49 cruces blancas
Capítulo 13
13
Desde las vallas que impiden el paso a la guardería, los niños sonríen. Fotos castigadas por el sol, opacas, marchitas, dispuestas a lo largo de la calle como si fueran espectadoras de un desfile. Bocas chimuelas, ojos lúdicos, mejillas rozagantes, ceños fruncidos, miradas reflexivas, pícaras, sorprendidas por la cámara que captó el momento en una piñata o en la sala de su casa, un día cualquiera en el que fueron inmortalizados sin saber que terminarían ahí, en la fachada de una guardería en ruinas.
Una lona azul cubre el hueco que abrió una pick up después de que su dueño, en reversa, la estrellara varias veces contra el muro para improvisar una salida: las de emergencia, de metal, estrechas, se encontraban cerradas bajo llave e incandescentes. El conductor fue proclamado héroe de la guardería. El senador Beltrones le donó una Silverado del año a causa de su iniciativa, que al menos salvó la vida de cien niños. Multitud de notas de prensa dieron cuenta del regalo. Algunas de ellas me parecieron repugnantes por la forma en que alaban al político. El héroe de la pick up recibió una atención desmedida de los reporteros. Abrumado, terminó por no dar más entrevistas. En cada una revivía el instante en que la pared, poco a poco, cedió a sus embates y reveló lo que escondía la estancia infantil en sus entrañas. El héroe de la pick up optó por el silencio. Con el tiempo fue olvidado. Su hijo, nacido cinco días después del incendio, se llama Ángel porque así le decían las personas que lo paraban por la calle para agradecerle su determinación. Eres un ángel, proclamaban, como si Dios hubiera tenido algo que ver.
En la esquina con la calle De los Ferrocarrileros, cuarenta y nueve cruces blancas con los nombres de los niños en negro y algunos modestos arreglos florales rodean un improvisado altar. En unos días más, la marcha conmemorativa por el tercer aniversario partirá de ese lugar. Las cruces blancas, dispuestas en un estricto orden, y las fotografías de los pequeños tienen el efecto de poblar de voces el entorno. Voces anteriores al incendio que componían el murmullo fresco que suele brotar de los lugares en donde se concentran muchos niños. En ese momento adquiero plena conciencia de lo que esconde esa geometría mortuoria. Hasta entonces, todo el asunto lo he vivido desde un plano estadístico: cifras, datos, fechas, estrategias judiciales, proclamas. En cuanto a la condición de Paola, viva, presente en esa primavera de 2012, aunque atroz, es exclusiva, única para mí. Pero el ejército de cruces blancas alineadas con una perfección desquiciante, nominales, perpetuas, estáticas, silentes, acaba en un segundo con las matemáticas, como si el sufrimiento hubiera dejado de ser un dato para convertirse en un padecimiento en su estado más puro, comprometiendo mi conciencia. Se me empañan los ojos. Me siento avergonzado. Puede haber testigos de mi debilidad al acecho. Trabajadores rudos de la gasolinera, la llantera o el taller mecánico en la esquina opuesta a la bodega. Tipos de manos callosas y lengua sucia que me niegan un dolor al que tal vez no tengo derecho.
Doy vuelta a la izquierda y me adentro por la calle De los Ferrocarrileros. La bodega de Hacienda está cercada por una malla ciclónica que clausura el acceso al almacén. Una cinta amarilla con la leyenda PGR CRIMINALÍSTICA cuelga a lo largo del cerco como si hubiera sido olvidada por alguien que tenía mucha prisa por largarse y no volver. Más allá de la cinta, árboles sedientos, maleza seca, y una boca negra y ennegrecida por el hollín, atravesada por unos alambres de acero con unos pequeños letreros prohibiendo el paso. Ese es el lugar de los hechos, la escena del crimen contaminada una y otra vez durante casi tres años. Sobre la acera de enfrente se sucede una serie de casas. Me atrae una de fachada verde limón salpicada de arcos escarzanos. Sus inquilinos, por la ubicación, tienen una vista perfecta del trajín de la bodega. Atravieso la calle y con la punta de la llave del Atos toco en la puerta de hierro forjado como si estuviera mandando un telegrama. La cochera está vacía. No hay nadie. Después de cinco minutos, desisto.
En este país en el que nadie ve ni escucha nada, ningún vecino me proporcionará un indicio de lo que busco: un vehículo de lujo, probablemente una camioneta, conducida por el chofer de un funcionario que entró y salió de la bodega en los días previos al incendio. Es absurdo. Maldigo al exempleado. Siempre me queda el recurso de apretarle las tuercas al viejo. Cuando se lo insinué a Alcázar, este fue tajante: Arturo Pacheco también es una víctima, no vamos a revictimizarlo escudados en que el fin justifica los medios. No nos convertiremos en los monstruos a los que perseguimos. ¿Es eso posible? La ética de Alcázar pone en entredicho mis capacidades. Mi formación en la Procuraduría pasa por la tortura, la coacción y el chantaje. Fuera del sistema ya, enfrentado a este, sería razonable pensar en utilizar sus mismas armas. Pero no hay forma de que Alcázar lo entienda. Así que estoy parado en medio de la calle De los Ferrocarrileros tras los pasos de una sombra.
Decido regresar más tarde, a esa hora de la mañana difícilmente encontraré a un posible testigo. Vuelvo a la calle De los Mecánicos. Voy a abordar el Atos cuando una corazonada —qué seríamos sin ellas—, me lleva al taller mecánico de la esquina.
Un muchacho de no más de veinte años, con aspecto de haberse revolcado con un pulpo gigante, surge de las profundidades del motor de un Cavalier. Es fibroso, duro, acholado. Lleva en la frente el sello de quienes han pasado una temporada en la cárcel. Me observa con un gesto de repulsión que no tiene que ver conmigo, sino con los misterios mecánicos del auto. Me espeta un qué se le ofrece como una invitación a esfumarme. En el taller la temperatura pone a prueba los nervios de cualquiera. Le explico el motivo de mi visita. El muchacho me contempla como si fuera un chiste, se encoge de hombros, me dice que es nuevo ahí, me señala a un hombre al fondo del local y se sumerge otra vez en el motor.
El hombre se encuentra ordenando una serie de herramientas incomprensibles en un tablero colgado en la pared. De espaldas, los anchos hombros desmienten su cabello gris, cortado al rape. Al darse la vuelta, un rostro cuadrado lleno de pequeñas arrugas ennegrecidas de aceite me encara sereno. Se trata de un hombre mayor, aunque su cuerpo no se haya enterado de ello. Las manos, enormes, se apoyan en el canto de una tosca mesa de madera. Me identifico y le explico lo que busco. Con un trapo sucio que extrae del bolsillo trasero se limpia las manos. Su tamaño, su violencia estática, la historia que esconden entre los dedos grandes y acerados, hacen que me avergüence de mis manos de picapleitos.
Francisco Gutiérrez, para servirle, y me tiende una de sus extremidades rocosas, la derecha. Su textura es aún más monumental que su apariencia. ¡Qué triste caso! Fíjese que no me tocó, a esa hora había salido a comprar unas piezas. Estaba solo mi ayudante, no ese, ese es nuevo, otro que ya se fue. Él sí arrimó el hombro en el incendio, como todos los de por aquí. Si me apura, por eso renunció, en una de esas no aguantaba ver todos los días la guardería quemada. Yo no tengo más remedio, soy el dueño del taller y de esto le doy de comer a mi familia. Pero si pudiera, fíjese que sí me iba a otra parte. No vea cómo se me estruja el corazón cada que la miro. Que andan buscando justicia, dice. Más que eso van a necesitar los padres de esas criaturas. ¡Justicia! ¡En este país! No me haga reír.
Sé qué es difícil de creer, don Francisco, pero si usted nos ayuda y otros más, pues tal vez… Haga memoria, no creo que llegaran muchos carros de lujo a la bodega.
Si no necesito hacer memoria, fíjese. Pero quién lo iba a decir, ¿verdad?
¿A qué se refiere?
Aunque ahora que lo pienso, sí tenía facha así como de guarura, no tanto de un chofer normalito, no sé si me explico.
¿De quién habla?
Pues del compa que conducía el camionetón negro. Y déjeme decirle que no anda desencaminado; si no me falla la memoria, empezó a venir unos días antes del incendio. Al principio no le di bola, pero un día se dejó venir con todo y carro, que dizque se jaloneaba cuando le pisaba a fondo y su jefe era muy maniático con esas cosas. Lo revisé, traía un problema en la bomba de la gasolina. Ya ve que cuando fallan el motor pierde fuerza…
¿No recuerda si le dijo su nombre, dónde trabajaba?
Pues el nombre… ahí sí le voy a quedar mal. Pero me acuerdo perfectamente del carro, en eso mi memoria no falla. Ya son treinta años entre motores; y como dice usted, pues no caen por aquí muchos de esos. Ya ve que esta es una colonia de gente medio amolada, pura carcacha. Pero a una Navigator, pues no todos los días le echamos el diente, ¿verdad?
¿Una Navigator negra? ¿Qué modelo?
Así es, licenciado; ha de haber sido 2005 o 2006, con molduras y parrilla cromadas. Motor V8, tres válvulas por cilindro…
El dueño del taller extravía los ojos en el recuento y parece próximo a tener un orgasmo. Saco una pequeña libreta y una pluma y anoto el galimatías mecánico. De pronto, don Francisco guarda silencio.
¿No recuerda nada más? ¿Algo del chofer?
Pues como bien dice usted, licenciado, se me hace que trabajaba para el gobierno. Tenía esa facha al menos, ya sabe, como de madrina, ya me entiende.
Sé a qué se refiere el mecánico, los conozco bien. Me los crucé muchas veces en la Procuraduría. Satélites de los políticos, no tienen nombre ni ocupación. Lo mismo acarrean votos en unas elecciones que amenazan o compran a un periodista, acuden a recoger a la escuela al hijo del jefe o le consiguen coca, putas o mayates, según los gustos. Viven en los intersticios del sistema y hacen el trabajo sucio. La mayoría son expolicías o exmilitares reciclados. No aparecen en la nómina o lo hacen en puestos anodinos. Su principal pago es la impunidad otorgada por su ambiguo estatus, la cual les permite desarrollar actividades paralelas. Su patente de corso expira cuando el jefe cae en desgracia, hasta que reaparecen gravitando alrededor de otro político.
¿No se acuerda de cómo era, don Francisco, qué aspecto tenía?
Era muy moreno, casi negro, grandote, tipo clóset aunque fondón, gordo pues. Lo que sí me acuerdo es que al otro día del incendio lo vi salir de la bodega con algo en las manos, como una caja, unos documentos o algo así. Lo acompañaba un cuate.
¿Está seguro? ¿Al día siguiente del incendio?
Claro que estoy seguro, se subieron a la Navigator y se largaron quemando llanta; ya no lo he vuelto a ver.
¿No se quedó con el número de placa?
¿Qué pasó, licenciado? Soy gente de paz, no me ando metiendo en lo que no me llaman.
Y está siendo de gran ayuda, señor, no sabe cuánto se lo agradecen los padres…
Una cosa sí le digo, y me va a disculpar usted y esa pobre gente, pero yo a la autoridad no pienso decirle nada de esto, por si se le ocurre mandármelos. Yo no vi nada, no sé nada.
Lo entiendo.
No estés jodiendo, Calacas.
El grito viene de la entrada del taller. El ayudante, junto al Cavalier destripado, encara a un sujeto en andrajos con un morral de ixtle a la espalda en el que guarda pedazos de cable y latas de aluminio. Encorvado ligeramente, con la mano libre sujeta la parte derecha de su vientre como si la protegiera del mundo. El pelo enmarañado ha perdido brillo y la ropa amenaza con desprenderse del cuerpo para dar paso a una desnudez sucia, famélica.
Ya te dije que no traigo un quinto, sácate a la chingada y deja chambear.
Ey, Calacas, ven, acércate, quiero presentarte a un licenciado muy importante, dice el dueño del taller mientras agita su manaza en el aire.
El sujeto arrastra su cuerpo hacia nosotros. Al caminar, se encorva aún más y aprieta con determinación el vientre. Con la difusa mirada del cristal recorre mi estampa de arriba abajo y abre la boca. Los pocos dientes que sobreviven parecen invitados de piedra.
Présteme cincuenta bolas, licenciado, luego le pago.
Le presento al Calacas, héroe de la guardería, dice con una solemnidad socarrona don Francisco. Hasta salió en la tele, ¿no es cierto, Calacas?
Tele mis huevos, hijos de la chingada. Qué onda, patrón, ¿no tiene para la botana?
¿Para la botana? ¿No será para la cura?
Errático y nervioso, el Calacas es un manojo de tics. A cada instante observa por encima del hombro hacia la calle.
¿No los ha visto, jefe?
¿A quiénes, Calacas?
Pues a los chotas hijos de su puta madre que me la tienen jurada.
Cuida esa boca, que estamos con gente decente.
¿No tiene cincuenta bolas, licenciado? Es para la medicina de mi hermana.
No metas a tu hermana en esto, desgraciado, que bastante tiene con aguantarte.
Me corrió de la casa la cabrona; patrón, présteme para la botana, ándele.
Toma, Calacas, pero quiero ver que te compres uno tacos en la esquina. De aquí te voy a estar checando.
Don Francisco extrae una cartera grasienta del bolsillo del pantalón y le tiende un billete de cincuenta pesos.
No tiene una lanita que me preste, licenciado, vuelve a pedirme antes de que don Francisco, con un gesto, le indique que se ha terminado la charla y que se marche.
Vemos en silencio cómo sale el Calacas del taller y toma en dirección contraria a la taquería. Ahora renquea como si la pierna derecha hubiera dejado de responder a las órdenes de su cerebro.
Cualquier día amanece muerto el desgraciado, murmura don Francisco.
¿Por qué dijo que era un héroe de la guardería?
¿No conoce la historia del Calacas, licenciado?
Niego dispuesto a escucharla, intuyo que don Francisco quiere contármela.