49 cruces blancas
Capítulo 15
15
Le rendí a Alcázar un informe sobre la conversación con el mecánico, su descripción de la camioneta negra, los vagos apuntes sobre el chofer y la sospechosa extracción de documentos al día siguiente del incendio.
Al terminar, Alcázar me recriminó:
Hace ya quince días que estás en Hermosillo y Dulce sigue esperando que nos visites.
Para el abogado era importante que aceptara la invitación. Dulce representaba ese tiempo anterior al exilio, una época que mi colega se obstinaba en traer al presente para borrar todo vestigio de resentimiento. Necesitaba confiar en mí. Necesitaba mi perdón, aunque en el fondo estuviera convencido de que había obrado correctamente. Pero Alcázar se equivocaba. Mi resistencia a reunirnos en su casa tenía que ver con el hecho de que Dulce, toda ella, su tiempo y su memoria, estaba contaminada de Cristina. De mi expulsión de la Procuraduría había dejado ya de culpar a Alcázar, si es que alguna vez realmente lo había hecho.
Ese mediodía de sábado me presento en casa de Jorge Alcázar con una botella de vino chileno barato. Prefiero la cerveza y el tequila. Los Alcázar viven en un fraccionamiento de profesionales, académicos y tecnócratas al Poniente de la ciudad, de calles recoletas, parques verdes y casas amplias, de dos pisos, con una espaciosa cochera al frente y un patio de unos doscientos metros cuadrados en el que los Alcázar no crían ninguna mascota. Un ama de casa me abre la puerta. Adivino que es Dulce gracias al contexto, no hay otra forma de reconocerla. Ante mí aparece una mujer hinchada como un sapo. Más tarde sabré que el embarazo de los gemelos le provocó una retención de líquidos que la ha convertido en ese zepelín vertical de sonrisa condescendiente. Viste un pantalón beige casual que la emparenta con Obélix. La blusa de seda, escarlata, disimula mal unos senos grandes, maternales. A diferencia de su marido, Dulce se ha aseñorado pronto y mal. Me abraza emocionada. Pitic, susurra mientras me estrecha contra su cuerpo de nodriza. Me relajo entre sus brazos. Es cálida y reconfortante su carne mullida. La alegría con que ha exclamado mi sobrenombre me parece sincera, como si nada más existiera entre nosotros ese tiempo de estudiantes golfos y fraternales, antes de que la vida terminara poniéndonos a prueba a cada uno.
La sala es suntuosa, impersonal, copiada a detalle de alguna revista de decoración con el último grito en muebles y alfombras, cuadros y adornos. Mucha porcelana, azulejos, maderas finas, aluminio y vidrio. Tras el ventanal puede apreciarse un rectángulo de pasto artificial amurallado; en medio, un angelote barroco expulsando agua por la boca. Le doy la botella de vino a Dulce en el momento en que Alcázar desciende por las escaleras. Me siento abrumado y torpe cuando el Gato Negro pasa a manos de mi amiga. Me asegura que le encanta el Merlot y que no debía haberme molestado. No tengo ni idea qué es eso del Merlot ni me interesa. La botella costaba cien pesos, me la encontré en un Oxxo. Alcázar, con un pie en el recibidor, da media vuelta y le grita a los niños que bajen a saludar a la visita. Del piso superior desciende un murmullo electrónico de efectos especiales de alguna clase de videojuego.
Los gemelos son indistinguibles. Tienen siete años, me informa Dulce. Heredaron sus nombres de abuelos maternos y tíos paternos, o viceversa… no presto mucha atención. Me saludan con esa timidez de trámite con que saludan los niños a los amigos de sus padres. Es inquietante la similitud de sus gestos y ademanes, como si la misma personita tuviera un fiel duplicado del que se hubiera perdido el original. Unos segundos después remontan las escaleras, ansiosos por volver al videojuego. Dulce les recuerda que en unos minutos más estará lista la comida. Ya en el segundo piso, a gritos, los gemelos le exigen a su madre que se la lleve al cuarto. Jorge Alcázar quiere intervenir para imponer algún tipo de autoridad. Dulce lo detiene con un gesto de la mano y me señala con los ojos. Tengamos la fiesta en paz, pronuncia esponjosa.
Jorge me ofrece un trago. Le pido una cerveza. Me trae un agua amarillenta con burbujas sin cuerpo ni sabor: Bud Light. Alcázar es de esos. El abogado bebe un vodka tonic. Dulce nos indica que pasemos al comedor, en donde una mesa grande y cuadrada está puesta a detalle para tres personas. Dulce se ha convertido en una mujer de manual. Intercambiamos algunas frases corteses y banales sobre la casa, hermosa y elegante, sobre el vecindario, sobre esa zona de la ciudad no hace tanto tiempo desierta y su veloz urbanización. Unos boleros viejos en voz de Luis Miguel suenan de fondo evidenciando el cívico silencio.
Dulce deposita una ensaladera al centro de la mesa mientras Jorge Alcázar abre una botella de vino diferente a la que traje. Cada quien se sirve de la ensaladera. La anfitriona explica que se trata de una ensalada de espinacas y jamón serrano, nuez picada, champiñones y queso parmesano. El aliño es a base de aceite de oliva, ajo fino, jugo de limón y vino blanco. Es la primera vez que la prepara, dice, la ha sacado de un recetario en internet. La ensalada me parece insípida. El sabor de las espinacas me remite a gusanos y caracoles. Le sigue una lasaña que reivindica las artes culinarias de Dulce.
Esta, después de subir un par de porciones para sus hijos en una charola, se sienta a la mesa, se sirve su quinta copa de vino, se la cepilla de un trago violento y pronuncia lo impronunciable.
¿Ya te enteraste de lo de Cristina?
Alcázar reprende a su mujer con la mirada.
Hace unos días supe que se ha vuelto a casar. ¿Te refieres a eso?
Así es, Pitic, a eso me refiero. Con un funcionario panista, no me friegues.
Dulce, exclama Alcázar mordiendo el nombre de su mujer.
¿Te molesta que hable de Cristina?, me pregunta.
Para nada.
¿Sabes que desde que se casó no me regresa las llamadas? La muy zorra. ¿Y sabes por qué? Porque se le cae la cara de vergüenza. Una cosa es trabajar para esa bola de ratas y otra cosa es casarse con una de esas ratas, ¿no crees?
Cristina es funcionaria del Instituto Sonorense de la Mujer, interviene Alcázar.
Lo sé, digo.
Alcázar me mira sorprendido. Quiero explicarle cómo he obtenido esa información, pero Dulce continúa con su diatriba.
La verdad, al principio todos nos la creímos. Cuando llegaron al poder gracias al incendio en la guardería…
Eso no está comprobado, querida, interrumpe Alcázar. En Hermosillo ganó el PRI, a pesar de todo.
Fue por el incendio, Jorge, no sé cómo puedes creer esas tonterías que dicen. La tragedia los llevó al poder y una vez ahí, se olvidaron de los niños y se han dedicado a robar. Así de claro.
Los números son los números, Dulce, y aquí ganó el PRI, aunque no te guste. En cuanto a la guardería, tienes toda la razón, el gobernador no ha cumplido con ninguna de las promesas que les hizo a los padres y ha preferido encubrir a los culpables.
No deseo que la conversación se pierda en el tema del incendio. Hace mucho tiempo que tengo claro que no hay ninguna diferencia entre unos y otros. Está a punto de concluir el segundo sexenio panista y el país es una gran fosa abierta llena de cadáveres anónimos. Necesito que Cristina, incorpórea y distante, regrese a la mesa.
¿No los invitó a la boda?, pregunto ingenuamente, aunque puedo anticipar la respuesta.
Al parecer fue una boda íntima, solo los más allegados, dice Alcázar.
Qué boda íntima ni que nada. Invitaron a toda la plana mayor del gobierno, al hipócrita del arzobispo, a todo el mundo menos a nosotros, sus amigos de siempre. ¿Sabías que nadie de la camarilla de la escuela fue requerido?
Tal vez le das demasiado valor a las viejas amistades, digo.
Se hace un silencio como si acabara de estallar una bomba en el centro de la mesa y nuestros oídos zumbaran incapaces de captar otro sonido que no sea el de la explosión. Dulce parece no recordar que esa misma camarilla me dio la espalda y me olvidó en el exilio. Alcázar se levanta de la mesa pretextando ir por más vino. Deja a su esposa sola con su metedura de pata. Ella me observa sin saber qué decir, aún aturdida por los efectos de la explosión.
Ay, Pitic, murmura.
Sonrío impreciso. Me enternece el empeño de Dulce para que nada más exista entre nosotros ese tiempo de estudiantes golfos y fraternales, antes de que la vida terminara poniéndonos a prueba a cada uno.
¿No ejerces?, le pregunto para aliviar la tensión.
A veces le ayudo a Jorge con algunos asuntos. Después de casarnos todavía trabajé un rato en el despacho de Molina. ¿Te acuerdas de Molina, el de procesal civil? Lo dejé con el embarazo, se me complicó mucho, estuve casi un año en reposo, un problema de retención de líquidos… y todo este tiempo me he dedicado a criarlos.
Yo tampoco ejerzo, después de lo que pasó…
No supimos qué hacer, ¿entiendes?, me interrumpe con vehemencia. Cristina tuvo mucho que ver. Nos puso a todos en tu contra, y Jorge, pues Jorge todo este tiempo se ha sentido muy culpable.
Mejor vamos a olvidarlo. El único responsable fui yo, tomé la decisión equivocada, es todo, no hay más que hablar.
Dulce se levanta de la mesa abruptamente, desplazando con los muslos la silla que está a punto de caer. Viene hacia mí, se detiene a mi altura y apoya mi cabeza en su cadera. Ay, Pitic, vuelve a decir, te extrañamos. La postura y la situación son bastante incómodas e inesperadas. De reojo alcanzo a ver a Alcázar regresar con una botella en la mano. Ambos sabemos que ese abrazo no arregla nada.