49 cruces blancas
Capítulo 10
10
Raquel Sánchez agradeció el agua fría que se deslizaba por su garganta sin dejar de observar a Jota Eme a través de la ventana. Estrujó el cono de cartón como si estuviera estrujando los testículos del sujeto que en ese momento montaba en una moto repartidora de pizza y lo arrojó al bote de la basura. Jota Eme prendió la motocicleta de una violenta patada al pedal de arranque. Se incorporó al bulevar Vildósola sin ninguna precaución, como si estuviera ejecutando un salto al vacío. ¿Pero qué les pasa a los hombres? ¿Por qué actúan así? ¿En qué cabeza cabe? La mujer se acomodó un mechón del cabello, castaño, lacio, largo hasta los hombros, detrás de la oreja. Un gesto que Raquel hacía cada vez que sentía miedo o incertidumbre. Un gesto que se anticipaba a las derrotas.
El repartidor de pizza se había presentado en el trabajo de Raquel sin previo aviso. Estaba furioso a causa de la notificación del juzgado de lo familiar. Cuando Jota Eme se enojaba, parpadeaba como un niño asustado y chocaba las palmas a intervalos precisos, como si con esos esporádicos aplausos disolviera el impulso de lastimar a Raquel. Ella siempre creyó que era muy frágil la frontera que separaba la violencia verbal de ese hombre — desconcertante, corrosiva— de la violencia física. No tenía ninguna duda de que si hubiera seguido a su lado, un día habría terminado por cruzar la línea. De entrada, era difícil pensar en Jota Eme como alguien capaz de agredir a una mujer. Además, Raquel estaba enamorada y pensó que con los años… Tú sabes que muchas mujeres, a esa edad, creemos que podemos cambiar a los hombres, me dice a medida que me cuenta su historia.
Jota Eme se había presentado hecho una furia en el trabajo de Raquel porque la notificación del juez le ordenaba destinar un veinte por ciento de su salario a la manutención de Paola. En ese momento ya no les quedaba nada en común más que esa niña de tres años de mirada silenciosa, austera de palabras y unos rasgos ligeramente orientales, herencia de su abuela materna.
No me chingues, Raquel, si me quitan el veinte por ciento de la raya no me queda ni para la botana. Te dije que me dieras tiempo, en cuanto me salga algo mejor me pongo al corriente con la pensión.
Llevas dos años pidiéndome tiempo, y mientras, a la plebe, la mantengo yo solita. Y más te vale cumplir porque si no te vas al bote y en tu vida vuelves a verla.
No puedes negarme el derecho a verla.
¿Estás seguro?
Vete a la chingada.
Raquel, cuando la moto repartidora de pizza desapareció en el horizonte del bulevar, dejó la ventana y regresó a su puesto bajo el escrutinio de su jefe, convocado a la recepción por los gritos de la pareja.
¿Todo bien, Raquelita?
Todo bien, don Esteban.
Preferiría que resolvieran sus asuntos fuera de la oficina.
No se vuelve a repetir, don Esteban.
Raquel iba a cumplir dos años en el Despacho Contable Espinosa y Ramírez. Atendía el teléfono y la recepción, preparaba el café, sacaba copias, escribía oficios. Un pinche trabajo de mierda con un salario de mierda, me confiesa. Antes de quedarse embarazada aspiraba a ser actriz y a punto estuvo de licenciarse en Artes Escénicas por la Universidad de Sonora. Recibió la noticia de que estaba preñada una tarde de septiembre de 2005. Cursaba el último año de la carrera. Ya había participado en algunos montajes con poca fortuna, pero Raquel no era de las que se doblegara ante la crítica. El hecho mismo de estudiar teatro era un desafío. El padre, mecánico; la madre, ama de casa; un hermano dos años mayor, futuro ingeniero eléctrico. ¿Quieres ser actriz? Estás loca, había sido el unánime clamor entre los miembros de la familia. Raquel, que si bien no poseía talento histriónico alguno, sí tenía el don del convencimiento, terminó por salirse con la suya.
Pero aquella tarde de septiembre, cuando los análisis de sangre confirmaron la noticia que ya había arrojado unos días antes la prueba de embarazo, la vida de Raquel dejó de ser una promesa y se convirtió en un futuro inmediato.
Una noche de sexo reconciliatorio, un espermatozoide portador del cromosoma X de Jota Eme navegó por las aguas de la vagina de Raquel, superando la hostilidad del DIU —ya en ese momento inservible—, hasta alcanzar el óvulo. Después de un mes sin hablarse, cuando todo parecía terminado, entre otras cosas, porque Jota Eme no soportaba que su novia se subiera a un escenario frente a cien pares de ojos, acordaron conversar. Él, con la esperanza de conseguir otra oportunidad; ella, decidida a acabar con la relación. Jota Eme, cuando estaba en plan cariñoso, era irresistible, me cuenta Raquel.
Ese día consultó el reloj que colgaba de la pared de la recepción del despacho: un presentimiento viejo descendió por su espalda. Faltaban dos horas y media para las cinco. A esa hora, ni un segundo más tarde, deslizaría la tarjeta en el aparato checador y se lanzaría en su destartalado Volkswagen Golf a buscar a Paola a la guardería, ubicada en la colonia Y Griega, muy cerca de ahí. Cuando se aproximaba la hora de salida, el corazón de Raquel comenzaba a alebrestarse lleno de presagios y temores. Paola era una niña frágil, con un aire enfermizo que desmentía una salud de hierro. Más bien se trataba de un halo de abandono que se reflejaba en una mirada demasiado adulta, perspicaz, distante. Raquel lograba buena parte del día mantener a raya la culpa que le asaltaba cada mañana al dejar a su hija en la guardería, concentrándose en la rutina del trabajo. Pero a medida que la aguja se acercaba a las cinco, surgía la imagen de Paola con su mochila de Dora la exploradora en la espalda desapareciendo en el interior de la estancia. No podía hacer mucho al respecto. Tenía que trabajar y su hija debía pasar ocho horas atendida por extraños, entre extraños. Le consolaba el hecho de que Paola, en alguna ocasión, desde su taciturna realidad, había expresado algo parecido al afecto hacia las cuidadoras, hacia alguna de ellas al menos.
La nube de polvo ocre, sucia y pertinaz, flotando sobre la calle De los Mecánicos, solía anunciarle que estaba cerca de la guardería. Daba vuelta en la gasolinera, situada a unos cincuenta metros de la estancia, para adentrarse en esa nebulosa provocada por la afluencia de coches. La colonia Y Griega era tierra suelta y basura, arena, que le recordaba a la ciudad su origen montuno. Raquel acostumbraba cerrar la ventanilla para que la polvareda no penetrara en la cabina del Golf.
Pero esa tarde no fue así, recuerda Raquel.
Habitualmente padres y madres de familia se agolpaban con una cierta desesperación en la salida del inmueble. Tras una jornada laboral extenuante en maquiladoras, fábricas y pequeños negocios, acudían a la guardería y se encaminaban cuanto antes a sus hogares para mitigar el desasosiego de una vida al límite de sus fuerzas, darle sentido a través de una descendencia que con suerte tendría un mejor destino. A Raquel le ponía de mal humor el cotidiano caos que se originaba ante la pequeña puerta que expulsaba a los vástagos de la clase trabajadora hermosillense. El agandalle, el abuso, la arrogancia, esa urgencia cansada, claudicante. Esa fiereza que brotaba en hombres y mujeres que tomaban de la mano a sus hijos, que los alzaban en brazos y que se marchaban de ahí como si huyeran.
Pero ese día no fue así, asegura Raquel.
A las tres y diez de la tarde, me cuenta, por la ventana del Despacho Contable Espinosa y Ramírez, contempló un inusual desfile de patrullas y ambulancias que se dirigían al sur a toda velocidad. Sintió un golpe en la boca del estómago. Los presagios se manifiestan ahí, no en el corazón, me explica Raquel con esa forma tan suya de afirmar ciertas obviedades. Don Esteban se asomó a la recepción para comentarle que en la radio hablaban de un incendio en la colonia Y Griega. ¿No está ahí la guardería de Paolita?, le preguntó sin darle mayor importancia, sin alarma, con una curiosidad impertinente. Raquel quiso responder, pero el escándalo de las sirenas en el bulevar se lo impidió. A través de la misma ventana por la que había contemplado a Jota Eme desaparecer enfurecido, observó que la gente salía de los negocios aledaños y señalaba al cielo. Ella también alcanzó la calle y siguió con la vista las manos de las personas aglomeradas en la acera. Una columna de humo negro apuntalaba el cielo azul de Hermosillo.
Eran las tres de la tarde con quince minutos cuando Raquel Sánchez abordó el Volkswagen Golf y enfiló hacia la guardería de su hija sin poder quitar la vista de la columna de humo, espesa, inagotable.
Normalmente no me tardaba más de diez minutos del trabajo a la estancia, pero ese día el camino se me hizo eterno, recuerda.
El calendario marcaba viernes 5 de junio de 2009. Entre otras noticias, los periódicos destacaban un informe de la Auditoría Superior de la Federación que señalaba que el gobierno de Felipe Calderón, en 2007, no había invertido 120 millones de pesos en programas de seguridad, desarrollo social e infraestructura, dinero que se hallaba perdido. Obama llamaba a una nueva era en las relaciones de Estados Unidos con los musulmanes. Y en Sonora daban cuenta del hallazgo de once ejecutados en una camioneta por el rumbo de Caborca con claras señales de tortura. Ese día se llevaría a cabo el debate entre candidatos a la gubernatura del estado.