Almas muertas
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Este libro está dedicado a mi compañera Julie Forrest, quien cada día me lleva de la mano.
Y algún día llegarás a entender lo valiosa que eres en este proceso.
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Prólogo
Justin bajó la mirada a la hoja del cuchillo que planeaba sobre su muñeca.
El cuchillo era de su madre; los temblores, suyos.
Por un instante, se sintió abrumado por los detalles prácticos de la tarea.
¿Habría escogido el cuchillo adecuado? Había tantos... Los había en el cajón de los cubiertos. Otros que sobresalían de un bloque de madera.
Había un juego de cuchillos de plata que su madre recibió como legado y que siempre estaban en su propia caja decorativa.
Este cuchillo no había sido su primera elección. Al principio había escogido el más grande, el más perverso del cajón. Tenía filo de sierra, una hilera de dientes afilados como una cordillera.
El mango se sentía bien en la mano, pero la imagen de esos dientes abriéndose paso por su piel lo hizo estremecer. Qué ironía estar acabando con tu propia vida y preocuparte por el dolor.
Lo devolvió a su lugar y cogió otro: uno largo y liso de mango más grueso y sustancioso. Muchas veces había visto a su madre cortar con él el asado del domingo.
Lo recorrió una punzada de tristeza, mezclada con arrepentimiento.
Se recordó sentado junto a su hermanita, cada domingo, esperando con impaciencia la comida más ansiada de la semana. Su madre acomodaba con mucho cuidado los platos de la cena, ceremoniosamente, con el rostro revestido de orgullo. Tragó saliva cuando se dio cuenta de que ella, al pensar en él, nunca volvería a verse así.
El cuchillo vaciló. Él se preguntaba si habría alguna manera de volver a esos días, a sus primeros años de adolescencia, cuando le bastaba con pertenecer a su familia. Los días fuera, las vacaciones junto al mar, la comida para llevar y las noches de cine.
Tragó hondo.
Ya no era ese chico. Hacía muchos años que no lo era. La ira que llevaba
plantada en el interior se había avivado hasta convertirse en un rugiente infierno.
Sabía lo que tenía que hacer.
El rostro de su madre se le plantó en la mente. El dolor que sentía era casi físico.
Gritó al pasarse la hoja del cuchillo por la muñeca.
El rasguño se entrecruzó con algunos de sus débiles intentos anteriores.
Al menos, este nuevo esfuerzo sí recibió la recompensa de una pequeña burbuja de sangre en un extremo de la fina línea. Era un avance.
Aquel rostro permanecía en su mente. Estaba lleno de comprensión y clemencia. Lo miraba igual que cuando él se ganó un castigo por haber golpeado a un niño en el patio de la escuela; o aquella vez en que a otro niño le quitó la bicicleta y le dañó la rueda delantera.
Esos fueron errores, y fueron perdonados.
Esta no sería como aquellas veces.
Nunca, en sus dieciocho años, había deseado echar atrás el reloj. En los últimos dos días, lo había estado deseando hora tras hora. El arrepentimiento no era por sí mismo: nunca se casaría, nunca traería una novia a casa a conocer a su madre, nunca tendría hijos. Su arrepentimiento era por su madre: se llevaría consigo su única esperanza de tener un nieto.
En su mente, el rostro de su madre cambió. Parecía perplejo, confuso, casi interrogante.
El dolor de su dolor le desgarró el corazón.
Su madre se cuestionaría a sí misma. Se preguntaría qué hizo mal, si habría sido su culpa.
Con ese pensamiento, los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Esto es un error —susurró, y empezó a mover la cabeza de un lado al otro.
No podía soportar la idea de que su madre se condenara a sí misma. No había sido su culpa. Nada de esto era su culpa. Era solo de él.
Soltó el cuchillo. Del primer cajón de la mesilla de noche, sacó un bloc de notas y un bolígrafo.
Sabía que, para él, no había otra salida. Llevaba dos días sabiéndolo bien.
Pero sus propias decisiones no debían obligar a su madre a vivir el resto de
sus días cargada de culpas. Él nunca se perdonaría a sí mismo por lo que había hecho, y ella, por mucho que lo intentara, tampoco le concedería su perdón.
Hizo un alto al recordar el rostro indefenso y aterrorizado que lo miraba desde abajo; un rostro confundido, en busca de razones, de los motivos de esos actos. Era una pregunta que, de pronto, él había sido incapaz de contestar, una pregunta que lo enfermaba hasta la médula. Esos ojos, Dios santo, esos ojos, llenos de miedo, encontraron la vergüenza en su corazón.
Fue entonces cuando se dio cuenta de en qué se había convertido, exactamente. La negrura de su alma le había quitado el aliento. Se había convertido en un monstruo.
Y esto no terminaría con él; de hecho, era solo el comienzo. La muerte y el odio se le echaban encima, y él era demasiado cobarde para detenerlos.
Puso sobre la almohada una nota para su madre y volvió a coger el cuchillo.
Su agarre era fuerte, y su mano, firme. Se concentró en la vena de la muñeca.
Con la hoja, cortó la piel.
Esta vez, iba en serio.
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