49 cruces blancas

Imanol Caneyada · Capítulo 30 de 42

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49 cruces blancas

Capítulo 29

29

En los espejos de La Habana los cuerpos desnudos de las bailarinas multiplican sus contorsiones. Matemática de la mercadotecnia. Es mi tercera noche de espectador pasivo. Más por el mismo precio. Observo, me muevo, respiro con tiento. Nadie que busca cadáveres en el clóset es bienvenido en un club como La Habana. Hace tres años que el chofer y el hombre con dos letras tatuadas en el cuello frecuentaban el club. ¿Qué posibilidades hay de que el tal Felipe, el hombre marcado, siga haciéndolo? Las chicas rotan de un téibol a otro en la misma ciudad o fuera de ella. La frontera es su paraíso. Van y vienen, descienden de círculo a medida que su cuerpo se marchita y un buen día desaparecen, como los dinosaurios, aunque sin ningún misterio. He descartado a las más jóvenes, algunas menores de edad. Tengo dos candidatas que por la familiaridad con que tratan a los clientes y a los empleados del local, parecen llevar mucho tiempo en La Habana. Una de ellas es morena, alta, musculosa, malhumorada, de pelo crespo y manos hombrunas. Podría pasar por un travesti. En el tubo su cuerpo desafía toda lógica, toda certidumbre. La he oído charlar con algún cliente cercano: su acento me dice que viene de algún país centroamericano. La otra es pálida más que blanca, unas venas azules ribetean sus tetas grandes y caídas de pezones rosas. El pelo, rubio albino; dientes de conejo, nariz respingona y unos ojos azul metálico, casi invidentes, perniciosos. En el pole dance es de las que menos gracia tiene, si no es porque sus pechos son más grandes que su cuerpo pequeño y rechoncho. Pero en el alterne con los parroquianos embauca, seduce, hechiza con esa retórica porteña desenfadada y refranera: es argentina. Tal vez por eso encamina más hombres que ninguna otra chica hacia los privados. La verdad es que la morenaza me intimida. Elijo a la petisa blanca como la leche y culo caído, ruidosa como una murga porteña.

En la tercera noche de mi estudio de campo, la llamo a mi lado. Ella desparrama las tetas sobre la mesa ciñendo los brazos a la altura del diafragma. Un gesto que he visto hacer a casi todas las chicas de La Habana. Una carta de presentación. Desciendo la mirada para contemplar esa carne traslúcida, algo estriada: ha de rondar los treinta y cinco años.

Vos sos nuevo por acá, no te había visto.

No soy de Hermosillo, estoy de paso. ¿Qué te tomas?

La mujer levanta la mano con autoridad hacia una mesera y vocaliza «lo de siempre»: agua mineral pintada que me cobrarán como si fuera whisky de malta.

¿De dónde sos?

¿Cómo dices?

¿De dónde venís? Decís que no sos de la ciudad.

Ah, sí, de Tijuana. Estoy aquí por trabajo.

¿Tijuana? Bárbara esa ciudad. Estuve el año pasado allá laburando.

¡No me digas!

Y sí. En dólares pagaban los pelotudos, mucha guita, mirá. Pero se armaba cada quilombo. Preferí volverme, acá todo es más tranquilo.

Así que antes de ir para Tijuana ya trabajabas aquí, en La Habana.

No sos cana, ¿verdad? No es cierto, no es cierto. Mirá la cara de pelotudo que se te puso.

¿Cana?

Policía, ¿cómo le decís aquí? Chota, sí.

No, claro que no.

¿Tomás algo?

Sí, otra cerveza.

Probá algo más fuerte, che, algo que te prenda, un vodka tonic, qué sé yo.

La mujer acaricia mi antebrazo, me sonríe distraída mientras pasa la mirada por otras mesas. Busca clientes más rentables, este pazguato no le hará la noche. Quiero hablar, sostener una conversación amigable como si fuéramos dos conocidos que se encuentran en un bar. Una fantasía que no paga la renta. No tardo en preguntarle si es argentina (obvio, boludo), cómo llegó a México, por qué trabaja en un antro como ese. La chica detesta los interrogatorios. La noche ha estado floja. Pocos bailes privados, ninguna escapada. El turno se acaba.

¿Cómo te llamas?

Celeste, ¿y vos?

Jorge Alcázar.

Ambos mentimos mal, atrozmente.

¿Qué te parece si me pido ese vodka tonic y nos vamos a uno de los privados para que me bailes, che?

La broma imbécil de hablar como argentino se me deshace en la boca. Pero de pronto tengo la atención de Celeste.

¡Bárbaro!

De la mano de la bailarina recorro el jardín de cuerpos semidesnudos y clientes honrados, entusiastas, un corifeo de penes enhiestos que cantan los ditirambos más tristes: puedo coger contigo esta noche, coger, por ejemplo, contigo esta noche. Una cortina sucia, roja y de terciopelo, esconde sus zurcidos en la penumbra violeta del antro. Un sillón inseminado. Todo a media luz, como en el tango, y más espejos. Celeste en bikini de lentejuelas, plata sobre negro, se contorsiona frente a mí al ritmo de la música. Hay en su rostro una lucha constante entre el hastío más infinito y la sensualidad más burocrática del universo. Se quita la parte de arriba del bikini y saltan las tetas grandes, traslúcidas, de pezones rosas, que oscilan a escasos centímetros de mi boca. Se ha puesto a horcajadas y restriega la pelvis sobre mis muslos mientras los senos cachetean mi cara. Me da la espalda, respinga la cadera y la mueve de arriba abajo como si quisiera martillar mi pene a golpe de culo. Tengo una erección que me impide pensar, encontrar las frases que me conduzcan al verdadero objetivo: Felipe, tatuado en el cuello con dos letras. Toda mi energía se ha convertido en un temblor en la piel. Quiero entrar en esa mujer, penetrar a Mónica, Raquel, Cristina, penetrarme. Celeste se da cuenta. Me dice una tarifa, no incluye el hotel. Esperá, me pongo cualquier cosa y nos vamos.

Se ríe del Atos Celeste, qué auto tan petiso. Las opciones se reducen a un motel de paso, muy cerca de ahí.

Esa noche los espejos me persiguen como en una pesadilla. El cuarto los tiene en el techo, en las paredes, giran en torno a una cama King Size en la que debemos hacer todo tipo de proezas. Nos observamos haciéndolas, multiplicándonos en el tiempo y en el espacio para poder engañar al instante en que estallo, tan efímero, tan poca cosa después de todo. Alguna vez leí en un artículo que la brevedad del orgasmo protege al corazón. De no ser así, moriríamos de un infarto. Es como cerrar los ojos cuando estornudamos, se supone que nuestros globos oculares saldrían disparados de no hacerlo. En uno de los espejos veo la cara de decepción de Celeste, a gatas sobre la cama. Es apenas una sombra que interrumpe la profesional expresión de gozo, así, che, así, dale, dale, duro… y sus gemidos sicodélicos. Cómo explicarle que solo quería entrar en ella, en Raquel, en Mónica, en Cristina, y vaciarme para perder la noción de mí, una bomba que después de explotar me sume en la soledad más absoluta.

Queda mucho tiempo por delante. He pagado por una hora y me he venido en cinco minutos. Celeste, acostada a mi lado, me pide un cigarro. Parlotea con las decenas de Celestes que me rodean mientras las decenas de yoes guardan silencio y fuman. Habla sobre su adicción al cigarro, muy controlada, es una fumadora ocasional, después de coger rico, che, por ejemplo. Miente mal, Celeste, atrozmente. Y calla tan mal como miente. Hasta nosotros llegan gemidos de otras habitaciones atemperados por el rugir de los motores que atraviesan la noche. El condón en mi miembro marchito parece un gorrito navideño. Voy al baño a quitármelo, a lavarme, mientras pienso cómo abordar el asunto. Más espejos en el baño. Qué locura de reflejos es este mundo. Dejo la puerta abierta. Desde el lavabo le pregunto casual, con voz de me interesa tu vida (imagino que la chica argentina está curtida en esas voces):

¿Hace mucho que trabajas en La Habana?

Sí, bastante, soy de las más antiguas.

¿Conoces bien a los clientes habituales?

Algo, che. ¿Por qué tanta pregunta, boludo? ¿De veras no sos cana?

No, no soy cana.

Regreso a su lado con un cansancio inmenso, como si esa mujer, en esa cama, ahogada en sus reflejos, hubiera dejado de ser una persona para convertirse en un lecho blando en el que descansar mi cabeza. Su vientre es mullido, flojo y mullido.

Che, te dormís, no seás pelotudo, pagaste por una hora.

Estoy pensando.

¿En qué?

En los niños que murieron en la guardería ABC. ¿Ya estabas en Hermosillo por esas fechas?

¿Por qué pensás en esas boludeces, che? Y claro que estaba. Esa noche no llegó nadie al club. Las chicas estábamos como pasmadas, ¿viste? No queríamos que llegara nadie, algunas lloraban en las esquinas, otras tomaban como locas. Yo, yo… ¿y no me acuerdo? Creo que las dos cosas: lloré y me emborraché. Cerramos temprano y cada quien se fue a su casa con una tristeza del carajo. ¿Pero por qué hablás de eso?

Porque estoy buscando a quien le prendió fuego a la bodega.

Hijo de puta. Viste que sos cana.

Celeste se levanta ingrávida como un fantasma. Etérea, trasparente, aterrada, flota por la habitación en busca de su ropa. Su cuerpo albino, por el miedo, ha dejado de tener memoria, ya no es Celeste, tal vez Juana, María, Josefa, un animal asustado.

Viste que los dueños del club tienen un arreglo con migración, no me podés joder, boludo.

Tranquila, mujer, no soy policía ni de migración y no quiero joderte. Quiero que me ayudes, es todo. A cambio, yo te puedo alivianar.

Celeste no detiene su cosecha de ropa. Comienza a vestirse. Se ha convertido en otra mujer. Más vieja, vencida por todas las noches abierta a tipos como yo. Humillada, herida, una pared húmeda y desnuda.

Espera, deja te cuento. Trabajo para un despacho que lleva el asunto del incendio en la guardería. Estoy buscando a un hombre con un tatuaje en el cuello que solía ir a La Habana con otro sujeto que le decían el Charly. Por lo que sé, iban seguido al teibol. Tal vez tú…

La expresión en el rostro de la mujer es tan elocuente que me obliga a callar. No sabría decir si es miedo, ese miedo atroz, superior al de hace unos segundos, o asco, ese asco tan parecido al miedo.

Pero al hijo de puta lo mataron, che, andás…

Yo sé que lo mataron. Hablé con su viuda. Busco a su cuate, se llama Felipe, al menos eso me dijeron.

¿Viuda? ¿Tenía mujer el hijo de puta? Pobre piba.

¿Lo conocías?

Y claro. Todas las chicas de La Habana lo conocían.

¿Y al otro, al tal Felipe?

Mirá, vos, parecés un tipo decente, y creo que decís la verdad, pero yo soy una tumba, viste. Una mina en mis condiciones siempre es una tumba. Yo no sé nada, no he visto nada, me voy al carajo ya mismo, y vos, che, te olvidás de mí sí o sí.

Comienzo a vestirme yo también. Desnudo frente a Celeste vestida me siento vulnerable. Ella ha recuperado esa confianza de la bailarina que baja de las nubes cada noche para salaz felicidad de los mortales.

Estoy dispuesto a pagarte por la información. Además, te conviene que uno de los despachos jurídicos más importantes de la ciudad te deba un favor. Nunca se sabe. Mi jefe no lo olvidaría.

¿Cuánto?

Depende de lo que me cuentes.

Dejá de hinchar las pelotas, che. Yo no pierdo un carajo, vos no tenés nada.

Di una cifra.

Cinco mil.

Estás loca. Tres mil. Y eso, si lo que me dices me lleva con el tal Felipe.

La cogida no está incluida en el precio.

De acuerdo. Comienza a hablar.

Hasta el día que lo mataron, Carlos Pérez Maza, alias el Charly, proveía de coca a los habituales de La Habana, me cuenta Celeste. Los dueños del antro toleraban su presencia por el imprescindible servicio que prestaba, pero también por las conexiones que presumía tener con los más altos funcionarios del gobierno. Una supuesta alianza que las chicas, convertidas en pago de derecho de piso, padecían por la proclive costumbre a la brutalidad y el maltrato del chofer. Vesánico cuando abusaba del alcohol y el perico, más de una bailarina terminó con los labios rotos, un ojo morado o la vagina desgarrada. A Celeste, como a otras tantas, le tocó adornar algunas de las fiestas que se prolongaban hasta el amanecer y pasar por la piedra de Charly. Fueron varias las chicas de La Habana las que se quejaron con los propietarios del club. Si quieren trabajar, no solo aquí, en cualquier teibol de Sonora, más les vale tratarlo bien, les dijeron. Cuando se supo la noticia de que lo habían acribillado a las puertas de su casa, más de una pensó que el dios al que le rezaban había escuchado sus plegarias y brindaron por su muerte.

Felipe era distinto, me dice Celeste. Tenía un modo cálido, suave, casi cortés. Era una especie de truculento caballero que dejaba buenas propinas. Celeste cree que al principio Felipe era uno más de los clientes de Charly. Con el tiempo se hicieron amigos. Era frecuente verlos llegar juntos. Se convirtió en un habitual de las orgías que organizaba Charly con costo a La Habana. Celeste lo atendió varias veces, incluso después de la muerte de Charly. Pero hace meses que no se le ve por La Habana. El hombre tatuado en el cuello le contó la última vez que estuvieron juntos que vivía en la colonia Las Fuentes y que ahí mismo tenía un negocio de computación o algo así.