Y después de la tormenta
Capítulo 15
CAPÍTULO XV
Estuvo a punto de proferir un grito, pero no llegó a emitir ningún sonido.
¿Cómo había llegado ese pijama hasta su cama? Cuando se marcharon los operarios de la tienda de muebles, sobre su lecho no había otra cosa que los cojines de encaje. Tenía que haber entrado alguien en la casa mientras ella había bajado a la cafetería a tomar algo. ¿Pero quién? ¿Quién más tenía llave de ese piso? Tras unos segundos de vacilación, rebuscó en su bolso hasta que halló su móvil y marcó en su agenda el número de Lorenzo. Este contestó al instante.
—Lorenzo, ¿puede venir? Estoy en mi nueva casa y he encontrado sobre la cama el pijama de Fran, de mi ex pareja, cuando he regresado después de salir un momentito a cenar. En mi ausencia, que apenas ha durado unos minutos, alguien ha entrado en el piso y… y necesito que venga.
La voz de él sonó tranquilizadora.
—¿En su casa nueva? ¿Es que se ha mudado de casa? Debería habérmelo advertido.
—Sí, bueno, no. Ha sido una decisión repentina. ¿No puede venir?
—Claro que sí, pero tendrá que darme antes su nueva dirección.
Inquietísima, Lucía se la indicó, sin entender que él pudiera ser tan calmoso.
—Dese prisa y llame al telefonillo para que le abra el portal, porque el portero lo habrá cerrado ya —le advirtió.
No tardó Lorenzo más de un cuarto de hora en presentarse en la vivienda y Lucía le precedió hasta su dormitorio, donde le mostró el pijama, extendido aún sobre la almohada.
—Es de Fran o al menos es igual al que usaba él. —Y con una voz en la que latían trémolos histéricos, añadió—: No lo entiendo. No entiendo cómo ha averiguado que me mudaba de casa ni cómo ha entrado en este piso. He inspeccionado la cerradura y no parece que esté forzada.
Sin hacer el menor comentario, Lorenzo retrocedió hasta el vestíbulo para hurgar en la cerradura durante unos segundos que a Lucía se le hicieron eternos.
—No, no está forzada —comentó como para sí, sin volverse. Luego la empujó hacia el salón y tomó asiento frente a ella en uno de los sofás de piel blanca—. Bueno, vamos a ver si se tranquiliza y me explica de una forma coherente lo que ha sucedido. ¿Quién más sabía que se trasladaba hoy a esta casa? ¿Lo sabía su… su ex pareja?
Sorprendida por su pregunta, Lucía enarcó las cejas, mientras por su mente veía, como en una rápida sucesión de imágenes, las fotografías manipuladas que habían ocasionado la ruptura con Fran, la noche de la tormenta en “Los almendros”, cuando al bajar de su coche le pareció que la casa estaba deshabitada, el rugido de los truenos mientras trataba de orientarse a oscuras en la planta baja y luego su ascenso por la escalera para acabar oyendo su risa tras la puerta cerrada del dormitorio que había sido el de los dos.
—¿Cómo lo iba a saber él? No le he vuelto a ver desde que el tipo que me amenazó con arruinarme la vida le envió las fotografías en las que aparecía yo con otro, ya se lo he dicho.
—¿Y tampoco lo ha comentado con nadie? ¿Con su amiga Isabel, con Olvido, con el portero de su antigua casa? ¿No se lo ha comentado a nadie?
Dubitativa, Lucía le observó con la cabeza ladeada y en ese instante su fisonomía le recordó más que nunca a la de una estatua romana o griega, con su ensortijado cabello y su correcto perfil, que había sido el prototipo de la belleza siglos atrás.
—Claro que lo he comentado, lo he comentado con todos ellos y al portero incluso le ha dado la nueva dirección para que me enviase el correo.
El semblante de él fue contrayéndose con un rictus irónico, como si estuviese llegando a la conclusión de que ella era más tonta aún de lo que había supuesto.
—¿Y se extraña entonces de que le hayan dejado ese regalito sobre la almohada? Si el autor de la broma es su… su ex pareja, se habrá divertido muchísimo imaginando el susto que se iba a llevar usted al entrar en el dormitorio, ¿no lo entiende?
Analizó Lucía su expresión, disimulando la humillación que le producía el sarcasmo que traslucían sus palabras.
—Eso en el supuesto de que haya sido mi ex pareja el autor de la
“broma” —objetó, recalcando esa última palabra—. Que haya sido mi ex pareja me parece mucho suponer, pero aunque fuera cierta esa hipótesis,
¿cómo ha entrado en este piso?
Lorenzo sostuvo su mirada y luego se encogió de hombros.
—¿Ha cerrado la puerta con llave al bajar a cenar? Con una tarjeta dura se puede abrir una puerta sin que quede señal.
—Eso ya lo sé —le interrumpió, cansada de su tono de superioridad—.
Pero recuerdo perfectamente que al marcharme he cerrado con dos vueltas de llave. No, la persona que me ha dejado en la cama el pijama azul tenía otra llave y voy a bajar ahora mismo a preguntarle al portero.
Tras consultar su reloj de pulsera, él intentó detenerla meneando negativamente la cabeza.
—No, es muy tarde, así que no estará ya en el portal.
—No, pero llamaré a la puerta de su casa, a la que también se accede desde el portal —decidió Lucía poniéndose en pie.
—Espere, espere. ¿No le parece una falta de consideración hacia el pobre hombre? Podemos preguntárselo mañana por la mañana.
Lucía se volvió para mirarle desdeñosamente. Estaba cómodamente repantigado en el sofá, sin hacer la menor intención de incorporarse.
—Quédese usted ahí, ya que es tan considerado. Yo no me voy a acostar a dormir, corriendo el riesgo de que el autor de la “broma” vuelva esta noche a gastarme otra, ¿entiende?
De mala gana, Lorenzo se puso en pie.
—Vale, vale. Bajaremos a molestar al portero. ¿Qué espera que le diga él? ¿Qué le entregó la llave de su piso a un mendigo que se le acercó al chiscón pidiendo limosna? Le dirá, como es natural, que no sabe de qué le está hablando.
Sin contestarle, Lucía le volvió muy digna la espalda y salió al vestíbulo, donde en ese momento y con su estado de ánimo por los suelos, le pareció que el solitario paragüero ponía una nota discordante en la desmantelada habitación, como si fuese un objeto olvidado allí por algún personaje estrafalario. Lorenzo la seguía y se reunió con ella frente al ascensor que les bajó hasta el portal. El portero les abrió la puerta de su casa en cuanto llamó Lucía al timbre y le sonrió amablemente al reconocerla, sin moverse del umbral.
—Buenas noches. ¿Se ha instalado ya?
—Sí y perdone que le moleste. Quería preguntarle si hay alguien más que tenga llave del piso que he alquilado.
El hombre, bajito y sonrosado no pareció extrañarse ante la pregunta, porque volvió a sonreír.
—Sí señora, yo tengo otra llave. Está colgada allí enfrente, junto con las de los demás pisos.
Le señalaba el chiscón, que se encontraba en el portal, enfrente de la puerta de su casa y Lucía hizo un gesto de asentimiento, al ver colgadas de una tabla en la pared un sinnúmero de ellas.
—Y supongo que esta tarde no se la entregado a nadie —insinuó con un tono de voz que no dejaba traslucir nada.
El portero esbozó un gesto interrogante.
—¿Entregar su llave? No, claro que no. No se las entrego nunca a nadie.
Solo las utilizo yo cuando se produce alguna avería en las viviendas en ausencia de los inquilinos, ¿por qué lo pregunta?
Dudó Lucía en referirle lo que le había sucedido poco antes, al regresar de la cafetería. Lorenzo permanecía a su lado con expresión de aburrimiento, como si la determinación que había adoptado de interrogar al portero fuese estúpida y carente de objeto, y fue precisamente el deseo de demostrarle que no tenía razón lo que la decidió.
—Es que alguien ha entrado en mi casa hace un rato, entre las ocho y treinta y las nueve de la tarde, cuando he bajado a cenar, y me ha dejado equivocadamente un paquete que pretendo devolverle. ¿No tiene idea de quién ha podido ser?
Esperaba que el hombre le replicase ofendido que era imposible que se hubiese producido tal hecho, pero ante su sorpresa frunció el ceño como si estuviese reflexionando.
—Bueno, sí, acababa usted de salir. Ha sido una señora que pertenecía a la tienda donde ha comprado usted los muebles, los que le han traído esta tarde. Ya se habían marchado los hombres que los transportaban y ha venido al portal a decirme que habían olvidado subirle un paquete que era imprescindible para usted y que se enfadaría mucho de no encontrarlo en su casa cuando regresara.
Lucía se contuvo para no dejar escapar un exabrupto, pero no pudo evitar clavar en él su mirada con expresión tormentosa.
—¿Y le ha entregado usted la llave?
El portero pareció encoger unos centímetros.
—No señora, no. He subido con ella y le he abierto la puerta del piso.
Yo me he quedado en el vestíbulo y ella no ha tardado más que unos segundos en regresar. Luego he cerrado nuevamente la puerta. ¿Es que el paquete que le ha dejado no es el que esperaba a usted?
—¿Y cómo era esa señora? —le preguntó ácidamente Lucía sin contestar a su pregunta.
—Pues…, —el portero entrecerró sus ojillos como si ese gesto le ayudara a concentrarse—… pues era más baja que usted, de mediana edad y muy repeinada. Llevaba un moño del que no se le escapaba un solo pelo. —
Sin hacer comentarios, Lucía aguardó impasible por si el hombre recordaba algún detalle más. Este debió atar finalmente algún cabo suelto, porque esbozó una expresión de triunfo—. ¡Ah, sí! Se me olvidaba. Me chocaron bastante los zapatos que llevaba puestos. Calzaba unos zapatos de tacón de color verde. Verde oscuro, pero verde. ¿Sabe ya de quién le hablo?
Al rostro de Lucía no afloró la alarma que había experimentado al oírle.
Permaneció imperturbable como si no le hubiera oído, pero en su interior sintió un repentino sobresalto no exento de la más profunda sorpresa, mientras con la mente volvía a su despacho y veía a Rosalía taconear hacia su mesa con sus horribles zapatos verdes. ¡Rosalía!, ¿cómo era posible?
¿Qué relación guardaría la que había sido su secretaria con Fran? Era ella
entonces la que extendía el pijama de él sobre su almohada para… ¿para qué?
—Muchas gracias y perdone que le hayamos molestado a estas horas —
le dijo al portero que la miraba fijamente como si esperara recibir alguna reprimenda—. Ahora entiendo lo del paquete y podré solucionarlo. Buenas noches.
Se alejó de la puerta de su casa en dirección al ascensor, seguida de Lorenzo y solo cuando entraron en la cabina y el otro no podía oírles se decidió a comunicarle a Lorenzo lo que había descubierto.
—¿Le ha oído? Ha sido Rosalía. ¿La recuerdas?
Él parecía anonadado cuando bajó hacia Lucía sus ojos castaños.
—Sí, claro que la recuerdo, pero no lo entiendo.
—Tampoco yo. Solía recriminarme por vivir con Fran sin estar casados, pero no puede obedecer esa “broma”, que se ha repetido varias veces, al deseo de vengarse de mí por haberla despedido, porque el pijama de Fran empezó a aparecer sobre la almohada de mi cama antes de que le pidiera que se marchara de mi despacho para siempre. ¿Qué hacemos ahora?
La arrogante expresión de Lorenzo había desaparecido de su rostro como si hubiera recibido un baño de agua fría. Acababa el ascensor de llegar a la planta cuarta y cabizbajo la siguió hasta el salón cuando ella abrió la puerta y se dirigió hacia esa habitación, tomando asiento en el sofá.
—Pensará usted que soy un inútil —murmuró él en voz muy baja—. He estado persiguiendo a una sombra que no existía, creyendo que Antonio Briones era el tipo que la había amenazado, hasta que supe que había ingresado en la cárcel con anterioridad, y luego he estado vigilando a su ex pareja, convencido de que era él el autor de todas estas sinrazones. Puede despedirme, si quiere.
Aunque ella estaba pensando lo mismo, le conmovió verle tan abatido, con los hombros inclinados hacia adelante y el rictus amargo de sus labios, por lo que se apresuró a quitarle importancia a los hechos que él acababa de reconocer y a intentar animarle. Resultaba tan anómala su figura sin la arrogancia que le caracterizaba…
—Vale, vale, no diga eso. ¿Quién podía imaginar que Rosalía tuviera algo que ver con los contrasentidos que me están sucediendo? Nunca lo
hubiera supuesto. Me parecía una mujer difícil de aguantar, porque siempre me estaba regañando y porque era una puritana, a la que le escandalizaba que viviera con Fran sin haberme casado previamente con él. Me lanzaba constantes puyas a ese respecto como si… como si viviera con él sin estar casada por mi gusto.
Lorenzo perdió su aire decaído y levantó la mirada hacia su rostro con una chispita irónica brillando en sus ojos.
—¿Quiere decir que por su gusto se habría casado, antes de convivir con él?
Fastidiada, se mordió los labios por haberlo dejado escapar, pero, como ya era tarde, no tuvo más remedio que reconocerlo.
—Lo hubiera preferido, sí, pero eso da lo mismo en este momento. Lo que tenemos que decidir, es lo que vamos a hacer en adelante. ¿Cree que Rosalía puede haberse confabulado con Fran contra mí?
Tardó Lorenzo en contestar. Debía estar reflexionando intensamente porque un pliegue profundo había aparecido en su frente.
—Pues… no sé si decírselo, porque va a pensar de mí que soy rematadamente idiota por no haberla puesto sobre aviso antes.
—¿A qué se refiere? —se interesó ella sin comprender, abrazándose ambas rodillas al inclinarse hacia él para escuchar lo que tenía que comentarle.
—A Rosalía —le aclaró Lorenzo—. Fue ella la que alquiló el piso de la casa de enfrente del suyo, el piso del de que según decía usted la vigilaban.
Lo averigüé hace días, pero no le di mayor importancia y debería habérsela dado.
—Sobre todo, debería habérmelo comunicado —le reprendió ella—.
Cada vez veo más claro que detrás de todo este asunto está Fran, aunque sigo sin entender el motivo. Seguramente contrató a Rosalía para que me vigilara desde la casa de enfrente y me “embromara” dejándome en el dormitorio su pijama, una noche tras otra, pero no tiene sentido. Si te fijas en las fechas, el mensaje que recibí en el ordenador amenazándome, me lo enviaron el mismo día en el que Fran recibió las fotografías trucadas. Lo que falta por averiguar es quien se las remitió primero a él.
Se quedó callada con la mirada perdida, pero cuando después de recorrer con ella la habitación, la desvió hacia Lorenzo adivinó lo que estaba pensando él y dio un respingo.
—No se las envió nadie, ¿verdad? —musitó como para sí, sintiendo de pronto un frío intenso—. Las manipuló él para encontrar una excusa para dejarme. ¿No es eso lo que está pensando?
Él asintió sin apartar los ojos de ella.
—Lo he pensado, sí. Empecé a suponerlo cuando me enteré de que Antonio Briones había ingresado nuevamente en la cárcel y de que por consiguiente no podía ser él el autor de la mayor parte de las trastadas que ha tenido usted que soportar.
—Pero no tiene sentido —continuó Lucía absolutamente desconcertada
—. Puedo entender que manipulase las fotografías y que le dijese a su secretaria que me las entregase, ya que podían servirle de pretexto para romper conmigo. ¿Pero por qué habría de querer perjudicarme en mi profesión? Ese comportamiento parece más bien obra de un sádico que hubiese planeado una venganza refinada y no responde a la personalidad de Fran. Él es un intelectual, no demasiado activo, incapaz de tomarse demasiadas molestias por nadie para lo bueno ni para lo malo. No le imagino haciendo un esfuerzo para fastidiar a alguien a quien pudiera considerar su enemigo. ¿Y por qué habría de hacerlo para hacerme daño a mí? Nunca fui lo bastante importante.
Le sorprendió su propia definición del carácter del hombre que había sido su pareja durante tanto tiempo y la conclusión a que había llegado sobre el papel que había desempeñado en la relación que había mantenido con él. Lorenzo la observaba ahora con lo que creyó identificar como conmiseración, pero había algo más que la alarmó.
—Que no fuese importante para él me parece imposible —musitó en voz muy baja—. Es usted una mujer única e inolvidable.
Lucía disimuló un imperceptible respingo, mientras se decía que debía poner fin inmediatamente a aquella conversación. Solo le faltaba para rematar el día que, después del susto que le había producido la visión del pijama de Fran sobre su cama, ahora Lorenzo creara una situación embarazosa. Le caía bien él, pese a sus modales arrogantes, pero las
estatuas griegas solo le gustaban como eso, como estatuas, y él se asemejaba demasiado a cualquiera de las que pudieran visitarse en los museos.
—Es muy tarde, Lorenzo, y los dos tenemos que trabajar mañana, así que ya continuaremos estudiando el plan a seguir en otro momento.
Se había puesto en pie y por un segundo temió tener que levantarle a pulso del sofá donde continuaba arrellanado, pero al fin se incorporó, aunque parsimoniosamente, y la siguió hasta el vestíbulo, donde ella le había abierto ya la puerta para que saliera a la escalera. Aún demoró Lorenzo la despedida paseando la mirada por la amplitud de la destartalada estancia para detenerla en el solitario paragüero.
—¿Y ese chisme?
—¿Qué chisme? —inquirió Lucía, desviando su mirada para abarcar con ella la habitación.
—Ese trasto, el que contiene los paraguas. ¿Es lo único que se ha traído de su casa anterior?
No tenía ganas Lucía de explicarle el motivo por el que había trasladado el paragüero a su nueva vivienda ni por qué se había dejado en la antigua la mayor parte de los muebles y objetos que había utilizado como suyos, por lo que le empujó suavemente hacia el descansillo, cerrando la puerta a continuación. Luego le dio dos vueltas a la llave en la cerradura y buscó con los ojos algo con los que apuntalar la puerta para que, en el caso de que alguien decidiera hacerle una inoportuna visita por la noche, al derribarlo hiciera suficiente ruido como para que ella se despertara. Solo encontró para tal finalidad su solitario paragüero, que colocó delante de la puerta.
Podría servir, se dijo. Con el ruido que harían los paraguas al caerse y rodar por el suelo, con toda seguridad oiría al intruso que pretendiera sorprenderla.
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