49 cruces blancas
Capítulo 4
4
Una casa solariega en la colonia Centenario alberga el despacho de Jorge Alcázar. La estirpe de ese barrio en el corazón de la ciudad muestra grietas, hendiduras, arrugas, pero aún conserva cierta dignidad. En su origen, los apellidos más ilustres de Hermosillo se asentaron en esas calles: una oligarquía vetusta que a mediados del siglo XX desertó al norte de la ciudad, fundando la colonia Pitic. Las casonas todavía exhiben su dosis de orgullo, una petulancia derrotada por el bullicio de una urbe que ha dejado de ver en sus fachadas cualquier símbolo de grandeza; vencida por fraccionamientos construidos en torno a campos de golf.
La casa presume de un jardín cultivado con fervor, se nota, y paredes remozadas que mantienen cierta esencia secular, pero que al mismo tiempo transmiten una idea vaga de modernidad. Un camino empedrado me lleva hasta la puerta de doble hoja, roble seguramente, abierta al público. La recepcionista posee esa belleza sonorense que suele desconcertar a quien no la conoce: un poco fría, distante, de sensualidad forzada.
Jorge Alcázar no me hace esperar. En cuanto la mujer descuelga el teléfono y anuncia mi presencia como quien nombra una enfermedad venérea, el abogado sale a mi encuentro y nos fundimos en un abrazo sin memoria, dejándome la sensación de haber recibido un puñetazo en la quijada.
Estás más gordo y más feo, Pitic.
Jorge Alcázar, por el contrario, luce casi atlético, vigoroso. La expresión despistada de su rostro ha dado paso a un cierto aire intelectual. Cosa de entrenadores personales y autoayuda, me imagino.
Vente, vamos al despacho. Que no nos moleste nadie, por favor, Mónica.
Mónica es el nombre de la mujer caballuna, deseable, lejana como toda recepcionista.
Siéntate.
¿Puedo fumar?
¿Aún conservas ese vicio? ¡Qué retrograda! Haré una excepción por ser tú. Utiliza esto de cenicero.
El abogado pone en el centro del escritorio un vaso de cartón que aún contiene un dedo de café. Prendo un Camel. El despacho de Jorge Alcázar es señorial aunque austero. Al fondo, un juego de sillones de piel sintética color chocolate. Al centro, la gran mesa de cristal pulido. Sobre esta, una laptop Apple, una Blackberry, un juego de plumas Mont Blanc y un fólder grueso forman un diseño de trazos neuróticos.
Tú dirás de qué se trata el trabajo por el que me he puesto una friega de diez horas en camión.
¿Sin preámbulos? ¿Así, directo al grano?
Luego habrá tiempo de ponernos al día.
De acuerdo. Pero una cosa sí te digo, si aceptas mi propuesta, en algún momento tendremos que aclarar lo que pasó. Y Dulce tiene muchas ganas de verte, cuando le dije que venías se puso loca de contenta.
Si acepto… es lo justo.
No hay nada que aclarar, me digo: Alcázar hizo la apuesta correcta, el resto es ponzoña.
¿Qué sabes de la guardería ABC?
La pregunta me toma desprevenido.
Que se quemó.
¿Es todo?
Y que se murieron cuarenta y tantos niños.
Cuarenta y nueve para ser exactos; y ciento cuatro quedaron con lesiones crónicas. ¿No has seguido el caso?
La verdad, no. Supe del incendio por lo que dijeron en los medios, poco más. Cuando me fui, una de las cosas que hice fue ignorar todo lo relacionado con Sonora.
Entiendo.
No, no entiende, puedo ver en sus ojos el reproche y la condescendencia.
Lo dudo. No creo que sepas lo que es odiar a una abstracción.
Jorge Alcázar se encoge de hombros y sonríe.
Represento a un grupo de padres de la guardería. No a todos. Algunos eligieron el camino de la lucha civil; quienes contrataron los servicios de mi despacho optaron principalmente por la vía judicial.
El abogado empuja el grueso fólder que descansa sobre la mesa hacia mí y lo apuntala con un gesto del mentón.
Te he preparado un resumen de todas las diligencias que hemos hecho hasta ahora. Me gustaría que lo leyeras antes de tomar una decisión. Ya que te empapes del asunto, me dices si aceptas o no. No te he llamado como abogado, tengo un buen equipo que está haciendo un gran trabajo. Pero estamos rebasados por el montón de asuntos que llevamos, gracias a Dios. Te necesito como investigador. Por tu experiencia como ministerio público en la Procuraduría conoces muy bien los entresijos del sistema.
Ahora ya sé cuál es mi perfil según Jorge Alcázar, defensor de las causas perdidas: un sabueso con la necesaria dosis de rabia.
¿Y todo eso de la oportunidad de meter al bote a quienes me jodieron?
Lee el expediente que te preparé y entenderás por qué lo digo. Mira, sé que en parte me culpas por aquello y no dudo que no haya tenido un grado de responsabilidad. La verdad, pensé que estabas metido hasta el cuello y no me importó que te llevaran entre las patas. Todos estos años me he sentido mal porque pude actuar de otra forma, quizás hubiera podido advertirte. Te estoy ofreciendo la oportunidad de hacerte justicia y, de paso, que me ayudes en este asunto que es muy grande.
¿Te estás disculpando?
Tómalo como quieras.
Dime la verdad. ¿Por qué yo? Han pasado ocho años en los que no supe nada de ti, y de la nada, me buscas para darme trabajo en el asunto más importante de tu carrera. ¿Por qué?
De acuerdo, ¿quieres saber la verdad? Fue Dulce la que me convenció. Cuando le comenté que necesitaba a alguien que nos ayudara con el asunto de la guardería y que no encontraba a quién, después de barajar algunos nombres, dijo el tuyo. Al principio la tiré de a loca, pero ya conoces a Dulce, no paró hasta convencerme. De hecho, ella fue la que te buscó en Facebook. Cuando te mandé el mensaje y la solicitud de amistad, te soy sincero, no pensé que contestarías. Pero resulta que aquí estás, ocho años después, lo que me parece estupendo, lo veo como una buena señal.
Sin darme cuenta, he cogido el fólder del escritorio y ahora lo sostengo entre las manos como si fuera una tabla de salvación. No sé qué hacer con él. Un sentimiento de pudor me impide regresarlo a la mesa.
¿Qué pasó con el violador?
Jorge Alcázar hace un gesto de amargura, una mueca de asco que anticipa la respuesta.
Con el escándalo mediático logramos que el eme pe que entró en tu lugar consignara el expediente por el delito de violación y violación equiparada, con el consabido discurso de Murrieta, ya en ese momento procurador, de que no había cabida para la impunidad, etcétera. El sujeto llegó a pisar la cárcel, pero su abogado promovió un amparo. Lo ganaron. Ya sabes, violaciones al debido proceso, pero realmente fue por influencias y presiones al juez. Propuse apelar, para entonces la familia de la víctima y la propia víctima ya no soportaban la humillación y desistieron.
Cuando termina de hablar, Jorge Alcázar ha envejecido diez años. La máscara con que me recibió se va agrietando poco a poco ante mí. Alcázar también ha aprendido a odiar a una abstracción.
Pero eso no es nada comparado con lo que les han hecho a los padres de estas pobres criaturas. Si en algún momento el pinche sistema que tú y yo conocemos tan bien tuvo oportunidad de probar que tenía un resquicio de decencia, fue al día siguiente del 5 de junio de 2009. Pero no lo hizo. Al contrario, demostró que puede ser mucho peor de lo que creíamos. Lee el expediente que te preparé. Léelo con cuidado. Mañana te espero a la misma hora y me das tu respuesta. Dudo mucho que vayas a rechazar mi oferta. En cuanto a lo económico, te pagaría el doble de lo que ganas ahora en esa empresa de seguridad.
Pinche Facebook, nada deja para el misterio.