Almas muertas

Angela Marsons · Capítulo 38 de 116

Páginas del PDF

Almas muertas

Capítulo 36

Stacey entró en el café y dejó que el alivio la inundara. Esto era familiaridad. Esto era normalidad. Esto no estaba fuera de su mundo acomodadizo, como aquello de ir a las casas de otras personas e invadirlas en su duelo.

La señora Reynolds parecía satisfecha de haber descubierto la fuente del dolor de su hijo. Stacey no estaba tan segura. Habían pasado dos años desde la muerte de su padre y su hermana. Y, aunque aquella era una pérdida de la que un adolescente jamás podría recuperarse del todo, dos años le habrían traído cierto nivel de curación.

Con todo, la señora Reynolds le había permitido llevarse el ordenador de Justin. Eso hizo a Stacey colegir que a la madre aún le quedaban algunas dudas.

Avanzó un paso en la cola cuando una mujer se marchó después de que le dijeran que habían dejado de servir comida caliente.

Priscilla había puesto en la parrilla un pastel de té desde que la vio en la cola. Stacey no tenía apetito, pero agradecía el gesto de familiaridad.

Cuando llegó hasta el frente, el pastel de té humeante y su bebida ya la estaban esperando.

—¿Estás bien? —preguntó Priscilla.

—Día difícil —dijo ella, y se volvió. Tenía la esperanza de que algún asiento se hubiera desocupado, pero los rezagados del día de mercado seguían acoplados a sus bebidas tibias, antes de ahuecar el ala en sus furgonetas cargadas de productos.

—Acompáñame —le dijo Priscilla desde un lado.

Stacey siguió a la mujer más allá de los baños hasta una mesa sola situada junto a la puerta de empleados. En ese momento, estaba cubierta de carpetas y papeles.

Priscilla reunió todo en una pila.

—Es nuestra mesa de descanso. Cómete tu pastel de té en paz.

Stacey sonrió con gratitud mientras se plegaba en el reducido espacio.

Untó mantequilla en el pastel antes de empujar el plato a un lado. El montículo dorado se licuó y desapareció.

Colocó el portátil de Justin sobre la mesa y abrió la tapa.

Desgraciadamente, la madre no tenía ni idea de cuál era la contraseña de su hijo, pero Stacey le había sacado suficiente información como para empezar con lo más obvio.

A pesar de todas las advertencias acerca de la fortaleza de las contraseñas, la gente seguía optando por cosas simples de recordar, y para eso usaban algo de información personal. Lo más común era recurrir a un derivado del nombre combinado con algunos dígitos.

Lo intentó con el nombre de Justin y su fecha de nacimiento, pero no consiguió nada.

Probó unas cuantas variaciones del nombre y la fecha, usando mayúsculas en los puntos clave.

Sus manos volaban por las teclas. Mientras más contraseñas se necesitaban, más sencilla era la construcción. Poca gente podría recordar numerosas palabras clave en una suma de plataformas sociales. Era pasmoso que tanta gente siguiera usando como contraseña la palabra password.

Mientras pasaba la mano distraídamente por un lado del portátil para coger su bebida, otra mano la agarró por el hombro.

La bebida estuvo a punto de ir a dar al suelo.

—Joder, Kev, ¿qué...?

—Epa, calma, tigre. Simplemente pasaba por aquí y te vi.

—Kev, eres un mentiroso —dijo ella. Su corazón empezaba a recuperar el ritmo normal—. Aquí atrás, no hay quien pueda verme.

Él miró alrededor.

—Pues no es broma.

—Así que ¿qué quieres? —preguntó mientras bajaba la tapa del portátil.

Él no hizo caso a la pregunta.

—¿Y qué tal ha estado tu día, Kev? —se preguntó él a nombre de ella—.

Bueno, Stace, gracias por preguntar. Nos pidieron que fuéramos a ver el

cadáver de un chico en las vías del tren. Muy desgarrador, a decir verdad —

se respondió a sí mismo.

Stacey se reclinó en la silla y observó el espectáculo.

Él prosiguió:

—Un chico a quien yo conocía, ya que lo preguntas. —Hizo una pausa y miró el plato.— ¿Vas a comerte eso?

Ella empujó el plato hacia él. Dawson cogió el pastel y le dio un mordisco. Masticó un par de veces y se lo tragó. Kevin Dawson comía igual que hacía todo lo demás: rápido, ansioso por pasar a lo siguiente.

—Lo que, por lo visto, te preocupó de una manera monstruosa —dijo ella, mordaz—. Así que, además de mi pastel de té, ¿qué quieres?

—Saliste de prisa. Temprano. ¿Adónde fuiste? —preguntó él, clavando la mirada en el portátil.

—No es de tu incumbencia. Ahora, lárgate, que tengo duendes que matar

—dijo ella. Seguía la mirada de Dawson.

Él se encogió de hombros.

—Solo quería saber cómo estabas. Ya sabes, es lo que hacemos los amigos.

Ella no hizo ningún intento por disimular la incredulidad.

—No me trates como a una burra, Kev. Seremos muchas cosas, pero no amigos.

—Stace, yo solo...

—Por tercera vez, ¿qué quieres?

Él dejó el pastel y la miró fijamente.

—Stace, soy un gilipollas. Tú y yo sabemos que lo soy de verdad, pero lo que pasó antes... —Las palabras se iban perdiendo mientras movía la cabeza de un lado al otro y miraba de nuevo el pastel.

Stacey tardó un momento en darse cuenta. No podía creer que él siguiera pensando en el asunto. Dawson tenía razón al admitir que era un gilipollas, pero no era uno de los desagradables. Solía dar la impresión de que nada podía penetrar su engreído exterior; aunque, a veces, solo a veces, algo lo traspasaba.

—Vale, Kev, no me hagas caso. Lo que dije no significa nada.

—Entonces, ¿por qué decirlo? —preguntó—. Tú sabes que en todo mi

cuerpo no tengo un solo hueso de racista.

Ella se encogió de hombros.

—A veces, tu arrogancia necesita una pequeña sacudida, Kev. Crees que tienes todas las respuestas todo el tiempo. Eso me sulfura, porque no dejas ningún espacio para las mejoras.

—¿Eh? —preguntó. Volvió a coger de nuevo el pastel de té.

—Todo cambia con el tiempo. Las cosas crecen, se adaptan, aprenden y se vuelven más. Tú no. Eres la misma persona que conocí hace dos años.

Él le dedicó una sonrisa mordaz.

—Pero ¿no me quieres tal como soy?

—No, Kev, no —dijo ella—, porque creo que podrías ser mejor.

Stacey vio desaparecer por completo la parte superior del postre. Dawson se frotó las manos sobre el plato para sacudirse las migajas.

Ella se tocó la mejilla para mostrarle dónde había más migajas, y él se pasó la mano por la cara y todas desaparecieron. Una sonrisa burbujeó en el interior de Stacey. A veces, su compañero no era más que un niñato.

—¿Cómo era eso, Stace? —preguntó él de pronto—. ¿Cómo fue para ti el cole?

Ella estuvo a punto de mandarlo a la porra con algún comentario impertinente, pero notó en sus ojos que el humor había cedido el lugar a la curiosidad.

—Difícil, Kev —dijo con sinceridad—. Estaba rodeada de dos tipos de personas: unos que eran horribles conmigo debido a mi color y otros que eran especialmente amables por el mismo motivo. Los amables trataban de demostrarse a sí mismos y a mí que mi color no era un problema. A veces esperaban gratitud porque «no les importaba» —dijo, y suspiró—.

Cualquier persona un poco diferente es presa fácil para los matones.

No eran recuerdos que ella quisiera revivir. De repente se acordó de algo.

—¿Tú no eras el chico gordo? —le preguntó.

Él asintió.

—Vaya que sí.

—Así, que, hasta cierto punto, sabes a qué me refiero —dijo—. ¿Qué hiciste, entonces?

—Perdí peso —dijo en voz baja. Mientras tanto, una pizca de

comprensión apareció en su cara.

Ella respondió arqueando una ceja. No había pérdida de peso que pudiera cambiar el color de su piel.

—Ya entiendo —dijo él, sonriendo, aunque no antes de que ella notara la oleada de tristeza que había tintado sus rasgos.

Pero, por agradable que fuera esta visita improvisada, ella seguía ansiosa por volver al portátil de Reynolds. Echó un rápido vistazo a su reloj.

—Maldita sea, Stace, ¿la jefa te ha estado dando lecciones de sutileza?

—No, no quise decir...

Era exactamente lo que había querido decir, y él lo sabía.

—Así que ¿estamos en paz, de verdad? —preguntó sinceramente.

—Sí, Kev, estamos bien —contestó ella.

—Vale, hasta mañana —dijo él, y le dio un golpecito en el hombro derecho.

Ella no respondió, puesto que su compañero ya estaba fuera de su alcance.

Para Dawson, el racismo era una simple dicotomía: blanco o negro, racista o no, fanático o no. Explicarle los matices de gris que había entre un extremo y el otro le llevaría mucho tiempo; y, en ese momento, ella no lo tenía.

Abrió la tapa del portátil y la pantalla de inicio de sesión volvió a la vida con un destello.

De pronto, se le ocurrió que mucha gente usa el nombre de un ser amado en vez del propio.

Intentó variaciones de la fecha del nacimiento de Justin y el nombre de su madre.

Nada.

Lo intentó con la fecha de Justin y el nombre de su padre.

Nada.

Ahora, con la fecha de Justin y el nombre de su hermana.

Tampoco.

De pronto, miró alrededor y descubrió que el café se había vaciado.

Priscilla estaba ocupada con una fregona y un cubo.

Finalmente, probó con el nombre de la hermana y la fecha de su muerte.

Se apoyó en el respaldo de la silla mientras la pantalla volvía a la vida.

Bingo. Estaba dentro.

OceanofPDF.com