Almas muertas
Capítulo 26
Kim salió del aparcamiento para incorporarse al tráfico. Toda la animación en el rostro de su pasajero se había convertido en furia al rojo vivo.
—Suéltalo, Tom —le propuso, calmadamente. Él no le hizo caso—. Te hará sentir mucho mejor —insistió.
Llegaron por fin a la isleta.
—Cállate, Stone —gruñó.
—Tom, ¿de verdad estás dispuesto a dejar...?
—No, Stone, y, en serio, cállate —dijo, y bajó la ventanilla.
Ella pudo oír las sirenas a la distancia.
Travis encendió su radio y escuchó atentamente.
Se volvió a ella.
—Atropello y fuga. Aquí delante, justamente.
Ella bajó la ventanilla y escuchó. Las sirenas estaban detrás.
—No van a pasar nunca —observó.
—De acuerdo —dijo él. Ella puso la luz de giro izquierda y tocó el claxon dos veces antes de sacar el Golf a la acera y meterse en la explanada de un negocio de venta de coches. Antes de que ella pudiera apagar el motor, Travis ya estaba fuera.
Kim salió por el lado del conductor y arrojó las llaves al sorprendido vendedor de coches.
—Muévalo si es necesario —gritó, y echó a correr detrás de Travis.
Pasó rápidamente entre la multitud de peatones que se detenían y se preguntaban qué había ocurrido.
Entre el tráfico parado, cruzó la autovía y se dirigió a la siguiente salida de la isleta. La calle era más estrecha, con tráfico de doble sentido.
Aceleró hacia el grupo de cabezas que se agolpaban detrás de una furgoneta de reparto de supermercado. Cuando ya estaba cerca, se puso a buscar la cabeza de Travis por encima del resto.
—A un lado —gritó mientras avanzaba hacia el centro de la multitud.
Podía oír las sirenas, pero estas no parecían acercarse.
Evaluó la escena rápidamente.
Travis estaba a cuatro patas, practicando la reanimación cardiopulmonar a un hombre negro que tenía arañazos en las mejillas.
Pero no era ahí donde se había posado la mirada de Kim. Se detuvo en seco ante lo que tenía delante. Por un segundo, ningún sonido penetró sus oídos, ningún movimiento captó su atención.
A la izquierda de Travis, una mujer miraba hacia arriba, al cielo infinito.
Su cuerpo tronchado yacía en ángulos imposibles. Recordaba a Kim una figura de tiza garrapateada en el suelo. La parte superior de su cráneo se había abierto por el impacto y, desde la herida, la masa encefálica se desparramaba a lo largo del borde del asfalto hasta una alcantarilla. La brisa levantaba y agitaba unos mechones de pelo rubio.
Travis se había visto obligado a tomar una decisión inmediata y había elegido tratar de salvar a la persona que, por lo menos, tenía alguna oportunidad.
Ella habría tomado la misma decisión. No había nada que hacer por la mujer.
Kim tragó hondo y todo a su alrededor volvió a ponerse en acción.
Se volvió a un hombre que grababa la escena con su teléfono. Alzó la mano y la dejó caer sobre el móvil. El aparato fue a dar al suelo y se hizo añicos.
—Ahora, váyase a la mierda, antes de que lo detengan —gruñó. Esa grabación no llegaría a Facebook.
El hombre recogió los restos de su teléfono y desapareció.
—Quien no esté involucrado, quien no pueda ayudar, váyase de aquí —
gritó a la multitud—. Ahora mismo.
Dos hombres con chaquetas de obreros de la construcción dieron un paso adelante.
—¿Podemos ayudar? —preguntaron.
Aunque se los veía pálidos y conmocionados, Kim podía aprovechar cualquier ayuda.
Asintió.
—¿Tienen algo con qué cubrir...?
El más alto asintió y salió corriendo por la acera.
—¿Alcanzó a ver algo? —preguntó al otro techador.
Este negó con la cabeza.
—Ahí hay una anciana que pasaba por aquí. Creo que ella sí ha visto algo
—dijo—. Y un par de tipos de ese grupo han dicho una cosa sobre una furgoneta de reparto.
Kim echó un vistazo a la anciana. Junto a una pared, estaba siendo consolada por una mujer más joven.
—¿Puede hacer que todo el mundo retroceda? —le preguntó—. Trate de identificar a los testigos y manténgalos aparte.
Él asintió. El colega del techador regresó con una sábana. Kim se la quitó y, con todo cuidado, cubrió a la muerta.
Se acercó a Travis. Era evidente que estaba agotado.
—Tom, ¿quieres que te releve? —le preguntó.
Él negó con la cabeza sin volverse a mirarla, concentrado en la cuenta de compresiones entre una respiración y otra.
Ella habría hecho lo mismo. Sin importar la fatiga, durante la RCP, uno encuentra cierto ritmo que bloquea el dolor en los brazos y hombros. El movimiento se vuelve automático, pero terminas recordándolo más tarde.
—Las sirenas están más cerca —dijo ella.
Aunque él no respondió, Kim supo que la había oído.
Dio unos pasos por la acera hasta donde estaba la anciana.
—¿Ha visto lo que ha ocurrido? —le preguntó con suavidad. Maldita sea, si Bryant estuviera con ella, él habría pensado en preguntarle primero si se sentía bien.
La mujer levantó la cabeza y asintió. Una nueva tanda de lágrimas escapó de sus ojos. Kim se volvió a la joven que, gentilmente, la estaba auxiliando.
—¿Usted...?
La joven negó con la cabeza.
—Yo estaba al final de la calle —dijo, y señaló la esquina, a unos cien metros de distancia.
—¿Usted conoce a esta mujer? —le preguntó Kim.
Un coche patrulla se detuvo en el fondo de la calle.
Ella asintió.
—Es vecina mía. Es la señora Harper, Enid Harper.
Kim se acercó un poco más y tocó el brazo de la mujer mayor.
—Enid, ¿puede decirme qué ha visto? —le preguntó con suavidad.
Por el rabillo del ojo, Kim alcanzó a ver a los paramédicos que corrían hacia ella desde el fondo de la calle. Travis sería relevado de un momento a otro.
—Todo sucedió muy rápido —dijo ella, sacudiendo la cabeza—. Yo estaba caminando justo por ahí, nada más —añadió. Señalaba el lugar con una mano temblorosa.
Kim asintió y se apartó para dejar pasar a los paramédicos, que llegaban a toda velocidad. Los uniformados de negro ya estaban apostados y empezaban a ladrar órdenes.
—¿Pudo ver qué clase de vehículo era? —preguntó esperanzada.
Ella asintió y apuntó hacia la calle con un dedo.
Kim siguió el dedo.
—¿Una furgoneta de reparto? —preguntó, confundida.
—Esa furgoneta de reparto —dijo la mujer, mirándola fijamente.
A Kim la habían hecho creer que se trataba de un atropello con fuga. Esto tenía que aclararlo antes de seguir indagando.
—¿Está segura de que el conductor de ese vehículo golpeó a estas dos personas?
La anciana asintió mientras se enjugaba las lágrimas.
Kim le dio las gracias y se dirigió a la furgoneta que estaba aparcada cincuenta metros más adelante.
Una persona muerta y otra a punto de morir.
Definitivamente, tenía que hablar con el conductor.
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