Y después de la tormenta

Ursula Llanos · Capítulo 8 de 19

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Y después de la tormenta

Capítulo 8

CAPÍTULO VIII

A la mañana siguiente fue incapaz de levantarse cuando sonó el despertador. Se dio media vuelta en la cama imaginando la tormentosa expresión de Rosalía si ella no se presentaba en el despacho, pero terminó por encogerse de hombros y cerró los ojos con la esperanza de quedarse nuevamente dormida y no verse obligada a afrontar las desagradables novedades de la tarde anterior. Pero no consiguió dormirse. En su mente veía una y otra vez la sala de estar de Los almendros y el brillo dorado de los cacharros de cobre que pendían sobre las tinajas y refulgían a la luz de los relámpagos. Luego esa visión fue reemplazándose por la oscuridad que envolvía la planta baja de la casa y seguidamente creyó vislumbrar su ascensión por la escalera, acompañada por el estruendo de los truenos, hasta que alcanzó la puerta de su dormitorio y oyó la voz de la secretaria de Fran.

Probablemente habría comenzado él su relación con Belén antes de que Antonio Briones saliera de la cárcel y al ser este excarcelado había tomado las fotografías de los dos que le había enviado al despacho y que ella se había empeñado en considerar un montaje. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida?

Se dio dos vueltas más en la cama y al comprender que no iba a conseguir dormirse se incorporó sobre un codo restregándose los ojos. Sería mejor que se levantara e intentara trabajar. El trabajo había sido siempre el mejor antídoto para todos sus problemas. Por eso había ganado su bien merecido prestigio y no iba a tirar por la borda el enorme esfuerzo que había realizado durante los diez años que habían transcurrido desde que empezara a ejercer la profesión. Llamaría a Rosalía y le diría que se le habían pegado las sábanas, pero que no tardaría en presentarse en el despacho.

Cansinamente se dirigió al salón para tomar asiento en el sofá y marcar el número de su secretaria en el teléfono fijo que se encontraba sobre una mesita, junto a este. A través del hilo le sonó la voz de Rosalía más cordial que de costumbre, pues se interesó por su salud y por su estado de ánimo, lo que no era habitual en ella.

—¿Pudo descansar ayer? —le preguntó—. ¿Tuvo una tarde agradable?

¿Por qué se interesaría precisamente por cómo lo había pasado la tarde del día anterior? ¿Sospechaba acaso que iba a entrevistarse con Fran, al que por cierto no le tenía ninguna simpatía?

No, no podía imaginar semejante cosa, porque ella no le había comunicado que hubiese terminado con él. Además y en cualquier caso, sus asuntos sentimentales no eran de la incumbencia de Rosalía, por muy maternal que fuese la actitud que estaba adoptando con ella esa mañana. Por eso le contestó:

—Sí, me cayó encima una tormenta, pero todo fue bien. Y perdona, si seguimos hablando voy a llegar tarde.

—No se preocupe por eso —sonó extrañamente alegre la voz de la otra

—. No tiene a nadie citado esta mañana. Ni tampoco esta tarde.

Lucía se apartó el auricular del oído y lo miró extrañada. ¿Qué le ocurriría a Rosalía para estar tan contenta y demostrarle tanta simpatía?

—¡Ah!, pues me parece muy bien, pero de todas formas no tardaré más de diez minutos en llegar. Hasta ahora.

¿Por qué le habría dicho que estaría en el despacho dentro de diez minutos?, se preguntó mientras se levantaba cansinamente del sofá. Antes de una hora no conseguiría arreglarse, pues le costaba un inmenso esfuerzo cada movimiento que hacía, como si lo ocurrido en “Los almendros” la tarde anterior la hubiese anquilosado los miembros. Con dificultad, sintiendo los músculos atirantados, giró la cabeza para mirar a la calle a través del visillo y averiguar si amenazaba también tormenta esa mañana.

El trozo de cielo que podía ver desde el ventanal del salón tenía un aspecto blanquecino con jirones de nubes deshilachadas que no dejaban traspasar los rayos del sol. Tampoco podía saber tras el cristal la temperatura que hacía en el exterior, por lo que terminó por descorrer el visillo y abrir la

ventana para asomar la cabeza. Hacía calor. Un día bochornoso, típico del mes de junio tras una tormenta.

Sin saber por qué levantó la cabeza hacia la casa de enfrente, atraída por algo que brillaba en la ventana del tercer piso. La persiana estaba levantada a medias y algo había centelleado en el alfeizar durante una décima de segundo. Desde la habitación a la que correspondía esa ventana Antonio Briones había tomado las fotografías que habían ocasionado su ruptura con Fran. ¿Se encontraría ahora en ese piso espiando sus movimientos a través del cristal de la ventana?

Se incorporó en el sofá y corrió nuevamente el visillo. Luego regresó a su dormitorio y agazapada tras la cortina marrón, a juego con la colcha, intentó atisbar lo que había llamado su atención en la casa de enfrente. Un rayo de sol se había colado entre las nubes deslizándose contra el cristal de esa ventana. Aguardó un minuto con los ojos fijos en su objetivo sin distinguir nada que pudiera responder al reflejo del sol sobre un objeto metálico. Iba a desistir ya de su intento y abandonar su observatorio, cuando algo relució durante un segundo tras la ventana para apagarse casi inmediatamente. ¿Lo habría imaginado?

No, había alguien en esa habitación observándola desde la casa de enfrente. ¿Sería Antonio Briones?

Con los ojos agrandados por el miedo bajó a medias la persiana del dormitorio y luego la del salón. En la casa no había ninguna otra habitación que diera a la calle de Lagasca, pues las ventanas de la cocina, la del cuarto de baño y la del otro dormitorio que utilizaban como despacho se abrían a un patio. Tenía que contárselo inmediatamente a Lorenzo para que averiguara quien había alquilado esa casa. Inquietísima volvió al salón y marcó su número en el móvil. Él contestó inmediatamente a su llamada.

—Lorenzo, estoy en mi casa y me parece que ese tipo me está vigilando desde el piso tercero B de la casa de enfrente. El portero me dijo que llevaba dos meses desalquilado, pero de alguna forma ese hombre consiguió entrar en ese piso cuando salió de la cárcel y hacerme unas fotografías en mi dormitorio, que le envió después a mi ex pareja. Creo que en este momento se encuentra otra vez en ese piso observándome, pero es una suposición mía, así que tiene que investigar si se trata de Antonio Briones.

Yo me voy a marchar ya al despacho, pero puede llamarme al móvil, a este número.

—Bien, bien, pero no se asuste —oyó tranquilizadora la voz de él—.

Luego pasaré a verla, porque me parece que no me ha contado todo lo que necesito saber. ¿Qué le parece si quedamos en su despacho esta tarde, a eso de las siete?

Recordó que había citado a esa hora a Maximiliano Pereira que deseaba acortar su nombre y pasar a llamarse simplemente Max, por lo que meneó negativamente la cabeza antes de expresarlo con palabras.

—No, a las siete tengo una visita. ¿Podría acercarse por allí a las seis y media?

—De acuerdo, pero le repito que no se asuste. Hasta el momento ese hombre no se le ha acercado, ¿no es eso?

Acercarse, acercarse hasta el extremo de que ella pudiera reconocerle, no se le había acercado, pero, tal y como se había propuesto, le estaba arruinando la vida.

—No, no se me ha acercado.

—Bien, pues eso es lo importante. Váyase tranquila a trabajar que ya me ocuparé yo de él. Hasta luego.

Cortó la comunicación y Lucía respiró más tranquilizada, alegrándose de haberle encargado a Lorenzo que la protegiera del ex recluso. En pocos minutos se arregló y saliendo al descansillo tomó el ascensor para bajar al garaje. Estaba ya a punto de arrancar el coche cuando recordó que se había dejado en el piso su maletín de trabajo, en el que había guardado unas notas que había tomado en el ascensor del juzgado sobre Max y el expediente que tendrían que incoar para que él pudiera olvidarse del pomposo nombrecito con el que había tenido a bien obsequiarle su progenitor. Con un resignado suspiro salió del coche y tomó nuevamente el ascensor, deshaciendo el camino andado.

En cuanto entró en su piso se dirigió directamente a la habitación que daba al patio, que Fran y ella utilizaban como despacho y localizó inmediatamente el maletín sobre su mesa. Con él en la mano salió al pasillo dispuesta a recuperar el tiempo perdido, pero se detuvo sin llegar a dar el

primer paso al oír un sonido extraño en el vestíbulo. Algo que logró identificar como el sonido de una llave en la cerradura.

Con la frente perlada de sudor consiguió avanzar por el pasillo hasta alcanzar el umbral de esa estancia y se quedó allí, asida al quicio, sin lograr que sus miembros le respondieran. Con el corazón latiéndole desacompasadamente oyó como giraba la llave que alguien, desde el descansillo, había introducido en la cerradura. Además de ella, únicamente tenía llave del piso Fran. ¿Sería él que venía a extenderle su pijama sobre la almohada para…? ¿Para qué?

¿O sería Antonio Briones que de alguna forma había conseguido hacerse con la llave?

Necesitaba recuperar el movimiento e impedir que el intruso lograra entrar en el vestíbulo, pero no podía moverse. Estaba como paralizada.

Como un relámpago cruzó por su mente la tormenta de la tarde anterior y se vio a sí misma avanzando por el pasillo en dirección a la puerta del dormitorio que cerraba el fondo del corredor. Hasta la pareció oír el susurro con el que Belén se dirigió a Fran y la risa de este. ¿Sería él? No quería verle. Al menos en ese momento, no.

Pero quizás no fuera él. Quizás fuera Antonio Briones que desde la casa de enfrente la hubiera estado espiando y la hubiera visto salir del piso instantes antes. ¿Sería él el que hubiera conseguido de alguna manera la llave de la puerta y acudiera a diario a extenderle el pijama de Fran sobre la almohada?

La excitación que le produjo este último pensamiento la sacó de su inmovilidad e intentó precipitarse contra la puerta, pero tropezó con algo metálico que cayó al suelo con un estrépito horroroso. Era el paragüero que rodó sobre el parquet desparramando los paraguas que contenía y que fueron a estrellarse contra el taquillón después de chocar unos contra otros.

El estruendo pareció sorprender al intruso, pues dejó de manipular en la cerradura al advertir por el escandaloso sonido de los paraguas que había alguien en la casa. Luego se produjo un silencio denso. Quienquiera que fuese había desistido de su intento, porque Lucía percibió el leve sonido de sus pasos alejándose en dirección a la escalera, lo que la animó a acercarse silenciosamente a la puerta para atisbar por la mirilla, pero solo distinguió

el rellano, grotescamente distorsionado y la puerta metálica del ascensor.

Sin duda el desconocido había bajado apresuradamente por la escalera, porque ya no se oía nada.

Aguardó aún unos minutos con el corazón golpeteándole dentro del pecho. ¿Se tropezaría con él si abría la puerta y abandonaba su refugio? Al fin se decidió. Salió al descansillo con toda suerte de precauciones y cerró la puerta con dos vueltas de llave. Claro que esa precaución no serviría de nada si el intruso era Fran, se dijo, pero no podía permanecer encerrada en el piso el resto de su vida para impedir que entrara él. Se lo comentaría a Lorenzo esa tarde y quizás también se decidiera a acudir a la policía. ¿Pero qué podía decirle a esta última? ¿Que en su ausencia entraba alguien en su casa a colocarle el pijama de Fran sobre la cama? Supondrían, quizás con razón, que era su exnovio el que llevaba a cabo ese absurdo capricho. Había llevado ella en su despacho múltiples divorcios y sabía que las parejas reaccionaban tras su ruptura de las formas más peregrinas, por lo que no sería extraño que la policía llegara a esa misma conclusión.

Tras dejar atrás el rellano, se dirigió a la escalera como una exhalación para descender vertiginosamente los peldaños, saltándolos de dos en dos.

Estaba tan nerviosa que no se había sentido capaz de esperar a que el ascensor llegara a su planta, por lo que continuó corriendo escaleras abajo hasta que al llegar al garaje localizó su coche y se introdujo en él, arrancando inmediatamente el motor. Al salir a la calle respiró más tranquilizada. Las nubes blancas que había visto desde la ventana del salón habían ido oscureciéndose paulatinamente anunciando nuevos chaparrones, pero llegó a su despacho antes de que hubieran dejado escapar las primeras gotas de agua.

En contra de lo que en ella era habitual, Rosalía la recibió sonriente y se interesó inmediatamente por su salud.

—¿Cómo se encuentra hoy, ha descansado?

Se encontraba cruzando la antesala cuando la secretaria le hizo esa pregunta, pero, al oírla, Lucía se detuvo para aproximarse a su mesa enarcando las cejas.

—¿Por qué me preguntas que cómo me encuentro? Estoy perfectamente.

—Como ayer no vino… supuse…

—Pues no, no estaba enferma. Tuve cosas urgentes que hacer que no podía dejar para el fin de semana. Y por cierto, ¿hubo alguna novedad?

—¿Novedad? —repitió la otra en tono interrogante, observándola con la cabeza ladeada y las gafas en la punta de la nariz—. No, nada nuevo.

Algo en la actitud de Rosalía le extrañó. Su secretaria parecía medir cuidadosamente las palabras y la miraba como si no se atreviese a referirle algo. ¿Qué podría haber ocurrido en su ausencia?

—Bueno, ¿has concertado ya alguna visita para esta tarde?

La otra volvió a mirarla con la misma expresión rara.

—No, ninguna. No ha llamado nadie y las que había citado yo hace varios días, han llamado cancelando sus citas.

Estupefacta, Lucía se apoyó en la mesa con ambas manos.

—¿Cómo que han llamado cancelando sus citas? ¿Todas?

—Sí, todas.

—¿Y por qué?

La secretaria se encogió de hombros, al tiempo que se llevaba una mano a su impoluto cabello, recogido en un moño en la nuca, como si temiera que se le hubiera escapado algún mechón.

—No me lo han dicho. Solamente me han pedido que las cancelase.

—¿Y cuántas eran?

—No lo sé, cinco o seis.

—¿Y cinco o seis clientes han decidido cancelar sus citas la misma tarde? Me parece demasiada casualidad.

Rosalía la miró de refilón antes de bajar la mirada hacia sus bien cuidadas manos.

—No sé, tal vez haya corrido la voz de que no se encuentra muy bien últimamente. Ya sabe que el mundillo de los tribunales es como un pueblo pequeñito.

—¿Pero por qué te ha entrado la manía de que no me encuentro bien?

—se enfadó—. Tengo treinta dos años y la última enfermedad que padecí hace muchísimo tiempo fue un catarro. Desde que empecé a ejercer la profesión no he faltado nunca al despacho, únicamente ayer, y no creo que

los clientes que tenía que recibir esta tarde se hayan enterado. A no ser que se lo dijeras tú, claro.

La otra respingó sobresaltada.

—¿Yo? Claro que no les he dicho nada, ¿cómo puede suponer tal cosa?

Pero algo ha sucedido, porque llamaron uno tras otro con la misma cantinela.

Lucía se quedó pensativa, mirando a través de la ventana que Rosalía tenía a su espalda cómo el cielo iba ennegreciéndose más y más. ¿Se habrían enterado por Fran de la ruptura de ambos y habrían decidido hacer un frente común con este y contra ella? Terminó por encogerse de hombros.

—Está bien. Si no va a venir nadie esta mañana a darme la lata, aprovecharé para preparar el juicio que tengo señalado para la semana que viene. El de don Alfonso Ríos.

Rosalía levantó apenas los ojos del ordenador. Parecía que no se atreviera a mirarla de frente.

—Por cierto, aún no se lo he dicho. A primera hora ha llamado el nuevo abogado de don Alfonso pidiéndole a usted la venia. He preparado el escrito para que usted lo firme y…

Lucía experimentó la sensación de haber recibido una bofetada en pleno rostro. Alfonso Ríos era su cliente desde varios años antes y ella le había llevado satisfactoriamente todos los asuntos jurídicos para los que había precisado la asistencia de un abogado, como consecuencia de ser propietario de un hotel en el centro de Madrid. ¿Había decidido de pronto prescindir de ella?

—¿Qué has preparado el escrito? ¿Qué escrito? Los escritos los redacto exclusivamente yo y no pienso darle la venia a ese abogado ni a ningún otro.

—Pero es que me la ha pedido y le corría mucha prisa —objetó apurada la secretaria—. Me ha dicho que tenía que ponerse al tanto de todos los detalles de ese juicio, ya que la vista ha sido señalada para la semana que viene.

Los ojos azules de Lucía centellearon iracundos.

—¿Y no te ha dicho por qué?

—No, sabe usted que yo nunca pregunto nada —replicó Rosalía bajando nuevamente los ojos hacia sus manos con aire contrito.

Era cierto que su secretaria era un modelo de discreción, pero Lucía estaba demasiado alterada en ese momento para reconocerlo así, por lo que dejó escapar un resoplido, al tiempo que reemprendía el camino hacia su despacho. Una vez que entró en esa habitación, cerró de un portazo, antes de dejarse caer tras su mesa y ocultar el rostro entre las manos. ¿Qué le estaba sucediendo? Sabía que era una magnífica abogado y hasta entonces le habían sobrado los clientes, a los que Rosalía tenía que dar cita con una demora de quince o de veinte días. ¿Qué había sucedido para que de improviso su mundo profesional se viniese abajo?

Durante unos minutos permaneció inmóvil, intentando asumir la desagradable novedad de no tener nada que hacer en su despacho, pero de improviso levantó retadora la cabeza. No se iba a dar por vencida. Ella era una luchadora y no se iba a quedar de brazos cruzados viendo como sus clientes se esfumaban en el aire y todo lo que había logrado con tanto esfuerzo se desmoronaba a su alrededor.

Decidida, buscó en la agenda de su móvil el número de Alfonso Ríos y lo marcó. Contestó casi inmediatamente una voz masculina.

—Lucía, ¿eres tú?, qué alegría me da oírte. ¿Cómo te encuentras?

—Estupendamente —repuso sorprendida— ¿por qué lo preguntas?

La voz masculina pareció vacilar.

—Bueno, después de haberme enterado de que estabas gravemente enferma y de que no era conveniente que te llamase al móvil a interesarme por tu salud, estaba muy preocupado.

—¿Después de haberte enterado…? ¿De qué me estás hablando? Tengo una salud de hierro, gracias a Dios, por lo que no he podido comunicarle a nadie, ni a ti tampoco, semejante estupidez.

—No, si no has sido tú. Ha sido tu nuevo secretario.

—¿Mi secretario? —repitió estupefacta.

—Sí, me llamó ayer por la mañana para decirme que no ibas a poder ocuparte del juicio la semana próxima, porque estabas gravemente enferma y me aconsejó por encargo tuyo que buscara un nuevo abogado que te sustituyera. Que ibas a cerrar el despacho con carácter inmediato.

—¿Qué?

—Lo que oyes. ¿No estás enferma?

—Claro que no. ¿Quién te llamó?, ¿fue Rosalía?

—¿Esa secretaria que tienes últimamente que parece que se le ha indigestado algo? No, claro que no. No dice más de dos palabras seguidas y no se permite la menor confianza. No, fue un hombre. Me dijo que era tu nuevo secretario.

Lucía se apartó la melena de su rostro empezando a atar cabos.

—No he contratado a ningún secretario. Ha debido de ser una broma de pésimo gusto. Pero dime, ¿cómo era la voz de ese hombre? ¿Te pareció que era joven?

Al otro lado de la línea se hizo un momentáneo silencio.

—Pues… no, joven no.

—¿Te pareció entonces que era la voz de un viejo?

Alfonso Ríos tardó esta vez menos en contestar.

—Sí, me extrañó que hubieras contratado como secretario a un hombre tan mayor.

Lucía respiró hondo, antes de hacerle la siguiente pregunta.

—¿Tenía una voz cascada?

Al otro lado del hilo oyó una risa espontánea.

—Eso es. Tenía una voz cascada, como si perteneciese a un viejo o a alguien que estuviese acatarrado. ¿Por qué?

—Escucha Alfonso, ha sido la broma de un tipo que está como una cabra y tiene un sentido del humor bastante especial. Gozo de una salud excelente, no voy a cerrar el despacho y quiero seguir llevando tu juicio y obtener una sentencia favorable, así que no pienso darle la venia al abogado que ha llamado esta mañana. ¿Estás de acuerdo?

Por el tono de su voz, intuyó que su interlocutor, además de experimentar una profunda sorpresa, se entusiasmaba extraordinariamente.

—¿Vas a poder llevarme el juicio?, cuánto me alegro, Lucía. Sobre todo por ti, pero también por mí. Me sentía como un huérfano. ¿Cuándo vas a poder recibirme para que preparemos mi interrogatorio y para celebrar que todo lo que me contó ese indeseable sea una patraña? ¿Podría ser mañana por la mañana? Me vendría bien a primera hora.

—De acuerdo, de acuerdo —convino Lucía que de improviso se sentía aligerada de la pesada carga que la había hundido momentáneamente en la más triste miseria—. Mañana a las nueve te estaré esperando.

Eufórica cortó la comunicación y se acodó en la mesa intentando reflexionar. Así que había sido Antonio Briones, quien había accedido al archivo de sus clientes y les había llamado uno tras otro para comunicarles que ella cerraba el despacho porque padecía una grave enfermedad.

Probablemente habría inventado que se trataba de un cáncer terminal. ¿Pero cómo podría haber entrado en el archivo sin conocer la clave? Tenía que haber utilizado el ordenador de Rosalía aprovechando un descuido de esta o quizás había logrado allanar el despacho fuera de las horas de oficina. Pero Alfonso le había dicho que ese tipo le había llamado la mañana anterior, cuando ella se había quedado en su casa probándose su ropa para impresionar a Fran y a esas horas Rosalía tenía que haber permanecido en su puesto, sentada en su mesa, como era su obligación. ¿Habría hecho novillos esta última?

Encendió el ordenador y decidió salir a la antesala a averiguarlo mientras el aparato se ponía en funcionamiento. En contra de lo que acostumbraba, Rosalía leía el periódico y dio un respingo al oír abrirse la puerta del despacho de Lucía. Luego parpadeó como disculpándose.

—Estoy leyendo el periódico, porque… porque no tenía nada que hacer.

El teléfono no ha sonado ni una sola vez y…

—Eso ya lo sé —replicó Lucía con acritud—. Lo que quiero que me aclares es a dónde fuiste ayer por la mañana y cuánto tardaste en volver.

El semblante de Rosalía palideció y por primera vez perdió la impasibilidad que la caracterizaba.

—¿Que dónde fui ayer…?

—Eso es.

—Pues… ¿Por qué piensa que me marché?

—Porque soy bastante más lista de lo que tú piensas. Pero bueno, ¿me lo vas a decir o no?

La secretaria pareció titubear pero terminó por hacer un gesto afirmativo.

—Fue solo un momento. Bajé a la farmacia, porque me dolía mucho la cabeza y regresé unos minutos después.

—¿Y cerraste con llave la puerta de este piso al marcharte?

Se apresuró la otra a afirmar con la cabeza.

—Naturalmente, como hago todos los días cuando me voy a mi casa.

¿Pero por qué lo pregunta?

Lucía rodeó la mesa para situarse a espaldas de su secretaria y atisbar sobre su hombro la pantalla del ordenador, donde aparecía relacionada por orden alfabético la lista de sus clientes.

—Lo pregunto porque alguien entró en esta oficina mientras tú estabas fuera y estuvo manipulando tu ordenador. ¿Notaste algo extraño cuando regresaste?

Abochornada, Rosalía bajó la cabeza e intentó nuevamente con la mano rehacer su peinado buscando, sin hallarlo, algún mechón que se le hubiera escapado del moño.

—Pues sí, sí noté algo raro, pero pensé que lo había imaginado. Cuando salí, acababa de anotar la cita de una señora que quería demandar a una casa de mudanzas y que se empeñó en contarme con pelos y señales los destrozos que le habían ocasionado en sus muebles al transportarlos.

Cuando regresé, esa anotación había desaparecido. Figuraba solamente el nombre de esa señora y la hora de la cita, pero no el motivo por el que la solicitaba. Suelo reseñarlo en el ordenador cuando me lo cuentan.

¿Comprende?

—Sí, comprenderlo lo comprendo, ¿pero cómo te explicas tú que eso pudiera suceder? ¿Quién más tiene llave de este piso?

—El portero. El portero tiene otra llave.

—¿Y le has preguntado si subió él aquí mientras estuviste en la farmacia?

—Sí, claro que se lo he preguntado y me ha dicho que no.

Pensativa, Lucía se apartó su larga melena del rostro al tiempo que se sentaba de medio lado en la mesa de su secretaria, que la miraba con expresión de culpabilidad.

—¿No va a decirme qué es lo que sucede? —le preguntó azarada.

—Sí, sí te lo voy a decir. Alguien aprovechó ese “momentito” en el que bajaste a la calle para entrar en la relación de clientes de tu ordenador y averiguar sus teléfonos. Luego les llamó uno por uno desde el aparato de esta mesa para comunicarles que su cita estaba cancelada, porque yo era una enferma terminal y había cerrado este despacho con carácter urgente y definitivo.

Rosalía clavó en ella sus sorprendidos ojillos de pestañas cortas y claras.

—¿Que era usted una enferma terminal…? —repitió casi sin voz.

—Sí, de manera que no pudo ser un “momentito” lo que duró tu ausencia —siguió Lucía implacable—. El número de mis clientes es bastante considerable, lo que me permite deducir que estuviste fuera toda la mañana y que no tuviste la precaución de cerrar el ordenador al marcharte.

La otra abrió la boca y la volvió a cerrar sin articular palabra. Al fin objetó en un susurro:

—¿Y de qué hubiera servido que cerrara el ordenador? Si es cierto lo que usted dice, ese tipo que dice que se coló en este piso lo hubiera puesto en funcionamiento igualmente.

—Sí, pero no hubiera acertado fácilmente con tu clave, con lo que no hubiera averiguado los nombres de mis clientes ni sus números de teléfono y no hubiera podido ponerse en contacto con ellos en tan poco tiempo. Voy a tener que pedirte que te busques otro trabajo.

Rosalía respingó imperceptiblemente en su silla. Parecía anonada al preguntarle:

—¿Me despide?

—Eso es.

—Pero… pero es la primera vez que sucede esto. Nunca anteriormente había salido del despacho durante las horas de oficina.

—Eso no lo sé, pero no va a volver a suceder. Puedes marcharte ahora mismo y regresar mañana a recoger la carta de despido y el finiquito.

Incrédulamente se puso la secretaria en pie y levantó la mirada hacia Lucía, cuya estatura era muy superior.

—¿Quiere que me marche ahora mismo?

—Sí y que te lleves lo que haya en la mesa que sea de tu propiedad.

La otra vaciló durante unos instantes.

—Pero… ¿quién va a atender el teléfono cuando usted salga o se vaya al juzgado? Si quiere, puedo seguir viniendo hasta que encuentre a alguien que me sustituya.

Lucía dejó escapar una risita sarcástica.

—No te preocupes por eso. Gracias a ti no va a llamar ninguno de mis antiguos clientes a este despacho a pedir cita, ya que creen que lo he cerrado porque estoy a punto de irme al otro mundo. Puedes marcharte con toda tranquilidad.

La expresión de incredulidad se acentuó en el semblante de Rosalía, pero fue recogiendo de su mesa algunas cosas que introdujo en su enorme bolso. Luego se dirigió hacia la puerta con paso lento y al abrirla volvió la cabeza hacia ella como si todavía esperara que Lucía se arrepintiera de su decisión.

—Entonces… adiós.

—Adiós.

La puerta se cerró tras la mujer y ella respiró hondo antes de sentarse en la mesa de la secretaria para cambiar la clave del ordenador. Luego regresó a su despacho y en el suyo abrió el correo a continuación. Tenía un mensaje que abrió con mano temblorosa al adivinar en el acto quien era el remitente:

“Ya no tienes pareja ni clientes. Ya no tienes nada. ¿Por qué no te suicidas? ”.

Lo releyó varias veces con una sensación de angustia que le estrujaba algo por dentro. Era cierto que en ese momento no sentía deseos de vivir. La ruptura con Fran le había producido un vacío tan hondo que ni tan siquiera había podido llenarlo a ratos volcándose en su trabajo. Y ahora le había fallado esto también. Como decía el mensaje, no le quedaba nada, nada que realmente le importase. Tantos años de trabajo, de lucha por abrirse camino en su profesión, para haberlo perdido todo en un instante por obra de un indeseable, resuelto a hacerle pagar los años que había permanecido en la cárcel. ¿Se los estaría haciendo pagar también a Fran que había coadyuvado

igualmente, o más aún que ella, a que le fuese impuesta la condena que acababa de cumplir?

Evocó su risa en el dormitorio de “Los almendros” la tarde anterior entre el fragor de los truenos y llegó a una conclusión negativa. Fran también había perdido a su pareja, pero la había sustituido inmediatamente por otra y como era fiscal, y por tanto un funcionario, tenía su trabajo asegurado.

Acodada en la mesa, intentó reflexionar. ¿Qué podía hacer? Respecto a Fran, nada, pero aún tenía la posibilidad de solucionar la cuestión de sus clientes. Aún le era factible buscar sus teléfonos en el ordenador de la secretaria y llamarles para comunicarles que se encontraba perfectamente y que la noticia de que cerraba el despacho por motivos de salud era una patraña.

Así lo hizo durante el resto de la mañana con muy diferentes resultados.

Muchos de sus clientes se alegraron al oírla, cuando les manifestó que se encontraba perfectamente y que podía continuar llevándoles sus asuntos y otros muchos recibieron con escepticismo sus palabras, aunque intentaron disimularlo. A todos les había llamado un individuo de voz cascada y les había extrañado el mensaje que les comunicó, pero le habían creído.

Cuando finalizó la última de las llamadas, Lucía llegó a la conclusión de que había perdido la mitad de su clientela. Pero aún le quedaba la otra mitad, se dijo. Estuvo tentada de comunicárselo así a Antonio Briones, pero finalmente desistió. Lo mejor que podía hacer era no darse por enterada del correo que le había enviado, ignorar todo lo que se refiriese a él, y cuando consiguiera desenmascararlo le enviaría de vuelta a la cárcel, a ser posible por una larga temporada.

Necesitaba hablar con alguien que la escuchara en silencio sin interrumpirla, que comprendiera lo que le estaba sucediendo. Entonces pensó en Isabel. Era su mejor amiga y podría desahogarse con ella, pues era la persona que mejor la entendía. Se habían conocido en la facultad de Derecho muchos años atrás y cuando las dos terminaron la carrera, Isabel había decidido ejercer como procuradora de los tribunales y Lucía como abogado. Su amiga trabajaba con ella en todos los asuntos judiciales que eran competencia de los tribunales de Madrid, por lo que se veían con

mucha frecuencia, pese a que se habían distanciado algo desde que Lucía se fuera a vivir con Fran, pues a Isabel no le caía bien este.

En cuanto desvió a su móvil el teléfono fijo de la secretaria para atender ella las eventuales llamadas que pudieran producirse, marcó el número de su amiga. Luego oyó la alegre voz de esta.

—Lo siento, chica, pero no tengo en este momento ninguna sentencia que llevarte. ¿Es que necesitas que pase por tu despacho a recogerte alguna demanda?

—No, no. Te llamo para preguntarte si puedes comer conmigo hoy.

Isabel pareció dudar, pero fue solo un segundo.

—¿Comer? Bueno, sí. Si es solo comer, sí puedo. Tengo bastante trabajo esta tarde, pero será cuestión de hacer un alto al medio día. ¿Dónde quieres que quedemos?

Isabel vivía y tenía su despacho en la calle Lista, por lo que Lucía buscó una cafetería que se encontrase en un punto intermedio entre las casas de las dos y se citaron allí media hora más tarde. La otra ya estaba esperándola, sentada en una mesa junto a la ventana, cuando Lucía entró en el local y apresuradamente tomó asiento frente a ella. En cuanto le pidieron al camarero lo que deseaban tomar, Lucía se acodó en la mesa para clavar su mirada en el rostro de su amiga. Esta era aproximadamente de su misma estatura y también poseía una silueta esbelta, pero ahí terminaba el parecido. Isabel tenía una abundante cabellera rizada de color rojizo y un semblante cubierto de pecas en el que destacaban unos ojos almendrados y una nariz respingona.

—Tengo que comentarte unas cuantas cosas que me han sucedido últimamente —empezó Lucía con precaución—. ¿Recuerdas el juicio de Antonio Briones, que fue el primero en el que actuaste como procuradora?

Su amiga hizo un gesto afirmativo.

—Sí, ¿por qué? No creo que nadie pueda olvidar el primer juicio en el que ha intervenido.

—Pues el delincuente ha cumplido ya su condena y salió de la cárcel hace unos días. Lo primero que hizo fue mandarme un correo, un e–mail, amenazándome con arruinarme la vida.

Isabel clavó sus ojos castaños en el semblante de su amiga y luego se mordió los labios, quizás para que no se le escaparan las palabras que habían acudido repentinamente a los mismos.

—Ya —musitó al fin escuetamente—. ¿Y crees que va en serio o que se trata de una bravata?

—Me temo que no se trata de ninguna bravata, porque desde que recibí ese correo mi vida es un puro sobresalto. Y lo peor ha sido lo de Fran.

La otra enarcó sus rojizas cejas en muda pregunta y Lucía le refirió de forma un tanto inconexa las fotografías que habían recibido los dos y la extraña reacción de él como consecuencia, así como la visita de ella la tarde anterior a “Los almendros” creyendo haber sido citada allí por Fran.

Finalmente hizo mención a la sucesiva aparición del pijama de él sobre su cama.

El expresivo semblante de Isabel fue trasluciendo los sentimientos que experimentaba, conforme iba relatándole Lucía los sucesos que le habían acaecido en los últimos días.

—No sé qué le viste a ese estúpido —masculló al fin mordiendo las palabras—. No he querido darte antes mi opinión sobre él, porque sabía que no me escucharías, pero creo que deberías haberte dado cuenta cuando le conocimos de que no es más que un engreído, un ególatra incapaz de querer a nadie, porque bastante tiene con adorarse a sí mismo. Admito que al recibir las fotografías se pusiera como una hiena, eso es normal. Lo que no es normal es que no te haya permitido explicarte y mucho menos que te citara en “Los almendros” para que le encontraras allí con la boba de su secretaria. Esto último merece un calificativo tan sonoro, que en estos momentos no encuentro la palabra adecuada que lo exprese. Imagino lo que sentirías.

Por un segundo se sintió transportada Lucía al pasillo de la planta superior de la casa de él y hasta le pareció oír el restallar de los relámpagos mientras caminaba silenciosamente hacia el dormitorio que cerraba el corredor. No se había encontrado nunca Isabel en una situación parecida, por lo que no era fácil que pudiera intuir siquiera lo que experimentó en ese momento. Una estupefacción absoluta y después un dolor tan hondo como si un cuchillo la hubiera partido por dentro en dos. Regresó con dificultad a

la cafetería en la que se encontraba en esos momentos y meneó negativamente la cabeza.

—No me citó él —reconoció en voz muy baja—. Es un comportamiento que no le cuadra a Fran y he llegado a la conclusión de que fue Antonio Briones, con la intención de que les encontrara juntos.

El camarero les había traído ya el café, a la vez que el sándwich mixto que habían pedido, y revolvió Lucía pensativamente el contenido de la taza con la cucharilla, antes de levantar su mirada hacia el semblante de la otra.

—¿Y qué explicación le encuentras a que aparezca todos los días el pijama de Fran sobre mi cama? Al principio pensé que me lo dejaba él como una indicación de que pensaba volver, pero ya no sé qué creer.

Isabel la observó en silencio, preguntándose si debería decirle la verdad de lo que estaba pensando o si por el contrario debería limitarse a intentar animarla, pero como carecía de sutileza, prevaleció su natural sincero.

—No sé si es él quien te coloca su pijama sobre la cama, Lucía, pero eso es lo de menos. Lo importante es que te está engañando con otra, así que no creo que debas recibirle con los brazos abiertos si se le ocurre aparecer de improviso. Te ha sobrado siempre dignidad y en esta ocasión deberías echar mano de tu amor propio, del que pareces haberte olvidado.

Por muy tonta que estés por él, que ya sé que lo estás, tienes que pensar con la cabeza. Él no te merece ni te ha merecido nunca. No es más que un tipo estirado que te ha tratado siempre como si fueras una chiquilla boba. Ya es hora de que espabiles y sobre todo de que reacciones poniendo fin a esa historia. ¿Me entiendes?

Por supuesto que la entendía y por supuesto que tenía razón, pero era mucho más fácil dar ese consejo que obrar en consecuencia y seguirlo.

Decirle adiós a Fran era como olvidar lo trascendente de la media vida que había dejado atrás y renunciar a la que le quedaba por vivir.

—De acuerdo, de acuerdo —musitó sin ganas de discutir—. Pero dime,

¿recuerdas bien a Antonio Briones? ¿Te dio entonces la impresión de que fuese un tipo listo, capaz de idear grandes maldades? A mí me pareció más bien un pobre hombre, un enfermo obsesionado con los niños e incapaz de resistirse a esa obsesión.

—Su aspecto era el de un bobalicón —corroboró Isabel pensativa—.

Pero no soy ninguna experta en enfermos mentales.

—No, ni yo tampoco.

Su amiga estudió conmiserativamente su desalentada expresión y terminó por colocar afectuosamente una mano sobre la de ella.

—Creo que deberías acudir a la policía y mostrarle esos correos de los que me has hablado. Son claramente amenazadores y sería muy conveniente que vigilaran de cerca a ese tipo.

Lucía se encogió cansadamente de hombros.

—Ya he contratado a un guardaespaldas que tiene experiencia además como detective y parece adivinar siempre el lugar a donde decido dirigirme.

Aunque no le comuniqué mi intención de acercarme a “Los almendros”, apareció allí de improviso bajo la tormenta en un momento en el que necesitaba su ayuda. Creo que en su campo es bastante competente. Como contrapartida, alardea de su valía con una fatuidad irritante. En mi opinión se toma demasiadas confianzas.

Isabel se llevó a los labios su taza de café, antes de levantar la mirada hacia ella.

—En cualquier caso, creo que deberías acudir a la policía. Antonio Briones es un delincuente cuya cabeza no rige como Dios manda y la policía dispone de muchos más medios que ese detective que te has buscado. En cuanto al pijama… no sé. Si tienes miedo de estar sola o de no saber reaccionar si Fran aparece de improviso en tu casa… Si quieres puedes venirte a mi piso durante unos días hasta que todo esto se aclare.

Lucía le sonrió cariñosamente, antes de denegar su proposición.

—Gracias, pero no es necesario, ya soy mayorcita. Tú tienes tu vida montada con Roberto y tu trabajo en el piso en el que vivís.

Roberto había sido compañero de estudios de las dos en la facultad y pronto empezó a salir con Isabel, con la que se había casado el año anterior.

Ahora trabajaban los dos como procuradores de los tribunales y utilizaban como oficina su propia vivienda.

—Pero me llamarás a cualquier hora si me necesitas —insistió Isabel—.

Afortunadamente vivimos relativamente cerca y en unos minutos podría acudir en tu ayuda, si encuentras algo extraño o si…

—De acuerdo, de acuerdo, —la interrumpió Lucía—. Y ahora será mejor que regresemos a nuestras respectivas casas, porque las dos tenemos que trabajar esta tarde.

Se despidieron poco después y Lucía se encaminó al lugar donde había dejado aparcado su coche, dirigiéndose a continuación hacia la calle Lagasca. Cuando llegó al garaje y bajó del vehículo, levantó recelosamente su mirada hacia el techo. ¿Qué iba a encontrar en su piso cuando entrara en él?, ¿el pijama de Fran? Lo había tirado a la basura el día anterior, pero aún era posible que el autor de ese capricho tan absurdo hubiera adquirido otro similar para colocarlo en el mismo sitio si con ello lograba la finalidad que perseguía. ¿Cuál sería esa finalidad?, ¿querría asustarla o hacerle creer que él regresaría esa noche?

Cuando el ascensor la dejó en la segunda planta, hizo girar la llave en la cerradura con precaución y empujó cautelosamente la puerta de su casa.

Estaba segura de haber dejado tirados los paraguas por el suelo, pero ahora ocupaban todos su lugar dentro del paragüero que también se encontraba en su rincón de siempre, junto a la puerta que comunicaba el vestíbulo con el pasillo. Indecisa, se detuvo en el umbral. Un rayo de sol se había filtrado entre los nubarrones y penetraba por la ventana del salón. Atravesando la puerta de cristales iba a caer a sus pies iluminando el corredor que no se decidía a recorrer. No se oía el menor sonido, pero así y todo continuó inmóvil, con los ojos muy abiertos esperando que ocurriera algo que la sacara de su inmovilidad. Alguien había estado en su casa después de que ella se marchara al despacho esa mañana. Estaba completamente segura, porque ese alguien había recogido los paraguas del suelo y los había vuelto a colocar en su sitio. ¿Habría dejado algún otro vestigio de su estancia en el piso?

Con dificultad recuperó el movimiento y dio un par de pasos en dirección a su dormitorio deteniéndose después. Respiró hondo como si necesitase reunir fuerzas para continuar y rematar el escaso trayecto que la separaba de su meta, sin saber qué era lo que temía en realidad. Con dos pasos más llegó al umbral de la puerta de su cuarto e intentó atisbar su interior. Sobre la cama no había nada. La cubría como siempre la colcha

marrón que había elegido Fran, con el volante que colgaba por los laterales del lecho y llegaba hasta el suelo casi rozándolo.

Con un suspiro de alivio entró en la habitación comprobando que el mobiliario estaba tal y como lo había dejado, pues, además de la cama, la butaca tapizada en pana de un color similar al de la colcha continuaba ocupando el lugar de siempre, bajo la ventana, y frente a esta, el juego de tocador de alpaca plateada brillaba con reflejos azulados encima de la cómoda. El espejo que pendía de la pared sobre esta última reflejó la ansiedad de su expresión.

Fue al volverse de nuevo hacia el lecho, cuando lo vio. Sobre su mesilla había algo diferente. Un retrato con un marco de pasta blanca y una fotografía en la que aparecían Fran y ella en “Los almendros” y que había sido tomada en los primeros tiempos de su relación.

Contempló el retrato de hito en hito sin acercarse a la mesilla y luego, como si la atrajera de una forma especial, avanzó hacia ella para tomarlo en sus manos y examinarlo atentamente. ¿Lo habría dejado Fran allí o habría sido Antonio Briones, que al parecer poseía una habilidad especial para abrir las puertas sin forzar sus cerraduras? Le pareció volver a oír la risa de Fran en el dormitorio de “Los almendros” mientras en el exterior restallaba la tormenta y experimentó nuevamente el doloroso vacío que, tras la estupefacción más absoluta, le provocó la voz de su secretaria.

Pero no iba a llorarle eternamente, se dijo. Antonio Briones le había enviado el correo a su ordenador, citándola en esa casa para que hiciera el ridículo al encontrar a Fran con otra y efectivamente lo había hecho, pero eso no iba a volver a suceder. Decidida se dio media vuelta y se dirigió a la cocina, donde arrojó el retrato a la basura. Luego, desganada como estaba, se tomó un yogur y una pera que sacó de la nevera y se tumbó durante un ratito en el sofá del salón. En esa posición llamó al portero por el móvil y este atendió casi inmediatamente su llamada.

—Quiero cambiar la cerradura del piso —le explicó—. ¿Podría enviarme con urgencia un cerrajero?

La voz del portero sonó extrañada.

—Sí, pero…

—¿Pero qué?

—Que los cerrajeros que acuden a las casas con urgencia son muy caros y…

—No me importa que sean caros. Quiero que me cambie la cerradura de este piso ya, antes de que tenga que salir esta tarde para dirigirme el despacho y quiero que me cambie esa cerradura también.

—¿La de su despacho?

—Eso es.

—Bien, ¿quiere entonces que busque uno que venga inmediatamente?

¿Puedo preguntarle el motivo? No sé qué le parecerá a don Francisco.

Al rácano de Fran le parecería sin duda fatal, pero nadie le iba a preguntar, pese a que era el único titular del arrendamiento del piso.

—A don francisco le parecerá bien, no se preocupe.

Su interlocutor pareció vacilar.

—¿Sí? pues no parecía esta mañana que tuviese ningún problema con la cerradura del piso.

De la sorpresa estuvo Lucía a punto de dejar escapar una exclamación.

Así que Fran había estado en la casa, ¿pero por qué aprovechaba su ausencia todos los días para pasearse por la vivienda y dejarle algo como recuerdo? Se contuvo sin embargo y consiguió dar a su voz el oportuno matiz indiferente.

—¿Sí?, ¿a qué hora le ha visto?

—Pues… pues no sé. Sería a eso de las doce.

A esa hora ya se había marchado Lucía a la oficina y seguramente habría aprovechado Fran la ausencia de ella para dejarle el retrato en la mesilla, pero le daba igual. No estaba dispuesta a permitir ni por un segundo más que él entrara y saliera del piso cuando le viniera en gana y le dejara en el dormitorio lo que le apeteciera, seguramente con la intención de avivar sus recuerdos, ya de por sí suficientemente dolorosos.

—¿Le ha visto a las doce? Lo hemos decidido después. Por favor, mándeme el cerrajero cuanto antes, porque quiero salir para el despacho a eso de las cinco y dejar ese problema solucionado.

—De acuerdo, de acuerdo —oyó decir al portero—. ¿Pero es que ha intentado alguien robarles? Don Francisco no me ha dicho nada.

Lucía estuvo a punto de obsequiarle con un exabrupto. Su interlocutor era bastante machista y solo parecía tener importancia para él lo que decidiera “don Francisco”. Lo que opinara ella no contaba. Pero estaba decidida a conseguir que él no pudiera volver a entrar en el piso, por lo que cortó satisfecha la llamada telefónica y aguardó impaciente sin moverse del sofá hasta que sonó el timbre. No obstante, miró por la mirilla antes de abrir. El chico que había llamado a la puerta era joven, delgado y de mediana estatura, de manera que obviamente no podía tratarse de Antonio Briones. Por consiguiente le abrió, encendiendo la luz del vestíbulo y le señaló la cerradura a continuación.

—¿Puede cambiármela ahora mismo?

El joven hizo un gesto de asentimiento.

—Puedo cambiarle el bombín, sí, y entregarle la nueva llave. Supongo que se trata de impedirle la entrada a algún antiguo ocupante del piso, ¿no es así?

Lo sugería con absoluto descaro mirándola de arriba abajo, como si estuviera especulando con los motivos que le asistían a ella para encargarle ese cometido, pero a Lucía le dio igual. Podía pensar lo que quisiera con tal de que le solucionara el problema e imposibilitara que entrara en adelante cualquier intruso en la casa sin su consentimiento.

—Pues cámbieme el bombín. ¿Y puede venir después conmigo a mi despacho a hacer lo mismo en la cerradura del piso?

El chico sonrió con cinismo.

—Por supuesto que sí, pero lo advierto que si se trata de un ladrón eso no le va a detener. Con una ganzúa…

—Vale, vale. Cámbiemelo usted, que quiero dormir tranquila esta noche.

Él le dirigió una mirada apreciativa.

—Claro, claro. Si vive sola es natural que quiera extremar las precauciones, pero le aconsejaría en ese caso que instalara además un cerrojo fac y una alarma conectada con su móvil.

—¿Y puede hacer usted todas esas cosas ahora mismo?

—Puedo instalarle el cerrojo, porque los tengo abajo en la camioneta.

Para la alarma podría avisar a un amigo que se dedica a eso, pero no podrá

ser hoy, porque tiene mucho trabajo.

—Bueno, pues coloque ese cerrojo del que me ha hablado y ya pensaré en instalar otro día la alarma. ¿Cuánto va a tardar?

El muchacho se encogió de hombros sin querer precisarlo e hizo bien, porque invirtió bastante más tiempo del que Lucía hubiera deseado Después le entregó las nuevas llaves y la siguió en su camioneta hasta el despacho donde repitió la operación que había efectuado en su piso. Tras cobrarle una cifra astronómica, se despidió de ella entregándole una tarjeta.

—Si decide instalar la alarma, llámeme que yo avisaré a mi amigo.

—De acuerdo —replicó Lucía empujándole hasta el descansillo—.

Muchas gracias por todo y si me decido, le avisaré. Adiós.

Después de que el chico se marchara, tuvo el tiempo justo Lucía de avisar a la agencia para que le enviaran a alguien que tuviera experiencia como secretaria y segundos después llamó Lorenzo a la puerta. Ella le hizo pasar a su despacho, tomando asiento tras la mesa y él se sentó en uno de los sillones de los clientes. Venía con un pantalón blanco y una camisa de rayas blancas y de color tostado y a su pesar tuvo que reconocer Lucía que era un tipo atractivo, aunque para su gusto se tomase demasiadas confianzas.

—¿No está Rosalía? —le preguntó él girando la cabeza hacia la puerta por la que se salía a la antesala.

—No, ya no va a seguir trabajando aquí. Está muy cansada y va a buscar algo con un horario de media jornada —mintió.

Lorenzo no hizo el menor comentario, pero a Lucía le pareció que su respuesta le había incomodado, porque replicó con acritud:

—Convendría que usted me dijese la verdad cuando le pregunto, porque su actitud dificulta mucho mi trabajo. No puedo averiguar lo que le está sucediendo si no me lo explica de antemano. Y ahora dígame, ¿por qué se ha marchado Rosalía?

Lucía hizo un gesto de asentimiento. Acodada en la mesa, apoyó la barbilla en la mano y le refirió lo que había sucedido la mañana anterior y cómo, por un descuido de la secretaria, Antonio Briones había accedido al archivo de sus clientes.

—¿Así que ha perdido toda su clientela? —le preguntó él observándola atentamente con sus brillantes ojos castaños.

Ella se encogió de hombros en un gesto que pretendió demostrar una indiferencia que estaba muy lejos de sentir.

—No, que va. Al darme cuenta de lo que había ocurrido, les llamé uno por uno para desmentir que fuese cierta la patraña que ese tipo les había contado. La mayoría han solicitado nuevamente una cita.

—¿Y por eso ha despedido a Rosalía? Me parece un poco injusto. Un descuido lo puede tener cualquiera.

—Desde luego —reconoció Lucía— pero es que además me irritaba su manera de comportarse conmigo. Me reñía continuamente y discutía todas mis decisiones como si su trabajo fuese importantísimo y el mío pudiese realizarlo cualquier idiota. Considero preferible que se coloque en una oficina donde su jefe aprecie su eficiencia y su mal carácter.

Impasible en apariencia, Lorenzo bajó la mirada hacia sus manos y permaneció con la vista clavada en ellas mientras comentaba:

—Me parece que usted no ha sabido valorarla y creo que lo lamentará.

La conocí en el despacho de abogados donde trabajaba anteriormente y dudo que haya muchas secretarias que sean tan eficientes.

—Bueno, eso no creo que sea de su incumbencia —replicó áspera—. Y

ahora vamos al tema que nos ocupa a los dos. ¿Ha averiguado algo?

Al hacer un gesto afirmativo, le resbaló a Lorenzo un rizo sobre la frente y a Lucía le recordó más que nunca al busto de una estatua griega, de facciones correctas y cabello ensortijado.

—Sí, he estado hablando con el portero de la casa de enfrente de la suya

—empezó diciéndole él—. Según me ha dicho, el piso sigue desalquilado, pero alguien ha forzado la cerradura, aunque parece que no se ha llevado nada. Ha avisado a la policía que ha estado buscando huellas, pero ese tipo ha debido usar guantes, porque no han encontrado ninguna de él.

—¿De Antonio Briones?

—Sí.

Pensativa, Lucía se apartó la melena de su rostro.

—Hay otra cosa que tengo que decirle. Alguien entra en mi piso todos los días. Antes me dejaba el pijama de mi… de mi pareja extendido sobre la

almohada no sé exactamente para qué, porque he roto con él hace unos días y se llevó toda su ropa.

—¿Ha roto con él? —le preguntó interesado Lorenzo, inclinándose hacia ella por encima de la mesa.

—Sí.

—¿Definitivamente?

Era esa una cuestión sobre la que aún no tenía respuesta, pero su amor propio la impulsó a afirmar:

—Sí, definitivamente. Ayer me cansé de que me colocara el pijama sobre la cama y lo tiré a la basura y hoy he encontrado un marco con un retrato de los dos en la mesilla de noche. El portero me ha dicho que le ha visto, supongo que en el portal, a eso de las doce, por lo que he llamado a un cerrajero y me ha cambiado el bombín de la cerradura.

Él observó detenidamente su semblante sin hacer el menor gesto.

—Me parece muy bien. ¿Pero está segura de que es su ex pareja la que le deja esos regalos?

Pensativa, Lucía clavó sus ojos azules en el tintero de bronce que tenía sobre la mesa.

—No, no estoy segura. Fue él el quien rompió la relación y no ha intentado después aclarar lo que lo motivó ni tampoco ha pretendido que nos encontráramos en algún sitio para intentar arreglarlo. Podría ser él o también podría ser Antonio Briones, que parece haberse documentado muy bien sobre mí y sobre mi entorno, pero no entiendo qué es lo que intenta conseguir con ello.

—Fue a él al que visitó ayer en la sierra bajo el tormentón que nos cayó encima, ¿verdad?

Se lo preguntaba sin el menor asomo de ironía, por lo que Lucía lo admitió.

—Sí. Recibí un correo en el ordenador citándome en “Los almendros” a las siete de la tarde y creí que era él quien me lo había enviado. Por eso acudí ayer, pero ahora estoy segura de que el remitente era Antonio Briones. Me envió también otro el día en que salió de la cárcel, advirtiéndome que me iba a arruinar la vida y en el que he recibido hoy me sugiere que me suicide. ¿Quiere verlos?

—Claro, ¿los ha conservado?

—Sí, yo suelo conservarlo todo —replicó ella con una risita sarcástica

—. Aún no sé si podrían servirme como prueba de que ese tipo me está acosando, pero en la duda…

Lorenzo se había puesto en pie y dando la vuelta alrededor de la mesa se colocó a su espalda. En esa posición fue leyendo los tres mensajes conforme ella se los fue mostrando. Luego le pidió que se los imprimiera y se guardó los tres folios en el bolsillo, regresando a la butaca que había abandonado instantes antes.

—Averiguaré desde donde se los ha enviado, —le aseguró preocupado

—. Y usted me va a hacer el favor de no acudir a ninguna de las citas que le propongan por este medio y de comunicarme inmediatamente los mensajes que reciba.

—De acuerdo, de acuerdo.

El timbre de la puerta sonó en ese instante y Lucía se puso en pie en el acto.

—Tengo una visita, así que…

Pretendía al levantarse de su butaca darle a entender a Lorenzo que su entrevista había terminado, pero él continuó sentado sin hacer intención de moverse.

—¿Un cliente? ¿No me ha dicho que por el descuido de Rosalía, bien aprovechado por su delincuente particular, los había perdido todos?

—No, le he dicho que he perdido aproximadamente la mitad. Este además es nuevo. No está en el fichero, por lo que ese indeseable no ha podido comunicarle que estoy con un pie en el otro mundo. Y ahora, si me hace el favor…

Le señalaba la puerta del despacho y Lorenzo se vio obligado a levantarse con desgana de la butaca y a salir a la antesala. Aun así permaneció él sin moverse junto a la mesa de la secretaria mientras Lucía abría la puerta del piso y hacía pasar a Max, por lo que no tuvo otra alternativa que empujarle hacia la escalera.

—Adiós Lorenzo, ya hablaremos.

Le cerró la puerta en las narices y luego taconeó hacia su despacho precediendo a Max que la siguió en silencio. Portaba una enorme cartera

que colocó sobre sus rodillas cuando se sentó en el mismo sillón que había ocupado Lorenzo instantes antes.

—Le traigo un cerro de cartas y de documentos en los que, como podrá comprobar, se me conoce por Max y no por Maximiliano. ¿Cree que servirán?

Se lo preguntaba clavando en ella sus ilusionados ojos claros y Lucía se dio cuenta de que para el hombre que tenía enfrente la modificación de su nombre tenía una importancia trascendental. No recordaba que el acortar el suyo hubiera sido para ella tan importante.

—Por supuesto que servirán. ¿Pero cómo le sentará a su padre que lo cambie, alterando así la tradición familiar? En los pueblos suele dársele mucha importancia a esas costumbres.

Con algo de nostalgia, Max desvió la mirada hacia la ventana, ubicada tras la mesa de ella, y contempló con fijeza cómo el atardecer iba cubriendo de sombras la plaza de Alcalá.

—Mi padre murió hace años, pero no creo que le hubiese importado, porque él siempre me llamaba Max. Sí le hubiera dolido en cambio que vendiera “El robledal”, ya sabe, la finquita que heredé a medias con mi prima Casilda y por la que usted me demandó.

Sonreía al decirlo con algo de ironía y Lucía le sonrió a su vez, contagiada por el ambiente de camaradería que emanaba de él. Parecía como si se conocieran de toda la vida.

—Sí, lo recuerdo perfectamente. Por su culpa estuvimos encerrados usted y yo una mañana entera en el ascensor del edificio del juzgado, pero, por fortuna, la avería nos sirvió para arreglar la cuestión en la que estábamos disconformes, prescindiendo del juez Sin duda le hicimos un favor.

Él se echó a reír nuevamente.

—No cabe duda de que fue una suerte. De todas formas, me acerqué al día siguiente al juzgado para disculparme. Me acompañó el portero del edificio, que no se explicaba cómo podía haberse producido la avería, porque habían revisado el ascensor el día anterior y el técnico había informado que se encontraba en perfecto estado. Le explicó también al juez

la broma de pésimo gusto que le había gastado el hombre de la voz cascada que contestó cuando pulsamos la alarma. ¿La recuerda?

Lucía palideció ostensiblemente, lo que a él no le pasó desapercibido.

—¿Qué le ocurre?, ¿se encuentra mal?

—No, no es nada, es solo que…

—¿Conoce acaso a ese tipo? Me refiero al autor de la broma.

Lucía asintió con la cabeza. Ya le había referido en el ascensor del juzgado el motivo por el que Antonio Briones quería vengarse de ella, aunque no había llegado a comunicarle la sospecha de que fuera precisamente ese hombre el que intencionadamente les había dejado colgados entre dos pisos. Parecía Max tan comprensivo, que sin darse cuenta se encontró instantes después describiéndole los incidentes de aquel juicio, ya lejano. Él la escuchó sin interrumpirla y sin apartar los ojos de su pálido semblante. Solo cuando terminó, se acodó en la mesa para preguntarle escuetamente:

—¿Lo ha denunciado a la policía? Ya se lo pregunté el otro día y me contestó negativamente, pero quizás lo haya reconsiderado.

Su semblante traslucía una expresión muy similar a la de Isabel cuando horas antes le había hecho esa misma sugerencia y también ahora Lucía esbozó un gesto negativo.

—No, claro que no. ¿Qué podría decirle? ¿Que alguien me ha mandado un correo amenazador? Podría ser cualquiera. ¿Que alguien me citó en la finca “Los almendros” para gastarme una broma pesada? La policía pensaría precisamente eso, que se trataba de una broma.

—¿“Los almendros”? —repitió Max enarcando una ceja sorprendido—.

¿Quién la citó en esa casa? La conozco muy bien, porque linda con “El robledal”. El dueño de esa finca es fiscal.

—Sí —reconoció Lucía con el semblante sin expresión.

—Hace unos días que se ha trasladado a vivir allí —continuó él—. Ayer me comentó que le gustaba más vivir en el campo que en la ciudad y que pensaba quedarse indefinidamente, ya que, como solo dista treinta kilómetros de Madrid, en media hora puede estar en su trabajo, en la Audiencia Provincial. Anteriormente residía en Madrid, pero aparecía por la sierra de vez en cuando con una rubia bastante vistosa. ¿De qué le conoce?

Consiguió Lucía que no aflorase a su rostro ninguna emoción, aunque algo muy amargo le ascendió hasta la garganta. Así que la historia de Belén venía de antes, de antes de que Antonio Briones saliera de la cárcel. Y lo más gracioso era que ella no había sospechado nada e incluso había preparado ilusionadísima la celebración de su aniversario. Se hubiera echado a reír de haber tenido ganas, pero no las tenía. A duras penas consiguió impedir que le resbalara una lágrima por la mejilla.

—¿De qué le conoce? —repitió él, estudiando su expresión con la cabeza ladeada—. Es bastante mayor que usted, por lo que no creo que pertenezca a su círculo de amistades. Probablemente habrán coincidido en algún juicio, ¿no es eso?

Durante unos segundos se quedó silenciosa. Apenas si conocía al hombre que tenía enfrente, pero la estaba escuchando con tanto interés…

Parecía comprender perfectamente lo que ella estaba sintiendo y necesitaba tanto desahogarse…

—Era mi pareja —repuso al fin a media voz—. Cuando salió de la cárcel, ese tipejo le envió unas fotografías trucadas en las que aparecía yo en la cama del dormitorio de nuestra casa con otro hombre. Su secretaria me las entregó sin una explicación y desde entonces no le he vuelto a ver.

Max la observó en silencio antes de preguntarle:

—¿Y él no le ha permitido que se lo aclare?

—No, aunque lo hice en un correo que le remití. No me contestó.

—¿Y entonces se presentó usted en “Los almendros”?

—No. Recibí un correo en el ordenador citándome allí y lógicamente pensé que era él quien me lo había enviado. Por eso fui ayer por la tarde.

La contempló en silencio unos segundos antes de hacerle la siguiente pregunta.

—¿Y habló con él?

—No, estaba con esa rubia de la que me ha hablado, así que me marché sin que me viera ninguno de los dos.

Max se acarició su cuadrada barbilla, algo abochornado.

—Yo… yo siento haber hablado de más. No tenía ni idea de la relación que la unía a usted con ese hombre y por eso le he comentado lo de la rubia.

Discúlpeme.

Intentó Lucía responderle en tono ligero.

—No hay nada que disculpar. No fue usted el que me envió el correo citándome en esa finca. Sin duda fue ese tipejo para que encontrara allí a Fran con su secretaria. Una venganza como otra cualquiera —añadió con una voz sin inflexiones.

—Yo diría más bien que ha sido una venganza bastante ruin —

puntualizó él—. ¿Cómo se encuentra ahora?

—Pues… —se interrumpió intentando definir su estado de ánimo. En ese preciso instante se sentía aligerada de un gran peso, como si por haber sido capaz de traducir en palabras lo sucedido hubiera perdido este gran parte de su importancia—. Pues no sé a ciencia cierta cómo me encuentro.

Lo peor es cuando vuelvo a casa.

—¿Porque se siente sola?

—No, no es por eso, es porque me inquieta comprobar que en mi ausencia ha entrado en el piso y que me ha dejado algo de él en el dormitorio. Se marchó llevándose su ropa y todas sus pertenencias, pero estos días atrás me ha dejado en varias ocasiones su pijama sobre la cama.

—¿Su pijama?

—Sí.

—¿Y para qué?

—No lo sé. Ayer lo tiré a la basura, pero este mediodía ha cambiado de táctica y ha optado por colocarme en la mesilla un marco con una fotografía en la que aparecemos los dos y que fue tomada hace varios años. También lo he tirado a la basura.

Max se quedó mirándola en silencio. Parecía intentar asimilar todo lo que Lucía le había contado.

—¿El piso es de su propiedad? —le preguntó al fin.

—No, es alquilado. Lo alquiló Fran a su nombre, cuando nos fuimos a vivir juntos hace nueve años. Hoy he llamado a un cerrajero y me ha cambiado la cerradura.

Él volvió a acariciarse pensativamente la barbilla.

—¿Y eso es legal? Si él es el inquilino, tendrá derecho a entrar en ese piso cuando le convenga y a dejarle el pijama o el retrato si le apetece, ¿no es así?

—Sí, sí es así. Legalmente sigue teniendo derecho él a disponer de una llave para entrar o salir cuando le dé la gana, pero me importa un comino ese derecho y todos los demás que pueda ostentar. Si consigo verle en estos días, le convenceré para que modifiquemos el contrato de alquiler de forma que pase a ser yo la inquilina del piso.

—¿Y si no le convence?

—Si no le convenzo, me mudaré a otra vivienda, pero mientras viva yo en esa casa no consentiré que él me invada el dormitorio con su pijama y sus retratos. ¿Entiende?

Max se echó a reír con ganas y unas arruguillas se le formaron junto a los párpados que paradójicamente le hicieron parecer más joven. ¿Cuántos años podría tener? Lucía sabía que su prima Casilda andaba por la cincuentena, pero debía llevarle muchos años al hombre que tenía enfrente.

Antes de reflexionar sobre si sería conveniente, se encontró preguntándoselo:

—¿Cuántos años tiene, Max?

Él dejó de reír y levantó la cabeza sorprendido para clavar sus ojos en ella.

—Treinta y cinco. ¿Por qué le interesa? ¿Tiene trascendencia en la tramitación del expediente de modificación de mi nombre?

Lucía se mordió los labios. ¿Por qué le habría preguntado esa tontería sin venir a cuento?

—No, claro que no. Solo que… solo que se lleva muchos con su prima,

¿no?

—Sí, muchos. Siempre habíamos tenido una buena relación hasta que al morir mi abuelo heredamos los dos “El robledal”. Su padre y el mío habían fallecido anteriormente y éramos los únicos nietos, por lo que nos dejó su herencia, y concretamente esa finquita, a partes iguales, con la recomendación de que, en la medida que nos fuera posible, la conserváramos. Yo me siento muy apegado a esa finca. En la casa hemos nacido toda la familia y yo he vivido allí muchos años, hasta que al comenzar mis estudios universitarios me trasladé aquí, a Madrid.

—Y ahora ha decidido volver a residir en esa casa, ¿verdad?

—Sí, en enero le pagaré a Casilda su mitad y me mudaré a la finca. ¿La conoce usted? Está muy cerca de “Los almendros” y desde esa casa se divisa perfectamente la mía. ¿No se ha fijado usted en ella?

En esa ocasión fue él el que se mordió los labios al caer en la cuenta de que no había sido oportuno al hacerle recordar a Lucía los tiempos en los que ella pasaba temporadas en la sierra con un hombre con el que había roto recientemente…

—Disculpe. No he querido…

—¡Bah!, no se preocupe. Eso es agua pasada, —mintió con desenvoltura—. Lo único que me preocupa en el presente es que él no pueda aprovechar que tiene una llave para darme más sustos.

—Pero me acaba de decir que ha cambiado la cerradura.

—Sí, pero a pesar de todo, tengo la sensación de que aún sin llave puede seguir dejándome regalitos, como lo viene haciendo desde que rompimos.

Max la envolvió en una mirada que no supo interpretar.

—¿Y está segura de que es él el que le hace esos regalos y no ese tipejo que ha salido de la cárcel hace poco?

Esa misma pregunta se la había hecho Lucía en numerosas ocasiones sin encontrar la respuesta.

—No, no estoy segura. ¡Qué más quisiera! No soy miedosa, pero reconozco que daría algo por poder meter la llave en la cerradura de mi casa sin que me tiemble la mano, ¿lo entiende?

—Claro que lo entiendo —replicó él. Había bajado la mirada hacia la enorme cartera que mantenía sobre sus rodillas y parecía estar buscando las palabras adecuadas, aunque no se decidía a traducir las que cruzaban por su mente. Al fin levantó los ojos para clavarlos en el semblante de ella—.

Yo… si quiere la puedo acompañar y en cuanto compruebe que no le han dejado ningún nuevo regalo me marcharé.

La proposición le pareció a Lucía tan insólita que parpadeó desconcertada. Apenas conocía al hombre que tenía enfrente. ¿Sería prudente aceptar su oferta? No llegó a dilucidarlo con claridad e incomprensiblemente para ella se oyó a sí misma aceptando.

—¿No le importa? Vivo en la calle Lagasca, en el barrio de Salamanca.

A lo mejor está muy lejos de su casa y estará deseando llegar para…

—… para quitarme los zapatos —terminó él riéndose—. Los zapatos pueden esperar. La seguiré con mi coche y en cuanto comprobemos si en su vivienda ha entrado alguien desde que ha cambiado la cerradura, me marcharé y en mi piso me quitaré por fin los zapatos. ¿Le parece?

Continuaba riéndose y Lucía aceptó sin detenerse a reflexionar. Rosalía la hubiera regañado de haber llegado a enterarse, pero no se iba a enterar y ella tan responsable, tan cumplidora, tenía derecho a cometer alguna vez un disparate llevando a su casa un desconocido, si con ello lograba entrar sin que le temblaran las piernas.

—Pero no quiero que se le haga tarde. Si le parece…

Él se puso en pie cargando con su enorme cartera.

—Sí, vámonos ya.

La escoltó él con el coche cuando Lucía salió del garaje con el suyo y luego la esperó en el amplio portal del edificio en el que Lucía vivía, donde ella se le reunió poco para subir juntos en el ascensor hasta la segunda planta. El portero había mirado a Max con desconfianza, lo que este notó en el acto y se lo comentó con guasa mientras ascendía la cabina.

—Me parece que a su portero no le he gustado nada.

—¡Bah, no le haga caso! Es que se comporta siempre como si fuera el perro fiel de Fran y no le habrá parecido bien que a estas horas suba a mi casa con otro hombre. Se ha debido de dar cuenta de que él ya no vive aquí.

Cuando el ascensor se detuvo, ambos salieron al rellano, aproximándose luego a la puerta del piso. Lucía extrajo la llave del bolso fingiendo una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir.

—¿Quiere que abra yo? —se ofreció Max mirándola de reojo.

—No, no. Me basta con que me acompañe en este momento.

Con aparente decisión introdujo la llave en la cerradura y seguidamente empujó la puerta que cedió suavemente bajo la presión de su mano.

Como siempre a aquellas horas, el vestíbulo estaba oscuro y silencioso.

La tenue luz de las farolas de la calle penetraba por el ventanal del salón y aclaraba un tanto las sombras de la estancia, permitiéndoles sortear el taquillón de estilo castellano que se encontraba junto a la pared de la

derecha y el paragüero cercano a este. A Max no debió de parecerle suficiente esa escasa iluminación porque encendió la lámpara del techo y estudió atentamente el mobiliario de la habitación.

—No parece que en este vestíbulo le hayan dejado ningún recuerdo,

¿verdad? —le preguntó—. ¿Dónde está su dormitorio?

—Al final del pasillo —susurró Lucía precediéndole en esa dirección—.

Como le he comentado, varias veces he encontrado su pijama sobre la cama y hoy me habían dejado el retrato del que le he hablado sobre la mesilla.

Venga conmigo.

En compañía de Max el piso ofrecía otro aspecto que el que presentaba cuando regresaba a este sola por las noches, por lo que Lucía se encaminó decidida por el corredor hacia su cuarto y abrió la puerta encendiendo inmediatamente la luz. Sobre la cama no había nada que no debiera estar en ese lugar. Los dos cojines de encaje eran su único adorno, pues la colcha de color marrón que la cubría, elegida por Fran, era sencillamente horrorosa.

Tampoco sobre las mesillas había ningún objeto extraño, por lo que Lucía dejó escapar un suspiro de alivio.

—El cambio de cerradura ha dado resultado, —comentó él sonriéndole tranquilizadoramente—. Creo que ha tomado una buena decisión, aunque…

¿Piensa darle una llave al portero?

Ella no tuvo que detenerse a meditarlo.

—No, claro que no. Se la entregaría a Fran en cuanto este apareciera por aquí y se la pidiera, al darse cuenta de que había cambiado la cerradura. No pienso darle una llave a nadie, al menos hasta que todo esto se aclare.

—Creo que sí, que será lo mejor. ¿Quiere que inspeccionemos el resto de la casa?

Lucía pasó a enseñarle el cuarto de baño, al que se accedía desde el propio dormitorio y luego el despacho con dos mesas, próximo a su cuarto.

La mesa que había utilizado Fran estaba absolutamente vacía. Se había llevado incluso el calendario y la lamparita de pantalla de pergamino, que encendía por las noches y que habían estado colocados sobre el tablero. Tan solo había dejado la butaca giratoria en la que se sentaba para trabajar, lo que en ese momento llamó la atención de Lucía que no había reparado antes en ese detalle. Esa butaca la había pagado Fran y era tan rácano que a ella le

pareció mentira en ese momento que no hubiera cargado con ese sillón en una de sus excursiones al piso. ¿O no habría sido él el visitante?

Sobre la mesa de ella se apilaba desordenadamente un cerro de documentos, pero eran los mismos que había dejado al marcharse.

Luego le enseñó Lucía el otro cuarto de baño, por el que se accedía desde el pasillo, y seguidamente la cocina, absolutamente limpia y arreglada. Faltaba el salón, al que se dirigieron a continuación, dejándose caer en el sofá, después de encender la luz.

—Bueno, parece que está todo en orden —manifestó ella con expresión de alivio—. No sabe cuánto le agradezco que se haya molestado en acompañarme hasta aquí. Pensará que soy una histérica que me asusto por cualquier niñería, pero, aunque no me crea, no soy miedosa. Lo que sucede es que gracias a ese tipejo tengo los nervios de punta.

—Es natural —opinó Max observándola comprensivamente—. Si a mí me hubieran pinchado las cuatro ruedas del coche el día en que salí corriendo para el juzgado, habría enganchado un cabreo más que regular. Y

si mi ex pareja, después de nuestra ruptura, hubiera tomado por costumbre dejarme todos los días su camisón por el piso como regalo, probablemente me habría puesto a bramar en arameo.

Al imaginar ese hipotético camisón tirado por cualquier rincón de la casa de él, le acometió a Lucía un ataque de risa que a duras penas logró dominar. Durante buen un rato estuvo riendo a carcajadas y llorando al mismo tiempo y Max acabó por secundarla, contagiado por su ataque de hilaridad.

—¿Tiene usted mujer o pareja? —le preguntó ella cuando consiguió recuperar la seriedad.

—No, ya no.

—¿Pero la ha tenido?

—Sí, pero terminamos hace tiempo.

No parecía que él estuviese dispuesto a darle más explicaciones, por lo que Lucía pensó que no era oportuno insistir sobre el tema. Buscando un nuevo tema de conversación, giró la cabeza para atisbar la calle a través del visillo y de improviso dio un respingo sobresaltada. En la ventana del piso tercero de la casa de enfrente había luz. De un brinco se puso de rodillas

sobre el sofá, pero en ese instante alguien apagó la lámpara y la habitación quedó a oscuras. No obstante pudo distinguir junto a la ventana una sombra que imperceptiblemente se perfilaba sobre la negrura que la envolvía.

—Mire Max. Hay alguien en ese piso.

Él volvió a medias la cabeza.

—Sí, ¿y qué?

—Que desde esa habitación nos hicieron a Fran y a mí las fotografías que han ocasionado el fin de nuestra relación. Es un piso desalquilado y Lorenzo ha averiguado por medio del portero del edificio que hace unos días han forzado la cerradura.

—¿Y quién es Lorenzo?

—Es el hombre que estaba conmigo en el despacho cuando ha llegado usted esta tarde. Trabajó hace tiempo como detective privado y le he contratado para que me sirva de guardaespaldas.

Preocupado, Max asintió con la cabeza y un mechón de cabello más rubio que el resto le resbaló sobre la frente.

—¿Piensa que puede tratarse de ese delincuente y que nos ha estado espiando?

—Sí —admitió ella con sus ojos azules agrandados por el miedo.

—No se preocupe entonces —le recomendó él—. Si la ha visto acompañada no se atreverá ahora a darle un susto, ¿no le parece?

Disimuladamente le examinó Lucía. Su acompañante era muy alto y parecía estar en forma, por lo que Antonio Briones, al que recordaba bajito y regordete, no se arriesgaría a enfrentársele. Tampoco Fran, si es que era él quien entraba en su ausencia en el piso, se expondría a plantarle cara. Era mucho mayor que este y pertenecía a esa clase de hombres que dedican al estudio todo su tiempo, de forma que no llegan a ocuparse en conseguir desarrollar sus músculos y únicamente se oponen intelectualmente a los demás. Era una suerte que Max se encontrase en ese momento a su lado. Si Antonio Briones era quien les estaba vigilando desde el otro lado de la calle, pensaría que su ruptura con Fran no la había afectado seriamente, puesto que ya estaba acompañada por otro. Y si era Fran o un esbirro de Fran, se lo merecía también, por el mal rato que había pasado ella cuando le encontró en “Los almendros” con su secretaria.

—Le agradezco mucho que me haya acompañado aquí, a casa —

empezó ella con precaución—. Es tardísimo y no quiero que se marche sin ofrecerle algo de cenar. ¿O le está esperando alguien?

—No, ya le he dicho que vivo solo.

No se lo había dicho, pero daba igual. Recordó Lucía de pronto el cordero que había preparado días antes para celebrar su aniversario. Aún estaba en la nevera envuelto en papel aluminio y bastaría con darle una vuelta en el microondas para calentarlo y que estuviese a punto.

—Lo tengo todo preparado, ¿le gusta el cordero?

—Sí, claro, ¿pero no le parece que debería marcharme ya?

—Sí, pero cenaremos primero —decidió Lucía—. Es lo menos que puedo hacer para agradecerle las molestias que le he causado. Pondremos la mesa aquí, —le indicó señalando la que ocupaba el espacio destinado a comedor, rodeada de seis sillas—. Usted coloque el mantel, —le dijo entregándole uno que extrajo del primer cajón del aparador—. Yo mientras iré a la cocina.

De reojo miró hacia la ventana de la casa de enfrente. Su espía particular no tardaría en darse cuenta de que la estratagema que había urdido para lograr su ruptura con Fran no la había hundido en la depresión más absoluta, como pretendiera. Imaginaría, por el contrario, que ya le había sustituido por otro más alto y bastante más estético.

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