49 cruces blancas
Capítulo 21
21
Pregunto por Paola como se pregunta por una mascota o una enfermedad pasajera. Raquel me cuenta que la niña rehusó ir a la escuela el día anterior. En general, los compañeros de su salón, gracias a la labor de la maestra —un encanto—, no la rechazan por su aspecto. Pero en el recreo los depredadores más grandes merodean a sus anchas. Paola se formó en uno de los bebederos del patio. Mientras bebía, el niño de atrás dijo algo así como qué asco usar el bebedero después del monstruo de Gila. Paola, al oír el comentario, dio media vuelta, encaró al niño y comenzó a gritar como un animal salvaje inmovilizado en una trampa. Fue formándose un corro de escolapios a su alrededor que pasaron de la risa al terror, pues Paola no dejaba de emitir ese chillido escalofriante, sostenido, que no era acompañado por ninguna lágrima. Sus ojos penetrantes permanecían fijos, secos, inexpresivos, en el rostro del abusador. En esa cara remendada con retazos de piel es difícil leer alguna clase de emoción: un orificio deforme del que brotaba esa nota aguda que murió cuando Paola se quedó sin aire.
Luego vinieron el revuelo, los lamentos, la llamada, la reunión con la directora. Raquel me confiesa que esperó en la salida de la escuela a la madre del niño para reclamarle que su hijo era un idiota, que fuera la última vez que llamaba monstruo de Gila a su niña, de lo contrario, lo iba a agarrar a nalgadas. La madre le respondió que ninguna zorra iba a educar a su hijo y que encerrara a la niña en casa si no quería que nadie la viera feo. Raquel se dejó ir sobre la madre. Unos maestros intervinieron a tiempo.
Recuerdo las palabras de Jota Eme: Es como si fuera un fenómeno de circo dentro de una jaula y Raquel nos obligara a todos a asomarnos y nos recordara que el pequeño monstruo es de ella, solo de ella. No me extraña que en una escuela, cualquier escuela, una niña con las cicatrices vivas de un incendio saque lo peor de esos pequeños seres mezquinos y arrogantes. La memoria de mi paso por la primaria no es especialmente grata.
Tal vez porque evoco a Jota Eme, me pregunto de qué vive la mujer que tengo enfrente, entregada al cuidado de su hija. No me había detenido a pensar en ello. Se lo pregunto a bocajarro, interrumpiendo el flujo del relato.
El salario que ganaba en el despacho contable lo tengo asegurado de por vida. Una porquería, pero me alcanza. La atención médica de Paola también es gratis de por vida.
¿Quién cubre eso?
El Seguro Social.
¿Y lo de las indemnizaciones?
El Gobierno del Estado le entregó un millón y medio de pesos a cada uno de los padres recién pasó el incendio. Ahora dicen que el gobierno federal va a entregar otro millón y medio. Por eso Jota Eme anda tan desesperado.
Porque no quieres aceptarlo.
Ajá.
¿Tampoco aceptaste la anterior vez?
Me negué durante varios meses, pero Jota Eme, su familia, incluso la mía, me volvieron loca. Al no estar casados ni estar dado de alta en el Seguro Social, Jota Eme no tenía derecho al dinero. Me presionó de todas las formas. Al final acepté para quitármelo de encima. Me quedé con una pequeña parte para comprar la casita en la que vivimos y el resto se lo di a cambio de que se esfumara. Un millón de pesos. Aceptó sin dudarlo el desgraciado. No he sabido de él hasta ahora que empezó a correr el rumor de que iban a soltar más dinero. Me enteré que el pendejo dejó de trabajar, le entró duro al alcohol y al casino y en estos casi tres años se volvió a arruinar.
Raquel guarda silencio. Detecto en sus ojos un destello duro y frío. Es sábado. Nos hemos citado en un restaurante de mariscos sobre la calle Veracruz para comer. Paola está con sus abuelos.
No termino de entender por qué no aceptas el dinero. Es tu derecho. Se llama reparación del daño, una de las tantas formas que tiene el Estado de compensar una pérdida como la que sufrieron todos ustedes. Es una responsabilidad y una obligación de justicia, un deber. No se trata de caridad, no es un favor, no están comprando sus voluntades. Es un derecho que tienen las víctimas. Y es independiente del juicio que se lleva contra los presuntos responsables.
¿Está seguro de que no están comprando nuestra voluntad? Porque al menos aquí, en Hermosillo, hay mucha gente que no lo ve como usted. Piensan que somos unos aprovechados y unos vendidos, que le estamos chantajeando al gobierno con nuestro dolor. Si un papá o una mamá ABC estrena una camioneta del año, lo miran como si fuera un canalla sin escrúpulos. Dicen que estamos lucrando con la muerte y las heridas de nuestros hijos, nos señalan de alborotadores. Ya estuvo con la guardería ABC, ¿aún siguen con eso?, pues si ya les dieron una lana, ya que se calmen, etcétera.
¿Es por eso que no quieres aceptar el dinero?
Claro que no. Me vale lo que diga la gente, ya me acostumbré.
Entonces, ¿por qué?
Raquel hace una pausa para llevarse el tenedor a la boca. Ha pedido unos camarones al mojo de ajo. Yo, un pulpo a las brasas. Soy consciente de que mis argumentos jurídicos a duras penas trascienden el círculo leguleyo. Por experiencia sé que la mayoría de las personas experimenta una suerte de pudor a la hora de traducir un concepto como reparación del daño en dinero. Esa materialización del dolor de las víctimas, en un país católico a ultranza, se torna sospechosa, a diferencia de los países de la esfera protestante, los cuales no tienen ningún reparo en cuantificar el daño. El Estado mexicano se aprovecha de ello convirtiendo un derecho constitucional en un diezmo.
Mire, hace tres años no supe responder a esa pregunta; ahora estoy en las mismas. No sé por qué no quiero aceptar el dinero. Entiendo lo que usted me dice, no soy tan tonta, pero mi conciencia me dicta que no lo tome, y siempre le he hecho caso a mi conciencia.
¿Y qué va a pasar con Jota Eme? ¿Cederás a sus presiones?
Esta vez no.
Raquel se expresa con una convicción que me parece extemporánea, cómica, irreal, como si estuviera viendo una película de la época de oro del cine mexicano y ante mí Blanca Estela Pavón comiera una abundante ración de camarones. Yo mismo me siento histriónico, sobreactuado. Quiero seguir adelante con el tema, no por Jota Eme, me trae sin cuidado, sino por un impulso pontifical. Es un síndrome que siempre me ha desagradado en mis colegas. Cuando teorizaban sobre jurisprudencia, acostumbraba a ridiculizarlos confrontándolos con la realidad del sistema judicial mexicano: nadie resiste un cañonazo de cincuenta mil pesos.
Me parece que el licenciado Alcázar no ve con buenos ojos que seamos amigos, dice sorpresivamente Raquel. No hay apremio ni censura en su voz. No le doy importancia al comentario. Me parece que solo quiere cambiar de tema.
¿Por qué dices eso?
El jueves los papás de Manos Unidas tuvimos una reunión con el licenciado. Nos informó de los avances en la investigación. Por cierto, no lo mencionó a usted, bueno, sí, algo así como el investigador que hemos contratado… ya ve cómo es el licenciado de formal. ¿Es cierto que estamos cerca de saber el nombre del funcionario que ordenó el incendio en la bodega?
Ahora sí la pregunta me desconcierta. Alcázar no me ha comentado nada de la reunión.
Me parece un poco apresurado decir eso. Siendo optimistas, sí. El señor Pacheco nos dio el nombre de un chofer que trabajaba o trabaja en el gobierno y es posible que eso nos lleve a algún exfuncionario que pudiera saber algo. Pero por qué dices que Alcázar no quiere que seamos amigos.
Raquel cruza el cuchillo y el tenedor sobre el plato, le da un trago a la limonada y me enfrenta con una expresión risueña.
¿Qué tan cerca estamos realmente de ese misterioso funcionario?
La mujer sonríe como si estuviera a punto de hacer un estriptis.
Dame unos días y podré contestarte a esa pregunta. No quiero darte falsas esperanzas, bueno, ni a ti ni a los demás padres.
¿Cuántos días?
Depende de una persona… un contacto en el gobierno que me va a pasar esa información.
Cuánto misterio, exclama Raquel mientras suelta una carcajada seca, rompiendo con el encanto que brillaba unos segundos antes en sus ojos.
Insisto en lo de la molestia de Alcázar. Una grieta va abriéndose sobre la mesa rústica y coja con un estruendo irreparable.
Cuando terminó la reunión me llevó aparte y me preguntó por usted. Le dije que no lo había visto en toda la semana. Entonces me insinuó que no creía muy conveniente que los papás de Manos Unidas hicieran amistad con un empleado del despacho. Que las fugas de información en un asunto como este eran peligrosas.
Así te dijo, ¿un empleado del despacho?
Eso es usted, ¿no?
¿Y tú qué piensas?
Pues tal vez el licenciado tenga razón, así ni usted ni yo nos vemos comprometidos. Durante todo este tiempo la colaboración entre Manos Unidas y el licenciado ha sido bastante buena, confiamos en él, la mayoría al menos. Tampoco me gusta mucho la idea de que Jota Eme lo haya agarrado de mensajero entre nosotros.
Te propongo algo, cuando nos veamos, nos olvidamos de la investigación, de Jota Eme, de la guardería… todo eso queda fuera.
Y entonces, ¿para qué nos vamos a ver?
Me he ido inclinando sobre la mesa. Mis manos están muy cerca de las manos de Raquel, que reposan inertes a los costados del plato. Un mesero surge de repente y pregunta si puede recoger. Me repliego en el respaldo indicando con la cabeza que sí. Aún queda medio pulpo a las brasas sobre el plato, un revoltijo desmembrado.
¿No le gustó?, pregunta el mesero.
¿Cómo? ¿El pulpo? Sí, sí, está muy bueno, pero no tenía mucha hambre. Nos trae la cuenta, por favor.
Mientras el mesero levanta los trastes, Raquel extrae su celular del bolso y consulta la hora.
Me tengo que ir, Paola me espera, ya lleva mucho tiempo con sus abuelos.
Asiento, aunque podría parecer que mi cabeza cae sobre el pecho como si la hubieran desconectado. En esa postura, le pregunto qué le digo a Jota Eme si me busca de nuevo. Raquel, ya de pie, suspira como una niña incomprendida. Que se olvide del dinero, murmura. Luego me roza la mejilla con un beso maquinal, me agradece por la invitación y cruza el restaurante al tiempo que marca un número en su celular. Imagino que llama a sus padres para avisarles que ya va en camino. O tal vez no, realmente no sé nada de ella.
En menos de una semana dos mujeres me han dejado plantado en público. Me siento un artista de la imbecilidad. Una tortuga de agua cuyo caparazón se reblandece por falta de luz solar. De niño mi madre me regaló una y con los meses el animal llegó a tener un asqueroso chicle por coraza. Murió. Mi madre la arrojó por la cañería. La pecera apestaba a huevo podrido. Nunca más tuve otra mascota. En Tijuana estuve tentado de adoptar un cachorro, pero renuncié a la idea porque iba a pasar demasiadas horas solo.
El mesero me trae la cuenta. Al pagarla me siento aún más imbécil. No creía que esa comida sería una despedida, al contrario, llegué a pensar que me acercaría un paso más a la cama de Raquel. Tengo una secreta fascinación por cogérmela, lo confieso. Quizá solo se trate del prolongado celibato que guardo desde que llegué a Hermosillo.