Y después de la tormenta

Ursula Llanos · Capítulo 7 de 19

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Y después de la tormenta

Capítulo 7

CAPÍTULO VII

Apenas si consiguió dormir y a la mañana siguiente decidió no acudir al despacho, por lo que llamó a Rosalía para que anulara las visitas que esta había citado. Estaba tan nerviosa, tan inquieta por la proximidad de su encuentro con Fran, que no lograba concentrarse en nada que requiriese realizar un esfuerzo mental, por mínimo que fuese.

A Rosalía le sentó muy mal su deserción e incluso se extralimitó al reñirla.

—¿Que no va usted a venir? ¿Que anule sus citas? No sé si se da usted cuenta de que últimamente no da pie con bola. ¿Cree acaso que sus clientes van a aguantar indefinidamente su falta de profesionalidad? Anteriormente para usted el trabajo era lo prioritario. ¿Qué le ha sucedido para haber cambiado tan radicalmente de actitud?

Aunque su secretaria no podía ver su evasivo ademán, Lucía se encogió de hombros. ¿Cómo explicarle que Fran era el centro de su vida y había estado a punto de perderle por la trampa que le había tendido el desgraciado de Antonio Briones? Solamente faltaban unas horas para que volviera a reunirse con él, por lo que no podía interesarse por ninguna otra cosa. Ni siquiera recordaba en esos momentos las fotografías que le habían enviado a ella a su despacho, que parecían demostrar que Fran la había engañado con su secretaria. Desde el primer momento había dado por hecho que respondían a un montaje y esa tarde aclararían el malentendido.

Como no conseguía razonar con claridad, se olvidó también del acuerdo al que había llegado con Lorenzo, según el cual ese mismo día empezaría él a prestarle sus servicios. Claro que, esa tarde no le necesitaba para nada.

Solo faltaría que el hombre se le pegara a los talones y estropeara su entrevista con Fran, porque había llegado a la conclusión de que, si la había

citado en la casa de la sierra, era porque los dos necesitaban la intimidad del solitario paraje, que constituía el escenario de muchas horas inolvidables.

Revolviendo la ropa de su armario para elegir la que más le favoreciera se le pasó la mañana y finalmente decidió que no procedía que se acicalase demasiado para acudir a “Los almendros” y que lo apropiado sería un pantalón vaquero y una blusa de florecitas. Se llevaría también un fino jersey de algodón azul pálido por si al atardecer empezaba a refrescar. Con el calor que estaban padeciendo en esos días le sobraría la ropa de abrigo, aún en la sierra, donde la temperatura era inferior en varios grados a la que marcaban los termómetros en la capital.

Se aproximó a la ventana de su dormitorio para atisbar el trocito de cielo que podía divisarse desde ese observatorio. Negros nubarrones se entretejían en el firmamento, oscureciendo la luz de un día que por lo especial debería ser alegre y soleado. Aún faltaban unas horas para su cita y quizás el viento que agitaba los árboles de la acera se llevase lejos a las nubes que amenazaban con descargar de un momento a otro. ¿Pero qué importaba si llovía?, se preguntó ilusionada. La lluvia podía ser muy romántica en ocasiones y el tintineo de sus gotas al caer sonaría sin duda como una música de fondo cuando se encontrase con Fran en la casa de la sierra.

Dominando a duras penas su nerviosismo, pasó luego revista a su oscura y lisa melena y después de muchas vacilaciones la dejó suelta, enmarcando su semblante, que era como a Fran le gustaba. Ante el espejo del cuarto de baño se pintó después, se despintó y volvió luego a pintarse y tuvo finalmente que salir corriendo de su casa porque se le hacía tarde. En el garaje la esperaba su Mercedes rojo y por un momento temió encontrarlo nuevamente con las ruedas pinchadas, pero afortunadamente Simón lo había vigilado estrechamente y se hallaba intacto, tal y como lo había dejado aparcado el día anterior.

Apresuradamente lo arrancó y salió del aparcamiento girando después para tomar la calle de María de Molina y enfilar más tarde la carretera de Barcelona. El trayecto que debía recorrer se asemejaba mucho al de la víspera, cuando se había dirigido en taxi al juzgado de Campillo de la Sierra, aunque no era exactamente igual. En el kilómetro veinticinco había

tomado el taxi una desviación y luego había enfilado el desempedrado camino vecinal que dando vueltas y revueltas ascendía por la montaña para finalizar en el pueblo. Esa tarde, debería abandonar ese camino para virar hacia otro, igualmente desempedrado, que también después de muchas vueltas y revueltas desembocaba en la casa que Fran heredara años atrás.

No tardó en alcanzar este, que atravesaba una zona boscosa y solitaria, cubierta de pinos, cuyo colorido natural se veía agrisado bajo los negros nubarrones que iban agolpándose en el firmamento, anunciando un inminente chaparrón precedido quizás de algún relámpago.

Pese al aguacero que presagiaban, hacía un calor sofocante, por lo que Lucía puso en marcha el aire acondicionado del coche. Lástima tener que regresar esa misma noche para dormir en su piso y poder presentarse temprano al día siguiente en el despacho para recibir a la primera visita de la mañana, se dijo. Rosalía pondría el grito en el cielo si ella no apareciese puntualmente. En su fuero interno sentía también ella algo similar al remordimiento por no cumplir debidamente con su trabajo, pero es que en el presente que estaba padeciendo no podía. Fran constituía el eje de su vida y desde su ruptura se sentía como si el timón que hasta entonces gobernara su existencia se hubiera partido en dos. Afortunadamente las aguas volverían a su cauce en cuanto aclararan lo ocurrido y él regresara a casa.

¿Pero por qué no lo habría hecho hasta entonces si todos los días le dejaba su pijama extendido sobre la almohada, como una indicación de que ese espacio de la cama le pertenecía? Parecía quererle decir con ello que no se había marchado definitivamente y que pensaba regresar de un momento a otro. Lo que no tenía explicación era que le colgara el teléfono cuando le llamaba y que no atendiera a sus llamadas.

La tarde bochornosa caía ya. Soplaba una brisa que zarandeaba las ramas de los árboles y se alejaba entre los pinos que cubrían la montaña con un rumor sordo. Parecía como si se susurraran un mensaje y Lucía de pronto sintió frío. El cielo iba oscureciéndose más y más. Pronto se haría de noche y ella seguía dando vueltas y más vueltas por aquel desierto camino que parecía no tener fin.

Nunca conducía ella el coche cuando anteriormente se marchaban a la sierra los fines de semana para pasarla en los “Los almendros”. Solía

dormitar, mientras Fran luchaba por esquivar los baches del camino, por lo que no había advertido entonces que el trayecto pudiera ser tan interminable ni tan solitario. Porque no se veía un alma por los alrededores. ¿Es que no iba a llegar nunca a la casa? Fran debería estar ya impaciente por su tardanza y quizás también de malhumor, porque soportaba muy mal la impuntualidad, pero es que ella había calculado que le bastaría con media hora para recorrer treinta kilómetros. No había supuesto que esos treinta kilómetros pudieran haberse alargado tanto y tan desconsideradamente ni que tuviera que recorrerlo en un vehículo que parecía haberse convertido en una coctelera que brincaba alocadamente sobre los pedruscos del camino.

Al fin, a lo lejos vio la casa, pero no divisó el coche de Fran frente al portón, que era el lugar donde solía aparcarlo en verano. Quizás, se dijo, lo hubiera guardado en el garaje.

Tampoco la casona parecía estar habitada. En ninguna de sus ventanas había luz y su mole de dos plantas se destacaba oscura contra los nubarrones grisáceos que teñían de negro el firmamento. Al llegar junto al portón, de recia madera de pino tachonada de clavos, aparcó el coche y saltó ligera al suelo. Luego se detuvo vacilante ante la puerta sin acabar de decidir si debería empujarla para entrar o si sería más oportuno que llamara al timbre. Optó por lo primero, pero el portón no cedió bajo el impulso de su mano, lo que la sorprendió un tanto. Fran no acostumbraba a cerrar la puerta con llave hasta la hora en que después de cenar se iban a la cama.

Claro que era natural que tomara precauciones esa tarde en la que se encontraba solo en lo alto de la montaña y empezaba a oscurecer.

Levantó la mirada al notar una gota de lluvia en la nariz. Los nubarrones se iban ennegreciendo por momentos y no tardarían en descargar. La segunda gota de agua, seguida inmediatamente de la tercera, la decidió. Sacó la llave del bolso y la introdujo en la cerradura al tiempo que un relámpago rasgaba el firmamento como una serpiente luminosa y a continuación un estruendoso trueno retumbaba por la montaña despertando ecos en las oquedades de las rocas.

¿Por qué habría opinado ella en alguna ocasión que le gustaban las tormentas?, se preguntó aturdida bajo el tejadillo que cubría el portón de entrada. Giró la llave en la cerradura y empujó este, advirtiendo que el

vestíbulo estaba oscuro y silencioso. Amenazaba con desplomarse un aguacero sobre la sierra, lo que no constituía una perspectiva muy halagüeña para ella, sola en aquella casa que parecía estar deshabitada, y distanciada varios kilómetros de la carretera por un interminable y desempedrado camino repleto de baches.

Pero la casa no podía estar deshabitada. Fran debía estar esperándola en la planta superior, pensó desazonada. La había citado allí y era un hombre extremadamente puntilloso y cumplidor, incapaz de darle un plantón a nadie. Además, ¿para qué habría de haberla citado en “Los almendros” si no tuviera la intención de entrevistarse con ella para arreglar sus diferencias?

Se giró sobre sí misma en el rústico recibidor de paredes de piedra, pavimentado con grandes losas de color rojo. A su derecha, dos enormes tinajas, también rojas, se asemejaban a otros tantos manchones rechonchos y negros en la oscuridad de la estancia. Un nuevo relámpago iluminó las tinieblas e hizo brillar los cacharros de cobre que pendían de la pared sobre las tinajas, arrancándoles destellos dorados. Frente a estas, un incómodo sofá de estilo castellano parecía aguardar la llegada de algún visitante y al fondo y, separado de la entrada por una puerta de cristales, se veía, o mejor, se adivinaba, una sala de estar con una chimenea de piedra. A tientas se le aproximó, palpándola para orientarse en aquella oscuridad.

Por una ventana con los postigos abiertos penetraba en la habitación algo de claridad y Lucía escudriñó las tinieblas para descubrir algún indicio que denotase la presencia de él. A la luz de otro relámpago reparó en la bandeja con dos copas y una botella de vino, colocada sobre la mesita de pino, cercana al sofá. Sin duda las había preparado Fran para recibirla y celebrarían con ellas su reconciliación junto a la apagada chimenea, como tantas otras veces habían hecho para festejar simplemente que se encontraban allí y que estaban juntos.

¿Pero por qué no salía Fran a recibirla? Creyó percibir un sonido a su espalda y se volvió asustada sin distinguir otra cosa que la oscuridad que la envolvía.

—¡Fran!, —le llamó en voz muy baja.

Un trueno ensordecedor fue la única respuesta y se estremeció al escuchar cómo iba repitiéndose su fragor montaña abajo. Al tiempo, una catarata de agua se desplomó sobre la casa, enturbiando la escasa claridad que penetraba anteriormente del exterior a través de la ventana. Ahora apenas si distinguía otra cosa que los bultos informes de los muebles más cercanos, pero conocía su ubicación exacta. Había pasado en esa casa muchos veranos e innumerables fines de semana, por lo que los fue sorteando sin tropezar con ninguno hasta que llegó al pie de la escalera.

Fran no estaba en la planta baja, se dijo, mientras tanteaba la barandilla.

Toda esa planta estaba a oscuras y además no se oía el menor sonido. Tenía que encontrarse en la planta superior.

La ventana redonda que iluminaba el descansillo carecía de postigos y permitía distinguir los peldaños que se alzaban ante su vista, por lo que no encendió la luz eléctrica, sino que ascendió despacio, fijándose bien en donde ponía los pies, con el estrépito de los truenos acallando el sonido de sus pasos. Se hallaba ya a media altura de la escalera, cuando el aguacero empezó a remitir y la tormenta a alejarse montaña abajo. Entonces, al alcanzar la planta superior, oyó algo. Algo así como un susurro, como un rumor de voces que parecía provenir del fondo del oscuro pasillo que se extendía ante sus ojos como algo negro y alargado sin contornos definidos.

Dudó en encender la lámpara que pendía del techo, porque las tinieblas que la envolvían se iban tornando más y más densas, pero desistió al distinguir el haz de luz que se escapaba bajo la puerta del que había sido el dormitorio que habían compartido Fran y ella y que se encontraba al fondo, cerrando el corredor. La ventana de esa habitación daba a la fachada posterior, por lo que desde la principal no podía verse la luz que la iluminaba. Sin duda, Fran la estaba aguardando allí, ya que el murmullo arrancaba de esa habitación, a la que se fue acercando silenciosamente, intuyendo algo muy desazonante que fue oprimiéndole un incierto espacio dentro del pecho.

El resplandor de un relámpago a través de la ventana redonda de la escalera aclaró momentáneamente las sombras y un trueno más lejano le sucedió, al tiempo que llegaba ella hasta la puerta del dormitorio. De puntillas remató el tramo final y entonces oyó distintamente la voz de una mujer, la de Belén, la secretaria de Fran, y seguidamente la risa de este.

Luego ella le coreó y susurró algo que Lucía no llegó a oír ya, porque otro trueno lo impidió.

Estupefacta, se quedó inmóvil junto a la puerta sin querer creer lo que había oído. Intentó reaccionar y recuperar el movimiento de sus miembros, pero la sorpresa era tan profunda que permaneció allí como una estatua sin conseguir mover un solo músculo. El relámpago que disipó durante un segundo las tinieblas la obligó a reaccionar y como una tromba se dio media vuelta y echó a correr por el pasillo en dirección a la escalera. Descendió como un ciclón por esta y estaba a punto de alcanzar el último peldaño cuando oyó abrirse la puerta del dormitorio y los pasos de alguien por el pasillo de la planta superior, que sin duda eran los de Fran. Sin cuidarse de no hacer ruido, Lucía remató el descenso y alcanzó la sala de estar, al tiempo que otro relámpago iluminaba la estancia y las dos copas con la botella de vino de las que poco antes había creído que una de ellas le estaba destinada.

Se hubiera reído sarcásticamente de sí misma si hubiera tenido ganas, pero no las tenía. Lo único que deseaba era salir de esa casa cuanto antes, sin que Fran advirtiera su presencia, para que no se percatara de la humillación que padecía en ese instante por haberle ido a buscar creyendo que la había citado allí esa tarde.

En el momento en que alcanzó el portón, le oyó gritar algo desde lo alto de la escalera. Le vociferaba al intruso, cuya presencia sospechaba, pero del que desconocía su identidad. Hubiera podido contestarle algo hiriente, pero no lo hizo. En lo que dependiera de sí misma no se enteraría nunca de que había acudido tontamente en su busca y de que se lo había encontrado con otra. Ni de eso ni de que desde que él se marchara de la casa que compartían le había estado esperando y esperando sin conseguir concentrarse en su trabajo ni pensar en otra cosa que no gravitara sobre él y su regreso.

Un relámpago zigzagueó entre la oscuridad de las nubes cuando salió al exterior y fue recibida por una catarata de agua que se desplomó sobre ella, empapándola. Su coche estaba cerca del portón y corrió hasta el vehículo, abriendo a continuación la portezuela e introduciéndose en su interior. Iba a

arrancar ya, cuando sintió que alguien la agarraba por detrás y ahogó un grito.

—No se asuste, soy yo —le oyó decir a Lorenzo—. La he seguido hasta aquí, porque, aunque no parece que se acuerde, ayer quedamos en que le serviría de guardaespaldas desde esta misma tarde. ¿Lo ha olvidado?

Lucía se dio la vuelta en el asiento y a la luz de un débil relámpago le distinguió sentado en el posterior con un impermeable. La capucha que le cubría la cabeza le impedía distinguir su rostro, pero le pareció que le sonreía con una suficiencia que la irritó.

—No necesitaba que me acompañara esta tarde. Había quedado con…

con un amigo y ya me marchaba. Espero que en el futuro siga mis instrucciones.

Lorenzo se quedó callado como si estuviera recapacitando. Luego le preguntó en otro tono:

—¿Está segura de que en esta excursión que ha realizado a la sierra, bajo una tormenta de campeonato y un diluvio similar al bíblico no le sirvo de ayuda? ¿Cómo sabe que no la ha seguido su delincuente particular hasta este lugar tan solitario?

Lucía reprimió un respingo de sobresalto e intentó distinguir algo a través del cristal de la ventanilla. Los árboles que crecían delante de la casa se agitaban como sombras fantasmales al compás del viento, que rugía como si estuviera enfurecido por el estruendo de los truenos, a la par que luchaba por arrancarlos de cuajo.

—¿Piensa acaso que…?

—¿Y por qué no? El paraje me parece perfecto para darle a usted un buen susto y la meteorología que estamos padeciendo también. ¿No ha escuchado en la televisión el pronóstico del tiempo? Ha anunciado tormentas en la sierra y abundantes chubascos. ¿No ve la televisión?

No, se dijo Lucía. Últimamente no la veía ni se enteraba de nada. Desde que recibiera el mensaje de Fran citándola en “Los almendros”, no había pensado en otra cosa que en reunirse con él y en aclarar la treta de que se había valido Antonio Briones con las fotografías que les había enviado a los dos. ¿Por qué tenía que haberse preocupado además por el tiempo que iba a hacer?

Sin duda Lorenzo sí se había interesado por esto último, porque llevaba un impermeable, mientras que ella estaba a punto de coger un buen catarro, empapada como estaba por la lluvia que le había caído encima. Pero deseaba marcharse de allí cuanto antes. Solo faltaría que Fran se asomara por alguna ventana de la fachada principal y descubriera que era el automóvil de ella el que estaba aparcado junto al portón. Se daría cuenta inmediatamente de que había acudido a la entrevista para la que la había citado, con lo que habría hecho el más lamentable de los ridículos.

—Tengo que marcharme inmediatamente —le dijo reprimiendo su nerviosismo y un inoportuno estornudo—. ¿En qué ha venido usted?

—En mi coche, naturalmente —replicó él de aparente buen humor—.

No es tan magnífico como el suyo, pero cumple su papel. Lo he aparcado cerca de aquí, ocultándolo entre unos árboles.

—Pues le acercaré hasta su coche y regresaremos inmediatamente a Madrid —decidió ella—. Puede usted seguirme o ir delante, lo que prefiera.

En la oscuridad que invadía el vehículo, oyó la risa de él.

—Prefiero ir delante, si no le importa. ¿Está segura de que sabe regresar a Madrid con esta lluvia? Apenas si se ve algo a través de los cristales.

—Claro que sé regresar a Madrid —replicó ofendida. Y sin advertir que estaba hablando más de la cuenta y que Lorenzo iba a atar cabos y a advertir que había mantenido una relación intensa con el “amigo” al que había ido a visitar, añadió en tono altanero—: He venido a esta casa cientos de veces y he regresado a mi casa otras tantas. ¿Piensa acaso que soy tonta?

—Por supuesto que no —le oyó decir a Lorenzo, aunque no veía su rostro y mucho menos su expresión—. Al contrario, pienso que es muy lista y muy buena abogado. Demasiado buena, diría yo.

—¿Qué quiere decir con eso? —se enfadó Lucía.

—Nada, no quiero decir nada. Vamos a recoger mi coche, antes de que se asome a la ventana “su amigo” —recalcó con retintín— y nos descubra aquí. Siga cuesta abajo por el camino hasta ese grupo de árboles.

—¿Qué grupo de árboles? —trató de averiguar ella, pegando la frente al cristal del parabrisas y escudriñando la oscuridad—. No veo nada.

—Aunque no vea nada, siga cuesta abajo por el camino —insistió pacientemente Lorenzo.

Encendió Lucía los faros del coche y puso en marcha el limpiaparabrisas, que despidió sobre el cristal transparentes chorros de agua, semejantes a dos surtidores. Luego arrancó el motor y avanzó despacio por el sendero hasta que él le indicó que se detuviera, señalándole algo que ella no vio.

—Pare, que mi trasto está ahí mismo. La precederé por el camino hasta su casa, así que lo único que tendrá que hacer será seguirme.

Lucía giró la cabeza hacia el asiento posterior e intentó ver su expresión, pero solo logró distinguir su rostro en sombras bajo la capucha de su impermeable.

—De acuerdo, ¿pero cómo sabe dónde vivo?

Lorenzo se echó a reír nuevamente.

—Es lo menos que cabe esperar de un guardaespaldas, ¿no le parece?

—¿Y cómo ha averiguado que iba a venir a la sierra esta tarde? No se lo he dicho a nadie, ni siquiera a Rosalía.

Volvió a oír su risa que traslucía algo de sarcasmo.

—De una forma muy sencilla. Me he plantado con mi coche frente a su portal y cuando he visto salir su Mercedes la he seguido. Si me necesita como escolta, tendrá que dejarme que cumpla esa misión, aunque me resultaría más sencillo mi trabajo si me comunicara sus planes con antelación, ¿no le parece?

Sin aguardar su respuesta, bajó ágilmente del coche y corrió bajo la lluvia hacia unas sombras alargadas, zarandeadas por el viento, sobre las que Lucía dedujo que serían los árboles tras los que había guardado su coche. Luego vio los faros de este precediéndola por el invisible camino y lo siguió, aguantando estoicamente el balanceo del automóvil sobre sus pedruscos hasta que alcanzaron la autopista.

Ya en la carretera se relajó un tanto e intentó reflexionar, aunque la desazón que la oprimía por dentro le impedía razonar con claridad. ¿Por qué la habría citado Fran esa tarde en “Los almendros”? Estaba con Belén y no podía desear por ninguna circunstancia que ella les sorprendiera juntos. A Fran le horrorizaban las escenas y podía haber ocurrido que los tres se enzarzaran en una gresca, si no fuera porque su amor propio le impedía encarar una situación violenta reaccionando de ese modo.

¿Por qué entonces? ¿Para que se percatara de que había terminado definitivamente con ella y que la había sustituido con Belén? No se correspondía con el carácter de Fran el haber tomado una decisión de tan mal gusto. Era un hombre extremadamente parco en sus demostraciones afectivas y también en sus enfados. Jamás levantaba la voz ni accionaba con las manos, como Lorenzo. No era propio de él citarla para que presenciara lo que había presenciado en la casa de la que había salido corriendo. Pero entonces…

De improviso sintió una especie de fogonazo en el cerebro. Recordó el correo que había recibido en su ordenador, enviado por un remitente que decía ser Fran, pero de cuya identidad no tenía constancia alguna. Frunció el ceño para evocar con mayor precisión el texto del mensaje en la pantalla de su ordenador y de pronto lo vio claro. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? No había sido él quien la citara en “Los almendros” esa tarde.

Había sido Antonio Briones. Ese tipo quería que ella les encontrara dentro de la casa y por esa razón le había enviado el correo, para hacerle daño y, de paso, para que hiciera el ridículo también.

Se le llenaron los ojos de lágrimas y se los limpió de un manotazo para poder distinguir con claridad la autopista por la que iba conduciendo. ¿Pero y el pijama de Fran?, se preguntó a continuación. ¿También sería Antonio Briones quien se lo colocaba sobre la almohada? Y de ser él, ¿qué pretendía con ello?

Había llegado a su calle y al llegar a la entrada al aparcamiento de su casa Lorenzo siguió de largo, diciéndole adiós con la mano y Lucía bajó con el coche por la rampa y lo aparcó en la plaza que le correspondía al piso que tenía alquilado. Cuando descendió del vehículo se detuvo después de haber avanzado un par de pasos hacia la salida, notando algo extraño a su alrededor. El garaje se hallaba casi a oscuras, porque sus luces se iban encendiendo al paso de los que lo transitaban y no vio a nadie por las inmediaciones. Percibió un silencio casi absoluto en torno. No se oía ni el ruido de una mosca, pero ese mismo silencio era excesivo. ¿O sería quizás lo que percibían sus nervios sobreexcitados?

En ese instante lamentó no haber esperado a Lorenzo para que entrara con ella en el garaje, pero ya no tenía remedio. De puntillas dio dos pasos

más hacia la puerta de salida donde se encontraba el ascensor, y luego echó a correr en esa dirección aguzando el oído. El miedo puso alas en sus pies, pero afortunadamente la cabina del ascensor se encontraba en el sótano y se precipitó dentro. Cuando la puerta de esta volvió a cerrarse no había aparecido ningún ser viviente ante su vista, por lo que dio un suspiro de alivio y cuando alcanzó la segunda planta, se abalanzó a abrir la puerta de su piso cerrándola con llave a continuación.

Ya en el vestíbulo y de espaldas contra la puerta, dejó escapar un nuevo suspiro de alivio. Allí se sentía a salvo. Estaba tan agotada como si hubiera escalado una montaña y con unas ganas de llorar inmensas. ¿Cómo podría haber cambiado su vida tanto en tan solo unos días? Hasta que recibiera el primer correo en el ordenador se había sentido tan feliz… tan realizada…

Le pareció injusto que aquel delincuente excarcelado la persiguiera para acosarla, solo porque ella le hubiera enviado años atrás a la cárcel, que era el lugar donde merecía estar, pero mucho más le dolía la actitud de Fran que ni tan siquiera le había dado la oportunidad de explicarse. ¿O acaso las fotografías que le había enviado ese tipo le habían servido de excusa para dejarla a ella y sin una despedida sustituirla por la estúpida de Belén?

Taconeando con sus zapatos nuevos, empapados por la lluvia, se dirigió a su dormitorio pero se detuvo incrédulamente en el umbral. Sobre la almohada, extendido como siempre, estaba el pijama de Fran, como una muda indicación de que iba a aparecer en cualquier momento, aunque ella había vuelto a guardarlo en el armario la noche anterior.

En esa ocasión no lo dudó. Se limpió los lagrimones con el dorso de la mano y cogió el pijama para llevarlo a la cocina y tirarlo a la basura.

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