Y después de la tormenta

Ursula Llanos · Capítulo 2 de 19

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Y después de la tormenta

Capítulo 2

CAPÍTULO II

Se quedó mirando la pantalla del monitor como alelada. Luego releyó el mensaje y pasó una mano por su frente, que notó húmeda de sudor. ¿De dónde decía aquel desconocido que había salido? No lo decía, pero no había demasiadas opciones, ya que al parecer la culpaba a ella de los diez años en los que había estado recluido y el lugar en el que había permanecido durante ese lapso de tiempo no podía ser otro que la cárcel. ¿Pero a quién habían condenado a prisión como consecuencia de una actuación suya?

Se apartó la oscura y lisa melena de su rostro como si ese gesto pudiera ayudarla a concentrarse, mientras reflexionaba intensamente. Diez años antes acababa de terminar la carrera de Derecho y defendió en lo penal los asuntos que le turnaron de oficio. Ganó la mayoría y perdió uno o dos de escasa importancia en los que el delincuente en cuestión ni siquiera había sido condenado a pena de cárcel. De improviso cayó en la cuenta. Tenía que ser aquel. Tenía que tratarse precisamente del caso en el que actuó como acusación particular contra aquel tipo que se llamaba Antonio Briones por un delito secuestro y de violación de una niña en grado de tentativa. El juicio en el que conoció a Fran. Recordó en ese momento que a aquel hombre mal encarado, procesado por ese delito, le habían caído diez años y sí, esos diez años habían transcurrido ya o estaban a punto de transcurrir.

Como atontada se retrepó en la butaca y regresó con la mente a la sala de la Audiencia donde se celebró el juicio. La oratoria de ella fue fluida y brillantísima y redujo a la nada las argumentaciones de la defensa que pretendía acreditar que no habían existido abusos sexuales y que Antonio Briones había recogido a la niña del colegio confundiéndola con su nieta, porque veía mal y padecía un principio de alzhéimer.

Lucía aportó pruebas concluyentes de que el encausado no tenía ninguna nieta ni en ese colegio ni en ningún otro y acreditó asimismo mediante los oportunos informes médicos que no padecía enfermedad mental alguna. Había sido detenido además con anterioridad por abusar de niños de ambos sexos que estudiaban en el colegio donde trabajaba como jardinero, por lo que el tribunal no dudó en dictar una sentencia clara y contundente.

Pero ella había cumplido con su deber, se dijo tras unos segundos de reflexión. Aquel hombre merecía la pena que le fue impuesta y la acusación de que fue objeto por su parte se limitó a dar constancia de los hechos tal y como habían sucedido.

Peor fue el papel que le tocó representar a la abogada de la defensa, porque Lucía la puso en ridículo una y otra vez. Incluso se oían carcajadas entre el público cada vez que a la pobre chica le daban la palabra, que fueron inmediatamente cortadas por el tribunal, pero que debieron escocerle en lo más íntimo.

Y también se ensañaron con ella los periódicos días después de publicarse la sentencia, a la par que ensalzaban a Lucía que a partir de entonces comenzó a despuntar en su profesión.

Pero los diez años habían transcurrido ya y aquel hombre había salido de la cárcel. Inquieta se removió en la butaca. ¿Qué podía hacer? Sabía que no serviría de nada llamar a la policía, pues por su experiencia con clientes que habían sido amenazados estaba al corriente de que aquella solo actuaba ante hechos concretos y el mensaje que acababa de recibir no especificaba que su autor tuviese intención de cometer ningún delito. Había muchas formas de arruinarle la vida a una persona, en su mayoría perfectamente legales.

Aunque no era miedosa ni pusilánime, intuía que la amenaza que traslucía el correo que había recibido era real y en ese momento no se le ocurría de qué modo podría defenderse de aquel hombre, al que recordaba de mediana estatura y corpulento, con un semblante abotargado en el que destacaban unos ojillos astutos. ¿Tendría el mismo aspecto al cabo de diez años? Entonces debería andar cercano a los cincuenta. ¿Lo reconocería si se

lo encontraba por la calle, en una cafetería o incluso si llamaba a la puerta de su casa o aparecía en su despacho con cualquier excusa?

De improviso tuvo una idea. Se levantó de un salto de la butaca y salió a la antesala, donde Rosalía tecleaba en el ordenador el nombre del cliente al que acababa de dar cita, que era su único cometido, pues Lucía redactaba sus propios escritos en el ordenador de su despacho. La secretaria levantó la cabeza al oírla acercarse y aguardó en silencio a que le comunicase lo que motivaba su presencia en la recepción.

—Rosalía, ¿has comprado el periódico?

Era aquella una de sus obligaciones, aunque Lucía no solía tener tiempo de echarle ni siquiera una ojeada. Con el semblante impasible, la secretaria se lo tendió en silencio y ella regresó a toda prisa a su despacho con el diario en la mano, que hojeó rápidamente en cuanto cerró la puerta y volvió a sentarse tras la mesa. Allí estaba el artículo con una fotografía del hombre a la puerta de la cárcel, en el momento en el que acababa de salir, donde el periodista le había entrevistado. Había engordado en los años que habían transcurrido desde que se celebrara la vista y había perdido el escaso cabello que le quedaba en la cabeza, pero conservaba la misma expresión estúpida, y la misma mirada ladina, que no parecía corresponderse con su apariencia bobalicona.

Volvió a sentir que la frente se le perlaba de sudor. ¿Cómo podría defenderse de ese hombre? ¿Debería contratar a un guardaespaldas? No le apetecía lo más mínimo llevar a alguien pegado a sus talones, pero de alguna forma tendría que mitigar la sensación de peligro que le angustiaba.

Le preguntaría a Fran. Él conocía a muchos jueces y magistrados que llevaban escolta y podría aconsejarle la forma de conseguir a alguien que la protegiese. Decidida, marcó su número en el teléfono y un segundo más tarde oyó la impersonal voz de su secretaria.

—Don Francisco Guillén no se puede poner en este momento, está muy ocupado —le contestó, cuando Lucía le pidió que se pusiese al aparato.

—Soy Lucía Salces —insistió ella sin alterarse, rememorando la imagen de su interlocutora. Una rubia bastante llamativa, encaramada siempre a unos altísimos tacones y con unas uñas muy largas pintadas de rojo oscuro.

—Sí, he reconocido su voz —replicó la otra— pero ya le he dicho que don Francisco no se puede poner.

Ni siquiera le preguntó si quería que le dejase algún recado. Se limitó a cortar la comunicación y Lucía se quedó mirando estupefacta el auricular que aún tenía en la mano. Y no porque la secretaria de Fran, que se llamaba Belén, hubiera sido muy amable con ella anteriormente, pero al menos era correcta. ¿Le habría sucedido algo importante a Fran y por esa razón no podía atender su llamada?

Inquieta marcó el número del móvil de este y escuchó el sonido de tres timbrazos antes de oír como cortaban la llamada sin responder. ¿Qué le ocurriría? Sabía que esa mañana no tenía señalado ningún juicio. ¿Se encontraría en alguna reunión o acaso se habría puesto enfermo?

En ese momento se encendió una lucecita roja en el aparato que tenía sobre la mesa y por el teléfono interior oyó la voz de Rosalía comunicándole que acababa de llegar la visita que tenía citada a primera hora de la mañana.

—Pásala a la sala de espera y que aguarde un poco leyendo una revista

—le contestó, mientras marcaba nuevamente el número de Fran en el móvil, con el mismo resultado infructuoso.

Lo intentó por tercera vez y, cuando oyó que también en esa ocasión su poseedor cortaba la comunicación, estuvo a punto de propinarle un puñetazo a la mesa. Sabía que Fran no tenía ningún asunto importante esa mañana. ¿Por qué no contestaba a su llamada?

En contra de lo que acostumbraba, atendió a su primera visita casi sin escucharla. Despachó a la segunda en breves minutos y a la tercera le interrumpió sistemáticamente en cuanto intentó explayarse, sin percatarse siquiera de que en la calle la tormenta arreciaba por momentos. Tenía los nervios de punta y cuando al fin consiguió acompañar hasta la puerta al último de sus clientes y cerrarla a su espalda, retrocedió sobre sus pasos para regresar a su despacho y apagar el ordenador. Luego salió a toda prisa a la antesala y se despidió de Rosalía.

—¿Se marcha? —se extrañó esta consultando incrédulamente su reloj

—. No son más que las doce del mediodía.

Había en el tono de su voz un velado reproche, como si considerase que la profesión de Lucía debía anteponerse en cualquier caso a su vida privada y desaprobase su intempestiva salida del despacho.

—Sí, pero tengo algo importante que hacer —replicó sin decidirse a darle explicaciones a su secretaria.

—Ya, su aniversario —comentó esta con retintín—. Pues que lo pase muy bien.

Lucía no se entretuvo ni un segundo en apaciguarla con algún comentario intrascendente al pasar por delante de la mesa de Rosalía, camino de la puerta del piso. Apresuradamente salió al descansillo de la escalera y tomó el ascensor para bajar hasta el garaje del edificio. Algo tenía que haberle ocurrido a Fran para que no atendiese a sus repetidas llamadas. Algo que probablemente guardase relación con el mensaje que había recibido ella. Fran había actuado como fiscal en aquel juicio y Antonio Briones querría vengarse también de él, ahora que al fin había obtenido la libertad. ¿Le habría enviado un correo similar?

Con los nervios en tensión corrió entre los vehículos estacionados cuando llegó al garaje y, en cuanto alcanzó el suyo, se sentó frente al volante, lo arrancó y salió a la calle. Un aguacero se desplomó sobre el techo del vehículo, resbalando luego como una cascada sobre el parabrisas.

Un trueno resonó a lo lejos y retumbó después por las desiertas calles del barrio de Salamanca que iba atravesando, relucientes por el agua que discurría por la calzada. Nunca le había parecido que la Audiencia Provincial se encontrase tan alejada de su despacho, pero los escasos veinte minutos que tardó en recorrer el trayecto que mediaba entre la calle de Serrano y la de Santiago de Compostela, en la periferia de Madrid, le parecieron siglos. Consiguió aparcar en una travesía lateral y se precipitó en el vestíbulo del edificio, echando a correr luego hacia el ascensor en el que consiguió introducirse a fuerza de empellones entre la multitud que se apiñaba frente a su puerta.

Ya en la tercera planta echó nuevamente a correr por el pasillo y cuando al fin alcanzó la secretaría de la sala y la mesa tras la que Belén se miraba atentamente las uñas, se encontraba sin aliento. Esta levantó la vista de sus manos y se la quedó mirando inexpresivamente.

—Don Francisco Guillén no la puede recibir, ya se lo he dicho por teléfono —murmuró en tono pausado, aunque firme.

—Pero es que necesito verle —objetó Lucía reprimiendo las ganas de sacudir a la otra por los hombros—. Es algo muy urgente.

—Pues lo siento —replicó Belén sin que a sus pintadísimos ojos oscuros asomase ninguna emoción—. Me ha encargado que no deje pasar a nadie a su despacho y que a usted le entregue esto.

Le alargaba un sobre grande de papel manila que Lucía cogió mecánicamente.

—¿Le ha dicho que no me deje entrar tampoco a mí? —insistió incrédulamente—. No es posible. ¿Es que le ha ocurrido algo?

La otra meneó negativamente la cabeza.

—Don Francisco se encuentra perfectamente, si es eso lo que me pregunta —repuso con la expresión de un cancerbero, decidido hasta las últimas consecuencias a cumplir su misión—. Me ha dicho que cuando vea usted el contenido del sobre lo entenderá todo.

—¿El contenido del sobre? —inquirió Lucía contemplándolo como alelada—. ¿Qué es lo que entenderé?

—Eso no me lo ha dicho. Lo que me ha dejado claro es que no quiere recibirla en su despacho ni hablar con usted por teléfono, ¿me entiende?

No, no entendía nada en absoluto. ¿Qué podía haberle ocurrido a Fran de repente para que adoptase esa actitud tan absurda? Aunque no era cariñoso ni expresivo, la noche anterior parecía contento. Esa mañana no le había visto aún, porque madrugaba más que Lucía para acudir a su trabajo, pero no era posible que hubiese cambiado tanto de actitud respecto de ella.

La rubia se había puesto en pie y le obstaculizaba el paso con su cuerpo, por lo que estuvo a punto de apartarla de su camino hacia el despacho de un empujón. Pero no le gustaban los escándalos ni las escenas. Cuando regresase Fran a casa para comer, aclararía aquel asunto y le advertiría que no estaba dispuesta a consentir que se repitiera una situación como la que estaba viviendo en ese momento.

—Está bien —se oyó decir al fin a sí misma—. Cuando salga de esa reunión tan importante, dígale que he venido.

—De acuerdo, se lo diré.

Lucía se dio media vuelta y se encaminó por el pasillo en dirección al ascensor, con la sensación de haber sufrido innecesariamente un desaire.

Por trascendente que fuera el asunto que ocupara a Fran esa mañana, su comportamiento era injustificable, máxime cuando había utilizado como emisario a aquella estúpida rubia que tenía por secretaria.

Apenas reparó en los compañeros de profesión que la saludaron a su paso ni en los que después en el ascensor intentaron intercambiar unas palabras con ella. Tampoco percibió el estruendoso retumbar de los truenos cuando salió a la calle y se dirigió hacia el lugar donde había aparcado su coche. Había cesado momentáneamente de llover, pero cuando se introdujo en su vehículo y se sentó frente al volante, una nueva tromba de agua se derrumbó sobre este, al tiempo que una serie ininterrumpida de relámpagos serpenteaba entre unos nubarrones, negros como el carbón.

¿Por qué habría creído anteriormente que le agradaban las tormentas?, se preguntó a sí misma. Quizás porque al levantarse esa mañana se sentía absurdamente feliz, pero en ese instante, en el que vivía su presente bajo un prisma muy distinto, decidió que no le gustaban nada en absoluto. Además, era difícil conducir bajo aquella lluvia tan desaforada, tan excesiva, en la que el limpiaparabrisas tenía que trabajar sin descanso para que pudiera distinguir la calle por la que se dirigía hacia su casa.

Una vez que se encontró de nuevo en su piso, se fijó en el sobre que le había entregado Belén y que llevaba en la mano y se encaminó con él al salón, oscuro y lóbrego bajo la cortina de agua que chorreaba por los cristales de la ventana. Se dejó caer en una butaca y lo miró aprensivamente. Estaba dirigido a don Francisco Guillén, pero no constaba quien era el remitente. ¿Por qué se lo habría dado Fran a su rubia secretaria para que se lo entregase a ella? ¿Contendría malas noticias?

El sobre había sido abierto con anterioridad, probablemente por el propio Fran, y cerrado de nuevo con papel celo. Intrigada rasgó la solapa y unas fotografías de tamaño grande y en color resbalaron hasta el suelo, de donde las recogió. Después abrió desmesuradamente los ojos y luego la boca. ¿Cómo era posible? En todas las fotografías aparecía ella en la cama de su dormitorio con un hombre rubio al que desconocía. A ella se la veía de frente en unas y en otras de medio lado. A él siempre de espaldas, con el

pajizo cabello resbalándole sobre la frente de forma que apenas si podían distinguírsele las facciones.

Aturdida volvió a examinarlas una por una. No conocía al hombre que aparecía retratado con ella en la cama en una posición inequívoca. Además no había tenido relaciones íntimas con ningún otro en toda su vida. Solo con Fran. ¿Cómo era posible?, se preguntó de nuevo.

Ahora entendía el extraño comportamiento de él. Alguien le había remitido esas fotografías con la clara intención de perjudicarla y Fran había reaccionado como un puritano caballero de la edad media sin permitirle siquiera a ella una explicación. ¿Pero qué explicación hubiera podido ofrecerle de haberle dado él esa oportunidad? Que la fotografía era un montaje, que ella no había estado con ningún hombre en su dormitorio, solo con él. ¿No era esa la argumentación con la que sus clientes femeninos se defendían de las acusaciones de sus maridos, cuando se encontraban en una situación similar y se sentían obligadas a mentirles? Pero en su caso era cierto. ¿Cómo podría demostrárselo?

Consternada examinó nuevamente las fotografías y poco a poco fue imponiéndose su natural reflexivo sobre el nerviosismo que sentía. Estaba tan acostumbrada a examinar concienzudamente las pruebas que podía aportar en los procedimientos judiciales, que se encontró estudiándolas fríamente, como si pertenecieran a una persona ajena involucrada en un trance parecido. Estaba claro que las fotografías debían haberse tomado con teleobjetivo, probablemente desde la casa de enfrente. Se acercó a la ventana contra la que restallaba la lluvia y estudió críticamente el edificio que distinguía al otro la de la calle, borroso bajo la cortina de agua. Sí, tenían que haberla tomado desde allí, aprovechando que, por el achicharrante calor de los días anteriores a la tormenta, dormían con la ventana abierta de par en par. Por la inclinación con la que había sido tomada la fotografía, su autor debía encontrarse en el tercer piso de la casa de ladrillo rojo de enfrente, es decir, uno más arriba que el suyo. Solo faltaba ahora por averiguar quién era el tipo rubio que aparecía acostado con ella en la cama, al que estaba completamente segura de no haber visto nunca.

Con el ceño fruncido, examinó detenidamente la fotografía en la que se le veía a él de medio perfil. Había algo familiar en aquel tipo que de momento no supo discernir. ¿Qué era? Sí, la inclinación de los hombros le era conocida y aquel lunar en forma de herradura en el hombro izquierdo…

De improviso dio un respingo. Ya sabía. Aquel hombre era el propio Fran y alguien había manipulado la fotografía, probablemente con photoshop, para que su negrísimo cabello pareciese rubio y más largo de lo que él solía llevarlo. También la nariz era diferente, más ganchuda y con caballete. Enviándoselas después pretendía hacerle creer lo que realmente había conseguido. Que ella le engañaba con ese tipo inexistente y perjudicar así sus relaciones de pareja. Conociendo a Fran, rígido e intransigente, estaba claro que no le daría ocasión de aclararle la estratagema de la que estaban siendo víctimas los dos. ¿Pero quién podría odiarles hasta ese extremo?

Dejó caer al suelo las fotografías y apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca, tapizada en pana de color castaño oscuro, tras cerrar los ojos para concentrarse mejor, pero los volvió a abrir casi instantáneamente. Ya sabía.

Antonio Briones le había amenazado con arruinarle la vida y lo estaba logrando. Tenía que ser él. El día anterior había salido de la cárcel y le había faltado tiempo para tomar las fotografías desde la casa de enfrente y remitírselas a Fran a su despacho.

Tenía que explicárselo a este último. Cuando apareciera él en el piso dentro de unos instantes se las enseñaría, indicándole el lunar en forma de herradura que el tipo de la foto tenía en el hombro, para demostrarle que ese hombre era él mismo. Luego podrían celebrar su aniversario y tomar las medidas necesarias cara al futuro, para que aquel delincuente excarcelado no pudiera volver a hacerles sufrir una jugada semejante.

Más animada se puso en pie y se dirigió apresuradamente a la cocina.

Antes de salir para el despacho había dejado preparado un asado de cordero, que a él le gustaba mucho, y debía meterlo al horno con tiempo suficiente para que estuviese listo en cuanto Fran llegara de la Audiencia. Después puso la mesa en el comedor con un mantelito de encaje y la vajilla de porcelana y seguidamente fue a cambiarse de ropa y a arreglarse. El espejo le devolvió la imagen de una bonita muchacha de melena larga, lisa y

oscura que enmarcaba un agraciado semblante en el que brillaban ilusionados sus ojos de un color azul clarísimo, bordeados de pestañas negras y rizadas. De nuevo se sentía feliz y de nuevo le gustaba oír la atronadora tormenta que retumbaba en el cielo haciendo vibrar los cristales de las ventanas.

Cuando estuvo todo a punto, volvió al salón y se retrepó nuevamente en la butaca. Faltaban solo cinco minutos para las dos del mediodía y Fran llegaría de un momento a otro, por lo que aguardó impaciente.

Las agujas del reloj de pared que tenía enfrente avanzaron lentas, como si una mano invisible les impidiera moverse al ritmo acostumbrado, pero finalmente su sonería dejó oír dos campanadas y poco después el timbrazo del horno indicó que el asado de cordero estaba a punto.

Algo más tarde un relámpago rasgó las nubes, acompañado de su estrepitosa resonancia y de un nuevo aguacero. Lucía empezó a rebullirse inquieta. Ya eran las tres y media de la tarde y el asado se iba a quedar helado. A las cuatro volvió a meterlo en el horno y a las cinco llamó a Fran nuevamente al móvil. Tras un timbrazo, él cortó la comunicación, por lo que Lucia miró incrédulamente el aparato. Tenía que hablar con él. Tenía que explicarle que las fotografías habían sido objeto de un montaje. ¿Es que no iba a permitirle que se lo aclarase? Hasta el peor de los delincuentes tenía derecho a ser oído y Fran llevaba el Derecho metido en las venas. ¿Iba a darle a ella peor trato que al más desalmado de los criminales? ¿O quizás era que no pensaba volver al piso alquilado que compartían los dos?

De pronto le asaltó una duda y echó a correr hacia el dormitorio, abriendo a continuación el armario empotrado de él. Allí seguía su ropa. No se había llevado nada, por lo que necesariamente tendría que regresar. Claro que, cuando se había marchado de la casa esa mañana, no había recibido aún las fotografías. De todas formas no le creía capaz de renovar íntegramente su guardarropa para evitar tener que presentarse en el piso a recuperar sus pertenencias, porque era muy mirado con el dinero. Antes o después tendría que aparecer y entonces ella le demostraría lo equivocado que estaba y lo injusto que había sido al condenarla de antemano, sin permitirle siquiera declarar a su favor como cualquier encausado.

Y en cuanto a Antonio Briones, algo más que un indeseable como él haría falta para arruinarle a ella la vida, se dijo desafiante levantando la barbilla. Si quería pelea, la tendría, y a la primera oportunidad volvería a mandarle a la cárcel.

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