Colapso

Alessandra Neymar · Capítulo 29 de 50

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Colapso

Capítulo 27

Kathia

Recuerdo que tenía quince años cuando mi profesora de literatura en el internado Saint Patrick nos encomendó la tarea de leer El Gran Gatsby. Lo devoré en un día y después lo lancé por la puñetera ventana y observé cómo la nieve de noviembre lo engullía. No podía ser cierto que tuviera un final tan desquiciante e injusto… Qué sensación tan desagradable, joder.

Pero esa no era la cuestión. Mientras lo leía imaginaba las fiestas que describía Fitzgerald como un derroche de brillos, champán y baile, una exhibición un tanto desmesurada de riqueza. Jamás creí que algún día me toparía con una de ellas, hasta que observé desde el pasillo acristalado cómo la enorme explanada del jardín de la mansión estaba inundada por todas esas cosas que caracterizaban las fiestas del Gatsby de Luhrmann.

Luces palpitantes al ritmo de la música, acróbatas deslizándose con increíbles piruetas por una cuerda, bailarinas e incluso hombres lanza-fuegos. Un catering de miedo con más de sesenta camareros, cientos de invitados desorbitados por la emoción y una orquesta que interpretaba canciones de Florence and the Machine y demás grupos pop. Alcohol, frenesí e incluso un sutil aroma a sexo tan evidente que no me habría sorprendido ver a un grupo de personas montándoselo en algún rincón.

Una fiesta de cientos de miles de euros solo para proclamarse como los reyes de Roma.

Derroche, más derroche, y mafia. Demasiada mafia.

Cogí aire. Se me hacía especialmente difícil estar allí. Volver a entrar en mi habitación… recordar que aquellas paredes vieron mi primer beso con Cristianno… Apreté los dientes al sentir una oleada de llanto y agaché la

cabeza. Me temblaron un poco las manos y se asentó una opresión en mi pecho que conocía bien. Mi cuerpo necesitaba su dosis de ketamina y pronto la reclamaría con náuseas. Llegados a ese punto me notaba un tanto oscilante, las piernas fláccidas y una ligera sensación de frío atravesándome el cuerpo. No debía abusar de aquellas malditas pastillas, pero a más tomaba, más las necesitaba para mi día a día. Para superar aquello… si es que alguna vez lo superaba.

Me crucé de brazos para darme calor cuando de pronto percibí su perfume, y cerré los ojos con fuerza ahogando una lágrima.

«—Es la primera vez que te ruborizas —reconoció Cristianno.

—Te equivocas. Es la primera vez que lo ves».

Cristianno se había quedado con todos los detalles, hasta con el más pequeño e insignificante de todos porque sabía el final que se nos venía encima. Pero no se detuvo a pensar en algo. No pensó en que todos y cada uno de nuestros segundos juntos me perseguirían el resto de mi vida con tanto ahínco que incluso podría sentirle junto a mí.

Percibí una suave caricia rodeándome los hombros y deslizándose por mis brazos hasta rodearme por completo. Y suspiré. Suspiré porque pensé que era él.

Pero abrí los ojos y me topé con el reflejo borroso de Valentino en el cristal, entremezclándose con la fiesta.

Me aparté de un salto.

—Estás increíble esta noche. —Por supuesto que lo estaba. Como siempre, lo que me molestaba bastante. No debería resultar hermosa si Cristianno no podía verme. Llevaba un Giambattista Valli palabra de honor negro de corte griego y volátil que ondeaba al mínimo movimiento. Un exquisitez de varios miles de euros elegida por Olimpia di Castro.

—Salgamos —repuso Valentino haciendo grandes esfuerzos por contenerse—, mucha gente desea vernos.

—¿Sabe Olimpia que te follas a su sobrina? —Joder. No entendí por qué demonios tuve que decir aquello. A mí me importaba una mierda con quién se acostara. Incluso si era Giovanna, pero…, por extraño que fuera, necesité sentirme poderosa sobre él por un instante.

Tragué saliva al tiempo en que me maldecía y analicé su expresión.

—Señorito Bianchi, le esperan —le interrumpió uno de los camareros que rondaban por allí. El Bianchi apretó los dientes, molesto con la intromisión a su respuesta, y se acercó para cogerme de la cintura. Se pegó tanto a mí que casi paso a formar parte de él.

Me instó a caminar y obedecí porque sabía que si montaba el numerito intentado alejarme de él solo empeoraría las cosas. Saldríamos al jardín juntos y después intentaría darle esquinazo fuera como fuera, pero poniendo buena cara.

Ese era el trato. Porque Angelo Carusso así lo había dispuesto. Aquella mañana entró en mi habitación en la casa de Giovanna y me mostró una lista con todos los nombres de los Gabbana y clanes a aliados.

—De ti depende su final… —Una seguridad que ralló el sadismo.

Yo me quedé mirando la puerta por la que acababa de salir, y recapacité sobre mi comportamiento y todos los planes que quería llevar a cabo. La vida de los Gabbana dependía de muchas cosas, pero también de mi actitud.

Así que obedecería cualquier orden si con ello los ponía a salvo.

No permitiría que murieran por mí.

Una lluvia de flashes nos abordó cuando Valentino y yo salimos al exterior. Bajamos las escaleras mientras nos fotografiaban y sonaba de fondo Bedroom Hymns magistralmente interpretada.

Valentino me dio un encantador beso en la sien.

—Me encargaré de que no olvides ese día, mi amor —susurró antes de señalarme ante los periodistas como si fuera un puñetero premio.

Me tragué una punzada de incertidumbre. Aquella sencilla e incluso tierna frase lo dijo todo y me advirtió de lo que me esperaba el día en que decidiera tomar de mí lo que solo le había entregado a Cristianno.

No había escapatoria.

Forcé una sonrisa, que resultó ser tímida para los periodistas. Motivo por el que emitieron un enternecedor ¡Oh! asquerosamente largo. La exasperación me llevó a tirarme un poco del pelo cuando (con un gesto dulce) me lo coloqué tras la oreja.

Unos minutos más de fotos y grititos y pude largarme de allí sabiendo que Valentino se había puesto a hablar con sus queridos colegas. El puñetero Franco no me quitó ojo hasta que me perdí entre la gente.

Me apoyé en la barra del catering de bebidas respirando como si hubiera estado bajo el agua más de lo debido. Los temblores empezaban a ser demasiado evidentes. La música muy alta, mi entorno bastante borroso, la gente muy deforme. Todo se distorsionaba.

Tambaleé.

Nauseas.

—¿Quiere tomar algo, señorita? —me preguntó un camarero.

Y todo se detuvo.

Le miré desconcertada y agradeciendo que su voz hubiera parado aquel brote insano de abstinencia.

Quise tragar saliva, pero no pude.

—Lo que sea… pero fuerte —dije ahogada, apoyándome con fuerza en la barra.

—¿ Sangre tal vez? —Fruncí el ceño al mirar el bonito rostro de aquel camarero.

¿Sangre?

—¿Cómo dice? —Seguramente había escuchado mal.

El joven colocó delante de mí un vaso de chupito y sacó tres botellas con habilidad. Empezó a servir con una sonrisa en los labios.

—Martini Rosso, tequila y vodka. —El color rojizo del Martini le dio explicación a todo.

—Está bien, sí. —Casi jadeé mientras echaba mano a mi escote. Saqué una bolsita, me hice con una pastilla y me la metí en la boca ante la mirada extrañada del chico—. Soy epiléptica. —Fue lo primero que se me ocurrió.

Cogí el chupito y sorbí el contenido rápidamente antes de volver a dejarlo sobre la barra. Calor y un intenso escozor me recorrieron la garganta. Volvieron los temblores. Y esta vez debían de ser evidentes porque el camarero me cogió de la mano.

—¿Se encuentra bien? —preguntó preocupado.

—Perfectamente —siseé al tiempo en que veía de soslayo a un hombre acercarse a mí.

—Señorita Carusso… —sonrió, revolviéndome las tripas.

—¿Podría hacer el favor de llamarme por mi puñetero nombre? —

espeté al tiempo en que el camarero atendía a otra persona sin dejar de

prestarme atención. Le había preocupado.

—Discúlpeme, Kathia. No quería importunarla —dijo el periodista con evidente arrepentimiento.

—No es usted lo que me importuna —susurré—. ¿Qué quiere?

—Bueno, me llamo Guglielmo Tarquini y había pensado en hacerle unas preguntas. Toda la prensa siempre publica cosas sobre Valentino Bianchi y apenas sobre usted —explicó emocionado—. Me preguntaba si tendría inconveniente en ofrecerle una entrevista a La Repubblica.

—¿Qué le puede interesar de mí? —Aparte de que habían matado al amor de mi vida y a mi verdadero padre, estaba amenazada e iban a eliminarme después de una boda que no deseaba porque querían quedarse con la parte del imperio Gabbana que supuestamente me correspondía.

Alcé las cejas un tanto arrollada por la intensidad con la que había pensado todo aquello.

—Pues podríamos empezar por algo sencillo sobre su romance con el Bianchi. —Unos ojos encendidos en emoción, como si escribir sobre mí fuera a darle el puñetero Pulitzer—. ¿Cómo se conocieron?

—Buena pregunta. —La sonrisa de un Enrico que se apoyó a mi lado y decidió retirarme el cabello y enroscármelo tras la oreja. Le miré disimulando todo lo que pude lo mucho que deseaba verle pudriéndose en el infierno—. ¿Qué te parece, Kathia? ¿Cómo os conocisteis?

Solté una sonrisa tan falsa que hasta a mí me ofendió. Lo extraño fue que la mantuve.

—Intentó forzarme en la biblioteca de San Angelo —solté y les dejé a ambos completamente noqueados.

La temperatura corporal disminuyó, la sensación de bienestar creció.

La Ketamina empezaba poderosa a hacer su efecto.

Sarah

El Edificio Gabbana se me antojó extrañamente congelado. Encontré el mismo silencio, la misma penumbra y la misma introversión de sus habitantes que los últimos días en los que viví allí.

Nada había cambiado.

Apenas hacía una semana que me había marchado, era demasiado pronto para notar algún cambio, pero, aun así, lo esperé. Esperé encontrarme un poco más de luz y que los Gabbana no se hubieran fragmentado tanto. Ni siquiera comían juntos, ni se miraban como lo hacían hacia unas semanas, con cariño y respeto.

No se hacían una idea de cuánto me dolía ser testigo de la evidente destrucción a la que estaban siendo sometidos desde la muerte de Cristianno.

Me senté junto a Ofelia en el cenador de la terraza principal. Ella fumaba un cigarrillo con boquilla y miraba las estrellas con unos ojos más pequeños de lo normal. Acaricié su mano sin esperar que me imitara.

—Me pregunto cómo verán mi hijo y mi nieto las cosas desde allá arriba… —Un comentario profundo que me dejó sin aire—. Mi Fabio solía ser friolero, tal vez esté pasando frío.

Tragué saliva y contuve las lágrimas. Ofelia se había mantenido fuerte hasta el momento, era extraño que estuviera exponiendo sus emociones.

—Puede que Cristianno esté abrigándole, o al menos intentándolo —

susurré intentando controlar todo lo pude mi voz.

—Puede… —sonrió y me miró—. Siempre fue tan protector.

Habló de su nieto con tanta ternura que fue irremediable agachar la cabeza y saborear el salado de una lágrima.

—Ofelia… —jadeé, recomponiéndome y echando fuerzas para apoyarla.

—Divagaciones de una pobre anciana. —Me dio unas palmadas en la mano y se levantó—. Estoy bien, querida. No te apenes por mí —añadió acercándose a la baranda.

—Ya lo hago —dije siguiéndola—. Y aunque quisiera evitarlo, no puedo.

—Tengo setenta y dos años, Sarah. No conozco otro modo de vida que este, he nacido en la mafia. Pero jamás creí que me vería tan asolada —

comentó mirando al frente—. Jamás pensé en que el peligro tomaría forma y terminaría con mi familia de este modo. Soy vieja, ya no puedo responder como lo habría hecho años antes. —Se llevó una mano a la cabeza y retocó

su peinado con gesto ausente. Ella no supo que yo había entendido el verdadero contexto de aquel movimiento—. Es insoportable sentarte en primera fila y ver tal desolación. Rezo a Dios para que proteja y alumbre a Silvano. Él es el único que puede hacer frente a una guerra como esta.

—Lo conseguirá, ya verás. —Pero no me creí del todo mis palabras.

—Cada vez estoy menos segura —repuso Ofelia antes de mirarme y regalarme una débil sonrisa—. Gracias por haber venido esta noche. Echo de menos tu sonrisa por las mañanas. —Lo dijo perdiéndose en algún punto tras de mí.

Segundos más tarde comprendí que miraba a su nieto, Valerio. Se acercó a él, le besó en la mejilla y nos dejó a solas al tiempo en que un mareo me abordaba. Fruncí el ceño extrañada por la sensación y noté cómo mis piernas se flexionaban sin fuerzas. Me agarré de la baranda un instante antes de que Valerio me sostuviera de la cintura.

Buscó mi mirada.

—¿Estás bien? —preguntó preocupado.

—Sí, es solo un mareo —admití—. Llevo así un par de días.

Apenas dormía. Me despertaba en mitad de la noche con unos escalofríos muy raros y una sensación angustiosa en el vientre. Ya había vomitado varias veces y me costaba horrores comer sin sentir nauseas. Tal vez había cogido un pequeño virus, que me tenía un tanto débil y sin fuerzas.

—Ven, sentémonos —me instó Valerio acompañándome hacia los sillones—. Deberías haberme avisado —continuó en cuanto tomó asiento a mi lado.

—No es nada importante, Valerio. —Me aparté el pelo de la cara y me obligué a mirarle, aunque solo lo logré un par de segundos.

El Gabbana tenía una mirada poderosa cuando se molestaba por algo.

—Podría serlo —espetó—. Debería verte un médico si ha sucedido más de una vez.

—Tienes mala cara —dije de pronto, mirándole de soslayo y cabizbaja.

Él alzó las cejas incrédulo y se mordió el labio sin saber que con aquel gesto despertaba en mí la extraña sensación de experimentarlo junto a mi boca. Pestañeé varias veces, acababa de tener un lapsus.

—¿Esa es tu forma de cambiar de tema? —dijo irónico.

—¿Cuánto hace que no duermes una noche completa? —Quise saber y él respondió rápido y sincero.

—Demasiado.

—¿Y te quejas porque yo no voy al médico? —resoplé—. No sabía que fueras tan hipócrita.

—¡Oye! —exclamó sonriente cogiéndome de la cabeza. Solté una risilla al verme apoyada en su pecho. Después cerré los ojos y me deshice entre las sensaciones que me proporcionaban sus brazos al envolverme—. Puede que estés a un par de calles de aquí, pero te echo mucho de menos. Esa es una de las cosas que me roba el sueño.

Habría sido uno de los momentos más bonitos de mi vida si mi mente no me hubiera rememorado la noche en que desperté junto a Enrico tras haber hecho el amor por primera vez.

Apreté los dientes, cogí aire y me obligué a separar las cosas. Ni Valerio era Enrico, ni así lo quería.

—Entonces ven a verme —dije de pronto—. Nos tumbaremos en el sofá, nos atiborraremos de helado y hablaremos hasta que amanezca. —

Terminé mirándole desde abajo.

Valerio sonrió unos segundos.

—¿Y si no fuera suficiente, Sarah? —susurró y supe por qué decía aquello.

—Tampoco lo sería para mí —admití. No me bastaría querer a Valerio sabiendo que seguía amando a Enrico como el maldito primer segundo. Me alejé de él, apoyé los codos en los muslos y me pasé las manos por la cabeza. De pronto tenía mucho calor—. Yo… Yo… —No pude hablar.

Noté unos dedos tímidos e inseguros acariciar mi espalda. Valerio se acercó un poco más a mí y me obligó a mirarle.

—Lo sé… —susurró—. Y aun así no me importa.

—Terminaría por importarte —musité, y él agachó la cabeza. Como siempre, Enrico estaba entre los dos.

—No te pediré que me dejes intentarlo —repuso.

Llegados a ese instante, me sentí entre dos mareas. Dividida por dos hombres a los que quería de formas muy diferentes.

¿Qué debía hacer? ¿Qué era lo mejor? Valerio no se merecía una persona con unos sentimientos como los míos. No se merecía que estuviera junto a él amando al asesino de su hermano. Era demasiado injusto. Sin embargo…

—Tal vez es lo que necesito, Valerio. —Lo dije sin evaluar el daño que podría hacernos a ambos intentarlo.

Valerio me miró durante unos minutos, en silencio y cogiendo aire hondamente a cada momento. Su aliento impactaba dulce en mi boca cuando cogió mi rostro entre sus manos. Dibujó mi labio inferior con el pulgar y me besó.

Esperó unos segundos mi respuesta creyendo que me negaría. Pero aun con Enrico en mi mente y mis recuerdos, no puede evitar prologar aquel beso. Valerio percibió el cambio en mí y abrió su boca sobre la mía sabiendo que su lengua sería bienvenida. Dulce y parsimoniosa, se adentró en mí, y la admití aferrándome a su cintura. Acaricié su espalda mientras él enterraba sus dedos en mi cabello.

Giré la cabeza, erguí mi torso y me ahogué aún más en aquel beso intentando desechar la insistencia de mi fuero interno por encontrar a Enrico en los labios de Valerio.

—Valerio, tenemos un problema… —Fue la voz de Mauro la que hizo que todo terminara.

Él tragó saliva y se giró hacia su primo. Mauro nos observaba extrañado y me dedicó unas miradas que no supe bien cómo determinar. Desde luego, no fueron buenas, y miré hacia otro lado sintiéndome tremendamente sucia.

—¿De qué se trata? —preguntó Valerio intentado obviar lo mucho que le había molestado a su primo descubrirnos besándonos.

—Es tía Graciella. —Miré de súbito y me levanté tan rápido que me mareé.

Valerio no esperó a explicaciones y abandonó la terraza sin saber que yo le seguiría. Mauro me cuestionó en silencio mientras nos encaminábamos a prisa hacia el garaje.

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