Almas muertas
Capítulo 61
Cuando Kim entró, Travis ya estaba a un lado de la cama del señor Dhinsa.
Se preguntaba si el hombre tendría una idea de cuán arduamente su compañero había trabajado para salvarle la vida al borde de la calle.
No hacía falta que la enfermera le dedicara una mirada seria y un dedo ante los labios para hacerla entender que la UCI estaba llena de gente desesperadamente enferma. No era la primera vez que Kim estaba aquí. Y
apostaba porque, con toda seguridad, no sería la última.
Había una actitud, un espíritu, en la unidad de cuidados intensivos, que le recordaba a la biblioteca. Todo se hacía con tanta calma y tranquilidad como era posible, y el silencio interminable solo lo rompían los bajos zumbidos de los equipos estacionados junto a las camas.
—¿Cómo está? —susurró.
El joven rostro del hombre estaba en un suave reposo. Su pelo negro se erizaba en mechones. Parte de su corta barba había sido afeitada para dar espacio a puntos de sutura y vendajes. Kim recordó con facilidad los efectos traumáticos en el cuerpo de Travis. El señor Dhinsa había sido el afortunado, aunque, por un tiempo, no se daría cuenta de eso.
—Va y viene cada pocos minutos —contestó Travis—. Por ahora, me ha preguntado dónde está y por qué. La parte inferior de sus piernas está más o menos en mal estado —dijo, y pasó la mirada por la cama hasta las férulas de escayola que en ambas piernas se extendían de las puntas de los pies hasta las rodillas—. El médico ha dicho que lo han puesto fuera de la lista de pacientes críticos, ahora que han descartado cualquier lesión permanente en la médula espinal. Lo están dosificando con esteroides.
Kim tuvo un pensamiento horrible en el momento en que el señor Dhinsa abrió los ojos y miró directamente a Travis.
—¿Dónde está Trisha?
Y eso era. Estaba tan fuera de sí que no tenía ni idea.
—No piense en eso, por ahora, señor Dhinsa. Solo concéntrese en...
Travis se calló cuando el señor Dhinsa volvió a cerrar los ojos.
Kim fue al otro lado de la cama y se sentó en la silla de plástico. Esto tenía visos de que sería una noche muy larga.
El señor Dhinsa abrió los ojos otra vez.
—¿Usted me ha salvado? —peguntó.
Travis asintió.
Ojos cerrados.
—¿Tratarás de preguntarle algo? —dijo Kim. Lo último que supieron fue que a la compañera de este hombre la habían empujado delante del camión de reparto, y él era la única persona a quien los testigos habían visto alrededor.
—Sí, siempre y cuando esté conmigo el tiempo suficiente. Es como querer entablar una conversación contigo, más o menos.
Lo que sorprendió a Kim fue que semejante comentario no viniera acompañado de la acostumbrada línea dura en los labios. ¿De verdad estaba tratando de reírse con ella?
Ojos abiertos.
—Señor Dhinsa, ¿a Trisha la empujaron? —preguntó Travis, adelantando la respuesta.
—Furgoneta azul —respondió.
—Está demasiado confundido —dijo Travis, y miró a Kim—. La furgoneta era blanca.
Kim negó con la cabeza.
—Solo está atontado y sobreponiéndose a los medicamentos. Vuelve a intentarlo.
Ojos abiertos.
—Trish se interpuso —dijo, y sus ojos se perdieron. Volvió a enfocarlos.
—Nos lo quiere contar, Travis —se percató Kim.
Con esas cortas respuestas en secuencia, el hombre revelaba tanto como le era posible cada vez. Estaba tratando de decirles lo que había sucedido, exactamente.
La sombra de una enfermera apareció detrás.
—Creo que es suficiente por hoy —dijo en voz baja.
—Por favor, denos uno o dos minutos más —dijo Kim. No quería que
este hombre hubiera gastado tanta energía para nada.
—Por favor —añadió Travis.
—Dos minutos —accedió, y vigiló los signos vitales en la máquina.
—Unos tipos trataron de llevarse... —dijo el señor Dhinsa.
Ojos cerrados.
La mirada de Kim se encontró con la de Travis al otro lado de la cama.
Se les estaba agotando el tiempo. Tenían que ayudarlo a darle sentido a todo.
Kim se volvió al señor Dhinsa con la esperanza de que él pudiera oírla antes de perderse en el sueño por completo.
—Señor Dhinsa, ¿nos está queriendo decir que unos hombres en una furgoneta azul trataron de llevarse a su novia? —preguntó Kim, en un intento de poner un cerco a las declaraciones anteriores.
Él asintió. Enseguida negó con la cabeza y abrió los ojos una vez más.
—No, Trisha detuvo... Era a mí a quien trataban de llevarse.
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