Colapso

Alessandra Neymar · Capítulo 3 de 50

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Colapso

Primera parte

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1

Sarah

Nada podía ir bien si todos estábamos sentados a la mesa y nadie era capaz de mirarse a los ojos. Sometidos por un silencio cruel que se imponía entre nosotros marcando una distancia que terminaría por ser insalvable.

Habían pasado dos semanas desde que Cristianno murió y el Edificio se perdía cada vez más en la sombra, ahogando a cada uno de sus habitantes en el vacío que había dejado tanta muerte en tan poco tiempo.

Todos habíamos cambiado. Cada uno decidió llorar la ausencia a su manera, pero en su propia soledad, quizá preguntándonos ¿quién sería el siguiente? ¿Qué nos quedaba por vivir todavía? ¿Cómo demonios habíamos llegado a ese punto?

Los Gabbana se fragmentaban… Y yo no podía hacer nada. Porque nadie creería que uno de los suyos había provocado tal situación. Nadie creería que el hombre que comía apaciblemente a mi lado era el asesino de Cristianno.

—No deberías seguir bebiendo —espetó Silvano mientras su esposa se llevaba una copa de vino a los labios, y ya era la tercera en solo diez minutos.

Graciela resopló con una sonrisa y miró a su compañero como si fuera un desconocido. Después echó una ojeada a las dos empleadas que nos servían la mesa y comprendió que ninguna de ellas la obedecería si decidía continuar bebiendo. Así que se levantó con parsimonia y caminó hacia la estantería donde estaban las botellas de alcohol y demás licores. Cogió un vaso, le puso hielo y eligió un coñac al azar mientras yo me tensaba en mi

asiento. Una extraña y suave caricia se extendía por mi muslo provocándome un fuerte estremecimiento.

Tragué saliva. Los dedos de Enrico subían hábiles hacia mi entrepierna y cerca estuvieron de alcanzar su objetivo. Le detuve a tiempo notando cómo él fruncía una sonrisa. Pero lejos de mirar a Enrico, me fijé en Mauro…, que acababa de darse cuenta del cambio tan brusco que tuvo mi cuerpo.

—Recuerdo el día en que murió tu hermano Fabio —comentó Graciella con voz cruel mientras desenroscaba el tapón de la botella. Su cuerpo adoptó una pose oscilante y un tanto petulante que nos preparó a todos para un enfrentamiento desagradable—. Levantaste toda Roma con el propósito de aniquilar a esa gentuza. —Se refirió a los Carusso y a la noche en que Adriano Bianchi ganó las elecciones y lo celebró en un yate que más tarde estalló en llamas—. Sin embargo, han matado a tu hijo y no eres capaz de salir de esa maldita habitación.

Contuve una exclamación al notar cómo sus duras palabras se me clavaban en el pecho. Silvano empalideció, pero no miró a su esposa. Se mantuvo cabizbajo observando el contenido intacto de su plato y asiendo con fuerza los cubiertos.

Fue Patrizia la que se levantó y se digirió tímida a su cuñada.

—Graciella, ya basta… —murmuró intentando quitarle la copa de las manos.

Pero Graciella la empujó.

—¡No! —exclamó con furia antes de señalar a Patrizia con un dedo—.

Tú no has perdido a un hijo, no tienes ni idea.

—¡No! —Gritó Silvano dando un fuerte golpe en la mesa que tiró varias copas. Después miró a su esposa—. ¡Tú no tienes idea!

Habría prestado mucha más atención al sospechoso gesto de Enrico ante la respuesta de su padrino si Graciella no hubiera lanzado el vaso contra la pared. El cristal se hizo añicos dejándonos a todos completamente tensionados. Aquello no iba a tener un buen final.

La Bellucci se acercó a Silvano con paso firme y se inclinó para hablarle de cerca.

—Dios sabe que en estos momentos el único sentimiento que tengo hacia ti es odio —gruñó olvidando que incluso sus suegros estaban presentes.

Ofelia agachó la cabeza y Domenico se mantuvo rígido, sin dejar de analizar cada gesto del rostro de su hijo, que alzó la mirada y la clavó en los ojos de Graciella. Mientras tanto, el resto de presentes ansiamos desaparecer de allí.

—De todos modos es un sentimiento —masculló hiriente y en voz baja.

Esa vez su esposa decidió no contestar, y se marchó tambaleante dejando el comedor sumido en una dolorosa inquietud.

—Lleva razón, Silvano. —Domenico le habló a su primogénito con cierto tacto, pero profundamente sincero; ambos hombres habían perdido al pequeño de sus hijos. Soltó la servilleta sobre la mesa y señaló el asiento que debería haber ocupado Cristianno de haber estado vivo—. Esa silla está vacía y tú no haces nada. Solo dejar más espacio a los Carusso y permitir que esta familia se pierda en esa distancia. —Terminó levantándose de la mesa, esperando una respuesta. Pero Silvano no dijo nada.

Tan solo miró a Enrico… pidiéndole permiso en silencio para responder a su padre. Se me heló la sangre al ver cómo este negaba casi imperceptiblemente con la cabeza y, en respuesta, Silvano callaba. ¿Hasta qué punto Enrico tenía el poder? ¿Hasta qué punto podía ordenar? Es más,

¿por qué demonios el gran Silvano Gabbana no hacía nada?

Domenico resopló asqueado y visiblemente decepcionado por el silencio. Le dio un beso a su esposa en la cabeza y siguió los pasos de su nuera caminando más lento y mucho más apenado. No solo había perdido a un hijo y a un nieto, sino que su familia se desintegraba porque uno de los suyos no sabía qué hacer.

Me quedé atrapada entre lo sucedido y las miradas que Mauro y Enrico se estaban enviando completamente ajenos a que yo estaba sentada entre ellos. ¿Qué se estaban diciendo? ¿Cuánta información albergaban sus ojos?

—Papá… papá. —Fue Valerio quien intentó extraer a Silvano de sus pensamientos acariciándole el brazo con cariño. Este miró al mediano de sus hijos sin perder aquella mirada trastornada y lejana.

—Marchaos… —ordenó deseando no tener que volver a repetirlo.

Diego fue el primero en obedecer y lo hizo furioso con su padre. Yo fui la última y lo hice tras haber mirado a Silvano con nostalgia y pena.

Después corrí a mi habitación y enterré la cara entre mis manos creyendo que tendría un momento a solas conmigo y mi tristeza.

Qué equivocada estaba y qué acertado estuvo Enrico al mantener la luz apagada. Porque cuando cometí el error de mirarle, no me perdí en su mirada.

Contuve el aliento cuando me acarició la nuca. De nada sirvió que segundos más tarde intentara huir de él. Enrico ya había notado cómo mi piel se erizaba bajo su tacto y cómo mi cuerpo se tensaba al notarle tan cerca.

Me inmovilizó con destreza y se apegó a mí encargándose de estremecerme con la presencia poderosa de su pelvis pegada a mis lumbares. Dios, cómo me maldije por ello y qué difícil fue disimular.

Enrico sonrió perverso.

—No me importaría forcejear contigo mientras te hago el amor —

susurró mirándome a través del espejo. Después bajó la cabeza y besó la curva de mi cuello.

Pude evitar el contacto de sus labios al moverme.

—¿Amor? —dije incrédula. Ni siquiera había llegado a ser su amante,

¿por qué demonios iba a hacerme el amor?

Entre él y yo solo había habido sexo. Intenso, ferviente e incluso un tanto rudo. Pero nada de amor, él mismo se encargó de dejarlo claro…

—No quiero ser descortés, Sarah… —Una connotación que ratificaba de nuevo lo que me dijo una vez.

—Y yo no quiero que me toques —gruñí—. Suéltame…

Pero no lo hizo, y se pegó un poco más. Noté su excitación y cómo sus manos me apretaban las muñecas. Aquel momento se me iba de las manos… y empecé a tener un poco de miedo. No conocía esa versión de Enrico, no sabía qué era capaz de hacer.

—No sería el único que disfrutara mientras entro y salgo de tu cuerpo, amor… —jadeó en mi oído, pero yo presté más atención a la forma en que su aliento resbaló por mi cuello y prácticamente se coló por entre mis pechos—. Sé que piensas en ello cuando estás sola…

—Porque me arrepiento. —Esa no era del todo la verdad…

lamentablemente.

—No, no… —Enrico volvió a sonreír—. Recuerda cómo gemiste, cómo me pediste que te diera más… —Y cómo él me lo dio, envolviéndome con sus fuertes brazos y susurrándome que me pertenecía mientras su cuerpo se enardecía entre mis piernas.

¿Cómo pude creerle? ¿Cómo estuve tan ciega?

No era buena persona.

No podía serlo si pensaba constantemente en Enrico como el hombre al que amaba, y no como el asesino traidor que era. Aquellos ojos azules refulgentes que me miraron en Tokio, aquellas suaves palabras que salieron de su tentadora boca y todo su erótico aspecto no eran más que un disfraz bien confeccionado. Mi amor por él debería haberse evaporado en cuanto me di cuenta de ello. Sin embargo, no era así.

Fuego.

Cristianno murió consumido por el fuego, y yo… seguía enamorada de Enrico.

Era igual de traidora que él.

Me encontraba entre un amor venenoso y cruel y el dolor de una pérdida que aún no me atrevía aceptar. Era muy difícil admitir que Cristianno ya no entraría en mi habitación, se sentaría junto a mí en la terraza y me abrazaría después de haber iluminado el día con una de sus sonrisas.

Qué inteligente resultó ser Angelo al elegir a su ejecutor. Y qué estúpida fui yo al pensar que Cristianno estaría a salvo con Enrico.

—Después obedeciste las órdenes de Angelo Carusso y mataste a Cristianno. —Enrico no fue el único que se sorprendió al escuchar mi voz.

La ferocidad con la que hablé casi me asfixia, y aproveché para empujarle y apartarle de mí ahora que me sentía un poco más fuerte—. ¿Cómo puedes permitir que lo traten así? —Entendió a la perfección que hablaba de Silvano—. ¿Por qué permaneces callado cuando ambos sabemos que tú has provocado esa situación? Tú lo mataste… Tú estás haciendo que esta familia se esté rompiendo en pedazos… Has hecho un daño que nunca se podrá reparar, y aun así ¡sigues sentándote a su mesa! —Terminé alzando la voz.

Pero como el buen mentiroso que era, si mis palabras le causaron alguna reacción, no la demostró. Simplemente pestañeó apacible, se humedeció los labios con el mismo erotismo que le caracterizaba e incluso sonrió.

—Corre, entonces —comentó mientras alzaba las cejas y señalaba la puerta con gesto vanidoso—. Reúnelos a todos y cuéntales lo que sabes.

Diles que yo fui quien ató a Cristianno a una tubería y roció su cuerpo con combustible. Diles que prendí fuego a una cerrilla y después la tiré al suelo.

Cuéntales que lo sabes desde hace días y aun así permaneces callada y viviendo de ellos.

Enrico supo bien qué palabras escoger para aniquilarme en todos los sentidos. Podría haber hablado en cualquier momento. Ni siquiera hacía falta que los reuniera a todos; hubiera bastado con Silvano. Pero nunca encontré el maldito valor para mencionarlo. Porque mi fuero interno sabía que los Gabbana jamás creerían que el mismísimo Enrico Materazzi, el hombre que todo el mundo admiraba y al que todos respetaban, había matado a Cristianno.

—Hijo de puta… —suspiré temblorosa mientras él torcía el gesto y se deleitaba con mi confusión y dolor.

—Según se mire, mi amor —se mofó mientras se acercaba a mí.

Empecé a retroceder—. Sabes tan bien como yo que si dices una maldita palabra nadie te creerá. Nadie. Por eso has callado. —Impacté contra la pared al tiempo en que él me acariciaba la barbilla—. Y seguirás haciéndolo. Además, no querrías que alguien más cayera por tu culpa, ¿no es cierto?

Dios mío, ¿aquello era una amenaza?

—¿Cuándo te convertiste en esta clase de monstruo? —sollocé.

—Tal vez siempre lo fui y tú nunca te diste cuenta. —Susurró en mis labios.

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