49 cruces blancas

Imanol Caneyada · Capítulo 33 de 42

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49 cruces blancas

Capítulo 32

32

Holmes no contesta mis llamadas ni mis mensajes de texto. Después del entierro de Sherlock parece haber desaparecido del planeta. Me llamó mi casero reclamando la renta del mes de junio, está por terminar y no ha recibido el dinero. Le pedí un par de días para resolver si le entrego el departamento o no. Sin Holmes localizable, decido pagar el mes vencido y de una vez el mes de julio. Luego veré lo que hago. Tal vez para entonces haya terminado mi trabajo aquí.

Alcázar me presiona con Felipe. Le pido paciencia. Es un tipo al que debo trabajar antes de abordarlo. La viuda del chofer de momento se mantiene en lo dicho, pero hasta no corroborar su versión con el hombre tatuado, le he pedido a Alcázar que no le suelte un quinto. A la mujer no solo la mueve el interés monetario, también hay un deseo de venganza. En alguna parte existe un culpable de su desgracia, de esa precaria viudez con cuatro bocas hambrientas y una cama tan vacía como su cerebro. Si bien la teoría de que a Carlos Pérez Maza lo mataron convenientemente los mismos que le ordenaron incendiar la bodega de Hacienda para no dejar cabos sueltos tiene una irresistible lógica en el país de las conspiraciones; la posibilidad de que lo hubieran eliminado a causa de sus otras actividades, en las que se incluyen la venta de droga y la extorsión, es tan verosímil que a veces dudo de esta línea de investigación, la única que seguimos, la cual parte del incuestionable hecho (para Alcázar y Manos Unidas) de que el incendio fue provocado. ¿Y si no fue así? ¿Y si todo se trató de un estúpido accidente que sacó a flote un sistema basado en la corrupción, la impunidad, la negligencia y el desprecio, con un costo que, si bien al principio pudo parecer trágico e irrepetible, a la distancia y dadas las circunstancias, hemos normalizado? ¿Qué representan cuarenta y nueve niños muertos en el imaginario colectivo frente a fosas de cientos de migrantes arrojados como perros, miles de desaparecidos y asesinados, de desplazados por la violencia? Es irresistible sumarse al coro de aquellos que minimizan el incendio de la guardería, tildan de exagerados y recurrentes a quienes se empeñan en reclamar una justicia abstracta y escurridiza, y les parece aburrido el tema. Cerrar los ojos, apretar los dientes y seguir adelante, que el pasado es un lastre, una fijación, un empeño de revoltosos, amargados y cagapalos. Es irresistible, sí, y reconfortante. Porque el cinismo siempre nos absuelve de cualquier culpa. Y a mí el cinismo se me da muy bien. He entrenado duro para sacarle el mayor rendimiento. Lo he practicado durante buena parte de mi vida. Pero claro, un día conoces a una niña de seis años con el sesenta por ciento de su cuerpo quemado, encerrada en sí misma como si se tratara de una ciudad asediada, a punto de claudicar, pero que resiste con algo semejante al heroísmo. Y a una madre fiera que ronda las puertas de esa ciudad, dispuesta a creer en lo que nadie cree, y a impedir que su hija se convierta en una estadística de la fatalidad, y a uno el cinismo se le convierte en un tumor en el alma, en un basurero clandestino.

Frecuento el café internet todos los días. La idea es que Felipe se familiarice conmigo. A veces no me cruzo con él, pero cuando ocurre, intercambiamos saludos, dos o tres frases banales, poco más. Sigo exhibiendo esa torpeza tecnológica que me permite pedir ayuda constantemente. He sembrado la idea de que se me estropeó mi computadora y mientras la arreglan, acudo a ese café para atender mis asuntos, los asuntos de un abogado mediocre, sin despacho, que promueve juicios de jurisdicción voluntaria de pobres diablos que no tienen ni para cubrir los honorarios. Una identidad que perfectamente habría sido la mía si en lugar de entrar a la Procuraduría, hubiera ejercido el litigio por mi cuenta. Me siento cómodo con este personaje titubeante y arbitrario, atribulado, con una mujer castrante y unos hijos en plena adolescencia que lo vuelven loco. A veces, esa falsa personalidad es tan real, tan auténtica, que salgo del café con la idea de que regresaré a una casa pequeña pero digna, con fallas estructurales, en la que me esperan mi mujer y mis hijos. No a esa habitación donde ceno cualquier cosa en compañía de un sujeto del que no puedo escapar.

Rigoberto Valiente, el licenciado Valiente, consume pornografía dos noches por semana. Se encierra en el cuarto de baño con su notebook (antes de que se estropeara) y explora los millones de páginas web con videos en los que mujeres de vinilo aplican golosas felaciones a penes descomunales. Luego, con un cierto sentimiento de vergüenza, se reintegra a la vida familiar, convocada por algún reality show que transcurre en una pantalla plana por la que paga tres veces su valor en cómodas cuotas semanales. Rigoberto Valiente, a pesar del apellido, es un tipo apocado, cobarde incluso. De esos que llegan a los juzgados y se dejan ningunear por oficiales de partes y secretarios de acuerdos. A los que nunca recibe el juez. En su casa, con su mujer, la situación no es muy diferente. En los cuellos de sus camisas (a lo sumo tres) se aprecian las huellas del tiempo. Sandrita, la nena empeñada en tener un cachorro, catorce años algo obesos, es su debilidad. Por ella es capaz de hacer cualquier cosa, como humillarse, doblar el espinazo, cualquier cosa. Esa niña, desde que vino al mundo, le arrebató la razón. El varoncito, dieciséis años, es más de su madre. Hay una cierta tensión edípica entre ambos que Rigoberto Valiente disipa chiqueando al muchacho que, en el fondo, es bueno.

Y así, Rigoberto Valiente, en lo que junta un dinero para arreglar su computadora o comprar otra, acude diariamente al café internet del hombre tatuado.

Y al hombre tatuado, poco a poco, el licenciado Valiente le empieza a despertar una simpatía condescendiente. No acostumbra el hombre tatuado a tratar con sujetos de la índole del tal Rigoberto, al que, me imagino, ha calificado presurosamente de perdedor, un tipo equis, un fracasado. Y la épica ramplona de individuos como Valiente, a pesar de su apellido, suele reconfortar a los hombres tatuados como Felipe. Simpatía y lástima pueden ser las bases de una futura amistad, al menos al principio. Luego la lástima no alcanza, pero ahora importa poco eso.

Un día, es la una de la tarde, el hombre tatuado sale del café internet, aborda su pick up, una Silverado, y le da por todo Olmos hacia Solidaridad. A media cuadra divisa a Valiente caminar por la acera con aire ensimismado. Decide seguir de largo. Pero la figura triste, derrotada, de quien se ha convertido en su mejor cliente en los últimos días, lo empuja a detenerse. ¿A dónde? Al centro, a los juzgados, por un asunto —improviso— de una mujer que pelea la herencia de su padrastro que murió intestado. El licenciado Valiente, a medida que recupera el aliento gracias al aire acondicionado del auto, le da detalles judiciales que al hombre tatuado no le interesan. Pero entre la farragosa jerga leguleya que el pobre diablo suelta con esa voz cansina que le cuesta seguir, ha aparecido un nombre. Un nombre que es una punzada en los huevos, un tiempo pasado que, como suele ocurrir en estos casos, lo acaba de alcanzar con todas las certidumbres.

Y el licenciado Valiente, que no es ningún licenciado Valiente, acaba de cerrar la boca mientras estudia al hombre tatuado.

Lo conoce, ¿verdad?, insisto.

¿Quién eres?

Felipe ha detenido la marcha de la pick up y se ha estacionado sobre Doctor Paliza, no muy lejos de la PGR.

Primero dígame si conoce a Carlos Pérez Maza, alias el Charly.

¿Eres juda?

No. ¿Lo conoce?

Lo conocía, está muerto, bueno, lo mataron.

Me identifico. Mi presentación mejora en la medida en que voy haciendo mío el discurso. Ha desaparecido por completo esa timidez inicial, ese titubeo incrédulo. Soy un justiciero, vendo la posibilidad de restablecer el orden en un universo en el que cuarenta y nueve niños ardieron en las llamas del infierno burocrático. El silencio, le digo a un hombre tatuado perplejo, asustado, peligroso, en estos casos, es la más terrible forma de complicidad. Mayor incluso de aquellos que agarran la pata de la vaca. ¿Cómo dio conmigo? La viuda, le digo. Suspira. Vamos a tomar una cerveza, me invita. Creo que aún me ve como al licenciado Valiente. ¿De qué otra forma podría verme?

La pick up gira en Londres, toma por el bulevar Hidalgo y unas cuadras más adelante, en Comonfort, vuelve a girar a la izquierda. Entramos a La Bohemia y dejamos el presente por un rato a las puertas del bar. No hay jóvenes entre los contertulios que juegan dominó a la sombra de una palapa. De las paredes cuelgan fotos del Hermosillo de hace un siglo; en ellas no puede reconocerse la ciudad de hoy, sino el pueblo de calles polvorientas que fue. La cantina conserva ese aire sepia reforzado por las imágenes que adornan sus muros. Una copia de un daguerrotipo de Casasola en el que se muestra a dos sombrerudos a las puertas de una pulquería. Un retrato de Venustiano Carranza a caballo, en el extinto parque Villa de Seris. Y el cruce de piernas de Marilyn, y la amarillenta página de un periódico donde se anuncia el combate de Memo Garmendia, un antiguo boxeador hermosillense, gloria olvidada.

A Felipe lo conocen en la cantina. Esas cosas se notan. La soltura con que recorre el bar, la certeza del baño, la sonrisa servil del cantinero. Un cliente habitual. Al hombre tatuado le gusta ser un habitual en tabernas, clubes, antros y puteros. Es una forma de estar en el mundo. Campechanía, confianza y pródigas rondas, pródigas propinas, el parroquiano pródigo que vuelve sin parábola alguna. Nos sentamos a la barra como dos desconocidos, pedimos sendos tarros de Indio, y de perfil, sin alharacas ni aspavientos, aligera la culpa que durante tres años ha cargado.

El Charly era mi amigo, me dice Felipe, de apellido Carrasco. Me dolió mucho su muerte. Un día antes de que lo mataran, coincidimos en una taquería. Iba de salida. Platicamos unos minutos; su jefe, el Chino Lam, lo esperaba en la camioneta, él lo había mandado por los tacos. Lo vi cansado, nervioso, muy tenso. A la noche siguiente le metieron nueve balazos a las puertas de su casa.

Morir frente a tu casa acribillado es como quedarte a las puertas del cielo, no terminas de entrar nunca, pienso cada vez que mencionan el homicidio sin resolver, sin investigar, de Carlos Pérez Maza.

El hombre tatuado continúa con su relato. Uno de los tantos relatos de nuestro tiempo que, por lo mismo, se vuelven monótonos. Primero fue su dealer. Luego, por alguna razón que no puede o no quiere explicar, se hicieron amigos. Evoca las fiestas en La Habana con una sonrisa dulzona, entrañable. Descubro a medida que el hombre cuenta su historia que admira al chofer, que incluso desea una muerte parecida, en la raya, la muerte de los valientes. La amistad se selló cuando a Felipe le detuvo una patrulla y le encontraron una Glock 380 bajo el asiento. El Charly movió sus influencias, que las tenía, y muchas, y el hombre tatuado ni siquiera pisó el Ministerio Público.

Luego pasó lo de la guardería.

Treinta mil dólares era una cantidad muy tentadora por hacer desaparecer unos documentos. Ya otras veces Felipe Carrasco había acompañado al Charly a algunos encargos para el Chino. La oferta llegó a finales de mayo. No se concretó. Felipe debía hacer un viaje a Nogales por motivo de unas computadoras para el café internet que estaba montando en esa época. El chofer echó mano de alguien más. Unos días después, cuando vio en todos los noticieros el incendio en una bodega de Hacienda contigua a una estancia infantil y el trágico desenlace, Felipe supo que el trabajo por el que su amigo le ofrecía treinta mil dólares era ese.

Al mes lo mataron, y a nadie pareció importarle una chingada. Traté de averiguar quiénes se lo echaron, pero a los días, uno de los guaruras que trabajaba con el Charly me buscó, yo pensé que por una lana que le debía por una punta de coca, pero no era eso, me amenazó de muerte si seguía moviéndole al asunto. Me dolió mucho que lo quebraran, era mi amigo, y todo este tiempo he cerrado la boca por miedo.