Almas muertas

Angela Marsons · Capítulo 4 de 116

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Almas muertas

Capítulo 2

La doctora A observó la hilera de rostros que tenía delante y procuró que sus suspiros no se oyeran. Su colega de la Universidad de Aston se dirigía a Dubái para asesorar a un grupo de flamantes policías acerca de las primeras etapas de una excavación.

Y ella estaba en pleno campo, en Black Country, con un grupo de estudiantes apáticos que lucían en el rostro una expresión de lunes por la mañana. Un semblante que ella, como toda una profesional, era incapaz de exhibir. Ay, ¿dónde estaban las mentes jóvenes y ansiosas, de cerebros como esponjas dispuestas a absorber nueva información? Eso habría hecho mucho más fácil la distribución de los deberes, pensó. Qué mejor que la siguiente solicitud de asesoría arqueológica en un clima cálido y soleado llevara su nombre.

—Vale, juntar —dijo, agitando las manos delante de ella.

—Quiere decir que os reunáis —intervino Timothy, su asistente.

Ella lo miró frunciendo los labios. Sí, a veces se le trabucaban ciertas palabras del inglés, pero, si estas personas no eran capaces de entender una instrucción así de simple, tendrían problemas más adelante.

Mientras se mantenía ocupada marcando el contorno con pintura en aerosol, dos metros por un metro, los catorce estudiantes se fueron desperdigando. Iban formando grupos y congregándose en pequeñas cuadrillas, con las manos bien metidas en los bolsillos y los hombros encorvados contra los siete grados de ese día de noviembre. Aunque llegaba un viento helado, no era penetrante. Le habría gustado llevarse a estos jóvenes a su casa de Macedonia, en la península balcánica, donde las masas de aire frío, provenientes de Rusia, se quedaban colgadas de los valles y hundían las temperaturas a menos veinte grados.

—¿Quién puede mencionar objetos que deben estar en la caja de herramientas del arqueólogo forense? —preguntó mientras abría una bolsa que estaba junto a las palas.

—Cámara —dijo uno, bostezando.

—Cuaderno de dibujo y lápices —intervino otro.

—Alicates e hisopos —añadió el que bostezaba.

—Linterna.

Ella asentía mientras le gritaban las respuestas más obvias. El entusiasmo duró poco. Esos cerebros necesitaban un cambio de marcha, si ella quería que buscaran más respuestas.

—Escena del crimen, no olvidar —los incitó.

—Cinta.

—Ropa desechable.

La doctora A volvió a asentir y bajó la mirada al rectángulo de hierba.

—Así que ¿estamos listos para empezar? —preguntó. Cogió una pala.

Se miraron los unos a los otros mientras daban un paso al frente.

— Da mu se nevidi —suspiró ella en voz baja.

La doctora A miró a Timothy. Este hizo el bizco. Había aprendido suficiente macedonio como para saber que era un grito de frustración.

—¿Hay algo que debamos hacer antes de empezar? —repitió.

—Limpiar las herramientas —dijo un alumno.

—Uno esperaría que estuvieran limpias —dijo ella sucintamente.

Empezaba a abrigar esperanzas de que ninguno de estos alumnos tomara la ruta de la investigación forense.

Era hora de explicar algunas cosas, pensó mientras empezaba a excavar.

—Lo normal sería examinar la capa superior del suelo. Aquí no ha habido ningún crimen, así que iré excavando mientras me explico.

Timothy avanzó un paso ante la perspectiva de entrar en actividad.

—En los yacimientos antiguos, las capas relevantes están, por lo general, completamente enterradas.

En las escenas forenses, la superficie actual también es una capa relevante.

—El enterramiento se conecta directamente con el terreno actual. Esto significa que el suelo que estás pisando, simplemente para llegar a la escena, es parte del sitio, y tu presencia puede alterar o destruir las pruebas.

—Hizo una pausa a la espera de preguntas. Como no llegara ninguna, continuó con la lección como la tenía planeada.— Los indicios forenses son

más sutiles. Un arqueólogo forense debe ser muy sensible a la presencia de raíces trozadas, hojas secas, vegetación muerta, marcas de herramientas, pisadas e, incluso, huellas dactilares.

El montón de tierra y hierbas empezó a crecer a un lado del borde marcado con pintura blanca.

—En los yacimientos forenses normales, los utensilios son, a menudo, perecederos. Estoy hablando de papeles, tela, tabaco, insectos, pelo, uñas y otros tejidos suaves.

La doctora A miró los rostros aburridos que la rodeaban mientras el agujero alcanzaba unos treinta centímetros de profundidad.

Entregó la pala a una chica morena que tenía a la derecha. Al hombre que estaba inmediatamente al lado de la morena le dijo que le pidiera a Timothy la segunda pala.

—Cavad, por favor —instruyó, y, antes de seguir hablando, esperó a que la pareja hubiera clavado las palas en el suelo en preparación para empezar

—. También existe la posibilidad de que nos encontremos con materiales biológicamente peligrosos; incluso con peligros de otro tipo... —vaciló—.

Una pistola cargada, por ejemplo.

La alumna dudó. De pronto, las palabras habían traído la atención de todos.

Ella asintió hacia su público.

—Sí, ha ocurrido.

Caminó detrás de los excavadores y los animó a que pasaran las palas a otros. Era hora de calentar a estos chicos.

Entrelazó los dedos por la espalda y siguió caminando y hablando.

—Cualquier vestigio que aparezca debe ponerse en la cadena de custodia legal que corresponda. Pasen las palas, por favor. Y todo debe tomarse en cuenta y protegerse hasta que, oficialmente...

Sus palabras se fueron perdiendo mientras clavaba la mirada en la fosa.

—Alto —gritó con todas sus fuerzas. Todos saltaron hacia atrás, sobresaltados—. Apartaos —dijo, sin quitar la vista del agujero.

Caminó a lo largo del eje mayor de la excavación y se arrodilló.

Miró de cerca y extendió la mano derecha. Como todo buen ayudante, Timothy ya sabía exactamente qué hacer.

Un cepillo suave vino a dar a su palma.

—Fuera de mi luz, gente —gritó. Su mirada seguía fija en el objeto que había acaparado su atención.

Cepilló con suavidad y el corazón empezó a latirle con fuerza.

Alrededor de ella se oían jadeos mientras la forma lisa y redonda empezaba a aflorar. Al parecer, estos alumnos sabían algo, después de todo.

La doctora A hizo una pausa para volverse y hablar con su colega.

—Timothy, aleja a todo el mundo del área. Y tráeme al jefe de los servicios forenses y a la inspectora detective Stone.

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