49 cruces blancas
Parte 6
VI
BASAVE
40
A pesar de la promesa de ir a visitarme, Raquel y yo supimos que aquello era una despedida. Una despedida que llevé en mi corazón hasta que los días fueron convirtiéndose en semanas, las semanas en meses, y la pátina de la distancia comenzó a caer sobre todos nosotros. Quisimos pero no pudimos mantenernos en contacto a través del Facebook, de mensajes de texto o de mails. Al principio pensaba en Raquel y Paola como en una ausencia dolorosa. Después, la nostalgia se convirtió en un estado de ánimo permanente, placentero, que ejercitaba recordando los días que pasé convaleciente en casa de Raquel, reconstruyendo con minuciosidad algunos de los momentos felices que compartimos. Por extraño que parezca, a medida que atesoraba esos instantes, las ganas de alimentar la relación desde la lejanía se llenaron de silencios cada vez más prolongados y de mensajes cada vez más cortos. Un día todo se redujo a preguntarnos muy de vez en cuando cómo iba todo y a mentir con que todo iba bien. No dejé de quererlas, al contrario; y quiero pensar que ellas (al menos Raquel) tampoco a mí. Simplemente se había abierto entre nosotros un abismo de cientos de kilómetros y una frontera, una frontera que durante años me había resistido a cruzar pero que, terminado el trabajo con Alcázar, atravesé porque entendí que tenía ciertas deudas cuyo pago no podía postergar.
En la otra despedida, la de Alcázar, la urgencia de perdernos de vista nos llevó a exagerar lo mucho que nos extrañaríamos. Tanto el abogado como yo sabíamos que no era cierto. Sobre todo, por mi terca insistencia en que no usara los testimonios obtenidos durante la investigación. Era preferible seguir buscando, esperar a que surgiera alguna otra prueba más contundente que les diera validez. Los consideraba demasiado circunstanciales e inconsistentes, principalmente el de Rubén, el sexoservidor. Alcázar fue inflexible: mi trabajo, al que alabó sin reparos, había terminado. Lo que el despacho hiciera con la información obtenida ya no era asunto mío. De cualquier forma, Dulce y Alcázar me invitaron a cenar a su casa para formalizar el adiós. Dulce no quiso cocinar, por lo que su marido asó mal y de malas unos cortes caros, blandos y jugosos. Pronto la cena fue poniéndose densa, aburrida, distante. Me di cuenta de que ni el pasado remoto ni ese paréntesis en nuestras vidas daba para mucho más. Me marché temprano, después de entregarle las llaves del despacho y del Atos a Alcázar. Esa noche dormiría en el hotel Kino y al día siguiente tomaría un autobús rumbo a Tucson.
El viaje fue largo, monótono, lleno de un desasosiego tenue pero pertinaz; el sentimiento de fracaso y soledad no me dejó pegar ojo. Además, no llevaba conmigo lectura alguna. Le regalé a Mónica el ejemplar extraviado y recuperado de El valle del terror en agradecimiento simbólico por haberme salvado la vida. Creo que se emocionó un poco, aunque me pareció que el alivio por mi marcha era mayor. Supe que nunca lo leería. Yo tampoco.
La prepotencia del oficial gringo en la aduana hizo que estuviera a punto de regresarme. La sutil violencia de las preguntas, el desprecio contenido en los gestos al revisar la visa, la condescendencia con la que me autorizó el cruce formaban parte de un ritual que toda la fila soportamos con la resignación de los consumidores adiestrados. Cuando horas más tarde descendí en la Central de Autobuses de Tucson me asaltó la idea de que aquello era un disparate. De todas formas, me subí a un taxi y le proporcioné al chofer la dirección de mis padres que mi hermana, previamente, me había hecho llegar. Tucson es una ciudad llana, fea, sin personalidad, como un chamizo de cemento que rodó por el desierto un tiempo y se detuvo ahí inexplicablemente. Sin embargo, en Hermosillo, todos los alcaldes, cuando inauguran una avenida, la invocan como modelo urbano. La casa de mis padres es un motor-home con dos habitaciones. La suya y la de Clarisa, mi hermana, que tres meses atrás se había casado con un mexicanoamericano de segunda generación. Fue una decisión repentina y una ceremonia discreta, se disculpó, por eso no me había invitado a la boda. Gracias a eso mi hermana estaba a punto de obtener la residencia, después reclamaría la residencia de mis padres. Clarisa se había convertido en el futuro de mi familia; yo, en un lastre que de pronto resurgía de las sombras. La habitación de Clarisa pasó a ser mi habitación.
Mi padre se había vuelto un viejo exhausto, malhumorado y sin palabras. En sus ojos la alegría del reencuentro poco a poco dio paso a un reproche callado con el que me acostumbré a vivir el tiempo que permanecí en Arizona: yo era una decepción. Mi madre, con esa asombrosa capacidad que tienen las madres de esa generación para perdonar todas las estupideces de sus hijos, me redujo en cinco minutos a la condición de niño. Acepté encantado. Clarisa llegó a echármelo en cara en algunas ocasiones. Había decidido ir a Tucson para recuperar una relación familiar que durante años di por hecho con una cierta impertinencia.
Pronto descubrí que mi cuñado, que tenía un concepto de la familia de cine de oro de los cincuenta (los mexicanos en Estados Unidos se quedaron en esa época), me consideraba un patán insensible, un egoísta, a pesar de que no nos conocíamos. Tenía un lavado de autos moderno, espectacular, todo automatismos. Por mediación de Clarisa, su marido me dio trabajo sin papeles. Mi hermana era cajera en un supermercado. Mi padre adoraba a su yerno, lo admiraba, era la encarnación del sueño por el que se había roto la espalda en los últimos tres lustros.
Durante poco más de un año traté de ponerme al corriente con la deuda simbólica que según Freud contraemos al nacer: respeto y veneración, amor y soporte para los ancianos padres.
A los dos meses de llegar me harté de mi cuñado, de su aire de superioridad moral que calibraba con su cuenta de banco. Tuve la suerte de conocer a un tipo extraño, balcánico en sus costumbres, que le dio un giro a mi destino; un duranguense sin civilizar que poseía un pequeño restaurante de comida mexicana en el centro de la ciudad. Necesitaba un lavaplatos: acepté. A partir de ese momento fui descubriendo una especie de vocación, o al menos, un amor inconmovible por las sartenes y las ollas, por los arcanos secretos de las recetas que surcaban el tiempo renovándose, fusionándose, adaptándose al momento: un milagro de la alquimia. Fui un aprendiz del brujo más arisco y salvaje que he conocido, solo capaz de manifestar su humanidad cuando se plantaba en la cocina.
Mientras me adentraba en el laberinto del fuego lento y la manteca (de lavaplatos a pinche, de pinche a ayudante) y convivía con una familia que me veía más como un damnificado que como un miembro activo, vía internet fui siguiendo los acontecimientos relacionados con la guardería ABC.
A principios de 2013, Alcázar y Manos Unidas hicieron públicos los testimonios de la viuda del chofer, de Felipe Carrasco y del sexoservidor, logrando lo que se proponían: el compromiso del nuevo procurador general de justicia, Jesús Murillo Karam, de reactivar la línea de investigación del incendio provocado. Incluso ordenó un nuevo peritaje, cuatro años después, en una escena del crimen totalmente vandalizada. La estrategia de Alcázar, sin embargo, poco a poco se diluyó entre la ineptitud, la desidia y la agenda política de la Procuraduría General de la República. Un año después, la desaparición forzada de cuarenta y tres estudiantes en Ayotzinapa, Guerrero, le costaría el puesto a Murillo Karam. Cuarenta y nueve niños no eran suficientes. Al festín se sumaban más muertos y la PGR se convertía así en un convidado de piedra cuya putrefacción fue cubriendo de olvido a todos los muertos.
La época en que Alcázar hizo públicos los testimonios que implicaban al Chino Lam en el incendio, coincidió con un prolongado silencio de Raquel. Le escribí un par de mensajes de texto, un largo mensaje a su Facebook, pero no recibí ninguna respuesta. Me planteé la posibilidad de tener noticias de ella a través de Alcázar o de Mónica, pero desistí, algo me decía que el silencio de Raquel estaba relacionado con su pertenencia a Manos Unidas. Meses después, a mediados de 2013, recibí un mensaje de ella en el Facebook. Me informaba que había decidido renunciar a la agrupación de padres y a la búsqueda de una justicia que había dejado de tener algún significado. Me decía que aceptaba su derrota, que difícilmente podría ver algún día una conclusión satisfactoria, que el caso estaba muy envenenado por la incapacidad y la falta de crédito de los órganos de justicia del país, por el uso político de los mismos, por la impunidad rampante, por el tiempo transcurrido, un tiempo irreal, fuera del propio tiempo, un tiempo que existía únicamente para alimentar el absurdo en que se había convertido el caso de la guardería. Ni ella ni mucho menos Paola, me decía, necesitaban encontrar respuestas a unas preguntas que había decidido ya no plantearse. Terminaba el mensaje comunicándome que había aceptado el dinero del gobierno.
Dejé pasar unos días antes de responderle. Cuando lo hice descubrí que nada de lo que pudiera decirle tendría algún significado para esa mujer que, como hace años Cristina, se esfumaba entre mis manos.
Ya dije en su momento que la mayoría de mis contactos en la red social pertenecían al ámbito de la empresa de seguridad de Tijuana. Fue así que por esas fechas me enteré de una noticia que en otro momento me hubiera parecido devastadora, pero que en esa época de mi vida ni siquiera me produjo asombro.
Al poco tiempo de la muerte de Sherlock, Holmes había desaparecido misteriosamente. Durante un tiempo intenté comunicarme con él sin ningún éxito, luego lo fui olvidando como si perteneciera a una vida que había vivido otra persona. Esto me trajo algún contratiempo con el casero del departamento en Tijuana. Cuando le comuniqué que rescindía el contrato, acudió al lugar, abrió con su llave y se encontró con un panorama que solo acertó a describir como un hediondo basurero. Para calmar los ánimos, le pagué el último mes de renta y accedí a que se quedara con los dos meses de depósito para cubrir los supuestos destrozos que Holmes había ocasionado. Al preguntarle por mi coche, el Altima que permití que Holmes usara cuando se mudó al departamento, me contestó que no había tal. Holmes había desaparecido junto con mi auto.
Ha de haber sido a principios de diciembre de 2013. Era lunes, de eso estoy seguro, porque los lunes descansaba. Me encontraba tonteando en el Facebook cuando me topé con una nota del periódico Frontera difundida por uno de mis contactos. Daba cuenta de que la Procuraduría General de Justicia de Baja California había detenido a una banda de secuestradores que durante cinco años ejecutó al menos una media docena de secuestros; uno de los integrantes de la banda, Jaime Humberto Garmendia Noriega, al que yo había bautizado como Holmes, trabajó de escolta en la empresa de seguridad privada SeguCop hasta unos meses antes de la detención. Él era el encargado de filtrar la información de los clientes VIP de la empresa con base en la cual la banda planeaba los secuestros.
Por culpa de Holmes habían matado a Sherlock. Ahora Holmes tendría por delante muchos años en la cárcel para arrancarse los ojos, si es que la tragedia tiene alguna cabida en esta época.