Almas muertas
Capítulo 1
—Bryant, dobla aquí a la izquierda —gritó Kim. Las sirenas ya se escuchaban en la distancia.
Los frenos chirriaron cuando el coche giró patinando en la entrada del polígono comercial.
—Y yo que estaba bastante seguro de que íbamos camino a casa —gruñó él.
Kim pasó por alto el comentario de su colega. Barrió con la mirada el lado izquierdo, el frente, el lado derecho y de vuelta. Sus ojos estaban atentos a cualquier movimiento entre los edificios a oscuras.
—Jefa, ¿sabes que hay otros policías en las Tierras Med...?
—Estábamos a menos de un kilómetro de un robo a mano armada con lesionados ¿y no puedes pensar en otra cosa que en tu tarta con puré? —le espetó ella. Había sido culpa de Bryant dejar la radio encendida.
—Me parece justo —concedió él. Una cena palidecía ante la visión de un hombre inocente apuñalado en el estómago y sangrando con profusión.
—Apostaría a que está por aquí, en algún lado —dijo ella, entrecerrando los ojos ante el oscuro panorama.
Por la descripción, sospechaba que iban tras Paul Chater, un prolífico ladrón de tiendas de diecinueve años. Desde que Paul era un niño de once, Kim había estado cargando con él a la comisaría.
El chaval tenía prohibida la entrada a todos los centros comerciales y tiendas de las calles importantes que compartían sus datos estratégicos en sociedad. Su foto había pasado de uno a otro comercio más veces que el vídeo porno de alguna celebridad.
—¿Y por qué habría de venir aquí? —preguntó Bryant.
—Porque esto es como un pueblo —contestó ella—. En este lugar hay más de doscientas unidades comerciales y cinco kilómetros de caminos.
Estaban a menos de cuatrocientos metros de la tienda. El chico seguía
montando un ciclomotor muy cutre que tenía un silenciador chungo.
Querría salir de los caminos principales lo antes posible.
—Podríamos dar vueltas por este lugar durante una hora y no encontrarlo
—dijo ella.
—¿Así que probablemente sabe que lo buscaremos aquí? —preguntó Bryant.
—No en un Astra Estate —contestó ella—. Estará más atento a esas malditas sirenas.
En los últimos años, Paul Chater se había centrado en los asaltos y robos a pequeños comercios que tenían pocas cámaras de vigilancia o ninguna. Se tomaba sus frecuentes incursiones por la cárcel como gajes del oficio y un descanso bien merecido. Pero el informe de que había habido un cuchillo era todo un ascenso.
Kim bajó la ventanilla a la espera de que lo delatara el ruido metálico de su ciclomotor, pero el sonido de las sirenas que se aproximaban no la ayudaba en nada.
—Jefa, no vamos a encontrar...
—Ahí está —gritó. Señaló a través del parabrisas.
Bryant pisó el acelerador.
—No lo persigas —lo advirtió—. Está buscando un escondite. Si deja el ciclomotor y huye a pie, no lo cogeremos nunca. —Trataba de pensar a toda velocidad.— Sigue hasta el final de la calle, dobla a la derecha y, después, a la izquierda.
Si Chater tuviera un poco de sentido común, se dirigiría al extremo occidental del sitio. Este daba a una empinada ladera que remataba en el camino de sirga del canal. Pero, por la dirección que llevaba, primero tendría que recorrer poco menos de un kilómetro en línea recta.
En cuanto Kim y Bryant atravesaron el aparcamiento de una ferretería para aterrizar en un tramo de carretera, Chater quedó a la vista. Se dirigía justo hacia donde ella había pensado.
—Alcánzalo —dijo Kim.
Bryant volvió a pisar el acelerador.
Chater miró hacia atrás.
—Más rápido —rugió ella.
El sonido de las sirenas les dijo que los coches patrulla acababan de entrar en el polígono, pero ella sabía que nunca los alcanzarían. Estaban solos.
—Ponte a su lado —dijo, y bajó la ventanilla por completo.
Tenían la pendiente doscientos metros más adelante.
—Jefa, ¿qué estás...?
—Detente —gritó ella en cuanto estuvieron a la altura de Chater—.
Detente —repitió en un grito a la cara de sorpresa del ladrón.
Ciento cincuenta metros.
—Jefa, no hagas nada que...
—Detén la puta moto —gritó ella.
Cien metros más y Chater soltaría el ciclomotor para salir corriendo. La moto avanzaba a codazos.
—Acércate más —dijo Kim casi sin aliento.
—No hagas lo que creo que...
—Bryant, ya se lo he pedido amablemente —dijo ella, y giró sobre su asiento.
Faltando cincuenta metros, Kim ya estaba a la altura del brazo de Chater.
Vaciló por un instante, pero entonces recordó el mensaje de radio que había descrito al señor Singh sangrando en la tienda.
Veinticinco metros.
Cogió el tirador, abrió de golpe la puerta del coche y dio a Chater un empujón por el muslo.
Bryant pisó el freno mientras el ciclomotor caía a su izquierda, lejos del coche.
Kim abrió la puerta por completo y salió de inmediato. El ladrón, que había conseguido ponerse de pie, empezó a correr hacia el fondo.
Mientras Kim acortaba la distancia de tres metros, las sirenas llegaban hacia ellos desde todas las direcciones.
Ella se lanzó hacia delante en cuanto él puso un pie en la colina.
—Te tengo —gritó cuando le cayó encima. El macizo tirador de la cremallera de su cazadora de motociclista se le clavó en el estómago, pero también en la espalda de Chater.
Él gruñó y se agitó en un intento de zafarse.
Kim le dio la vuelta y miró su rostro a través del visor de metacrilato.
—Vale, pedazo de mierda —dijo, y se sentó a horcajadas sobre su estómago—. ¿Qué has hecho ahora?
—Quítate, guarra —dijo él. Contoneaba las caderas como Ricky Martin.
Ella le apretó las costillas con los muslos.
—¿Dónde está el cuchillo, Paul?
—No hubo ningún cuchillo —protestó él.
Por los labios, la negación había sido rápida, pero los ojos parecían no estar de acuerdo.
—¿Dónde está, Paul? —preguntó ella, y aumentó la presión en la cintura.
—Ya te dije, no hubo ningún puto cuchillo —gritó con su acento de Black Country, ahora conquistado por la convicción—. Solo fui a por cigarrillos, ¿eh?
De solo pensar en la imagen de un hombre inocente sangrando allá atrás, en su tienda, Kim sintió que la ira la dominaba. La vida del tendero pendía de un hilo solo porque esta pequeña sabandija quería cigarrillos, pero no pagar por ellos.
—Búscate un curro y cómpralos —dijo ella, y apretó más el agarre. Un coche patrulla se detuvo en ángulo en el bordillo.
Kim miró a su colega, quien estaba apoyado en su coche, con los brazos cruzados.
—¿Sabes, Bryant? Abomino a quienes piensan que el mundo está en deuda con ellos.
—¿Nos lo llevamos, seño? —preguntó uno de los agentes que acababan de llegar, mientras un segundo coche patrulla se detenía en el bordillo.
Ella asintió con la cabeza, se irguió hasta su metro setenta y cinco y se quitó una ramita del pelo negro y puntiagudo. Volvió a poner su atención en el hombre que estaba en el suelo.
—Siempre has sido un gilipollas, Paul, pero ahora eres un gilipollas con cuchillo, y por eso te vas a quedar encerrado un largo, largo tiempo —siseó mientras lo entregaba—. El cuchillo debe estar en algún lugar de este polígono —dijo a los agentes.
—Esto no va a resolver todos tus problemas, guarra —dijo Chater con una sonrisa—. Por aquí hay muchos como yo, y vendrán...
—Ay, lo sé, Paul, pero, como dice un supermercado por ahí: «Todo ayuda».
Fue hacia su colega, que la esperaba moviendo la cabeza de un lado al otro, tranquilamente. Ella se frotó las manos para limpiárselas y sonrió.
Una escoria menos en las calles.
—Vale, Bryant, ahora podrás irte a casa a cenar.
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