49 cruces blancas
Capítulo 35
35
Con el estómago a rebosar de unos tacos de diezmillo que me supieron a diezmillo, a pesar de la presunción de don Miguel, emprendo el regreso al despacho. La noche está caliente y sebosa. A causa del bochorno bebí más cervezas de las previstas. Pero no siento los efectos del alcohol, lo he transpirado antes de que llegue al cerebro. Una modorra alegre impulsa al Atos por las calles de una ciudad entregada a los rituales del sábado, como cualquier ciudad del mundo. Conduzco despacio, relajado, mientras las imágenes de la carne asada atraviesan fugazmente las avenidas y bulevares que, a medida que se acercan al centro, se animan con las promesas de la noche. Intento encontrarles un significado. A las imágenes, no a las promesas. El beso fallido se cuela insistente en mi cerebro. ¿En dónde nos sitúa? Es irremediable, soy un cómplice. No lameré su piel ni beberé de su sexo ni entraré en ella. Trato de entender por qué, a la distancia, me asalta, como ahora, este deseo, pero hace un par de horas, cuando la tenía contra el cerco y su lengua se deslizó como un pan caliente en mi boca, lo único que supe (o quise, ya no sé) fue consolarla. No soy un tipo duro. Me queda claro que si en este momento Raquel no está a mi lado camino a la habitación del despacho o a algún motel de paso para coger como adolescentes en celo, ya no sucederá más adelante. Ese no beso selló una especie de pacto fraternal cancelando cualquier otra posibilidad. Al momento de abrazarla en el rincón del patio de la casa de sus padres, la piel quemada de Paola, sus ojos rompiendo el silencio, su mutismo inquebrantable, se deslizaron entre la mujer y yo como la foto del marido en la alcoba de una amante. Después del beso Raquel no se separó de mí. Fui conociendo a la caterva de mujeres del clan, incluida su madre, severa y hostil como una madre superiora, mientras evitábamos al hermano borracho que, al cabo de media hora, terminó por desaparecer en el interior de la casa. En una de las ocasiones en que fui al baño me lo encontré tirado en un sillón, dormitando, con la tele prendida en un noticiero deportivo. Nadie más hizo mención del incendio de la guardería ni de Alcázar ni del proceso. No recuerdo de qué hablamos. La sombra de Paola planeó sobre nosotros todo el tiempo hasta que el sueño la fue venciendo. Cuando Raquel se la llevó a dormir a su antiguo cuarto, decidí largarme. Raquel, sin ningún ímpetu, insistió en que me quedara. Pero estaba cansado, la tensión de esa cotidianidad sostenida en alfileres me resultó agotadora.
Ya es medianoche. La calle del despacho, vacía, acalla los ruidos de la ciudad con su ominoso silencio. Dos farolas están fundidas. Una más tiembla, se apaga y se enciende con un parpadeo frenético y un zumbido de insecto quemado. El resto brillan opacas, pintando la oscuridad de fulgores insignificantes. Esta es una ciudad mal iluminada. Los pocos transeúntes nocturnos suelen ser sombras escurridizas. Estaciono frente a la entrada del despacho, cierro el Atos y busco en el llavero la llave de la puerta principal. Apenas me separo un par de metros del coche cuando lo veo. Más bien se trata de un presentimiento. No puedo precisar si es joven o viejo, lleva puesta sobre su cabeza la capucha de una sudadera oscura. ¿Con este calor? Entiendo que ha atravesado la calle justo a mi altura, no hay azar en ello. Sin embargo, no reacciono como debería. No me pongo alerta, no busco una salida de emergencia, no prendo las alarmas, no apresuro mi entrada al despacho, no echo a correr, no grito, no me alejo. Y no sé por qué. Simplemente espero a que pase a mi lado, con la esperanza de que pase a mi lado sin mediar palabra. Con la idea de que en esta calle, en esta ciudad, no hay lugar para un hombre encapuchado que cruza la calle y se dirige a mí. ¿Es estúpida mi reacción? Sí, pero es la reacción de la mayoría de la gente. Miedo al ridículo, tal vez. Miedo a nuestra propia cobardía, supongo, a sentirse un imbécil si lo único que busca es lumbre o la hora o una dirección. Pero no, nada de eso. Ya está a menos de tres metros y saca la mano derecha del bolsillo de la sudadera exhibiendo de manera discreta un picahielos cuya punta ha de medir unos quince centímetros. Cualquier sujeto que ha pasado por la cárcel sabe que es mucho más efectivo que un cuchillo o una navaja. Se desliza en cualquier parte del cuerpo sin mayor esfuerzo y lastima los órganos vitales provocando hemorragias internas. No me amenaza con el picahielos, solo me lo muestra. No tiembla, no hay ansiedad en su voz o en sus gestos. No se trata de un drogadicto con el síndrome de abstinencia. Parece un profesional. El timbre lo delata. No ha cumplido el cuarto de siglo, me parece. Me exige el celular, la cartera, el reloj. Trato de guardar la calma. Hay una parte de mí que se irrita por el hecho de que no necesite más que enseñarme el arma sin siquiera amagarme con ella. Hay otra parte de mí, mucho más razonable, que me obliga a obedecer al asaltante. Muy despacio saco el celular del bolsillo del pantalón. Vaya chasco: una baratija de doscientos pesos. No uso reloj, le digo. En la cartera llevo unos seiscientos pesos, la credencial y la licencia de conducir, vencida. Cuando el sujeto termina de guardar mi cartera en su bolsillo trasero, observo de reojo cómo crispa los dedos en torno al mango del picahielos y su brazo se retrae, tenso, en un ángulo de noventa grados. Todo pasa muy rápido. Lanza la estocada al tiempo que doy un paso atrás y llevo mis manos al estómago, al punto hacia donde se dirige el acero. Una descarga eléctrica atraviesa mi cuerpo. Incrédulo, caigo de nalgas al piso. La electricidad se ha convertido en una barra de hierro candente que palpita en mis entrañas y en una de mis manos, no sé en cuál. Desde el suelo, no pierdo de vista al agresor. Ha levantado el picahielos por encima de su cabeza. El siguiente golpe, pienso, irá dirigido al cuello, al rostro, al cráneo… aunque no es un pensamiento como tal, definido y preciso, sino una certeza que parpadea en mi cerebro como una luz en el corazón de un bosque. Me cubro la cara con los antebrazos y ruedo por el piso. El dolor es más una presencia discreta que una realidad. Mi movimiento obliga al agresor a buscar un nuevo ángulo de ataque. He quedado con la espalda totalmente expuesta. En cuestión de un segundo, el acero penetrará mi carne, por ejemplo, a medio centímetro de la espina dorsal, y me quedaré paralítico. Pero antes, las luces de un auto iluminan la escena, nos ciegan, y un claxon irrumpe en la noche como la sirena de una fábrica. El atacante duda si terminar la faena o huir, retratado por el blanco resplandor de los focos como una fotografía de Robert Capa. Unos pasos ligeros retumban en el asfalto, un código Morse que taladra mi oído, pegado al suelo. Se alejan. No me muevo. No me quiero mover. El dolor ya no es esa presencia discreta, lo inunda todo. Unas voces alteradas, inconexas, jadeantes, llegan a mí como si estuvieran debajo del agua. Una es la de un muchacho. La otra, la de una mujer joven, familiar, cercana, constante.
¿Mónica?