Y después de la tormenta

Ursula Llanos · Capítulo 3 de 19

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Y después de la tormenta

Capítulo 3

CAPÍTULO III

Fran no regresó. Ni durante la tarde ni tampoco cuando, ya avanzada la noche, decidió Lucía acostarse. Acurrucada en el sofá del salón había estado esperándole con inquietud creciente, mirando a través del visillo del ventanal cómo la lluviosa tarde iba decayendo paulatinamente para acabar fundiéndose con la oscuridad de la noche.

Repetidamente había intentado hablar con él por el móvil, sin lograr que contestase a sus llamadas. Al parecer no entraba en sus cálculos darle a ella oportunidad de que se explicase y seguramente se habría marchado tranquilamente a un hotel sin imaginar siquiera la angustia que le producía su silencio ni intuir la sensación que experimentaba de estarse hundiendo en una cima profunda en la que no sabía cómo había ido a caer.

Ya de noche se levantó del sofá y se dirigió a su cuarto donde se sentó en la butaca, a los pies de la cama, luchando por adivinar qué haría él a continuación. ¿Volvería como un energúmeno al cabo de unos días a recriminarla y finalmente la creería o…? No. No podía imaginarse a Fran como un energúmeno. Era un hombre absolutamente controlado que nunca se dejaba llevar por sus impulsos ni tampoco por sus sentimientos. Esa era una faceta de él que la había deslumbrado, porque parecía estar por encima del bien y del mal y dominar cualquier situación por difícil que pudiera presentarse sin que se le alterase el pulso. Quizás en ese momento se encontrase plácidamente sentado en la habitación de un hotel planeando fríamente su futuro, sin dedicarle a ella más que un pensamiento desdeñoso.

Sí, quizás calificase los nueve años que habían vivido juntos como un “error subsanable”, que era como solía conceptuar las escasas equivocaciones que cometía.

Pero eso no podía ser, se dijo a punto de llorar. Esos nueve años habían sido maravillosos, o al menos lo habían sido para ella. ¿Lo habrían sido para Fran? No era sencillo saber lo que sentía él en realidad, cuando Lucía se dejaba llevar por los sentimientos que él le inspiraba. Aceptaba sus demostraciones de afecto, pero rara vez las promovía, porque no parecía necesitarlas. Le bastaba saber que ella le quería, pero no le interesaba oírselo decir ni por supuesto descendía nunca a expresar con palabras lo que hubiera podido atraerle de ella.

De un manotazo se secó los lagrimones y se levantó de la butaca para mirar por la ventana. Ya era muy tarde y la casa de enfrente estaba a oscuras. Ni una sola luz brillaba en sus ventanas, porque debía hacer rato que todos sus habitantes se habían acostado. Lucía hizo lo mismo, pero durmió mal. Se despertó mil veces palpando el hueco de la cama que a su lado debería ocupar Fran por si hubiera vuelto y se hubiera acostado sin que ella le hubiera oído, pero cuando al fin amaneció pudo comprobar una vez más que se encontraba sola en el enorme lecho. Tampoco tenía ni una sola llamada perdida en su móvil. Él no la había llamado. Sin duda se había marchado a trabajar a la Audiencia con la misma ropa que la víspera y posiblemente pudiera concentrarse en el caso que llevara entre manos sin que los sucesos del día anterior alterasen su inagotable eficiencia.

Ella también debía presentarse en su despacho, pero dudaba mucho de que su mente fuera capaz de centrarse en los clientes que tenía citados ni en los pormenores del juicio que tenía señalado para el día siguiente en el juzgado de primera instancia de un pueblo de los alrededores de Madrid. En cualquier caso, antes de salir esa mañana para acudir a su trabajo, pasaría por la casa de enfrente por si pudiera averiguar algo respecto al autor de las fotografías que había recibido Fran.

El portero la escuchó en silencio cuando, después de cruzar la calle, le preguntó por los dueños del tercero del edificio. Era un hombre bajito y moreno que vestía un mono azul y que apagó el aspirador con el que estaba limpiando la moqueta del portal para atenderla.

—¿Los dueños del tercero? ¿De cuál de los dos pisos, del A o del B?

Lucía le hizo salir a la calle, aún cubierta por los charcos que había dejado la tormenta el día anterior, para indicarle la ventana situada enfrente

de la de su dormitorio.

—De los de esa ventana.

Su interlocutor hizo un gesto de comprensión.

—Del B, entonces. ¿Me pregunta quienes son los dueños de ese piso?

—Eso es.

—Pues son unos señores muy mayores que se marcharon hace cosa de un año a vivir al campo. Por eso lo alquilaron.

Lucía intentó disimular su impaciencia e inconscientemente imitó a Fran que hubiera permanecido totalmente impasible sin que en su enjuto semblante se moviera un solo músculo.

—¿Y quién es el inquilino?

El portero comenzó a mirarla con desconfianza.

—¿El inquilino? No hay ningún inquilino en este momento. El piso está vacío desde hace dos meses. ¿Es que le interesa a usted?

Con un nuevo esfuerzo Lucía consiguió aparentar la indiferencia que hubiera mostrado Fran ante la pregunta del portero.

—Sí. Me gusta este barrio y estoy buscando un piso de alquiler en esta calle. ¿Podría enseñármelo usted?

—Naturalmente —repuso él como si el dudarlo siquiera fuera ya una ofensa—. Pero le advierto que es un piso amueblado. ¿Le interesa a usted un piso amueblado?

—Por supuesto —afirmó Lucía con aplomo. ¿Podría verlo ahora mismo?

El hombre hizo un gesto de asentimiento, indicándole con un gesto que volviera a entrar al portal, donde había dejado el aspirador apoyado contra la pared.

—Espéreme un momento que enseguida vuelvo con la llave.

Regresó cansinamente poco después y le señaló el ascensor en el que ambos subieron hasta la tercera planta. Luego abrió la puerta del piso y se apartó a un lado para dejarla pasar.

El vestíbulo era estrecho y oscuro y como mobiliario disponía tan solo de un perchero de madera y de una desvencijada butaca, tapizada en un raído terciopelo de color morado. Daba acceso a un salón de dimensiones reducidas con una enorme camilla y cuatro sillas tapizadas con el mismo

terciopelo raído de la butaca del vestíbulo. En el extremo contrario de la estancia, una pequeña mesa de comedor, con más sillas iguales a las de la camilla, parecía aguardar a los inexistentes comensales.

Seguida del portero, Lucía cruzó la habitación y salió a un angosto pasillo. La primera puerta que se abría a su derecha daba paso a un dormitorio con una cama de matrimonio. La persiana de la habitación estaba echada, por lo que se dirigió inmediatamente a subirla y luego apoyó la frente en el cristal, mientras el portero permanecía a su espalda. Desde esa ventana se veía perfectamente el interior del dormitorio de Fran y de ella y sin duda desde allí Antonio Briones había tomado las fotografías que luego había retocado para enviárselas a Fran.

Sin el menor esfuerzo pudo imaginarse la expresión del hombre, mientras desde ese lugar espiaba el dormitorio de la casa de enfrente y urdía la trampa que les tenía preparada y con la que iba a dar comienzo a su venganza. Casi llegó a vislumbrar su expresión de triunfo y el brillo de sus astutos ojillos al oír el clic de su cámara fotográfica con cada una de sus fotografías. ¿Pero cómo podría haber entrado en el piso sin que se enterara el portero?

—Me ha dicho que este piso lleva dos meses desalquilado —empezó Lucía con precaución—. ¿No lo ha ocupado ningún inquilino desde entonces? Alguien me ha dicho que el último no llegó a permanecer más que unos días en esta casa.

El hombre pareció ofenderse.

—¿Quién le ha contado semejante patraña? Ya le he dicho que ha estado vacío todo ese tiempo. ¿Por qué lo pregunta?

—No, por nada. ¿Y a cuanto me ha dicho que asciende la renta?

Cuando el portero le citó la cantidad en cuestión, aunque era relativamente reducida, ella meneó dubitativamente la cabeza fingiendo que le parecía muy elevada.

—No sé. Tengo que pensarlo. Ya le daré en breve la contestación.

Se despidió de él en cuanto llegaron nuevamente al portal y siguió caminando a lo largo de la calle dejando atrás el edificio en el que vivía, que se hallaba justamente enfrente. Luego, cuando comprobó que el portero había desaparecido dentro del portal y que ya no podía verla, retrocedió

sobre sus pasos y bajó al garaje de su casa, donde se introdujo en su coche y se dirigió a su despacho.

Al contrario de lo que acostumbraba, Rosalía la recibió con una sonrisa.

—Llega tarde —la recriminó de aparente buen humor—. Tiene dos clientes aguardando en la sala de espera a los que probablemente se les reunirá otro al que cité para dentro de media hora. ¿Se le han pegado las sábanas?

Lucía ni le contestó. Como atontada miraba un sobre grande de color manila que la secretaria tenía sobre su mesa y que era idéntico al que la víspera le había entregado a ella Belén.

—¿Y ese sobre? —le preguntó casi sin voz.

—¿Este? —le preguntó Rosalía, sin advertir que Lucía había palidecido ostensiblemente al contemplarlo.

—Sí, ese.

—Lo ha traído un mensajero hace un instante. Es para usted.

Se lo entregó sin reparar en la expresión de ella y siguió tecleando en el ordenador mientras Lucía se encaminaba hacia su despacho y cerraba la puerta a su espalda. Luego fue a sentarse tras su mesa y clavó sus ojos azules en el sobre con una inquietante desazón. Era igual que el que le habían enviado a Fran y estaba dirigido a ella con la misma letra. Rasgó la solapa con manos temblorosas sintiendo la garganta seca y extrajo de su interior media docena de fotografías que examinó con los ojos muy abiertos, al tiempo que sentía una especie de aldabonazo en el pecho. En la primera aparecía Fran con su pelo oscuro y su nariz auténtica, en una cama sobre una chica rubia, acostada en el lecho boca arriba. Tenía el ensortijado cabello de un color muy claro y unos ojos oscuros que le miraban fijamente a él. De un solo golpe de vista Lucía reconoció a Belén. ¿Pero era Fran el hombre de la fotografía?

Con un esfuerzo consiguió tranquilizarse y examinarla atentamente. No cabía duda de que se trataba de Fran. Lo delataba la inconfundible inclinación de sus hombros y también el lunar en forma de herradura que podía distinguir sobre su hombro. No conocía en cambio el dormitorio en cuya cama se encontraba la pareja. El cabecero era de estilo castellano y la luz que penetraba por la ventana indicaba que esta se hallaba a los pies del

lecho y que la fotografía había sido tomada en pleno día. En cuanto a la mujer, resultaba incuestionable que su rostro pertenecía a la secretaria de Fran.

Las demás fotografías eran similares. Contó hasta seis y luego las dejó caer sobre su mesa para pasar cansadamente una mano por su frente.

¿Cómo era posible que ella no hubiese reparado en que la actitud de Fran hacia ella había variado en los últimos tiempos? ¿O no habría cambiado de actitud?

Intentó recordar el comportamiento de él años atrás y no encontró la menor diferencia con la de los últimos días. Siempre había sido serio y poco expresivo y siempre había reprimido las explosivas manifestaciones de afecto de ella. Pero entonces…

Tenía que hablar con él. Necesitaba que le aclarara lo que había sucedido con Belén y saber si realmente había sucedido. Y en el caso de que la respuesta fuese afirmativa, qué era lo que ella había hecho mal, dando motivo a que se enredase con su secretaria.

Marcó el número de su móvil y oyó como él cortaba la comunicación, al tiempo que por el teléfono interior Rosalía la informaba de que ya había llegado su tercera visita de la mañana y de que la primera estaba protestando por la espera a la que la estaba sometiendo.

—Pues que espere un poco más —replicó Lucía, reprimiendo un exabrupto más sonoro—. Tengo que hacer una cosa urgente.

—Pero doña Lucía…

Le colgó el teléfono de golpe y puso en funcionamiento el ordenador.

Luego le escribió apresuradamente un mensaje.

“Tengo que hablar contigo, Fran, y aclarar lo que significan estas fotografías que los dos hemos recibido. En las que te han enviado a ti, está claro que el hombre que aparece en le foto eres tú mismo con el pelo y la nariz retocados.

Observa que el lunar de su hombro izquierdo es el tuyo. Te las voy a reenviar a tu despacho con un mensajero para que puedas constatarlo. En las que me han enviado a mí, estás con Belén, también en la cama, pero igualmente podría ser un

montaje, obra probablemente de Antonio Briones, que ha salido de la cárcel y me ha amenazado con arruinarme la vida, lo que a decir verdad está empezando a conseguir.

Tenemos que aclarar estos absurdos, Fran. Por favor, llámame”.

Le envió el correo a su ordenador y por el teléfono interior le indicó a Rosalía que llamara a un mensajero para que recogiera un sobre en el que introdujo las fotografías y en el que reseñó la dirección del despacho de Fran en la Audiencia Provincial. Luego le pidió que hiciera pasar al primero de sus clientes, al que escuchó sin entender lo que le decía. Tampoco entendió al segundo ni al tercero. Tenía la cabeza en otra parte y lo único que deseaba era que la mañana transcurriese de una vez para volver a su casa, en la que sin duda encontraría a Fran esperándola.

Pese a sus deseos, las horas transcurrieron lentamente. Se desgranaron en un sinfín de minutos y segundos interminables en los que a duras penas consiguió permanecer en su butaca y atender a los clientes y a las continuas llamadas telefónicas. Descolgaba frenéticamente el auricular cada vez que sonaba el aparato esperando oír a través del hilo la voz de Fran, pero con ninguno de sus invisibles interlocutores se cumplieron sus deseos. Con los nervios a punto de estallar despidió a la última de las visitas de la mañana y en cuanto transcurrió un tiempo prudencial echó a correr hacia la puerta de la calle.

—¿Se marcha ya? —le preguntó solícitamente Rosalía—. Le recuerdo, por si no viene esta tarde, que mañana tiene un juicio y que le he guardado los documentos que necesita presentar en su maletín. ¿Se lleva el maletín?

No tenía previsto volver esa tarde al despacho a preparar la comparecencia del día siguiente, pero en ese momento no estaba segura de si regresaría o de si, por el contrario, se quedaría en su casa para llorar a gritos, mientras miraba la calle sin verla, esperando el retorno de él.

—Sí… no… no sé si volveré. ¿Dónde dices que me has puesto el maletín?

Sonriendo con suficiencia, Rosalía se levantó de su mesa y se dirigió al despacho de Lucia, de donde regresó poco después con el maletín de piel de

esta en la mano. Había entrado a trabajar en aquella oficina dos meses antes y, aunque ella soportaba mal su carácter, regañón y puritano, no podía negar que era una secretaria eficiente.

—Aquí, aquí está el maletín. Si decide trabajar esta tarde no olvide traerlo. Y si no vuelve, recuerde llevárselo al juicio. La encuentro muy nerviosa desde su aniversario. ¿Es que han fijado ya la fecha de la boda?

Aturdida, Lucía se la quedó mirando con la boca abierta. Lentamente las palabras de la secretaria fueron haciéndosele inteligibles y penetraron dolorosamente en su cerebro. Cuando descendieron por su cuerpo hasta un lugar en el que fue sintiendo su opresión, estuvo a punto de darle con el maletín en la cabeza. Pero no lo hizo. En su lugar esbozó una mueca a modo de sonrisa y balbuceó:

—Eso es. Estoy nerviosa por la proximidad de la boda, pero no te preocupes que te avisaré con tiempo. Y… y no sé qué haré esta tarde. Ya te lo diré por teléfono.

Salió de la antesala aparentemente tranquila y en cuanto llegó al descansillo de la escalera, dio rienda suelta a la irreprimible inquietud que a duras penas había logrado controlar hasta ese momento e intentó tomar apresuradamente el ascensor, que tardó un siglo en ascender hasta la planta cuarta y otro siglo a continuación en bajar hasta el sótano. Después echó a correr por el garaje hasta su coche y cuando lo puso en marcha inició una desenfrenada carrera por las calles, a riesgo de incurrir en una infracción de tráfico y de hacerse merecedora de una sanción.

Aún no eran las dos de la tarde, pero estaba segura de que Fran estaría esperándola en el piso y de que aclararían aquel malentendido de una forma satisfactoria, por lo que en cuanto dejó el vehículo en el garaje de su casa, tomó el ascensor y al llegar a la segunda planta abrió la puerta del piso, tan nerviosa que se rompió dos uñas.

El interior de la vivienda estaba oscuro y silencioso. Fran no había vuelto aún. En el salón comprobó que en el teléfono fijo no tenía ninguna llamada de él y se dirigió entonces al dormitorio para cambiarse. Fue al abrir el armario empotrado cuando abrió la boca con asombro. Le costó trabajo reaccionar y al fin fue a sentarse en la cama con la sensación de que el mundo se había hundido sobre su cabeza. Fran había aprovechado las

horas en las que ella había permanecido en el despacho para presentarse en el piso y llevarse su ropa. Minutos más tarde averiguó que también se había llevado el ordenador y todas sus pertenencias. Estaba claro que no pensaba volver.

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