Colapso

Alessandra Neymar · Capítulo 43 de 50

Páginas del PDF

Colapso

Capítulo 41

Mauro

Resoplé. No estaba acostumbrado a que me rodeara aquel silencio tan perturbador en compañía de mi amigo.

—¿Piensas hablarme algún día, Alex? —pregunté mientras detenía el coche en el garaje tras el de mi tío Silvano.

—Desgraciadamente es probable —espetó observando con total desagrado cómo Enrico se bajaba de su Bentley y se ajustaba la chaqueta.

—Bien, eso me tranquiliza. —Enseguida me arrepentí de ironizar. Alex me clavó una mirada que pudo haberme matado.

—Eres un gilipollas —gruñó.

Estrujé el volante y cogí aire.

—¿Y por qué has venido entonces, compañero? —protesté, pero Alex ya se estaba bajando del coche. Si tanto me odiaba, no comprendía qué hacía allí. Un discurso de mi tío no necesitaba de su presencia, joder.

Sentí la furia corretear por mi garganta y la punta de mis dedos. Era la primera vez que deseaba darle una soberbia paliza a mi mejor a mi amigo.

Salí tras él y le obligué a que me mirara. Respondió empujándome con fuerza y consumiéndome con su mirada ámbar, que parecía mucho más oscura de lo habitual.

—Te partiría la cara ahora mismo si no te tuviera el respeto que hasta ahora creía que merecías, Mauro —gruñó cerrando los puños más que dispuesto a un enfrentamiento físico—. Así que no me tientes porque puede que te lo pierda en cualquier momento.

Aquella contestación llamó la atención de los demás. Enrico frunció el ceño y Silvano se adelantó hacia nosotros creyendo que si se colocaba en

medio nos apaciguaría.

—¿Qué coño está pasando aquí? —quiso saber.

Pero yo le esquivé y le planté cara a mi amigo. Sentí su aliento jadeante impactar contra mis mejillas.

—Eso sigue sin responder a mi pregunta —rezongué viendo de soslayo como Enrico se cuadraba, preparándose para un posible enfrentamiento.

—Sigo formando parte de este equipo —dijo Alex entre dientes—.

Aunque tú lo hayas olvidado.

—Jamás lo he olvidado. Jamás.

Y nunca sabría cómo habría terminado aquello de no haber recibido un mensaje al tiempo en que lo recibía Enrico. Le miré desconcertado mientras echaba mano al bolsillo de mi pantalón. Miré mi móvil y fruncí el ceño.

Kathia te ha visto salir. Va hacia el Edificio. Había escrito uno de los esbirros.

—Mierda… —mascullé por lo bajo. Y volví a mirar a Enrico, pero él se había perdido en un punto que había tras de mí.

—Mauro. —Un orden que extrañamente me heló la sangre. Porque supe un instante antes de mirarla que Kathia quería matarme.

La vi reflejada en las pupilas de Enrico antes de rodearme.

—Kathia, ¿qué estás haciendo? —dijo mi tío, un tanto intranquilo. La puerta del garaje aún no se había cerrado y la gente vería el enfrentamiento.

La gente… y la prensa.

Emilio se encargó de darle al interruptor.

—Cállate, Silvano… —gruñó Kathia sin quitarme ojo de encima.

—Kathia, baja el arma, por favor —le pedí intentando mantener la calma.

Al escudriñar en su mirada gris apenas encontré a la chica que tan bien conocía. No había rastro de la Kathia atormentada o enamorada. Un velo de fría violencia se había adueñado de ella y la tornaba imprevisible. En cualquier momento podría dispararme, y eso lo sabíamos todos los que estábamos allí presentes. Por eso nos pusimos tan nerviosos.

—¿Pudiste haberle salvado? —masculló y le tembló un poco el arma al mencionar aquellas palabras.

Entrecerré los ojos.

—¿De qué hablas?

—Sabes bien de quién hablo. —La corrección me lo dijo todo—. No te hagas el estúpido. Dime —cogió aire de un modo espeluznante—, ¿podrías haberlo salvado, Mauro?

Tragué saliva. ¿Cómo demonios sabía Kathia que dejé a Cristianno morir? ¿Quién coño le había dicho que no hice nada por él mientras ardía?

—Kathia, cálmate, por Dios —tanteé—. Subamos y hablemos de esto.

Ella empezó a caminar hacia mí. Acababa de convertirme en el centro de su universo.

—Dejaste que se quemara. Dejaste que muriera y ni siquiera intentaste detenerlo cuando sabías que podrían matarle. —El cañón del arma terminó sobre mi pecho y Kathia mostró los dientes—. Dímelo, ¿lo sabías?

¡¿SABÍAS QUE PODÍA MORIR?! ¡¿Qué clase de monstruo eres?! —

vociferó.

—Crees que yo le maté —admití afónico.

Silvano se movió inquieto mientras Enrico no le quitaba ojo de encima a Alex… Se dieron unas órdenes con la mirada que yo no alcancé a ver.

—¡¿Dónde estabas, entonces?! —gritó ella.

Me empujó con brusquedad y cargó el arma.

Kathia

Fue muy complicado silenciar a mi fuero interno. No dejaba de repetirme una y otra vez lo equivocada que estaba, y su voz se hizo más persistente en cuanto clavé el cañón de la pistola en el pecho de Mauro.

Pero ese instinto dañino y devastador que me dominaba pudo incluso con la poca cordura que me quedaba. El chasquido del martillo al cargar el arma resonó en todo el garaje llevando la atención de todos a un punto entre la angustia y el estupor.

Por un momento, supe que me estaba equivocando. Pero ya era demasiado tarde, yo ya no tenía control sobre mí misma.

Alex me capturó cuando tomé la decisión de disparar. Cogió mis muñecas, las estrujó fuertemente y me obligó a apoyarme en él para no caer

al suelo. El arma salió disparada bajo el Audi de Mauro.

—¡No! ¡Suéltame, Alex! —Mis quejidos me erizaron el vello mientras me retorcía bajo sus fuertes y grandes brazos.

Mauro había tenido suerte de tener a Alex cerca de él en un momento como ese. Y yo también… porque cuando vi la expresión tan aterrada de mi primo, entendí que no era a él a quien debía disparar primero… Tal vez Mauro había sido la marioneta de Enrico. Quizás era a él a quien debía disparar y no al Gabbana.

Pero a ninguno de los dos alcancé.

Me asfixiaba y la fuerte e inquebrantable sujeción de Alex no ayudaba.

Rompí a llorar de una forma escalofriante cuando vi a Mauro querer venir hacia mí completamente roto con la situación, consciente de que yo me encontraba mucho más desgarrada que él.

—¡No te acerques más! —clamó exigente Alex empujándome hacia un lado pero sin dejar de soltarme—. No te acerques más.

—Alex… —siseó Mauro.

—¡No! —Volvió a gritar, y extendió una mano en un gesto por detener a su amigo—. Ya sabes lo que tienes que hacer… Ya lo sabes… —Una orden con un fuerte contexto tácito que todos comprendieron, excepto yo.

Me resbalé de los brazos de Alex y caí al suelo de rodillas perdiéndome en mi lamento. No pude escuchar nada más que los zumbidos en mis oídos y los fuertes y arrítmicos latidos de mi corazón. La ketamina me abandonaba y me dejaba completamente excedida y destruida.

Mauro me cogió de los brazos y me obligó a mirarle. Obedecí porque no tuve fuerzas para evitarlo.

—¡¿Cómo puedes creer que yo maté a Cristianno?! —gritó sacudiéndome—. ¡¿CÓMO?!

—¡¡¡No estabas!!! —Bramé—. ¡¡¡No estabas con él!!! —Y cometí el error de mirar de soslayo a Silvano. Estaba totalmente agarrotado, con la mirada empañada en unas lágrimas que prefirieron jugar en la comisura de sus ojos y unos brazos que se sacudían de forma espontánea.

—Kathia, ¡escúchame! —Una sacudida más para captar mi atención.

Cerré los ojos—. ¡Jamás le habría hecho daño!

—Pero le dejaste morir.

—Mírame, ¿de verdad crees que podría haber matado a Cristianno? ¿De verdad lo crees?

No…

—Ya no sé qué creer —gimoteé al mirarle negando con la cabeza—.

Solo sé que está muerto y que yo ya no resisto más. ¡No puedo más! —Y

me derrumbé sobre su pecho como nunca antes lo había hecho.

Mauro quiso responder al abrazo…

—No tienes ni idea de… —Pero no le dejaron.

—¡Basta! —exclamó Enrico tirando de mi primo con furia. Después señaló a Alex—. ¡Llévatela de aquí!

Se llevó a Mauro a empujones, lejos de mi alcance.

OceanofPDF.com