Colapso

Alessandra Neymar · Capítulo 8 de 50

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Colapso

Capítulo 6

Sarah

Acaricié el filo de todos y cada uno de los libros que había en aquella enorme estantería. Ahora que todo el lugar estaba iluminado por la luz del día, su belleza resplandecía. Todo el salón rezumaba paz y armonía, rodeado de plantas y rincones de ensueño.

Cuando llegué a casa de Daniela y le conté lo sucedido y lo que había planeado, no esperé que me llevara hasta el piso de sus abuelos y me entregara las llaves. Ni siquiera me dejó negociar con ella la posibilidad de pagarle un alquiler; me envió una mirada amenazante en cuanto se le mencioné.

Nos habíamos pasado la noche mirando el cielo a través del tragaluz que había en el techo de su habitación, manteniendo un silencio reconfortante y al mismo tiempo perturbador. No preguntó mientras hablaba, no cuestionó ninguna de mis palabras y no dejó espacio a la duda.

Se lo conté todo sin medidas y ella me creyó. Me lo hizo saber en cuanto me cogió la mano, se pegó a mí y nos tendimos en su cama. Supe que la verdad ya no me aplastaba a mí solamente. Daniela cargaría también con ella, y no me sentía orgullosa de ello.

—¿Por qué me crees? —le pregunté casi amaneciendo.

—Porque le quieres demasiado como para arriesgar su vida de esa forma —me dijo sin dejar de mirar el cielo—. Tiene que ser verdad, Sarah

—imaginar a Enrico muerto me produjo un fuerte escalofrío Cogí aire, cerrando los ojos con fuerza, y observé la terraza. La nieve comenzaba a disolverse y había encharcado todas las baldosas.

—A tus padres no les hará gracia que una desconocida viva aquí —dije tras haber visto el piso en el más absoluto silencio.

—Técnicamente, yo soy la dueña —espetó ella, acariciando una foto de sus abuelos fallecidos. Antes de llegar allí, me había contado que había heredado ese lugar.

—¿Y todo lo demás? —comenté preocupada—. ¿Cómo voy a hacer frente a los gastos? Esta no era la idea, cariño —terminé pellizcándome el puente de la nariz.

Aquel piso no podía mantenerse con un sueldo mínimo y yo no tenía experiencia laboral, me costaría horrores encontrar un trabajo. De todos modos tenía pensado alquilar una habitación y buscar empleo en alguna cafetería o restaurante. Se acercaba Semana Santa y era buena época para la ocupación hostelera.

—¿Pensabas dormir en la calle? —lo dijo enfadada e incrédula.

No me tomé a mal su comentario porque sabía que no lo decía con intención de ofenderme, pero sí me torturé con la idea de no saber cómo apoyarla. Había deducido que Daniela prefería guardar sus emociones, le costaba horrores hablar de sus sentimientos e intentaba no demostrar nada, pero ambas sabíamos que no estaba bien. ¿Cómo iba a estarlo si su mejor amigo había muerto y apenas veía a Kathia? Nos conocíamos poco. Estas últimas semanas habían sido las que habían terminado por unirnos del todo, pero, aun así, no bastaban para que hubiera una confianza total. Yo no podía exigirle que se desahogara conmigo, pero esperaría a que ella decidiera si hacerlo o no.

—He hablado con mi madre —dijo de pronto—. Te hará un hueco en su agencia. Te llamará la próxima semana para concretar las condiciones de tu contrato.

La miré impactada y preguntándome cómo y cuándo demonios había organizado todo aquello. Su madre, Casandra Canetti, era una prestigiosa diseñadora de interiores que trabajaba para importantes celebridades italianas y organizaba exclusivos eventos en la ciudad. Tenía una de las mejores agencias del país y, aunque apenas la conocía, sabía que tenía a los mejores trabajando para ella.

—No tengo ni idea de decoración de interiores, Dani —admití con un ramalazo de miedo. Ni siquiera sabía si sería capaz de manejarme con un ordenador. Mesut Gayir se había llevado mi adolescencia, se había encargado de convertirme en un ser torpe… ¡Me sentía a medio desarrollar!

Daniela indagó en mis ojos y fue consciente de todo lo que estaba pasando por mi cabeza. Incluso se me había puesto el vello de punta. Lo último que quería era fastidiar la reputación de su madre por mi incompetencia.

Se acercó a mí y me acarició el brazo.

—Lo harás bien, tranquila —murmuró y, extrañamente, tragó saliva echando una rápida ojeada alrededor—. Íbamos a vivir aquí. —Un gemido ahogado.

Alex.

—¿Íbais? —Fruncí el ceño casi al tiempo en que ella dejaba caer su mano de mi brazo.

—Ha cambiado, ¿sabes? —Confesó, y tomó asiento en el sillón que tenía más cerca. La imité cogiendo su mano y observando como una tímida lágrima se le escapaba de los ojos—. Y yo también…

—Todos hemos cambiado, Daniela… —Acaricié sus nudillos. El llanto poco a poco se hacía más intenso y tuve que echar mano de todas mis fuerzas para no derrumbarme con ella. Si ambas caíamos, ¿cómo nos levantaríamos después?

—Discutimos constantemente. Alex dice que apenas hablo, que no le cuento lo que siento y yo no sé cómo hacerlo, Sarah —gimoteó antes de apartarse el pelo. No quería llorar y sin embargo ya lo estaba haciendo—.

No sé cómo explicarle que me cuesta muchísimo asimilar que Cristianno ya no está.

Me acerqué más a ella e intenté que me mirara a los ojos. Daniela quería ocultarse, pero no la dejé porque sabía que, aunque no lo reconociera, necesitaba aquello. Necesitaba soltar de algún modo todo el dolor.

—Hazlo como lo acabas de hacer ahora mismo —sugerí en voz baja.

—Ese es el problema. Si lo digo en voz alta, ya no habrá vuelta atrás. —

Cerró los ojos y negó con la cabeza—. Será más real de lo que ya es. No

quiero que Cristianno esté… —se ahogó y empezó a negar con la cabeza.

Me pareció más adolescente que nunca—. No, no quiero.

Cogí su rostro entre mis manos y la obligué a respirar. Daniela no sabía gestionar las emociones que la asolaban. Estaba peligrosamente cerca de un ataque de ansiedad y eso me dejó entrever lo poco acostumbrada que estaba a exteriorizar sus sentimientos.

—Daniela… —susurré indicándole que cogiera aire y lo expulsara con lentitud. Le costó obedecerme porque el llanto se le había instalado en la garganta.

—No quiero perderle, Sarah… —Volvió a negar—. Sin Alex, yo…

No permití que terminara la frase.

—No le perderás.

—Si Cristianno se ha ido, ¿por qué no iba a sucederle lo mismo a él? —

protestó.

—Basta, no digas eso… por Dios. —Daniela terminó enterrando su cara en mi hombro y yo la envolví con mis brazos sintiendo un tremendo escozor en los ojos.

No sé cuánto tiempo estuvimos aferradas la una a la otra, pero lentamente sus jadeos cesaron y la presión de sus manos disminuyó conforme se calmaba. Ni ella ni yo deshicimos el abrazo hasta que sonó el timbre.

Miré de súbito hacia la puerta.

—¿Quién es? —pregunté en un susurro mientras Dani se incorporaba limpiándose las lágrimas. Se le había corrido un poco el maquillaje de los ojos y ahora parecían más grandes.

—Valerio —repuso sin saber que se me encogería el estómago al escuchar su nombre—. Me ha llamado hace un rato para saber cómo estabas. Le he dicho que estarías aquí. —Se acercó al telefonillo y abrió la puerta.

Después cogió su mochila violeta, se la colgó de un hombro y se miró en el espejo de la entrada. Me crucé de brazos mientras la observaba retocarse la pintura de sus ojos.

—¿Te veré después? —dije casi en un susurro.

Ella se detuvo, me miró y me ofreció una mano. Se la cogí de inmediato.

—Por supuesto… —dijo—. Gracias, Sarah.

¿Gracias? ¿Gracias por ofrecerle mi hombro para llorar? Fruncí el ceño y la miré con desaprobación antes de tirar de ella y volver a abrazarla.

—Soy yo la que tiene que darte las gracias —le dije al oído antes de ver cómo Valerio salía del ascensor.

Su mirada ardió extrañamente en mi piel. No me había dado cuenta de cuánto le necesitaba hasta que le vi allí, vestido con aquel traje gris oscuro, con las manos en los bolsillos de su pantalón y aquellos ojos, respirando aliviados al verme.

Daniela se marchó tras despedirse de los dos con un beso y nos dejó a solas en mitad del vestíbulo y rodeados de un silencio que, por primera vez desde que le conocí, me resultó extraño. Valerio no sabía qué hacer y yo me moría por encontrar la forma de olvidar entre sus brazos.

Se acercó a mí, muy lento, y terminé tragando saliva.

—Hola… —Me obligué a decir.

—No esperaste al amanecer —murmuró antes de darme un beso en la frente. Cerré los ojos al notar el calor de sus labios.

—Lo siento. —Casi gemí—. Tuve que ir…

—Lo sé… —Claro que lo sabía… Seguramente Mauro le habría informado del estado de su prima y de que una vez más había tenido que recogerla de la tumba de su hermano—. Sabes que el Edificio queda muy cerca de aquí, ¿verdad? —Comentó buscando mi mirada—. Debes prometerme que me llamarás para cualquier cosa que necesites.

Cogí aire profundamente y acaricié su pecho.

—Lo prometo —dije antes de ver cómo echaba mano al bolsillo interior de su chaqueta.

Extrajo un sobre blanco, lo dobló y me lo entregó. Empecé a negar con la cabeza casi al mismo tiempo en que empezaba a ser consciente de lo que pretendía.

—Coge esto —me ordenó un tanto déspota. Él ya sabía que me negaría y no tenía ganas de rebatirme.

—Ni lo sueñes —protesté y me alejé de él.

—Sarah. —Valerio me cogió del brazo y me obligó a mirarle de nuevo

—. Cógelo. —Viniendo de él, aquel sobre debía contener el dinero suficiente como para mantenerme seis meses por todo lo alto.

Resistiéndome, cogí lo que me ofrecía y agaché la cabeza. No me hacía gracia tener que aceptar aquello, pero Valerio no me dejaría rechazarlo.

—Te echaré de menos —murmuró y yo adoré que lo dijera sin apartar su mirada de la mía.

Fui yo la que se sonrojó y la que tuvo que concentrarse en seguir respirando con normalidad.

—No lo harás porque tú mismo has dicho que el Edificio queda cerca

—sonreí—. Podrás venir a verme cuando quieras.

—Aun así no será lo mismo. —Noté su indecisión, no sabía si quedarse o marcharse. No sabía si acercarse a mí y abrazarme o dejar las cosas como estaban. Y yo compartía esas mismas dudas.

Necesitaba que Valerio me acariciara, necesitaba sentir el calor de su cuerpo pegado al mío, pero ambos sabíamos que Enrico no me dejaría saborear aquel momento. Enrico no me permitiría empezar de nuevo y quizás hacerlo junto a Valerio.

Cerré los ojos.

—Quédate… —jadeé colocando una mano sobre su vientre—. Quédate un rato más.

«Ayúdame a olvidar que amo a Enrico»

Segundos más tarde, sentí sus dedos entorno a mi cintura. Suavemente fue rodeándola hasta envolverla por completo. Sus caricias distaban tanto de las de Enrico. Valerio era tierno, romántico y delicado. Enrico, en cambio, era erótico, ardiente y exquisitamente posesivo.

Apoyé la cabeza en su pecho y me concentré en los latidos discordantes de su corazón. Estaba nervioso, y me gustó sentirlo tan pegado a mí.

—Paola llegará esta tarde —espetó dejando que su voz me acariciara el cuello. Su prometida, la misma que me humilló la primera noche que pasé en el Edificio, volvía a Roma tras haber estado unas semanas con su familia en Siracusa—. Quiere que vayamos a mirar una casa que hay cerca del Coliseo. Nos casaremos en Agosto. —Lo explicó todo con un tono tan decadente que no pude evitar sentir un ramalazo de ira.

Aquella niña bien, sin educación y con una presencia engañosa se convertiría en la esposa de uno de los hombres más respetables y elegantes que había conocido jamás. No era justo para él… y tampoco… ¿para mí?

Dios, qué confundida estaba… ¿Por qué todo era tan difícil?

—No la quieres… —admití un tanto encrespada.

Valerio se apartó y cogió mi rostro entre sus manos. Con él, sobraban las explicaciones, porque se metía en mi mente y tomaba como suyos todos y cada uno de mis sentimientos. Ambos sabíamos que había miles de palabras escondidas tras lo que acababa de decirle. Miles de intenciones. El deseo de amarle, el deseo de poder hacerlo sin miedo a saber que mi corazón quedaba dividido… Todo aquello se instalaba entre nosotros cada vez que nos tocábamos, y tomaba un nombre propio.

Enrico…

«Basta, déjame tranquila. Quiero olvidarte» me reprendí.

Y Valerio leyó su nombre en mis ojos grises…

Intentó contenerse, pero terminó por fruncir los labios. Supe con aquel gesto que él se moría porque yo diera un paso más.

—No me importaba hasta que… te conocí. —Un susurro que acarició mis labios y recorrió mi piel con un escalofrío.

Cuánto habría deseado poder… perderme en él.

—Valerio… —siseé.

—Tengo que irme… —Volvió a besarme en la frente—. Llámame, por favor.

Se apartó de mí con rapidez y se dirigió a la puerta. Le seguí notando un extraño miedo navegar por mi pecho. Si perdía a Valerio… Si le perdía…

Dios mío…

—Valerio. Yo… —Me quedé a mitad… sin saber qué demonios decirle.

Cualquier cosa que dijera habría estado a medio camino entre la verdad y la mentira. No serviría de nada.

—No digas nada que no sientas del todo, amor. —Abrió la puerta del ascensor—. Yo seguiré estando aquí, ¿de acuerdo?

Su sonrisa triste fue lo último que vi antes de que se marchara. Y me pregunté si alguna vez sería capaz de amarle sin que Enrico se impusiera

entre nosotros. Me sentí culpable por no tener una respuesta, por no saber si algún día el maldito Materazzi saldría de mi corazón.

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