49 cruces blancas
Capítulo 5
5
Con el fólder bajo el brazo, me encamino al café Elvira, en el mercado municipal. Sus burritos de machaca y carne con chile colorado han despertado en mí una querencia olvidada. El reloj marca las diez de la mañana. La ciudad es barrida por los vientos que la recién finalizada Semana Santa, como cada año, convoca. Rachas violentas y remolinos que forman espirales de tierra y basura estremecen los árboles del bulevar Hidalgo. Dejo atrás el edificio del Ayuntamiento. Atravieso Rosales. Casi me atropellan. Algún funcionario ha tenido la ocurrencia de convertirla en una avenida de un solo sentido, de norte a sur. Luego cruzo Pino Suárez y me sumerjo en el bullicio cumbianchero del centro, congestionado de autobuses de línea destartalados, camiones de reparto, automóviles, paseantes. Los ruidos apagados de la colonia Centenario, al cruzar esa frontera imaginaria, explotan en un concierto de voces mercachifles y música estridente.
El café Elvira, ubicado en el pasillo oriente del mercado, consiste en un corredor con sendas barras de azulejos a los costados y unos pequeños bancos. Permanece exactamente igual a como lo recordaba, a como es desde 1936, año de su fundación. Tengo la sensación de que están los mismos parroquianos de la última vez que puse un pie ahí, ocho años atrás, atornillados a los bancos con el café en una mano, el periódico El Imparcial extendido sobre la barra y un plato con un par de burritos a un lado.
Encuentro un banco desocupado, dejo el fólder sobre la barra y pido un café con leche y un burro de machaca. La leche y el café entran en colisión en una taza Art Déco de porcelana y el aroma a combate termina por asentarme en el pasado.
No le mentí a Alcázar. Llevaba cinco años en Tijuana cuando la noticia del incendio que arrasó con una guardería en Hermosillo ocupó las portadas de los periódicos y los encabezados de los noticieros de radio y televisión. La palabra tragedia se multiplicó por esos días y los números horrorizaron al mundo entero. Recuerdo que la indignación no pasó de un ímpetu momentáneo que fue apagándose cuando la maquinaria echó a andar la trituradora del silencio: comisiones investigadoras, fiscalías especiales, diputados, senadores, altos funcionarios, ministros de la corte gesticulantes que se meaban y cagaban en los cuarenta y nueve niños muertos. Seguí la noticia con la misma indiferencia que si el hecho hubiera ocurrido en Afganistán. En ese momento todo lo que oliera a Hermosillo, a Sonora, me quemaba las entrañas en un incendio personal, mezquino, intransferible. Me alegré de que el delfín del gobernador Bours, Alfonso Elías, perdiera las elecciones frente a su primo Guillermo Padrés a causa del incendio en la estancia. Una alegría amarga, pueril, intrascendente, a tenor de los resultados postreros. Durante los siguientes años surgían de repente noticias relacionadas con el incendio, cada vez más escondidas, más enterradas bajo la guerra contra el crimen organizado iniciada por el presidente Calderón. ¿Cómo podían competir cuarenta y nueve chiquillos calcinados en una guardería con fosas de centenares de sujetos torturados y batallas campales en las calles de Monterrey, Ciudad Juárez, Morelia, Reynosa, Torreón, Culiacán, Veracruz, Acapulco? La letra zeta se convirtió en el ogro imprescindible.
La machaca del café Elvira golpea mi paladar. Siento una descarga de sabores lujuriosos. La textura de la tortilla de harina me conmueve tanto que hago a un lado el plato para contener la emoción. La señora que me ha atendido, tal vez nieta de doña Elvira, me contempla de reojo del otro lado de la barra con una sonrisa socarrona.
Cómo la ve, joven, no hay mejor machaca que la nuestra, ¿verdad?
Asiento en silencio. La señora se ocupa con un cliente y yo, por hacer algo, abro el fólder. El primer documento es la copia del peritaje técnico de un tal David Smith, director de Associated Fire Consultants Incorporated, con sede en Tucson, Arizona. Trato de concentrarme en la lectura, es imposible. Los ruidos del mercado hacen que las letras bailen ante mis ojos. Los significados de las elaboradas frases llenas de tecnicismos se pierden entre las voces que me rodean.
Disculpa, hace rato que te estoy mirando, ¿no eres José… este… José… González, creo? ¿No estudiaste derecho en la Unison a mediados de los noventa?
Un sujeto con un sombrero Panamá, rostro cacarizo en forma de piña y unos ojos mortecinos, peligrosos, se me ha acercado por la espalda. Cierro el fólder de un golpe y me pongo en pie.
¿Nos conocemos?
Sí eres, ¿verdad? Claro que nos conocemos, llevamos juntos varias materias. Soy…
Dice un nombre que no quiero ni puedo retener. Lucho contra mi memoria adiestrada para el olvido tratando de ubicar al tipo en algún salón de clase de aquella época; acostumbraba a convivir más con los alumnos de letras que con los de derecho.
Estás igualito, compa. ¿De veras no me recuerdas?
Sí, sí, como que me voy acordando, miento.
Eras novio del cuerazo de Cristina, ¿verdad? Luego supe que se separaron. Por cierto, lo siento.
¿Qué es lo que sientes?
Lo de Cristina.
¿Le pasó algo?
¿No lo sabes? Hace unos meses se volvió a casar con un funcionario del gobierno, un subsecretario de Hacienda o algo así. Veo que no estabas enterado.
Trato de controlar la paranoia. El cabeza de piña este no se trata de ningún agente enviado por el gobierno para espiarme. Parece sincero. El café Elvira siempre ha sido frecuentado por abogados y politiquillos, no tiene nada de extraño que me haya topado con un compañero de generación. De todas formas, sigo sin recordarlo, así que pretexto un compromiso urgente, pago de prisa la cuenta y me despido con vagas promesas de rencontrarnos.
Escucha, José, solo quiero decirte que estuvo muy gacho lo que te hicieron en la Procu.
Pronuncio un gracias sumiso, inaudible, y salgo de ahí casi corriendo.
Enfilo la Serdán hacia el poniente buscando la sombra de los edificios. La temperatura aún no alcanza su celebridad, pero esa mañana de abril ya ronda los treinta y cinco grados. Después de ocho años en el clima mediterráneo de Tijuana, la lujuria del sol del desierto me chupa las entrañas. Los viandantes desafían los rayos con la carne expuesta sin complejos, sobre todo las mujeres: carne joven y vieja, tersa y arrugada, bruñida o transparente, pieles luminosas contenidas en breves shorts, minifaldas y blusas ombligueras.
Ay, Cristina, falsa, pérfida, anhelada Cristina. ¡Un subsecretario de Hacienda panista! Me la imagino copetuda, rellena de toxinas botulínicas y silicón. Muñeca inflable de nariz respingona, cabello dorado, tetas y culo opulentos, asomada al mundo desde la altura de una Suburban o una Hummer, inmune al sudor de una ciudad que parece desmoronarse. Ay, Cristina, ¿cuántas veces podemos traicionarnos?
Giro a la izquierda en Pino Suárez rumbo al hotel. Cambio de brazo el fólder, los dedos han dejado un rastro de sudor en la superficie de la carpeta como el zarpazo de un oso. Tengo ganas de encerrarme en la habitación, prender el aire acondicionado, ruidoso y tartamudo, y estudiar el expediente que me ha preparado Jorge Alcázar. De cualquier forma rechazaré la propuesta: los fantasmas de esta ciudad me acechan desde todos sus rincones.