no brillaba en el firmamento el sol ardoroso que en el mes de agosto achicharraba las calles, pero aún deslumbraba, máxime cuando de la penumbra del vestíbulo del edificio de los juzgados de la plaza de Castilla se salía al exterior. Lucía e Isabel acababan de devolver sus togas al encargado de esa sala y, al atravesarlo y empujar la puerta de cristales para bajar a la plaza, se detuvieron en lo alto de la escalera, cegadas por su brillante resplandor y también por la sorpresa. Al pie de los peldaños estaba Fran.

Lucía no le había vuelto a ver desde aquella noche en la que consiguiera escapar renqueando del sótano de “El robledal”, mientras la casa ardía y un humo negro se iba adueñando del edificio. Le dieron el alta en el hospital antes que a él y no se había acercado a su habitación para despedirse. Se había limitado a interesarse por su estado de salud.

Parecía estar esperándola. Serio, circunspecto, con un traje azul marino y una corbata del mismo color con lunares blancos, su aspecto era tan distinguido, tan elegante… Se les reunió en cuanto ellas descendieron los escalones y se detuvieron indecisas, con aire desorientado y sin acertar a reaccionar.

—Tu secretaria me ha dicho que te encontraría aquí —le dijo dirigiéndose a Lucía con aquella voz algo ronca que siempre la había emocionado.

Sintió ella como si una bola de algodón se le hubiera atascado en la garganta.

—Sí, salimos de un juicio.

Aunque imperturbable, le notó embarazado.

—¿Y cómo os ha ido?

—Bien, ha ido todo bien.

En silencio se miraron, como si hubieran olvidado todo lo que tenían que decirse.

Isabel se rebulló inquieta y se apresuró a buscar una excusa para quitarse de en medio.

—Bueno, yo ya me marcho. Tengo un juicio en los juzgados de Capitán Haya. Así que…

No la escucharon ni la entendieron. Tampoco advirtieron que la chica se había alejado de ellos diciéndoles adiós con la mano. Seguían mirándose en un silencio denso, con la nostalgia de lo que habían perdido y el deseo de que todo hubiera sucedido de una forma diferente.

—Me gustaría hablar contigo —empezó él.

Lucía hizo un gesto de asentimiento.

—Sí, aquí, en la Castellana hay una cafetería. Podemos ir allí.

Caminaron el uno junto al otro sin pronunciar una sola palabra y ya en el local tomaron asiento en una mesa y pidieron dos cafés al camarero que les atendió.

—¿Cómo están tu clavícula y tus costillas? —empezó ella por romper aquel silencio tan pesado, tan añorante.

—Soldaron ya. ¿Y tus fracturas?

—También.

Nuevamente pareció envolverles un silencio incómodo, como si a ninguno de los dos se les ocurriera nada que decir.

—He estado de vacaciones en agosto —empezó Lucía—. Me marché a mi pueblo a ver a mi familia.

—Sí, yo lo he pasado en “Los Almendros” —murmuró Fran.

Los dos revolvieron a la vez el azúcar del café con la cucharilla, manteniendo los ojos bajos, sin acertar con las palabras que deberían pronunciar.

—He vuelto a nuestra casa de la calle de Lagasca —comentó él al fin—.

Parece otra sin ti.

Lucía levantó la mirada hacia su semblante. Su expresión era grave, como siempre, y algo se le removió dentro. Habían compartido tantas

cosas…

—Fuiste tú el que te marchaste —musitó en voz baja.

—Sí, pero…

—¿Pero qué?

Tardó Fran en continuar la frase que había dejado a medias.

—Lo que quería decirte es que me gustaría que olvidáramos lo que pasó.

—¿Qué recomenzáramos?

—Eso es.

Desvió los ojos Lucía hacia la calle, soleada aún, pero sin saber por qué la vio tristona. Con la melancolía del otoño que se anunciaba próximo.

—¿Qué recomenzáramos como si nada hubiese sucedido?

—Eso es —repitió él.

Volvió ella a remover el café con la cucharilla con los ojos fijos en el oscuro líquido que tenía en su taza.

—¿Y por qué quieres que vuelva contigo? —le preguntó sin levantar la mirada—. En tu opinión no soy más que una chiquilla estúpida, con unas ilusiones más estúpidas todavía que debería desechar, porque la vida es amarga y aburrida. ¿No es eso lo que me has repetido todos los días durante estos nueve años?

Fran se la quedó mirando con su característica expresión imperturbable.

—No creo que yo te haya dicho que seas estúpida.

—Con esas palabras puede que no, pero sí me lo has dado a entender.

Eso y que es inútil esperar nada de los demás, porque la gente es decepcionante y porque no hay nada que merezca la pena. Si tampoco nuestra relación merecía la pena, ¿por qué quieres que vuelva contigo?

Por primera vez al semblante de él afloró su desconcierto.

—Bueno… no me refería entonces a nosotros dos.

—¿De verdad?, yo creo que también me incluías a mí. ¿Por qué si no me diste la callada por respuesta cuando te pedí ayuda? Por medio de un correo te comuniqué que Antonio Briones había salido de la cárcel y me había amenazado y no diste señales de vida, pese a que te necesitaba. Sin duda estabas muy ocupado tonteando con Belén y decidiste que no merecía la pena interrumpir ese tonteo para echarme una mano.

—Pero…

—¿Pero qué?

Fran se acarició la barbilla buscando la respuesta oportuna.

—No sé qué podía haber hecho yo. Imaginé que acudirías a la policía, que es lo que se debe de hacer en esos casos. ¿O es que esperabas que me liara a tortas con ese tipo?

Que Fran pudiera llegar a las manos con Antonio Briones o con cualquier otra persona le resultó a Lucía absolutamente inimaginable, pero no era a esa clase de ayuda a la que se estaba refiriendo.

—No, no esperaba que te liaras a tortas, pero sí que me apoyaras. Creo que es lo menos que cabe esperar de alguien con el que has vivido durante nueve años.

—Tú siempre has sabido resolver tus problemas —replicó él, absolutamente impasible—. La prueba es que contrataste a un eficiente guardaespaldas. Lástima que no cayeras antes en la cuenta de que era precisamente él el hombre que te había amenazado con arruinarte la vida.

Destilaban sus palabras un sarcasmo tan corrosivo que Lucía en un primer momento se quedó sin habla. Acusó más tarde el golpe bajo que le había asestado, pero había aprendido de él a disimular sus impresiones. Era esa la clase de puya con la que solía embromarla, como preámbulo de su acostumbrada regañina. Pero en esa ocasión decidió que no estaba dispuesta a escuchar el sermoncito que seguiría a continuación Con una media sonrisa comentó en tono intrascendente:

—¿Lorenzo? Sí, fue una equivocación que estuvo a punto de costarnos muy cara. Precisamente voy a ir mañana a visitarle a la cárcel de Alcalá Meco.

—Vas a ir ¿por qué?

—Tengo a otro recluso allí, en prisión provisional y he pensado ver después a Lorenzo para hacerle unas cuantas preguntas.

Fran observó escrutadoramente su semblante, como si se estuviera preguntando qué habría de verdad en el tono ligero con el que se estaba expresando ella.

—¿Y no crees que sería mejor olvidarte de él y de todo lo que ha sucedido últimamente?

Se acodó ella en la mesa sin responder. ¿Acaso sería posible olvidar los días interminables en los que había estado esperando su regreso? ¿La excitación con la que descolgaba el auricular cuando sonaba el teléfono, ansiando que fuese él quien la llamara? ¿Sería posible borrar de su memoria la angustia del acoso a que Lorenzo la había sometido, mientras Fran la ignoraba, sin molestarse en averiguar si ella era capaz de salir por sí sola de ese trance?

—¿Qué pensabas cuando te llevaste tus cosas de nuestra casa? —le preguntó al fin en un susurro—. ¿Qué tenías proyectado?

Él hizo un gesto evasivo.

—No pensé nada. Surgió.

—¿Surgió entonces tu relación con Belén? No, ya sé que no. Venía de antes. Al recibir las fotografías que te envió Lorenzo, ¿lo que se te ocurrió fue la idea de marcharte con ella? Aprovechar la ocasión que te brindaban esas fotografías, ¿verdad?

—Bueno, sí —reconoció con los ojos bajos, fijos en la taza de café—.

Pero ella no es como tú, me di cuenta después.

—No, desde luego que no es como yo —apostilló Lucía con sorna—.

Tiene por lo menos quince años más que yo y compartirá contigo esa visión de la vida tan decepcionante. Convendrá contigo en que las ilusiones no son más que quimeras, propias de insensatos.

Se quedó mirándole de hito en hito luchando por encontrar en su semblante, tan querido, tan añorado, algo de lo que le había atraído tiempo atrás de él. Porque no era posible que se hubiese equivocado hasta ese extremo y que lo que la deslumbrara aquella mañana ya lejana en la Audiencia Provincial fuese un espejismo. Se apoyó en la mesa para comentarle con expresión intrascendente:

—El portero me dijo que te había visto varias veces en el portal de nuestra casa después de que te marcharas. También te vio en el garaje Simón, el vigilante —empezó en tono monocorde—. ¿A qué ibas?

Aguardó expectante su respuesta. Sin duda le diría lo que ella había sospechado, que acudía allí con la intención de encontrársela sin el formalismo de haberla llamado previamente para concertar un encuentro.

—Iba a buscar las cartas en el buzón —replicó él removiendo el café con la cucharilla—. Como en nuestra calle es imposible aparcar, metía el coche en el garaje.

Le escuchó sin querer creerlo.

—¿Y no se te ocurrió…? Solo tenías que subir dos pisos… dos pisos y en ascensor. ¿No se te ocurrió venir a casa y explicarme…?

Él se encogió de hombros.

—Bueno, yo creo que era obvio.

Incrédulamente se le quedó mirado con unas ganas de llorar enormes.

De llorar por algo que, aunque le dolía, se daba cuenta de que nunca había existido. Retrocedió en el tiempo para volver a la sala de la Audiencia Provincial aquella mañana. ¿Qué había visto en él? Le iluminaba un foco que había inventado ella y que dejaba en sombras el resto de la sala. Al reo que ocupaba el banquillo, a la abogada de la defensa y al propio tribunal.

Pero ahora él mismo había apagado el foco que le iluminaba y alguien había encendido la lámpara del techo. Podía percibir con toda claridad al público que se apelotonaba en los bancos frente al tribunal y al fiscal, en el estrado junto a ella, con su toga con los puños de encaje y con la elegancia de su gesto, con la prestancia que le confería el papel que representaba y la innegable precisión de su oratoria. Pero al apagarse el foco no la deslumbraba ya.

Se tomó el café de un sorbo e hizo después intención de levantarse.

—Tengo que marcharme, Fran. Han pasado demasiadas cosas y… te deseo lo mejor.

Él parpadeó desconcertado.

—Pero…

—Busca una mujer de tu edad, que te comprenda y que no te irrite con sus ilusiones y con su juventud —musitó Lucía en un susurro—. Lo nuestro no podía durar. Es mejor que lo aceptemos así.

Apresuradamente se alejó de la mesa en dirección a la puerta de la calle y una vez que salió al exterior caminó deprisa por la acera, como si la persiguiera su propia desazón. Aún sentía ganas de llorar por el recuerdo de lo que había dejado atrás, por la añoranza de una etapa de su vida que se

había desvanecido como el humo, dejándole un sabor amargo. Como Fran le hacía sentirse siempre, no era más que una niña estúpida.

Rememoraba Lucía esas sensaciones el día siguiente, mientras después de aparcar su coche en la explanada que se extendía delante de la prisión, aguardaba en el locutorio de la misma a que apareciera al otro lado del cristal el recluso al que había ido a visitar. Parecía todo tan absurdo…

Absurdo que le hubiera idealizado durante los nueve años en los que habían vivido juntos, sin querer ver cómo era en realidad. Y sobre todo que hubiera soportado sin una queja sus sermones, repetitivos e insoportables. ¿Sería que no era ella tan lista como la consideraba todo el mundo o…?

No tenía cerca a Isabel para que pudiera darle su opinión. Además, en ese momento Lorenzo acababa de surgir de improviso frente a ella. Había acudido al locutorio tan silenciosamente que Lucía se sobresaltó, aunque la mampara de cristal que les separaba a ambos y que dividía el cubículo por la mitad impedía que él pudiera tan siquiera rozarla.

Vestía él una camisa color arena de manga corta, que era el único detalle de su persona que podía identificarse como propio del siglo en el que se hallaban. Su cabeza seguía perteneciendo a otra época. A aquella, ya lejana, en la que Roma era un imperio y las estatuas que representaban a los personajes que lo habitaron podían admirarse en los museos. Se apartó los rizos de su frente, alta, como la de un patricio romano, a la par que clavaba en ella una mirada retadora y cogía el intercomunicador de la repisa de madera para hablar con ella.

—¿Qué?, ¿ha venido a disfrutar viéndome aquí encerrado? —le preguntó con petulancia, olvidándose de tutearla, como había efectuado la última vez que le había visto en el sótano de “El robledal”, cuando la enfocaba con la linterna desde lo alto de la escalera.

Lucía sostuvo su mirada, preguntándose qué sentimientos le inspiraba él en realidad en ese momento y no encontró la respuesta, quizás porque se agolpaba en su interior un confuso conglomerado de contradicciones, entre las que predominaba la curiosidad.

—No, no he venido a disfrutar de nada que tenga que ver con usted —

replicó con aplomo—. Tenía que visitar en esta prisión a otro recluso del

que me he hecho cargo de su defensa y de paso he decidido verle a usted también porque quería preguntarle algunas cosas.

Él había enarcado las cejas, por lo que Lucía se apresuró a añadir:

—Algunas cosas que no me han quedado claras, siempre, claro está, que quiera contestarlas.

En el rostro de él se pintó una expresión de recelo.

—¿Va a utilizar mis respuestas en el juicio?

—No, claro que no. Tengo que adelantarle que declararé en él como testigo de cargo, lo mismo que Francisco Guillén y Max Pereira, pero usted puede negar lo que me refiera ahora. Solamente trato de entender todo lo que me ha sucedido desde que tuvo a bien enviarme un correo amenazándome con arruinarme la vida, lo que por cierto estuvo a punto de conseguir.

Lorenzo sonrió y algo semejante a la admiración brilló en sus ojos castaños por espacio de un segundo.

—No, no he estado nunca a punto de conseguirlo. Reconozco que tiene usted una suerte excepcional. El plan que ideé no incluía matarla, se lo aseguro.

Desconcertada, Lucía se le quedó mirando incrédulamente con sus claros ojos azules muy abiertos.

—¡Ah!, ¿no?

—No. Lo que pretendía yo era que, desesperada, se suicidara. Lo mismo que mi hermana. Era la venganza perfecta, ¿no le parece?

Lucía intentó traer a su memoria el rostro de aquella chica, tímida, anodina, insignificante, a la que solamente había visto una vez. ¿Por qué no habría luchado contra el cúmulo de sinsabores que su intervención en aquel juicio le había ocasionado, en lugar de quitarse la vida?

—No lo sé, porque no he intentado vengarme nunca de nadie. Me parece una pérdida de tiempo.

Lorenzo dejó escapar una risita.

—¿De veras? ¿Tampoco de Francisco Guillén cuando le halló con otra en “Los almendros”? Pues yo sí disfruté al encontrarla a usted cuando salía corriendo de la casa, al imaginar lo que estaría sintiendo. Le había enviado

un correo citándola allí y acudió usted sin sospechar nada. Cayó en la trampa como una ingenua y pensé que con eso lograría mi propósito.

—¿Su propósito de que me suicidara?

—Sí.

Evocó ella aquella tarde ya lejana. No había sido Fran quien la citara como había creído en un principio. Había sido Lorenzo que deseaba que ella comprobara con sus propios ojos la relación que mantenía aquel con su secretaria. En su mente se vio a sí misma caminando a oscuras por el pasillo de la planta superior mientras fuera se desataba la tormenta y la pareció oír de nuevo la voz de Belén y la risa de él. La artimaña de Lorenzo había sido muy cruel.

—¿Pero por qué mezcló la excarcelación de Antonio Briones en el plan que había trazado? Fui a visitarle a la cárcel y él ni tan siquiera me recordaba.

—Para que relacionara los reveses que iban a ir sucediéndole uno tras otro con su intervención profesional en el juicio de ese hombre. Quería que se quedara aterrada al saber que salía de la cárcel y que pretendía vengarse de usted.

¿Estuvo maquinándolo todo ese tiempo?

Si y cuando leí en el periódico que había cumplido su condena, puse en marcha mi plan. Desde la casa de enfrente a la que usted vivía entonces tomé unas fotografías en las que aparecía usted con Francisco Guillén en la cama. Como a finales de junio hacía un calor espantoso, dormían con la ventana abierta y me resultó muy sencillo cogerle la llave de ese piso al portero y sacar una copia. El hombre ni se enteró y yo podía fotografiarles a los dos cuando me venía en gana.

—Y luego manipuló las fotografías, —continuó Lucía por él.

—Sí. No soy un experto del photoshop, pero no me quedaron mal. Se las envié a Francisco Guillén que, como ya había supuesto, se sintió herido en su dignidad y recogió sus cosas de la casa en la que vivían ustedes dos, para trasladarse a la de su secretaria. Ya anteriormente mantenía una aventura con ella y también había tenido ocasión de fotografiarles en el dormitorio de esta en una posición inequívoca. No entiendo el motivo de

que usted se empeñara en creer que esas últimas fotografías también habían sido manipuladas, porque eran absolutamente fidedignas.

Recordándolo, Lucía se mordió los labios. Efectivamente, al principio había dado por hecho que no era Fran el hombre que aparecía en la fotografía con su rubia secretaria. Quizás porque era lo que quería creer, se dijo. Y quizás porque le había adornado con unas cualidades que solo existían en su imaginación.

—Pensé que la ruptura con él sería suficiente para que usted se hundiera definitivamente en la más negra depresión —continuó él—. Se la veía tan absurdamente enamorada de un hombre que le llevaba tantos años… Pero ante mi sorpresa, dos o tres días más tarde conoció a otro que eclipsó fulminantemente al fiscal.

—Nos espió desde la casa de enfrente, ¿verdad?

—Sí, en su salón y con las luces encendidas se les distinguía perfectamente. Les vi cenar, beberse una botella de vino y charlar en perfecta armonía.

—Imagino que se llevaría un gran disgusto —se burló sardónica.

—Pues sí, me descolocó. Pero antes de que le conociera, supe por mi madre, que había entrado a trabajar en su despacho con el propósito de colaborar conmigo, que tenía un juicio en Campillo de la Sierra a la mañana siguiente. Por eso le pinché las cuatro ruedas del coche.

—Ya —musitó apenas Lucía— para que no pudiera llegar a tiempo al juicio. Olvidó que existen taxis.

—Sí, pero confié en que tardara en encontrar uno y que ese uno no estuviera dispuesto a recorrer tantos kilómetros. El caso es que la seguí y comprobé que llegaba a ese pueblo con algo de retraso, por lo que no tuve más remedio que averiar el ascensor en el que subía al juzgado con Maximiliano Pereira.

—Max, no Maximiliano —le corrigió Lucía—. Ya recibimos hace unos días la resolución de la Dirección General de los Registros y del Notariado acordando la modificación de su nombre. Ahora se llama Max.

—Como quiera —rezongó él—. Lo que no pude prever es que en el tiempo en el que permanecieron encerrados en el ascensor se pusieran de

acuerdo en resolver amistosamente la cuestión por la que pleiteaban y que encima les sobrara tiempo para pelar la pava.

A su pesar, enrojeció ella.

—No pelamos ninguna pava —protestó.

Lorenzo volvió a reír.

—Claro que la pelaron. Se olvidó usted del fiscal en cuanto encontró a otro más joven, más alto y más rubio. Es usted tan inconstante como todas las mujeres.

Indignada estuvo a punto ella de dar por terminado el tiempo de comunicación de que disponía y salir del locutorio con la cabeza alta, pero luego pensó que había bastante de cierto en lo que Lorenzo había insinuado y que, en cualquier caso, aún no sabía todo lo que pretendía averiguar, por lo que se limitó a envolverle en una mirada despectiva.

—No es de extrañar que también le gustara usted a él —continuó sarcásticamente Lorenzo—, porque es muy guapa y tiene además algo especial. Puedo asegurarle que incluso me gusta a mí.

—Ya, —masculló Lucía echando chispas por los ojos—. Pues lo ha disimulado muy bien. Por lo mucho que le gusto decidió mandarme al otro barrio incendiando “El robledal”, ¿verdad?

Lorenzo se encogió displicentemente de hombros.

—No tuve más remedio. Había jurado vengarme de los dos por lo que le hicieron a mi hermana, pero en otras circunstancias también yo hubiera intentado pelar la pava con usted.

—¿No le parece que son demasiadas las pavas que baraja? —replicó airada—. Pero continúe. Ha dejado su historia a medias.

Lorenzo volvió a sonreír con suficiencia.

—Sí, he olvidado aclararle que cuando llegué al pueblo detrás de usted y la vi dirigirse al edificio del juzgado, llamé por el móvil al portero y, simulando una voz cascada, de viejo con bronquitis, le dije que su madre estaba muy enferma y reclamaba su presencia. El hombre se lo creyó y salió a toda prisa hacia el pueblo vecino. Yo ocupé su puesto y les contesté con la misma voz cascada cuando pulsaron el timbre de alarma. Así conseguí retenerles en el ascensor durante una hora y media, con lo que creí haber conseguido que perdiera usted el juicio y consiguientemente a su cliente.

Lucía le envolvió en una mirada desdeñosa.

—Muy astuto.

—¿Verdad que sí? Pero ya le he dicho que no pude imaginar que aprovecharía usted la hora y media en la que permaneció encerrada en el ascensor para flechar a su adversario en el procedimiento judicial, llegar con él a un acuerdo, y encima olvidarse del fiscal y sustituirle con ese muchacho, pues la ruptura con Francisco Guillén era mi principal baza con vistas a su suicidio.

—Pues no sabe cuánto lamento haberle decepcionado —se burló Lucía.

Lorenzo se encogió de hombros como si quisiera quitarle importancia al asunto y luego continuó:

—Por mi madre fui teniendo conocimiento de los documentos que tenía que redactar usted para presentárselos a la firma de los clientes y los que tenía que aportar en los procedimientos judiciales en los que tenía que personarse. Unos se los borré del ordenador cuando ya se había marchado del despacho y le escamoteé los otros del maletín la noche anterior a la vista. Tampoco dio resultado. De una manera o de otra conseguía salir airosa del trance.

—Y entonces decidió llamar a todos mis clientes con su voz cascada de viejo con bronquitis para comunicarles que yo estaba con un pie en el otro mundo y que por consiguiente había cerrado el despacho con carácter urgente —continuó ella.

—Sí. Aproveché una mañana en la que usted se había quedado en su casa llorando a su Fran y con la ayuda de mi madre les localicé telefónicamente a todos, pero también consiguió usted neutralizar los efectos de mi ardid —reconoció Lorenzo.

—También fue una lástima que se me ocurriera como solucionarlo.

—Sí, pero no me diga que la mía no había sido una idea genial.

—Genial —repitió ella con voz lúgubre—. ¿Era entonces cuando esperaba que me suicidara? —le preguntó con sarcasmo—. No sabe cuánto siento haberle defraudado. Y supongo que también era usted el que me colocaba encima de la cama un pijama similar al que usaba Fran cuando aún vivíamos juntos. Lo que aún no he averiguado es cómo entraba usted en el piso sin forzar la cerradura, porque me cambiaron el bombín.

Él se echó a reír como si encontrara su pregunta sumamente divertida.

—Saqué una copia de la llave que tenía en el bolso con la ayuda de mi madre.

—Sí, pero ya sabe que, cuando la despedí, cambié el bombín de la cerradura.

—Sí, pero entonces la que me ayudó fue Olvido. Es una chica bastante simple que creía todas las historias que le contaba y se prestó a ayudarme creyendo que también la ayudaba a usted.

Lucía hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y se apartó después con la mano izquierda la melena que con el movimiento le había resbalado sobre el rostro, mientras que con la otra sostenía el intercomunicador junto a su oído.

—Ya. ¿Y por qué en “El robledal” golpeó a Max en la cabeza y le arrojó por la escalera del sótano? Él no intervino para nada en el juicio de Antonio Briones ni conoció a su hermana.

Lorenzo se mesó la barbilla a la par que desviaba la mirada del rostro de ella para fijarlos en un punto indeterminado. Su expresión era la de un demente. Sonreía con el aire triunfal del que cree haber logrado un gran objetivo.

—Esa sí que fue una idea genial —murmuró en voz alta, pero como si hablara para sí mismo—. Quería achacarle a usted el crimen. Era la única persona que se encontraba en la casa con él y la denuncié por teléfono a la policía para que la detuvieran pensando que le imputarían el delito, porque creí que con el batacazo que se dio al rodar por la escalera no lo contaría.

Lucía se quedó mirándole sin que su expresión trasluciera el deseo que sentía en ese momento de atizarle un puñetazo en el estómago.

—Solo se hizo un chichón —replicó con voz monocorde. Y con una ironía corrosiva añadió—: La verdad es que ha tenido usted muy mala pata…

—Sí —reconoció pensativo, sin captar su sarcasmo—. Y eso que había planeado hasta el más mínimo detalle.

Incapaz de continuar soportando su presencia por más tiempo, Lucía se puso en pie.

—Lo probable es que con la mala suerte que está teniendo últimamente, cuando le juzguen le condenen a una pena de prisión de muchos años. Es lo menos que se merece por lo “genial” que ha demostrado ser.

Desconcertado, él se quedó mirándola sin pestañear y a Lucía le recordó en ese momento a un emperador romano destronado.

—Espere —le dijo levantando una mano, como si con ese ademán intentara retenerla—. Yo quería pedirle… quería preguntarle si no querría defenderme en el juicio.

Lucía se volvió a medias para envolverle en una mirada de desprecio.

—¿Yo, a usted?

Lorenzo acusó el desdén con el que ella le respondía y trató de explicarse con aire tímido.

—Yo… he oído que todas las personas tienen derecho a ser defendidas.

Ella se echó a reír.

—Efectivamente todas tienen derecho a ser defendidas, pero no por mí.

Yo elijo a los que defiendo y usted no está incluido en la relación de los que se lo merecen. Y ahora adiós. Como le acabo de decir, le deseo que le caigan muchos años.

Despectivamente le volvió la espalda y salió taconeando al largo pasillo de los locutorios, que recorrió deprisa para encaminarse hacia la salida. La explanada parecía dormitar bajo la achicharrante solanera del medio día, como si en los últimos días del verano, este se resistiese a despedirse, y Lucía la recorrió con la cabeza baja para defenderse de los ardores inclementes del astro rey que centelleaba en el firmamento como un globo dorado. La carrocería de su coche ardía también tras la prolongada exposición a sus tórridos rayos, por lo que al subirse al vehículo puso en marcha el aire acondicionado y arrancó seguidamente el motor.

La cárcel de Alcalá Meco distaba tan solo unos kilómetros de Campillo de la Sierra, así como de “El robledal” donde la esperaba Max. Estrenaba él su nuevo nombre y habían quedado en comer juntos para celebrarlo, por lo que salió de la explanada donde había aparcado el coche y poco después se unía al espeso tráfico que circulaba por la autopista.

Al llegar a la desviación la dejó atrás y enfiló el camino vecinal, que, como una cinta blanca, se extendía a lo lejos bajo un sol abrasador.

Alegremente soportó los baches sobre los que el coche se bamboleaba como una coctelera y bajó el cristal de la ventanilla para aspirar el olor a sierra, sintiéndose absurdamente feliz. Ya distinguía a lo lejos los primeros robles que al comienzo de la finca crecían aislados y que iban arracimándose conforme se aproximaban a la casa y, destacándose contra el cielo azul, la oscura mole de esta, ahumada aún por el incendio provocado por Lorenzo.

No había vuelto a esa casa desde aquella noche y le pareció distinta con su fachada ennegrecida. También ostentaba ahora un aire melancólico, como si echara de menos los días en los que se alzaba incólume, sin las negras cicatrices que el fuego había marcado en sus viejos muros de piedra.

Al oír el sonido del motor del coche aproximándose, Max había salido a recibirla y la esperaba junto al portón. Se dirigió a su encuentro en cuanto Lucía aparcó junto a la fachada y descendió del vehículo. Vestía un pantalón vaquero y una camisa azul de manga corta y sobre la frente le resbalaba un mechón de cabello más rubio que el resto, desteñido por su larga exposición al sol.

—¿Qué?, ¿has hablado con él? —le preguntó en cuanto ella se le reunió.

Se refería a Lorenzo, con el que Lucía le había dicho que quería entrevistarse esa mañana en la cárcel para que le aclarase algunas cosas que no acababa de entender y, aunque Max consideraba que era preferible olvidarse de su existencia, ella no se había mostrado conforme.

—Sí, me ha explicado que llevaba diez años planeando su venganza contra Fran y contra mí y que la puso en práctica en el momento en que Antonio Briones salió de la cárcel, tras cumplir la pena que le había sido impuesta.

—Y estuvo a punto de conseguir su propósito y mandarnos a los tres al otro mundo —masculló Max mordiendo las palabras—. Lo que más siento es no poder cumplir ya mi mayor aspiración, que es la de aplastarle las narices de un puñetazo. ¿Crees que si me acerco a la cárcel me dejará el funcionario de prisiones que le sacuda unas cuantas tortas en el locutorio?

Me parece que es lo menos que se merece.

Lucía se echó a reír.

—Sí se las merece, pero te resultaría imposible, porque en los locutorios de las cárceles los reclusos están separados de sus visitantes por un cristal de seguridad.

—Pues vaya por Dios, —rezongó él frotándose los nudillos de una mano con la otra, como si ese gesto le ayudase a controlar el deseo que acababa de manifestar—. Pero ven, te voy a enseñar cómo ha quedado la casa por dentro, gracias a ese imbécil.

Le indicaba el portón de entrada y Lucía le siguió dentro del vestíbulo, que le pareció totalmente distinto. Ya no flotaban en su interior los vestigios del pasado ni quedaba rastro alguno de la época en la que habían vivido sus antiguos habitantes. Era ahora una tiznada y macilenta ruina, sin recuerdos.

La tarima del pavimento había ardido, así como el sofá y los dos sillones tapizados en seda amarilla donde, sin duda, tomaran asiento los amigos del abuelo de Max años atrás. Los cajones de la cómoda, que había estado adosada a la pared, estaban esparcidos por el suelo medio chamuscados y el espejo que había pendido sobre ella alfombraba ahora el pavimento, convertido en trozos desiguales que brillaban a la luz del sol.

También los muros, materialmente cubiertos antes con fotografías de señores con bigote y raya en medio, aparecían desnudos ostentando un tristón color negruzco y los postigos del ventanal pendían carbonizados balanceándose en sus goznes de hierro, junto con los andrajos de lo que debieron ser los cortinones de terciopelo granate. Colgaban ahora como negros pingajos de la barra de la que habían estado suspendidos sobre el ventanal durante lustros o quizás durante siglos.

El fuego no parecía haber alcanzado a la escalera que se mantenía intacta ni tampoco al niño de la cítara que, aunque sumamente tiznado, continuaba tocándola encaramado a su pedestal. Lucía lo observó en silencio con algo de rencor. Ni la tormenta ni el incendio habían sido capaces de alterar la estúpida sonrisa del niño, que impertérrito se alzaba sobre su pedestal, como si se mantuviera al margen de los sucesos nada gratos que habían acontecido en esa casa.

Sorteó ella la estatua para seguir a Max, que la precedía ahora por lo que quedaba de lo que fuera el pasillo, que aquella noche de tormenta había recorrido a oscuras, alumbrada tan solo por la luz de los relámpagos. Le

pareció distinto. Pero no solo porque sus paredes estuvieran ennegrecidas y el pavimento de madera chamuscado. Le pareció distinto porque el sol penetraba a raudales por la alta ventana enrejada arramblando con las sombras huidizas que la habían acompañado aquella noche, mientras avanzaba a tientas buscando a Max. Aunque requemado, ahora era un pasillo como todos, sin los fantasmas que parecían agitarse entonces en la oscuridad.

Max se volvió hacia Lucía para captar por su expresión la sensación que le producía el desolado panorama que se ofrecía ante sus ojos y sorprendido comprobó que sonreía.

—¿No te parece que el fuego lo ha destrozado todo y lo ha convertido en un antro inhabitable? —le preguntó con ansiedad—. Ha venido a ver la casa un amigo que es arquitecto y me ha dicho que los muros no han sufrido daños y que bastaría con reparar los tabiques interiores afectados por el incendio, pero a mí me parece que es imposible que esta casa pueda volver a ser la que era. ¿Qué opinas tú?

Se lo preguntaba con un interés bastante desmedido y Lucía volvió a sonreírle.

—¿Sigues pensando venirte aquí a vivir en cuanto le pagues a Casilda su parte?

Él tardó en responder y cuando lo hizo la voz le salió algo ronca de la garganta.

—Aún no lo sé, depende.

—¿De qué depende?

—De lo que opines tú. ¿Te gustaría vivir aquí conmigo?

Lucía clavó sus claros ojos azules en el bronceado semblante de él y como en otras ocasiones le recordó su expresión a la de un estudiante que aguardara impaciente a conocer la calificación que hubiera obtenido tras un examen importante. Con aquella actitud parecía tan joven…

—¿Me estás proponiendo…?

—Que te cases conmigo.

—¿Qué me case contigo? —repitió tontamente Lucía en tono interrogante.

—Sí, supongo que no tendrás nada en contra del matrimonio —replicó Max con guasa—. Ya somos mayorcitos los dos y los dos estamos solteros.

Además, y lo que es más importante, quiero pasar el resto de mi vida contigo. Por eso te estoy preguntando qué es lo que quieres tú.

Aunque Lucía sintió al oírle unos incontenibles deseos de brincar, se quedó inmóvil y luego fue a apoyarse contra la ennegrecida pared del pasillo, poniéndose la espalda de su chaqueta perdida de hollín.

Max continuó mirándola expectante y de improviso la atrajo hacia él rodeándola con sus brazos. Luego se apartó unos centímetros para estudiar su expresión.

—Yo también quiero casarme contigo —repuso Lucía sin apartarse de él—. Por una extraña razón ya me gustaste aquel día en que te abalanzaste dentro del ascensor del juzgado de Campillo de la Sierra y me diste un empujón, estampándome contra la pared. Parecías un oso furibundo.

Max se echó a reír.

—No te di ningún empujón.

—Claro que me lo diste.

Él analizó su expresión con la cabeza ladeada.

—¿Y qué pasa, es que te gustan los empujones?

—No, claro que no. Solo me gustó aquel, así que procura no repetirlo.

—De acuerdo, lo procuraré, pero aún no me has contestado.

Lucía enarcó las cejas sin comprender.

—¿A qué? Te he dicho que sí quiero casarme contigo con un traje blanco y que venga toda mi familia de mi pueblo para asistir a la ceremonia.

Se pondrán locos de contento al comprobar que al fin he sentado la cabeza y he encontrado a un hombre dispuesto a mantenerme.

Max la observó incrédulamente.

—¿Vas a dejar de ejercer tu profesión?

—No, claro que no, pero en mi pueblo consideran aún que las mujeres se casan para que las mantengan sus maridos.

—¡Ah! —dijo él por todo comentario. Se quedó callado unos instantes con la mirada perdida en el fondo del corredor, como si estuviera rememorando la noche en la que recorrió ese mismo trayecto para bajar a la bodega a por una botella de vino. Luego pareció regresar al presente para

clavar en ella sus claros ojos color miel—. Sigues sin contestarme —dijo al fin.

—¿A qué?

—A si te gustaría vivir en esta casa. Si solo conservas malos recuerdos y prefieres que nos instalemos en Madrid, lo entenderé.

Lucía paseó su mirada por el largo y ahumado pasillo y luego continuó andando por él hasta que al alcanzar la primera puerta pasó a lo que había sido el salón. No quedaba nada de la sillería isabelina ni de sus cortinones oscuros. Tan solo las paredes ennegrecidas por el humo y el hueco del ventanal por el que se salía a la terraza, sin el cerco de madera, sin los postigos, sin nada.

—La cocina está aún peor —le oyó decir a Max.

Le siguió por el pasillo y penetró detrás de él en lo que quedaba de esa habitación. Recordaba que estaba alicatada hasta media altura con unos desportillados azulejos blancos, pero ahora se habían hundido dos de los tabiques y el suelo se había desplomado sobre lo que había sido el sótano.

Solo la puerta por la que se accedía a la escalera, por la que se bajaba a lo que ella había considerado un antro, continuaba en su lugar balanceándose sobre sus goznes con un chirrido agudo.

Lucía lo abarcó todo de una ojeada, diciéndose que la casa entera parecía otra. Luego se volvió hacia él.

—Sí, me gustaría vivir aquí, pero tendríamos que realizar algunos cambios.

—¿Cuáles?

—No me gustan los cortinones granates. Además el fuego no ha respetado ninguno de los que colgaban sobre los ventanales. Me gustan los visillos blancos y los sofás cómodos con muchos cojines.

—De acuerdo —aprobó él—. ¿Y qué más?

—Tampoco me gusta el sótano, aunque realmente no llegué a distinguirlo bien en las dos ocasiones en las que estuve allí abajo, pero preferiría que lo cegáramos al hacer la obra.

Tampoco a Max debía gustarle, porque se apresuró a dar su conformidad.

—Me parece bien. ¿Algo más?

Dudó Lucía en manifestar la última de sus pretensiones. En ese momento le pareció una tontería, pero si iba a vivir con él en esa casa quería encontrarse a gusto dentro de ella.

—No… si… bueno, es el niño de la cítara.

—¿Qué niño? —se extrañó Max—. En esta casa no hay ningún niño.

—Sí, en el vestíbulo. Está subido a un pedestal y no me gusta.

Esbozó él un gesto de extrañeza.

—¿Qué es lo que no te gusta, el niño o el pedestal?

—Ninguna de las dos cosas. No quiero volver a tropezar en adelante con esa estatua. No te importa, ¿verdad?

—No, claro que no, pero no recuerdo en este momento de qué niño me hablas.

Le precedió ahora Lucía hacia el vestíbulo y desde el comienzo del pasillo se lo señaló.

—Esa estatua, ¿la ves?

—Desorientado, Max parpadeó con expresión de no haber reparado en ella anteriormente.

—Pues es verdad —reconoció sorprendido—. No me había fijado nunca en ese niño y además el fuego le ha dejado de lo más cochino. ¿Pero no te parece que con tantos cambios la casa quedará muy diferente? ¿Que no tendrá nada que ver con la que edificó mi bisabuelo y que perderá ese aire romántico de otra época que la caracterizaba?

Lucía hizo un gesto de asentimiento. A ella también le gustaba la casa con su bosquecillo de robles y sus habitaciones espaciosas, pero no deseaba vivir en el escenario que los antepasados de Max habían diseñado ni notar su presencia intangible entre los muros que habían levantado un par de siglos atrás. Quería sentirse con él en el presente sin respirar el aire de otra época, sin percibir el sonido inaudible de los pasos de su abuelo. Tampoco le apetecía que en su nueva casa quedara vestigio alguno que le hiciese recordar la noche de tormenta que había padecido entre sus paredes, perseguida por una sombra.

Se abrazó de nuevo a él y levantando sus grandes ojos azules hacia su rostro le sonrió.

Claro que sí, Max, quedará muy diferente.

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