Colapso

Alessandra Neymar · Capítulo 6 de 50

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Colapso

Capítulo 4

Sarah

Mauro colocó a Kathia en el asiento trasero del BMW X6 negro que utilizaba como sustituto mientras le traían su nuevo Audi. Después nos indicó a Giovanna y a mí que nos montáramos en el coche y frunció los labios al ver que yo no obedecía.

Se quedó a medio abrir su puerta cuando vio que le daba la espalda.

Aunque no había cogido mi equipaje, no estaba segura de regresar al Edificio. Si pretendía irme, aquel era el mejor momento.

Noté su cercanía y le miré a tiempo de ver cómo se cruzaba de brazos y se apoyaba en el vehículo. Mantenía la vista al frente, con la punta de la nariz y las mejillas un tanto enrojecidas por el frio. Algunos copos de nieve se le habían quedado pegados a la chaqueta y a su cabello oscuro, resistiéndose a desvanecerse. Una nube de vaho blanquecino salió de su boca cuando suspiró entrecortado.

Mauro se había mantenido distante desde que Cristianno murió. Apenas paraba en el Edificio y si lo hacía, parecía no estar. Me pregunté por qué demonios estaba atravesando la pérdida de su primo él solo y de aquella manera. Cristianno lo suponía todo para Mauro, y eso era lo que más me frustraba: que no manifestara absolutamente nada cuando estaba padeciendo tanto en su interior. Quizás se culpaba por haber desaparecido cuando Cristianno más le necesitaba.

—Nadie nos advirtió de esto, Sarah. Nadie —medió mirando al frente.

Todo su cuerpo volvía a emitir inaccesibilidad mientras yo rogaba por estar un instante dentro de su cabeza—. ¿Cómo coño hemos llegado a esta situación? —gimió sabiendo que le hablaba a su conciencia. Algo se le

había escapado de las manos y parecía ser demasiado tarde para echarse atrás.

—Ojalá lo supiera… —murmuré. Me di cuenta de que era incapaz de reprocharle su actitud aquella noche. Ya tenía bastante con sus propios tormentos. Eché una ojeada al interior del coche. Kathia dormía y Giovanna le acariciaba la melena, cabizbaja y observando fijamente un punto en el suelo—. No voy a volver al Edificio. —Dije de pronto, sin pensarlo demasiado.

Mauro no reaccionó. Ni siquiera cambió su forma de mirarme. Fue como si esperara que en cualquier momento dijera aquello. Descruzó los brazos, se incorporó y se acercó a mí del mismo modo en que lo habría hecho Cristianno, poderoso y despertando la misma sensación de plenitud que despertaba su primo. Me dio un beso que tardó en deshacer y se dispuso a marcharse.

Pero lo detuve tirando de él para abrazarle. Mauro tardó un segundo en reaccionar a ese abrazo, pero, cuando lo hizo, casi me derrumbo. Era la persona que más difícil me ponía superar la muerte de Cristianno, pero por la que más debilidad sentía.

—Dormiré con Daniela —le dije al oído.

—Bien… —Y se alejó de mí, escondiendo su rostro. Se montó en el coche, arrancó con suavidad y desapareció en la lejanía. Cerré los ojos y esperé a que el frío intenso fuera el protagonista creyendo que me apaciguaría. Pero no lo conseguí y la madrugada se adentraba más y más.

Cogí mi móvil y busqué el número de mi amiga. Dudé si marcar la llamada o no, pero finalmente obedecí a la orden que me dio Daniela:

“Procura llamarme si me necesitas, da igual la hora. Si no lo haces, no te molestes en volver a hablarme, ¿me has entendido?” .

Apenas esperé dos toques.

—¿Qué ocurre, Sarah? —dijo Daniela conteniendo el aliento.

—Necesito tu ayuda.

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