Almas muertas

Angela Marsons · Capítulo 6 de 116

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Almas muertas

Capítulo 4

Kim giró bruscamente a la izquierda para salir de la A456, una autovía que dividía las jurisdicciones de Tierras Medias Occidentales y Mercia Occidental.

Siguió las instrucciones del navegador satelital cuando este le dijo que girara a la izquierda en un camino de tierra, detrás de un centro de jardinería.

—¿Esta cosa está colocada? —preguntó cuando la voz electrónica anunció que había llegado a su destino. Kim pensó que el cacharro la estaba llevando por un atajo y que, en algún momento, la pondría de nuevo en la civilización o, por lo menos, en un camino asfaltado.

Bryant se encogió de hombros cuando la rueda derecha cayó en un bache que los hizo rebotar como en un trampolín.

—Corcho —dijo, al mismo tiempo en que alcanzaba a distinguir tres coches patrulla junto a dos minibuses en un aparcamiento de grava, a un lado de una verja de campo.

Por suerte para Kim, los artilugios electrónicos no exigían disculpas.

Aparcó tres metros más atrás, bloqueando el camino de una sola vía.

Mientras caminaban hacia la verja, unos cuantos grupos dispersos de alumnos, que conversaban animadamente, iban llegando a los minibuses.

Menos mal que alguien había echado mano del sentido común y se había puesto a despejar la escena. Kim estaba segura de que esta había sido una sesión de adiestramiento que los chicos no olvidarían en mucho tiempo.

Aunque conocían a los policías que vigilaban la entrada, ambos detectives mostraron sus identificaciones.

Al interior del campo llevaba un sendero desgastado parcialmente, surcado por los vehículos agrícolas que usaban esa entrada. Continuaba unos cincuenta metros antes de desaparecer.

La zona boscosa, a su derecha, se hacía más rala hasta dejar expuesto un campo llano y herboso que se extendía unos cuatrocientos metros en ambas

direcciones. El campo estaba bordeado por densos setos verdes que lo separaban de los cultivos situados más allá.

Kim divisó la actividad donde terminaban los árboles.

—Ah, mierda, jefa. Tenías que haberme dicho que se trataba de ella.

Kim sonrió.

—Creí que te gustaban las sorpresas.

—¿Llamas sorpresa a esto? —dijo él con amargura.

Ella negó con la cabeza. Sabía que esta científica era un gusto adquirido.

Su franqueza no sentaba bien a todos, pero, para Kim, esa mujer era una bocanada de aire fresco. Sus pensamientos y sus actos eran congruentes. No siempre tenía la razón, pero estaba cerca.

Kim observó a la doctora A recorrer la fosa a lo largo. Llevaba una mano metida en el bolsillo delantero de sus vaqueros mientras, con la otra, sostenía el teléfono pegado a la oreja. La pernera izquierda de sus pantalones azul claro se había salido de los confines de una bota Doc Marten.

Lo que antes pudo haber sido una cola de caballo, que sujetaba con firmeza su larga melena de tonos degradados, se había soltado y le caía hasta la nuca.

—Doctora A —dijo Kim con la mano extendida cuando la mujer colgó el teléfono.

Ese apodo se lo había puesto ella misma, después de haber presenciado demasiados cataclismos con su nombre macedonio. Kim ni siquiera estaba segura de cuál era ese nombre, puesto que no recordaba haber usado otra cosa que la versión abreviada.

Una breve sonrisa acompañó el apretón de manos mientras la mujer recorría la escena con la mirada.

—Bryant —dijo, y extendió la mano.

Al colega de Kim no le quedó más remedio que aceptarla.

—Dijo bien mi nombre —murmuró Bryant cuando la mujer se volvió hacia la fosa.

—¿Dónde está Keatings? —preguntó ella de repente.

—A cargo de un suicidio —explicó Kim—. Llegará aquí en breve.

—Venga, vayamos —dijo la doctora A, haciéndoles señas para que se

acercaran al borde de la fosa.

De inmediato, Kim notó el hueso blanco que sobresalía del suelo. Por experiencia, sabía exactamente lo que estaba mirando.

—¿Un cráneo? —preguntó.

La doctora A asintió.

Kim dio un paso atrás y miró la fosa en el contexto de esas tierras llanas.

—¿Medio metro de profundidad? —preguntó.

—Aproximadamente, sí. Muy superficial.

Kim dio un paso adelante.

—¿Podemos...?

—No, no, no, no —gritó la doctora A—. No debemos apresurarnos.

Deberíamos permitir que mi equipo y el de Keatings sean los primeros. No sabríamos las condiciones ni las circunstancias antes de que usted empiece a pisotear la escena.

Kim lo entendía bien. En este momento, no había manera de saber cuánto tiempo llevaba allí ese cráneo. El deber de la doctora A era preservar las pruebas y retirar los restos con tanto cuidado como fuera posible.

Como la mayoría de los arqueólogos forenses, esta mujer tenía un doctorado en Antropología y sabría leer cualquier pista que hubiera quedado en los huesos.

En primer lugar, tenía que asegurarse de que fueran humanos. Kim había visto suficientes cráneos y no tenía la menor duda de que este lo era.

Enseguida, la doctora A intentaría identificar las características biológicas, es decir, el sexo y la raza.

La detective sabía que establecer la fecha de la muerte era un problema grande cuando solo se contaba con huesos, sin más tejidos. La tasa de descomposición de la carne, teniendo en cuenta tanto las condiciones biológicas como las climáticas, les habría ofrecido un valor estimado, por lo menos. También era muy poco probable que pudieran servirse de la entomología. A juzgar por la limpieza del hueso, hacía mucho que los insectos habían abandonado esta fiesta.

Pero la doctora A podía ayudarlos en lo que era más importante para la investigación: identificar la causa y la forma de la muerte.

Kim sabía que había cuatro formas de muerte: natural, accidental, por

suicidio y homicida.

Y aunque aún no tenía ni idea de lo que estaban contemplando, sí sabía algo: esta pobre alma no se había enterrado sola.

—Ah, doble mierda —dijo Bryant, provocando que Kim se volviera.

Una horda venía hacia ellos a lo largo de la línea de los árboles. Ella ya esperaba a la mayoría; a uno, no. Gruñó.

—Gracias por mantener caliente mi escena del crimen, pero ya estoy aquí

—dijo el inspector detective Travis, su archinémesis en la policía de Mercia Occidental.

Nunca, desde que ella adquirió la categoría de inspectora detective, él se había referido a ella por su rango.

Kim se volvió a encararlo y le devolvió el favor.

—Tom, según mis cuentas, esta es la tercera vez que te entrometes en una de mis escenas criminales y te vas con las manos vacías.

—Llevo una —dijo él. Se refería al cuerpo del joven gerente de un centro de ocio en West Hagley.

—Me parece justo, y estoy encantada de que hubieras resuelto el caso.

Ah, espera, no lo resolviste tú —dijo ella. En ese momento, cuando en el rostro de él aparecía una sonrisa, ella se dio cuenta de que le había dado exactamente lo que buscaba.

Una reacción.

Ahora, ella parecía tan infantil como él. O más.

Travis continuó:

—Notarás, me parece, que Hunnington está bajo la jurisdicción de Mercia Occidental.

—Y Hayley Green está en las Tierras Medias, así que déjalo, Tom. Ya lo resolverán los adultos.

—Stone, sabes que...

—Tom, ven aquí —dijo ella, y se apartó unos pasos del público que, de repente, estaba más atento a ellos que al cráneo en el suelo—. ¿Algún día madurarás, de una puta vez? —le dijo enfurecida.

—Deja de robar mis escenarios y no tendremos ningún problema, Stone

—le escupió.

—Vaya, creo que los dos sabemos bien que eso es una gilipollez —dijo

ella—. Mientras respiremos, siempre habrá problemas, pero deja de convertirlos en un espectáculo para las masas. Es infantil, poco profesional y es, incluso, indigno de ti.

Él le devolvió la mirada con una frialdad que ella conocía bien. Mientras tanto, detrás de ellos, más y más gente seguía llegando a la escena del crimen.

Kim se apartó y volvió a la actividad alrededor de la fosa.

Los miembros del equipo de la doctora A se habían reunido y se estaban vistiendo con los trajes protectores blancos.

La detective esquivó a todos a su alrededor y se quedó observando a los técnicos, que iban dejando al descubierto más partes del cráneo. Los restos parecían yacer de lado.

Una de las cuencas oculares, ya expuesta, mostraba que el cráneo que estaban observando, sin duda, era humano.

Los técnicos seguían quitando minuciosamente la tierra adherida al hueso. Pronto, un enorme agujero apareció donde debía haber estado la nariz.

Otros pases del cepillo y otras maniobras de alisado revelaron la cuenca del otro ojo.

Kim frunció el ceño cuando el trabajo se ralentizó hasta detenerse.

Un técnico se puso a tomar fotos del cráneo.

—¿Qué diablos...? —preguntó Bryant. Su mirada se había posado en el mismo lugar que la de ella.

Algo antinatural sobresalía de la cuenca.

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