49 cruces blancas
Capítulo 36
36
Esdrújula. La palabra esdrújula es esdrújula. Esdrújula es una palabra que me gusta, un tobogán que me lanza a su exquisita tonalidad. Esdrújula es el mejor ejemplo de palabra esdrújula y es divertida, me cago de la risa al pronunciarla. Busco palabras esdrújulas pero todas las que me vienen a la mente son agudas, como monopatín, locución, Orinoco. Un momento, Orinoco es grave y me provoca ganas de mear. Otra palabra aguda es dolor, aunque no lleva tilde. El dolor asoma como un pálido niño introvertido entre la orgía de palabras esdrújulas y me recuerda con timidez que está ahí. Decido ignorarlo. Pirómano es esdrújula. Charly Pérez Maza es un pirómano que incendió una guardería llena de palabras llanas. Al evocarlo, las palabras huyen como ratas por una alcantarilla. Soy Pepe el Tira, el protagonista del cuento de Bolaño «El policía de las ratas». No, no soy Pepe el Tira, carajo, soy Pepe…
Pitic, ¿estás despierto? Pitic.
Soy Pepe Pitic, José González, y en mi nombre no hay una sola palabra esdrújula.
Eh, Pitic, ¿me oyes?
Déjalo, amor. Ya escuchaste a la doctora, necesita descansar.
Abro los ojos. Frente a mí la cara ancha y deforme de un neandertal que me escudriña.
Ya abrió los ojos, dice la cara.
Esdrújula, contesto.
Una mujer gallina cacarea muy cerca de mí.
¿Qué dijo? Qué chistoso, son los efectos del Demerol, dice la mujer gallina y mueve las alas exageradamente mientras se pavonea por la habitación. Porque estoy en una habitación con unos seres extraños que me examinan como si fuera una palabra esdrújula, mierda, un animal disecado, quiero decir. Disecado es palabra grave.
Pitic, ¿me oyes?
Claro que te oigo, imbécil, no estoy sordo.
Esto, ¿lo he pensado o lo he dicho?
Está drogado, amor, no te lo tomes a mal.
Ya ves que los borrachos y los locos dicen la verdad.
Vamos a dejarlo descansar, anda.
¿Descansar? ¿De qué? Si llevo toda mi vida descansando. Hago conciencia de que estoy acostado en una cama e intento levantarme. Las manos del neandertal me presionan en el pecho y me impiden hacerlo.
Quieto, tigre, ¿a dónde vas?
Los rasgos del neandertal poco a poco se configuran en los de un humano del siglo XXI. A la mujer gallina le brota la cabeza de Dulce, la ruidosa amiga de la mujer de mi vida. ¿Quién es la mujer de mi vida? No puedo recordarlo. Tengo sed.
Agua, pronuncio despacio, como si fuera un río seco, el cauce del Río Colorado, arena y roca.
Pasa una eternidad condensada en una uña y una botellita de plástico se materializa frente a mí. El hombre me ayuda a incorporarme. Bebo tragos diminutos, tragos liliputienses, traguitos con los que jamás podré llenar el cauce del Río Colorado. Entonces reconozco al tipo que me ha traído el agua. Se llama Alcázar y es un hijo de puta. Bueno, creo, tal vez sea el hombre más bueno del mundo, no lo sé.
Por poco no la cuentas, me dice.
¿De qué habla? ¿Qué tendría que contar?
¿Alcázar?
Sí, Pitic, soy Jorge Alcázar, estoy con Dulce.
Hola, qué susto nos diste.
¿Dónde estoy?
En el hospital, dice Alcázar.
En el Licona, uno de los mejores, puntualiza Dulce.
Una tía de Mónica es enfermera aquí y a la muchacha no se le ocurrió otra cosa que traerte a este hospital, aclara Jorge.
Intento encontrar un hilo que me lleve al origen de mi presencia ahí. Pero mi memoria es un túnel oscuro alumbrado por una multitud de linternas zigzagueantes.
No recuerdas nada, ¿eh?, dice Alcázar. Te asaltaron, bueno, aparentemente te asaltaron, aunque no estoy tan seguro.
No entiendo.
Ayer, un individuo te atacó con un picahielos. Se llevó tu celular y tu cartera.
¿Y por qué me atacó? Se lo hubiera dado sin poner resistencia.
Eso creo yo también. Pero la policía sostiene que seguramente te negaste, forcejeaste y que por eso te hirió. Mónica te salvó, bueno, y su novio. El muchacho y ella han declarado a la policía que fueron al despacho a esa hora porque ella había olvidado el cargador del celular en la recepción, aunque yo creo que iban a otra cosa…
Jorge, por Dios, no seas mitotero.
Alcázar sonríe como un cura al contar un chiste blanco. Le devuelvo la sonrisa y siento una punzada en el estómago.
¿Te duele mucho?, pregunta Dulce solícita.
Algo.
Son los puntos, me dice.
Déjame terminar de contarte lo que pasó, interrumpe Alcázar. Según la versión de Mónica y su novio, llegaron y te vieron tirado en el piso y al asaltante con un arma en la mano a punto de clavártela, el muchacho parece que empezó a pitar y el agresor salió huyendo. Luego te subieron al carro y te trajeron aquí. ¿No recuerdas nada?
Me vienen flashazos de un carro y de la llegada a urgencias, una camilla, poco más.
Estás en shock, me explica Dulce. Habla muy despacio, como si yo fuera un niño. La doctora Fuentes nos advirtió que tardarías horas o tal vez días en recordar lo que te pasó.
No ofreciste resistencia al asalto, ¿verdad?, insiste Alcázar.
No sé, de veras que no me acuerdo.
Estoy seguro de que se trata de un mensajito de tu amigo Basave. El sujeto no pretendía asaltarte, quería dejarte fuera de circulación.
Ya, Jorge, bájale, por favor, no lo sabemos, no lo asustes, si de por sí… esta ciudad no es lo que era, ahora por un celular te matan, bien lo sabes.
De pronto, Dulce me parece una anciana mezquina, un poco tonta, atrapada en un miedo irracional.
Mira, Dulce, no creo en las coincidencias. A Pitic lo amenazaron, sabes cómo se las gastan, y ahora esto.
Mejor vamos a dejarlo descansar, zanja Dulce.
Tenemos que ir a votar aún, y luego a buscar a los gemelos, están con mis suegros, aclara Alcázar.
¿Hoy son las elecciones?
Así es, estamos a domingo primero de julio.
Una inmensa tristeza se apodera de mi estómago y se mezcla con las punzadas de la herida. Pienso que es patético estar en un hospital el día de las elecciones. Muevo el brazo izquierdo y descubro que mi mano está completamente vendada.
Voy a buscar a la doctora Fuentes para que te explique lo que tienes. Vámonos, Jorge, tiene que descansar, y mi madre está hecha una furia, ella tampoco ha votado aún.
Alcázar, resignado, se encoge de hombros y me promete que por la tarde se dará una vuelta para ver cómo sigo. Dulce me dice que intentará acompañar a su marido, aunque no cree que sea buena idea venir al hospital con los gemelos. Me da un beso en la mejilla y sale en busca de la doctora. Alcázar, solemne, me dice que cuento con él para lo que sea y que no me preocupe por los gastos, corren por cuenta del despacho. Me pregunta si pienso poner una denuncia cuando salga del hospital. ¿Para qué?, le digo. Parece mentira que seas abogado, me recrimina. Piénsalo, insiste antes de desaparecer.
Me quedo solo en una habitación blanca y espaciosa. Examino mi cuerpo como si fuera el de otro. El dolor comienza a hacerse más presente. Entra una mujer muy alta de cabello negro azabache recogido en un moño que la hace verse más alta. La bata blanca le imprime una delgadez extrema. Tiene cara de mono y una sonrisa postiza que acaba de sacar de alguna parte. Imagino que se trata de la doctora Fuentes. Me informa de mi estado: el picahielos no penetró en mi estómago hasta el mango porque interpuse la mano. El picahielos atravesó el pulpejo de la mano izquierda, entre la palma y el dedo pulgar, gracias a ello el acero penetró nada más unos siete centímetros. La herida de la mano es menor y sanará pronto. Tuvieron que abrir mi abdomen para asegurarse de que no hubiera una hemorragia interna por las características del objeto punzocortante. La había, pero lograron restañarla con éxito. Están suministrándome vía intravenosa un coctel de analgésicos, calmantes y antibióticos, por lo que es normal que me sienta mareado, adormecido y me cueste coordinar los pensamientos y el habla. No debo tratar de recordar lo que pasó, poco a poco irán llegando las imágenes del asalto. Si pasados unos días no sucede, es aconsejable que acuda con un psicólogo. Cree la doctora Fuentes que mañana mismo me podrán dar de alta, aunque me esperan muchos días de reposo y una dieta a base de líquidos y papillas. Me dice que la rapidez con que actuaron mis amigos me salvó la vida.
La doctora Fuentes da media vuelta y se marcha. Un poco antes alcanzo a ver cómo se quita la sonrisa postiza. Temo que se le pueda caer. Intento advertirle, pero mi boca no obedece a mis deseos y los párpados caen como persianas sobre mis ojos.
No son sueños los que tengo. Es como si frente a mí pasara una película montada con fragmentos de muchas otras películas. Fragmentos que no duran más de dos o tres segundos. Las imágenes se suceden en una cronología caótica. Algunas pertenecen a mi niñez, otras al pasado inmediato, otras a mi existencia en Tijuana. Mis padres, mi hermana, Cristina, Dulce, Alcázar, Paola, Raquel, Holmes, Sherlock surgen y desaparecen en un parpadeo. No hay contexto, ni siquiera el absurdo contexto de los sueños. Me despierta el dolor. Gimo y me retuerzo en la cama. Estiro el brazo, tanteo hasta dar con la perilla y llamo a una enfermera. Pasan unos minutos en los que solo puedo concentrarme en el dolor. No necesito explicarle nada a la enfermera. Me dice que va a incrementar la dosis del coctel que llega directamente a mi sangre para aliviarme, pero que debo ampliar mi resistencia al dolor, no es bueno tanto medicamento. Mentalmente la mando a la mierda pero le sonrío. Otra vez solo. Poco a poco mi cuerpo se relaja. Me resisto al sueño. No quiero entrar de nuevo en esa turbulencia onírica. El aire acondicionado apenas refresca el cuarto. Una pasta de sudor cuece mis testículos. Alguien toca a la puerta de la habitación, abre y asoma la cabeza. Yo conozco a esa mujer. Es muy hermosa.
¿Se puede?
Qué bella eres, susurro.
La mujer entra rompiendo la cara de preocupación con una sonrisa halagüeña.
Me avisó Dulce hace unas horas, espero que no te moleste, me dice.
¿Dulce conoce a esa mujer tan guapa de la que acabo de enamorarme?
Me contó lo que pasó. Ay, Pepe, qué susto.
Ella sabe mi nombre, en sus labios mi nombre suena como un kiwi. Se ha acercado a la cama y toma entre sus manos mi mano sana.
Si te soy sincera, no pensaba venir. La verdad, no quería volver a verte. Y menos después del mensaje que me enviaste. ¿De veras pensaste que yo…? En fin, que estaba muy preocupada, para qué negarlo, así que al final me decidí. No sé, quería comprobar que estuvieras bien. Sé que estuvo medio gacho que le pidiera a una amiga que te hablara para darte la información que necesitabas, pero es que estaba muy enojada contigo. ¿Pepe, me estás escuchando?
Dame un beso.
La bella mujer acerca su rostro y besa mi frente.
En la boca.
Estás loco.
¿Cristina?
Sí, tonto, soy Cristina, ¿pues quién pensabas que era?
¿Por qué no quieres besarme? Me lo he ganado.
¿Pero qué dices? ¿Qué es eso de que te lo has ganado?
Te he demostrado que soy mucho mejor de lo que pensabas.
Lo siento. No pensé que te hubiera lastimado tanto.
Todo el mundo creyó que eras una hija de la chingada que nos había traicionado. Yo no, yo sabía que no lo harías.
Tú también lo pensaste, ¿no te acuerdas del mensaje que me escribiste? Si no querías ayudarme, al menos hubieras cerrado el hocico… o algo así. Cristina suelta una carcajada. No te preocupes, yo también lo hubiera creído. Sé lo que piensan Jorge y Dulce de mí, pero a estas alturas no me importa.
¿Y lo que pienso yo de ti, te importa?
Creía que no, pero ya ves, aquí estoy.
Qué hermosa estás. Dame un beso.
Y dale, qué pesado con el beso. ¿Sabes hace cuántas horas que estás en ayunas? Te apesta la boca, Pepe. ¿Ellos te hicieron esto?
¿Quiénes ellos?
Pues ellos.
No logro acordarme de nada. Parece que fue un asalto, aunque Alcázar dice que no cree en las coincidencias.
Alcázar ve demasiadas películas.
Alcázar es un pendejo.
En eso estamos de acuerdo.
Pero lo que está haciendo con el asunto de la guardería está muy chingón. Sin él, todos esos padres no tendrían nada, nada, absolutamente nada.
Tú mejor que nadie sabes que de todas formas no van a conseguir nada.
Pero Alcázar les da un motivo para seguir adelante, les da dignidad, sin eso, solo tendrían el dolor y la culpa.
¿Por eso lo estás ayudando?
No sé, supongo.
Cristina se sienta en la cama, se recarga en la cabecera y posa sus dedos largos, delgados, de porcelana, en mi cabeza. Luego los desliza entre mi cabello con un movimiento rítmico y delicado.
No te deseo ningún mal, Pepe, en serio, todo lo contrario, ojalá encuentres lo que estás buscando.
No quiero que se detenga. Sus yemas recorriendo mi cráneo con ese vaivén cadencioso es lo más placentero que he sentido en mucho tiempo.