Almas muertas

Angela Marsons · Capítulo 70 de 116

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Almas muertas

Capítulo 68

Bryant tenía que reconocer que la casa Lloyd, ubicada en Colmore Circus, en Queensway, tenía que ser uno de los edificios más feos que había visto en su vida.

El cuartel general de la policía de las Tierras Medias Occidentales residía en una simple caja rectangular de once capas superpuestas, con ventanas idénticas y hormigón, que se elevaban hasta el cielo.

Las puertas giratorias los dejaron en un espacio diáfano de madera clara y vidrio, con un mostrador de recepción circular que a Bryant le recordaba un gimnasio.

Mientras Dawson hacía las presentaciones, Bryant se imaginaba la primera impresión de la comisaría de Halesowen. El viejo Jack, el pobre sargento recepcionista, condenado a mirar durante el turno completo su propio reflejo en los cristales reforzados. Pero, desde luego, esta no era una comisaría; este era el cuartel general.

Transitaron a través de los detectores de metal y se dirigieron a la segunda planta.

En lo alto de las escaleras había un rótulo. Siguieron la flecha hacia los servicios de inteligencia y estuvieron a punto de pasar de largo una puerta a la derecha. Ahí estaba la placa con el nombre de la persona a quien buscaban.

Dawson dio dos golpes en una puerta que se abrió de inmediato, como si la persona que estaba del otro lado los estuviera esperando. Y, cuando quedó completamente abierta, Bryant entendió por qué. El escritorio y la silla habían sido metidos a la fuerza en un despacho pequeño que también contenía pilas de dos metros de altura de cajas de cartón para almacenamiento. El viaje de la silla a la entrada había sido muy corto.

—Fred —dijo el hombre, y les tendió la mano. Era cinco centímetros más bajo que el metro ochenta y tres de Bryant. Sobre una expresión rubicunda y encendida, lucía una mata rala de cabello rubio.

Dawson hizo las presentaciones.

—Si no les importa, bajaremos a la cafetería. Ahí podremos sentarnos con comodidad.

El hombre giró la cara hacia la izquierda de Bryant y este le siguió la mirada. Era evidente que buscaba algo. Bryant se apartó un paso cuando el hombre lo rodeó para coger una única muleta.

—¿No prefiere quedarse...?

—Es una lesión permanente, pero gracias por su preocupación —dijo con toda naturalidad.

Bryant sintió que algo se liberaba en su cerebro cuando todos salieron de ese pequeño espacio. Dio unos cuantos pasos hacia delante y caminó lado a lado con ese hombre, que se movía notablemente bien.

Las mangas de la camisa recogidas revelaban una serie de cicatrices a lo largo del brazo, como quien lleva una cuenta. Bajo cierta presión, Bryant habría dicho que eran cortes de hoja de afeitar.

Maldijo su propio despiste.

—Usted es Fred Windsor, ni más ni menos —dijo. Dawson frunció el ceño—, quien hace diez años estuvo en manos de la banda racista Orgullo Nacional.

—Once, para ser exactos, y sí, ese soy yo.

Bryant se sintió mal por haber supuesto, allá en la comisaría, que este hombre no tendría nada que ofrecerles.

Ahora lo recordaba claramente. Durante años, Fred Windsor había trabajado furtivamente con el grupo racista, ganándose su confianza, asimilando sus planes, conociendo sus motivaciones. Dos meses antes de retirarse, fue denunciado por alguien a quien, como policía, Windsor había detenido por robar en una tienda. El grupo lo mantuvo cautivo durante seis días, torturándolo y humillándolo. Le destruyeron ambos tobillos para asegurarse de que nunca más volviera al servicio activo.

—¿Y las cicatrices? —dijo Bryant, incapaz de apartar la mirada mientras Dawson empujaba la puerta de la cafetería.

—Una por cada día que les mentí —dijo secamente.

—¿Y durante cuánto tiempo trabajó encubierto?

—Setecientos veintidós días, exactamente.

Bryant no quería ni pensar lo que el hombre escondía bajo la ropa.

—Señor Windsor, estoy...

—Oye, sigo siendo Fred —apuntó sonriendo.

—Vale, Fred, déjame invitar a las bebidas —ofreció Bryant.

—Siéntate —dijo—. La encantadora Sophie estará aquí en un segundo.

Ya los había descubierto una joven delgada y pelirroja que, vestida de mono azul liso, caminaba hacia ellos llevando una pequeña libreta.

—¿Inspector? —dijo.

Él puso los ojos en blanco.

—Fred, por favor, solo Fred. Yo quiero lo de siempre, ¿y...? —miró a los otros dos.

—Estamos bien. Solo te quitaremos unos minutos.

—Si vuestra intención es entenderlo todo, sargento, vais a necesitar más de unos minutos. Os sugiero que pidáis algo de beber.

—Café con leche —dijo Bryant.

—Zumo de naranja —dijo Dawson.

—Gracias —dijeron al unísono.

—Vale, empecemos. La hostilidad del delincuente, en los crímenes de odio, es estimulada por lo que este percibe en la víctima en cuanto a origen étnico, raza, nacionalidad, religión, orientación sexual, discapacidad o género.

Dawson asintió.

—Sí, sí, nosotros...

—Joven, si tuviera que concentrarme en lo que quizás sabéis o quizás no sabéis, pasaríamos varios días aquí. Lo mejor será que simplemente os diga lo que he averiguado en mis veintidós años de experiencia, y después podréis diseminarlo a vuestro antojo.

Con un movimiento de cabeza, Bryant lo invitó a continuar. La leve reprimenda hacia Kev era totalmente merecida.

—Tener prejuicios no es un delito. Para que haya un crimen, tienen que darse dos componentes: el delito mismo, como podría ser un ataque o un acoso, y la prueba de que los actos del perpetrador están motivados por sus prejuicios con respecto al grupo a quien la víctima representa.

»La mayoría de los crímenes de odio se dirigen a individuos que

pertenecen a grupos sociales históricamente sujetos a tratamientos discriminatorios institucionalizados... Pero dejemos ese asunto para otra ocasión.

»También hay crímenes de odio contra criminales de odio: niños indios que golpean a niños negros, niñas judías que atacan a góticos».

Bryant movió la cabeza de un lado al otro.

—Pero ¿dónde empieza todo, Fred?

—Suele empezar con abusos de poca monta: palabras, chismes maliciosos, miradas intimidatorias, repudio y arrinconamiento... De ahí hasta los ataques violentos y el homicidio.

—¿Cómo se pasa de los insultos al asesinato? —preguntó Dawson—. A todos los niños les dicen cosas crueles en el cole. Es un caldo de cultivo para el aislamiento, pero ¿cómo puede esto convertirse en algo particularmente dirigido en contra de las minorías?

Windsor sonrió y, al mismo tiempo, negó con la cabeza.

—La aversión racial no es como molestar a un niño en el cole porque es gordo.

Bryant notó que Dawson se estremecía. Fred no podía haber ofrecido un ejemplo más cercano para su colega.

—Tenemos que considerar los factores socioeconómicos. Las generaciones sucesivas de residentes blancos crean ambientes hostiles para los residentes de las minorías étnicas. Sumemos aquí a los grupos, incluso a los partidos políticos, que diseminan el odio. En este país, tenemos al Partido Nacional Británico, la Liga de Defensa Inglesa, Combat 18.

Algunos funcionan como partidos convencionales para ganar poder en las urnas. Entre estos está el Partido Nacional Británico, por ejemplo. Otros se inclinan por actividades callejeras, como la Liga de Defensa Inglesa. Lo que todos tienen en común es la intolerancia.

»Todos promueven la xenofobia. Quieren que los pobladores teman a los extranjeros. —Hizo una pausa y miró a los dos detectives.— Así que, ahora que entendemos algunas de las áreas de donde proviene el rencor, ¿vais a preguntarme qué clase de personas cometen este tipo de crímenes?».

Ambos asintieron con entusiasmo.

—Y aquí es donde tenemos nuestro primer problema.

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