49 cruces blancas
Capítulo 39
39
Le pregunto a Raquel si tiene miedo. Me contesta que si el sujeto que buscamos cuenta con información para el caso, está dispuesta a encontrarlo debajo de las piedras. También dice que hay lujos que no puede permitirse. No entiendo a qué se refiere, prefiero no preguntar. Nos escondemos de la noche en su Volkswagen destartalado. Justo enfrente se ubica el aguaje de Emigdio, un picadero gay al que caen los del ambiente después del cierre de antros, bares y cantinas. En Hermosillo la noche es corta, por lo que los aguajes se multiplican por toda la ciudad. Casas particulares cuyos dueños, arreglados con la policía, venden alcohol a precio de oro, permiten el alegre flujo de toda clase de drogas y, en el caso del de Emigdio, sexo gratis o pagado en cuartos traseros, siniestros, oscuros, ocultos, invisibles cuartos donde los hombres cogen contra natura, expresión que en Sonora aún tiene cierta vigencia… y qué le vamos a hacer.
Mónica, dulcificada por mi heroica agonía, después de hacerme un resumen de aquella noche que he conseguido recordar a fragmentos inconexos, e interesarse por mi salud, me envió al Facebook la foto del sujeto que buscamos. Es una cortesía de Felipe Carrasco, quien se ha mostrado muy colaborador. En la foto aparecen en la mesa de una cantina el propio Felipe, Charly y un jovencito anguila, de rasgos hermosos y anfibios, atractivo para ambos sexos. También nos indicó los lugares que frecuenta el mayate. Es un infaltable del aguaje de Emigdio, su centro de operaciones.
Raquel les ha pedido a sus padres que cuiden a Paola mientras juega a los detectives. Cumplí con la promesa de dejarla que me acompañe en esta inmersión en la noche caliente de esta ciudad de arzobispos y beatas, sobre todo, por la desolación que le provocó la carta de Yadira Barreras.
¿Y si montamos el trío de verdad y después lo interrogamos?, está bonito el morro, dice Raquel juguetona sin dejar de observar la fotografía en la pantalla de su celular.
Ah, qué madre, de cualquier forma sales ganando.
Cálmate, presumido.
Según Felipe Carrasco, el sexoservidor no tiene reparos ante cualquier modalidad que puedan proponerle si hay dinero sobre la mesa. Raquel y yo somos un matrimonio aburrido en busca de variedad. Entraré al aguaje, haré contacto con él, le propondré el trío y nos lo llevaremos a un motel.
Son las dos quince de la mañana. Poco a poco una lluvia de plumas empieza a caer a las puertas de la cantina clandestina. No hay discreción ni llamadas en clave, todo es descarado, cínico, irrisorio… de ese tamaño ha de ser la mordida. Raquel ha puesto el celular sobre el salpicadero de forma que podamos cotejar al muchacho de la foto con quienes llegan. Pensé que iba a ser más fácil, pero son legión: algunos, chaperos profesionales, como el nuestro, pero otros, ocasionales que ponen culo, boca y verga a cambio de unos pesos para pagar sus estudios, los pañales del niño o la hipoteca, que estamos en tiempos de crisis. Transcurre una media hora tensa y aburrida. Hablamos poco para no perder detalle del movimiento en el aguaje. Entran solos y salen con pareja. Entran en pareja y salen en tríos o cuartetos o quintetos. La alocada algarabía de algunos contrasta con la masculina discreción de otros. Pasan quince minutos más, empezamos a perder la esperanza. De pronto Raquel comienza a golpearme en el hombro y a señalar al cabo de la calle, como si se hubiera quedado sin palabras. Gime de excitación. Por fin grita: es él, es él. La hago callar. La abrazo y la beso. Es como besar a una estatua de hielo. Le susurro al oído que con tanto aspaviento ha llamado la atención de quienes franquean la puerta, por eso la he besado. Se escurre indolente entre mis brazos. Me siento en una película, murmura luminosa. Nada de películas, esto es en serio, digo. En silencio aguardamos a que el mayate, con su paso de gato joven, elástico, alcance la puerta del aguaje, reparta besos mentirosos entre el personal y desaparezca en el interior.
Ha llegado la hora.
La construcción, como muchas en esa zona del centro, luce deteriorada. Gruesos y altos muros de adobe, estrechas ventanas y un patio a cuyo alrededor se ordenan las habitaciones de lo que pudo haber sido una casona de abolengo. Unas bocinas conectadas a una computadora emiten música electrónica. Desperdigados por el patio, grupos de hombres forman rebaños que se desplazan al ritmo monótono pero ascendente de la música. Líneas de luces navideñas cruzan el cielo desde los pórticos hasta un frondoso yucateco. El árbol domina el centro de ese mundo sin mujeres. El perpetuo crepúsculo del lugar oculta el desconchado de las paredes que exhiben ladrillos de arcilla como si fueran las caries de una dentadura vieja. Entrando a la izquierda, detrás de una barra improvisada, tres sujetos de gimnasio sirven caguamas y botes de Tecate. Chispún, chispún, gritos, risas, y la promesa de que antes del amanecer nadie deberá enfrentar la máscara de una vida que no les pertenece. Raquel aguarda en el coche. No tengo idea de cómo actuar. Siento los ojos lamerones y críticos de los congregados. Quienes me ven como una posibilidad, quienes lo hacen como un probable cliente, quienes detectan mi extravío. Logro llegar hasta la barra y pedir una cerveza. Cuarenta pesos, me dice el forzudo en turno. No mames, una Tecate roja caliente como el meado de un hámster cuesta casi tanto como un seis. No mames. Este Emigdio es un avaro. No sé qué hacer. Me pongo a buscar al muchachito entre el tumulto. Chispún, chispún. Esquivo cuerpos orgullosos de su piel que se me acercan con descaro. Cuerpos libres que en ese instante no saben de homilías. A pesar del artificio, un principio salvaje y puro rige los encuentros y desencuentros. Chispún, chispún. Parejas desaparecen en los cuartos desnudos del fondo del patio, parejas surgen de esas cavernas que subrayan el miedo. El amanecer acecha tras el cerro de la Campana para arrojarles con los primeros rayos del sol el desprecio de todos aquellos que no caben en ese universo de papirola y bubble gum (escribió Abigael Bohórquez, poeta mayor del desierto).
Localizo al jovencito a la sombra sin sombra del yucateco. Charla con un hombre gordo y total y con un frágil anciano consumido por la piedra. Lo observo fijamente, chispún, chispún, hasta que repara en mí. Si es lo que dicen que es, probablemente se me acerque. Así que continúo con la vista fija en esa especie de sauce delicado pero firme. Me sonríe, le sonrío y brindo en su dirección. Me siento muy payaso con esa pantomima. A los pocos minutos, retozón, todo dientes y cadera, se me acerca. Entablamos una conversación de tópicos escurridizos. Entonces se lo suelto, sin más, no tengo nada que perder. ¿Afuera?, me pregunta sorprendido. Sí, en el coche, te vio entrar y le gustaste. ¿Y a ti? Me encojo de hombros. ¿Se hace? Se hace.
Raquel está pletórica. Dispara preguntas sobre la edad, el nombre, el oficio del muchacho. Este, sentado en el asiento de atrás como un colegial, contesta lo que le da la gana. Rápidamente la mujer establece una complicidad con el joven de la que me excluyen sin pudor. Raquel va improvisando una historia sobre nosotros, una historia en el que soy un macho aburrido y poco considerado cuando se trata de sus necesidades. Queremos algo diferente, ¿me entiendes? Rubén claro que entiende, lo entiende todo si previamente establecemos la tarifa correspondiente a unos servicios que enumera como si se tratara de un catálogo. Me descubro mojigato, censor, silenciosamente escandalizado. Soy un retrógrada, no cabe duda. Y si… me digo mientras enfilo por todo el bulevar Kino. El artificio me salva. Raquel se lo está pasando genial. Se han tomado de la mano y en sus ojos brilla algo que me da vértigo, viscoso pero real. Recupero la jerga burócrata de mi antiguo oficio y me digo que estamos en un operativo encubierto, carajo. Y si… por un instante el trío se materializa en la cama, me excito y me avergüenza la incipiente dureza de mi sexo. Qué largo es el camino. Venimos a lo que venimos, pienso, un razonamiento tan obtuso como simplificador.
Al principio Rubén no entiende nada. Estamos en una habitación del motel El Faraón. En un descuido, a espaldas del muchacho, Raquel ha insistido en la posibilidad de revolcarnos con el efebo antes de cualquier cosa… Ya estamos aquí, se me antoja mucho el plebe. Ya no bromea. Al negarme me ha mirado como si fuera el tipo más tedioso del mundo. He tomado la iniciativa.
Platícanos del Chino.
¿Qué Chino?
Del Chino Lam.
¿Quién es ese, quiénes son ustedes?
Se pone gallito el plebe cuando lo interrogo. De pie, exige que lo dejemos ir. Insisto con la pregunta. Lo presiono, lo amenazo. Me entran unas ganas ciegas de golpearlo en la cara, de lastimarlo, de herirlo. Pero en ese momento Raquel se transforma en una madre buena y doliente, en un regazo, en un soliloquio de melodrama, en un chantaje preciso, en el clamor de todas las madres del mundo. Toma la iniciativa, me hace a un lado, me sustituye. Ablanda al mayate con mimos y ruegos. El chico es sensible. El chico se quiebra, regresa al sillón conmovido y nos cuenta una historia zafia, triste y zafia.
El día del incendio Rubén recibió una llamada de uno de sus clientes habituales, el Chino Lam, quien lo citó, como acostumbraba, a las diez de la noche en el hotel Siglo XXI. Después de tener sexo con él, el secretario técnico del gobierno recibió una llamada en su celular. Rubén escuchó claramente cómo el Chino exclamaba preocupado, justificándose, nervioso, que la orden la había dado para que se ejecutara en la noche, no en el día, y que por culpa de esos pendejos iban a perder las elecciones. Antes de colgar le prometió a su interlocutor que arreglaría el asunto.