Colapso

Alessandra Neymar · Capítulo 20 de 50

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Colapso

Segunda parte

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18

Mauro

¿Cuándo se sabe que se está preparado para algo? ¿Cuándo se da el momento en el que sabes que no hay vuelta atrás? ¿Que cualquier paso en falso puede destruir tu mundo por completo? Te conviertes en un hombre sin saberlo. Se dejan atrás los infantilismos y se afronta la vida que te ha tocado vivir con todas las consecuencias. Y, tal vez, se piensa: ¿cuándo me he convertido en ese hombre? ¿De verdad estoy a la altura? ¿De verdad sabré actuar como tal?

Supongo que no me quedaba otra opción.

Supongo que mis inseguridades se reducían a que Cristianno no estaba sentado a mi lado.

Una bala dorada brillaba entre mis dedos. La balanceaba del pulgar al meñique y retrocedía. Una y otra vez… una y otra vez, durante todo el trayecto desde Roma a Civitavechia.

Nadie habló, nadie, preguntó cuál era su función en aquella estrategia porque todo el mundo sabía lo que tenía que hacer. Así que nos mirábamos unos a los otros sabiendo que nos dirigíamos a una ofensiva y que, si salía mal, tal vez no volveríamos a ver a algunos de los hombres que estaban sentados a nuestro lado. Lo que íbamos a hacer cabrearía a los Carusso…

Bastante.

Cristianno siempre me decía que era demasiado temerario, que parecía que no me importaba nada más que la pura adrenalina de un conflicto. Yo le respondía con una sonrisa condescendiente. Pero no era diferente a él. En absoluto. Si Cristianno hubiera estado en aquella maldita furgoneta sentado a mi lado me habría mirado socarrón y osado, destilando su habitual

seguridad. Y yo habría podido permitirme el lujo de saborear descaro porque le tenía junto a mí.

Pero no estaba… y Enrico tampoco.

Así que todo era un poco más difícil. Más inestable.

—Diez minutos. Preparaos —dijo Rico desde la pequeña ventanilla que separaba los asientos delanteros de la parte de carga.

Introduje la bala en el cargador, capturé mi arma y la cargué sabiendo que mis compañeros estaban haciendo exactamente lo mismo. Me hice con el pasamontañas y me lo puse observando cómo Alex y Eric hacían exactamente lo mismo sin dejar de mirarme. Supe en ese instante que ambos habían estado pensando lo mismo que yo, que allí faltaba el más importante y que todo era un poco más peligroso sin él.

—No te separes, ¿entendido? —le ordené a Eric guardando una segunda arma en la parte baja de la espalda.

No estaba del todo recuperado y eso me preocupaba muchísimo, ya que sus reflejos no estaban preparados para un tiroteo. No obstante prefería tenerlo allí, bajo nuestra protección, que haberle excluido y dejar que se presentara solo poniendo en peligro su vida y la operación. Eric era así de obstinado.

—Estoy bien, Mauro —protestó él.

—Aun así no te separes —espetó Diego bajo su pasamontañas sabiendo que la fuerza arrolladora de sus ojos azules dejarían a Eric completamente callado… y algo más.

Le mantuvo la mirada todo lo que pudo, pero terminó tragando saliva y agachando la cabeza. Seguramente con ese gesto quiso indicar respeto y sumisión hacia Diego, pero a mí me pareció algo muy distinto.

Carraspeé y miré al resto de hombres que había en aquella furgoneta.

—Bien, nada de heroicidades, nada de salirse del plan. Y no dejéis ni por asomo que os vean la puta cara, ¿de acuerdo? —Porque no nos interesaba que los Mirelli supieran de nuestra presencia allí.

Ellos habían creído ser astutos asociándose con nuestra familia mediante un enlace entre Paola Mirelli y Valerio Gabbana mientras pactaban otra alianza con los Carusso en la sombra; esta mucho más suculenta para ellos debido a que Angelo les había ofrecido algo de mucho

valor para un clan siciliano: entrar en Roma e imperar en ella. Lo que se traducía a dominar todo el país.

Por tanto todo lo que los uniera a nosotros no sería más que una estrategia en nuestra contra. Un plan para adentrarse en nuestra cúpula —la más importante de toda Italia— y destruirnos desde dentro utilizando la misma técnica que empleó Enrico. Todo trato con nosotros no tenía ningún valor. Pero el error más grave que cometió Ciro Mirelli (el capo del clan) fue creer que podría engañarnos.

La mafia siciliana era tosca, usurera y escabrosa por naturaleza. Se mata por matar, se roba por robar, se desafía por placer. Ningún clan del norte o centro de Italia querría tratos con ellos. Pero cuando se trata de poder y venganza, ¿qué importa el lugar de procedencia? Angelo así lo había demostrado.

Sin embargo nuestra estrategia aniquilaría la suya.

Una fiel fuente me había informado de que Ciro Mirelli se había metido de lleno en nuestro conflicto al secuestrar a Wang Xiang para entregárselo a los Carusso y así ganarse su confianza. Para Angelo, Wang era tan merecedor de muerte como lo fue mi tío Fabio, porque le traicionó al preferir hacer tratos con un Gabbana. Pero no terminarían con él hasta saber la fórmula completa del antídoto del Proyecto Zeus. Como si Wang la supiera…

Pero ¿cómo lograron los sicilianos hacerse con el magnate chino?

Capturando a su única hija, Wang Ying. La misma que el jodido primo de Valentino, Marco Bianchi, había engatusado y tenía retenida en algún lugar de Europa.

El plan era sencillo. Cuatro francotiradores repartidos en posiciones altas, doce hombres de nuestra seguridad personal preparados en los perímetros en situación de cobertura y un equipo de tierra compuesto por nuestros clanes aliados y todos los que íbamos en aquella furgoneta.

Seríamos los encargados de hacer el trabajo sucio: entrar en el yate, sacar a Wang y prender fuego al material con todo el personal dentro. Porque sin el maldito componente jamás darían con la fórmula del antivirus. Por tanto, nunca podrían propagarlo.

Una emboscada incógnita. Los Carusso creerían haber sido traicionados por los Mirelli, y los Mirelli morirían siendo traidores, pero habiendo sido la cabeza de turco. Lo que nos dejaría a los Gabbana en una perfecta posición de defensa.

Un golpe, un pájaro abatido, y otro completamente perdido.

Entrar, arrasar y salir. Rápido y sin preliminares.

Por eso era tan difícil.

—Perímetro listo —dijo Emilio, nuestro jefe de seguridad, a través de dispositivo de comunicación.

—Francotiradores listo —añadió otro de nuestros esbirros.

—Equipo de tierra aproximándose —repuso Diego, de sobra emocionado con la idea de matar a alguien.

—¿Han llegado, Emilio? —pregunté.

—Ni rastro de los Carusso —contestó—. El yate está atracando.

—¿Y Siracusa? —continué, porque si aquel golpe tenía complejidad se debía a que la acción no solo estaría en Civitavecchia y Roma. Sino también en Sicilia.

—Todo en orden, esperando la señal.

Esperando la señal…

En menos de unos minutos, Siracusa ardería, las mujeres Mirelli que se hospedaban en Roma desaparecerían y Paola dejaría de respirar a manos de su prometido.

Todo un clan… borrado del mapa.

—Bien. —Fue inevitable sonreír.

Miré a mis amigos. Eric jugueteaba con una pequeña medalla que le colgaba del cuello y Alex miraba el salvapantallas de su móvil: una foto de Daniela lanzándole un beso. Acariciaba los labios de su novia con aire ausente e introvertido.

Me incliné hacia él.

—¿Lo sabe? —Alex tragó saliva y me miró.

—Y por eso está preocupada —admitió, pero no tuvimos tiempo de hablar más porque Paulo, mi primo materno, nos interrumpió en cuanto se detuvo la furgoneta.

—¿Preparados? —Sonó a pregunta cuando debería haber sido una orden.

—Siempre, compañero —murmuró Alex aún mirándome.

—Siempre —siseé y le di la mano sabiendo que Eric también se uniría.

Nos miré y sentí una punzada de nostalgia mientras se abrían las puertas.

Salté fuera de la furgoneta ajustándome el pasamontañas.

Kathia

Aquella noche no lloré.

Porque ya había llorado suficiente durante el día y mi fuero interno, simplemente, no encontraba las fuerzas para continuar haciéndolo. El llorar también agota, casi tanto como el arrastrar un fuerte tormento. Y mi cuerpo no solo estaba profundamente agotado, sino que también había tocado fondo de una forma estrepitosa. Lo supe en cuanto la ketamina abandonó mi organismo por completo. Mi personal abismo tenía su límite y me di cuenta de ello en cuanto estuve lo suficientemente serena como para sentir el dolor que me provocó estamparme contra él. Un dolor que de inmediato se igualó con el vacío que me había dejado Cristianno.

Así que lejos de consumirme en esa nueva sensación, opté por masticarla. Me pasé todo el día digiriendo aquello, lamiéndome las profundas heridas que me habían hecho e imaginando como lograba ponerme de rodillas y miraba hacia arriba. La caída había sido monumental, pero todas las cosas que te llevan al cielo tienen sus peligros y yo no me arrepentía de haberlos experimentado. Todos y cada uno de ellos me habían unido a Cristianno.

Una parte de mi mente se empeñó en recordarle y repasé cada instante junto a él desde que llegué a Roma. Lloré, sí, pero también sonreí con nostalgia.

Decidí que ya iba siendo hora de mirarme a la cara. Cristianno así lo habría querido, pero lo que seguramente ninguno de los dos esperamos fue encontrarnos con una Kathia muy lejos de sí misma. Y eso me dolió, no

solo por mí sino también por él. En aquella chica que se reflejaba abatida en el espejo no había rastro de energía, ni de pasión, ni de valentía. Ni siquiera de arrogancia o tentación. Todas las cosas que me habían caracterizado habían ido desapareciendo, eso ya lo sabía, pero no esperé toparme con la realidad de aquella forma.

Ya había pasado media noche cuando cogí su chaqueta, me la puse y salí de la habitación maravillándome con su perfume. Toda la casa dormía y aquel era el mejor momento para pasear sin que nadie me molestara. Tal vez subiría a la azotea ahora que la nieve empezaba a deshacerse y hacía un poco menos de frío.

Pero no supuse que un gemido me detendría al terminar de subir las escaleras.

Miré hacia atrás y tragué saliva de forma automática. Tras varios segundos esperando, no escuché absolutamente nada, pero entrecerré los ojos y me desvié hacia el pasillo caminando muy lento, pegada a la pared.

Otro gemido. Más hondo, más intenso. Más cerca.

¿Qué demonios era? ¿O… quién?

Jadeos ahogados, de placer.

Me pare frente a la puerta que encerraba aquellos sonidos, la misma que pertenecía a la habitación de Angelo y Olimpia. Y comprendí de súbito que si la abría, algo me cambiaría… porque Angelo aún no había llegado y Valentino todavía no se había marchado.

Obedecí a mis instintos maniobrando con sumo cuidado entorné la puerta unos centímetros y miré.

Olimpia apoyada en sus rodillas y sus brazos, completamente desnuda y perlada en sudor. Su rostro perdido en el placer de tener a… Valentino justo detrás aferrado a su cadera con una mano y a su melena con la otra.

Besando la curva de su cuello con ferocidad y moviendo su pelvis con rudeza contra ella. Insistían, se exigían, disfrutaban de la violencia del sexo más depravado.

Empezaría inmortalizando aquel maravilloso momento en una imagen.

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