Almas muertas
Capítulo 12
Kim sintió que se tranquilizaba en cuanto estuvieron de regreso en el coche.
Su coche.
Ahora sentía que tomaba de nuevo el control. Avanzaba con el caso a su propia velocidad.
A su lado, Travis tomaba notas.
El tipo simpático y agradable que había visto en la sala de la brigada se había quedado ahí. Hasta el coche la había seguido un sustituto gris.
Sin poderlo evitar, deseó que hubiera sido Bryant quien estuviera a su lado. Estarían soltando ideas, lanzando teorías, discutiendo, debatiendo.
Estarían haciendo avanzar el caso.
Kim giró bruscamente a la izquierda para coger el camino de tierra. Al detective se le resbaló el bolígrafo. La acuchilló con una mirada de enfado.
Ya debería saber que no debería dejarla sola para que se divirtiera por sí misma.
Él deslizó el bolígrafo en el lomo de la carpeta y cerró esta mientras pasaban por el aparcamiento del pub, donde habían concentrado a la prensa.
Tracy Frost estaba al frente, hablando con un chico que vestía una camisa colorida bajo una chaqueta Firetrap. La reportera calló e hizo una leve señal de asentimiento hacia Kim, que pasaba por delante.
—Por supuesto, no he echado de menos esa pobre excusa de ser humano
—dijo Travis.
Kim se erizó. Tres meses atrás, esa podía haber sido la única cosa en que ambos habían estado de acuerdo.
—No es tan mala —dijo ella. Recordaba todo lo que había descubierto acerca de Tracy Frost.
—Esa mujer no tiene ninguna cualidad que la redima —insistió él.
Ella advertía el juego de Travis. El tipo se daba cuenta de que había tocado un nervio y quería pincharlo con un tenedor de metal hasta hacerla morder. Estaría encantado de provocarla para forzar una discusión y,
enseguida, salir corriendo con su jefe y alegar que la tía estaba haciéndose la difícil. Y su jefe se lo creería. Diablos, incluso el propio jefe de Kim se lo creería. Detestaba esta investigación conjunta tanto como Travis, pero no fracasaría por su culpa. No en el primer día.
—Y, con el fin de sentar un precedente para la mayor parte de esta investigación, Tom, debemos acordar que no estaremos de acuerdo.
Notó el destello de decepción mientras estacionaba el coche.
Se bajó y caminó hacia el sitio sin importarle si él la seguía. Cuando él la alcanzó, llevaba bien agarrada la cartera de cuero, como una manta de seguridad.
—Aquí nadie necesita un seguro —dijo ella, mirando la cartera.
—Hazlo como te plazca y yo lo haré...
—... tan torpemente como puedas —lo interrumpió ella.
Kim observó que había no menos de veinte personas pululando por la reducida zona, y, aun así, las voces eran susurros, voces reverentes, respetuosas. Al fin y al cabo, estaban ante una tumba.
Habían levantado una tienda blanca alrededor de la fosa. La idea era preservarla y darle privacidad. Los técnicos podrían investigar el área inmediatamente aledaña sin las posibles complicaciones del medio ambiente. Y, aunque la prensa había sido acordonada a poco menos de un kilómetro de ahí, el lugar no era tan desconocido como para que un helicóptero de noticias no apareciera de repente en el cielo.
Había agentes vestidos de negro registrando el perímetro externo del campo, en tanto que los técnicos de traje blanco tenían reclamada el área alrededor de la fosa. Kim sabía que estarían buscando pisadas, huellas de neumáticos y hasta colillas. Cualquier cosa podría darles una pista. Tales eran los procedimientos, pero ella se preguntaba qué valor podía tener todo eso cuando ni siquiera sabían cuánto tiempo llevaba enterrado el cráneo.
Le habría gustado ver en el sitio un equipo de georradar. Necesitaban saber si había más huesos, aunque entendía que el terreno no debía contaminarse más hasta que la superficie fuera completamente peinada en busca de pistas.
* * *
Se dirigió a la fosa, que tenía ahora treinta y tantos centímetros más que la última vez que estuvo ahí, pero, por lo que tocaba a la propia excavación, no parecía haber muchos avances. Los huesos no estaban saliendo a la superficie, y, sin ellos, Kim no tenía ninguna esperanza de avanzar en el caso.Por el momento, la víctima no tenía nombre, no tenía identidad, y eso era siempre un motivo de frustración.
Encontró a la científica arrodillada en medio de la fosa, hablando gravemente con una mujer que estaba a su lado, vestida de blanco. La doctora A llevaba la parte superior del traje protector alrededor de la cintura, atada por las mangas.
Un fotógrafo forense hacía tomas desde todos los ángulos.
Kim carraspeó.
La doctora A se volvió y entrecerró los ojos.
—No entiendo esta costumbre de los ingleses de carraspear para anunciar su llegada. ¿Por qué no un «hola»?
—Hola, doctora A —dijo Kim.
—Así que ya estás aquí, por fin —dijo la científica, mirando más allá de la detective—. Y veo que has traído a tu amigo.
—Doctora A —la advirtió Kim.
La científica había sido testigo del intercambio del día anterior y sabía que los detectives no eran amigos.
Travis no dijo nada. Algo a su izquierda, a lo lejos, había acaparado su atención.
La doctora A miró a Kim con una sonrisa diabólica antes de conducirla a la fosa.
—Por favor, ven a echarle un vistazo a Lesley, nuestra víctima.
La científica tenía el hábito de dar a cada víctima un nombre de sexo ambiguo hasta confirmar su verdadera identidad.
Mientras Kim echaba un vistazo a la fosa, Travis aparecía a su lado. Ella oyó el lento rascado de la cremallera cuando el hombre abrió su cartera de cuero. Tuvo el presentimiento de que ese sonido sería realmente molesto al final del caso.
Ella miró el enterramiento de cerca y frunció el ceño. Esperaba mayores
avances.
La doctora A captó su expresión.
—Congelado —explicó.
Eran casi las diez y media y la temperatura había alcanzado unos balsámicos seis grados.
Kim asintió en señal de que entendía, pero el fruncido de su ceño no se borró. El equipo había expuesto más huesos, solo que su disposición no se parecía a nada que ella hubiera visto.
—Ese es un hueso metacarpiano, el que sobresale por el ojo —dijo la doctora A. Cogió la mano de Kim y le presionó un hueso entre el nudillo y la primera articulación—. Este. Y creo que sigue unido a la falange proximal —dijo mientras pasaba la presión un poco más hacia el extremo de la mano.
—¿Lo que me está diciendo es que nuestra víctima tiene un dedo metido en el ojo? —preguntó Kim.
La doctora A asintió.
Kim trataba de imaginarse cualquier escenario donde eso tuviera sentido.
No había ninguno.
—¿Tiene alguna idea de cuánto tiempo lleva aquí? —preguntó.
Provisionalmente, supuso que se trataba de un hombre.
La doctora A negó con la cabeza.
—Todavía no, pero hay algo que deberías saber antes de seguir adelante.
—Vayamos —dijo Kim, y siguió a la doctora A por la arista de la fosa.
—¿Ves ese hueso que sobresale ahí?
Kim asintió. Travis se dirigió al borde de la tienda y miró hacia fuera.
Ciertamente, la doctora A no le caía bien, pero sí que podría guardarle un jodido respeto a su pericia.
—Parece ser un radio —dijo la doctora A. Cogió el brazo de Kim y trazó una línea del codo a la muñeca.
La detective no supo en qué momento había llegado a convertirse en una asistente de presentación, pero lo dejó pasar.
—Parece estar muy lejos del resto del cuerpo —dijo Kim. La fisiología de este esqueleto no tenía ningún sentido para ella.
—El análisis preliminar del suelo está arrojando algunas anomalías. Hay
elementos que no pertenecen a este lugar. Hemos enviado muestras al laboratorio.
Kim se quedó pasmada.
—¿Qué está tratando de decirme, doctora A?
—Estoy diciendo que no creo que este haya sido el primer enterramiento de nuestra víctima.
La detective la miró confundida.
—Pero ¿por qué...?
—Disculpe, doctora, pero ¿ese hombre es de los suyos? —preguntó Travis desde la entrada de la tienda.
Kim siguió a la doctora A hasta donde él miraba al exterior.
En medio del campo estaba un hombre solo, vestido de oscuro de la cabeza a los pies.
La doctora A empezó a negar con la cabeza.
—No es de los míos —dijo.
—¿Está segura? —preguntó Travis—. Estaba aquí cuando llegamos.
—Si fuera de los míos, no estaría ahí sin hacer nada —dijo ella, sin más.
Kim miró a Travis y ambos salieron juntos de la tienda.
Ella ya estaba preparada para echar a correr cuando la distancia con respecto al intruso empezó a reducirse. Dado que el sujeto, supuestamente, no debía estar ahí, ella había esperado que empezara a alejarse después de verlos.
Pero se quedó quieto, mirando hacia donde estaban los detectives, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo largo.
—Esa no es, precisamente, ropa de campo —observó ella a una distancia de diez metros.
—Abrigo de cachemira; un Dunhill, por lo visto. Con el cambio de dos mil, apenas me alcanzaría para invitarte a comer —replicó Travis.
—¿Invitarme a comer tú? —preguntó ella, mordaz.
—Vale, no, pero...
—Disculpe, señor —le habló Kim a unos cinco metros de distancia—, no tiene nada que hacer aquí en este momento.
El hombre no reaccionó cuando ella se detuvo directamente frente a él.
Kim supuso que tendría unos treinta y cinco años. Su pelo era negro con
un leve toque de gris en las sienes. Las pestañas gruesas y oscuras enmarcaban unos ojos azules tan serios como fríos.
—Tengo todos los motivos para estar aquí, agente. Ustedes están pisando mis tierras.
—¿Es usted el señor Preece? —preguntó ella.
—Dale Preece —confirmó el hombre, que no hizo el menor esfuerzo por sacar la mano del abrigo para ofrecérsela a Kim.
—¿Cómo llegó aquí, señor Preece? —preguntó ella, y echó un vistazo alrededor. Él no dijo nada y miró por encima de la detective, hacia la tienda blanca—. Debo pedirle que se vaya de aquí —dijo en tono razonable—.
Esta es una investigación policíaca y usted podría estar contaminando la escena del crimen.
—Quiero saber qué han encontrado, exactamente —dijo.
—Lo sabrá a su debido tiempo, señor. Tendremos que hablar con usted durante las investigaciones.
—¿Han hablado ya con la familia Cowley?
Kim abrió la boca para contestar cuando Travis dio un paso al frente.
—Señor Preece, tiene que abandonar este lugar, de verdad. Ahora mismo.
Kim se mordió la lengua. Dale Preece los midió una vez más antes de darse la vuelta y dirigirse hacia el otro extremo del campo.
Ella no se hacía ilusiones de que el hombre se hubiera marchado por su propia conveniencia.
—No vuelvas a hacerme esto —espetó a Travis—. Lo tenía en la mano
—dijo, y se volvió a la tienda.
Él no hizo ningún intento por alcanzarla ni por responder a esa advertencia.
—Inspectora, un momento —dijo la doctora A cuando Kim iba pasando junto a la tienda.
La detective retrocedió dos pasos y entró.
Miró un hueso largo que descansaba en un extremo de la fosa.
—Este es un fémur —dijo la científica en voz baja, mientras Travis entraba en la tienda. Cogió un lápiz que llevaba tras la oreja y señaló la forma de bola en un extremo.
—Esta es la fosita de la cabeza femoral. En este otro extremo está el
cóndilo medial...
—Doctora A, sé lo que es un fémur, y esperaría encontrar dos aquí, así que, ¿de dónde viene tanta fascinación? —preguntó Kim con impaciencia.
—Viene de que este es el fémur número tres, inspectora.
—Disculpe, doctora, pero ¿qué quiere decir, exactamente? —preguntó Travis, sin ninguna necesidad.
La médica no ocultó su molestia mientras lo explicaba.
—Lo que estoy diciendo, inspector, es que, a menos que Lesley hubiera tenido más de dos piernas, estamos ante una segunda víctima.
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