Colapso

Alessandra Neymar · Capítulo 25 de 50

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Colapso

Capítulo 23

Kathia

Finalmente, logré dormir.

No soñé con fuego, ni tampoco con muerte. Pero sí lo hice con Cristianno y con cómo habría sido nuestras vidas de no haber muerto. Vi a nuestros hijos crecer y como nosotros envejecíamos. Vi cómo abandonábamos nuestros cuerpos tendidos en una cama, abrazados el uno al otro. Moríamos juntos después de haber vivido amándonos toda una vida.

Sí, dormí… Descansé. Y lo más ilógico de todo: me enorgullecí de ello.

Porque cuando salí de la habitación y me planté en la entrada del salón me sentí completamente preparada para cualquier cosa.

Yo lo supe, y Olimpia también.

Estaba sentada junto a sus queridísimas e inseparables amigas/arpías, compartiendo té helado y parloteando sobre lo mismo que el día anterior: más vestidos, más planes de boda. Solo que está vez parecían más entusiasmadas por la presencia de Vito, el organizador de ceremonias amanerado y especialmente molesto que habían contratado para la ocasión.

Cuando decidí inmortalizar el momento entre Olimpia y Valentino no caí en la cuenta de que no disponía de ningún tipo de tecnología, pero eso no me detuvo. Fui a la habitación de Giovanna y cogí prestado su móvil. La imagen quedó genial y sus múltiples copias de seguridad también.

La propia Olimpia fue testigo de la maravillosa calidad de esa foto al recibirla desde el móvil de su sobrina. Tragó saliva, empalideció y me miró sabiendo que ahora estaba en mis manos. Que debía hacer todo lo posible por que no se le notara que acaba de recibir una imagen en la que salía fornicando con su yerno. Por tanto, la pelota estaba en mi tejado y ahora se

utilizarían mis normas. Nada de psiquiatras, nada de aislamiento, nada de órdenes. Todo se haría a mi manera.

Me di la vuelta regalándole una sonrisa perversa y crucé el vestíbulo en dirección a la puerta. Apenas tuve tiempo de acariciar la madera cuando Olimpia tiró de mí.

—¿Qué demonios te crees que estás haciendo, niña? —quiso saber. Pero lejos de reaccionar como esperaba ella o incluso yo, miré la mano con la que me cogía el brazo.

Aquellas miradas debieron de ser demasiado duras, porque rápidamente se apartó y volvió a tragar saliva. Aún no me tenía el miedo suficiente, pero sí empezaba a notar cierta imprevisibilidad en mí y no quería tentarme demasiado.

—Siento haberte cazado con la boca abierta —ironicé recomponiendo la manga de mi chaqueta—. Intenté sacarte lo más favorecida posible, pero no dejabas de gemir.

Olimpia boqueó y movió las aletas de la nariz como si fuera un pececillo atrapado entre las asas de una bolsa de plástico. Lo que en ella era furia en mí supuso una profunda sensación orgásmica.

—¿A qué coño juegas, Kathia? —gruñó ahogada, y yo levanté un dedo y negué con él chasqueando con la lengua.

—No, Olimpia, replantéate la pregunta, querida. —Más ironía, más soberbia.

—No saldrás de esta casa…

—Claro que sí. Tú misma me darás permiso.

Alzó el mentón, se cruzó de brazos y tensó los hombros creyendo que con ello me intimidaba.

—He borrado la foto, nadie te creerá. —La muy estúpida estaba convencida de ello y no pude evitar soltar una carcajada.

—Puede que a mí no, pero a las demás imágenes, tal vez sí —admití y me acerqué un poco más a ella—. He hecho copias de seguridad, Olimpia, y están en un lugar al que ni remotamente puedes acceder. —El móvil de Cristianno, en el cajón de la mesa de su habitación. En el Edificio Gabbana.

Después de todo, Olimpia no era tan tonta. Comprendió a la perfección mis entre líneas y por un momento creí que le daría un infarto cerebral.

—¿Qué quieres a cambio de esas fotos? —Y volví a sonreír al notar el tono de súplica que decidió utilizar, como si eso fuera a librarla de la cantidad de problemas que se le venían encima.

Problemas con nombre propio: el mío.

Torcí el gesto y la miré de arriba abajo con los ojos entrecerrados. Supe que ahora que me los había maquillado un poco, mis miradas serían mucho más impactantes.

—¿Podrías pegarte un tiro aquí y ahora? —No tendría esa suerte. Metí el móvil de Giovanna en el bolso—. Eso me quitaría faena, Carusso. —Me dispuse a salir.

—Kathia… —De nuevo, Olimpia me detenía, pero esta vez con mucha más suavidad y demasiado respeto—. Angelo no quiere que… —Sí, ya lo sabía: no quería que saliera sola.

La interrumpí sin molestarme en mirarla.

—Y tú sabrás bien como capear el asunto, ¿a que sí? —Salí de la casa y señalé al primer esbirro que vi—. Tú, sube al coche.

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