Y después de la tormenta
Capítulo 10
CAPÍTULO X
Esa tarde regresó puntualmente Lucía al despacho y entre cliente y cliente observó atentamente a Olvido que, ajena por completo al escrutinio al que la estaba sometiendo, atendía sonriente al teléfono. No consiguió sacar nada en limpio y cuando despidió a la última visita y comprobó que el maletín con las fotocopias seguía en el mismo sitio en el que lo había dejado por la mañana, se dirigió hacia la puerta de su despacho con la intención de salir a la antesala y marcharse. Tenía ya la mano en el picaporte, cuando sonó su móvil y se lo llevó al oído.
—Lucía, soy Max —oyó que le decía a través de la línea telefónica—.
¿Cómo va mi asunto?
No había tenido aún la menor noticia del Registro Civil, pero como no quiso desaprovechar la oportunidad de charlar un rato con él, retrocedió hacia su mesa para sentarse de lado sobre el tablero, manteniendo el móvil junto a su oído.
—Aún no hay nada, Max. Estas cosas llevan un tiempo, así que debes de tener paciencia.
—De acuerdo, de acuerdo. En realidad te llamaba para proponerte otra cosa. Mañana es sábado.
—Efectivamente —corroboró Lucía muy seria, reprimiendo las ganas de reír, pues, al contrario de lo que le ocurría con Lorenzo, que al decirle este una frase parecida la había alarmado, la misma frase pronunciada por Max le hacía gracia.
—Pues he pensado que a lo mejor aceptabas mi invitación a comer. Me gustaría enseñarte “El robledal”, ya sabes la finquita que heredé a medias con Casilda y sobre la que los dos nos enfrentamos en un pleito. Bueno, medio pleito porque tú y yo nos quedamos encerrados en el ascensor y no
llegó a celebrarse la vista —comentó riéndose—. Podemos comer allí y así podrías darme tu opinión sobre cómo arreglar la casa, porque, como te dije, tengo intención de trasladarme a vivir al campo en cuanto termine de pagarle a mi prima la mitad que heredó ella.
Al oír su ofrecimiento, Lucía frunció el ceño. Por lo que Max le había comentado, “El robledal” lindaba con “Los almendros” y no sentía el menor deseo de acercarse ni siquiera por las proximidades de esta última finca ni de rememorar los dolorosos sucesos de la tarde en la que había acudido allí por última vez bajo una atronadora tormenta, creyendo que Fran la había citado en ese lugar.
—Pues… —empezó con precaución, buscando una excusa verosímil para no herirle con su negativa.
—Si no quieres ir a “El robledal”, podemos comer en cualquier otro sitio —se le anticipó él, imaginando probablemente lo que pasaba por su mente—, te lo he propuesto, porque me apetecía que vieras la casa que heredé de mi abuelo y me dieras tu opinión. Estoy seguro de que debes de ser muy buena decoradora.
Sorprendida, Lucía rodeó su mesa de trabajo y se dejó caer en la butaca, donde se repantigó, estirando cómodamente las piernas. ¿Buena decoradora ella? No había tenido ocasión de comprobarlo. En la casa en la que vivía, había sido Fran quien había decidido qué muebles había que comprar y donde había que colocarlos. A ella le dejó tan solo la posibilidad de elegir los cojines de encaje de la cama. Eran los únicos elementos de la vivienda que no hubieran hecho un buen papel en una sala de pompas fúnebres.
Quizás sí fuese una buena decoradora.
—Bueno, pero…
—Descuida, no nos acercaremos para nada a “Los almendros”, no te preocupes. Hay más de un kilómetro entre las dos fincas y ni tú ni yo tenemos el menor interés en recorrer ese trayecto. Te enseñaré la casa que perteneció a mi abuelo y disfrutaremos de una comida sensacional que cocinaré yo. ¡Ah! Y beberemos cerveza sin alcohol, porque no quiero tener ningún problema por la carretera cuando regresemos al anochecer. ¿Qué te parece?
—Me parece estupendo, pero…
—Sin peros. ¿A qué hora te recojo en tu casa?
—Pues…
—A las doce. ¿Te parece bien a las doce? Así podrás aprovechar mañana para dormir. Te esperaré enfrente de tu portal con el coche en segunda fila. Procura ser puntual, ¿de acuerdo?
—Sí, sí, de acuerdo.
Cortó Lucía la comunicación sintiéndose repentinamente eufórica. Le gustaba la naturaleza, le gustaba la compañía de Max y probablemente le gustaría la comida que cocinara. Debía traslucir el optimismo que experimentaba, porque se sintió seguida por la mirada de Olvido mientras cruzaba la antesala y luego la notó fija en su espalda mientras abría la puerta del piso. La sintió tan intensamente, que se vio obligada a girar la cabeza en dirección a su secretaria y a despedirse nuevamente de ella.
—Hasta el lunes, Olvido, que tengas un buen fin de semana.
—Lo mismo le deseo, hasta el lunes.
Max la recogió puntualmente al día siguiente. Vestía un pantalón vaquero y una camisa de manga corta de cuadritos azules y blancos y parecía más joven de como Lucía le recordaba, sobre todo cuando se reía.
También ella se había esmerado al arreglarse esa mañana, aunque, como él, con ropa informal. El pantalón vaquero que llevaba era el que mejor le sentaba y le había costado carísimo y la blusa de manga corta de florecitas azules y rosas la reservaba siempre para las ocasiones especiales, como aquella. Se había cepillado también durante varios minutos su larga y oscura melena, se había pintado ligeramente y al final le había sonreído al espejo, satisfecha del resultado.
—¿Cómo te ha ido durante estos días en los que no nos hemos visto? —
le preguntó él, mientras conducía por la calle Lagasca, que a esas horas y a principios de julio estaba desierta.
—Pues ha habido de todo —murmuró ella con la mirada fija en el cristal del limpiaparabrisas—. Desde el día en que cambié la cerradura de mi casa no ha entrado nadie a dejarme regalitos en el dormitorio.
—Eso es estupendo, ¿no?
—Esa parte de la historia, sí. Pero ayer tuve un juicio en el que iba a aportar como prueba varios documentos decisivos y que no pude
acompañar a la contestación a la demanda cuando la presenté, porque mi cliente no ha podido disponer de ellos hasta hace unos días. Los llevaba en mi maletín y cuando lo abrí en el juzgado estaba vacío.
Max le dirigió una rápida mirada de refilón, antes de volver a fijarla en la calle por la que transitaban en ese momento.
—¿Y no sería posible que hubieras olvidado esos documentos en tu despacho o en tu casa?
—No. Aparecieron después en un cajón de la mesa de mi nueva secretaria. A la que has conocido tú, la despedí.
Él entrecerró sus ojos claros intentando hacer memoria.
—Ya la recuerdo. Una señora de mediana edad, con un moño muy repeinado y con cara de amargada. ¿Por qué la despediste?
—Porque por un descuido suyo accedió Antonio Briones, ya sabes, mi ex recluso, al archivo de mis clientes y ese tipo les llamó a todos para decirles que yo había cerrado el despacho porque padecía una enfermedad gravísima y estaba con un pie en el otro mundo. Como es natural, ante tamaña noticia, cancelaron todos ellos sus citas.
Del esfuerzo por intentar entender lo que Lucía le estaba contando, un pliegue hondo surgió en la bronceada frente de Max.
—¿Pero cómo pudo entrar ese hombre en tu despacho y utilizar el ordenador de esa señora tan estirada? ¿Tiene llave el portero y se la dio o tu secretaria le abrió la puerta del piso, confundiéndole con un cliente tuyo?
Ella se encogió de hombros.
—No lo sé. Rosalía se excusó después, diciéndome que esa mañana había bajado un momento a la farmacia. Yo me había quedado en casa porque… porque no me encontraba muy bien y creo que lo que ocurrió en realidad es que ella hizo novillos.
—¿Rosalía es la señora estirada?
—Sí, mi secretaria anterior.
—¿Y a continuación la despediste?
—Sí, pero pensaba hacerlo en cualquier caso. Se creía la dueña del despacho y me reñía por todo. Por llegar tarde, por vivir con un hombre sin haberme casado con él, por todo.
Se mordió los labios por haber dejado escapar esto último y, al advertirlo, Max se echó a reír.
—No soy un puritano, Lucía. Me parece muy bien que vivieras con él si le querías. ¿Le querías?
Apoyó ella la cabeza en el respaldo del asiento y cerró los ojos, rememorando el día en que le conoció en la Audiencia Provincial, sentado en el estrado del fiscal, moreno y enjuto, con la prestancia que le confería la toga negra con puños de encaje que vestía y la seguridad con la que se expresaba. Su oratoria era perfecta y sus ademanes elegantísimos. Lo idealizó ese día hasta extremos inconcebibles y por lograr que se fijara en ella se esmeró en su dialéctica, ya de por sí brillante y fluida, desarmando a la abogada de la defensa hasta conseguir que no consiguiese hilar dos palabras seguidas sin tartamudear. Claro que le había querido, pero sobre todo le había enaltecido con unas cualidades que ahora no estaba segura de que realmente las poseyera. No se las había cuestionado siquiera mientras vivieron juntos, porque le admiraba demasiado. Porque él le llevaba muchos años, la trataba con esa indulgencia de que las personas mayores hacen gala frente a los niños y contra la que jamás se rebeló, porque la aureola con la que le veía revestido la hacía sentirse disminuida a su lado. Y
había sido muy feliz con él. Muy feliz durante esos nueve años, en los que había procurado desesperadamente acertar con sus gustos y deseos olvidándose de los suyos propios.
—Claro que le quería —reconoció a media voz—. Lo que no sé es si el hombre del que me enamoré existe realmente o si me lo inventé.
Max le dirigió una rápida mirada. Salían ya a la calle María de Molina, cuya prolongación era la carretera de Barcelona, entre un tráfico espeso y ensordecedor.
—Perdona —murmuró él—. Me parece que te he hecho una pregunta impertinente y que…
Lucía se apresuró a interrumpirle.
—No tienes por qué disculparte. Ya te conté la noche en la que cenamos juntos en mi casa el motivo por el que rompimos. No le he vuelto a ver y no deseo volvérmelo a encontrar. Con el tiempo seguramente conseguiré olvidarle.
Max hizo un ademán que parecía querer indicar que no quería seguir hablando de ese tema.
—Nos habíamos quedado en que en el juzgado no encontraste los documentos dentro de tu maletín. ¿Qué pasó después?
—Que tuve la suerte de que el abogado de la parte contraria se retrasara y de que la juez se cansara de esperarle y suspendiera el acto. Después regresé al despacho y allí encontré esos papeles en la mesa de mi nueva secretaria. A continuación vi en mi ordenador un mensaje de Antonio Briones en el que me preguntaba si había hecho suficientemente el ridículo en el juicio. Me amenazaba también con repetir esa faena en los juicios venideros.
—Muy gracioso —masculló él. Se quedó silencioso unos segundos con la vista fija en la carretera que iban recorriendo y luego le preguntó—:
¿Estás segura de que no deberías acudir a la policía? No estoy muy ducho en leyes, lo mío son las hortalizas y las sandías, ¿pero no crees que podrías denunciar a ese tipo por acoso? Supongo que habrás guardado en tu ordenador los correos que te ha enviado y que habrás conservado esas fotografías trucadas que le envió al fiscal y después a ti. Imagino que la policía podría protegerte.
Desalentada, Lucía se encogió de hombros con un gesto que parecía querer indicar que no confiaba en que la tomaran en serio.
—Tiene demasiado trabajo para preocuparse por lo que seguramente consideraría que son visiones de una histérica. Lo cierto es que ese hombre no se me ha acercado ni ha pretendido agredirme. Simplemente y tal como me pronosticó, me está arruinando la vida. —Se interrumpió para reconsiderarlo nuevamente—. Bueno, no me la está arruinando, porque he tenido suerte en todas las ocasiones en las que ha pretendido desprestigiarme en mi profesión, pero sí lo ha intentado.
Reflexionó durante unos segundos y luego añadió:
—No he caído en las trampas que me ha tendido relativas a mi trabajo, pero en lo que se refiere a Fran… A causa de las fotografías de las que te he hablado, nuestra relación se ha terminado definitivamente.
Frunció el ceño Max, como si sus últimas palabras le hubieran impacientado.
—Prefiero no hablar de este tema contigo, Lucía, porque no estoy seguro de ser imparcial, pero me parece que eres demasiado benévola con él.
Se quedaron callados los dos mientras el coche devoraba kilómetros por la carretera. Debían de estar cerca ya de la desviación y Lucía se rebulló desazonada en su asiento rememorando la tarde tormentosa en la que había tomado ese mismo camino por última vez. Para no pensar en ello, giró la cabeza hacia Max y le comentó:
—No te preocupes por mí. En lugar de dirigirme a una comisaría a denunciar los hechos que te he comentado, he contratado a un guardaespaldas, un chico que ha trabajado anteriormente como detective privado. Ya te lo comenté.
—¿Y te está protegiendo?
—Supongo que sí, porque me lo encuentro por todas partes y se enfada muchísimo cuando no le comunico mis planes de antemano. Es muy posible que nos lo encontremos cerca de tu casa, escondido detrás de una higuera.
Lo decía en tono de chanza, pero notó que a él no le hacía ninguna gracia. Había fruncido el ceño y plegado los labios hasta formar con ellos una línea recta. Sin embargo las palabras que pronunció a continuación no parecían estar acordes con su gesto, porque su tono era bromista.
—No nos molestará entonces demasiado, porque en “El robledal” no hay ninguna higuera. Creo haberte comentado que lo mío son las hortalizas y las sandías, sobre todo las sandías. He obtenido este verano una cosecha sensacional, como podrás comprobarlo cuando tomemos el postre.
—¿Vamos a tomar sandía? Me encantan.
—Sí, a mí también.
Interesada, Lucía clavó en él su mirada.
—¿Ese es tu trabajo en la empresa donde trabajas?
—No, que va. Es a lo que dedico mis ratos libres cuando vengo los fines de semana aquí, a “El robledal”.
—Y dime, ¿por qué esa finca se llama “El robledal”? ¿Es que hay muchos robles por los alrededores de la casa?
—Sí, hay un bosquecillo entero en derredor del edificio. Ya existían en tiempos de mi abuelo, porque el roble es un árbol muy longevo que alcanza
su desarrollo a los 200 años. Se dice que algunos han llegado a los 1.600
años, así que imagínate todo lo que habrán visto. Su madera, además, es excelente. ¿Te gustan los robles?
Se lo preguntaba como si su respuesta fuera trascendental para él y Lucía se apresuró a asentir, aunque no distinguía un roble de un chopo.
Aunque durante los años en los que había vivido en su pueblo las especies de árboles y sus variedades era un tema común en la casa familiar, ella nunca se había preocupado por escuchar sus comentarios sobre el particular, lo que en ese momento lamentaba.
—Claro que me gustan, me gustan muchísimo. —Y como el tema parecía importarle especialmente a él, le preguntó—: ¿Y hay muchas variedades de robles o son todos de la misma especie?
—Hay muchas, pero los que crecen en “El robledal” pertenecen todos a la especie Quercus robar, o sea, una de las mejores.
—¡Ah! —murmuró Lucía por todo comentario, porque no se le ocurrió otra cosa que decir.
Acababan de llegar a la desviación y tomaron el desempedrado camino que conocía ella demasiado bien. Afortunadamente el paisaje parecía otro bajo aquel sol achicharrante que caía a plomo sobre los olmos que orillaban el camino y sobre los pedruscos de este, que se destacaban de la tierra sobre la que se asentaban con un color blancuzco, como si los hubiera desteñido el calor abrasador de la estación. Tras varias docenas de brincos, tomaron otro camino que comenzaba a su izquierda, que Lucía no conocía y después de dar varias vueltas y revueltas divisaron a lo lejos un edificio de tres plantas, apenas entrevisto entre la espesa vegetación que lo ocultaba.
—¿Es aquella? —le preguntó Lucía señalándola.
—Sí, ¿qué te parece?
—Pues…, —no supo ella qué comentar.
A diferencia de “Los almendros” que era una casa de labor donde seguramente vivirían antaño los labradores que cultivaban la tierra que la circundaba, la que tenía delante se asemejaba más bien a una residencia campestre con pretensiones. El edificio se alzaba en tres alturas con una construcción adyacente de dos plantas. En su fachada se abrían un gran número de ventanas con los postigos de madera cerrados a cal y canto, lo
que le confería un cierto aire de irrealidad, como si hubiera escapado de un cuento en el que sus habitantes la hubieran abandonado. Remataba la edificación una cubierta de tejas rojas que se elevaban a distintos niveles, con enhiestas chimeneas de piedra que sobresalían sobre el bosquecillo de robles que la rodeaba. Aunque no era ninguna experta en la materia, Lucía emplazó su construcción en el siglo XIX por su aspecto antiguo y su aire romántico y clasificó a los antepasados de Max como pertenecientes a la alta burguesía de esa época.
—Es bonita —reconoció al fin—. ¿Naciste en esa casa, verdad?
—Sí, porque me presenté de improviso y no les dio tiempo a llevar a mi madre a la clínica. Siempre he sido muy impaciente.
Se había echado a reír y Lucía le secundó maquinalmente, aunque sin perder de vista el edificio al que se dirigían y que le inspiraba una sensación extraña.
—Parece muy grande —comentó.
—Sí, tiene tres plantas y un sótano repleto de telarañas. Se baja a ese sótano por una puerta que se encuentra en la cocina y que se suele atrancar.
—¿Y qué vas a hacer con el sótano cuando te vengas a vivir aquí? —le preguntó tontamente.
—¿Con el sótano? —repitió él en tono interrogante que denotaba cierta extrañeza—. Pues… pues no sé. ¿Por qué te interesa? Primero tendré que acondicionar el resto de la casa. A mí me parece una antigualla, repleta de fotografías de señores con raya en medio y bigote. No sé por qué a los antiguos les gustaba tan poco la luz del sol. Colgaban delante de todas las ventanas unos cortinones oscuros de color granate y cubrían con ellos unos visillos de encaje en cuanto amanecía. Pero en esta casa hay luz eléctrica —
la informó muy satisfecho—. La instaló mi padre cuando se cansó de tropezar con todos los muebles. Tuvo que convencer a mi abuelo, porque a este le bastaba con unos quinqués de petróleo que olían a demonios.
Había aparcado frente a un sólido portón y los dos bajaron del vehículo al mismo tiempo. Lucía levantó la cabeza hacia las ventanas de la tercera planta con sus cerrados postigos.
—Son dormitorios —le explicó Max siguiendo la dirección de su mirada. Hay cinco en cada planta.
—¿Quince en total? —se alarmó ella, imaginando lo que sería tener que limpiarlos todos.
—No, diez en total. En los de la tercera planta dormía el servicio en tiempos de mi abuelo, pero ahora están repletos de trastos inservibles. En la planta baja hay dos salones, un comedor, una biblioteca, un despacho, la cocina y ahora también un cuarto de baño, el que instaló mi padre. Los dormitorios que se pueden utilizar están en la segunda planta.
—¿Hay un solo cuarto de baño? ¿Es que antes no se lavaba la gente? —
le preguntó Lucía con curiosidad, imaginando los empujones por la escalera de los ocupantes de la vivienda para llegar los primeros y conseguir darse una ducha.
Max se echó a reír.
—Creo que no, pero ahora hay un cuarto de baño en cada planta.
—Tampoco es demasiado —masculló ella por lo bajo.
—¿Decías algo? —le preguntó él. Habían ascendido los cinco escalones que llevaban al porche, e introducía en ese momento en la cerradura la llave que había extraído del bolsillo de su pantalón.
—Decía que un cuarto de baño para cinco dormitorios me parece una proporción bastante escasa.
Max empujó el portón que chirrió horriblemente y ambos penetraron en un oscuro y amplio vestíbulo que olía a húmedo y a cerrado. Por miedo a tropezar con algún mueble, Lucía permaneció sin moverse junto a la puerta hasta que él accionó la llave de la luz y pudo dirigir una mirada en derredor.
Como había supuesto al ver la fachada, el interior era una réplica de la decoración que imperaba en las casas de campo en el siglo XIX. Lo sabía, porque en las afueras de su pueblo quedaban aún algunas mansiones de otras épocas que eran similares a esta. Frente al portón, el alto ventanal que comenzaba a pocos centímetros del suelo estaba cubierto por un oscurísimo cortinón de terciopelo, que colgaba de una barra de hierro y ocultaba por completo los postigos de madera, también oscurísimos.
Max descorrió las cortinas y abrió los postigos y la luz del sol se deslizó por la lóbrega habitación, aclarando con sus rayos los muebles oscuros y severos. Un sofá y dos sillones tapizados en seda amarilla, una cómoda bajo un espejo deslustrado y un pedestal blanco que soportaba la figura de un
niño tocando la cítara. Lucía se dijo que sola no se atrevería a aventurarse por las sombrías habitaciones de esa casa. Parecía como si en cualquier momento pudiese aparecer el fantasma de algún antiguo habitante ya fallecido para asomarse tras los cortinones agitando su sábana.
A Max no debía producirle el mismo efecto, porque le mostró muy satisfecho una fotografía polvorienta que colgaba de la pared en unión de otras muchas, junto al espejo deslustrado.
—Era mi abuelo. Dicen que me parezco mucho a él. ¿Qué opinas tú?
Lucía se aproximó a la fotografía para examinar la imagen amarillenta de un señor no muy alto y bastante grueso, con patillas, bigote y raya en medio, que sonreía con aire satisfecho.
—Pues… —vaciló sin saber qué decir—. No sé si te pareces, pero tú eres más alto, más delgado y bastante más guapo.
Lo dijo espontáneamente, sin haberlo meditado y enrojeció al oírle reír a carcajadas.
—Vaya, pues muchas gracias. Pero ven ahora, que te voy a enseñar el salón. Cuando yo era niño, mi abuelo recibía en esa habitación a los ricachones de la comarca que vivían por los alrededores en casas parecidas a esta. Ya no queda ninguna. Los descendientes de aquellos señores las han derruido y se han construido un chalet en el mismo lugar, más pequeño y con muchos más cuartos de baño.
Por un pasillo que comenzaba en el vestíbulo, se accedía al salón por medio de unas puertas enormes de tres metros de altura, de madera maciza y oscura. También sus dimensiones eran desmesuradas.
Cuando Max encendió la lámpara de cristal del techo, de la que colgaban varias telarañas, entró en la habitación Lucía, siguiéndole a él.
Además de a humedad, olía a antiguo, a ese olor inconfundible que permanece en los edificios de otras épocas y que no se extingue por mucho tiempo que transcurra. Cortinones oscuros pendían sobre lo que Lucía imaginó que serían otras puertas. Una chimenea de piedra ocupaba el paño lateral, delante de la cual pudo ver un tresillo isabelino, tapizado en damasco de color azul. En la esquina contraria, dos butacas iguales a las que acompañaban al sofá con una mesita redonda y junto a ellas un mueble
alto y oscuro con cajones y baldas que soportaban innumerables fotografías de señores enlutados.
Él abrió los postigos del enorme ventanal que se abría de arriba a abajo en la pared frontera a la de la puerta de entrada y que daba paso a una terraza, que se extendía todo a lo largo de la fachada posterior del edificio La bordeada una jardinera que únicamente contenía tierra reseca. Sin duda, las plantas que la adornaran en otras épocas se habían marchitado tiempo atrás, porque ahora crecían hierbajos amarillentos en el arriate en el que crecieran. Una marquesina cubría la terraza, protegiéndola de los ardores inclementes del sol y Max le indicó una anacrónica mesa blanca de plástico, rodeada de cuatro sillas.
—Las compré yo el otro día. ¿Crees que desentonan mucho con el resto de la casa?
Desentonaban mucho, pero Lucía pensó que desentonaban para bien.
—Pues no sé. Son muy diferentes, pero me gustan.
—Vamos a comer ahí, en la terraza y en esa mesa, aprovechando que a estas horas no da el sol en esa fachada —le aclaró él—. ¿Prefieres que te enseñe el resto de la casa antes o quieres que preparemos la comida ya?
Imaginó Lucía la ascensión por la escalera, que aún no había visto, y la inspección después de los innumerables dormitorios y optó inmediatamente por la segunda de las proposiciones que le acababa de hacer.
—Prepararemos antes la comida. ¿Cuál es el menú?
—Cordero y ensalada —le aclaró muy satisfecho—. La otra noche me di cuenta de que te gustaba mucho el cordero y lo traigo ya asado, listo para calentarlo en el microondas.
Lucía imaginó cómo sería la cocina de la casa, lóbrega, viejísima y con un fogón de leña y enarcó interrogativamente una ceja.
—¿Microondas? ¿Tienes microondas aquí?
Max asintió alegremente. Un mechón de cabello desteñido le resbalaba sobre la frente y ella advirtió en ese momento que su aspecto no diferiría mucho del que podría ofrecer un muchacho universitario, cuyo equipo acabase de ganar el partido de baloncesto en el que él también hubiese participado. Al reírse parecía tan joven…
—Sí, lo compré al mismo tiempo que la mesa y las sillas de plástico, porque pensé que a ti… que a ti no te iban a gustar las antiguallas. —Se puso serio repentinamente al preguntarle—: ¿Te ha parecido esta casa muy prehistórica? ¿Crees que podría modernizarse?
—Claro que sí —le tranquilizó Lucía—. Y lo del cordero ha sido una idea genial.
—Pero tendremos que preparar entre los dos la ensalada —la interrumpió Max—. En la maleta del coche lo he dejado todo, así que voy a ir ahora mismo a buscarlo.
Retrocedió él hacia el vestíbulo y ella le siguió, en parte por ayudarle y en parte también por no quedarse sola en aquella inmensa estancia en la que resonaban aún los ecos del pasado y el sonido intangible de las pisadas de sus antiguos habitantes. Sin ninguna dificultad podía imaginar a encopetadas señoras con entallados vestidos sobre sus fajas de ballenas, arrastrando sus largas faldas sobre la tarima del pavimento y a los caballeros con bigote y patillas repanchigados en el sofá isabelino fumando sus puros.
A la cocina se accedía por el mismo pasillo, de techo altísimo, que comenzaba en el vestíbulo y era una enorme estancia, tan vetusta y destartalada como Lucía había supuesto. Las paredes estaban alicatadas solamente hasta media altura con unos azulejos blancos, desportillados en su mayoría, y el fogón era de gas, con apariencia de no haber sido usado en muchísimo tiempo. Por una ventana pequeña y enrejada penetraba el sol a raudales, yendo a caer sobre una nevera, que desentonaba por lo moderna, y sobre un microondas, que a su lado y sobre el mármol que cubría unos muebles con cajones, se asemejaba en ese ambiente a un proyecto futurista.
Max le indicó una puerta de gran tamaño, maciza y desvencijada que se encontraba junto a la nevera.
—Por ahí se baja al sótano, ¿quieres verlo?
—Si está lleno de telarañas y de trastos viejos, no.
Él se echó a reír.
—Si quieres que te diga la verdad, no sé lo que hay allí abajo. Hace muchísimos años que no se me ha ocurrido inspeccionarlo.
Sobre la mesa de mármol que ocupaba el centro de la habitación prepararon entre los dos la ensalada, calentaron en el microondas el cordero y poco después salían a la terraza y se sentaban a la mesa con todo lo que habían dispuesto en la cocina y dos cervezas sin alcohol.
—No me has dicho qué te ha parecido esto —empezó Max, mientras partía en varios trozos la pierna de cordero—. Ni siquiera sé si te gusta el campo.
—Claro que me gusta. Como ya te comenté en el ascensor del juzgado, he vivido muchos años en un pueblo y mis padres, mis cinco hermanas y yo, pasábamos los fines de semana en una casa en plena naturaleza. Pero no era una casa como esta. Era… —entrecerró Lucía sus grandes ojos azules para concentrarse y definirla mejor—… era mucho más pequeña, más rústica y con menos pretensiones.
—¿Te parece que esta tiene pretensiones? —se interesó él, girando la cabeza para examinar la fachada posterior del edificio que tenía a su espalda.
—Sí, parece una casa salida de un cuento. Supongo que en época de tu abuelo viviríais aquí como unos próceres.
Él le acercó la fuente de ensalada para que se sirviera.
—Imagino que sí, pero la verdad es que no lo recuerdo muy bien.
Iba Lucía a responderle con una broma, cuando algo entre los árboles atrajo su atención. Delante de la terraza se extendía un bosquecillo de robles, entre los que crecían adelfas en flor. Por un instante creyó ver una sombra agazapada tras el enorme tronco de un árbol y se quedó quieta, con los ojos clavados en el lugar donde le había parecido distinguirla.
—¿Qué miras? —le preguntó Max siguiendo también con la vista el roble que parecía observar ella.
—Allí, a lo lejos. Me ha dado la impresión de que alguien nos estaba vigilando —murmuró con voz temblona.
—Allí, ¿dónde? —insistió él sin distinguir a ningún extraño por las cercanías—. ¡Bah!, no te preocupes —le recomendó tras unos instantes en los que estuvo oteando los alrededores—. No suele venir nadie por aquí y, cuando aparece alguien, se trata por regla general de algún amigo de la infancia que se toma una cerveza conmigo mientras charlamos sobre el
pasado. Me refiero a los lugareños. De niños jugábamos al escondite entre esos árboles y ahora recordamos los tiempos en los que éramos unos chavales.
Hacía un calor sofocante, pero Lucía empezó a sentir frío. ¿La habría seguido Antonio Briones hasta aquel lugar tan alejado y tan solitario?
Debería de haberle comunicado a Lorenzo su intención de pasar el día en
«El robledal», pero no lo había hecho, porque deseaba mantenerle al margen de lo que ella consideraba su intimidad.
—¿Vienes aquí a menudo? —le preguntó intentando disimular la desazón que la invadía, sin apartar la mirada de las ramas del roble que agitaba la cálida brisa.
—Ahora sí —repuso Max escuetamente.
Apenas si escuchó lo que él le había contestado, pero para que no advirtiera su creciente inquietud intentó seguir la conversación.
—Y antes no, ¿por qué?
Él se apartó de la frente los mechones de cabello rubio que le resbalaban sobre la frente y se encogió de hombros.
—Bueno, tenía una novia a la que no le gustaba nada esto. Por eso no veníamos.
—¿Y qué fue de ella?
Max volvió a encogerse de hombros.
—Terminamos, eso es todo. No teníamos nada en común.
—¿Y hace mucho tiempo de eso?
—No, bueno sí, fue por Navidad.
No parecía estar dispuesto a continuar con el tema, porque se levantó apresuradamente de la mesa con una expresión extraña que Lucía no le había visto nunca anteriormente.
—Voy a por el postre. Vamos a tomar una sandía colosal que, como ya te he dicho, he cultivado yo mismo. Luego te enseñaré el bancal donde las he plantado, para que compruebes que como agricultor soy un genio.
Se llevó al mismo tiempo los platos en los que habían comido el cordero y la ensalada y regresó poco después con los platos de postre y con una sandía enorme que partió allí mismo. Estaba muy fresca y Lucía se la alabó sinceramente, lo que a él le supuso una gran satisfacción. Instantes después
empezaron a sentir el sopor que suele acompañar a las sobremesas en verano.
—Voy a sacar a esta terraza unas mecedoras del año de la tana que están en la sala de estar y que son perfectas para echar una siestecita. ¿Te parece bien? —le propuso Max.
Lucía notaba los párpados pesados. Las cigarras cantaban en los árboles cercanos, felices de sentir aquel calor achicharrante y apenas si podía ya fijar la vista en el árbol, tras el que había creído ver moverse algo.
—Me parece una idea magnífica. ¿Dónde está la sala de estar?
—Por aquí, junto al salón.
La precedió dentro de esta última estancia y luego pasó a través de una enorme puerta a otra habitación contigua, también de desmesuradas proporciones. La decoración era muy similar a la de la otra, pero esta disponía además de una mesa camilla con un tapete de ganchillo, rodeada de sillas y de dos mecedoras de rejilla que Max le indicó.
—Esas son. Dormiremos una siesta magnífica en la terraza.
Las transportaron entre los dos y Lucía comenzó a balancearse en la que había llevado a cuestas, en cuanto la depositó en el suelo. Max, por el contrario, no hizo intención de sentarse en la otra.
—Voy primero a recoger los restos de la sandía. Vuelvo enseguida —le dijo mientras entraba en el salón para dirigirse después a la cocina. Ella hizo intención de ayudarle, pero Max no se lo permitió.
—Hoy no. Hoy has venido a esta casa por primera vez y eres mi invitada. El próximo será otra cosa.
Riéndose se marchó con los platos sucios y Lucía empezó de nuevo a balancearse en la mecedora con un sopor que iba en aumento. Le pesaban tanto los párpados que sin darse cuenta cerró los ojos y se quedó dormida.
Se despertó de pronto al oír un ruido sordo y se incorporó sobresaltada en la mecedora restregándose los ojos. La visión de los robles, cuyas ramas se balanceaban al compás del viento, le ayudó a volver al presente y reconocer el lugar donde se encontraba. La mecedora, inmóvil a su lado, le recordó que Max y ella habían decidido dormir un ratito en la terraza. ¿Pero dónde estaba él?
Empezaba a atardecer y un sol decadente luchaba por retener sus últimos fulgores, que iban apagándose conforme descendía tras los árboles.
Debía de ser muy tarde. ¿Cuánto tiempo habría dormido?
Inquieta, se levantó de la mecedora y entró en el salón que a esas horas empezaba a poblarse de sombras. La luz macilenta proveniente de la terraza había convertido en imágenes desdibujadas las sillerías isabelinas y los mil enredos que abarrotaban la habitación y lo atravesó sorteándolos casi a tientas. Aunque no gozaba de un gran sentido de orientación, llegó sin dificultad al lóbrego pasillo, que recorrió apresuradamente hasta llegar a la cocina. Allí no había nadie. Unos platos sucios se apilaban en el fregadero, pero otros se le debían de haber caído a Max, porque estaban en el suelo partidos en varios trozos y la salsa del cordero y los restos de la sandía que habían contenido aparecían desparramados por el suelo.
Giró en redondo sobre sí misma, buscando algún indicio que le permitiera averiguar dónde se encontraba él. ¿Se habría dirigido a otra habitación de la casa a buscar más platos? ¿O habría ido quizás al cuarto de baño? A ese cuarto de baño que había instalado su abuelo y que estaba…
¿En qué planta le había dicho que estaba?
Sudando de puro nerviosismo regresó al pasillo. ¿Por qué el silencio que se respiraba en aquella casa era tan denso, tan absoluto? No se oía otra cosa que el crujir de la tarima de madera del pavimento bajo sus pies conforme iba caminando.
Inquietísima llegó hasta el vestíbulo, más oscuro aún que el salón y tropezó con el pedestal que sostenía al niño que tocaba la cítara. Estuvo a punto de dejar escapar un grito al chocar con la escultura y suponer que en lugar de una figura de escayola era un niño de verdad, encaramado a un pedestal. ¿Pero dónde se habría metido Max? ¿Y dónde estaría el maldito cuarto de baño?
Regresó al pasillo palpando las paredes hasta que dio con una puerta en la que no había reparado antes. Era de madera tan oscura que se fundía en la oscuridad del corredor con las sombras que lo invadían, pero tenía que ser el baño. Llamó con los nudillos sin obtener contestación y entonces aplicó el oído a la madera.
—Max —le llamó en voz baja— ¿estás ahí?
Al no obtener respuesta, aporreó la puerta y levantó la voz.
—¡Max!, ¿estás ahí?, ¿por qué no me contestas?
El silencio más absoluto fue la única réplica a sus palabras, por lo que tanteando la hoja dio con el picaporte y la abrió. Un cuarto de baño alicatado con azulejos grandes y cuadrados de color amarillo, apenas iluminado por la luz que penetraba por una ventana alta, redonda y enrejada. Pero no había nadie dentro.
Angustiada volvió al vestíbulo. ¿Qué clase de broma le había gastado Max? ¿Habría sido capaz de regresar a Madrid con su coche y de dejarla allí, ahora que estaba anocheciendo, con el niño de la cítara y las sillerías isabelinas?
Recelosa abrió el portón de entrada y salió al exterior. El coche de él seguía en el mismo sitio en el que lo había aparcado. No se había marchado entonces, ¿pero dónde se había metido?
Entró de nuevo en el recibidor y cerró el portón. Entonces vio la escalera. Comenzaba detrás del pedestal que sostenía al niño filarmónico y en la oscuridad del vestíbulo no la había distinguido antes, cuando entró en la casa con Max. ¿Pero dónde estaba él? ¿Habría subido a la primera planta a dormir la siesta en uno de los dormitorios, al encontrar incómoda la mecedora? Le pareció una descortesía hacia ella que, como él mismo la había calificado, era su invitada, pero tenía que encontrarle.
Con una mano en la barandilla puso el pie en el primer peldaño. ¿Iba a subir allí arriba ella sola? Imaginó la planta superior con un interminable pasillo central con dormitorios a ambos lados, todos ellos oscuros y tenebrosos. ¿Cuántos le había dicho que había? Cinco, le había dicho cinco, y además un cuarto de baño. Subió otro peldaño y aguzó el oído.
—¡Max!, —gritó— ¿dónde te has metido? Si es una broma, no tiene ninguna gracia, ¿me oyes?
Ascendió otro escalón. Una ventana enrejada algo más arriba filtraba a través de los cristales una luz macilenta que le permitía distinguir donde ponía los pies y la barandilla a la que se aferraba para no tropezar. Oyó el crujido de la madera al subir otro escalón y al levantar la mirada hacia el rellano no vio más que sombras. Una oscuridad densa que la luz que traspasaba la ventana enrejada no llegaba a aclarar.
De improviso creyó percibir un rumor casi imperceptible, aunque no logró averiguar su procedencia. ¿Había sonado en la cocina o quizás en el rellano de la escalera? Si al menos fuese capaz de encontrar la llave de la luz podría ascender a la planta superior sin tropezar con los escalones y sin la extraña sensación de que alguien estaba agazapado entre las tinieblas y la estaba acechando.
Subió un peldaño más y se detuvo con el corazón martilleándole dentro del pecho. El lejano sonido había vuelto a repetirse y… sí, era una voz y alguien la llamaba, ¿pero quién era y dónde estaba? Se sentó en un escalón con los sentidos en tensión. No, no provenía de la planta superior, la llamaba alguien que se encontraba en la planta baja.
Descendió los escalones que había subido y se guio por el débil sonido de aquella voz, encaminándose hacia la cocina. Los restos de la comida seguían esparcidos por el suelo junto con los platos rotos, pero allí el sonido se oía más cercano. Lo localizó de repente. La llamaban desde el sótano y ahora la maciza y decrépita puerta estaba entornada. Probablemente también lo estuviera antes, cuando se despertó de la siesta, pero no se había fijado.
Terminó de abrirla de un empujón e intentó atisbar algo a sus pies, oscuro como boca de lobo. Solo distinguió unos polvorientos peldaños de madera que bajaban hacia unas tinieblas densas e impenetrables.
¿Dónde estaría la llave de la luz que iluminaba esa escalera? Quizás el padre de Max se había olvidado de instalar en el sótano la luz eléctrica y bajaba ayudándose de un quinqué de petróleo, como su padre y probablemente el padre de su padre, pero no veía por la cocina ningún quinqué ni tampoco una linterna.
—¡Lucía! —oyó que la llamaba débilmente una voz proveniente de las profundidades.
Le pareció reconocer la voz de Max y volvió a palpar desesperadamente la pared buscando la llave de la luz, sin dar con ella. No podía bajar a oscuras. Se rompería la crisma con toda seguridad y, si no se la rompía, no encontraría a Max entre los chismes y las telarañas que seguramente invadirían el sótano.
Con una ansiedad que iba en aumento, paseó su mirada por la cocina buscando algo con lo que iluminar el descenso y de improviso reparó en la caja de cerillas que se encontraba junto al fogón. Sin pensarlo dos veces la tomó en sus manos y se dirigió apresuradamente hacia la puerta del sótano, encendiendo una antes de comenzar a bajar. El resplandor de la cerilla apenas si esparcía un círculo de luz azulada que le permitía tan solo saber donde ponía el pie, por lo que comenzó a descender con suma lentitud. El olor que ascendía del sótano era acre y pestilente. Seguramente no disponía de ninguna ventana que permitiese ventilarlo, pero Lucía ni siquiera se planteó esa cuestión. Solo pensaba en ayudar a Max que por una razón que no se le alcanzaba la llamaba desde aquel sótano tan pestífero.
Con el pie tanteó el último escalón y apagó la cerilla antes de que le quemase los dedos. Luego encendió otra y trató de orientarse entre las tinieblas. Más que por la vista, localizó algo por el oído. Había un cuerpo caído en el suelo entre unas alfombras enrolladas con las que estuvo a punto de tropezar. La cerilla se le apagó entre los dedos y se vio obligada a buscar otra dentro de la caja.
—¡Max!, —le llamó.
—Lucía…
—Sí, ¿qué haces aquí? Me has asustado.
Se quemó la punta del dedo y al encender otra alcanzó a ver lo suficiente para agacharse junto al cuerpo que adivinaba más que distinguía y reconoció en la oscuridad el rostro de él. Tenía los ojos cerrados y un hilillo de sangre le resbalaba desde la sien.
—Alguien… alguien me ha dado un golpe en la cabeza y me ha arrojado por las escaleras —le oyó decir con un hilo de voz—. Creo… creo que me he roto una pierna.
La cerilla se apagó y Lucía comprobó aterrada que solo quedaban tres dentro de la caja.
—Tenemos que salir de aquí, Max —le dijo al encender otra y acercarla a su rostro—. ¿Puedes levantarte?
Acercó el oído a su boca para oír su susurro.
—Me parece que no.
—¿Que no te puedes levantar? —se angustió—. Pues yo sola no puedo cargar contigo. —Y como ya ni siquiera conseguía razonar con claridad, añadió tontamente—: Por lo menos pesas ochenta kilos.
—Ochenta y cinco —le oyó musitar débilmente a él, aunque con la guasa que le caracterizaba—. Llama a una ambulancia. ¿Llevas el móvil encima?
El móvil se había quedado dentro de su bolso y este junto a la mecedora en la que había dormido la siesta, en la terraza. No podía dejarle solo allí y volver a bajar después de llamar a la ambulancia, sin cerillas y a oscuras.
Intentó pasarle un brazo bajo la cabeza y levantársela, pero oyó un gruñido de él.
—No, no, déjame.
—Pero no podemos quedarnos en este sótano para siempre, ¿no lo entiendes? Tienes que intentarlo.
En ese preciso instante oyeron distintamente unos pasos precipitados sobre sus cabezas y unos segundos más tarde la luz de una linterna proyectó su claridad amarillenta desde lo alto de la escalera. Luego los portadores de la linterna bajaron apresuradamente y dirigieron el haz de luz al cuerpo de Max y al rostro de Lucía, que parpadeó deslumbrada.
—¿Eres tú, Max?, ¿estás bien? —inquirió el de la linterna, tomándole el pulso en el cuello—. Te subiremos ahora mismo en una camilla —le dijo aquel tipo del que Lucía no distinguía el rostro, pero que según pudo saber más tarde era un policía local del Ayuntamiento cercano. Después se dirigió a ella—. ¿Es usted Lucía Salces? —Ante su desconcertada respuesta afirmativa, otro policía le esposó las manos a la espalda, mientras el primero añadía bruscamente—: Queda entonces detenida por intento de asesinato. Tiene derecho a permanecer en silencio y a…
—No me recite mis derechos que me los sé de memoria —le gritó ella indignada—. Soy abogado, la abogada de este señor que está en el suelo y al que le han atizado un golpe en la cabeza.
Aunque no podía ver su expresión, ya que tras la luz de la linterna solo adivinaba la sombra oscura de un cuerpo sin contornos definidos, sí oyó su voz, bronca y rotunda.
—Eso ya lo sabemos. Eso y que ha intentado usted asesinarle. Hemos recibido una denuncia contra usted y la hemos cogido in fraganti.
No consiguió que la escuchara. Hablaba a gritos por su teléfono con alguien que debía pertenecer al servicio de ambulancias, porque dos camilleros aparecieron media hora más tarde y subieron a Max a la planta superior para trasladarlo un hospital.
Antes de que se presentaran los de la ambulancia intentó Lucía que Max le aclarara al policía que no había sido ella quien le había agredido, pero había perdido el conocimiento, por lo que ella se vio obligada a subir la escalera casi a oscuras y empujada por los dos policías, que según supo más tarde, eran amigos de la infancia de Max.
No la escucharon entonces ni después cuando la condujeron a la comisaría del pueblo y ella intentó explicarles que la denuncia de la que había sido objeto obedecía a la venganza de un ex recluso que había sido condenado a una pena de cárcel de diez años por su actuación en el juicio como acusador particular.
En la planta baja de la comisaría de aquel pueblo, destartalada y lóbrega, con un feísimo pavimento de terrazo y un mostrador de madera carcomida, intentó Lucía hacerse entender.
—Así que usted actuó como acusador particular en ese juicio y desde que ha salido ese tipo de la cárcel está tratando de perjudicarla —resumió aburridísimo uno de los dos policías, mientras la empujaban hacia la escalera que llevaba al sótano y luego por un pasillo, que olía a rancio, hacia el único calabozo de la comisaría—. También es mala suerte. ¿Y
cómo se llama ese delincuente?
—Se llama Antonio Briones.
Había esperado que aquel rudo policía la creyera al decirle el nombre de su acosador y que la invitara a desandar el camino andado, pero ante su sorpresa el hombre se echó a reír a carcajadas.
—Invéntese otro cuento, guapa. Debería informarse antes de intentar engañarnos con sus fábulas. Antonio Briones fue detenido hace más de una semana por agredir a una niña y el juez le envió de nuevo a la cárcel, donde se encuentra desde entonces. ¿Es que usted no lee los periódicos?
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