Almas muertas

Angela Marsons · Capítulo 5 de 116

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Almas muertas

Capítulo 3

Stacey Wood se esforzó de verdad para entender la escena que la rodeaba.

Había algo obsceno en ese volumen de sangre. Parecía haber alcanzado todas y cada una de las superficies duras del diminuto trastero atrás de la casita. Pero esa no era la única contrariedad; ella ya había visto sangre. El verdadero problema era el recuerdo que había quedado relegado en el fondo de su mente.

Su mirada se cruzó con Dawson en el espacio atiborrado de zapatillas, botines de fútbol, revistas de coches y camisetas.

Esta era la habitación de un chico normal, excepto por el cuerpo del adolescente derribado contra la pared y la mancha de sangre en la alfombra.

El olor metálico de la sangre reñía contra el de las ropas sudadas.

Tenía la cabeza echada atrás. Sus ojos abiertos parecían dirigirse a las salpicaduras de sangre en el techo, como si contemplaran las estrellas o miraran asombrados lo que él mismo había hecho. La única interrupción en una piel suave y juvenil era una cicatriz blanca que corría bajo el ojo izquierdo. Enrollada hasta el codo, la manga de su sudadera de capucha dejaba a la vista la herida fatal. Los vaqueros pitillo grises estaban cubiertos de manchas de sangre seca.

A pocos centímetros de su mano derecha había caído el cuchillo de cocina.

Stacey trató de permanecer inalterada y respirar de manera uniforme mientras sus ojos se fijaban en el cuchillo. No quería que Dawson pensara que, para ella, el trabajo de campo era insoportable. Y él podía oler su miedo a un kilómetro de distancia. Pero ese cuchillo empujaba su mente hacia algún lugar a donde ella no quería ir. No aquí, no ahora.

Se dio una buena sacudida mental y enfocó sus pensamientos. La madre había encontrado a su hijo y había llamado histérica a los paramédicos. La llamada fue a dar directamente a la comisaría y, enseguida, al patólogo, para

que asistiera al mismo tiempo. Stacey supuso que el chico había muerto hacía un par de horas.

La clave de su presencia en ese lugar era determinar que no se trataba de un homicidio convertido en escena de suicidio. Un rápido acuerdo entre detective y forense ayudaría a acelerar el proceso y permitir a la familia organizar los funerales.

—La cosa iba en serio —opinó Keats, el jefe de los servicios forenses—.

Por fin.

Stacey lo sabía. A pesar de los arañazos que corrían por la muñeca del chico, provocados por intentos fallidos, el corte en la piel bajaba a lo largo del brazo. Le había cercenado la vena.

Stacey no podía evitar que su mente vagara más allá de lo que tenía delante, hasta el conocimiento de que los momentos previos a la muerte habían sido dolorosos, emotivos, esforzados. Ya era suficientemente malo que este joven no hubiera encontrado más alternativa que acabar con su vida, pero los cortes anteriores, provocados por las vacilaciones, hacían eco de sus sufrimientos.

No tenía ni idea de qué había torturado tanto a este joven, pero sí sabía que muchos de los aprietos de los adolescentes no eran tan insoportables como ellos creían. Si el chico hubiera estado dispuesto a compartir sus problemas, quizás no habría llegado a la conclusión de que esta era la única salida. Stacey se encogió de hombros y se tragó el creciente malestar.

Keats seguiría procesando la escena, pero, desde el punto de vista de Stacey, nada indicaba que alguien más hubiera estado involucrado en la muerte de Justin Reynolds. Si ese hubiera sido el caso, la pequeña habitación mostraría algunos signos de lucha, pero, aquí, el único conflicto había estado dentro de la cabeza del joven.

—¿Te parece bien, Sargento? —preguntó Keats en voz baja, dirigiéndose a Dawson.

Él asintió.

—Estoy convencido de que este joven...

Stacey no alcanzó a oír el resto de las palabras. Salió por fin de esa habitación de la que no podía alejarse con suficiente rapidez.

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